—Seré directo con usted —dijo Luis Canales, alzando la mirada bajo el ala rígida de su sombrero estilo homburg—. Queremos saber si estaría dispuesto a cumplir una tarea del partido fuera de Suecia. La misión consiste en aprender el manejo de todo tipo de armamento y asumir operaciones militares donde deberá estar dispuesto a dar su vida por la lucha antifascista. Se trata de un curso bastante largo en el que...
—Compañero, no tiene que decirme más, acepto de inmediato si el partido lo necesita —interrumpió ansioso Rodrigo al Señor del Sombrero, sin terminar de oír todos los detalles de la propuesta.
Aunque rodeados de nubes, algunos rayos de sol se alcanzaban a filtrar iluminando tenuemente la sala donde se encontraban reunidos esa fría tarde. Rodrigo militaba en la juventud comunista chilena con un grupo de exiliados en Suecia y le habían encargado asistir a una reunión en privado con un importante emisario de su partido de paso en la ciudad.
El encuentro ocurrió en Estocolmo a comienzos de 1977, dos años después que Luis Canales, imprescindible operador financiero de la clandestinidad, salvara su vida al conseguir asilo en una embajada.
Hasta 1975 el Partido Comunista había logrado funcionar furtivamente bajo la persecución de un régimen encabezado por el general Augusto Pinochet sostenido en base al terrorismo de Estado. Sin embargo, dos años después del golpe, cuando comenzaron a ser detenidos los primeros integrantes de la inteligencia y la seguridad que protegían a la dirección comunista, aconteció su debacle. Personas de todas las edades y familias completas fueron secuestradas a lo largo del país. Mediante torturas —aplicadas sin distinción a mujeres embarazadas, jóvenes y adultos mayores—, los aparatos represivos secuestraron, mataron y desaparecieron en 1976 a dos direcciones internas de esa organización.
Luis Canales se encontraba en Chile bajo esa razia. El hombre conocido como «el Señor del Sombrero» tenía por esos años una responsabilidad mayúscula: custodiaba enormes sumas de dinero en efectivo y administraba en secreto las propiedades que hacían funcionar el aparato clandestino del Partido Comunista.
De sesenta años, estatura baja, avanzada calvicie y bigote estilo lápiz, vivía sin ampulosidades junto a su familia en una pequeña casa de la población Vicente Navarrete de San Joaquín. Por ningún lado el Señor del Sombrero aparentaba ser el buscado terrorista que perseguía la entonces Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), que no escatimaba en utilizar cualquier método para conseguir información.
Cuando las Fuerzas Armadas dieron el golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende, Luis Canales asumió responsabilidades que implicaban mayores venturas, algo en lo que tenía basta experiencia. Una vida entera militando en las filas de las vapuleadas organizaciones obreras lo había transformado en un veterano del trabajo clandestino.
Parte de su juventud la pasó desterrado en pueblos periféricos del país o recluido en abominables campos de prisioneros, pero el resto de su vida administró capitales de distintos organismos, llegando a cumplir roles como operador financiero de una secreta red internacional. El Señor del Sombrero había sido miembro de un equipo que distribuía, en el Cono Sur, buena parte de los veinte millones de dólares que anualmente la Unión Soviética destinaba a partidos y movimientos de liberación nacional, bajo el concepto de «asistencia económica». Y durante muchos años fue gerente general de la imprenta Horizonte, una de las más importantes propiedades de su partido, colectividad de la cual terminó siendo su tesorero nacional durante el gobierno de la Unidad Popular.
Todas esas experiencias lo habían curtido lo suficiente para el tipo de quehaceres que debía realizar en tiempos de persecución. A inicios de la dictadura se la pasaba encerrado en una casa de seguridad, de donde apenas asomaba la cabeza, salvo cuando asistía a ineludibles encuentros con el equipo clandestino del partido. Agazapado en el departamento que lo refugiaba, hacía cálculos, llenaba tablas con cifras, nombres, direcciones y propiedades. Destruía y ordenaba información, oculto en la comuna de Ñuñoa.
Luis Canales estuvo junto a su familia por última vez la noche antes del golpe. Se despidió de su esposa y sus hijos sin saber que aquel hogar sería hostigado por las agrupaciones de inteligencia que comenzaron a rastrearlo, un acoso que meses más tarde coincidió con el asesinato de uno de sus hijos.
El martes 11 de septiembre de 1973, a pocas horas de iniciada la insurrección de las Fuerzas Armadas, uno de los hijos del Señor del Sombrero salió a la calle. Luis Alberto, el Flaco Canales, militante comunista de veintisiete años, tenía armado un plan junto a sus compañeros de la población La Legua.
Vestidos completamente de negro, con guantes y pasamontañas, el Flaco Canales y su grupo se encontraron en la calle Comandante Riesle con las personas que habían logrado escapar del asedio militar y policial a los galpones de la Industria Metalúrgica, Indumet, uno de los puntos de resistencia de obreros y militantes del denominado cordón industrial San Joaquín, Santa Rosa y Vicuña Mackenna. En La Legua, integrantes de la guardia presidencial, que inicialmente se habían refugiado en la fábrica con un copioso arsenal de fusiles AK, le entregaron armas a Luis Alberto y a sus compañeros para que cubrieran aquella esquina parapetándose detrás de tubos de hormigón. De repente, una tanqueta de carabineros, que disparaba a todo lo que se movía, pasó frente a ellos y de inmediato las armas traídas por la guardia de Salvador Allende rugieron ametrallando los neumáticos del vehículo. Acto seguido, un proyectil de lanzacohetes convirtió la tanqueta en una bola de fuego que se alzó por los aires.
Mientras tomaban las armas de los uniformados caídos, el bando rebelde intentaba convencer a los sobrevivientes para que se unieran a la resistencia.
Sumar Poliéster era la planta textil hacia donde la insurgencia de La Legua se quería trasladar. Sin que lo supieran, en ese otro punto del cordón industrial un grupo de personas había contenido el ataque de un helicóptero Puma del Ejército, que a eso de la una de la tarde sobrevoló ametrallando el lugar. En respuesta, los cerca de cien trabajadores, pobladores y militantes atrincherados en la fábrica salieron a dispararle a la aeronave hasta que comenzó a echar humo y se fue en picada con dirección al aeródromo de Cerrillos.
El 11 de septiembre la más emblemática población de San Joaquín se convirtió en el mayor foco rebelde que debió enfrentar la dictadura militar en sus primeras horas, hecho que terminó siendo conocido como la batalla de La Legua. Ese día seis carabineros murieron y diez fueron heridos cuando, desde casas, calles y pasajes, obreros y pobladores hicieron frente al embate golpista. Un informe de la CIA rebeló que, si bien la Fuerza Aérea chilena proyectó bombardear la localidad y luego lo descartó, medio centenar de habitantes de La Legua fueron asesinados en cuatro meses.
Luis Alberto ocultó por varios días el revólver de un carabinero, sin saber que la represalia no tardaría en llegar. El 20 de diciembre de 1973 fue secuestrado desde su casa a plena luz del día, delante de su madre, su hermana y varios vecinos. El suboficial de carabineros José Fritz Esparza, el Manchao, y otros dos integrantes de la DINA se metieron a la fuerza al interior del inmueble donde vivía con su madre, atrapándolo en el patio de la casa cuando intentaba huir. Lo amarraron delante de su familia y a empujones se lo llevaron en una camioneta de helados Bresler que los esperaba en la calle.
Su madre y sus hermanas lo buscaron por todas partes, pero no obtuvieron información alguna. Peor aún, en una oficina del Congreso, burlonamente les insinuaron que no se preocuparan, que en Chile no estaban «matando gente buena».
La pesquisa de los Canales Vivanco no duró mucho. Dos días después de ser apresado, el sábado 22 de diciembre de 1973, se hizo pública la noticia de un supuesto enfrentamiento en el que habían muerto cinco «extremistas», entre ellos se mencionaba a Luis Alberto y a otros cuatro jóvenes desaparecidos de La Legua la misma semana.
Sin cuestionar ni una coma, la prensa nacional publicó íntegramente el comunicado leído por Sergio Arellano Stark. El general al mando de la comitiva conocida como la Caravana de la Muerte, que recorrió Chile ejecutando y desapareciendo personas, entregó pruebas falsas de un enfrentamiento que nunca tuvo lugar. Tres décadas y media después, la justicia confirmó que todo había sido un montaje.
En realidad, los cinco jóvenes secuestrados en La Legua una semana antes de la Navidad fueron torturados en Londres 38 y fusilados en Cerro Navia por un sector de torres de alta tensión el 21 de diciembre. La masacre, que inspiró la canción «El plan Leopardo» de Quilapayún, segó la vida de Luis Alberto, hijo del Señor del Sombrero.
Para la Navidad de 1973, oculto en una casa de seguridad y siendo intensamente buscado por la DINA, Luis Canales supo por radio de la muerte de su hijo, un joven que vivió veintisiete años de lucha, porque así fue dado a luz a los siete meses, peleando por sobrevivir su prematura llegada al mundo en condiciones de pobreza.
Una vez neutralizados los partidos de oposición, la dictadura se había planteado como botín encontrar las finanzas y propiedades de sus víctimas para —entre otros fines— quedarse con ellas. Tal como la sede comunal del Partido Socialista en Londres 38 fue transformada en el centro de tortura por donde pasó el Flaco Canales antes de ser asesinado, lo mismo ocurrió con inmuebles de todo tipo: negocios, locales partidarios, centros culturales y casas particulares expropiadas a opositores del régimen. Algunos integrantes de los grupos de exterminio incluso se fueron a vivir con sus propias familias a propiedades usurpadas a los ejecutados políticos.
La DINA tenía la certeza de que la estructura clandestina del Partido Comunista en Chile funcionaba gracias a un millón de dólares que mantenían ocultos, y encontrarlo era uno de sus principales anhelos. El dinero, en efectivo, lo resguardaba celosamente el Señor del Sombrero. Por otra parte, los servicios de inteligencia tenían también en la mira al grupo de accionistas de Radioemisoras Unidas S.A. y Radio Talca Limitada, así como los inmuebles y negocios con los que la organización proscrita seguía acumulando ingresos. La mayoría de las propiedades del partido habían sido puestas a nombre de testaferros que administraban los bienes de la organización en secreto, un listado que solo conocían el operador financiero Luis Canales y el abogado del partido Guillermo Montecinos, ambos denunciados por la dictadura el 27 de mayo de 1975 en el Diario Oficial.
Entre los tantos asuntos que le faltaron por aclarar antes de su imperiosa huida a Europa, Montecinos jamás le pudo revelar al Señor del Sombrero dónde ocultó los doscientos cincuenta mil dólares en efectivo que este último le había ordenado esconder y que terminaron en algún lugar olvidado de la comuna de San Bernardo. Luego de haber permanecido nueve meses asilado en la embajada de Finlandia en Santiago, el abogado pudo abandonar Chile a mediados de 1974, obteniendo un salvoconducto hacia la República Democrática Alemana. Fue así que, gracias a las gestiones realizadas por Tapani Brotherus, Montecinos se convirtió en una de las más de dos mil personas que el diplomático finlandés ayudó a escapar del país.
El jurista se salvó de la persecución al igual que Luis Canales, quien terminó siendo uno de los pocos supervivientes de los equipos clandestinos del Partido Comunista que operaron en Chile a inicios de la dictadura. Fue estando a punto de caer en manos de la DINA, que su organización le ordenó asilarse en la embajada de Hungría en 1975, sede diplomática desde la cual partió finalmente hacia Europa.
Fuera del país, la primera misión que le asignaron fue seleccionar a un grupo de jóvenes chilenos exiliados, a quienes debía plantear la opción de formarse secretamente como oficiales en una prestigiosa academia militar de la República Popular de Bulgaria. El otrora operador financiero entrevistó y le explicó a cada uno en qué consistía la llamada «tarea militar del partido», sin mencionar de inmediato cuál era el objetivo específico de la preparación en el país balcánico.
El Señor del Sombrero se entrevistó por primera vez con Rodrigo una fría tarde escandinava.
Rodrigo era un joven risueño, que en esa época tenía dieciocho años, vivía junto a su madre en el exilio, tocaba canciones de Bob Dylan en la guitarra y se paseaba enamorado recorriendo la bahía de Riddarfärden de la mano de Bárbara, hija del antropólogo brasileño amigo de su madre, Francisco de Alencar.
Legalmente fue inscrito bajo el nombre José Joaquín Valenzuela Levi, pero antes de adoptar la chapa política «Rodrigo Morales», sus familiares y amigos le decían Pepo. Nació el 15 de abril de 1958 y parte de su infancia la vivió en Estados Unidos, donde su madre, la destacada geóloga Beatriz Levi Dresner, fue becada en dos ocasiones y obtuvo un doctorado.
Viviendo en Santiago, la científica matriculó a su hijo en el colegio Nido de Águilas, un privilegiado recinto escolar ubicado en la precordillera. Para describir la desigualdad que se vivía en Chile, Rodrigo contaba a sus amigos, que ya en esa época, a sus compañeros de colegio, en ocasiones los iban a dejar en helicópteros.
De cabello castaño claro estilo afro y ojos verdes de mirada adolescente, el rostro de Rodrigo llamaba la atención. Tenía un carácter afable y a veces inocente, pero se destacaba entre todos por estudioso y principalmente por ser un políglota que en esa época hablaba inglés, sueco, portugués y alemán.
El dominio de la lengua alemana lo adquirió en 1976, año en el que permaneció enclaustrado en una finca rural que había pertenecido a Joseph Goebbels. Inicialmente construida como búnker para el ministro de propaganda nazi, aquella edificación se transformó en la principal escuela de formación política de la Alemania Oriental. En la Jugenhochschule Wilhelm Pieck o Escuela Superior Juvenil de la Juventud Libre Alemana, Rodrigo conoció a jóvenes de todo el mundo que como él se preparaban en esa especie de seminario marxista perdido entre los bosques de Brandeburgo.
Desde pequeño sus padres habían incentivado en él la afición por las ciencias y los ideales de la revolución. Su participación activa en política comenzó estando en Costa Rica. Con su madre se asilaron en Centroamérica tras el golpe militar, en un espacio que el reino de Suecia estableció para medio centenar de profesionales de Chile con refugio en ese país. De San José se trasladaron a Estocolmo, ciudad donde Beatriz Levi comenzó a trabajar para la Real Academia de las Ciencias de Suecia —institución que otorga el Premio Nobel— y Rodrigo se incorporó a las Juventudes Comunistas de Chile en el exilio.
A inicios de 1977, sin que él lo supiera, sus compañeros habían elaborado un informe político, documento donde describían sus características y nivel de compromiso partidario. Tras ser seleccionado, lo citaron a la entrevista que sostuvo con Luis Canales, el emisario que le propuso en la capital sueca cambiar el destino de su vida, uniéndose a la «tarea militar del partido».
—Pronto lo estaremos llamando, pero esto que acordamos es para su consumo interno, mantengámoslo nada más que entre usted y yo —con esas palabras y estrechándole la mano, el Señor del Sombrero selló el pacto con el joven.
—No se preocupe, compañero, cuente con mi absoluta discreción y recuerde que pueden confiar en mí —insistió Rodrigo antes de abandonar el lugar.
Tras ese encuentro, Luis Canales continuó su recorrido por Europa entrevistando al resto de los seleccionados, sin saber si esos mancebos —que en general acataban todo con inocente entusiasmo— sufrirían tantas calamidades como las que él había experimentado durante su obstinada militancia política.
¿Estarían ellos dispuestos a sacrificar su juventud por algo que a todas luces era una misión suicida?