Introducción

Para comprender la mecánica de la inyección de los efluvios astrales a los seres, se debe partir del hecho comprobado de que toda mujer y todo hombre irradian una fuerza de carácter semifísico, periespiritual, comparable a las manifestaciones electromagnéticas en relación con la condición de su cuerpo, pero de manera muy particular con la de su mente y con la de su espíritu, manifestándose así como fuerza psíquica generadora de ondas vitales, conocidas hasta hace unas décadas con el nombre de fluido magnético, o aura.

Se trata de una energía de densidad variable, que brota de toda materia, ya sea orgánica o inorgánica —todo lo creado fue originalmente Luz—, pero que en los seres humanos cobra características distintas y que en la Antigüedad se denominó soplo divino.

Esta es la fuerza que da lugar al estudio de las influencias zodiacales.

LOS PRIMEROS CULTIVADORES DEL AURA ASTRAL

Los primeros en destacar la importancia universal del aura y de su fuente humana —el periespíritu, medio de unión y sujeción del espíritu al cuerpo, del que emana y en el que permanece hasta poco después de extinguirse la vida mortal— fueron precisamente los eruditos sacerdotes de una tribu de la Media, antigua Persia, regida entonces justamente por el signo de Sagitario.

Estos sabios actuaban como cultivadores y cuidadores del espíritu de los hombres a partir de sus conocimientos del aura y de su dependencia de las influencias astrales, ocupándose de limpiar esta emanación de las manchas que ofendía a las divinidades (origen del concepto de mancha dado al pecado), que degradaban el destino del pecador, destruían su suerte en el trato con su prójimo, quebrantaban su salud y lo hacían insignificante e indeseable para cuantos debían tratar con él.

Y se trata de manchas auténticas, no de términos metafóricos. Manchas causantes de que la persona sólo capte las influencias negativas de sus astros y pierda —por bloqueo o interferencia— las positivas, desequilibrando su naturaleza y obligándola a padecer el penoso aislamiento del pecador, particularmente en relación con su capacidad para relacionarse con los demás, captar el mandato de los dioses y recibir sus favores en esta y en otra vida.

LOS SABIOS QUE SEÑALARON EL ÓVALO LUMÍNICO ASTRAL

Aquellos eruditos investigadores de la Media, que cumplían esencialmente funciones sacerdotales gracias a la inmortalidad del periespíritu y de su aura —cuya dimensión fijaban en un metro aproximadamente en torno a la piel, como un huevo de luz y color que envolviera al hombre o a la mujer—, fueron los primeros en ser llamados magos y ser conocidos por su potencia para realizar prodigios que después pasarían a enriquecer el patrimonio sacerdotal egipcio.

De hecho, la etimología y los alcances de la palabra mago siguen siendo inciertos, pero el vocablo designaba ya una especialidad en aquella época repleta de hechos y circunstancias que trascendían todo concepto de materialidad y que tenían como base general la astrología, en la que ponían toda su devoción los sacerdotes medos, pilares de la grandeza del naciente imperio persa.

MAGO: INVESTIGADOR DE LO VELADO A LA MAYORÍA

En aquella época los magos eran necesariamente astrólogos —pues no se concebía, ni se concibe el estudio de la naturaleza sobrehumana si no es sobre la base astrológica— y eran considerados los practicantes de una ciencia inaccesible, e incluso intencionalmente velada al pueblo.

Con el transcurso de los siglos el término mago pasó a designar al hechicero culto, al esforzado investigador de todas las posibilidades de la materia y del espíritu (y el periespíritu) a partir de su relación con los astros, a diferencia de las brujas y hechiceros comunes, que de los hallazgos de los antiguos sacerdotes tomaron muchas de sus más efectivas y asombrosas fórmulas.

En síntesis, el mago evolucionó de sacerdote a científico y de aquí a rival de la ciencia materialista, lo que no sólo le ha hecho causante del olvido de muchas facultades que fueron otorgadas a los hombres, sino que le ha dejado la imagen contradictoria y lamentable de sabio ignorante.

Pero en realidad el mago clásico, el discreto o semioculto iniciado, no ha desaparecido del todo. Gracias a él la vieja ciencia continúa viva, aunque en estado latente, nebuloso, casi indefinible, como la propia condición del aura siempre cargada y recargada por determinados astros y sobre la que basa su sabiduría.

PRIMERAS REVELACIONES DE LA ACTUALIDAD

Esta gran ciencia, lo mismo que el aura en que se basa, ha sido negada, erradicada, redescubierta, utilizada, rechazada, readmitida, reutilizada y nuevamente ocultada. La historia, desde los registros bíblicos, se encuentra llena de referencias a magos que viajaban con el pensamiento, aparecían y desaparecían a voluntad y daban lugar a poderosos encantamientos. Actualmente, los prodigios siguen vedados a la mayor parte del pueblo, a excepción de aquellos que obedecen el mandato de conocerse a sí mismos en lo temporal y en lo eterno, en lo exterior y en lo interior.