Aeroportul International Henri Coanda

Me voy de casa.

Mi abuela se queda varada en la puerta,

mirando cómo el coche se aleja

con el verano.

El abuelo, apoyado en su bastón,

se despide agitando su mano derecha y trabajada;

yo sé que también la levanta en protesta

contra la distancia.

Las lágrimas de sus ojos

son un vidrio

roto y esparcido por Europa.

La palabra futuro es un clavo afilado

en la boca del que se va

sin querer irse. Esa boca es mía.

La terminal se convierte en un cementerio

de exiliados hacia ninguna parte.

Ese exilio es mío.

Uno por uno, observo los ojos.

Todos son lo que yo soy

porque todos tienen un mismo miedo:

aterrizar en un país,

donde no esperan los abuelos

despidiéndose en la puerta,

con la mano levantada

con el vidrio roto en los ojos,

pensando

que nadie los verá morir.