OPERACIÓN ALFA

Ocupar las islas del sur parece haber sido un objetivo común a varias generaciones de marinos argentinos. En 1905, aprovechando que la Compañía Argentina de Pesca había fundado Grytviken, la Marina de Guerra montó una estación meteorológica que atendieron científicos argentinos, con la bandera flameando en lo alto y el escudo en la puerta, hasta 1950. Ese año los británicos decidieron desalojarlos por la fuerza y entregar el material técnico en Montevideo. El gobierno de Juan Domingo Perón no protestó, como tampoco lo hicieron los súbditos de la Corona cuando la Armada ensambló el puesto. El contragolpe argentino fue más consecuente. En la campaña antártica del año siguiente, aprovechando la ventaja de la cercanía, dos fragatas recorrieron las Sandwich para determinar el mejor lugar para doblar la apuesta e instalar de facto otra estación, pero ahora de comunicaciones.

En enero de 1954 montaron el refugio en la isla Tule y con todo listo, en diciembre de ese mismo año, desembarcaron a un guardiamarina y dos radioaficionados para que operaran la radio de la nueva estación. Estuvieron unos pocos días hasta que increíblemente una erupción volcánica los obligó a evacuarse.

En los siguientes veinte años, la Argentina no insistió en sus conquistas hasta que en 1974, el capitán de navío Juan Lombardo rescató el plan y convenció a la Armada para porfiar con una base soberana en las Sandwich. Esta vez no sería un simple refugio o estación sino instalaciones científicas completas. En septiembre de 1976 el Operativo Sol estaba listo para proceder a la «ocupación efectiva y pacífica» del territorio de ultramar en disputa, como proponía Lombardo.

Unas cincuenta personas, entre civiles y militares, se desplegaron en los cinco kilómetros cuadrados de la isla para construir, en cinco meses, mil metros de estructuras. En marzo de 1977 quedó terminada la vivienda para ocho personas más todas las dependencias de mediciones y servicios que incluían una estación de radio, un sismógrafo y un equipo desalinizador. Nació así la Base Corbeta Uruguay.

La presencia argentina fue detectada por el transporte Endurance en una de sus navegaciones y por toda reacción los británicos remitieron una nota de protesta, entregada en la embajada argentina en Londres, que fue respondida sin demora y aclarando que se trataba de un proyecto «estrictamente científico», sin otro propósito. Los británicos evaluaron en algún momento un desalojo, pero lo descartaron por el costo que tendría la operación, en un momento en el que el Reino Unido buscaba bajar sus gastos en las dependencias del Atlántico Sur.

Lombardo sumó graduaciones a su carrera y en 1981, ya como vicealmirante de la Armada, dispuso repetir la experiencia exitosa de Tule, pero en las Georgias. En principio la idea era llevar científicos civiles, pero ante la eventual dificultad para encontrar voluntarios, los marinos se definieron por un número reducido de hombres de las tropas especiales: comandos anfibios y buzos tácticos, entrenados para las condiciones difíciles. Esta decena de hombres se quedarían en la isla San Pedro al cierre de la campaña antártica de marzo-abril de 1982, a pasar el invierno, cuando los británicos se hubieran retirado. Lombardo calculaba que, como con Tule, los ingleses harían cuentas y verían que montar un dispositivo de desalojo sería muy oneroso y de consecuencias imprevisibles. La operación se llamaría Alfa.

A esta altura, el chatarrero Davidoff se había contactado con el director de Antártida y Malvinas de la Cancillería, Carlos Lucas Blanco, para tramitar los certificados provisorios, o tarjetas blancas, que era el documento que la Argentina y el Reino Unido habían acordado como válido para los argentinos que viajaran a las Malvinas y sus dependencias.

Davidoff había pagado la opción en 1979, y la compra, en 1980, así que estaba en posición de viajar en cuanto terminara de organizar la campaña y reclutar la gente. El problema a resolver seguía siendo el cruce marítimo. En su viaje a las Malvinas había detectado que el Servicio de Transportes Navales de la Marina mantenía servicios regulares a las islas y era una presencia habitual para los isleños. Decidió ir por ahí.

Lombardo había dado la directiva de que atendieran al chatarrero para tener a mano la posibilidad de camuflar el desembarco del grupo Alfa en el viaje de los obreros, por eso no le costó hablar con el responsable, el capitán Luis Palau. Además, Davidoff tenía cierta afinidad con los militares luego de haber cursado el primer año de la Escuela de Suboficiales de la Fuerza Aérea, en Córdoba.

En la apertura de las negociaciones hubo algunos roces. Davidoff quería el primer tramo sin costo, exenciones en gravámenes e impuestos, líneas de financiamiento en el Banco Nación y apoyo de la Prefectura para las tareas en el Puerto. Palau le dijo que lo único que podía darle era una tarifa razonable para el transporte. Empezó entonces una discusión sobre el precio del viaje. Terminaron acordando que le cobrarían la misma tarifa que a los puertos de Ushuaia o Malvinas, aun cuando la distancia a recorrer fuera significativamente mayor, en seis cuotas de 33 millones de pesos de la época, a empezar a pagar en 1983. El acuerdo convenía a las partes. Davidoff pagaba un flete relativamente barato a plazo y la Armada no hacía negocio, pero tenía a disposición el ardid de sumarse a la campaña de los trabajadores para desplegar su plan.

Mientras el chatarrero discutía el transporte para su equipo y operarios, la Armada reunía ese pequeño pero selecto grupo de comandos y buzos. Los elegidos, mayormente de la Base Naval Mar del Plata, no tenían ni la menor idea sobre la misión a cumplir, pero especulaban que tal vez los mandaran a secuestrar en Suiza al otrora todopoderoso ministro y jefe de la banda parapolicial Triple A, José López Rega, o a poner un explosivo en el palacio de La Moneda, sede del gobierno chileno. Sí sabían informalmente que el jefe del grupo sería el teniente de corbeta Diego García Quiroga, aunque también sonaban los oficiales Pedro Giachino y Alfredo Astiz.

En tanto, Davidoff seguía avanzando en la organización del viaje. Para el desarmado de las estaciones, subcontrató a la empresa de construcciones y montajes electromecánicos Montelmec. La empresa operaba en todo el cordón industrial del conurbano y tenía sus oficinas en El Palomar, a pocas cuadras de la estación. Como referencia tenían haber trasladado la planta de Chiclets Adams, tarea que por su escala y complejidad demostraba que podían con el desafío de las Georgias. Pero debían ver las instalaciones para saber qué necesitaban y presupuestar el trabajo.

El entusiasmo de Davidoff y sus socios era tal que comenzaron a buscar veleros particulares para ir a las estaciones. Estaban dispuestos a navegar no menos de un mes —con buenas condiciones— en uno de los mares más bravíos del globo, con tal de llevar a cabo el proyecto. Tampoco había muchas alternativas. La suya, sin otra posibilidad, debía ser una aventura marina.

Davidoff en persona fue a ver a los tripulantes del Basile, en San Fernando, y les ofreció siete mil dólares por el viaje, que no haría él sino el director de obras de Montelmec, Jorge Patané, 34 años y dos en el cargo con buen desempeño. Los franceses dudaron, pero finalmente le dijeron que no. Ya eran ocho para convivir sobre un casco de poco más de catorce metros. Constantino se sintió muy decepcionado.

Otro de los barcos que podía hacer ese viaje extremo más allá del paralelo cincuenta era el velero de dos palos Caimán, del capitán de pesca Igor Raggio. Al principio pareció que iban a llegar rápido a un acuerdo, incluso hablaron de ir en diciembre-enero y fijaron una tarifa de mil dólares por día, por eso de que la vela tiene destinos mas no fechas. Sin embargo, a pocas semanas de la partida hubo una reapertura de la negociación y no se pusieron de acuerdo. Tampoco irían en el Caimán. Pero el Caimán sí iría a las Georgias.

Raggio se había entusiasmado con la posibilidad de ir a las islas y, además, ya era una cuestión patriótica. El Servicio de Inteligencia Naval (SIN) le había pedido que fuera a observar el «ambiente militar», para informarles al regreso, y él no se iba a negar a ese servicio.

Sin barco, ya muy frustrado, Davidoff fue con la incertidumbre a los militares y le dijeron que lo llevarían para esa primera exploración cuando comenzara la campaña antártica y los viajes de abastecimiento a las bases. Acompañar al empresario era la excusa perfecta para ver en el terreno el mejor lugar para que se instalara la casa prefabricada del grupo Alfa.

El 15 de diciembre de 1981, Davidoff, Patané, el ingeniero industrial Carlos Costa y Oscar Rodríguez, uno de los dueños de Montelmec, zarparon por fin rumbo a las Georgias en el Almirante Irízar, un potente rompehielos de ciento veinte metros de eslora de menos de cinco años, con camarotes muy cómodos y una tripulación de más de cien personas. Los chatarreros compartieron los privilegios de los oficiales a bordo y en el primer tramo realmente disfrutaron surcar ese mar plomizo y cristalino.

El hombre al mando, el capitán César Trombetta, puso proa rumbo a las Georgias, pero en el despacho de salida escribió «Ushuaia». La directiva era salir del sistema de posiciones de la Armada y, «en sigilosa», como le llaman los marinos de guerra, entrar en la bahía Stromness y bajar a tierra para inspeccionar las estaciones. El buen tiempo en la navegación cambió velozmente, como suele ocurrir en el imprevisible Atlántico Sur, y el Irízar empezó a cabecear y rolar. Pronto todos tenían un mareo horrible y todavía mucho mar por delante. Sufrieron pero llegaron y al fin pudieron ver lo que habían comprado. La realidad superó ampliamente la expectativa.

En Leith había varios talleres de reparaciones livianas con materiales, herramientas y enormes tanques de almacenamiento en muy buenas condiciones. El entusiasmo de Davidoff y sus socios se complementaba con el de Trombetta, que veía perfecto el lugar para que los alfa invernaran, con esos fiordos montañosos que hacían que controlar todo el territorio fuera muy difícil, casi imposible. Además, había comodidades acordes a un pueblo pequeño, con habitaciones, salones y oficinas. Incluso, sopesó el capitán, no necesitarían la casa prefabricada porque el lugar estaba más que habitable y estructuralmente sólido.

La visita a la estación de Stromness fue aún más prometedora. Como sabía Davidoff, en la vieja planta noruega había numerosas hélices de cuatro palas y dos diques flotantes que, imaginaba, se podían llevar navegando hasta la Patagonia para usarlos allí en todo tipo de reparaciones y trabajos navales. Para el griego, el verdadero negocio a largo plazo estaba en la oportunidad de hacerse con los diques para dar servicios a toda la flota argentina. El ingeniero Costa estimó, después de medir el espesor de las chapas, que podrían ir a remolque hasta el continente. Una gran noticia.

Husvik también valía la pena. Había muchas cadenas de barco y tanques de combustible de cincuenta mil y cien mil litros, de chapa muy dura, que cortada en pedazos de dos por tres metros generarían buen dinero.

La idea del grupo era hacer una suerte de inventario de las existencias, pero era tal la cantidad que optaron por documentar con imágenes. Juntaron los treinta y pico de rollos que habían llevado y en las siete horas que estuvieron recorriendo las factorías sacaron cerca de mil fotos. Muy satisfechos todos, levantaron las anclas del Irízar y, ahora sí, rumbearon para Ushuaia. Pasaron la Navidad ahí y luego tomaron un avión para Buenos Aires.

Al llegar, Davidoff recibió una advertencia de la embajada británica. Si bien era cierto que les había informado por carta que viajaría a las islas para relevar las estaciones, la notificación llegó cuando ya estaba en viaje y la delegación diplomática se enteró de la visita por el informe del jefe del British Antarctic Survey (BAS) que detectó la visita del Irízar. Hubo una queja de la embajada que fue rechazada por la Cancillería argentina y el empresario fue amonestado por no haber hecho su ingreso formal por Grytviken.

Davidoff no prestó demasiada atención al reto y siguió con sus preparativos. No tenían demasiado tiempo. En la isla, por el frío, podían trabajar hasta fines de junio, así que si pretendían cumplir con una primera etapa de cuatro meses de trabajo, tenían que zarpar en febrero-marzo. Es decir, dos meses para reunir a los trabajadores, conseguir máquinas y herramientas y aprovisionarse con todo lo necesario para vivir en aquella isla tan inhóspita como hermosa.

Trombetta tenía una agenda más distendida pero no menos prometedora. Durante el verano se iría con el rompehielos a las bases antárticas y al regreso, cuando sus colegas británicos del Endurance y el Biscoe terminaran sus campañas, mandaría a los Alfa a esa linda villa que era Leith y con bastante poca inversión, de gente y recursos, se lograría ensanchar un poco más el territorio nacional.

Civiles y militares desconocían entonces que el mismo día de su partida, Lombardo recibía la orden de planificar el desembarco en Malvinas y que eso afectaría los planes de manera definitiva. Poco después, a fines de enero, Jesús Iglesias Rouco haría público el plan secreto de la Junta Militar en una columna en el diario La Prensa. «Paremos la operación Georgias», ordenó el almirante en la firme convicción de que si se tomaban las Malvinas, no tenía sentido hacer pie en aquellas lejanías.

Así y todo, el grupo Alfa se terminó de conformar. Eran trece, entre comandos y buzos. Al frente estaría Astiz. Con poco más de treinta años, el entonces teniente de navío, hijo y nieto de marinos, era un joven culto y encantador. Para entonces ya se había infiltrado en el grupo de fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, secuestrando a varios de sus miembros y a dos monjas, las francesas Alice Domon y Leónie Duquet. También había sido parte del grupo de tarea 3.3.2, que había detenido ilegalmente y torturado prisioneros en la Escuela de Mecánica de la Armada. En 1978 había viajado a Francia para infiltrarse entre los familiares de desaparecidos que denunciaban los crímenes de la dictadura, pero lo descubrieron y se fugó a España. Su siguiente destino fue la misión naval en Pretoria, Sudáfrica, en donde andaba siempre armado y a bordo de un auto alemán que era su debilidad. Pero también de allí debió partir raudo cuando lo prensa empezó a acosarlo por su pasado y surgió el proyecto Alfa, que lo tendría alejado de la atención pública por un tiempo prudencial, evaluaron en la Armada.

Astiz había sido seleccionado personalmente por el contralmirante Edgardo Otero, en la convicción de que este joven cuadro de la fuerza naval cumpliría con el principio rector de la misión y no permitiría lo que ocurrió en Malvinas, en 1833, cuando los británicos expulsaron a los argentinos de las islas sin mucha resistencia. Otero apostaba a que Astiz no se rendiría ante un eventual desalojo y pelearía hasta la muerte.

Los alfa estaban acuartelados en el apostadero naval en San Fernando. Hacían prácticas de tiro y movimientos en las islas del Delta. Aproximaciones a objetivos, un poco de puntería y no mucho más. En la semana hacían esas prácticas livianas, dormían y se movían en el yate presidencial Itatí. Los fines de semana volvían a sus casas. Una rutina un tanto aburrida, pero eran las órdenes y la incógnita sobre el objetivo de la misión los tenía atrapados.

La jefatura de Astiz les parecía bien. Había cursado la especialidad comando de la marina en 1979 junto a alguno de los convocados y tenían buenas referencias. Como parte del curso de tropas especiales, uno de los ejercicios era que los soltaban sin equipo ni recursos, sin siquiera algo de dinero, y debían llegar como fuere a un destino preestablecido mientras sus compañeros intentaban atraparlo. El fugitivo no podía, en teoría, cometer delitos, pero existía un margen de tolerancia amplio para lo que hiciera. Al oficial Astiz lo soltaron en Miramar para que llegara a la base de Camet, a más de cincuenta kilómetros. La búsqueda fue tenaz, pero no lo encontraron, Astiz ganó. Según les dijo después, en Miramar robó una embarcación y en lugar de trazar un rumbo directo al objetivo, fue para el lado contrario, para Necochea, ahí cargó combustible, que robó de otras lanchas, y se internó mar adentro para navegar finalmente hasta su objetivo. Verdad o mentira, a los ojos del grupo había completado la misión con solvencia.

Con un jefe así, que tenía el apoyo de los superiores y las condiciones personales, seguramente podrían completar la misión que les encomendaran y cumplir con honor, por qué no, el lema de la Armada: «Irse a pique antes que rendir el pabellón».