1. ¡UN SUEÑO MARAVILLOSO!

—¡Ya está el desayuno, Bolo! ¡Levántate!

Bolívar escuchó entre sueños la voz de su mamá, pero no se movió. Se sentía tan cómodo y calientito debajo de las sábanas que no le importaba quedarse sin desayunar. Prefería seguir acostado, pues tenía la esperanza de volverse a dormir y, de esta forma, continuar soñando.

Había tenido un sueño maravilloso, ¡el mejor de su vida!, y pensaba que si se esforzaba un poco podría regresar a él.

Se cubrió la cabeza con la cobija, apretó mucho los ojos y se quedó inmóvil. Esperó durante varios minutos, pero todo fue inútil: no pudo volverse a dormir.

Con tristeza, evocó los detalles del sueño, permanecían frescos en su memoria. ¡Se acordaba de todo! “Qué raro —pensó—. Es como si hubiera ocurrido en verdad.”

En efecto, aquella experiencia le parecía tan real que por un momento dudó de que hubiera sido sólo un espejismo.

En su sueño, él era nada menos que el presidente de México. ¡Sí, el presidente! Tenía un auto con un chofer, una lujosa oficina en el Palacio Nacional y se sentaba en una impresionante y cómoda silla de madera con un águila tallada. Pero lo mejor de todo era que tenía a su amiga Tania como su gran aliada. Ella no sólo era su mejor amiga, sino que sabía todo lo que era necesario saber y le daba los mejores consejos para gobernar. Y aunque al principio Bolo había tenido miedo y muchas dudas, poco a poco logró sentirse más seguro como presidente. Además de Tania, tenía un gran equipo de colaboradores. Esto lo había hecho deducir que un equipo íntegro y capaz es de lo más importante para gobernar un país.

—¡Bolo, levántate! —volvió a decir su madre—. Vas a llegar tarde a la escuela.

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Bolívar se sentó en la cama y se quedó mirando hacia el ropero de su recámara. En su sueño, allí había trajes oscuros, corbatas y camisas de todos los colores. El chico se acercó al ropero y, de un jalón abrió la puerta corrediza con la esperanza de encontrar esas prendas. Sin embargo, sólo vio playeras, sudaderas, la chamarra que le había regalado su tía Fernanda y los tenis que acostumbraba a usar siempre.

No parecía un ropero presidencial.

Después de bañarse y mientras se ponía el uniforme de la escuela, el olor a café con leche, frijoles y tocino le abrió el apetito. Se apresuró a bajar y cuando entró en la cocina vio que su familia ya estaba desayunando. Su mamá preparaba molletes, que se veían de ensueño.

El chico se sentó a la mesa.

—Pensé que nunca ibas a bajar, chamaco —le dijo su papá de buena gana, aunque ya tenía prisa por salir a trabajar su taxi.

—El transporte de la escuela pasará dentro de veinte minutos, así que tienes que apresurarte —le advirtió su mamá mientras ponía ante él un plato con dos molletes y una taza de humeante café con leche.

—Yo quiero otro mollete —pidió Emiliano, su hermano menor, pero su mamá le dijo que no.

—Ya te comiste cuatro —le recordó ella—. Te puede dar indigestión.

Emiliano comenzó a hacer berrinche.

Mientras desayunaba, Bolívar seguía pensando en su sueño. Le habría encantado que todo aquello fuera cierto. La chamba de presidente le parecía la mejor de todas, pues tenía el poder para servir y ayudar a la gente y acabar con las injusticias. Para él, lo más emocionante había sucedido cuando, con la ayuda de su amiga Tania y sus otros colaboradores, lograron encarcelar al “licenciado” Chanchullo, un tipo muy corrupto que hacía negocios para robar y explotar a la gente.

—Te va a dejar el autobús, hijo. ¡Apresúrate! —le dijo su mamá sacándolo de sus ensoñaciones.

—No necesito ningún autobús —respondió Bolívar, muy serio—. Tampoco tengo que ir a la escuela. Soy el presidente de la república. Cuento con un auto y con mi propio chofer. Se llama Pepe y es un niño, como yo.

—Déjate de fantasías, chamaco —le dijo su papá, sonriendo—. Si quieres ser presidente, primero necesitas ir a la escuela y estudiar mucho.

En ese momento, se escuchó el claxon del autobús escolar. El chico se puso de pie, tomó su mochila y se despidió rápidamente de sus padres antes de salir corriendo. Ni siquiera le dio tiempo de lavarse los dientes.

2. EN EL AUTOBÚS

Bolívar logró abordar el camión en el último minuto, cuando el conductor, don Esteban, estaba a punto de cerrar las puertas del vehículo.

—La próxima vez no te espero. Si no estás a tiempo me voy sin ti —le advirtió don Esteban mientras ponía el autobús en marcha.

—Perdón, don Esteban, no volverá a suceder —se disculpó Bolívar y se dirigió al fondo del transporte.

En uno de los últimos asientos vio a Tania, que lo saludó con la mano y le sonrió. Bolo la saludó también desde lejos. Cuando se acercó, ella quitó su mochila del asiento de junto para que él se sentara a su lado. Ella siempre le apartaba el lugar a su amigo.

—¿A qué no te imaginas lo que soñé! —exclamó él con gran entusiasmo.

—Que piloteabas un helicóptero.

—Mejor que eso.

—Que peleabas con un dragón.

—Mejor que eso.

—Que un platillo volador aterrizaba en tu casa.

—Mejor… te lo digo yo.

Entonces Bolo le contó que había soñado que era presidente de la república. Aunque le aclaró que no estaba del todo seguro de que hubiera sido en realidad un sueño, porque fue una experiencia muy real.

Mientras se dirigían a la escuela, Bolo le contó a Tania su sueño. Ella lo escuchó con interés. Y, cuando el chico le contó que ella también había sido parte de aquella fantástica aventura, se emocionó mucho.

—Parecía que todo estuviera sucediendo en verdad. ¡Hasta tú estabas ahí!

—¿En serio?

—¡Claro! Trabajábamos juntos y tú me ayudabas a enfrentar a un empresario llamado Chanchullo. Bueno, no sé si empresario o político, porque hacía las dos cosas dependiendo de lo que quisiera lograr. Este tipo era un corrupto y un ambicioso al que solamente le importaba ganar más y más dinero. Amenazaba a sus trabajadores con quitarles su empleo si no hacían lo que él deseaba.

—¡Qué malvado!

—Pero no sólo esto. Chanchullo le había dado dinero a personas que trabajaban en el gobierno para que lo dejaran construir una carretera exclusiva, sin ninguna curva, de la Ciudad de México al Triángulo de Oro.

—¿El Triángulo de Oro? ¿Qué es eso?

—Un hotel de lujo. El problema es que esa carretera y el hotel eran proyectos dañinos porque, para construirlos, era necesario acabar con una cantidad enorme de bosques y montañas, incluyendo varios cientos de poblaciones que las habitaban y cuidaban desde tiempos inmemorables. Por supuesto, el presidente, o sea yo, no lo dejó realizar su plan y eso lo enojó mucho. Por eso comenzó a usar su dinero y a sus trabajadores para atacar al gobierno.

—Pero tu lograste detenerlo, ¿verdad?

—En realidad tú me ayudaste —le aclaró Bolo—. Si no hubiera sido por ti y otras personas íntegras y profesionales, no habría podido encarcelarlo.

—Pues sí que fue una aventura muy especial —dijo Tania—. Pero, ¿por qué dices que no crees que haya sido sólo un sueño?

Entonces Bolívar le dijo que, al atardecer, mientras miraba por la ventana, vio una pequeña luz que tenía una larga cola de fuego.

—¡Una estrella fugaz! —exclamó la niña.

—¡Exacto! —confirmó él—. Entonces supe que debía pedir un deseo. Cerré los ojos y dije en voz baja: “Deseo, estrella fugaz, que se termine toda la corrupción. ¡Que yo pueda hacer algo para que se termine toda la corrupción!”

—Pues tu deseo se realizó. Al menos en tu sueño, lograste impedir que una persona corrupta siguiera robando.

Bolívar estuvo de acuerdo, pero eso no lo hizo sentirse demasiado feliz. Le habría gustado acabar con la corrupción en la realidad y no sólo en sus sueños. Todos los días, al oír hablar a sus papás o escuchar las noticias sobre su país, se enteraba de que existían muchas personas parecidas al licenciado Chanchullo. Hombres y mujeres que violaban la ley todos los días y se aprovechaban de los demás para su beneficio. Algunos de ellos trabajaban en el gobierno. Eran servidores públicos, aunque de “servidores” tenían muy poco. Se trataba, por el contrario, de personas que mentían, engañaban y robaban. Y lo peor de todo es que muy pocas de esas personas recibían su castigo.

Todo eso puso muy tristes a los dos amigos, que continuaron el trayecto en silencio.

3. UNA ENFERMEDAD

LLAMADA CORRUPCIÓN

Al llegar a la escuela se separaron. Cada uno se fue a su salón, pero a la hora del recreo se volvieron a reunir. Ambos sacaron su respectivo lunch y se dirigieron a la jardinera donde les gustaba sentarse. El patio estaba lleno de niños y niñas que jugaban y corrían de un lugar a otro armando alboroto.

Sin poder evitarlo, los dos amigos regresaron al tema de la corrupción. Los dos deseaban saber por qué existía algo tan feo y, sobre todo, por qué a la mayoría de los adultos parecía no molestarles que eso sucediera.

—¿Cómo es posible que a nadie le importe que las cosas vayan tan mal? —se lamentó Bolívar.

—Yo creo que hay adultos a los que sí les importa —dijo Tania—, pero a lo mejor no son tantos, o no están bien organizados, o no saben cómo solucionar este problema.

En ese momento, los dos chicos vieron a la maestra Martina, a quien le gustaba salir al patio durante el recreo. No lo hacía para vigilar a los alumnos, pero si veía que un niño o una niña estaba molestando a alguien más no dudaba en intervenir para que todos estuvieran en paz.

A Tania y a Bolívar les caía muy bien esa maestra, así que se acercaron a ella para comentarle las dudas que tenían. Le preguntaron sobre el tema que tanto les preocupaba.

La maestra los escuchó con atención y les dijo que ése era uno de los graves problemas del país, pero que México no era el único lugar donde había personas que hacían trampa o engañaban para obtener algo. Los ciudadanos corruptos, es decir, aquellos que hacen cosas ilegales al amparo del gobierno, existen en todo el mundo y siempre han existido.

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—Lo malo es cuando esa forma de ser se vuelve algo normal —explicó la maestra Martina—. Mucha gente lo hace y entonces parece que está bien ser así, que es algo normal. No se dan cuenta de que, de esa forma, se dañan a sí mismos, a la comunidad y al país entero.

La maestra también les dijo que hay actos de corrupción de muchos tipos, pero que no cualquier engaño es un acto de corrupción. Por ejemplo, cuando un estudiante hace trampa para aprobar un examen, es reprobable, pero el estudiante no es corrupto todavía. Pero cuando el conductor de un auto le da dinero a una autoridad, como un agente de tránsito, para que no le levante una infracción, sí lo es. También hay casos más graves. Por ejemplo, cuando alguien que trabaja en el gobierno se roba el dinero de los ciudadanos o se aprovecha de su puesto o sus contactos, para obtener un beneficio personal o para favorecer a alguien.

—Pero ¿cómo podemos acabar la corrupción? —preguntó Tania, quien estaba cada vez más interesada en el tema.

—No es fácil —respondió la maestra—. Hay que vigilar que las autoridades realicen su trabajo con integridad, que las personas sean conscientes de que la corrupción es algo indeseable y que todos denunciemos a aquellos que actúan sin respetar las leyes y los valores democráticos. Una manera de empezar es reconocer que el problema existe, y saber cómo funciona para poder resolverlo.

El sonido del timbre que anunciaba el fin del recreo interrumpió las palabras de la maestra. Esto siempre les molestaba a los dos amigos, pero esta vez fue peor. Ambos habrían preferido quedarse platicando sobre el tema. La maestra Martina les dijo que, si querían, podrían continuar conversando al día siguiente. Ellos estuvieron de acuerdo.

Al terminar las clases, los dos chicos volvieron al autobús que los llevaría de regreso a sus respectivas casas. A esa hora la mayoría de los niños y las niñas que viajaban en el transporte escolar se encontraban cansados y hambrientos. Eso se les notaba en la cara.

Bolo y Tania compartían ese cansancio, pero también se sentían inquietos por lo que les había dicho la maestra. Tania, en especial, sentía una mezcla de enojo y curiosidad. Le molestaba saber que algo tan malo como la corrupción existía en su país y que hubiera tanta gente a la que no le preocupara. Se preguntaba por qué ocurría algo así y cómo podía evitarse.

La casa de Bolívar quedaba más cerca que la de Tania. Por eso, él siempre se bajaba primero del transporte. Cuando su amigo se despidió, ella se quedó sola en su asiento, mirando en silencio a través de la ventanilla. Vio las casas, las tiendas, el parque y a la gente que iba y venía ocupada en sus asuntos.

A ella le gustaba la ciudad y, sobre todo, su querido barrio. Había vivido allí siempre; era un lugar lleno de recuerdos bonitos. Por eso le entristecían y preocupaban las cosas malas que ocurrían. Con frecuencia escuchaba a su mamá y a su papá hablando sobre la falta de seguridad en la colonia, la escasez de agua o las malas condiciones de las banquetas.

“¡Ojalá yo pudiera hacer algo para cambiar todo eso!”, pensó mientras lanzaba un largo suspiro.

4. TANIA INVESTIGA

Cuando llegó a casa, su mamá la recibió con una rica sopa de fideos, atún con ensalada, agua de limón y duraznos en almíbar. Antes de sentarse a la mesa le dio un beso a su mamá y se lavó las manos. Luego comenzó a comer a toda prisa.

—Con calma, hija —le dijo su mamá—. Te va a hacer daño comer tan rápido.

—Es que tengo un chorro de tarea, mami —respondió ella mientras se llevaba la cuchara a la boca.

Tania no mentía. Su maestra les había dejado mucha tarea, pero había algo más que deseaba hacer. Quería investigar en internet todo lo que pudiera sobre el tema que en esos momentos le estaba dando vueltas en la cabeza. Le interesaba saber más sobre la corrupción.

Estaba segura de que muchas cosas que buscaba las encontraría en la página de Daniela Wagner, una famosa periodista de la televisión que, además, tenía su propio sitio en internet. Tania admiraba a Daniela. Le parecía una persona muy preparada y valiente. En su noticiero y en la red denunciaba los abusos de la gente poderosa sin importarle las consecuencias. Muchos políticos y empresarios le temían, pues era muy popular. Todos sabían que Daniela siempre decía la verdad.

Tania soñaba con ser como ella un día. De hecho, cuando le preguntaban a qué quería dedicarse cuando fuera grande, ella decía sin dudarlo: “¡Seré periodista!”.

La niña devoró los duraznos en almíbar y lavó los trastes. Luego subió corriendo las escaleras para quitarse el uniforme. En el camino casi se tropieza con uno de los escalones.

—¡Cuidado, chamaca! —le gritó su mamá, preocupada—. ¡Pareces un changuito!

—Soy tu changuito loco —respondió ella y entró en su recámara.

Durante más de una hora, Tania estuvo haciendo la tarea. Eran varios problemas de matemáticas que resolvió con gran facilidad. La materia era una de sus preferidas y no comprendía por qué a sus compañeros no les gustaba.

Al terminar, guardó su cuaderno y encendió la computadora para buscar la página de Daniela. La periodista tenía el pelo largo pero recogido, usaba poco maquillaje y casi siempre mostraba una expresión seria, sobre todo cuando daba alguna noticia importante. A veces, a Tania le costaba un poco de trabajo entender lo que decía porque usaba palabras cuyo significado aún no conocía, porque hablaba de cosas y de personas de las que ella nunca había oído hablar. Sin embargo, esto no le importaba, porque siempre que la escuchaba aprendía algo nuevo.

En una ocasión vio un video donde la periodista estaba entrevistando a un político acusado de robar grandes cantidades de dinero mientras fue funcionario público. El político intentaba defenderse, decía que todo era mentira, que él era incapaz de robar y de mentir. La niña se dio cuenta de que, durante toda la entrevista, este sujeto intentaba hacerse el simpático para que Daniela se pusiera de su lado. La trataba como si fuera su amiga del alma y se tomaba demasiadas confianzas con ella. En cierto momento, ella lo interrumpió:

—Un momento, licenciado —dijo la periodista en tono amable pero firme—, antes de continuar con la entrevista le voy a pedir que no siga llamándome “mi Danielita”. Usted y yo apenas nos conocemos y ésta es una entrevista seria. Las cosas de las que se le acusan son graves.

Tania todavía recuerda que al político se le puso la cara roja y comenzó a tartamudear. Intentó disculparse, pero no pudo. Ahí decidió que quería ser como ella.

La niña encendió la computadora y abrió YouTube. La página se desplegó ante ella, invitándola a ver videos musicales. Ella resistió la tentación. Le encantaban esos videos (sobre todo los de unos chicos de Corea cuyas coreografías la dejaban con la boca abierta), pero sabía que si comenzaba a verlos luego no sería capaz de parar.

Así, pues, tecleó el nombre de su admirada Daniela y aparecieron varios videos de su noticiario. Como Tania sabía distinguir fuentes confiables, fue directo al canal oficial de la periodista. En cada video, Daniela hablaba de algún caso de abuso de poder cometido por políticos, funcionarios del gobierno, empresarios y otras personas. La niña no comprendía todo lo que estaba viendo, pero entendió lo suficiente para saber que el asunto era grave.

Entre los casos que vio fue el de una empresa que había construido casas en un fraccionamiento. Muchas familias las compraron y se fueron a vivir allí. Estaban felices de tener un hogar propio. Pero, al poco tiempo, se dieron cuenta de que esas casas estaban mal construidas. Los techos tenían goteras, la luz se iba a cada rato y las llaves del agua comenzaban a gotear y en las paredes aparecieron grietas. Y por si todo esto no fuera suficiente, cada vez que llovía, todo el lugar se inundaba.

Las personas que compraron las casas estaban muy enojadas y fueron a quejarse con el director de la empresa constructora para que les devolviera su dinero, pues ya no querían vivir allí. El director no los quiso recibir, dijo que él no tenía nada que ver, que no lo estuvieran molestando. Entonces los vecinos del fraccionamiento se organizaron y lo demandaron. Fueron con las autoridades a denunciar que sus casas estaban mal hechas y con materiales de pésima calidad. El regidor de aquel lugar dijo que no se preocuparan, qué él se encargaría personalmente de resolver el problema; sin embargo, no hizo nada. Luego se enteraron de que el regidor era primo del dueño de la empresa constructora y que había recibido dinero para dejar que su pariente hiciera esas casas.

En el video, la periodista terminaba con estas palabras:

—Así es. Hasta el de hoy, las personas afectadas no han sido escuchadas. Las autoridades no han hecho nada para obligar a la compañía constructora a reparar las casas o regresarles el dinero a los vecinos. Esto es una grave injusticia. ¿Quién autorizó esos contratos? ¿Quién verificó el procedimiento de obra? ¿Cuánto dinero ilegal hubo de por medio para que el gobierno soltara esos permisos de construcción? Si no hay respuesta a estas preguntas, además de la injusticia podríamos hablar de corrupción entre gobierno y empresa.

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Durante casi dos horas, Tania estuvo revisando todo lo que podía encontrar sobre el tema. Vio videos y consultó páginas. Anotaba todo aquello que le parecía importante en un cuaderno. También escribía cosas en papelitos que pegaba en un pizarrón de corcho que había colocado en una de las paredes de su recámara. ¡En verdad estaba haciendo una gran investigación! La propia Daniela Wagner habría estado orgullosa.

Alrededor de las nueve de la noche, su mamá entró en su recámara y le dijo era hora de apagar la computadora, que no era bueno estar tanto tiempo viendo videos musicales.

—No estoy viendo videos musicales —le aclaró ella—. Investigo sobre la corrupción.

—¿Es para una tarea? —preguntó su madre.

—No. Es algo que me interesa a mí.

—Me parece bien que tengas esos intereses, pero de todas maneras no debes estar tanto tiempo ante la pantalla. Además, ya es hora de cenar y de irse a dormir.

Tania habría querido quedarse otro rato investigando, pero no quería desobedecer a su mamá. Así que cerró la sesión, llevó al ratón hasta donde decía inicio/apagado e hizo clic. La pantalla se oscureció y ella se levantó de su silla para dirigirse a la cocina.

5. TANIA Y LA ESTRELLA FUGAZ

Tanía y su mamá prepararon juntas unas ricas quesadillas para cenar. Luego la niña guardó sus cosas en la mochila y dejó preparado su uniforme para el día siguiente. Finalmente se puso la piyama y se lavó los dientes. Se sentía confundida y triste por todo lo que había investigado. No comprendía cómo era posible que hubiera gente que, en lugar de servir a su comunidad y esforzarse para tener un mejor país, hacían exactamente lo contrario.

Le parecía decepcionante que hubiera tantos hombres y tantas mujeres que se aprovechaban de los demás (sobre todo de los más pobres) y se dejaban llevar por la ambición y el deseo de tener más y más dinero. Tania se preguntó para qué servían las leyes si había tantos ciudadanos que no las respetaban. Le molestaba, sobre todo, los casos de políticos y funcionarios que usaban su poder para enriquecerse en lugar de servir a la gente. “¡Eso no se vale!”, pensó, sintiéndose muy enojada.

Antes de acostarse, se asomó por la ventana de su habitación. La calle estaba desierta e iluminada por la luz del alumbrado público. Un suave vientecillo movía las hojas de los árboles y los autos estacionados parecían dormidos. Las ventanas de las casas de enfrente estaban iluminadas, pero no se podía ver el interior, pues en todas ellas las cortinas estaban cerradas.

En el cielo había una amenazante nube negra, la cual parecía anunciar una tormenta, lo cual era muy extraño en esa época del año. ¿Tendría esa nube algún significado? ¿Era el anuncio de que algo estaba por ocurrir? Entonces, Tania fue testigo de un fenómeno que nunca había presenciado, pero del cual había oído hablar muchas veces. En medio de la nube, una pequeña luz parecía desafiar la oscuridad de la noche. Al principio, pensó que se trataba de una estrella, pero el resplandor era cada vez más intenso. Además, tenía una especie de cola. “¡Es una estrella fugaz!”, pensó.

En ese momento recordó lo que le había contado su amigo Bolívar. Él también había visto una estrella fugaz la noche anterior. Según le contó, pidió un deseo. Pidió que él pudiera hacer algo para que se terminara la corrupción.

La estrella era cada vez más brillante.

Pensó que ella también debía pedir algo. También quería eliminar la corrupción, pero, sobre todo, entender por qué y cómo funcionaba esta terrible enfermedad. Y es que, para ella, la corrupción era eso, un padecimiento que podía ser curado si se tomaba la medicina adecuada. Pero ¿cuál era esa medicina? Eso es lo que ella quería averiguar.

—Deseo, estrella fugaz, entender por qué hay gente corrupta y cómo se le hace para aliviar la enfermedad que provocan, para que, de esta forma, tengamos un país mejor, más justo y más íntegro —pidió en voz baja.

Entonces la luz desapareció, como si nunca hubiera estado allí. Tania estaba segura de haberla visto. No fue una alucinación.

Se fue a la cama y se durmió. Sus sueños no fueron tranquilos. Sintió que estaba en medio de una tormenta que la arrastraba sin que ella pudiera hacer nada para impedirlo. Sintió como si el viento jugara con ella a su antojo como si fuera una muñeca de trapo sin voluntad propia. Luego, el vendaval la levantó del suelo y la elevó por los aires. Se dio cuenta de que estaba en medio de un remolino que la hacía girar cada vez más rápidamente. Intentó gritar, pero no pudo. Supo que estaba soñando e hizo el esfuerzo por despertarse, pero no pudo. Estaba angustiada, su corazón latía con gran rapidez.

Entonces, sin previo anuncio, súbitamente, llegó la calma. La tormenta parecía haber desaparecido. Tania recuperó poco a poco la tranquilidad. Su respiración se volvió más regular.

Poco a poco fue despertando de aquel intenso sueño…

Con sorpresa se dio cuenta de que no estaba en su cama, sino en un sitio muy diferente. Miró hacia todos lados tratando de reconocer aquel lugar. Todo le resultó extraño. Era una habitación grande con un techo muy alto. Ante ella había un gran librero con muchos libros empastados. Arriba del librero colgaba un cuadro de Benito Juárez. Del lado derecho una gran ventana con una delgada cortina dejaba pasar una suave luz.

Estaba sentada en una cómoda silla y ante ella había un escritorio que a ella le pareció enorme. Estaba cubierto con innumerables papeles. También había una computadora portátil abierta. Tania se dio cuenta de que no era la suya. Echó una mirada a la pantalla, la cual mostraba el escritorio y folders cuyos nombres no reconoció.

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—¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? —se preguntó con inquietud.

Se levantó de su asiento y caminó por la habitación tratando de hallar una respuesta a sus preguntas. Entonces se dio cuenta de su atuendo. A ella le gustaba vestir playeras, jeans y tenis. Le parecía la ropa más cómoda de todas. Sin embargo, en ese momento tenía puesto un traje sastre, parecido al de algunas mujeres adultas. La falda era gris, igual que el saco. Tocó la tela de la blusa blanca que llevaba; era de una tela muy suave.

Pero lo que más le sorprendió fueron los zapatos de tacón alto que calzaba. Una vez, hace algún tiempo, se había puesto los de su mamá e intentó dar algunos pasos con ellos. En aquella ocasión casi se cae. Sin embargo, en ese momento, pudo caminar sin problemas.

Trató de encontrar alguna explicación a lo que estaba sucediendo. Lo único que se le ocurrió fue que estaba soñando, así de sencillo. Pero esta posibilidad no la dejó muy convencida. Y es que aquel sueño, a diferencia de otros que había tenido, era demasiado real. “Quizá si me pellizco, me despertaré”, pensó e hizo el experimento. Pero lo único que logró fue lastimarse el brazo con tantos pellizcos.

De pronto, se escuchó sonar un timbre. El sonido se repitió varias veces. Tania miró a su alrededor para saber de dónde provenía. Fue hasta su escritorio y vio un teléfono rojo que no había notado antes, el cual estaba sonando con insistencia. Dudó un momento antes de tomarlo, pero con tal de que no siguiera haciendo ruido descolgó y lo acercó a su oído.

—Bueno, bueno… ¿Tania? ¿Me escuchas?

La voz que escuchó a través del aparato le resultó conocida, aunque no lograba identificarla.

—¿Quién es? —preguntó ella.

—Pues yo. ¿Quién más iba a ser? Soy el único que usa esta línea.

Entonces Tanía reconoció a la persona que estaba al otro lado.

—¡Bolívar! ¡No sabes qué gusto me da oír tu voz! Me está ocurriendo algo rarísimo. Fíjate que…

—Luego me lo cuentas —interrumpió él—. En este momento necesito tu ayuda. Es urgente.

—¿Qué ocurre?

—Está cañón. Es como si le hubiera dado una patada a un panal y todas las abejas hubieran salido a picarme… —la voz de su amigo sonaba muy agitada. En verdad estaba preocupado.

—Explícame qué pasa.

—Pues mira… —comenzó a decir Bolívar, pero de pronto se interrumpió—. No, mejor te lo cuento en persona. Un espía puede estar oyendo nuestra plática.

—¡¿Un espía?!

—Espérame. Voy para allá.

6. ¡¿DÓNDE ESTOY?!

Tania fue a sentarse ante el escritorio de aquella extraña oficina. En su cabeza comenzaban a formarse algunas ideas, como si fueran las piezas de un rompecabezas que van ocupando su lugar. Recordó lo que le había contado Bolo en el autobús. Según su amigo, soñó que era presidente de la república y que ella era su asistente. No su secretaria, sino una importante funcionaria que lo asesoraba y le decía qué hacer. Con la ayuda de otras personas, habían logrado desenmascarar a un millonario tramposo y ladrón.

“¿Quizá estoy dentro del sueño de Bolo? No… más bien él está dentro de mi sueño. O, a lo mejor no es un sueño, sino algo que está pasando de verdad. ¡Estoy toda hecha bolas!”, se lamentó la niña.

Mientras pensaba todo esto miró hacia la pantalla de la computadora y leyó lo que estaba escrito allí. Parecían las notas personales de alguien. Pero ¿de quién?

Entonces lo supo:

—¡Yo lo escribí! —dijo en voz alta—. Son mis notas.

Tania estaba muy sorprendida. Al leer lo que estaba escrito allí, comprendió lo que le preocupaba tanto a su amigo. Entonces no le quedó duda de lo que estaba haciendo ella en esa habitación. ¡No sólo que había sido ella quien escribió lo que estaba en la pantalla, sino que también recordaba con claridad por qué estaba en ese lugar! ¡Era su oficina! ¡Trabajaba en el gobierno y era al asesora y consejera del presidente de México!

En ese momento se abrió la puerta y Bolívar entró corriendo. Vestía con gran formalidad: llevaba traje y lucía una bonita corbata. Claro, llevaba los tenis de siempre. Además estaba muy bien peinado. No venía sólo, lo acompañaba un perrito, el cual llevaba anteojos. Eso dejó muy sorprendida a Tania, pues era la primera vez que veía a un perro con gafas.

A Tania le dio mucho gusto ver a su amigo.

—Hola. ¿Cómo va todo, Bolo?

—¡Tenemos que actuar de inmediato! ¡Esto no puede seguir así! —exclamó el chico sin responder al saludo. Lucía muy agitado

—Calma, Bolo. No vale la pena que te pongas así —intentó tranquilizarlo su amiga.

—¿Cómo quieres que me calme? Pensé que al encarcelar por corrupto al licenciado Chanchullo el asunto estaría resuelto. Ahora veo que no es así. Estoy superenojado.

Tania recordó lo que acababa de leer en la pantalla de la computadora. Era algo que ella había escrito precisamente sobre ese problema.

—Entiendo tu furia —explicó ella—, pero así son las cosas. La gente corrupta, los que cometen fraudes, extorsionan a los demás y violan la ley para sacar provecho casi nunca actúan solos. Casi siempre tienen una red de cómplices.

—¿De qué?

—De cómplices. Un grupo de personas que trabajan juntas para cometer un delito. Sin duda el licenciado Chanchullo tenía amigos con los cuales hacía negocios sucios, y ahora todos ellos están muy enojados con nosotros porque les arruinamos su forma corrupta de hacer dinero.

—Creo que esos cómplices deben ser personas muy importantes —dijo Bolo pensativo—. Me llaman por teléfono a cada rato para amenazarme, pero ninguno de esos cobardes dice su nombre. Dicen que van a poner a los ciudadanos en mi contra.

Tania dijo que algunos de ellos podrían ser políticos que, en lugar de servir al pueblo, se habían unido a Chanchullo.

—No sería raro que intentaran hacerte quedar mal frente a todos. La gente te quiere porque has demostrado ser un mandatario justo, pero esos malvados son capaces de hacer una campaña negativa para ensuciar tu imagen. No sería raro que alguno de ellos quisiera ganar las elecciones y convertirse en el próximo presidente.

—¡¿Un corrupto como presidente?! ¡Eso jamás! Tenemos que detener a todos esos bandidos y meterlos en la cárcel.

Tania dijo que estaba de acuerdo, pero no era tan fácil. Se necesitaba una investigación. Había que averiguar los nombres de los amigos corruptos de Chanchullo y reunir pruebas en su contra. Sólo así les podría detener, juzgar y encarcelar. Pero lo más importante era saber cómo operaban, qué cosas ocurrían en el país para que hubiera Chanchullos de todas clases y tamaños a lo largo y ancho del territorio.

—Si no demostramos que son culpables no podremos encerrarlos. Ellos no respetan la ley, pero nosotros sí —dijo Tania y agregó—. Además, tenemos que desarmar ese rompecabezas, porque si encerramos a unos, pero otros quedan libres, el problema nunca se terminará. Es como acabar con una red: no basta deshacer sólo un nudo…

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En ese momento el perro con anteojos ladró como dando a entender que estaba de acuerdo con Tania.

—Perdón, Tania —dijo Bolívar tranquilizándose un poco—. Estoy tan alterado que olvidé saludarte. Tampoco te presenté a mi amigo. Se llama Max y es un perro muy inteligente.

Max movió la cola y alzó una pata para saludar a Tania.

7. EL SALÓN DE LA VERDAD

Tania y Bolívar llegaron a la conclusión de que tenían que elaborar un plan, una estrategia. Era necesario investigar todo lo que se pudiera sobre la corrupción, averiguar cómo funcionaba, quiénes la practicaban y, sobre todo, cómo acabar con ella.

—Sí. ¡Hay que encarcelar a esos delincuentes! —exclamó Bolívar entusiasmado.

—Eso no es suficiente, Bolo —le respondió su amiga—. No basta con desenmascarar a los que violan la ley, necesitamos investigar más y más. Saber cómo funciona, ir a las entrañas de este veneno que tiene enfermo a nuestro país. Lo importante es que las cosas malas no se repitan.

Bolívar estuvo de acuerdo con su amiga y ambos decidieron que debían formar un equipo.

—Buscaremos a los mejores investigadores, los más audaces e inteligentes para que nos ayuden a entender y a luchar contra la corrupción.

—¡Seremos como la Liga de la Justicia! —dijo Bolívar con gran emoción—. Con nuestros superpoderes defenderemos la justicia y acabaremos con el mal. Propongo que se llame el Escuadrón M.

—¡Perfecto! Y nuestra misión será investigar a fondo la corrupción —completó Tania.

Ahora que ya tenían un nombre y un objetivo, debían elegir a los agentes que formarían el escuadrón M. Necesitaban expertos en distintas áreas, personas preparadas, listas y, sobre todo, con mucho valor e integridad, pues se trataba de una misión peligrosa.

Los dos chicos y el perro Max salieron de la oficina y caminaron por un amplio pasillo. El piso era de madera y del techo colgaban grandes candiles. En las paredes, del lado izquierdo, había retratos de grandes personajes de la historia, mientras que, del lado derecho, grandes ventanales dejaban pasar la luz de la mañana. Al llegar al final de pasillo ambos bajaron una escalinata hasta llegar a las puertas de un elevador. Entraron y descendieron varios pisos.

—Iremos a un lugar que poca gente conoce —explicó Bolívar en tono misterioso.

Cuando las puertas del elevador se abrieron, ambos niños y el perrito salieron a una gran habitación que estaba en penumbras. Parecía la cabina de mando de una nave espacial. Había un par de asientos frente a dos grandes consolas con lucecitas y botones. Ante ellos, había varias pantallas.

—¡Guaaaau! ¿Dónde estamos, Bolo? ¡Este lugar está padrísimo!

El chico le explicó que ese era el Salón de la Verdad, una cabina de mando que él había mandado construir. Era un lugar donde podía realizar misiones supersecretas. Allí había computadoras muy poderosas que no solamente permitían procesar muchos datos, sino que también tenían acceso a cámaras situadas en las principales ciudades del país. Además, había un sofisticado sistema de comunicación global. A Tania le pareció que estaba dentro de una película de ciencia-ficción.

—¿Por qué no hay personas trabajando aquí? —preguntó la niña al darse cuenta de que aquella sala se encontraba vacía.

—Max y yo somos los únicos que podemos entrar en el Salón de la Verdad. Es mi centro de operaciones. Lo uso cuando tengo una misión importante que cumplir. De vez en cuando recibo a algún invitado o invitada especialista en los temas que más interesan al país.

Bolívar condujo a su amiga hasta uno de los asientos y él ocupó el otro lugar. Los dos tenían un teclado frente a ellos y tres pantallas.

—Ahora te dejo aquí en compañía de Max para que revises diferentes bases de datos y puedas elegir al mejor equipo para esta misión. Si les da hambre, me avisan y pedimos unas tortas. ¿De acuerdo?

—Sipi, estoy de acuerdo. Vamos a trabajar.

8. LOS ELEGIDOS

Sentada ante las pantallas del Salón de la Verdad, Tania comenzó a revisar los perfiles con mucha atención. Cada vez que daban clic en el nombre de alguna persona aparecía ante ellos una ficha con la foto y sus datos personales y su profesión.

Max también ayudó en la pesquisa: cuando alguno de los candidatos le parecía bien, lanzaba un ladrido.

Pasaron tres horas. Tania y Max se encontraban muertos de cansancio. Sin embargo, también se sentían satisfechos. Estaban seguros de haber escogido a los mejores agentes para la misión que se habían propuesto realizar. Eran cuatro personas: Malena, Carlos, Rodrigo y Valentina. Ellos eran muy diferentes entre sí, tenían habilidades y conocimientos distintos, pero Tania estaba segura de que, al juntarlos, formarían un equipo sensacional.

Cada uno de los elegidos tenía un “superpoder” que lo convertiría en un miembro valioso del recién creado Escuadrón M. No eran superpoderes como los que tienen los personajes que aparecen en los cómics y en las películas. Ninguno podía volar, ni doblar barras de hierro, ni hacerse invisible, ni correr a cientos de kilómetros por hora. Sus habilidades eran de otro tipo. Ellos luchaban con su inteligencia y sus ideales.

Pero ¿quiénes eran estos chicos y chicas? ¿Por qué los habían elegido Tania y Max?

Una de ellas se llamaba Malena, una niña de doce años. No trabajaba para el gobierno. Era una ciudadana responsable y preocupada por la sociedad. Esta niña acostumbraba a criticar al poder cuando era mal usado, cuando no servía al país, sino que se utiliza para beneficiar a unos pocos. Nunca había tenido miedo de denunciar los abusos, injusticias o errores del gobierno. Era una niña confiable por su integridad, que sabía construir redes sociales, que sabía a quién acudir cuando tenía que resolver un problema.

También estaba Carlos, el periodista, un niño de once años. Era un reportero que no tenía miedo de investigar, conocer la verdad y darla a conocer. Para él, era importante que la gente conociera lo que sucedía en su país, tanto lo bueno como lo malo. Era un niño con gran habilidad para hacer que sus entrevistados digan lo que quieren ocultar. Tenía una capacidad especial para investigar y documentar cada caso, escoger lo importante, ponerlo en el orden adecuado y explicarlo de manera que todo mundo le entendiera.

Otro de los elegidos para formar el Escuadrón M era Rodrigo, de doce años, un genio de la informática y la tecnología. Era un niño muy creativo y curioso que tenía la habilidad para diseñar los más complejos sistemas y construir impresionantes aparatos electrónicos. Mediante sus herramientas y computadoras era capaz de resolver problemas muy complicados. Era un máster de las redes sociales y herramientas de innovación, pero siempre las usaba para causas valiosas. Como estratega digital, solía denunciar a quienes hacían mal uso de las herramientas informáticas.

Finalmente estaba Valentina, de diez años, la deportista del grupo. A pesar de ser una niña, ya había ganado varias competencias de gimnasia. Además, poseía un gran talento como bailarina. ¿Para qué necesitaba el escuadrón alguien así? La verdad era que la sorprendente agilidad y rapidez de Valentina, la convertían en un elemento muy útil para las misiones más peligrosas. Era capaz de saltar más alto que nadie, trepar por la fachada de un edificio, correr a una increíble velocidad y colarse en una habitación sin ser notada. Era de baja estatura y nariz respingada con unos enormes ojos que le permitían divisar a lo lejos cualquier peligro.

—¡Qué gran equipo! —exclamó Bolo, emocionado.

—Vamos a llamarles por teléfono para reunirlos y explicarles el operativo. Se llama ELIMINA, es decir, Estrategia Líder Multidisciplinaria de Inteligencia y Acción.

En la pantalla se proyectó la imagen de cada miembro del Escuadrón M, con sus respectivas cualidades y el papel que jugarían en la misión.

Al terminar su exposición, Tania guardó silencio y se rascó la cabeza. Bolívar se dio cuenta de que algo le preocupaba. Le pareció que quería decir algo, pero no se atrevía.

—¿Qué sucede? —le preguntó su amigo.

—Es que… —comenzó a decir ella sin saber bien cómo continuar—. Lo que pasa es que… Pues que no creo que tú debas formar parte del Escuadrón M.

—¡Por qué no!

—Pues porque eres el presidente —le recordó ella—. Tienes la responsabilidad de gobernar el país. No puedes abandonar tu puesto. Además, la misión puede ser peligrosa y no podemos arriesgar tu vida.

—Es que quiero participar —respondió Bolo con tristeza.

—Claro que participarás. Tú tienes el poder para cambiar las cosas y para que se haga justicia. Todo lo que nosotros averigüemos te lo vamos a reportar a ti. Siempre estarás informado de lo que hagamos y te encargarás de tomar las medidas necesarias para diseñar la estrategia anticorrupción. En realidad, tú estás al mando.

Bolívar no estaba muy contento, pero reconoció que Tania tenía razón.

—Está bien —dijo él—, pero quiero estar presente en la primera reunión para conocer a todo el equipo.

—¡Guau! —ladró Max, dando a entender que él también quería asistir.

—De acuerdo.

Tania se comunicó ese mismo día con Malena, Carlos, Rodrigo y Valentina.

Después de presentarse, les comentó que el presidente estaba interesado en sus servicios y los citó al día siguiente en el Salón de la Verdad. Allí les explicaría de qué se trataba. No quiso dar ningún detalle por teléfono porque temía que algún espía estuviera escuchando. Los cuatro chicos aceptaron ir a la reunión.

El resto del día Tania y Max estuvieron organizando el plan. La misión era supersecreta y solamente los miembros del Escuadrón M podían estar enterados. Nadie más.

9. EL ESCUADRÓN M

Ala mañana siguiente, amaneció nublado, brumoso, como si estuviera a punto de desatarse una tormenta. Tania miró al cielo a través de la ventana de su oficina. Una nube negra, idéntica a la que ya había visto, flotaba en el cielo. ¿Era un mensaje de la naturaleza? Quizá la nube era el símbolo de la corrupción, la cual nubla y oscurece las ciudades, los países enteros…

Tania llegó muy temprano, entró al Salón de la Verdad, prendió las luces y pantallas en las que proyectaría una serie de casos y datos sobre corrupción para explicar al Escuadrón M la tremenda realidad que enfrenta el país.

La cita era a las nueve de la mañana. Malena llegó quince minutos antes de iniciar la junta. Se la veía sentada con una mochila morada; en ella cargaba artículos inimaginables, pero de gran utilidad. Su semblante era de gran emoción por descubrir el motivo de la misteriosa invitación.

Carlos y Valentina llegaron en punto de las nueve. Ambos se encontraron en el túnel que conducía al Salón de la Verdad. En el trayecto se presentaron y se preguntaron cuál sería la razón de tan secreta convocatoria. Les inquietaba saber que harían juntos un reportero y una deportista-bailarina en una oficina de gobierno con características tan peculiares.

A las nueve de la mañana en punto, Carlos, Malena, Rodrigo y Valentina se presentaron en la residencia presidencial. Se sentaron en la sala de espera, sin hablar entre ellos, pues no se conocían.

Finalmente, Carlos rompió el silencio. Como era periodista estaba acostumbrado a hacer preguntas y enterarse de todo. Además, era un niño muy curioso.

—¿Ustedes saben para qué nos mandaron llamar? —preguntó el reportero a Malena y a Valentina. Ellos se encogieron de hombros al mismo tiempo, dando a entender que no tenían ni idea.

—Pues a mí se me hace rarísimo —continuó Carlos—. A lo mejor nos quieren proponer algo malo. Un negocio sucio, por ejemplo.

—Espero que no —se animó a decir Malena—. Porque yo no aceptaría.

—No creo que sea un negocio sucio —comentó Valentina—. No conozco al presidente en persona, pero sé que es honesto.

—Es verdad —intervino Carlos—. ¿Se acuerdan cuando metió a la cárcel al licenciado Chanchullo? Todos sabíamos que ese tipo era un corrupto, pero nadie se atrevía a tocarle ni un pelo. Muchos le tenían miedo, pero el presidente lo investigó y se atrevió encarcelarlo.

Los tres se acordaban de eso porque no había ocurrido hace mucho y todos los periódicos y los noticieros dieron a conocer la noticia.

Los tres chicos continuaron conversando y preguntándose qué quería de ellos el presidente. Su plática fue interrumpida por Tanía, quien entró en la sala de espera. Lucía muy formal con su traje sastre y el pelo peinado hacia atrás y con una cola de caballo.

—Hola, hola. Perdón por haberlos hecho esperar. Me da gusto que hayan aceptado nuestra invitación. Sólo estamos esperando al último invitado.

De pronto, por el largo pasillo, se vio corriendo a Rodrigo, conocido por sus cuates como Ro, todo despeinado, con un sombrero medio caído y una mochila muy pequeña roja con su computadora, una serie de cables y aparatos extraños. Por alguna razón, todo le cabía ahí.

Tania pidió a los recién llegados que la acompañaran. Los condujo por el largo pasillo de los candiles hasta el elevador, el cual los llevó hasta el Salón de la Verdad. Tal como le ocurrió a ella cuando entró en ese lugar por primera vez, los visitantes se quedaron con la boca abierta. Además de las consolas con lucecitas y las numerosas computadoras, ahora había en el centro una larga mesa con varias sillas y una gran pantalla que colgaba del techo. ¡Aquello parecía la Baticueva!

Malena, Carlos, Rodrigo y Valentina miraban con asombro y un poco de miedo hacia todos lados.

Entonces se escuchó una voz:

—Bienvenidos, al Salón de la Verdad.

Los cuatro miraron hacia donde provenía la voz. Allí estaba Bolívar, presente en aquella primera reunión, como había pedido. Max iba alrededor de la mesa, moviendo la cola, como presentándose. Bolívar saludó a cada uno por su nombre y les agradeció su presencia. Luego, Tania los invitó a sentarse en torno a la gran mesa.

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—Se estarán preguntando por qué los hemos hecho venir. Enseguida lo sabrán. Pero primero déjenme ofrecerles algo de tomar. ¿Quieren un refresco? ¿Agua de jamaica? ¿Un licuado de fresa?

Ninguno quiso tomar nada. Los cuatro chicos estaban ansiosos por conocer el motivo de tan misteriosa reunión.

Entonces Tania tomó la palabra. Dijo que los había llamado por una razón muy especial.

—A ustedes los elegimos entre miles de candidatos, porque creemos que son los mejores para la misión.

—Pero ¿cuál es esa misión? —preguntó Malena, quien se encontraba muy ansiosa.

—Enseguida se lo explicará Tania —dijo él y le cedió la palabra a su amiga.

—Gracias señor presidente —dijo ella y luego se dirigió a los recién llegados—. Seguramente recordarán el caso de licenciado Chanchullo. El presidente y varios de sus colaboradores logramos demostrar su culpabilidad en una serie de negocios turbios. Eso nos permitió iniciar un juicio y encarcelarlo. Por desgracia, la corrupción es una gran red en la que participan muchos delincuentes. Chanchullo solamente era una parte de esta red.

Tania siguió diciendo que el presidente y ella deseaban crear un escuadrón especial cuyo objetivo sería descubrir cómo funciona esta enfermedad llamada corrupción.

—Los queremos invitar a formar parte de este grupo especial de agentes secretos. Su misión, si deciden aceptarla, será sacar a la luz los mecanismos de la corrupción, saber quiénes la practican y cómo es posible que hagan tanto daño a la sociedad.

—Los elegimos a ustedes —interrumpió Bolo— no sólo por su gran capacidad, sino también por la integridad que han demostrado siempre. Ustedes son personas honradas a quienes les interesa que el nuestro sea un mejor país. Uno donde se cumpla la ley y donde no haya lugar para los ladrones, los deshonestos y los tramposos. Entonces, su misión, si deciden aceptarla, es encontrar los elementos, actores y características que tiene esta enfermedad llamada corrupción. Desde luego, tendrán todo el apoyo del gobierno, pues es de su interés, con los resultados de la investigación, convocar a otro equipo de expertos para encontrar los diferentes caminos de solución. Por lo que esta fase es clave.

—¿Y bien? —preguntó Tania—. ¿Quieren unirse a nosotros? ¿Quieren formar parte del Escuadrón M?

—¡Yo sí! —dijo Malena.

—¡Yo también! —exclamó Carlos.

—¡Cuenten conmigo! —se sumó Rodrigo.

Solo faltaba Valentina. La niña guardó silencio y miró a los demás. Su rostro reflejaba duda.

—¿Qué dices tú, Valentina? ¿Te interesa participar?

—A mí me preocupa mi país y me indigna la corrupción tanto como a ustedes. Claro que me interesa forma parte del Escuadrón M, pero la verdad no sé si yo les sería útil. Soy una deportista, no una agente secreta. Soy buena para la gimnasia, la danza y el atletismo. No creo que eso les sirva a ustedes.

—Tú puedes hacer cosas que nosotros no podemos. Claro que eres útil. Todos ustedes tienen habilidades distintas. Al juntarlas todas, formamos un gran equipo.

Estas palabras convencieron a Valentina quien aceptó sumarse al grupo.

A continuación, pasaron al punto siguiente. Es decir, el plan de acción. Pero antes de hablar sobre esto, Bolívar se puso de pie para anunciar que debía retirarse.

—Estimados amigos, me tengo que ir. Me encantaría quedarme con ustedes, pero soy el presidente de la república y tengo que cumplir con mis responsabilidades. Sin embargo, Max se quedará en mi representación. Por favor, no dejen de informarme de todo lo que ocurra.

Bolívar alzó la mano a modo de despedida y se fue de allí.

10. ¿QUÉ ES LA DEMOCRACIA?

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Rodrigo.

Los miembros del Escuadrón M estaban sentados ante la larga mesa del Salón de la Verdad. Tenían una importante misión frente a ellos, pero ninguno de ellos tenía una idea clara del camino a seguir.

La única que parecía estar segura del rumbo era Tania. Comenzó diciendo que, a lo largo de la historia, ningún país ha podido librarse totalmente de la corrupción. Siempre hay alguien que se quiere aprovechar de los recursos públicos y del poder, sin importar de qué parte del mundo sea. Sin embargo, muchos gobiernos democráticos han logrado contener el problema. ¿Cómo? Pues a través de buenas instituciones que detectan, investigan y sancionan la corrupción. En estos países la impunidad es cero, es decir, cada que se conoce un caso de corrupción hay consecuencias: castigos en contra de personas concretas. Además, contó que se hacen enormes esfuerzos para investigar y entender cada caso, de modo que el Estado se modifique y se puedan evitar nuevos casos.

—Pero lo más importante —continuó Tania— no son los castigos. En muchos lugares la gente actúa con integridad no por miedo al castigo, sino porque sabe que está mal. Cada uno es consciente de lo que le conviene y no le conviene a la sociedad.

—El problema —intervino Rodrigo— es que existen hombres y mujeres sin valores a quienes no les importa el bien de todos. Solamente les interesa lo suyo.

—Exacto —agregó Valentina—. Esas personas se juntan con otros que piensan como ellos y forman redes de corrupción.

Durante un rato, los miembros del equipo estuvieron discutiendo el tema. Cada uno aportaba alguna idea que era discutida por los demás. Al escucharlos hablar, Tania se dio cuenta de que había elegido bien: aquellos niños formaban un gran equipo.

Tania aprovechó una pausa en la conversación, para intervenir. Les dijo a los demás que, para acabar con la corrupción en la sociedad primero es necesario entenderla y para ello tienen que aclarar conceptos como “Estado”, “gobierno”, “democracia”, así como la enfermedad que ataca esta última y que es la corrupción.

Tania presionó un botón que había en la mesa y, sobre la gran pantalla, se proyectó una imagen con los conceptos que acababa de mencionar. Empezó definiendo al “Estado” como ese conjunto de instituciones creadas por la constitución y las leyes, para realizar ciertas funciones esenciales en un país, como son: la seguridad, la salud, la educación, el medio ambiente, la cultura, la infraestructura, etc.

Después de ver la cara de todos de asombro, como si nadie les hubiera hablado de esto, Tania se dio cuenta que necesita explicarles qué es el “gobierno”. Lo definió como el conjunto de personas, que, de manera temporal, ocupan los puestos que conforman las instituciones del estado, para realizar a través de ellos las funciones que tienen a su cargo.

Entonces Valentina preguntó qué es entonces la “democracia”. Tania se sintió emocionada con la pregunta. Dijo que la democracia es el sistema a través del cual los ciudadanos escogemos mediante nuestro voto a quienes van a ocupar los cargos más importantes del gobierno, y cómo se integra ese enorme aparato llamado congreso federal, además de los congresos locales en los que se hacen las leyes. Aclaró que eso era una parte, pues luego de las elecciones los funcionarios deben rendir cuentas de sus actos a todos los ciudadanos.

Y profundizó su explicación. Dijo que, tras la elección, también a los votantes les toca hacer su trabajo, en especial cuatro cosas:

Proponer una agenda ciudadana que entienda y atienda las necesidades y problemas más importantes.

Asegurarse que esta agenda se convierta en leyes y políticas públicas eficaces para atender esas necesidades y problemas.

Exigir rendición de cuentas sobre su aplicación.

Exigir responsabilidades de aquellos que se hayan desviado de su función, de los objetivos o peor, que haya utilizado el cargo para beneficio propio.

Valentina, muy inquieta en su silla, movía los pies como si estuviera bailando; quería participar, entonces levantó la mano como si estuviera en el salón de clases y pidió la palabra. Malena se la dio y Valentina, con esa valentía suya, respondió firmemente que por eso es tan importante, a la hora de votar, pensar no sólo en el presidente, sino en todos los cargos públicos a elegir.

—¡Por allí podemos empezar! —exclama Carlos dando un fuerte golpe sobre la mesa que espantó a todos—. Hay que asistir a los eventos de campaña de los políticos y sus partidos. Tenemos que observar lo que hacen en los eventos. Quizá descubramos actos de corrupción.

—¿Estás diciendo que los espiemos? —preguntó Malena.

—Más bien que los investiguemos a profundidad. Si juegan limpio no hay problema. Pero actúan de forma deshonesta, si engañan, si roban, si hacen negocios sucios o si violan la ley para ganar alguna elección nos daremos cuenta.

—El problema es que tendremos que viajar a muchos estados del país para hacernos una idea de qué tan grave es el problema —dijo Valentina—. Y tenemos que ser discretos, pues no todo el mundo se siente cómodo cuando lo investigan.

—No hay problema, iremos a dónde tengamos que ir. ¡El Escuadrón M no se detendrá ante nada! —exclamó Tania.

—Así es —respondieron todos al mismo tiempo.

Malena dijo que iban a necesitar equipo especial. Sería necesario usar tecnología avanzada para realizar la investigación sin que los demás se dieran cuenta.

—Eso déjenmelo a mí —declaró Rodrigo con orgullo—. Soy un experto en electrónica, computación y herramientas digitales. En mi taller tengo verdaderas maravillas. A cada uno de ustedes les voy a diseñar un dispositivo especial. Será algo que los va a dejar con la boca abierta. Ya verán.

11. RODRIGO, GENIO

DE LA TECNOLOGÍA

El taller de Rodrigo era pequeño y se encontraba repleto de todo tipo de objetos. En el suelo, sobre una gran mesa y en varios estantes de metal colocados en las paredes se amontonaban herramientas, cables, piezas eléctricas y gabinetes destripados de viejas computadoras.

Cualquiera pensaría que no había ninguna organización allí, que todo estaba colocado de manera desordenada. Sin embargo, eso no era verdad. Rodrigo sabía perfectamente dónde se encontraba cada cosa y era capaz de hallar de inmediato todo lo que buscaba. Por eso no quería que nadie entrara en esa habitación; temía que los demás movieran las cosas de su sitio y luego él no fuera capaz de encontrarlas.

Pero también había otra razón por la cual nadie estaba autorizado a entrar. Allí estaban todos sus inventos. Se trataba de dispositivos muy complejos, verdaderas maravillas tecnológicas capaces de realizar sorprendentes tareas. Todos estos aparatos eran ultrasecretos y hubiera sido peligrosísimo que cayeran en las manos equivocadas. Un delincuente podría hacer mal uso de cualquiera de ellos.

Durante varios días, Rodrigo estuvo encerrado en su taller. Solamente salía para ir al baño o para recibir la comida que le llevaban de su casa. Incluso dormía en ese lugar (tenía una pequeña cama que se salía de la pared de manera automática). La reunión en el Salón de la Verdad lo había emocionado mucho. Estaba decidido a poner todo su talento al servicio del Escuadrón M, pues le parecía que era una buena causa. A él, como a todos los demás miembros del grupo, le indignaba que hubiera gente deshonesta, ambiciosa y corrupta que estaba perjudicando al país. ¡Era necesario actuar!

Durante los últimos días, el chico había diseñado un dispositivo distinto para cada uno de sus compañeros, incluso para el perro Max, y estaba ansioso por mostrárselos. Estaba seguro de que todos quedarían muy sorprendidos al verlos.

Para Carlos fabricó un micrófono y una cámara especiales. Poseían una gran potencia y eran tan pequeños que cabían en un bolsillo. Funcionaban con una pila que duraba sin recargarse una semana.

La cámara y el micrófono podían registrar con sorprendente fidelidad la voz de las personas durante una entrevista, pero lo más importante era que estos aparatos detectaban cuando alguien mentía. En efecto, durante la conversación, el micrófono vibraba discretamente cuando notaba que la persona no estaba diciendo la verdad. En ese instante, el micrófono mandaba la entrevista en tiempo real a un programa diseñado por el propio Rodrigo que recibía los datos. Entonces el programa empezaba a rastrear de manera automática toda la información relacionada con esa mentira. Dicha información era procesada con la finalidad de generar un informe completo en menos de un minuto. Esto le iba a resultar muy útil a un periodista tan hábil como Carlos.

Para Malena inventó un celular especial muy pequeño que tenía la forma de un collar y estaba conectado a un reloj y a unos anteojos. Este dispositivo tenía conexión directa con el programa de Carlos. De esta manera, ella podía recibir el informe que se había generado durante la entrevista y era capaz de leerlo sin importar dónde estuviera, pues el texto se proyectaba sobre el cristal de los anteojos. El reloj se activaba en ese momento y en su diminuta pantalla aparecían fotos de las personas a las cuales ella debía acudir para construir alianzas estratégicas y también era capaz de dirigirla como un GPS con movimientos específicos. Por si fuera poco, el reloj era una grabadora especializada que, mientras registraba los discursos, producía también un reporte detallado con aquella información.

Rodrigo pensó durante mucho tiempo qué podría diseñar para Valentina, la deportista del grupo. Decidió fabricar unos tenis especiales que no sólo le permitirían correr a una gran velocidad, sino también saltar a más de un metro de altura y escalar por los muros.

Estas zapatillas estaban conectadas a una cámara que tomaba fotos en alta resolución. Las imágenes tomadas por el calzado podían procesarse en una computadora. Pero, además de los tenis, Rodrigo también creó para Valentina un traje especial, el cual estaba inspirado en las bolsas de aire de los automóviles. De esta forma, si Valentina llegaba a sufrir una caída, el traje se inflaba para amortiguar el golpe. Como detalle extra, el chico inventó un par de moños para el pelo que, en caso de una caída, se desdoblaban hasta convertirse en un casco protector. Tanto el traje como los moños eran de color morado, el favorito de Valentina.

Para el perro Max fabricó un collar y lentes detectores de peligro, que también podían recoger información relevante y avisos de situaciones clave.

Para terminar, el chico creó una casa de campaña con wifi para instalarla en cualquier parte del país. Esta casa de campaña tenía dos características muy peculiares: se armaba en un instante apretando un simple botón y, gracias a los materiales con los que estaba construida, resulta invisible para cualquiera. Nadie podía verla ni rastrear su ubicación.

Rodrigo estaba tan emocionado y satisfecho de sus creaciones que casi olvida a Tania, la líder del equipo. En el último momento construyó para ella unos lentes similares a los de Malena. Gracias a ellos, podía recibir los reportes que generaba el Escuadrón M. Estos datos podían vaciarse en una pequeña tablet.

Rodrigo colocó todas estas creaciones sobre su mesa de trabajo. Estaba muy cansado, pero satisfecho. Esperaba que aquellos dispositivos les resultaran útiles a sus camaradas. En ese momento, lo único que deseaba el chico era dormir. Sin embargo, su deseo no se cumplió, pues recibió un breve mensaje de Tania en su celular. El mensaje decía:

“Ha llegado la hora de que el Escuadrón M entre en acción. Nos vemos en el aeropuerto dentro de una hora.”

12. ¡EL ESCUADRÓN M

ENTRA EN ACCIÓN!

Cuando Tania llegó al aeropuerto, los demás miembros del escuadrón ya estaban allí.

Ninguno conocía el punto de destino. ¿En dónde sería su primera misión? Ella no había querido decírselos antes por motivos de seguridad. Temía que alguien más se enterara y eso hiciera fracasar la misión.

En ese momento, sin embargo, ya no había necesidad de guardar el secreto. Les dijo el nombre de una ciudad, era la capital de un estado del norte del país.

—Como saben, estamos en época de elecciones y uno de los partidos políticos realizará un evento de campaña —dijo Tania mientras todos se dirigían con sus maletas hasta la sala de embarque del aeropuerto—. El evento tendrá lugar en la explanada de la plaza principal. Nosotros estaremos allí para observarlo todo.

La niña explicó que su objetivo era observar lo que allí ocurriera. Debían estar atentos para detectar cualquier acto de corrupción. Sin embargo, les advirtió que, por ningún motivo, debían intervenir.

—Recuérdenlo —insistió— estamos allí solo para observar y tomar nota de lo que ocurre.

El vuelo se realizó sin ningún contratiempo. Todos se la pasaron bien, excepto Max, quien tuvo que viajar en la bodega de carga del avión. El evento al que asistirían estaba programado para las diez de la mañana. Pero los chicos estaban allí desde las siete y media, pues deseaban ver todo lo que ocurría antes. Para despistar, llegaron en una camioneta que decía “Leche de Rancho”. Ninguno había tenido tiempo de desayunar, así que pronto tendrían hambre. Sin embargo, estaban tan emocionados que a ninguno le importó.

La plaza era muy grande y, a pesar de que aún era temprano ya había algunas personas trabajando allí. Sacaban sillas de un camión para colocarlas en la explanada. También estaban montando el escenario. Era una alta tarima con bocinas enormes. Junto a ellos, un grupo de músicos afinaba sus instrumentos.

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—Nos dijiste que asistiríamos a un evento político —le dijo Rodrigo a Tania— pero esto parece un espectáculo musical. A lo mejor nos equivocamos de lugar.

—No nos equivocamos, Ro —respondió ella—. Los partidos políticos acostumbran convertir sus reuniones públicas, conocidas como mítines, en verdaderos espectáculos. Ya lo verás.

—Les recuerdo que estamos aquí para trabajar —los interrumpió Carlos—. Vamos a poner manos a la obra.

Rodrigo eligió un sitio poco frecuentado de la plaza y allí instaló la tienda de campaña. Media cinco metros cuadrados, pero como era invisible nadie se daba cuenta de que estaba allí. Los chicos entraron a conocerla por dentro y quedaron muy sorprendidos. Mientras tanto, Rodrigo y Carlos bajaban las computadoras y el resto del equipo de la camioneta de leche.

Casi al mismo tiempo comenzaron a llegar los periodistas de los noticieros y los fotógrafos que trabajaban en los periódicos. Todos ellos se colocaron en sitios estratégicos para no perder ningún detalle. Algunos de estos periodistas no estaban allí por su propia iniciativa, sino que los organizadores les habían pagado para que fueran y escribieran cosas del evento de campaña y del candidato.

A las nueve y media, cuando faltaba solamente media hora para que comenzara el evento, casi no había público. Tres o cuatro personas con cara de sueño ocupaban las sillas frente al escenario. El resto de los asientos estaban vacíos.

—Por lo que veo, este evento será un fracaso —dijo Valentina al ver el escaso público.

Sin embargo, en ese instante se aproximaron por la calle varios autobuses llenos de pasajeros. Venían en caravana. Los chicos se acercaron a ver. La gente bajaba de los vehículos y se formaba. Todos le daban su nombre a uno de los encargados, quien los buscaba en una lista y ponía una palomita. A todos ellos se les pedía su identificación.

—Esto está muy raro —dijo Malena—. ¿Quiénes son esas personas y por qué les piden sus nombres?

—Creo que ya sé de qué se trata —comentó Carlos—, pero quiero estar seguro. Espérenme aquí, enseguida vuelvo.

El chico encendió la cámara y el micrófono secretos que había diseñado Rodrigo y se dirigió hasta donde estaban aquellas personas. Se acercó de manera disimulada a ellos. Gracias a su experiencia como periodista, logró entrevistar a algunos de los hombres y las mujeres que bajaban de los autobuses sin que ellos se dieran cuenta de que era una entrevista. Todos suponían que era una plática casual y que Carlos era un ciudadano con mucha curiosidad.

El resto del Escuadrón M corrió hasta la casa de campaña invisible para enterarse de lo que decían los entrevistados, pues el micrófono y la cámara de Carlos transmitían en tiempo real todo lo que se decía. En la pantalla de la computadora de Rodrigo, los chicos podían ver y oír todo.

Fue así como se enteraron de algo sorprendente: ninguna de las personas que bajaron del autobús sabían para qué estaban allí. No tenían idea de quién era el candidato ni de qué partido. Estaban allí porque les dijeron que les iban a dar dinero y un desayuno. Lo único que tenían que hacer era sentarse frente al escenario, aplaudir cuando se los ordenaran y echar porras. Algunos eran empleados de gobierno, personas que trabajaban en una oficina y a las que habían obligado a ir al evento. Si no se presentaban, perderían su empleo. Para asegurarse de que asistirían, los organizadores les pedían sus nombres y una identificación.

—¡Caray! —exclamó Valentina al escuchar a aquellas personas—. Entonces no es un público verdadero. Todos ellos están allí por dinero o porque los obligaron.

—Creo que a esa gente la llaman “acarreados”. Algunos partidos los usan para que parezca que muchos ciudadanos los apoyan.

—¡Eso es una trampa! —dijo Rodrigo enojado.

—Claro que es una trampa, pero no podemos ni debemos hacer nada para impedirlo —advirtió Tania—. Recuerden que estamos aquí como observadores.

A las diez de la mañana, tal como estaba programado, dio comienzo el mitin. Malena y Tania se colocaron sus anteojos y sus relojes especiales y fueron a sentarse entre el público. Valentina comenzó a hacer ejercicios de calentamiento, pues muy pronto entraría en acción, mientras que Carlos se paseaba entre la gente que no había alcanzado lugar para seguir haciendo entrevistas.

La orquesta contratada para el evento comenzó a tocar música alegre mientras que el maestro de ceremonias, elegantemente vestido, subía al escenario y se acercaba al micrófono. Las cámaras de los noticieros lo enfocaron y los fotógrafos prepararon sus equipos.

—¡Muy buenos días, queridos ciudadanos! Les agradecemos su presencia, son ustedes muy amables —dijo el maestro de ceremonias como si no supiera que el público estaba formado, en su gran mayoría, de acarreados—. ¡Todos estamos aquí para recibir a nuestros candidatos! ¡A los mejores, aquellos que, gracias al voto de ustedes, ganarán elecciones! ¡Ellos trabajarán por el bien de nuestro Estado en los puestos de elección popular!

Un hombre se puso de pie y comenzó a aplaudir con entusiasmo. Esta era la señal para el resto del público lo hiciera también.

Tania y Malena no aplaudieron. Les pareció que aquella ovación era lo más falso que habían escuchado en su vida. Desde sus lugares se prepararon para escuchar los discursos. No tenían que tomar notas, pues todo lo que se decía en la tribuna era registrado por los aparatos receptores de sus anteojos y convertido en texto.

13. DISCURSOS HUECOS

Y MUCHAS PROMESAS

Durante casi dos horas Tania y Malena estuvieron escuchando a los candidatos, al principio con mucho interés, pero luego con fastidio. Y es que los hombres y las mujeres que se ponían ante el micrófono decían cosas que sonaban falsas. Sus discursos resultaban huecos, sin sustancia. Era un conjunto de palabras sin mucho sentido, pero que estaban dichas como si fueran importantes. El mensaje no era claro ni directo, sino más bien confuso.

La mayoría de los oradores hablaban de la patria, la democracia, los valores y la libertad. Sin embargo, ninguno parecía entender el significado de estos conceptos. Los mencionaban nada más porque sonaban bien, al menos eso les pareció a las dos niñas. Aquellos candidatos y candidatas sabían que su imagen aparecería en la televisión y que sus palabras se publicarían en los periódicos. Por esta razón trataban de quedar bien a como diera lugar. Eran como actores intentando agradar al público o como cotorras que hablaban sin conocer el significado de sus palabras.

Todos prometieron un montón de cosas. Dijeron que acabarían de una vez por todas con la delincuencia, que se asegurarían de que las calles de la capital siempre estuvieran limpias y que los trabajadores ganarían más dinero. También ofrecieron darles mejor educación a los niños y las niñas, proteger a la gente de la tercera edad, reparar los baches de las calles, mejorar el transporte público y los hospitales, plantar más árboles, abrir bibliotecas y mil cosas más.

A Tania le pareció que todo eso estaba muy bien y que sería bueno que se hiciera realidad. Sin embargo, sabía que prometer cosas era muy fácil. Todos podemos hacerlo. Lo difícil es cumplirlas. A ella le pareció que lo que buscaban los candidatos y candidatas era que las personas votaran por ellos y por ellas. No estaba seguro de que, después de ganar las elecciones, cumplieran con sus promesas.

En la casa de campaña, Rodrigo recibía la transmisión que le enviaban Tania y Malena y comenzaba a procesarla.

Mientras tanto, Valentina estaba preparada para entrar en acción. Llevaba puesto el traje especial y los tenis que le había diseñado Rodrigo. Aquel atuendo morado le quedaba muy bien y la hacía lucir como toda una atleta. Sin embargo, no se había vestido así para estar a la moda, sino porque con esa ropa podría cumplir mejor con su peligrosa misión, la cual consistía en averiguar qué había detrás del espectáculo organizado por aquel partido político. Max también estaba preparado, pues acompañaría a Valentina en todo momento. Llevaba en sus lentes y su collar detectores de peligro.

La ágil Valentina y el perro salieron discretamente de la tienda de campaña invisible y comenzaron a caminar con tranquilidad por la parte trasera del escenario, como si realizaran un simple paseo. Ninguno de los técnicos de sonido, iluminadores y demás personas que trabajaban en aquel espectáculo prestó atención a Valentina y a Max; todos estaban demasiado ocupados. Tampoco los organizadores le hicieron caso. Esto les permitió acercarse tras bambalinas, que es como se le dice a aquella sección de un teatro que no está a la vista del público.

Vale recorrió el lugar observándolo todo y tomando fotografías discretamente con la cámara secreta que llevaba consigo.

La niña se dio cuenta de que ese no era solamente un mitin político, sino un espectáculo muy costoso y elaborado. Por todos lados había pantallas gigantes, bocinas enormes, escenarios espectaculares, directores de eventos, grupos musicales, bailarines, dos artistas famosos listos para participar, un montaje especial para que, esa misma noche, se organizara una función con fuegos artificiales, peleas de gallos, juegos mecánicos, comida, todo tipo de bebidas y mucha fiesta. Se preguntó de dónde salía el dinero para todo aquello.

Vale recordó que todos los partidos políticos reciben dinero del gobierno. Pero también de personas que deseaban apoyarlos. Ese dinero les sirve para hacer propaganda, pagarle a la gente que trabaja para ellos, rentar oficinas, comprar computadoras y cosas de papelería, y organizar mítines como éste. Sin embargo, a Valentina le pareció que allí se había gastado muchísimo. ¿Realmente valía la pena? ¿Era justo gastar tanto en algo así?

Junto al escenario, vio una casa rodante. Primero pensó que era el lugar donde los músicos se cambiaban de ropa, pero luego se dio cuenta de que era una especie de oficina, pues de allí entraba y salía gente llevando folders con documentos y maletines. Discretamente se acercó allí. Estuvo esperando un buen rato hasta que un hombre de bigote, lentes redonditos y corbata amarilla salió de aquel remolque y cerró la puerta con llave. Eso le indicó que ya no había más personas dentro.

—Espérame un momento aquí. No tardaré —le dijo Vale a Max.

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Tras asegurarse de que nadie la observaba, la niña trepó por un costado de la casa rodante. Los tenis de alta tecnología que llevaba puestos se adherían al vehículo. Ello le permitió subir con facilidad hasta el techo. Por un momento se sintió como Spiderman. Cuando estuvo arriba caminó hasta una claraboya, la cual servía para ventilar el traje por dentro, se asomó para confirmar que no había nadie en el interior. Con gran agilidad se introdujo en el remolque. Tal como lo había sospechado, ese sitio era una oficina, con un escritorio, dos sillas, una computadora, una impresora, unos anaqueles con documentos y una caja fuerte.

Se acercó para echar una mirada a los papeles que había sobre el escritorio. No quiso tocar nada; solamente los vio por encima. Allí había un cuaderno abierto con una lista. En la parte de arriba decía aportaciones al partido y en la parte de abajo estaban los nombres de personas y empresas. Junto a cada nombre alguien había anotado una cantidad en pesos mexicanos o bien en dólares. ¡Era mucho dinero! Valentina se imaginó cuáles eran las aportaciones de los particulares a la campaña de ese partido. Se preguntó si todo ese dinero estaba registrado, es decir, si las personas de ese partido le informaban al gobierno todo lo que recibían o solamente informaban de una parte.

Para obtener datos reales de la investigación, tomó el cuaderno para hojearlo. La lista seguía en las siguientes páginas. Era larguísima. Los nombres seguían y seguían, junto con la cantidad de dinero que habían dado.

Valentina comenzó a fotografiar cada página con sus zapatillas especiales. Casi había terminado cuando escuchó ladrar a Max.

No se trataba de cualquier ladrido, ¡sino de un aviso de peligro! Seguramente alguien estaba por entrar a la casa rodante. La chica se dispuso a escapar del lugar por la claraboya del techo, pero en ese momento oyó cómo la llave giraba en la cerradura. ¡No le daría tiempo de salir! ¿Qué hacer? Sabía que si era descubierta tendría problemas… muchos problemas.

Miró hacia todos lados. En el fondo del remolque había varias cajas de cartón amontonadas de las que sobresalían documentos. Valentina corrió hacia allá y se ocultó detrás de las cajas.

Llegó justo a tiempo, pues en ese instante se abrió la puerta del remolque.

14. DINERO SUCIO

Valentina se ocultó lo mejor que pudo detrás de las cajas de cartón que había en el fondo de la casa rodante. Escuchó los pasos de varias personas que entraban y se dirigían hacia el escritorio.

—¡Caray, licenciado! Qué bien le está saliendo el evento. Sus candidatos hablan rete bonito. Hasta parece que están diciendo la pura verdad —dijo una voz.

—Lo importante es impresionar a la prensa, don Trinquetes —respondió otra voz.

Vale encendió el transmisor que traía consigo para grabar aquella conversación.

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—Y ya me enteré de que por la noche habrá baile, cohetes y peleas de gallos. ¡Va a estar bien padre!

—En efecto, don Trinquetes. Se va a poner bien bueno. Está usted invitado.

Discretamente, Valentina se asomó por entre las cajas para observar. Sentado ante el escritorio estaba el hombre de bigote, lentes redonditos y corbata amarilla que había visto antes. Frente a él se hallaba un sujeto de pelo chino cuya cara no era visible porque estaba sentado de espaldas. Junto a él, de pie y con actitud desconfiada, ella vio a un sujeto grandote en camisa. En el cinturón le colgaba una pistola. Vale supuso que era el guardaespaldas del que estaba sentado de espaldas a ella.

—Vamos a nuestros asuntos, licenciado —dijo el de pelo chino—. Espero que no se haya olvidado del trato que hicimos.

—De ninguna manera —respondió el otro—. Usted hará una importante aportación económica a nuestro partido y, cuando ganemos las elecciones, dejaremos que haga sus negocios con tranquilidad.

—Usted sabe que mis negocios no son muy legales que digamos.

—Eso no importa. No lo vamos a molestar para nada.

—Entonces estamos de acuerdo —dijo el de pelo chino y le hizo una señal a su guardaespaldas para que le diera un portafolios negro que traía con él.

El sujeto de pelo chino, a quien el otro llamaba don Trinquetes, recibió el portafolios y lo puso sobre el escritorio. Luego lo abrió. Desde donde estaba, Valentina no alcanzaba a ver qué había dentro. Sin embargo, lo averiguó de inmediato, pues don Trinquetes dijo:

—Aquí está el dinero, licenciado. Son puros billetes nuevecitos. Úselo como quiera, pero no me vaya a fallar porque, cuando me enojo, soy muy malo.

El otro se puso nervioso y le dijo que no se preocupara, que cumpliría su promesa. Cuando ellos ganaran las elecciones, tendría toda la libertad para seguir con sus negocios, aunque no fueran legales.

Esta conversación fue transmitida por Vale desde la casa rodante, y tomó fotos con sus zapatillas para que no quedara duda de nada. Cuando sus compañeros del Escuadrón M la escucharon, se dieron cuenta de lo que significaba. Don Trinquetes era un delincuente que pertenecía al crimen organizado y estaba haciendo un trato con el presidente de aquel partido. El dinero que le había entregado era para ayudarles a salir victorioso en las elecciones. El tal don Trinquetes no lo hacía por buena gente, sino para asegurarse de que podría hacer sus negocios sucios sin que la autoridad se lo impidiera.

Carlos, Rodrigo, Malena y Tanía se dieron cuenta de que, en esos momentos, su compañera corría un gran peligro. Si la descubrían, don Trinquetes podría lastimarla. Era necesario rescatarla, pero sin poner en riesgo la misión. ¿Qué podían hacer?

—Tengo un plan —dijo Rodrigo—. Pero debemos actuar de inmediato.

El chico les explicó lo que se le había ocurrido y todos estuvieron de acuerdo en que era una buena idea. ¡Había que poner manos a la obra!

Rodrigo tomó algunas de sus herramientas y salió de la casa de campaña. Se dirigió hacia el escenario mientras los demás miembros del escuadrón iban a la casa rodante y se quedaban esperando afuera.

La parte de atrás del escenario estaba llena de cables y de generadores eléctricos, los cuales servían para hacer funcionar las grandes bocinas que había en el escenario. Por la noche los generadores servirían también para encender las luces del festejo. Discretamente, Rodrigo se acercó a uno de los generadores y, sin que nadie lo viera, abrió la tapa y manipuló con mucho cuidado los cables. Gracias a sus conocimientos de electricidad provocó un corto circuito. En unos cuantos minutos el aparato lanzó chispas y comenzó a incendiarse.

En cuanto las primeras llamas salieron del generador, mandó una señal de radio a sus compañeros para que entraran en acción. Carlos tocó a la puerta de la casa remolque.

—¿Quién es? ¿Qué quiere? —respondió una voz.

—¡Licenciado, licenciado! ¡Por favor, salga! —comenzó a decir el niño.

—En este momento estoy ocupado. ¡No moleste! —respondió el otro.

—¡Es que hay problema atrás del escenario! Uno de los generadores se está incendiando.

En cuanto dijo esto, Carlos corrió a ocultarse junto con Tania y Malena.

Desde su escondite vieron salir al licenciado, quien se encaminó hacia el escenario a toda prisa. También salieron de allí don Trinquetes y su guardaespaldas. Ellos se fueron por su lado. El guardaespaldas llevaba el portafolios en la mano; seguramente le entregarían el dinero al licenciado más tarde.

Cuando el licenciado llegó a la parte trasera del escenario, el incendio del generador ya estaba controlado. Las personas que estaban allí lo habían apagado con la ayuda de unos extintores. No fue algo grave, pero sirvió para que Valentina y Max pudieran escapar de la casa rodante sin ser notados. Salieron por la claraboya y se lanzaron desde lo alto. Antes de tocar el suelo, el traje especial diseñado por Ro se infló como una bolsa de aire y los moños morados se desdoblaron hasta convertirse en un casco protector, y Max dio un hábil salto para subir en los hombros de Valentina y así aprovechar el traje especial. Todo esto impidió que Vale y Max se hicieran daño al caer.

Los miembros del Escuadrón M fueron hasta donde estaba su compañera y su fiel amigo canino.

—¿Están bien? ¿No se lastimaron? —le preguntaron.

Ella dijo que estaban perfectamente, Max ladró dos veces para confirmarlo y juntos corrieron hasta la casa de campaña. Una vez allí todos respiraron aliviados. Las cosas habían salido bien.

—¡Gracias por salvarnos! —dijo Valentina.

—Agradécele a Rodrigo. El plan fue idea de él.

—En realidad todos colaboramos —comentó Rodrigo con actitud modesta.

—Oímos la plática que transmitiste, Vale —dijo Tania—. No me queda ninguna duda de que el tal don Trinquetes es un criminal y un corrupto. Seguramente pertenece a un grupo de delincuentes organizados y sabe manejar la situación para armar sus actos de corrupción. Eso quiere decir que el presidente del partido recibe dinero sucio para su campaña. ¡Eso es ilegal!

Los chicos estaban muy enojados, pero no estaban autorizados a intervenir. Lo único que podían hacer era informarle a Bolívar. Como presidente de la república, él sabría qué hacer.

—Ha sido una mañana muy ocupada, compañeros —dijo Tania—. No sé ustedes, pero yo tengo mucha hambre.

—Nosotros también —respondieron los demás al unísono.

Por ello, los miembros del Escuadrón M decidieron ir a almorzar. Necesitaban recuperar la energía para seguir con su trabajo, el cual consistía en investigar y encontrar los elementos, actores y características de la enfermedad llamada corrupción.

15. FIDEO, GUISADO
Y ATE DE GUAYABA

Aunque la casa de campaña diseñada por Rodrigo contaba con una cocineta, un pequeño refrigerador con víveres y una mesa desplegable con todo y sillas, los chicos prefirieron salir a comer a una fonda. Encontraron una no lejos de la plaza central. Era un sitio sencillo, pero agradable y, sobre todo, con un buen sazón.

A todos les sirvieron sopa de fideos, un guisado a elegir y agua de limón. De postre había un rico ate de guayaba. En cuanto a Max, los chicos habían traído su bolsa de croquetas y su plato. Por lo que pudo acompañarlos a comer.

Todos estaban tan hambrientos que devoraron la comida en silencio. Sin embargo, cuando salieron del lugar y regresaron a la casa de campaña, se sentaron ante la mesa desplegable para cambiar impresiones. Todos estaban un poco sorprendidos y molestos con lo que habían visto y oído. Se preguntaron si lo que había ocurrido allí sucedía en las campañas de todos los partidos políticos que, en ese momento, estaban compitiendo para convertirse en diputados y senadores. Y, en unos meses, serían las elecciones para elegir al gobernador de algunos estados.

—Ya tendremos oportunidad de averiguar si ocurre los mismo en otros lugares. ELIMINA aún no ha terminado —les recordó Tania.

En ese momento, sonó el teléfono de Tania. Era Bolívar. Ella contestó y puso el altavoz para que todos los del Escuadrón M pudieran escuchar.

—Y bien, ¿cómo les fue en su primera misión? —dijo Bolo—. Cuéntenmelo todo.

El tono del presidente reflejaba emoción. Bolívar estaba seguro de que el equipo que habían formado Tania y Max era de lo mejor, pero quería conocer los detalles. Estaba lleno de curiosidad.

Los chicos le contaron lo que habían visto y oído. Hablaron de los discursos huecos, de los gastos excesivos y las grandes sumas que recibía el partido. También mencionaron la peligrosa situación en la que había estado Valentina. Esto alarmó mucho a Bolo.

—¡Tengan cuidado! —dijo él—. No arriesguen su vida...

—Fue peligroso, pero valió la pena —explicó Vale—. Descubrí un cuaderno con anotaciones.

—¿Qué tipo de anotaciones? —preguntó Bolo desde el teléfono celular.

—Era una larga lista con nombres y cantidades de dinero. Se supone que son aportaciones de particulares para la campaña de los candidatos a diputados y senadores.

Después de decir esto le envió a Ro las fotografías que había tomado cuando estaba en la casa rodante.

—Yo vi cuando un delincuente le estaba dando un portafolios con dinero al presidente del partido. Y también logré tomarle fotos; aunque sabía que era peligroso, era importante tener imágenes.

Tania retomó la palabra y dijo que seguirían investigando, que era necesario saber más sobre cómo funciona la corrupción y el manejo del dinero a los partidos y cuáles eran las razones detrás de todo. Bolo estuvo de acuerdo, pero volvió a pedirles que tuvieran mucho cuidado. No quería que les ocurriera nada malo.

Mientras hablaban, comenzó a sonar la música afuera. La fiesta organizada por el partido estaba por dar inicio.

—Parece que será un festejo en grande —le dijo Carlos—. Trajeron cantantes, músicos y bailarines.

—También instalaron una feria con todo y rueda de la fortuna. Además, habrá peleas de gallos —dijo Malena.

Todos estuvieron de acuerdo en que una fiesta así costaba mucho dinero y que era organizada no sólo para que la gente se divirtiera, sino también para que, el día de las elecciones, votara por los candidatos de ese partido.

Bolívar les agradeció a todos por su esfuerzo y se despidió de ellos. Como aún era temprano para irse a dormir, los chicos salieron de la casa de campaña y se pasearon en medio de la gente que subía a los juegos mecánicos y comía elotes. Ellos no estaban allí para divertirse sino para investigar y dejar registro de todo, pero trataron de relajarse y pasársela bien. Más tarde, el cielo se llenó de fuegos artificiales de colores.

Alrededor de las ocho de la noche, se anunció el inicio de las peleas de gallos. A ninguno de los chicos le gustaba ese tipo de espectáculos. Al igual que las corridas de toros, les parecía algo cruel. Por eso decidieron regresar a la tienda de campaña, la cual contaba también con camas desplegables. Todos se acostaron a descansar, pues se hallaban muy cansados. Había sido un día muy largo y lleno de emociones.

La única que permaneció levantada fue Tania. Estaba frente a la pantalla de la computadora preparando los detalles de la misión, la cual continuaría al día siguiente.

16. ARMAR EL ROMPECABEZAS

Durante los siguientes días, el Escuadrón M se mantuvo muy ocupado viajando de un lugar a otro. Su siguiente destino fue un pequeño poblado cerca de la capital. Después viajaron a una costa, luego a la otra y por último al sur de la república. Acudieron a los eventos de campaña de diferentes candidatos y partidos para investigar lo que sucedía en cada uno de ellos.

Les sorprendió darse cuenta de que en casi todos los lugares ocurrían las mismas cosas. La organización, los discursos, los participantes y los asistentes… todo se parecía. También era similar el derroche de dinero: miles y miles de pesos se gastaban en los mítines y las actividades de campaña. Tania comenzó a registrar en su tablet estos detalles parecidos. Les dijo a sus camaradas que eso era importante porque formaba un “patrón”; es decir, era parte de un sistema que se repetía.

Una de las cosas que más llamaron la atención de los chicos fue la enorme cantidad de propaganda política que se mandaba a hacer para una campaña: miles de carteles, gorras, tazas, plumas, playeras, anuncios que llenaban la ciudad y que terminaba en la basura. Eso sin contar los anuncios en radio y televisión. Otra vez, miles de millones de pesos gastados (o malgastados) en cosas que a ellos no les parecían de gran utilidad. También descubrieron que muchos candidatos regalaban despensas a las familias. Esta manera de gastar el dinero parecía mejor, pues ayudaban con comida a muchas personas, sobre todo a las más pobres. Sin embargo, esto no lo hacían los partidos desinteresadamente, sino porque querían sus votos.

Tras varias semanas de ir de un lado para el otro, Tania les anunció a sus compañeros que los viajes habían terminado. Carlos, Malena, Rodrigo, Valentina y Max se alegraron. Estaban cansados de tantos aeropuertos y estaciones de autobuses. Es cierto que habían tenido la oportunidad de conocer muchos lugares hermosos, pero aquel ritmo de vida había resultado agotador.

—¡Por fin podremos descansar! —exclamó Malena.

—Nada de eso —le contestó Tania—. Nuestra misión aún no acaba.

Todos la miraron sorprendidos. ¡Cómo que aún no terminaba la misión! Tania les dijo que faltaban muchas cosas por hacer, que apenas habían completado la primera fase. Ahora era necesario dar el siguiente paso.

—Debemos analizar los datos que hemos reunido durante los viajes. Hay que relacionarlos.

Los chicos no entendían. ¿Qué era eso de “relacionar” los datos? ¿Para qué? ¿Cómo se hacía eso? Para responder estas preguntas, Tania dijo:

—Imagínense que nuestra misión es como armar un rompecabezas. Lo que hicimos fue recolectar las piezas. Sólo eso. Ahora hay que juntar estas piezas y ensamblarlas. Cuando logremos juntarlas todas descubriremos algo importante sobre la corrupción. Es decir, sabremos cómo funciona y podremos derrotarlo.

Así pues, durante los siguientes días, los miembros del Escuadrón M se dedicaron a armar el rompecabezas en el Salón de la Verdad con sus computadoras. Con el apoyo de Rodrigo, el genio de la informática, revisaron muchas bases de datos y tuvieron acceso a infinidad de documentos. Cada uno trabajaba y al mismo tiempo impulsaba el talento del otro. A veces incluso seguían trabajando desde casa. Sólo se detenían para compartir avances y documentos.

La pregunta que se hacían todos tenía que ver con las personas que daban dinero a los candidatos y a los partidos ¿Por qué lo hacían? ¿Qué es lo que buscaban? ¿Cuál era su ganancia? Todos estaban de acuerdo en que ninguno cooperaba sin esperar algo a cambio. ¿Cuál era su interés?

Una de las cosas que descubrieron los miembros del escuadrón es que había relación entre la gente y las empresas que habían puesto dinero en el pasado y aquellos que hoy ocupaban puestos políticos importantes, o bien entre aquellas compañías que hacían negocios con el gobierno. El Salón de la Verdad tenía un pizarrón inteligente que Tania fue llenando con nombres, redes y fases. Al final, sobre el pizarrón había una especie de una tela de araña.

El rompecabezas iba completándose.

El descubrimiento más importante fue el que hizo Tania: el dinero recuperado también servía para volver a poner dinero en las siguientes elecciones. Este esquema de corrupción, les explicó a los demás, a fuerzas se repite cada tres años, para que funcione pues es como una máquina que dura los tres años del cargo.

Ro se paró encima de una mesa, Max empezó a ladrar al ver ese sobresalto, todos lo voltearon a ver con cara de sorpresa y entonces gritó que el operativo ELIMINA acababa de descifrar el Mecanismo de la Corrupción. Bajó de la mesa, sacó de su mochila un aparatejo especial que proyectó en 3D un engrane de una máquina que gira sin parar, y les dijo:

—Así se vería la corrupción en nuestro país, como un mecanismo muy complejo que reúne a toda la red en torno al abuso del poder público.

Todos se abrazaron, gritaron y hasta se pusieron a bailar alrededor de esa tremenda proyección. Por fin habían tenido su momento aha, donde todo cobraba sentido.

Durante todo este tiempo, Bolívar llamó varias veces a Tania. Quería saber cómo iba ELIMINA, y si ya habían descubierto algo importante. La niña le dijo que aún estaban investigando que era necesario. Bolo insistió. Estaba impaciente por resolver el tema de la corrupción. No quería que los ciudadanos pensaran que él era un mal presidente, alguien incapaz de resolver ese gran problema.

—No te preocupes —lo tranquilizó su amiga—, muy pronto tendrás buenas noticias. El Escuadrón M ha trabajado muy duro. Te prometo que en unos cuantos días te informaremos de todo. Te vas a sorprender mucho.

—Gracias, Tania. No sé qué haría sin ti. Dijo Bolo y colgó el teléfono.

17. EL MECANISMO
DE LA CORRUPCIÓN

Una tarde, Bolívar estaba en su oficina comiéndose una torta de milanesa. Se había tomado un pequeño descanso. Eso de ser presidente era agotador.

Extrañaba mucho a Max. Desde que su máscota se había convertido en miembro del Escuadrón M casi no la veía. Antes siempre estaba a su lado, ladrando, moviendo la cola y ayudándole a tomar decisiones difíciles.

Sobre su escritorio había una pelotita de goma con una carita sonriente. En sus ratos libres se ponía a jugar con Max dentro de su oficina o en los pasillos. Él lanzaba la pelota y Max corría detrás de ella para traérsela. ¡Cómo extrañaba ese juego!

Mientras Bolo pensaba en esto, escuchó uno de los teléfonos que tenía sobre el escritorio. No era cualquier teléfono el que sonaba, sino el rojo. ¡Eso significaba que era una llamada importante! Hizo la torta a un lado y se apresuró a contestar.

— Quiúbole, Bolo. ¿Cómo estás? —oyó que le decía Tania.

—¿Qué onda, amiga? Me da gusto escucharte —respondió él.

—Te tengo buenas noticias. ¡Ya terminamos la investigación!

—¡Qué bien! Cuéntamelo todo … no mejor no me lo cuentes. Un espía podría estar escuchando nuestra conversación.

—Tienes razón. Además, no es algo que se pueda contar por teléfono —explicó ella—. Debemos reunirnos.

Él estuvo de acuerdo y Tania le propuso organizar una junta para el día siguiente en el Salón de la verdad con todos los miembros del Escuadrón M.

—Tenemos muchas cosas que contarte, Bolo
—dijo ella con tono misterioso.

Por la mañana, nada más llegar a la oficina, Bolívar llamó a sus colaboradores para decirles que no le pasaran ninguna llamada, pues estaría muy ocupado. A las nueve salió de su oficina, tomó el elevador y se dirigió al Salón de la Verdad. Allí estaba reunido casi todo el Escuadrón M. Sólo faltaba Rodrigo. En cuanto Bolo entró, Max comenzó a mover la cola y luego corrió hacia él. De un brinco saltó a sus brazos. Ambos estaban muy contentos de volverse a ver. El resto del Escuadrón se acercó también a saludar.

—Buenas tardes, señor presidente —dijo Tania con mucha formalidad—. Vinimos un poco antes para tener lista la presentación. Por favor siéntese.

En cuanto ocuparon sus lugares en la gran mesa, unas pantallas bajaron del techo automáticamente frente a cada uno de los lugares. Gracias a Rodrigo, el Salón de la Verdad tenía cada vez más adelantos tecnológicos.

—No estamos completos, falta Rodrigo, pero creo que debemos comenzar —dijo Tania.

En ese momento, como si hubiera escuchado su nombre, se abrió la puerta de golpe y entró Rodrigo. Iba todo despeinado, con un sombrero medio caído y una mochila roja con su computadora, una serie de cables y aparatos extraños, como siempre. Su semblante era de preocupación.

—Perdón, perdón. Anoche me acosté muy tarde terminando la presentación y hoy no me podía levantar. Espero no haber llegado muy tarde.

—Para nada, compañero —lo tranquilizó Malena—. Apenas íbamos a comenzar.

La luz del salón se atenuó automáticamente y la pantalla de las siete computadoras se iluminaron. Tania, Bolívar, Malena, Carlos, Rodrigo, Valentina y Max estaban muy atentos. Sobre la pantalla apareció el título de la presentación con letras en 3d: “El mecanismo de la corrupción”.

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—Yo iré haciendo la narración —anunció Tania—, pero si alguno quiere agregar o comentar algo puede hacerlo con toda confianza.

Tania explicó que, después de haber reunido y relacionado una gran cantidad de datos, nombres y cifras el Escuadrón M había llegado a descubrir el mecanismo de la corrupción en el terreno de la política. Era algo complicado, pero ella trataría de exponerlo de la forma más sencilla que pudiera.

—Hay muchas formas de corrupción —comenzó diciendo la niña—. Nosotros nos hemos dado cuenta de que sí existen patrones, que sucede lo mismo generalmente y que todo empieza en las elecciones. Entre todos forman una red: unos se ayudan a otros y forman una cadena de favores para beneficiarse… pero vamos a empezar por el principio.

Tania le contó a Bolívar que, después de asistir a mítines y actos de campaña por todo el país y de comprobar la gran cantidad de dinero que recibían de otras personas y de empresas (incluso de delincuentes), los integrantes del Escuadrón M se hicieron la siguiente pregunta: ¿Qué es lo que buscan las personas que ponen tanto dinero en las elecciones? Es decir, ¿por qué dan tanto dinero? ¿En qué los beneficia?

—Cuando investigamos qué personas ocupan puestos importantes en el gobierno —continuó Tania—, descubrimos que hay una relación entre los que han invertido dinero en las campañas anteriores y los que hoy tienen cargos públicos. Es decir, los que dan dinero lo hacen para que a ellos y a los que forman parte de su grupo, les den trabajo en el gobierno y puedan ejercer su poder.

—¡Caray! Yo pensaba que la gente que estaba en el gobierno en puestos importantes había obtenido el trabajo por su capacidad y conocimientos —dijo Bolívar muy sorprendido.

—A veces así es. Hay muchos servidores públicos que hacen su trabajo con integridad. Pero también están los que sólo ven para sí mismos y para sus socios. Por ejemplo, tenemos el caso de las contrataciones. Todos quieren un pedazo del pastel. Cuando se construye una carretera, una presa, una escuela o se compran cientos de computadoras para una dependencia oficial o medicinas para un hospital, se supone que se debe organizar un concurso.

—Es cierto —dijo Bolívar—, muchas empresas privadas, ya sea constructoras o que venden tecnología, participan en este concurso: nos dicen lo que ellos ofrecen y cuánto cobran por ello. Al final, el gobierno escoge a la empresa que le da mayor calidad y mejores precios.

—Así debería ser siempre porque es lo justo y lo que dice la ley. Pero muchas veces la corrupción mete la mano y todo se descompone. Descubrimos que muchas de las personas que trabajan en el gobierno favorecen a sus amigos y compañeros. Ellos son a los que les dan el contrato para construir caminos, presas o escuelas. A ellos también son a los que favorecen comprándoles las computadoras, las medicinas y otros productos.

—Pero eso no es todo —intervino Carlos muy enojado—, también sucede que esas empresas favorecidas venden puras cosas chafas… perdón, de mala calidad. Los que construyen usan materiales más baratos, los que venden tecnología buscan las computadoras más corrientes y los farmacéuticos consiguen medicinas que no sirven. Todo eso lo hacen para ahorrar dinero y ganar más.

—Es cierto, eso que dicen ustedes puede ocurrir —protestó Bolívar—, pero en el gobierno hay dependencias oficiales que se ocupan de hacer auditorias, es decir de vigilar que nadie haga trampas. También hay oficinas que investigan cuando se comete un delito.

—Pero ¿qué pasa cuando los directores de esas dependencias y oficinas no son íntegros? ¿Qué ocurre cuando forman parte de la red de la corrupción? —intervino Valentina—. Lo que sucede es que en lugar de vigilar que todo se haga correctamente y de investigar los delitos, ayudan a los corruptos que los ayudaron a ellos a ocupar el puesto que tienen.

—Como ves, todo está relacionado —concluyó Tania.

Bolívar permaneció en silencio. Su rostro reflejaba una gran preocupación y una enorme tristeza.

18. ¡DEBEMOS ACTUAR!

De pronto, todos en el Salón de la Verdad se pusieron tristes. Gracias a sus esfuerzos habían conseguido desenmascarar a los tramposos, a los mentirosos y a los ladrones, también habían podido descubrir cómo, cuándo y por qué sucede la corrupción. Pero eso no los hacía sentirse bien. Les parecía horrible que hubiera tantos hombres y mujeres que se aprovechaban de los demás y no respetaran las leyes. Individuos a los que sólo les importaba hacerse ricos y que abusaban el poder o el puesto que tenían para engañar a los ciudadanos.

Todo empezaba con las elecciones, cuando los partidos y los candidatos aceptaban dinero a cambio de futuros favores y de ventajas. Después estaba la designación de funcionarios, los cuales eran seleccionados no por su capacidad y su sentido de la responsabilidad, sino para beneficiar a ciertos grupos. Seguían las contrataciones públicas, en las que, a pesar de hacer un concurso abierto, se favorecía a los amigos y a los que habían dado dinero al principio. Luego venía la ejecución de los contratos, donde aquellos que habían ganado los concursos hacían mal las obras que les habían encargado (puentes, escuelas, caminos, etcétera) o bien buscaban venderle al gobierno productos y servicios de mala calidad (equipo electrónico, medicinas, alimentos, etcétera). Y todo para ganar más dinero.

Y lo peor es que el ciclo no terminaba aquí, pues todo volvía a empezar con las siguientes elecciones.

—¡Debemos actuar! —exclamó Bolívar rompiendo en silencio— ¡No podemos dejar que las cosas sigan así! ¿Qué clase de presidente sería yo si permitiera que la corrupción continuara avanzando? Sería una traición a las responsabilidades del puesto, mejor dicho, a la gente honrada y trabajadora que cumple la ley.

—¿En qué te podemos ayudar? —quiso saber Tania.

—Pues, en primer lugar, necesito reportes con los nombres y datos de todas las personas involucradas para poder iniciar las denuncias formales.

Rodrigo dijo que eso no era ningún problema. Con la habilidad que lo caracterizaba comenzó a teclear en su computadora y, en pocos minutos, generó los reportes. Luego, con un solo “clic”, le envió el archivo a Bolívar.

Bolo tomó el teléfono y se comunicó con el fiscal de justicia para darle a conocer todo el asunto. Al escuchar al presidente, el fiscal se sintió incómodo. Sabía que eso iba a producir un gran escándalo, un enorme alboroto en todo el país y que incluso él podría correr peligro. Cientos de políticos, funcionarios, empresarios y personas influyentes serán acusados de formar parte de una enorme red de corrupción.

—¿Está usted seguro, señor presidente, de que quiere hacer algo así? —preguntó el fiscal.

—Debo hacerlo —respondió Bolo—. Es mi deber.

A continuación, se dirigió al Escuadrón M con estas palabras:

—Han hecho una gran labor, muchas gracias. Sin embargo, su trabajo aún no termina. ¿Están dispuestos a seguir ayudándome?

Todos los chicos dijeron que sí y Bolo les asignó nuevas tareas. A Carlos, el periodista, le pidió que informara a la gente sobre la investigación. Para ello podía pedir el apoyo de Daniela Wagner, quien era una periodista tan honrada como él.

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A Valentina le dijo que, cuando todo esto se supiera, muchos de los culpables intentarían escapar del país. Por eso le pidió que cooperara con el equipo de vigilancia que se encargaría de los aeropuertos y las fronteras para evitar que esos delincuentes huyeran.

Lo que podía hacer Malena era organizar a los ciudadanos para que, a través de las redes sociales y mediante marchas y plantones pacíficos (además de estrategias más concretas con diversas organizaciones sociales alrededor del país), presionaran a sus representantes políticos para iniciar una reforma en toda la nación. La idea era impedir que la corrupción volviera a florecer. Para ello era necesario que todos los mexicanos fueran más conscientes y se preocuparan por su país.

El papel de Rodrigo en todo esto era claro. Él tenía las bases de datos con la información que necesitaba el fiscal y los demás representantes de la ley para detener a los involucrados de la corrupción. Todos recibirían un juicio justo y sólo los verdaderamente responsables serían encarcelados. Los que eran inocentes no tenían de qué preocuparse.

Como era de suponerse, el escándalo fue gigantesco. Era como si una bomba hubiera estallado en el país. La radio, la televisión y los periódicos no hablaban de otra cosa. Las redes sociales casi se colapsan, pues toda la población comentaba los hechos. Decían que era un suceso histórico. Hubo muchos abogados que, de inmediato, fueron contratados para defender a los corruptos, pero no pudieron hacer gran cosa pues las pruebas contra ellos eran claras. Entre los culpables había algunos conocidos de Bolívar e incluso varios colaboradores. Todos ellos le llamaron por teléfono para que los salvara. Él les respondía lo mismo: “No puedo hacer nada. Tienes que pagar por lo que le hiciste al país”.

Poco a poco, los mexicanos y las mexicanas comenzaron a darse cuenta de cómo funcionaba el mecanismo de la corrupción y cómo había afectado a México. Era como si despertaran de un gran sueño. “¡Cómo no nos dimos cuenta antes!”, pensaban algunos. “No podemos permitir que algo así vuelva a ocurrir”, comentaban otros. “Las cosas tienen que cambiar”, afirmaban los demás. Todos decidieron apoyar a Bolívar, pues estaban seguros de que hacía lo correcto.

Y, efectivamente, las cosas tenían que cambiar. Para ello, el Escuadrón M propuso un plan:

Para empezar, se diseñó una estrategia para las elecciones. Valentina propuso que el dinero y las donaciones a los partidos se hicieran de manera electrónica y a través de los bancos. Así todo sería más claro, pues podía saberse quién había dado dinero y cuánto.

Malena y Carlos dijeron que era necesario crear concursos abiertos y competidos para los puestos claves del gobierno fueran ocupados por los mejores y los más capaces. Y no dejarían de informar con objetividad a los ciudadanos, ni tampoco dejarían de organizarlos para que su participación fuera efectiva. Habían visto que la fuerza de la ciudadanía organizada era enorme.

Rodrigo propuso crear una gran plataforma digital, a través de la cual se asignaran todos los contratos y se vigilara que la realización de las obras y la venta de productos y servicios fuera eficiente y de calidad. Que nadie hiciera trampa haciendo las cosas mal para ganar más dinero de manera indebida.

Tania dijo que también era importante que existiera un Sistema Nacional Anticorrupción, es decir un organismo con autoridad y que pudiera actuar de manera independiente del gobierno. Su trabajo sería detectar la corrupción, investigarla, detener a los culpables y buscar la manera de prevenirla.

¡Implementar todas estas reformas no fue nada sencillo! Pero, poco a poco, las cosas comenzaron a mejorar. De esta forma se crearon nuevas leyes, nuevos órganos de gobierno, nuevos procesos y nuevas responsabilidades. Los organismos sociales cada vez contaban con mayor apoyo de la ciudadanía, y con estrategias y programas de verdadera relevancia para el país. Pero Bolívar y Malena sabían que nada de esto serviría de mucho si no se esforzaban para que la sociedad fuera más educada y con valores. Sólo así todos se preocuparían por hacer las cosas de manera honesta sin que nadie los estuviera vigilando.

Para lograr lo anterior se necesitaba mucho esfuerzo y mucho trabajo. ¡Era una tarea enorme! Una tarde Tania se encontraba tan cansada que no podía mantener los ojos abiertos. Estaba sentada en el escritorio de su oficina tratando de no quedarse dormida. Necesitaba descansar, pero aún tenía mucho trabajo por delante. ¡El país la necesitaba!

A pesar de sus deseos, el sueño comenzó a vencerla. Sin poder evitarlo, apoyó la cabeza contra el escritorio y poco a poco se fue quedando dormida. Durmió durante mucho, mucho tiempo…

Al despertar, se dio cuenta de que ya no estaba en su oficina, sino en su recámara. Vio su oso de peluche, el escritorio donde hacía la tarea, la computadora y la cortina de gatitos a través de la cual se filtraba la luz de la mañana.

Del piso de abajo llegó la voz de su mamá:

—¡Ya es hora de levantarse, hija! ¡Se te va a hacer tarde para ir a la escuela!

FIN

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