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En ningún lugar. La extraña muerte de Hiram Abif

Un hombre con mandil y una espada en la mano te pide que le entregues el dinero, las llaves y el teléfono, toda la metalistería que ancla tu persona al mundo exterior. Te venda los ojos. Notas que te recogen la manga derecha y la pernera izquierda de los pantalones hasta la rodilla. Te sacan el brazo de la manga izquierda de la camisa y te dejan el pecho al descubierto. Te meten por la cabeza una cuerda con un nudo corredizo.

Das un paso al frente. Tu vida como masón acaba de empezar.

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Lo que sigue es un boceto de lo que experimenta un aspirante a masón cuando se ha preparado de este modo para cruzar por primera vez el umbral de una logia. Las ceremonias que describo aquí se asemejan mucho a lo que vivió John Coustos en la Rainbow Coffee House de Fleet Street. Sucesivos ritos marcan la iniciación de un hombre y su paso de un estatus a otro dentro de la masonería. Esas señales de estatus se conocen como «grados». Los secretos son cruciales para la teatralidad de los rituales de los grados masónicos.

Los inquisidores de Lisboa calificaban los rituales de «ridículos». A lo largo de los siglos, numerosos escritores satíricos han coincidido con ellos. Por tanto, aunque sería muy fácil mofarse del ritual masónico, no resultaría en modo alguno original. Cuanto más he aprendido sobre la francmasonería, más incómodo me han hecho sentir ciertas burlas, porque, al impedir ver lo mucho que se parecen a nosotros, reprimen nuestro deseo de conocer las historias de los masones.

Cuando nos reímos de los rituales de otros, olvidamos hasta qué punto está invisiblemente ritualizada nuestra vida: hábitos como aplaudir para mostrar reconocimiento, estrecharnos la mano cuando nos conocemos o decir «salud» cuando alzamos una copa. Por materialistas que seamos, por informatizados que estemos y por más que creamos en la selección natural y el Big Bang, nunca desaparecerá la necesidad de la influencia estructuradora del ritual. Nacimientos, matrimonios y muertes: nadie se siente adecuadamente engendrado, emparejado o despedido sin algún tipo de ritual.

Un masón comprende mejor que cualquiera de nosotros la magia de un rito bien ejecutado. Los ritos de iniciación nos dicen, de manera más insinuante que cualquier otra experiencia, que nos hemos convertido en alguien nuevo. Los rituales unen a la gente porque son una experiencia compartida en un marco de referencia común. Sin embargo, las ceremonias también suelen hacernos desconfiar de quienes ritualizan de maneras distintas. Aunque no soy religioso en absoluto, me crie en la cultura del anglicanismo. Por tanto, la gente como yo de entrada considera estrambóticos el hach musulmán (el peregrinaje a La Meca), el Brit Milá judío (el rito de la circuncisión) o un sacrificio védico hindú. Quienes desconozcan el ritual masónico y la terminología que utiliza, lo considerarán cuando menos opaco. Son necesarias pequeñas dosis de paciencia y empatía. Por suerte, aunque los francmasones deben pasar mucho tiempo memorizando todos los discursos y movimientos de lo que ellos denominan sus «trabajos», nosotros solo necesitamos conocerlos someramente para disfrutar de la historia masónica.

Una vez que el candidato entra en la logia con los ojos vendados, le piden que se arrodille para decir una oración. Después, debe rodear tres veces la sala antes de ser presentado a las máximas autoridades, que certifican que cuenta al menos veintiún años y que tiene «buena reputación» y ha «nacido libre».

Por indicación del maestro de la logia, el candidato hace una serie de promesas, sobre todo que cree en algún dios y que su deseo de convertirse en masón no obedece a «razones mercenarias u otros motivos indignos».

Luego echa a andar. El candidato da tres pasos al frente, cada uno más largo que el anterior, buscando el empeine con el talón para describir un ángulo recto, de modo que los pies formen una escuadra. Inmediatamente después, el candidato debe formar otra escuadra con las piernas, arrodillándose ante un altar con la rodilla izquierda descubierta y colocando el pie derecho hacia delante. Luego le piden que ponga una mano sobre la Biblia, el Corán o cualquier «libro de la Ley Sagrada» que elija. En ese momento, jura no plasmar jamás por escrito los secretos masónicos que está a punto de conocer. Los castigos por desvelar los secretos de los masones son escalofriantes: «So pena mínima [...] de que me degüellen, me arranquen la lengua de cuajo y entierren mi cuerpo en la arena del mar a poca profundidad, a una distancia de un cable de la costa, donde la marea fluctúa dos veces en veinticuatro horas». Una vez que ha pronunciado esas palabras y ha sellado su juramento besando el libro de la Ley Sagrada, se ha convertido en un masón «neófito». Entonces le quitan la venda de los ojos y le dicen que en la francmasonería existen tres grandes «luces emblemáticas». La primera está abierta sobre el altar, delante de él, y es común a todas las grandes religiones del mundo: el libro de la Ley Sagrada, que es una guía de fe. La segunda y la tercera son los símbolos de la masonería, exhibidos en edificios, mandiles e insignias de todo el mundo: la escuadra, que representa la rectitud, y el compás, una imagen de autocontrol.

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En ese momento, ayudan al iniciado a ponerse en pie y lo invitan a situarse a la derecha del maestro, momento en el cual puede devolver la mirada, solemnemente bondadosa, a los hermanos sentados alrededor de la sala. También puede contemplar el interior rectangular de la logia, con su famoso suelo de baldosas blancas y negras. En la época de Coustos, el patrón de tablero de ajedrez se dibujaba normalmente con tiza, tal como explicó a los inquisidores.

El mobiliario de la logia despierta la curiosidad del iniciado. Por ejemplo, dos columnas independientes con esferas encima, las cuales llegan casi a la altura del hombro. Alrededor del altar sobre el que descansa el libro de la Ley Sagrada hay tres velas apoyadas en columnas en miniatura. Cada columna tiene un diseño distinto. Una está coronada por el elaborado follaje del orden arquitectónico corintio. Las otras dos son una columna jónica y otra dórica. Obviamente, todo esto encierra un simbolismo masónico. Sin embargo, en esta fase del proceso, el maestro se limita a explicar lo que significan las velas (las «luces menores», tal como se conocen en la jerga masónica), que representan las tres guías que acompañarán al iniciado en su vida masónica: el sol, la luna y el maestro de la logia. En palabras de Coustos, esto obedece «a que el sol da luz al día y la luna a la noche, y de ese modo debe gobernar y dirigir el maestro a sus oficiales y aprendices».

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El maestro continúa con la lección. La francmasonería tiene varios grados, del cual este, conocido como «aprendiz», es solo el primero. Así pues, el hermano recién iniciado deberá someterse a más rituales. Por ahora, se le permite conocer el signo, el toque y la palabra, como los llaman los masones.

El signo, un recordatorio de los castigos a los que se enfrenta quien desvele misterios masónicos, consiste (según confesó Coustos) en «llevarse la mano derecha a la garganta como si fueras a degollarte».

El toque es conocido para el resto de nosotros como el apretón de manos masónico. Su objetivo, en palabras de Coustos, es que un masón «sea reconocido en cualquier lugar del mundo por los otros hermanos y que pueda protegerse de quienes no lo son». El maestro enseña el apretón de manos colocando el pulgar en el primer nudillo del dedo índice del iniciado.

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Finalmente, la palabra es BOAZ, esto es, el nombre de una de las dos columnas situadas a la entrada del templo de Salomón, tal como describe el libro de los Reyes. La francmasonería extrae muchos de sus símbolos del templo de Salomón y sus constructores. Esta palabra es tan secreta que los masones solo pueden decírsela unos a otros y jamás pronunciarla entera. Por supuesto, Coustos se lo contó todo a sus captores. BOAZ también tiene un significado simbólico: representa la fuerza.

Después, el nuevo masón debe ser presentado a los oficiales de la logia, intercambiando en todo momento con ellos el signo, el toque y la palabra. Esto permite que le entreguen el mandil masónico de piel de carnero.

Una vez que ha prometido contribuir al bienestar de los masones en apuros y sus familias, sería comprensible que el iniciado pensara que el proceso está a punto de terminar. Sin embargo, todavía debe conocer las herramientas simbólicas adecuadas para el grado de aprendiz: se trata de una regla de unos sesenta centímetros, un mazo y un cincel, y al masón le recuerdan metafóricamente la importancia de aprovechar bien el tiempo, trabajar duro y perseverar. Asimismo debe conocer otros símbolos y nombres abstractos. Muchos guardan relación con la verdad, el honor y la virtud, así como la prudencia, la templanza, la fortaleza, la benevolencia y la caridad. A ello hay que añadir la fidelidad, la obediencia y, por supuesto, el secretismo. Al iniciado le anuncian más normas, como la obligación de no «subvertir la paz y el buen orden de la sociedad».

Finalmente llega un extenso rito que marca el cierre de la reunión de la logia, con más signos, oraciones, aplausos (conocidos como «baterías»), pronunciamientos solemnes y movimientos dignos. En ese momento, después de al menos una hora de ceremonias, los hermanos asisten a una comida festiva.

Mientras el recién iniciado come y bebe hasta saciarse, es posible que se pregunte a qué venía tanto alboroto. Las solemnes tareas y las terribles advertencias debían otorgarle supuestamente un lugar en un grupo de hermanos elegidos para custodiar secretos trascendentales. Se ha unido al grupo, pero ¿dónde están los secretos? Lo único que ha descubierto son secretos sobre secretos. Conoce el signo, el apretón de manos, la contraseña y demás, pero lo único que se desprende de todo ello es la idea de que debe intentar ser un miembro decente.

El iniciado piensa que tal vez deberá esperar a que lleguen los siguientes grados de iluminación. Sin embargo, cuando eso ocurre al cabo de un tiempo, los ritos de iniciación que conmemoran su entrada en el segundo y tercer grado de la francmasonería —conocidos como «grado de compañero» y «grado de maestro»— son más de lo mismo, pero con algunas variaciones.

En la ceremonia del segundo grado (o grado de compañero), preparan al candidato dejándole la rodilla y el pecho derechos al descubierto, a la inversa que en el primer grado. El segundo apretón de manos masónico consiste en presionar con el pulgar el nudillo del dedo corazón en lugar del nudillo del dedo índice. Los mensajes morales son igual de simples que en el primer grado, aunque un poco distintos: al candidato le dicen que, además de ser un compañero decente, debe intentar conocer el mundo. El iniciado hace el juramento so pena de que le abran el pecho, le arranquen el corazón y este sea devorado por los buitres. La palabra es JACHIN, el nombre de la otra columna del templo de Salomón.

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Al candidato al tercer grado (maestro masón) lo preparan quitándole por completo la camisa y dejándole ambas rodillas al descubierto. El apretón de manos consiste en separar los dedos entre el corazón y el anular como si fuera el doctor Spock. El castigo por romper el juramento conlleva que el hermano sea cortado en dos y que sus intestinos sean quemados; después, las cenizas serán esparcidas sobre la faz de la tierra. La palabra es MAHABONE. Su significado resulta incierto, pero hay quienes aseguran que significa «la puerta de la logia está abierta» en un idioma no especificado.

La ceremonia del grado de maestro es la más importante de las tres, el clímax del proceso para convertirse en francmasón. Es mucho más extensa que las dos anteriores y su temática es la muerte. Sin embargo, parece bastante divertida. Los hermanos representan una pequeña obra teatral sobre el asesinato de Hiram Abif, el arquitecto del templo de Salomón. Según cuenta la historia, al negarse a desvelar los secretos de un maestro artesano, Hiram fue asesinado a golpes en la cabeza. El candidato interpreta al arquitecto: le gritan, lo zarandean ligeramente y, después, lo «entierran» en una bolsa de lona para cadáveres, que es llevada en procesión por la logia. Al final, Hiram Abif resucita gracias a la magia del apretón de manos del maestro masón y un abrazo masónico especial que da la vida.

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Un candidato al grado de maestro masón recibe una paliza ritual en un intento por obligarlo a divulgar secretos masónicos.

El secretismo está triplemente encerrado en los grados que marcan el acceso de un hombre a una logia masónica: la existencia de los rituales es secreta; durante dichos rituales, se hacen varios aterradores juramentos de secretismo, y los propios secretos se esconden detrás de símbolos. La ceremonia del grado de maestro culmina cuando sale a la luz el secreto más profundo y terrible. Y el secreto último de la francmasonería es... que la muerte es algo muy serio y pone las cosas en perspectiva.

Y eso es todo en realidad. A pesar de los estratos y pliegues de misterio, la promesa de la francmasonería de revelar verdades ocultas es, de hecho, un envoltorio para unas cuantas verdades crueles. La masonería, tal y como explica el ritual del segundo grado, es nada más y nada menos que un «sistema peculiar de moralidad envuelto en alegorías e ilustrado con símbolos».

Con independencia de lo que hayamos oído sobre masones de trigésimo tercer grado o similares, en la masonería no existen grados más altos que el de maestro, el tercer grado. Sin embargo, con el tiempo, algunos hermanos entusiastas han desarrollado un gran número de «grados paralelos», de los cuales el rito escocés, con sus treinta grados más, es el de mayor complejidad (en las islas británicas se conoce como «rosacruz»). Por ahora, debemos recordar que esos grados paralelos son tan solo variaciones que se escinden de los tres grados principales que acabo de describir. Cuando le pregunté a un masón por qué se había embarcado con tanto entusiasmo en la consecución de numerosos grados paralelos, se limitó a responder que «es adictivo». Ninguno entraña grandes novedades: todos se basan en la misma mezcla de alegoría, reglas morales comunes y corrientes y un sentido ceremonial de la unidad. Pero existe un enorme margen para un uso imaginativo de símbolos y espléndidos disfraces.

Igual que no deberíamos despreciar lo cautivadoras que son las ceremonias de la francmasonería, tampoco deberíamos ver como algo trivial la moralidad y la filosofía que los masones expresan en sus rituales. Los significados que se ocultan detrás del simbolismo pueden parecer singularmente convencionales: sé buena persona, intenta estar bien informado y demuestra tolerancia religiosa. Sin embargo, en comparación con las ideas peligrosamente disparatadas que venden muchas religiones ortodoxas —quemar brujas, matar a infieles, estigmatizar a los pecadores—, los preceptos que deben obedecer los masones son reconfortantes.

Los masones insistirán en que su hermandad no es una religión. Otros podrían responder que, si hay ceremonias y símbolos como en una religión y ahondan en el mismo territorio moral y espiritual que una religión, decir que no es una organización religiosa es hilar muy fino. Quizá baste con describir la masonería como una especie de religión de segundo orden: otorga libertad de conciencia, lo cual permite al individuo tomar sus propias decisiones sobre los misterios teológicos, a la vez que ofrece un contexto para vivir juntos en una paz espiritualmente constructiva. Sería fácil reírse de ello, pero es más difícil desautorizarlo. Muchos masones también hacen numerosas obras de beneficencia.

Cuando John Coustos confesó todo esto, los inquisidores portugueses reiteraron en varias ocasiones que lo consideraban una persona «creíble». Al menos hasta que le preguntaron cuál era el propósito de los rituales. Esto es lo que anotaron:

[Coustos] dijo que el único fin [de los rituales] es mantener el secretismo que deben respetar todos los miembros.

Pregunta: Si, como él dice, el único motivo para dichas normas y otras ceremonias es fomentar el secretismo, ¿cuál es el propósito último de ese secretismo en vista de los estrictos e inusuales castigos que imponen? [...]

[Coustos] dijo que el propósito último de esos procedimientos era el secretismo.

El objetivo del secretismo masónico es el secretismo; en realidad, no pretende ocultar nada. Dicho de otro modo, el elaborado culto al secretismo de la francmasonería es una ficción ritual. Todos los castigos truculentos que implica la ruptura de un juramento son puro teatro y nunca se llevan a cabo. Como cabría esperar, para los inquisidores, esa parte de la confesión de Coustos fue «breve, esquiva y engañosa». Ese es el motivo por el que lo torturaron: porque la verdad acerca de la masonería resulta absolutamente decepcionante.

Aunque Coustos no era el héroe que afirmaba ser, hay que reconocerle por siempre que no se inventara nada para satisfacer las expectativas de los inquisidores. Le habría sido fácil idear algún abominable sacrilegio para que los torturadores no creyeran que habían estado perdiendo el tiempo. Cuando Tommaso Crudeli, un masón italiano, fue arrestado por la Inquisición de Florencia más o menos por la misma época, la acusación contra él se basaba en las afirmaciones de otro miembro, según el cual los reclutas eran masturbados por un hermano de mayor rango y luego eran obligados a firmar un espeluznante juramento con su propio semen: supuestamente, se comprometían a cometer cualquier delito, con la única salvedad de la sodomía. Por tanto, Coustos en cierto modo sí fue un mártir: del anticlímax. Pero, desde entonces, otros masones como él, y enemigos de la masonería como los inquisidores, se han rendido al impulso de ver mucho más en el secretismo masónico de lo que realmente hay. Esa es la ironía que impregna muchas de las historias que siguen. Aunque, en sentido estricto, el secretismo masónico es poca cosa, sí han sido muchas las interpretaciones que de él han hecho los hermanos y sus enemigos a lo largo de la historia y en todo el mundo.