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El viaje a la felicidad

 

Según Aristóteles, «la felicidad es el propósito de la vida y lo que le da sentido, la meta del ser humano». Pero cada persona tiene su propia idea de la felicidad. A algunas les gusta con locura hacer puentismo y otras se lo pasan en grande quedándose en casa. Algunas son felices escuchando un concierto de música clásica y a otras les sabe a gloria oír las voces de niños jugando en el parque. A algunas les fascina resolver una ecuación matemática complicada y otras el mejor recuerdo que guardan de la niñez es una clase de matemáticas cancelada. Las novelas de Dostoyevski nos presentan personajes de lo más variopinto en este sentido: unos son felices sabiendo que existen, otros se regodean en sus propias desgracias y otros incluso disfrutan atormentando al prójimo.

Cada cual es feliz a su manera, pero ¿es una forma de serlo la correcta y la otra la incorrecta?

Todos queremos ser felices, pero ¿es posible serlo?

 

El plan de la «Creación» no incluye el propósito de que el hombre sea «feliz».

SIGMUND FREUD

 

No hay que confundir la felicidad con momentos o periodos de felicidad. Podemos ser felices durante dos horas, dos días e incluso un año entero, pero eso es todo. Es lo máximo que dura la felicidad. A propósito, Woody Allen discrepa en este punto. Cree que los ratos de felicidad son mucho más cortos y que si cualquier persona es feliz más de dos días seguidos es sólo porque alguien le oculta algo.

En este capítulo descubriremos por qué según Nabokov el sendero de la felicidad es tan angosto que sólo cabe una persona. Acompañaremos a Heinrich Heine mientras planea el día más feliz de su vida. Conoceremos los momentos cumbre en la vida de hombres y mujeres y veremos por qué son tan distintos unos de otros. Descubriremos lo que Winny de Puh piensa sobre la deliciosa miel.

Pero antes de emprender nuestro viaje a la felicidad, me gustaría darte un pequeño consejo:

 

La felicidad es como una mariposa, cuanto más la persigas más te eludirá. Pero si aquietas la mente, se posará suavemente en ti.

NATHANIEL HAWTHORNE

Sobre estadísticas y libros de cocina

Si a los estudiantes universitarios les preguntaran en una encuesta cuál es la asignatura más aburrida, seguramente la estadística ganaría la Copa del Tedio. Un alumno me dijo en una ocasión que no entendía por qué eran necesarios los anestesistas habiendo tantos libros de estadísticas. Me sugirió que si a los pacientes, antes de entrar en el quirófano, les hicieran leer dos o tres páginas abiertas al azar de un libro de texto escogido para la ocasión, al cabo de un momento se quedarían insensibilizados, listos para ser operados a corazón abierto.

Cuando se lo sugerí a algunos de mis amigos médicos, al principio les encantó la idea de anestesiar a sus pacientes sin inyecciones ni procedimientos invasivos, pero cuando les mostré algunos de los libros en cuestión se llevaron una decepción y me dijeron bostezando que, si aplicaban esta técnica, «posiblemente sus pacientes no volverían a despertarse nunca más tras la operación».

Para aliviar el sufrimiento de los universitarios que asisten a clases de estadística y hacerles ver que esta asignatura puede ser amena e incluso interesante, suelo pedirles que hagan encuestas sobre diversos temas curiosos. Una vez les sugerí que averiguaran cuáles eran los libros más vendidos. Después de visitar varias librerías, los jóvenes encuestadores me entregaron el siguiente resultado…

(¡Espera! Intenta adivinar la respuesta antes de seguir leyendo. Es la mar de fácil.)

Presta atención. Redoble de tambores.

Y el ganador es: ¡los libros de cocina!

Te lo imaginabas, ¿verdad? Se publican libros de cocina de toda índole: de chefs en cueros o en trajes chics. De grandes chefs dando pequeños consejos y de pequeños chefs dando grandes consejos.

Hablando de consejillos, aquí tienes el mío: «Si sales con una mujer que tiene una impresionante colección de libros de cocina, no te olvides de reservar una mesa en tu restaurante favorito». Pero no es mi intención hablar de libros de cocina. Ni siquiera deseo escribir uno porque lo único que sé hacer es poner agua a hervir. De lo que sí hablaré es de los libros que quedaron en segundo lugar en la encuesta: los libros para ser feliz.

Cómo ser feliz para siempre en sólo tres minutos

Si no has leído El Secreto, para que no pierdas el tiempo aquí tienes el gran secreto:

 

Piensa que ya eres lo que deseas ser.

Eso es todo.

 

Hace varios años, mi mujer leyó el libro Happiness the Feng Shui Way y concluyó que era yo quien creaba una corriente de energía negativa en nuestro hogar, y que encima ni siquiera me había preocupado de que los muebles combinaran. Me pasé una semana entera señalándole los errores del libro y demostrándole que yo no creaba ninguna clase de energía en nuestra casa y menos todavía una negativa. Al final, renovamos los muebles de la sala de estar.

¿Qué piensas de esos libros? (Casi siempre, cuando alguien te pregunta «qué-piensas-de», te responde dando su opinión.) Así que te diré qué pienso yo de ellos.

Decidí no leer ninguno de esos libros para ser objetivo. Después de todo, en cuanto lees un libro puedes tomarte lo que dice como algo personal, lo cual puede condicionarte. En su lugar, decidí hojear unos cuantos.

Siendo fiel a mi palabra, saqué al poco tiempo la siguiente conclusión: en la mayoría de casos no eres más feliz después de leer un libro para serlo (si bien algunos se convierten para sus autores en libros de cómo hacerse rico en menos que canta un gallo). Las cuatro mayores razones en las que me baso son las siguientes:

 

1. La prueba empírica de que los libros para ser feliz no sirven de nada.

Si se cumpliera una milésima parte de lo que nos prometen, el mundo sería un mar de dicha. Y todos sabemos que no lo es. Mmmm…

 

2. «Saber cómo» no es útil en el caso de la felicidad.

El conocimiento es esencial para resolver una ecuación diferencial, preparar una tarta de trufa a la Robuchon o enviar un cohete al espacio. Pero en el caso de la búsqueda de la felicidad apenas sirve de nada. Deja que te lo explique. Al hojear uno de esos libros, me encontré con un consejo de lo más sabio: «Levántate cada mañana con una gran sonrisa en los labios y un humor excelente». ¡Cómo me alegraba que los autores decidieran compartir este descubrimiento conmigo! Antes de toparme con tan estupenda idea, creía que debía levantarme cada mañana con el riñón izquierdo doliéndome horrores y el ánimo por los suelos. Ahora sé que estaba muy equivocado.

Esta clase de consejos producen el mismo efecto que el «¡Que tenga un buen día!» del tendero de tu barrio. Por supuesto, eso no quiere decir que vayas a tenerlo. Saber qué es lo que debemos hacer no ayuda demasiado en el caso de la felicidad. Los fumadores saben que deben dejar de fumar, pero, por más que lo sepan, su adicción a la nicotina es más fuerte. Este tipo de libros son muy populares porque los lectores se identifican con la meta: «Sí, es cierto. Tiene toda la razón del mundo. Debería despertarme cada mañana con una sonrisa de oreja a oreja y hacer una buena acción una vez al día por lo menos». Pero, curiosamente, esta clase de libros hacen que nos preguntemos: «Pero ¿cómo puedo lograrlo?» Ésta es la pregunta del millón.

 

No existe ninguna clase de viaje organizado a la felicidad. Dudo de que en el angosto camino que lleva a ella quepa más de una persona.

Inspirado en VLADIMIR NABOKOV

 

Por supuesto, Nabokov tiene razón. Es absurdo suponer que existe un viaje organizado que nos conduzca a la felicidad. Después de todo, cada cual es distinto y ni siquiera un viaje organizado a Italia podría satisfacer los deseos de todos los participantes. Algunos querrán ver la Capilla Sixtina y saborear una variedad de platos de pasta y de vino tinto, y otros conocer a norteamericanos en Roma. Estos viajes organizados no pueden por desgracia contentar a todo el mundo, pero tal vez haya algunas leyes de navegación que nos ayuden a encontrar el camino que tendremos que hacer solos. Es decir, ¿existen algunas verdades que podamos aprender y que nos sirvan a todos?

Aquí tienes un buen ejercicio. Intenta responder la siguiente pregunta: si todo fuera posible, ¿cómo sería el día más feliz de tu vida?

Como esta pregunta no es fácil, tómate unos minutos antes de responderla.

Mientras te la piensas, te diré qué es lo que el poeta Heinrich Heine opina al respecto:

 

El día más feliz de mi vida

Ensayo breve de Heinrich Heine
 
(traducción libre)

El día más feliz de mi vida empezaría despertándome en una exquisita cabaña de madera en los Alpes suizos. Me levantaría de la cama sin prisas, me estiraría, me rascaría, bostezaría e iría a desayunar. Alargando la nariz, seguiría el delicioso aroma hasta encontrar una barra de pan recién hecha sobre la mesa y la untaría con una buena cantidad de mantequilla sin sal. Saborearía con calma el pan crujiente y tomaría un largo sorbo de café italiano recién preparado que mis sirvientes me habrían traído.

Después, acercándome a la ventana, disfrutaría contemplando el pequeño lago turquesa cabrilleando en el valle. Y seguiría con la mirada el sendero que conduce a mi cabaña, gozando de las montañas con las cumbres nevadas reflejándose en el agua.

Sí, esto es la felicidad, pero ¿qué es lo que un poeta y pensador como yo necesitaría para que fuera absoluta? Pues si Dios quisiera hacerme feliz de verdad, lo que yo necesitaría para que fuera el mejor día de mi vida sería ver, entre la cabaña y el lago, un árbol con mis enemigos colgando de cada una de sus ramas. ¡Sí! La cabaña, las vistas del lago, la barra de pan recién hecha untada de deliciosa mantequilla y los que me odian pendiendo del árbol. ¡Sería el colmo de la felicidad![1]

 

Dios me perdonará, es su oficio.

HEINRICH HEINE

 

Estoy de acuerdo con Heine menos en lo del árbol con gente ahorcada. Yo no quiero ver a nadie colgando de ningún sitio, y menos aún de un árbol. La idea no me hace feliz en absoluto. Pero en una de mis conferencias, a una persona del público le encantó. A decir verdad, dijo que en un país tan pequeño como Israel no había bastantes árboles para colgar a toda la gente que le gustaría ver pendiendo de ellos. ¡Quién se atreve a decir a este tipo que se levante cada día con una sonrisa!

Como ya he señalado, cada persona es diferente y cada uno tenemos distintos sueños y deseos. En una ocasión dirigí un taller sobre «pensamiento positivo» para los empleados de una gran compañía de alta tecnología y descubrí dos hechos interesantes: 1) la gente no sabe lo que quiere…, algunos de los participantes tardaron quince minutos en empezar a escribirlo; 2) la brecha entre el sexo débil y el sexo menos débil es tan grande que ningún hombre pasaría el día más feliz de su vida con su mujer.

 

No hay camino a la felicidad, la felicidad es el camino.

BUDA

 

3. No sabemos lo que nos hará felices.

Mientras hojeaba estos libros para ser feliz, me topé con uno excelente: Tropezar con la felicidad, de Daniel Gilbert. El autor, en lugar de pretender guiarnos en la búsqueda de la felicidad, nos explica, basándose en un montón de estudios psicológicos actualizados, por qué no sabemos qué es lo que nos hace felices (ni siquiera el último modelo de televisor tridimensional de plasma, un coche de alta gama o una cocina nueva). Si no sabes adónde te diriges, afirma Gilbert, ¿cómo vas a llegar a tu destino? ¿Y si te equivocas de camino?

 

No siempre consigues lo que quieres.

SIR MICHAEL PHILIP (MICK) JAGGER

 

Yo creo que el problema no es éste, sino que no siempre sabemos lo que queremos.

DANIEL GILBERT

 

Sólo hay dos desgracias en la vida: una es no conseguir lo que se desea y la otra es conseguirlo.

OSCAR WILDE

 

Lo que está claro es que no encontrarás el secreto de la felicidad en esta clase de libros y, por desgracia, en ningún otro. Como ya he dicho en el prólogo, el librito que tienes en las manos no pretende revelártelo, sino cambiar tu punto de vista sobre prácticamente cualquier aspecto de tu vida, en especial tu idea de la felicidad.

 

No se puede enseñar nada a un hombre, sólo se le puede ayudar a descubrirlo en su interior.

GALILEO GALILEI

Tres principios filosóficos

Se han escrito un montón de libros sobre Winny de Puh y sus encantadores amigos, como El Tao de Pooh, The Te of Piglet y Winny de Puh y los filósofos (y por lo visto Puh es al menos tan listo como Sócrates, Aristóteles, Descartes, Heidegger, Sartre, Mill, Wittgenstein y Kant juntos). Hemos leído todo cuanto se ha publicado sobre la piedra de los «puhlósofos» y visto a Puh haciendo ejercicio (por su barriga salta a la vista que no va al gimnasio). Se han escrito libros sobre Puh y el empirismo británico, Puh y el pragmatismo americano, Puh y los grandes magos, Puh y la gestión de empresas, el perplejo Puh y Puh en el posmodernismo, y también libros de cocina como Cooking with Pooh: Yummy Tummy Cookie Treats. Hasta existen artículos científicos sobre los trastornos psicológicos de Puh y sus compañeros; lo único que falta por publicar es la hipótesis de Puh sobre quién mató a Kennedy.

Me parece que A. A. Milne se habría quedado muy sorprendido al enterarse de lo lejos que ha llegado su Puh. Pero yo creo que las diversas interpretaciones que se han publicado están reñidas con el espíritu de Puh. Winny de Puh y El rincón de Puh de Milne, escritos respectivamente en 1924 y 1928, son simplemente libros infantiles, por más profundos y encantadores que nos parezcan.

Ante todo, quiero disculparme con Milne y Puh, y decir que estudiaré sus libros, sobre todo al osito protagonista. He elegido al Puh barrigón para que nos guíe en esta etapa porque tiene una brújula interior que siempre señala la región del camino codiciado. Pero hay que tener en cuenta que saber cómo hacer algo y hacerlo son dos cosas muy distintas. Muchos de los que por fin encontraron el camino descubrieron al cabo de poco que seguirlo es mucho más difícil aún.

 

Un libro es un espejo: si un asno se mira en él, no puede ver reflejado un apóstol.

GEORG CHRISTOPH LICHTENBERG

Primer principio
 
ESTÁ BIEN NO HACER NADA MIENTRAS COMES ALGUNA COSILLA

Todos conocemos la sensación. Nos despertamos por la mañana y lo primero que nos viene a la cabeza es: «¡Ojalá pudiera seguir durmiendo dos horitas más, o cinco, o diez!»

 

Cada día me despierto a las nueve de la mañana, cojo el periódico y leo la página de las esquelas, y si mi nombre no figura en ella, me levanto de la cama.

BENJAMIN FRANKLIN

 

Uno se puede despertar por la mañana sin que la mañana haya despertado en él.

DAVID AVIDAN

 

Cuando me despierto por la mañana sintiendo que la mañana no ha despertado en mí, llamo a mi secretaria de la universidad y le pido que cancele mi agenda del día porque la espalda me duele horrores (tengo que inventarme una mentirijilla; si llamara para decir que no voy a trabajar porque la mañana no ha despertado en mí, mis colegas se quedarían con la mosca detrás de la oreja).

¿Qué haría Puh en esta clase de mañanas?

 

Puh y Porquete caminaron hacia casa juntos y pensativos en el atardecer dorado, y durante un buen rato guardaron silencio.

—Cuando te despiertas por la mañana, Puh —dijo Porquete—, ¿qué es lo primero que piensas?

—¿Qué hay para desayunar? —dijo Puh—. Y tú, ¿qué es lo primero que piensas?

—Pues yo lo primero que pienso es: ¿qué cosa emocionante pasará hoy? —dijo Porquete.

Puh asintió gravemente.

—Es lo mismo —dijo[2].

 

Es penosísimo no hacer nada.

OSCAR WILDE

 

Estoy totalmente de acuerdo con el sabio Puh y el ocurrente Oscar. No hacer nada es de lo más difícil y una aventura maravillosa. Te lo explicaré mejor con una anécdota.

Un día me invitaron a dar una conferencia sobre la teoría de juegos en un congreso celebrado en una ciudad turística de la costa. Como la di el jueves, decidí quedarme el fin de semana en el hotel para reponer fuerzas. El viernes por la mañana, después de un copioso desayuno (a Puh le habría encantado) bajé a la piscina para tomar el solecito sin hacer nada. Lo más curioso es que fracasé miserablemente.

Mi conciencia me dijo: «¿Haim? ¿Te parece bien estar tumbado al sol rascándote la barriga? ¿Por qué no coges al menos un libro? Lee un artículo sobre la topología diferencial o el conjunto de Mandelbrot. ¿Por qué no aprovechas el tiempo para leer por fin el Ulises de Joyce o algún otro clásico? ¿O para escribir otra tesis doctoral? ¡Ah, ya sé lo que puedes hacer! Ve a escuchar la Octava sinfonía de Mahler o un concierto para piano de Ravel. O aprovecha este rato para decidir qué quieres ser de mayor. ¿No te da vergüenza estar tirado a la bartola junto a la piscina cuando el sótano de tu casa está hecho un asco? Al menos haz ejercicio. ¡Nada un poco, hombre! Nadar es bueno para ti. Tienes que perder esos michelines…»

Mi conciencia siguió dándome la tabarra sin dejarme disfrutar un solo minuto de descanso. En realidad, lo que más nos cuesta no es no hacer nada —muchos pueden—, sino no hacer nada sin sentirnos culpables.

Cuando vi que seguía remordiéndome la conciencia, decidí hacer ejercicio y sudé la gota gorda un rato. Pero hoy día me enorgullece decir que puedo estar sin hacer nada una semana entera gozando de cada minuto. A lo mejor nuestros momentos más felices son las mañanas en las que al despertar nos quedamos en la cama un poco más, ganduleando, soñando despiertos bajo la cálida manta. Te aconsejo que lo pruebes en cuanto puedas.

Algunas personas no lo entienden e intentan convencerme con un extraño razonamiento: «Haim, no hacer nada es una estupidez. Estás perdiendo el tiempo».

El tiempo pasa de todos modos, les respondo siempre. Por más que intente aprovecharlo, siempre se va. ¡Es la naturaleza del tiempo!

¿Acaso has oído hablar de alguien que se lo pudiera guardar para más tarde? ¿Puede el hombre más diligente del mundo, que ha acabado siendo el más rico del planeta, ir a un banco suizo más adelante en su vida, abrir su caja de seguridad y sacar los diez años que ha ahorrado?

 

Daría todo cuanto poseo a cambio de un poco más de tiempo.

Las famosas últimas palabras
 de la reina
ISABEL I DE INGLATERRA

 

El tiempo pasa continuamente, pero es un error, una estupidez e incluso un autoengaño decir que el tiempo pasa, porque no es así. El tiempo se queda, somos nosotros los que nos vamos.

Puh nunca va escopeteado y simplemente hace lo que quiere hacer. Curiosamente, aunque nunca se desvive por nada, sus sueños se acaban cumpliendo y vive muchas aventuras: descubre el Polo Norte, ayuda a Líyoo a encontrar el rabo, compone poemas y vuela montado en un globito o colgado de él.

Los chinos llaman a este principio wu wei. Wu significa «sin» y wei «esfuerzo»: la idea principal de este principio taoísta es que debemos saber cuándo actuar y cuándo dejar que las cosas ocurran sin más. E incluso cuando actuamos debemos hacerlo sin esfuerzo alguno, al igual que los árboles crecen y las olas fluyen. La mejor traducción que he encontrado de este principio ha sido «quietud creativa».

Hoy día la mayoría de nosotros estamos constantemente «haciendo» algo sin apenas dedicar un minuto a «ser» simplemente. Puh demuestra la esencialidad de «ser» y salta a la vista que se lo pasa en grande.

Naturalmente, no estoy abogando por una inacción absoluta, sino que me refiero a actuar con un equilibrio primordial: mientras trabajamos y creamos, que es nuestra esencia y la finalidad por la que hemos venido a este mundo, debemos encontrar tiempo para disfrutar de nuestro estado de presencia, de «estar» aquí y gozar de ello.

 

 

Y ahora, cambiando de tema, te presento cuatro versiones distintas de la fábula de la cigarra y la hormiga. Si te pica el gusanillo de la curiosidad y te mueres de ganas de conocer el segundo principio de Puh, puedes saltarte las páginas siguientes y leerlas cuando te apetezca.

 

1. La cigarra y la hormiga

Fábula con moraleja de Esopo, De la Fontaine y Krilov

La cigarra se pasa el verano y el otoño cantando, bailando y bebiendo con los amigos, mientras que la hormiga se mata a trabajar y almacena comida para el invierno.

Cuando llega el invierno, la cigarra, muerta de hambre, va a ver a la hormiga para pedirle un poco de comida. Pero la hormiga, además de no darle ni una miga, le echa un rapapolvo por su holgazanería.

 

La moraleja de la fábula, según la interpretación de varios hombres sabios, es la siguiente:

 

Esopo: ve a ver a la hormiga, gandul, observa su modo de proceder y aprende de ella.

De la Fontaine: si eres previsor, ya tienes la mitad del problema resuelto.

Krilov: piensa antes de actuar.

Dani Kerman[3]: si te gusta cantar y bailar, olvídate de las hormigas desalmadas y elige mejor a tus amigos.

 

2. La cigarra y la hormiga

Versión de Puh

La cigarra se pasa el verano y el otoño cantando, bailando y bebiendo con los amigos, mientras que la hormiga se mata a trabajar y almacena comida para el invierno.

Cuando llega el invierno, la hormiga se aburre soberanamente en su casa llena de comida a rebosar. Un día oye un coche aparcando en la entrada. Al abrir la puerta llena de curiosidad, ve a la cigarra bajando de un flamante Ferrari rojo con un traje de diseño y fumando un puro cubano.

—¿Cómo has conseguido todo esto? —le pregunta la trabajadora aunque simplona hormiga.

—Pues no te lo vas a creer, tía, yo no hacía más que cantar, bailar y tocar el violín hasta que mi agente me consiguió un trabajo para la temporada de invierno en la Ópera de París en la que me pagan un pastón. Ahora voy a actuar. ¿Te vienes?

—¡Claro! —repuso la hormiga—. Me voy volando a París contigo y cuando me encuentre con ese De la Fontaine le pienso soltar cuatro frescas, porque matarse a trabajar sólo funciona en las fábulas que copió de Esopo.

—¡Genial! Lo encontraremos en el restaurante Angelina. Allí sirven una tarta de castañas que está para chuparse los dedos —contestó la cigarra abriendo la puerta del Ferrari para que la hormiga se montara en él.

 

3. La cigarra y la hormiga

Versión de Walt Disney

La cigarra se pasa el verano y el otoño cantando, bailando y bebiendo con los amigos, mientras que la hormiga se mata a trabajar y almacena comida para el invierno.

Cuando llega el invierno, la cigarra va a ver a la hormiga para pedirle un poco de comida.

—Lo consultaré con la hormiga reina. Vuelve mañana —le responde la hormiga.

Al día siguiente, cuando la cigarra va a verla, la hormiga le dice que ha decidido darle un poco de comida, pero con la condición de que se vaya a vivir al hormiguero durante el invierno y cada día, a las siete y media de la noche, cante, baile y toque el violín para las hormigas. La cigarra, demasiado hambrienta como para plantearse otra alternativa, acepta las condiciones de la hormiga reina.

Al poco tiempo las hormigas están encantadas con la cigarra. Cada noche su actuación se transforma en un animado baile, con las hormigas pasándoselo en grande y bailando al compás de su música. Y cada noche, al finalizar el concierto, la cigarra se retira a sus aposentos acompañada de dos guapas hormigas una en cada brazo.

 

(A decir verdad, no estoy seguro de si acaba de esta forma. Disney hizo la película en 1934.)

 

4. La cigarra y la hormiga

Versión de Líyoo

La cigarra se pasa el verano y el otoño cantando, bailando y bebiendo con los amigos, mientras que la hormiga se mata a trabajar y almacena comida para el invierno.

Cuando llega el invierno, la cigarra va a ver a la hormiga y le suplica que le dé un poco de comida. La hormiga le pega una bronca descomunal por su holgazanería, pero antes de darle tiempo a soltarle todo lo que le quiere decir, un tipo que caminaba por el bosque sin querer las despachurra a las dos. C’est la vie.

 

Llegados a este punto, lo único que me queda por hacer es hablar del segundo principio de la filosofía de la vida de Puh.

Segundo principio
 
ENOJARTE ES CASTIGARTE POR LA ESTUPIDEZ AJENA O ¡ABAJO EL PESIMISMO!

Un día de sol, Winny de Puh decide visitar a su amigo Conejo. Puh ha oído que Conejo tiene una buena reserva de miel y ésta es siempre una buena razón para visitar a un amigo.

Cuando llega a la madriguera de Conejo, Puh llama a la puerta. Como nadie le contesta, decide volver a llamar alzando la voz: «¿Hay alguien en casa?» Al no obtener respuesta alguna, llama por tercera vez con más fuerza proclamando a voz en cuello: «¡He preguntado que si hay alguien en casa!» Esta vez Puh oye una vocecita diciendo: «No. Y no hace falta que hables tan alto, te he oído perfectamente la primera vez». Puh es un osito con cerebro de mosquito. Un alma de cántaro. Y como le han dicho que no hay nadie en la madriguera de Conejo, pues no hay nadie y sanseacabó. Da media vuelta y se dispone a volver a su casa, pero antes de dar el vigésimo paso y de componer una nueva canción con la que distraerse por el camino, hace un gran descubrimiento científico y filosófico. Sólo René Descartes tuvo una revelación de similar magnitud (más tarde Puh sostendrá que se le ocurrió sin echar mano del hallazgo del filósofo francés).

El osito saca la siguiente conclusión valiéndose de su cerebro de mosquito:

 

He oído una voz, luego hay alguien ahí.

PUHLÓSOFO

 

Enseguida sigo con la historia de Winny, pero, ya que he mencionado a Descartes, me gustaría preguntarte si has oído alguna vez su famosa afirmación: «Pienso, luego existo».

A lo mejor tendría que haber dicho:

 

Existo, luego pienso.

MARTIN HEIDEGGER

 

O incluso:

 

A veces pienso y a veces existo.

PAUL VALÉRY

 

Podría hablar de la afirmación de Descartes durante años, pero como el libro no trata de este tema volvamos a la historia de Puh y Conejo.

Al final, Conejo deja pasar a Puh por el agujero de la madriguera e incluso le pregunta si quiere comer alguna cosilla. Son las once de la mañana, un momento ideal para un piscolabis. Cuando Conejo le pregunta si quiere el pan con miel o con leche condensada, Puh se alegra tanto que le suelta: «Las dos cosas». De repente, al recordar que en lugar de ser tan glotón debería comportarse como un perfecto caballero, añade: «Pero no te preocupes por el pan».

Y luego, durante un buen rato, no vuelve a decir nada más. Se dedica a comer y comer, el mundo le parece maravilloso y en el cuerpo siente un agradable calorcillo. Tras dejar los tarros vacíos, sin una gota de miel ni de leche condensada, se levanta y le dice a Conejo que se tiene que ir a no ser que haya algo más para comer. Conejo, por supuesto, elige la primera opción, pero en el Bosque de los Cien Acres las cosas no son tan sencillas.

Cuando Puh se dispone a salir, descubre que ha comido tanto que no pasa por el agujero. Y lo peor es que se queda atascado, sin poder entrar ni salir de la madriguera.

Ahora es cuando llegamos a un punto importantísimo de nuestro diálogo: ¿qué pensarías «tú» en una situación parecida?

Si nos decimos que hemos engordado por comer demasiado, sería un pensamiento pesimista, y Puh (a diferencia de Líyoo) no tiene pensamientos pesimistas. Como no quiere, o no puede, ser pesimista, es creativo. El sarcástico Conejo, mirando la mitad del cuerpo del osito atascado dentro de su madriguera le dice: «Eso pasa por comer demasiado. Ya me parecía, aunque no he querido decir nada, que uno de nosotros estaba comiendo demasiado, y desde luego no era yo». Pero Puh, viendo el problema de una forma muy distinta, le suelta: «¡Eso pasa por no tener puertas más grandes, y no me he engordado. El problema es esta puerta, que es demasiado estrecha y además se estrecha con el tiempo».

La Teoría de la Relatividad de Puh es la siguiente:

 

1. Yo no he engordado. Es la puerta la que se ha achicado.

2. Una puerta estrecha es un fastidio.

 

¿Te has percatado de la facilidad con la que Puh se perdona a sí mismo? El osito barrigón es maravilloso, porque no sólo es generoso consigo mismo, sino también con los demás. Cuando el preocupado Porquete le pregunta a Puh si cree que Tigle está bien de la cabeza, el osito le asegura que Tigle está en su sano juicio. Cuando Porquete lo acepta, Puh, haciendo un descubrimiento profundo y encantador, le dice: «¿Sabes, Porquete?, aunque no tenga ni pizca de cerebro y mi cabeza esté llena de serrín, al pensar un poco en ello he llegado a la conclusión de que no sólo Tigle es bueno, sino que todo el mundo lo es».

 

Todo el mundo es buena gente.

WINNY DE PUH

 

Ahora haré una observación pesimista (si quieres sáltate este párrafo): tener pensamientos optimistas no es tan sencillo como parece. Yo lo practico a diario, pero no siempre lo consigo. Algunos científicos creen que es genético. Líyoo debía de tener razón cuando afirmó que algunas personas no pueden ser optimistas por más que quieran (no dijo nada más al respecto).

La ira y el perdón
 O yo estoy bien, tú estás bien,
 o no lo pienses dos veces, está bien

Hemos dejado a Puh en una situación incómoda. Sigue atascado en la puerta de la madriguera de Conejo, con las patas traseras metidas en la sala de estar. Ahora viene una escena increíble. Conejo, que está como un cencerro y al que no deberían permitirle deambular por estos libros como Pedro por su casa, pide a Puh algo de lo más conejil: «Por otra parte, estás ocupando un montón de espacio dentro de mi casa. ¿Te importa si uso tus pies como toallero? Porque pienso yo que, ya que están ahí sin hacer nada, serían muy prácticos para colgar toallas»[4].

Cualquier lector, por apacible que sea, se enojaría con Conejo y se compadecería del pobre Puh. ¿Cómo es posible que Conejo le pida esta absurdidad cuando su amigo está metido en semejante problema? ¿Colgar toallas? ¿Ahora?

¿Sería inteligente por nuestra parte que perdamos los estribos por la memez de Conejo? No sé qué opinas tú, pero Puh cree que no debe enfadarse por la conducta de Conejo, ni siquiera un poco. Conejo, por su parte, saca el máximo provecho de los pies del osito y cuelga en ellos toda la colada: mantas, albornoces, calcetines e incluso las cortinas recién lavadas.

Pero ¿cómo consigue Puh mantener la calma?

 

Me cuesta mucho perder los estribos, pero, cuando los pierdo, ya no los encuentro ni con un sabueso.

MARK TWAIN

 

Poca gente lo sabe, pero Puh es uno de los mayores expertos del mundo en la filosofía de Baruch Spinoza.

 

Nunca te enojes, o nunca perdones.

Inspirado en BARUCH SPINOZA

 

Deja que te lo explique. Según el gran filósofo judío, antes de enojarte con alguien deberías considerar si vas a perdonarlo en el futuro. En ese momento es el centro de tu ira, pero si sientes que lo perdonarás —al cabo de una semana, un mes, seis meses o un año—, es mejor que lo perdones ya para evitar enfadarte y sufrir innecesariamente.

 

La ira es un ácido que corroe más al recipiente que la contiene que a cualquier cosa sobre la que se vierta.

MARK TWAIN

 

Spinoza en su versión filosófica trataba el tiempo de una forma muy especial (de hecho, intentaba verlo todo desde el punto de vista de la eternidad). Una de sus conclusiones es que, si vas a perdonar a alguien algún día, la ira que sientes en ese momento es ilógica. Es totalmente innecesaria y, por consiguiente, hasta absurda.

Esta idea es respaldada curiosamente por alguien más:

 

Uno no debería perder los estribos a no ser que esté seguro de que su ira no dejará de crecer.

WILLIAM BUTLER YEATS

 

Pero Spinoza no tenía un pelo de tonto. Sabía que hay ciertas cosas que son imperdonables, por lo que afirmaba que, si decides enojarte, hazlo si el enojo y el rencor te van a durar toda la vida. Pero ándate con cuidado, porque este dilema es espinoso: si te enojas con alguien y decides perdonarlo a los treinta minutos (si sólo era un disgusto) o a los treinta años (si estabas enfurecido), habrás cometido dos errores y no deberías haberte enojado para empezar.

Es muy importante adoptar la actitud de Spinoza en nuestras relaciones más cercanas. Después de todo, no es habitual que los padres se enojen con sus hijos durante el resto de su vida. ¿Acaso puede un hermano estar enfadado con otro para siempre? ¿De qué te sirve irritarte con alguien si al cabo de un día, una semana o incluso un año lo vas a perdonar?

Sin embargo, y como pasa siempre, una cosa es decirlo y otra hacerlo.

Spinoza era tan apreciado por la gente —incluso por sus colegas filósofos, que lo llamaban «el filósofo de los filósofos»— entre otras razones porque predicaba con el ejemplo y vivía de acuerdo con sus enseñanzas. Me alegro por él, pero el resto de los mortales no somos Spinoza. A nosotros nos cuesta mucho más.

 

Nos perdonaron.

Después de todo, llovió.

YAEL RENAN

 

El Dalái Lama enseña un método que debería ayudarnos a no perder los estribos. Dice que debemos distinguir a las personas de sus actos. En lugar de enojarnos con los demás, ya que la vida es dura para todos, es mejor que nos enojemos con sus actos. Intenté poner en práctica el método del Dalái Lama, pero fracasé estrepitosamente. Cuando alguien me hace enojar (ocurre raras veces, pero ocurre), me resulta imposible perdonarlo y centrarme sólo en sus actos. Para mí ambas cosas están unidas inextricablemente.

O sea, que aquí tienes un consejo más hacedero:

 

Si te enfadas…, cuenta hasta diez.

Si estás furioso…, suelta tacos.

MARK TWAIN

Una historia verdadera

Esta película, dirigida por David Lynch, narra la historia de Alvin Straight, un anciano veterano de la Segunda Guerra Mundial. Vive con su hija Rose, una mujer bondadosa aquejada de un trastorno mental. Hace muchos años que él no ve a su hermano Lyle por una pelea que tuvieron.

Un día Alvin se entera de que su hermano ha sufrido un infarto y decide ir a verlo antes de que sea demasiado tarde para ambos. Pero, como tiene las piernas y la vista demasiado enfermas como para ir en coche, decide hacer el viaje montado en su tractor cortacésped John Deere. Tarda seis semanas en recorrer los casi cuatrocientos kilómetros que separan Laurens (Iowa) de Monte Zion (Wisconsin).

Cuando los hermanos por fin se reencuentran, es evidente lo mucho que se han echado en falta (se trasluce en los ojos de Richard Farnsworth y Harry Dean Stanton, unos actores increíbles). Los dos lamentan enormemente haber estado tantos años distanciados y enfadados (y lo más absurdo es que ni siquiera se acuerdan de por qué se pelearon). En esta historia no hay nada convencional.

¡Vaya, me había olvidado de Puh! Después de leer las obras de Spinoza, Puh ya no se enfada con nadie, ¡ni siquiera con Conejo!

Atascado en la puerta de la madriguera, Puh sabe que, a partir de ese momento, es decir, a lo largo de las trescientas páginas restantes del libro, no se puede enojar con Conejo, lo cual es toda una hazaña para un osito, así que no se enoja por nada.

 

Con cada minuto de enojo pierdes sesenta segundos de paz.

PUH & RALPH WALDO EMERSON

 

He de confesar que yo no he logrado adquirir la serenidad de Puh. Cuando leo los libros de A. A. Milne, a veces me enojo con Conejo. Después de todo, es arrogante, intolerante (quería que expulsaran a Kanga y Ruh por tener bolsillos y él no), un astuto intrigante (algo que odio) y encima trata muy mal a sus amigos.

Admito que todavía me queda mucho por aprender sobre cómo manejar la ira (y lo sigo intentando), pero, como sucede a menudo, aprendí mucho del siguiente incidente en el que traté de enseñar a alguien lo malo que es enojarse.

Taxi driver (no tiene que ver con la película de Martin Scorsese)

Un día alquilé un taxi (con taxista incluido). Mientras circulábamos por la carretera, otro coche invadió nuestro carril por las buenas poniendo en peligro nuestro pellejo y la forma original del taxi y de los pasajeros. El taxista, enfurecido, se puso a echar pestes y a gritar. Al cabo de un rato, como vi que seguía erre que erre, intenté explicarle que lo que estaba haciendo no tenía ni pies ni cabeza. Le dije que aquel conductor sonado al que gritaba estaría seguramente ya en su casa, tomando un baño caliente, chapoteando en el agua y jugando con su patito de goma (como cualquier otro hombre de a pie). Y añadí que los únicos que lo estábamos pasando fatal éramos nosotros dos: yo por tener que oírle despotricar, y él porque con aquella rabieta podía hacerse un auténtico daño físico. Se quedó convencido. «Nunca más volverán a sacarme de mis casillas —declaró—. ¡No pienso darles esa satisfacción! ¡Para hacerme cabrear tendrán que pasar por encima de mi cadáver!» Gritó con tal fuerza que casi estallaron en mil pedazos los cristales de las ventanillas.

 

Enojarte es castigarte por la estupidez ajena.

SABIDURÍA POPULAR

 

(Por supuesto, la sabiduría popular y el sentido común son muy poco comunes.)

Un médico me dijo en una ocasión que unos estudios científicos recientes revelaban claramente que las personas que se irritan con facilidad y pierden los estribos viven menos años. No sé por qué no me sorprende.

Yo sólo tengo por costumbre enfadarme cuando mi ataque de furia podría cambiar algo.

Así que recemos:

 

Dios mío, dame la serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar,

valor para cambiar lo que puedo cambiar,

y sabiduría para conocer la diferencia.

REINHOLD NIEBUHR,
 
«Oración de la serenidad» (1943)

Taxi driver 2 (tampoco tiene nada que ver con la película de Scorsese)

Otro día, mientras iba también en taxi (antes era un «cliente en serie»), nos topamos con un atasco. Mientras nos dirigíamos a paso de tortuga a nuestro destino, el taxista vio que un coche nos adelantaba (a nosotros y al resto) por la derecha circulando por el arcén. El taxista furioso soltó varias lindezas que prefiero omitir. Después de calmarse un poco, dijo: «Los israelíes son unos frescos. Se saltan la ley como si fueran a salvar a su abuela por estar su casa ardiendo. —Y acto seguido me preguntó girándose—: ¿Por qué son tan maleducados?» En realidad, usó otra palabra.

Era mi gran oportunidad para darle una lección de deducción estadística.

—Es posible que haya sacado una conclusión equivocada, ¿no cree? —le repliqué.

—¿A qué se refiere? ¿Por qué iba yo a estar equivocado? —repuso desconcertado.

—¿Está usted circulando por el arcén? —le pregunté remitiéndome a las pruebas.

—Pues no.

—¿Está el coche de delante haciendo algo ilegal?

—No —admitió con desconfianza.

—Espero que haya advertido que el vehículo que circula a nuestra izquierda tampoco va por el arcén. Sólo uno ha cometido una infracción. Es el único que hemos visto circular por el arcén, ¿no?

—¿Qué me está intentando decir? —preguntó, ya más calmado.

—Que somos la pera. Nos fijamos en lo que está mal, pero lo bueno se nos pasa por alto. Docenas de conductores circulan sin cruzar la línea amarilla, pero usted no ha comentado la suerte que tenemos de estar rodeados de unos conductores tan pacientes y amables. Sólo ha visto al único (¡uno!) que ha cometido una infracción y al instante ha concluido que no sólo los conductores, sino todos los israelíes, se pasan las normas por el forro. ¿No le parece asombroso? —Ahí concluyó mi sólida argumentación.

Y aquí terminan mis historias de taxis.

 

 

Haz la siguiente prueba: averigua cuántos programas televisivos presentan a buenas personas. ¿Por qué en los informativos dan tantas noticias negativas y, en cambio, un programa que trataba de gente que hacía buenas acciones, emitido en un canal comercial, fue retirado enseguida debido a su baja audiencia? (Supongo que los televidentes ponían otros canales para ver cosas «más bonitas», como historias de un hombre que mató a su mujer, un joven pegando a un anciano o una madre maltratadora.) ¿Qué es lo que esto dice de nosotros?

 

¿Por qué nos creemos enseguida lo malo que oímos decir de los demás y no lo bueno?

Inspirado en LEV TOLSTÓI

 

Si eres sincero contigo mismo, no podrás negar que el bueno del conde Lev dijo una verdad como una casa. Por desgracia tenemos esta mala costumbre.

Si aún no te lo acabas de creer, aquí tienes la prueba: supón que mañana se publica en un periódico o en Internet que Haim Shapira, el autor del libro que tienes en tus manos, ha sido arrestado porque se sospecha que trabajaba como espía para Rusia. Sé exactamente cuáles serían las reacciones de los lectores. La gente diría algo como: «¡En cuanto lo vi supe que ese tipo no era de fiar!», «No me sorprende en absoluto», «Era de esperar, tenía acento ruso y siempre estaba citando a escritores rusos. ¿Si no por qué iba a conocer tan bien a Tolstói, Nabokov y Visotzky?» o «Encima es un buen matemático y toca el piano, lo cual es de lo más ruso. Además, los rusos son todos unos espías».

Aquí tienes en parte la respuesta a la pregunta de Tolstói:

 

Si no tuviéramos defectos, no disfrutaríamos tanto advirtiendo los de los demás.

FRANÇOIS DE LA ROCHEFOUCAULD

 

Estas sabias palabras del aristócrata francés hizo que mi admiración por Winny creciera aún más. Sólo una criatura perfecta como Puh podría llegar a la conclusión de que «todo el mundo (incluso Tigle) es bueno».

Aclaración

Son muchos los que creen que uno es tan grande como las cosas que le hacen enojar. Me parece una bonita máxima, pero no es del todo cierta. Heráclito tenía razón al decir que el carácter de un hombre es su destino. Una persona sabia no debería irritarse, pero la teoría es muy distinta de la práctica. He oído decir que Spinoza y varios otros sabios evitaban encolerizarse gracias a su sabiduría, pero son una minoría insignificante. El resto de los mortales, por desgracia, nos enfadamos. R. W. Emerson mantenía que a cada uno nos hierve la sangre a distintas temperaturas, determinadas sin nuestro permiso.

Aquí tienes la descripción que mejor ilustra lo que estoy intentando decir:

 

Y empecé a creer que todo es producto de nuestra fuerza de voluntad y de nuestros deseos: podemos llenarnos el corazón de rabia y animadversión, o hacer las paces con todo lo que deseemos. Y si éste es el caso, ¿por qué avivar la ira en nuestro corazón y crear negatividad cuando podemos ser positivos y felices? Pero, de repente, surge una contrariedad y volvemos a ser los mismos de siempre.

S. Y. AGNON,
 
extracto de «The Doctor’s Divorce»

 

Pero no todo sucede como planeamos o deseamos.

Más adelante seguiré hablando de los ataques de furia.

Tercer principio
 
PUH, EPICURO Y LAS MENTES IMPARABLES

Puh tiene otra virtud encantadora. Sabe animar a los demás y les ayuda a olvidarse de las preocupaciones infundadas y la falsa ansiedad.

 

Un día cálido y soleado Puh y Porquete paseaban por el Bosque de los Cien Acres.

—¡Mira, Puh! —dijo de pronto Porquete—. Hay algo en uno de los Pinos.

—Es un Jagular —dijo Puh.

—¿Qué hacen los Jagulares? —preguntó Porquete.

—Se esconden en las ramas de los árboles y caen sobre uno cuando uno pasa por debajo —dijo Puh—. Me lo dijo Christopher Robin.

—Quizá fuera mejor que no pasáramos por debajo, Puh. Por si acaso se deja caer y se hace daño.

—Ellos no se hacen daño —dijo Puh—. Son muy buenos caedores[5].

—Lo sé Puh, pero cuando eres tan pequeño no es fácil ser valiente —se disculpó Porquete—. Y aunque no hubiera ningún Jagular, el árbol podría caernos encima.

—Supongamos —dijo Puh planteando una interesante idea— que el árbol no nos caerá encima.

Esta idea le ayudó a Porquete a relajarse.

(Inspirado en A. A. Milne.)

 

«Supongamos que el árbol no nos caerá encima.» Puh sugiere a Porquete una magnífica idea filosófica. Sin embargo, no fue el primero en tenerla.

Sobre epicureísmo: «Supongamos que el árbol no nos caerá encima»

La filosofía de Epicuro (vivió en el siglo III a. C.) trata sobre todo de enseñanzas sobre la satisfacción. La obra de Epicuro fue muy extensa (dejó más de trescientos manuscritos, según refiere Diógenes Laercio), pero se han conservado muy pocas de sus obras. Las Máximas capitales, la más completa que sobrevivió, se componen de cuarenta aforismos sobre ética. De sus otras obras sólo quedan fragmentos, pero todas reflejan un coraje filosófico, un humanismo y una nobleza sin parangón (por lo visto Epicuro predicaba con el ejemplo).

Los defensores del judaísmo y el cristianismo no apreciaban sus obras. Los cristianos lo atacaban porque Epicuro no creía en la Intervención Divina ni en la eternidad del alma humana (Dante Alighieri colocó a Epicuro y a sus discípulos en su Infierno, canto 10, círculo 6), y los judíos usaron el nombre de Epicuro como adjetivo para referirse a los que no creían en la fe ni en Dios, o a veces como sinónimo de un espíritu libre en general.

Tetrafármacos

Los cuatro principios de Epicuro para sanar la mente son:

 

1. No debemos temer a Dios.

2. No sentimos la muerte.

3. El mal se puede soportar.

4. El bien se puede adquirir.

 

Hablaré brevemente de los tres primeros y después ahondaré en el cuarto.

 

1. No debemos temer a Dios.

No hay ninguna razón para temer a Dios porque, aunque Dios exista, Epicuro mantiene que la Intervención Divina no existe. Los seres humanos no somos tan importantes como para que Dios se preocupe en castigarnos o premiarnos. Después de todo, ¿acaso creer que Dios participa en nuestra vida personal no es el mayor pecado de vanidad que podemos cometer?

 

Cuando hablamos con Dios, estamos orando.

Cuando Dios habla con nosotros, estamos esquizofrénicos.

JANE WAGNER
 
(comediógrafa y pareja de Lily Tomlin)

 

Dios existe, pero yo soy ateo.

COMEDIANTE DESCONOCIDO

 

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de las dádivas, sino con el de la misericordia.

 

MIGUEL DE CERVANTES, El Quijote,
 segunda parte, capítulo XLII

Tiemblo por mi país cuando pienso que Dios es justo y que su justicia no puede dormir para siempre.

THOMAS JEFFERSON

 

Tanto si Dios ha muerto como si no, es imposible guardar silencio sobre Él, que ha estado ahí durante tanto tiempo.

ELIAS CANETTI

 

2. No sentimos la muerte.

Seguramente la muerte es lo que más miedo nos da a los seres humanos. Pero Epicuro no puede entenderlo.

 

Mientras vivimos, la muerte no ha llegado aún, y cuando llega, ya no vivimos. Si nunca nos cruzamos con la muerte, ¿qué sentido tiene temerla?

Inspirado en EPICURO

 

3. El mal se puede soportar.

Epicuro, hablando con gran piedad y compasión, anima a los deformes, los enfermos, los ancianos y los moribundos a ser valientes para afrontar el dolor y los embates de la vida. Como ya he dicho, Epicuro predicaba con el ejemplo. La mayor parte de su vida estuvo muy enfermo, pero no dejó que el dolor le quebrantara el espíritu.

 

La sensación de dolor no dura eternamente, sino que el dolor más horroroso es el más efímero.

EPICURO

 

Epicuro incluso hubiera estado de acuerdo con la siguiente máxima del gran filósofo de la noche:

 

Lo que no te mata, te hace más fuerte.

FRIEDRICH NIETZSCHE

 

Epicuro no afirmaba que fuera posible vivir sin sufrir, pero aspiraba a merecerse todo cuanto le sucediera en la vida.

 

Mi herida existía antes que yo, yo nací para encarnarla.

JOE BOUSQUET
 
(citado por Gilles Deleuze en Lógica del sentido)

 

En cuanto al tercer principio, me gustaría también mencionar que a Epicuro no le daba miedo el sufrimiento físico. Sostenía que el sufrimiento mental era peor. Afirmaba que el padecimiento físico se da sólo en el presente, mientras que el mental está relacionado con el presente, el pasado e incluso el futuro.

 

4. El bien se puede adquirir.

En este principio es donde Epicuro presenta su receta para la felicidad. Como mis inteligentes lectores ya habrán descubierto, yo no creo demasiado en las «recetas para la felicidad», pero si tuviera que elegir una, me quedaría con la de Epicuro.

En primer lugar, Epicuro nos aconseja la amistad. Sostiene que si no vemos que la amistad es lo más valioso que existe seremos unos necios (más adelante hablaré de ello).

Después habla de las dos clases de sufrimiento que nos impiden ser felices: el físico y el mental. El sufrimiento físico se manifiesta a través de las lesiones físicas, el hambre, la sed y el frío, y el sufrimiento mental está compuesto por las preocupaciones y los miedos. La serenidad llega con la ausencia de sufrimiento, y este estado (según Epicuro, por supuesto) nos indicará el camino a la felicidad. El sabio griego nos anima a alcanzar la serenidad física y mental. No nos pide que renunciemos a los placeres, sino que nos sugiere que no nos excedamos en ellos, porque el sufrimiento que podrían acarrearnos sería mayor que el placer producido.

Epicuro también nos advierte de que la codicia, la búsqueda de fama y prestigio, los vanos placeres carnales, la arrogancia, el orgullo desmedido y la vanidad nos harán sufrir en el futuro.

Como ya he dicho, Epicuro no tenía un pelo de tonto, por eso señaló que si somos honrados no podremos amasar grandes riquezas (era de suponer), y que nuestros esfuerzos por acumular bienes mundanos no valen la pena porque no harán más que turbarnos el espíritu.

 

Nada es suficiente para el hombre a quien lo suficiente le parece demasiado poco.

EPICURO

 

¿Quién es rico? El que disfruta de su parte.

ÉTICA DE LOS PADRES, 4

 

Lo que posees acabará poseyéndote. Únicamente cuando se pierde todo somos libres para hacer cualquier cosa.

EL CLUB DE LA LUCHA[6]

 

En cuanto al sufrimiento mental (es decir, las preocupaciones), Epicuro creía que la mayoría nos inquietamos sin razón. Y creo que él estaría de acuerdo con este aforismo:

 

No hay peor enemigo que nuestros propios pensamientos.

ALGO QUE MI ABUELA ME ENSEÑÓ

 

A mi modo de ver, tanto Epicuro como mi abuela tenían razón. Y, si no, piensa en las cosas tan extrañas que nos preocupan: ¿de qué está hecho el universo?, ¿es finito o infinito?, ¿se está expandiendo o contrayendo?, ¿existen universos paralelos?, ¿hay vida inteligente en Marte? (Por supuesto, muchas personas tienen unas preocupaciones más mundanas, como pagar las facturas, ocuparse de familiares enfermos, alcanzar la estabilidad económica, lidiar con hijos problemáticos, etc.)

A decir verdad, lo único que Epicuro quiere es vivir tranquilo e intentar ser feliz, y si esto es imposible, al menos quiere sufrir lo menos posible.

¿Te gustaría sufrir lo menos posible? Según este sabio griego, una de las cosas más importantes que podemos hacer en la vida es suponer que «el árbol no nos caerá encima». Después de todo, nos preocupamos la mayoría de las veces por cosas que nunca llegan a suceder.

Te lo explicaré con un ejemplo actual.

Imagínate que estás volando en avión porque vas a pasar las vacaciones en una isla tailandesa. Qué bonito es aprovechar el viaje pensando cosas agradables como: «¿Y si el avión se estrella? Y si no se estrella, a lo mejor un tsunami transforma el hotel en un parador flotante. ¡Oh!, seguro que comeré algo que me sentará mal…, o me dará un infarto…, o me quedaré entumecido por culpa de los masajes. Seguro que mi jefe, mientras estoy de vacaciones, aprovecha la ocasión para despedirme. ¿Y si mi hija se larga con un agente de modelos esquimal? ¿Y si la comida del avión me sienta fatal y me paso todas las vacaciones con el estómago revuelto?»

Espero que ninguno de tus pensamientos se parezca en lo más mínimo a éstos. Epicuro sostiene que no hay ninguna razón lógica o probabilística para pensar de este modo, porque resultaría muy raro que alguno de esos incidentes desagradables llegase a suceder.

Deja que te lo explique:

En primer lugar, estoy seguro de que coincidirás conmigo en que si, mientras viajamos en avión, el piloto anuncia de pronto que estamos a punto de hacer un amerizaje de emergencia sería una estupidez preocuparnos por un tsunami. ¡Y qué más da ahora! ¿Lo ves? Nos hemos preocupado por nada.

En segundo lugar, si un tsunami arrasa el hotel donde nos alojamos, ya da lo mismo que nuestro jefe nos despida. ¡Dejemos que se divierta! A estas alturas a nosotros tanto nos da.

En tercer lugar, es imposible que ocurriera lo siguiente: mientras sobrevolamos el océano, el piloto anuncia que estamos a punto de estrellarnos (es decir, ahogarnos) y que caeremos sobre un tsunami colosal. De pronto el corazón nos da un vuelco, nos duele de lo aterrados que estamos y sufrimos un infarto masivo. Al ponernos la mano en el pecho, notamos un bultito y sabemos que es un tumor maligno. Nos echamos a temblar horrorizados, pero ¡espera! No somos nosotros, sino nuestro móvil el que vibra. Nuestro jefe nos llama para comunicarnos que nos ha despedido. También hay otra llamada en espera, es nuestra hija deseando decirnos que va a pasar el resto de su vida en un iglú. Ahora sentimos náuseas, la terrible comida del avión nos ha sentado como una patada en el estómago…

¡Eh!, ni siquiera Líyoo, el burrito pesimista, podría ser tan lúgubre.

No hay ninguna posibilidad de que esto llegue a ocurrir y, por lo tanto, no hay ninguna razón para preocuparnos.

Epicuro afirma que lo que tiene que pasar, pasará de una forma o de otra. Y nos aconseja que no nos preocupemos, porque lo más probable es que sea algo inesperado, es decir, algo que ni siquiera se nos haya ocurrido. Por ejemplo, no sé dónde te encuentras en este momento, pero si estás sentado bajo una lámpara de araña enorme, te aconsejo que busques otro sitio mejor. ¿Sabes lo que podría pasar?

(Espero que no hayas sentido pánico y estés ahora cubierto con una manta, leyendo el libro con una linterna en la mano.)

Pero el mayor problema es que no es fácil decirnos que no debemos preocuparnos sin una razón, y mucho menos aún hacerlo. Solemos darnos unos consejos excelentes, pero pocas veces los seguimos.

 

Me doy muy buenos consejos, pero rara vez los sigo.

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
 
(película de Disney)

 

La mayor desgracia del hombre es que no tiene ningún tipo de freno para detener un pensamiento o incluso el proceso mental cuando lo desea.

PAUL VALÉRY

 

Valéry tiene toda la razón. Nuestra mente pensante puede correr como un coche sin frenos. No podemos dejar de pensar a voluntad, ni siquiera un momento.

 

¿Te ha pasado alguna vez dejar de pensar y olvidarte de seguir pensando de nuevo?

PUH PLANTEA UNA BUENA PREGUNTA

 

Un día hice un descubrimiento increíble y, como siempre, sucedió por casualidad: ¡di con un método sencillo para dejar de pensar! Mientras zapeaba en un intento desesperado de encontrar algún programa potable, apareció el Canal de Moda y al poco tiempo descubrí que, al mirar las modelos desfilando por la pasarela, dejaba de pensar. Al menos nos pasa a los hombres. Cuando miramos este canal, sentimos un agradable calorcillo en el cuerpo y la mente se nos queda en blanco. Pero aún no he encontrado una solución para las mujeres. (Un amigo me sugirió que averiguara si los partidos de fútbol les causaba el mismo efecto a ellas. Varias mujeres, a petición mía, intentaron mirar un partido en el que veintidós individuos persiguen un balón, pero por lo visto acabaron con los nervios de punta, y encima no las ayudó a dejar de pensar.)

Como muy bien sabemos, no hay nadie en este mundo que «sea feliz para siempre». Después de todo, Sigmund Freud, nuestro conocido común, ya dijo que la felicidad no formaba parte del plan de la creación del mundo, y si existe en alguna parte alguien que sea feliz en cada instante de su vida, yo podría recomendarle varios lugares donde los médicos tratan este extraño trastorno mental.

 

Toda una vida de felicidad sería un infierno en la tierra, porque nadie podría soportarla.

GEORGE BERNARD SHAW

 

Es evidente que nadie puede ser feliz veinticuatro horas al día, siete días a las semana, trescientos sesenta y cinco días al año. Pero debemos saber que todos tenemos derecho a algunos minutos de felicidad, a cortos lapsos de deleite y a soplos de placidez. A veces incluso nos sentimos en paz y satisfechos con el curso de nuestra vida.

Lo más simplista sería aconsejar a todo el mundo hacer lo posible y lo imposible por vivir la máxima cantidad de esos momentos porque son los que realmente importan. Pero el problema está en que no podemos encargarlos y obtenerlos hechos a medida. Hasta es posible que la búsqueda de la felicidad sea el mayor impedimento para alcanzarla.

 

Si se construyera la casa de la felicidad, la habitación más grande sería la sala de espera.

JULES RENARD

 

En resumidas cuentas, yo diría que entre la felicidad y la infelicidad hay un abismo y que la mayor parte del tiempo vivimos en él.

Al pensar en lo escasos que son los momentos de felicidad en nuestra vida, descubrí que, por desgracia, mucha gente ni siquiera los advierte cuando suceden. En muchas ocasiones descubrimos un momento de felicidad cuando ya ha pasado y el tiempo nos ha hecho ver las cosas con más claridad.

Dostoyevski, el escritor ruso, escribió que lo que nos ayuda a superar los momentos más difíciles de la vida no es nuestra educación ni lo que aprendemos de mayores, sino que son los recuerdos de la niñez los que nos dan fuerza y nos alientan a seguir adelante. Un buen recuerdo de la infancia es la mejor medicina contra los horribles momentos que a todos nos esperan en el camino de la vida.

Mi mejor recuerdo de la niñez incluye a mi padre. En el lugar donde yo crecí, en invierno los niños del barrio nos deslizábamos por la colina nevada con toda clase de esquís, trineos e incluso bolsas de plástico. La mayor parte del tiempo la colina estaba cubierta con una mezcla resbaladiza de nieve y hielo. A los siete u ocho años yo era un niño rellenito. Mi padre me acababa de comprar un trineo de madera y me llevó a aquella colina para que lo estrenara.

Cuando llegamos a la cima, mi padre me metió en el trineo, me dio unas pocas instrucciones rápidas y sobre todo me advirtió de los peligros de esquiar. Cuando le pareció que yo lo había entendido todo, me soltó y empecé a bajar la mar de contento por la ladera. Pero de pronto descubrí a mi padre corriendo a mi lado para asegurarse de que no me pasara nada, gritándome las instrucciones y palabras de advertencia. Yo llegué al pie de la colina sano y salvo, pero mi padre resbaló un par de veces a lo largo del descenso. ¿Cómo se le ocurrió bajar corriendo por aquella resbaladiza ladera helada?

Todo el mundo se rio del espectáculo, pero yo me morí de vergüenza. ¿Acaso hay algo más embarazoso para un niño que su padre haga el ridículo intentando sobreprotegerlo? Deseaba que se me tragara la tierra. En cuanto llegué al pie de la colina, quise volver a lanzarme con el trineo por la ladera, aunque pensar en mi padre corriendo dando patinazos a mi lado no me hacía ninguna gracia. Lo intenté de nuevo, pero como se repitió aquel espectáculo bochornoso, me olvidé del trineo durante una temporada.

En aquella época no estaba tan seguro, pero ahora, cada vez que recuerdo ese día, el corazón se me llena de alegría porque me demuestra que mi padre velaba por mí y me quería con locura.

 

 

Y ahora vamos a dar un salto gigantesco desde los recuerdos de mi infancia a la primera escena de Annie Hall. La película empieza con Woody Allen en la pantalla hablándole a la cámara. Dice lo siguiente: «Les contaré un chiste viejo. Dos señoras mayores están en un parador de montaña, y una dice: “Hay que ver lo mala que es aquí la comida”. Y la otra responde: “Ya, y además las raciones son muy pequeñas”.

»Así es como veo yo la vida: llena de soledad, de tristeza, de sufrimiento y de infelicidad… y pasa todo tan deprisa…»

Si has visto la película, ¿te has fijado en esta observación sobre el sentido de la vida? ¡Caramba, qué pesimista es!

Pero yo creo que esta observación no es cierta y que contiene una seria paradoja:

 

¿Por qué los filósofos pesimistas se quejan tanto de la muerte si creen que la vida no merece ser vivida y no trae más que sufrimiento?

SIMONE WEIL
 
(traducción aproximada)

 

Para ser del todo sincero, he de decir que yo era un apasionado partidario de todo tipo de filósofos pesimistas —desde Buda hasta Schopenhauer—, incluyendo a Oswald Spengler, que tras decir «El optimismo es una cobardía» se quedó tan ancho. Yo admiraba las ocurrencias pesimistas y cínicas de Gorgias, Kafka, Freud, Twain, Chéjov y muchos otros. Pero creo que el paso del tiempo me ha hecho más sabio y ahora pienso que:

 

El pesimismo es, en general, una expresión de pereza intelectual.

COLIN WILSON

 

Piensa un momento lo simple y verdadera que es esta frase. Qué fácil es ser pesimista y estar decepcionado y cabreado todo el tiempo. Qué fácil es decir que todos son unos corruptos y que las cosas siempre irán mal. Qué sencillo es afirmar que cuando nacimos el mundo ya era un lugar corrupto, viciado y banal, y que lo seguirá siendo cuando lo abandonemos. Isaac Bashevis Singer dijo en una ocasión que cualquier idiota que difunda noticias apocalípticas será ensalzado como profeta. Yo también creo que uno no necesita tener un coeficiente de inteligencia mayor de diecisiete para advertirnos de que las cosas están mal y de que se pondrán peor, y de que la luz al final del túnel no es sino un tren circulando en sentido opuesto, sin que haya sitio donde podamos guarecernos.

Cualquiera que haya vivido lo bastante en este planeta sabe que el pesimismo es lo que más abunda, porque no requiere esfuerzo alguno, es como una roca rodando montaña abajo. Cuesta mucho más empujarla hasta la cima, ser positivos. Y, si no, fíjate en lo difícil que es pensar como Puh, encontrar un poco de magia y encanto en todo. Sólo una persona sabia sabe hacerlo.

Si bien sigo pensando que, a la larga, el pesimista siempre tiene razón, el optimista al menos disfruta de la vida.

 

Uno está allí donde están sus pensamientos.

Asegúrate de que estén donde tú quieres estar.

 

El aforismo anterior, aunque parezca sacado de El Secreto, se atribuye al rabino Nahman de Breslov, y Buda, Marco Aurelio, Epicteto y Tolstói también nos ofrecieron unas versiones parecidas de él. Supongo que después de todo no era un gran secreto. Es tan cierto que «estamos donde están nuestros pensamientos» que no me extraña que tantos sabios llegaran a la misma conclusión por separado. Los cinco que he citado deben de ser una gota en el océano.

 

 

El siguiente párrafo es un apéndice escrito en especial para los aficionados a la filosofía o los admiradores del marqués de Sade.

El marqués de Sade y los estoicos

Los filósofos estoicos distinguían las «situaciones» de los «eventos». Las situaciones no dependen de nosotros. Suceden sin más y no hay nada que podamos hacer para evitarlas. Un tsunami podría arrastrarte. Un meteorito podría caerte encima mientras lees un libro. Un suicida arrojándose de una ventana podría caerte sobre la cabeza el día que luces tu mejor traje. Tú ya me entiendes (las situaciones optimistas también pueden ocurrir, pero ahora nos interesan menos).

Una situación sucede sin que podamos controlarla, en cambio un «evento» se crea con lo que pensamos sobre lo que nos está pasando y con nuestra reacción ante las diversas situaciones. Es decir, transformamos las situaciones en eventos. Según los estoicos, somos la suma de nuestras reacciones elegidas ante las situaciones de la vida, en un nivel mental y práctico. Por eso el lema más importante de los estoicos es: «Sé merecedor de todo cuanto te ocurra».

Justine y Juliette, dos novelas del marqués de Sade que narran las historias de dos hermanas —una virtuosa y otra viciosa—, ilustran a la perfección la diferencia entre una situación y un evento. A quienes se sientan a gusto con su cordura no les recomiendo que lean estas dos novelas. Yo las leí cuando mi mente me estaba aburriendo, para evadirme un poco. Cuando volví a la sensatez, lo hice cargado de muchas ideas interesantes, y desde entonces empleo mi tiempo en mi mente renovada y no he vuelto a aventurarme fuera de ella.

Cuando lees por primera vez las dos novelas, te da la impresión de que Justine es la hermana virtuosa y que, por lo tanto, siguiendo la lógica retorcida del marqués de Sade, le ocurrirán todas las desgracias habidas y por haber. Con el marqués de Sade ninguna buena acción se queda sin castigo. En cambio a Juliette, la hermana viciosa, la vida le sonríe y está rodeada de lujo. Sin embargo, si se releen las novelas (algo que recomiendo menos aún), descubres un hecho muy sorprendente: las dos hermanas viven casi la misma serie de situaciones, y mientras que Justine, la hermana buena, sufre lo indecible en cada situación en que el marqués de Sade la mete, Juliette, la hermana mala, elige disfrutar de unas situaciones muy parecidas y pasárselo en grande.

 

 

Pero volvamos al tema que nos ocupa. Algunas personas creen que quejarse constantemente sobre todo cuanto ven u oyen las hace parecer de lo más sabias.

 

Estar alrededor de una persona que es sabia todo el tiempo es como estar en un funeral perpetuo.

Inspirado en D. H. LAWRENCE

El último tango en Venecia

Hace varios años, mi mujer y yo viajamos a Italia con una pareja de amigos. A mí me encanta visitar Italia y lo hago tan a menudo como puedo. Sienta bien a mi psique. Al principio del viaje, mientras nos dirigíamos de Roma a las Dolomitas, tuvimos la oportunidad de pasar dos días en Venecia. Durante nuestro segundo día allí, advertí que nuestro compañero de viaje era muy «sabio». Mientras navegábamos por los canales venecianos, nuestro amigo decidió compartir su gran sabiduría con nosotros. En primer lugar nos hizo saber que la ciudad se está desmoronando y que desaparecerá bajo las aguas dentro de treinta o cuarenta años como máximo. Una vez que hubo despedazado Venecia, nos llamó la atención sobre la desastrosa construcción de la red de alcantarillado de la ciudad (espero que ninguno de mis lectores se haya preocupado por la planificación y la construcción de la red de alcantarillado de Venecia). Tras aniquilar Venecia e inundarla de aguas residuales, señaló que el Vino Nobile di Montepulciano que nos habían servido en la cena el día anterior no era de 1997 como pedimos, sino de 2001 o —¡Señor, ten piedad!— de 2003. Aseguró que nos habían timado.

Este amigo nuestro siguió acribillándome la cabeza con hechos como si estuviera decidido a arruinarme poco a poco, aunque de manera implacable, mis vacaciones italianas. ¡Vaya!, pero este tipo que todo lo sabía ignoraba una cosa: que yo ya sabía casi todo lo que él sabía. Lo que nos diferenciaba era que yo, siguiendo los pasos de mi gran maestro Winny de Puh, había elegido observarlo todo con una mirada más dulce, alegre y generosa. Ya sé que Venecia se está desmoronando poco a poco, pero esto forma parte de su magia. (Después de todo, aunque se hayan construido réplicas de Venecia en Las Vegas y en Macao —que, por cierto, «no» se están desmoronando—, ¿acaso tienen la misma magia? ¡Ni por asomo!)

Aunque la construcción de la red de alcantarillado deje mucho que desear, ha estado funcionando durante cientos de años. ¡Venga, no hay para tanto! ¿Cuándo ha sido la última vez que hemos comprado un producto con una garantía de incluso cien años?

Sí, nos timaron con el vino (yo también lo advertí), ¿y qué? Al menos nos atendieron bien, lo cual es de agradecer. También hubiera preferido que el camarero tuviera otra actitud distinta a la de «¿Cómo puedo timar a estos bobos?», y es una vergüenza que nos eligiera como a los pardillos de turno, pero me niego a dejar que estas memeces me arruinen los pocos momentos bonitos que tan difíciles son de conseguir y atesorar. Después de todo, son los momentos que quedarán en nuestro álbum de recuerdos. Un hombre sabio dijo en una ocasión: «Los buenos recuerdos crean el Cielo del que nadie podrá echarnos».

Ahora, cuando mi amigo me llama de higos a brevas para saber cuándo haré el siguiente viaje y adónde iré, recibe cada vez la misma respuesta: «Lo siento, acabo de volver de uno». Aquél fue el último tango que bailamos juntos.

No pienso volver a viajar con ese tipo.

Como máximo tomaré un té con él.

Encuestas, mentiras y momentos de felicidad

Periodista: «¿Es feliz, señor?»

Charles de Gaulle: «¿Por quién me ha tomado, por un idiota?»

La gran encuesta (falsa) sobre la felicidad

Una de las encuestas más fascinantes y quizás incluso la más importante de las que he realizado fue preguntar a la gente sobre sus momentos felices. Los encuestados recibieron una hoja en blanco para describir en ella el momento más feliz de su vida. Les di cinco minutos para hacerlo, lo cual es tiempo de sobra, y les dije que, si les venían varios momentos a la cabeza, los escribieran todos y los puntuaran según su intensidad.

Antes de compartir mis hallazgos contigo, querido lector, me gustaría pedirte que te tomes cinco minutos para responder a estas preguntas: ¿Cuál fue el momento más feliz de tu vida? ¿Y el segundo? ¿Tuviste un tercero? ¿Cuántos has anotado en cinco minutos?

Me gustaría añadir que los momentos felices cambian de tono con el tiempo. Hay momentos de alegría que posteriormente dejan de serlo, y momentos en los que descubrimos que fuimos felices sólo años más tarde.

 

Hay que ser un dios para distinguir los triunfos de los fracasos sin equivocarse.

ANTÓN PÁVLOVICH CHÉJOV

 

Tómate tu tiempo y escribe:

 

 

Y ahora, los resultados:

¿Momentos felices? ¿Dónde diablos están?

Me entristeció descubrir que bastantes personas dejaron la hoja en blanco, es decir, que no se acordaron de un solo momento feliz en su vida o eligieron no responder a la pregunta, lo cual también es muy triste. Algunos de mis alumnos no pudieron recordar ni un momento feliz, pero son jóvenes y aún hay esperanza para ellos.

 

Es evidente que la felicidad no existe y, sin embargo, un día te levantas y descubres que se ha ido.

ANÓNIMO

Nunca somos tan felices o infelices como imaginamos.

FRANÇOIS DE LA ROCHEFOUCAULD

 

Me preguntaba qué habrían estado haciendo con su vida los que no recordaron un solo momento de felicidad. Pero hoy sé que no debí preguntármelo. Como ya he dicho antes, nuestra capacidad para vivir momentos felices (y muchas otras cosas) es sobre todo una cuestión genética (de nuevo, es culpa de nuestros padres). Y Líyoo lo sabe.

Hombres y mujeres

Más tarde descubrí que los momentos felices de los hombres son tan distintos de los de las mujeres que me empecé a preguntar si vivimos en el mismo planeta y respiramos el mismo aire. Lo cual me trae a la memoria una amiga mía que es profesora de estudios de género y una feminista a ultranza. En su coche lleva una pegatina que pone: «Pienso, luego no tengo pareja». (¿Te lo planteaste alguna vez, Descartes?)

 

Si quieres sacrificar la admiración de muchos hombres por las críticas de uno solo, cásate.

KATHARINE HEPBURN

 

Esta amiga mía discrepó totalmente conmigo e incluso se molestó cuando expuse las enormes diferencias que había encontrado entre hombres y mujeres. Ella sostuvo que en esencia no hay ninguna diferencia, salvo quizá por el hecho de que a los hombres les gustan las mujeres, y a las mujeres los hombres (al menos, a la mayoría).

Insistí en que entre los sexos hay miles de diferencias grandes y pequeñas. Una de ellas se basa en este simple hecho: la mujer quiere muchas cosas de un hombre; el hombre sólo quiere una cosa de muchas mujeres.

Aquí es donde las cosas se empiezan a complicar, por eso siempre pido a los encuestados que indiquen su sexo.

Veamos los resultados de mi encuesta.

Como soy todo un caballero, empezaré primero por las damas.

¿Qué hace felices a las mujeres?

Toda mi vida me he estado preguntando qué quieren las mujeres. Pero ni siquiera ahora que soy viejo y sabio tengo la menor idea.

Inspirado en SIGMUND FREUD

 

Repasé las respuestas de las alumnas que asistieron a algunos de mis cursos —desde psicología y genética hasta la Teoría de Juegos—, e hice algunos descubrimientos que no eran demasiado fascinantes que digamos. He aquí algunas de las respuestas (he elegido varias notas al azar y las he incluido):

 

  Esquiar con un instructor guapo.
  Haber sido admitida para hacer estos estudios. (Espero que los estudios lo justifiquen.)
  Mi gato se puso bueno.
  Llegar a conocerme a mí misma.
  Ver una puesta de sol en Ko Phi Phi.
  Viajar a Sudamérica. (¡Cómo le gusta viajar a la gente!)
  Haber conocido a mi novio.
  ¡Descubrir que mi mitológico ex me sigue queriendo! (Con signos de exclamación en el original.)
  Un retiro de meditación Vipassana al que asistí.
  Un viaje a Costa Rica (¡Más viajes!)
  Mi primer beso. (¡Por fin alguien pone esto!)
  Un viaje a Nueva Zelanda. (Vale, lo he pillado, a la gente le encanta viajar.)
  Graduarme en la academia militar.
  Hacer un ménage à trois.
  El día que mi chico me propuso matrimonio.
  Un viaje a la India (¡Ya basta de viajecitos!)

 

¡Caramba, qué rápido envejece la gente! Estoy seguro de que sabes a lo que me refiero.

Las encuestas dirigidas a mujeres algo más maduritas fueron al menos un poco más interesantes. No incluyeron tampoco ningún momento increíble, no cabe duda, pero lo más sugestivo es que todas citaron casi lo mismo. La mayoría anotaron la misma experiencia como su momento más feliz. ¿Adivinas cuál fue?

Me apuesto la camisa a que ellas lo han acertado (estoy seguro de que los hombres siguen en la inopia).

La gran mayoría de mujeres dijeron que el momento más feliz de sus vidas fue cuando trajeron vida a este mundo: el momento de dar a luz.

Me temo que algunos de los hombres que están leyendo esto ya están empezando a captar el terrible mensaje de esta información. Sí, caballeros, ésta es la triste verdad. ¡Ninguno de vosotros, queridos compañeros, formáis parte del momento más feliz de la vida de vuestra mujer! (Para subiros la moral un poco, os diré que al menos figuráis en el día más feliz de la vida de vuestra madre. ¿Os sentís mejor ahora?)

 

Para una mujer, el hombre es un medio: el fin es siempre tener hijos.

FRIEDRICH NIETZSCHE

Cábalas masculinas

Después de realizar la encuesta que acabo de citar, hice otra complementaria dirigida a los hombres y en la que debían adivinar cuál había sido el momento más feliz de su mujer. Esta encuesta reveló que, aunque los hombres sean muy sabios y sepan muchas cosas, son unos obtusos cuando se trata de sus compañeras. Éstas son las respuestas más comunes que me dieron:

 

  La primera vez que mi esposa me vio.
  La primera vez que abracé a mi mujer.
  El momento en que le propuse matrimonio. (Este momento se cita a veces en las encuestas de las mujeres como el más feliz, pero dar a luz lo supera con creces. El día de la boda ocupa el puesto número tres, cuatro o cinco.)
  La primera vez que nos besamos.
  El momento en que mi mujer descubrió que quería pasar el resto de su vida conmigo.

 

Siempre que cuento en mis conferencias los momentos más felices que los hombres adjudican a sus esposas, las mujeres del público reaccionan soltando unas sonoras carcajadas, pero los hombres ni siquiera captan por qué se ríen.

 

Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y en cuanto al universo no estoy muy seguro.

ALBERT EINSTEIN

Una muestra importante por pequeña que sea

En una ocasión, después de leer los resultados de mi encuesta decidí preguntar a mi mujer cuál fue el momento más feliz de su vida. Mientras conducía de vuelta a casa, pensé largo y tendido en el método que emplearía. ¿Cómo podía formularle la pregunta sin que la respuesta, en vez de decepcionarme, me permitiera mantener mi imparcialidad científica? Estando sentado a la mesa de la cocina pregunté a mi mujer: «Cariño, una encuesta que he realizado hace poco sobre el momento más feliz de la vida de las personas ha dado unos resultados muy enigmáticos e ilógicos. Muchas de las encuestadas dieron unas respuestas extrañísimas y casi todas se empecinaron en escribir que su momento más feliz fue dar a luz. Espero que tú no digas también lo mismo. Te ruego que seas sincera conmigo».

Mi esposa respondió con arrojo: «El momento más feliz de mi vida no fue cuando di a luz». Al oírla el corazón se me hinchó de orgullo y casi crecí un palmo de lo satisfecho que me sentí. Pero, tras reflexionar un poco, añadió: «No fue el momento de dar a luz. Dar a luz es desagradable y doloroso. Mi momento más feliz fue… justo después del alumbramiento».

Hombres, mujeres y pólizas de seguros

La siguiente historia está relacionada con la anterior. Hace muchos años, mientras daba una conferencia a los directores ejecutivos de una compañía de seguros importante, les expliqué lo que algunas mujeres habían citado como los momentos más felices de su vida. De repente, uno de ellos, levantando la mano excitado, anunció antes de darle yo la palabra que quería decirnos algo de suma importancia. «Adelante, ¿de qué se trata?», le pregunté.

Él nos contó entonces que, según las encuestas que su compañía de seguros había llevado a cabo, cuando los hombres contrataban un seguro de vida, la beneficiaria era siempre su esposa (yo había hecho lo mismo), pero que, cuando eran las mujeres las que lo hacían, nombraban como beneficiarios a sus hijos. (A mis lectoras este hecho no las sorprenderá en absoluto, pero sé que a los hombres, como era de esperar, los dejará pasmados.)

La compañía de seguros decidió estudiar esta cruda verdad un poco más y preguntó a sus clientas por qué habían decidido dejarlo todo a sus hijos.

Las respuestas más corrientes (las he cambiado un poco para que sean más inteligibles) fueron: «Si a mí me pasara algo, quiero que sean mis hijos los que se queden con todo. A mi marido no pienso dejarle ni un céntimo. Seguro que se volvería a casar y no permitiré que su segunda esposa se embolse el dinero de mi seguro de vida. ¡Eso ni en broma!»

Este razonamiento dio lugar a dos preguntas interesantes. La primera es: si las mujeres son más longevas que sus esposos, ¿por qué se preocupan por la mujer que las reemplazará?

Y la segunda tiene que ver con que hay muy pocos hombres que se planteen la posibilidad de que su esposa vuelva a casarse. ¿Por qué? Supongo que tiene que ver con la idiotez masculina que he mencionado antes. Son tantos los hombres que creen ser tan maravillosos, tan especiales, tan imposibles de emular (y no digamos de superar), que ni siquiera se plantean que su esposa se vuelva a casar al enviudar.

 

¡Cómo iba a volver a casarse después de vivir conmigo!

SE DICEN MUCHOS HOMBRES

 

Me he casado con un hombre que no me merece. Le sucede a la mayoría de mujeres.

CONFESIONES DE UNA MUJER CASADA

 

Ha llegado el momento de contarte los momentos más felices de los hombres. Supongo que después de conocer lo que hace feliz al sexo fuerte y feo, entenderemos por qué las mujeres hacen bien en nombrar como beneficiarios de su seguro de vida a sus hijos. La razón es porque, simplemente, éstos no son tan infantiles como algunos hombres adultos.

¿Qué hace felices a los hombres?

Psicología masculina o «Perico de los palotes conoce a Penélope Cruz»

Freud fue incapaz de descubrir los deseos más profundos y secretos de las mujeres, pero salta a la vista que conocía muy bien los de los hombres. Por ejemplo, Milan Kundera, el novelista checo, cree que se podría dar un curso de psicología masculina en dos minutos. También cree que los hombres cobijan sobre todo dos deseos: el deseo que te imaginas ocupa el segundo lugar y no el primero; el primer deseo masculino, el más profundo y sincero (según Kundera), es el de parecer grandes pecadores.

Cuando leí por primera vez la opinión de Kundera, dudé de su validez, pero con el tiempo he descubierto que tiene razón. Te demostraré esta tesis con un ejemplo de Perico de los palotes.

Supón que a Perico de los palotes le ofrecen elegir una de estas dos opciones. La primera es pasar la noche con Penélope Cruz, Kate Moss y Adriana Lima. En esta opción, sin embargo, no podrá demostrar que se ha acostado con ellas y, por lo tanto, nadie lo creerá (salvo su psiquiatra favorito, que le recetará un puñado de pastillas). Y la otra opción es quedarse por la noche solo en su casa y recibir el siguiente escrito autenticado por un notario:

 

Si conoces a Perico de los palotes, sabes perfectamente la opción que elegirá.

La opinión de Kundera se volvió incluso más patente en mi encuesta. Muchos de los hombres entrevistados, cuyas respuestas estaban sin firmar, se morían por impresionar a los demás y parecer grandes pecadores. La mayoría de momentos maravillosos que los hombres —de todas las edades— describieron serían censurados por mi editor si los incluyera en este libro: iban de sexo, sexo y más sexo.

¿Y el nacimiento de sus hijos? ¿No fue su momento más feliz?

Lo fue para un 14 por ciento de los encuestados. Éste es el porcentaje de hombres que afirmaron que su momento más feliz fue el nacimiento de sus hijos.

Al citar este porcentaje en una conferencia, un hombre de entre el público se levantó y afirmó que no creía que fuera tan alto. Sostuvo que la mayoría de hombres se referían a su propio nacimiento y me pidió que revisara las respuestas para comprobar si él tenía razón.

Yo no me había planteado esta posibilidad y descubrí que mi encuesta era incompleta. Volví a repasar las respuestas de los hombres y vi que, si bien algunos respondían: «El nacimiento de mi hijo», «El nacimiento de mi hija», «La primera vez que vi a mis hijos gemelos», otros en cambio habían escrito: «El momento del nacimiento», y nunca sabré a qué se referían.

Los hombres citaron por supuesto los momentos felices de costumbre: «Cuando me gradué con la nota más alta»; «Cuando conocí a mi mujer»; «Cuando hice paracaidismo acrobático»; «Recorrer en bicicleta las laderas del mar Muerto»; «La primera vez que vi a una mujer desnuda»; «El día que me reconcilié con mi padre después de no hablarme con él durante años»; «El día que me gradué en la academia militar», etc. Habrás advertido que estos momentos felices se parecen mucho a los de las mujeres más jóvenes, las que aún no tienen hijos, pero sigo pensando que los hombres somos felices en momentos de lo más curiosos (¿o sólo me pasa a mí?).

En lugar de enumerarlos, describiré uno que ilustra todos los demás.

El gran goleador

Un día me invitaron a dar una charla en una fiesta en honor de una celebridad. Como era una ocasión especial, haciendo una excepción, me llevé unos apuntes: las notas (censuradas) de los momentos más felices de los hombres. Cuando llegué al punto en que relato esos momentos, decidí sacar mis notas y leerlas en voz alta.

Saqué la primera respuesta.

«El momento más feliz de mi vida —había escrito un encuestado— fue cuando Uri Malmilian del Betar de Jerusalén marcó el segundo gol en la final de copa de 1974 ¡y el Betar ganó al Maccabi de Tel Aviv por 2-1 y consiguió la copa!»

Cuando estaba a punto de decirles lo triste y patético que era ese momento feliz (¿cómo podía ser el mejor momento de su vida si ni siquiera fue él quien marcó el gol, sino Uri Malmilian?), ocurrió algo de lo más inaudito.

El homenajeado se levantó de un brinco de la silla y gritó: «¡Este tipo está equivocado! Ese gol se marcó en 1976 y no en 1974, ¡y también fue el momento más feliz de mi vida! ¡Oh, fue asombroso! —exclamó entusiasmado—. Minutos antes de finalizar el partido empatados, Malmilian falló un penalti. Pero pagó su deuda con creces al marcar ese gol desde un ángulo imposible. Fue elegido “el mejor futbolista del año” y el Betar acabó segundo en la liga». (Y siguió hablando sin parar de aquella maravillosa ocasión, pero no quiero matar de aburrimiento a los lectores que no son futboleros ni forofos del Betar.)

 

Para algunos el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Pero a mí su actitud me decepciona enormemente. Os aseguro que el fútbol es muchísimo más importante aún.

BILL SHANKLY

 

«¡Genial! —pensé—. ¿Y ahora qué hago?» Normalmente espero cobrar por mis conferencias y sabía que si le quitaba importancia al momento más feliz del homenajeado no cobraría un céntimo. Por eso decidí que era el mejor momento para hacer gala de mis dotes de improvisación. Es decir, mentí como un bellaco. Sí, en nuestro complicado planeta nada es tan simple como parece. Pero lo curioso es que esa mentira inventada se ha convertido hoy día en una de mis más sólidas convicciones.

Cada hombre lleva un Puh en su interior

«¡Fijaos qué maravilloso es que los hombres seamos felices con pequeñeces (aunque no estoy tan seguro de que el fútbol[7] lo sea) —dije a esos forofos—. Significa que seguimos la filosofía vital de Puh más que las mujeres. Puh es feliz con cualquier cosa. Se lo pasa en grande componiendo poemas tontorrones. Le encanta volar asido de un globito. Saber disfrutar con las cosas más sencillas de la vida es todo un arte.

»Al repasar las respuestas femeninas, descubrí que, salvo algunas excepciones (la más destacada era la de la alumna que dijo que su momento más feliz fue cuando su gato se puso bueno), a las mujeres no les basta con los pequeños placeres de la vida. Para sentirse felices necesitan vivir eventos importantes, como el nacimiento de un bebé, asistir a un concierto dirigido por Gustavo Dudamel, dar la vuelta al mundo en un crucero que incluya transitar entre icebergs o una boda por todo lo alto.»

El momento más feliz

Un capítulo sobre la felicidad no puede concluir sin que Puh, el gran experto en la materia, nos dé su opinión al respecto.

Sé que esperas que el osito barrigón diga que su momento más feliz tiene que ver con la miel (después de todo, A. A. Milne la usa como metáfora de cualquier cosa buena que nos suceda en la vida, y los humanos también vamos de «luna de miel» o decimos que algo «es de mieles» cuando es gustoso y deleitable, y además la Tierra Prometida es la tierra de la leche y la miel), pero no es ésa su respuesta. Puh es demasiado agudo para responder así. No te dejes engañar por su aspecto regordete. Sólo finge no entender nada (siguiendo seguramente los pasos de un filósofo casi tan famoso como él: Sócrates).

Puh afirma tener un cerebro de mosquito y que las palabras largas lo confunden, pero no debes equivocarte con él, porque es un osito muy sabio.

 

Odio palabras como «funcional», «isométrico», «integral» o «a priori» (y además suenan sospechosas). Detesto que la gente diga frases como: «Estamos en un espacio de Hausdorff con una dimensión fractal, sobre una serie de funciones algebraicas y semiseparables que no están sujetas a la descomposición espectral (o espectacular) en conjunción con la métrica de Lebesgue ordinaria».

En lugar de soltar estas parrafadas, alguien debería decir simplemente: «Toma una galleta, Puh». Esta frase es mucho más agradable y práctica.

(Pensamiento que se le pasó por la cabeza a Puh,
 pero que no perduró.)

 

Espero que comprendas lo sabio que es Puh. Sabe que su momento más feliz «no» es cuando se come la miel, sino que la respuesta correcta es:

 

El momento más feliz de mi vida es el segundo antes de meterme la miel en la boca. Ese segundo no ocupa el segundo lugar.

 

Puh habla de la felicidad que se halla en los comienzos y la expectación.

 

La única alegría en el mundo es comenzar.

CESARE PAVESE

 

Yo creo que un comienzo, por más pobre que sea, es mejor que el final más feliz.

Pero no olvides que:

 

Cada nuevo comienzo viene del final de otro comienzo.

SÉNECA

 

Ciertamente, hemos de recordar que un final es una oportunidad para un nuevo comienzo.

Antes de pasar al importante tema del que ahora hablaré, sugiero que hagamos una pausa, descansemos un poco, estemos sin hacer nada durante una hora o dos, y comamos algo.

Una página que de verdad importa

La siguiente idea te ayudará a resolver muchos conflictos y contradicciones que puede haber tanto en tu vida como en tu cabeza. Aunque es del todo mía, su inspirador es el escritor alemán Thomas Mann, y más tarde el físico Niels Bohr abundó en ella, sosteniendo que era una de las ideas más inteligentes y profundas que había oído:

 

Hay verdades triviales y verdades profundas. Lo opuesto a una verdad trivial es una absoluta falsedad. Lo opuesto a una verdad profunda es una verdad profunda.

 

El siguiente ejemplo te ayudará a entender esta idea. Cuando afirmamos que «dos más dos son cuatro», estamos diciendo una verdad trivial, porque si sostuviéramos lo contrario afirmando que dos más dos «no» son cuatro, estaríamos diciendo un disparate.

En cuanto a la segunda parte de la idea, si yo afirmo: «La vida es un milagro, lo más maravilloso que uno pueda imaginar», estoy diciendo una verdad profunda. Pero es tan cierta como esta otra: «La vida es un episodio que viene a perturbar inútilmente la sagrada paz de la nada» (parafraseando a Arthur Schopenhauer, el filósofo pesimista alemán). Si piensas durante un momento en las situaciones maravillosas y horribles que has vivido, te darás cuenta de que ambas verdades, por contradictorias que sean, son ciertas.

 

1. Relato basado en la famosa frase de Heine: «Lo único que quiero es tener bastante para vivir, una modesta cabaña en el campo y un árbol en el jardín con siete de mis enemigos colgando de él».

 

2. El texto de la cita ha sido extraído de A. A. Milne, Winny de Puh; seguido de El rincón de Puh, traducción de Isabel Gortázar y Juan Ramón Azaola, Valdemar, Madrid, 2000, pág. 169. (N. de la T.)

 

3. Viñetista israelí.

 

4. A. A. Milne, Winny de Puh..., ob. cit., págs. 44-45.

 

5. A. A. Milne, Winny de Puh…, ob. cit., págs. 236-237.

 

6. Película dirigida por D. Fincher sobre el guión de J. Uhls, basado en la novela homónima de C. Palahniuk.

 

7. Como no soy norteamericano, me gusta el fútbol en lugar del fútbol americano.