Me voy de casa.
Mi abuela se queda varada en la puerta,
mirando cómo el coche se aleja
con el verano.
El abuelo, apoyado en su bastón,
se despide agitando su mano derecha y trabajada;
yo sé que también la levanta en protesta
contra la distancia.
Las lágrimas de sus ojos
son un vidrio
roto y esparcido por Europa.
La palabra futuro es un clavo afilado
en la boca del que se va
sin querer irse. Esa boca es mía.
La terminal se convierte en un cementerio
de exiliados hacia ninguna parte.
Ese exilio es mío.
Uno por uno, observo los ojos.
Todos son lo que yo soy
porque todos tienen un mismo miedo:
aterrizar en un país,
donde no esperan los abuelos
despidiéndose en la puerta,
con la mano levantada
con el vidrio roto en los ojos,
pensando
que nadie los verá morir.