2. CALLE DEL CALVARIO (AHORA)

Y es en esta planicie chamuscada donde empiezo esta historia. Encuentro un piso en una calle que se llama, como todas las calles de Madrid, algo sacado de un pueblo castellano católico. Creo que en Madrid me irá mejor, sí, eso espero. Casi soy optimista. Casi. En mi embotamiento, tardo en comprender las diferencias, que son en realidad tan reconocibles.

Por ejemplo: todo el mundo es amable en Madrid. Especialmente por las tardes. No es hasta un tiempo después cuando comprendo que por las tardes todo el mundo está borracho. El portero de mi finca, un bielorruso que lleva el pelo engominado y un traje príncipe de gales, es el primero en darme la pista. Por las mañanas no me saluda, pero por las tardes está tremendamente pizpireto. Me guiña el ojo, me cuenta chistes verdes y se tambalea un poco. Tardo más de la cuenta en entender lo que le pasa porque el vodka no se huele en el aliento, viejo zorro.

Lo mismo pasa con el resto del barrio. Las mañanas son frescas, y todo parece dormido hasta las doce del mediodía. Después se despereza, con aires quejosos de resaca. Los camareros, los tenderos, la señora del estanco, todo es lento, como en una aldea aislada. Todo tan distinto de las noches. Al poco tiempo me doy cuenta de que he cometido un error de principiante: he alquilado un piso encima de un bar con terraza. Suena Manzanita todas las noches y cuando los vecinos imploran descanso y la taberna cierra finalmente, los coches encienden las radios y pinchan cumbia y reguetón. La juerga es el primer mandamiento de la ciudad y mi calle es su templo: un karaoke de borrachos dándolo todo a las cinco de la mañana.

Un karaoke de borrachos que está perpetuamente a una temperatura febril. Nadie me había hablado del calor de Madrid, o al menos yo había decidido ignorar cualquier advertencia. Me he mudado a mitad de agosto, lo cual implica que vivo en un horno permanentemente encendido que mantiene el asfalto caliente hasta de noche y me impide dormir. Durante semanas dejo intactas las cajas de cartón de la mudanza, incapaz de mover un músculo. Compro plantas en una tienda moderna del barrio, para animarme, y se me mueren al cabo de nada. Todo se niega a crecer en Madrid. Todo está o acaba frito.

Un día, entablo conversación en el ascensor con la vecina del piso de arriba. Es algo mayor que yo, pero no lo parece. Tiene el pelo oscuro, los ojos un poco rasgados y la piel blanca. Veo una sonrisa agradable, de dientes grandes y caballunos, se pinta los labios de color rojo y lleva vestidos floreados. Se llama Sonia. Me fijo en los muslos firmes, la piel fina, las ojeras. Usa pendientes de oro. Con voz aguda y cansada me pregunta si yo tampoco puedo dormir por el calor. Le digo que no, que no puedo. Me ofrece una limonada en su piso y acepto. No tengo nada mejor que hacer.

Su piso es bonito, luminoso. Hay estanterías de madera hechas con cajas de fruta, plantas por todas partes y muchos libros en el suelo. Me pregunto si las plantas serán de plástico. Me pregunto si será bruja y, por tanto, capaz de generar vida. También ha colocado tapices en las paredes –«para aislar el ruido», dice.

Sonia me sirve la limonada y sigue hablando. Me molesta un poco su tono de voz agudo, pero quizás es que llevo demasiado tiempo sin interactuar con nadie. Me he desacostumbrado a escuchar voces de distintas personas en una misma habitación.

–¿Vives sola? –le pregunto, simulando interés.

–Sí.

–Qué guay. –Miro los libros que hay por todas partes, en las estanterías, en el suelo, entre los muebles–. ¿Trabajas en la universidad?

–No exactamente. De momento solo estudio.

Se revuelve en el asiento. Noto cierta inquietud en la respuesta.

Sonrío.

–Yo no trabajo –digo, para tranquilizarla.

–¿No? ¿Y eso?

–No necesito trabajar.

Sonia parpadea muy rápidamente, varias veces seguidas, como un colibrí. Bzzz.

–¿A qué se dedica tu marido? –me pregunta.

–No estoy casada.

–Ah.

Bzzz otra vez.

Finalmente ha entendido lo que intento decirle. Le estoy intentando decir que soy rica.

Es una lástima que no sea verdad. Solamente tengo algo de dinero por lo que hice. Por lo que dejé que me hicieran. Y ahora tengo bastante para aguantar un año sin trabajar. Aun así me gusta ver la expresión en su rostro cuando lo insinúo. Rica. Contemplo sus diferentes estados de ánimo mientras suceden, es divertido: cierta estupefacción al principio, seguida de una envidia contenida, y cuando esa emoción termina, se condensa en algo invisible pero penetrante, que se instala como el mal olor: todo aquel que cree que eres rico quiere algo de ti. Quieren tu dinero. O, al menos, algo que se le parezca. Cuando se dan cuenta, sienten vergüenza y algo de culpa. Como sé ahora, la culpa es un sentimiento muy desagradable, que todos queremos quitarnos de encima. El resultado de toda esta oleada que pasa en apenas unos segundos es que tu interlocutor, de manera inconsciente, comienza a darte cosas sin parar, para expulsar esa sensación que tan mal le hace sentirse.

–¿Te apetece cenar conmigo esta semana? Conozco un peruano estupendo –dice–. Yo invito.

¿Ves? Nunca falla.

Esa misma noche, desde la tierra que hierve, desde ese nuevo calvario insomne, me ilumina la pantalla del ordenador. Paso horas conectada, buscando algo que me tranquilice, y hoy lo hallo en los surcos de los ríos y el mar, en mapas antiguos, en las historias de aquellos que se ahogaron antes que nosotros. Así llego esa noche, a las seis de la mañana, al retrato de una mujer que fue testigo del ahogamiento de una niña en 1642. Lo cuenta en unas crónicas transcritas en un blog, esa mujer de mirada adusta y labios fruncidos. «Las crónicas del Cauterio», reza el título del post. Leo la calma en su escrito al revelar cómo sacaron a un bebé muerto del río. Leo su nombre, Deborah Moody, una puritana que se exilió a las colonias de América del Norte en el siglo XVII. Miro su cara, parecida a la de un lechón recién cebado, y sus ojos saltones, como dos huevos duros. «La primera mujer en fundar una colonia. Realizó el primer trazado de una ciudad en el nuevo mundo», repiten en los foros sobre crímenes históricos.

Pienso en cómo abrió un tajo en la tierra, como quien descuartiza un animal sabiendo lo que hace: con los gestos mínimos, pura eficacia. Una cruz en el suelo y una plaza en medio. Tachán. Con eso creó su pueblo. Ahora es bastante más complicado, no le puedes ir haciendo agujeros al suelo por donde te da la gana. Ojalá. Si fuera así agarraría una taladradora yo misma para salir de este lugar, cavaría un túnel y me enterraría en él, segura, tranquila, sin necesidad de respirar.

La noche siguiente ceno con Sonia en un restaurante de medio pelo del centro y me cuenta que es scort para empresarios de la construcción. Cementeras, empresas de aluminio. Señores con puro que sellan contratos millonarios con una mamada debajo de la mesa en reservados de restaurantes con manteles hasta el suelo. En la plaza de les Glòries oí hablar alguna vez sobre ese tipo de reuniones con miembros del ayuntamiento, pero pensé que se trataba de leyendas urbanas. Leyendas de urbanismo, las llamábamos en la oficina. Jaja. Pero ahora la confidencia de Sonia me repele, no por el contenido, sino porque no me conoce. No me gusta que me lo haya contado, ahora su secreto se me adhiere como una medusa pegajosa. Al cabo de una semana decido mudarme a un piso donde no tenga que hablar con nadie. Me voy a un edificio de oficinas de la Castellana que tiene un par de áticos en alquiler. No quiero tener amigas. Ya tuve amigas y no me sirvió de nada.