Un día de finales de octubre del 36, tal vez en el mismo momento en que fracasaba el primer intento del abuelo Pepitu de pasar a Francia y se perdía en las montañas del Ripollés, en Cassà de la Selva, el abuelo Nadal oía con preocupación los pronósticos de su cuñado, Lluís Oller, que era francés y acababa de llegar de Reims.
—No seas cabezota, Joaquim. En Francia todo el mundo dice que esta vez la cosa tiene mala pinta.
El silencio se alargó unos segundos en el despacho de la casa. El abuelo Joaquim y Lluís Oller, un tío abuelo que siempre fue para nosotros «el tío Lluís de Francia», estaban sentados frente a frente, uno a cada lado del escritorio. La baba Angèle, la madre de mi padre, los miraba sentada en un sillón de flores amarillas y verdes. Era su sillón, el mismo en el que, años más tarde, después de la guerra, recibiría a sus nietos el día de Navidad y el de Año Nuevo, ordenados en una fila de menor a mayor, para darnos el Père Noël, casi siempre un sobre marrón, como el de pagar los jornales, con veinticinco pesetas.
Al final, el abuelo se levantó y miró a la baba:
—Tiene razón. Que se lleve a los chicos a Reims; que se quede solo la niña con nosotros.
Y pensó que tendría que reservar un taxi para llevarlos a todos a la estación de Riudellots, porque ya hacía unos cuantos días que el ayuntamiento le había requisado el coche.
—Cuidadlo bien —se atrevió a decir en señal de resistencia cuando se lo llevaron.
Al día siguiente, el taxi que los recogió resultó ser su propio Citroën, porque también habían colectivizado el servicio de taxis, para el que usaban los coches confiscados. Llegaron a Barcelona en tren desde Riudellots y allí, tío Lluís arregló los documentos en el consulado de Francia. Inscribieron a Conxita y a Manel —mi padre— y a Narcís y a los gemelos, Jordi y Lluís, como hijos en el pasaporte francés de monsieur Louis Oller. De los ocho hermanos Nadal Oller solo faltaban Mariàngela, la pequeña, la nena, que se quedó en Cassà, y los dos mayores, Francisco y Josep, que estaban a punto de entrar en quintas y se habían escondido para escaparse de la guerra. Hacía semanas que no se sabía nada de ellos.
Al día siguiente, sin más demora, el consulado los embarcó en el Anfra, un barco francés.
—No pongas esa cara. Estaremos bien en Reims, y Francisco y Josep también; seguro que a estas horas ya están en Francia —dijo tío Lluís a la baba cuando le dio un abrazo de despedida.
Pero en realidad no estaba del todo tranquilo: a los pequeños se les olvidaba que tenían que llamarlo «papá» en vez de «tío» cuando pasaran los controles.
Siguieron atracados dos días. Ya eran ciudadanos franceses, y por eso tenían derecho a camarote y a pasar el rato correteando por las cubiertas, mezclados con los oficiales. Les divertía asomarse a la bodega a ver cómo cargaban toda clase de mercancías. Y sobre todo disfrutaban mirando, más allá del puerto, los dos barcos de guerra en los que ondeaban banderas bleu, blanc, rouge, los colores de la República Francesa, que acababa de adoptarlos. De vez en cuando se veían también barcazas enormes que se acercaban a los barcos de guerra a descargar provisiones, y de noche parecía que a bordo había civiles entre los marinos franceses.
Al anochecer del tercer día el Anfra tocó la sirena tres veces, empezó a separarse del muelle y giró sobre sí mismo para poner proa a la bocana. Cuando salía del puerto aminoró la marcha hasta que se detuvo a la altura de las fragatas francesas.
Todos los pasajeros estaban en cubierta. Los mayores miraban la ciudad, que estaba a oscuras, con lágrimas en los ojos. Fueron los pequeños los que, emocionados y pendientes de las maniobras del barco, vieron las dos barcazas que se acercaban silenciosamente desde una de las naves de guerra. Desembarcaron muchos niños y hombres, que se movían deprisa, saltaron por una pasarela hacia una puerta que se abría a ras del agua y desaparecieron. Cuando las barcazas se separaron, el barco reanudó la marcha y, a la altura de la punta de Montjuïc, empezó a ganar velocidad, viró hacia el noreste y mi padre oyó decir a un hombre gordo y colorado:
—Demain soir nous serons à Marseille.
Al día siguiente por la mañana el golfo de León estaba revuelto y de nuevo salió todo el mundo a cubierta para evitar el mareo. De repente se armó un jaleo tremendo. La gente se precipitó hacia la bodega.
—Ils sont des réfugiés espagnols. On les a embarqués hier soir au moment de quitter le port de Barcelone (son refugiados españoles. Los embarcamos ayer por la noche al salir de Barcelona) —oyeron comentar al hombre gordo.
Mi padre y los gemelos se hicieron rápidamente un sitio para ver lo que pasaba. En el fondo, en las bodegas, había muchos hombres y niños que miraban hacia arriba y saludaban. Formaban parte de los grupos que el agregado militar del consulado mandaba todas las noches al puerto, algunos con uniforme de la marina francesa, una vía de escape por la que huyeron varios millares de catalanes neutrales, desconfiados o directamente hostiles a la República.
Y de pronto mi padre los vio y empezó a gritar. Jordi y Lluís también los habían visto y también gritaban de emoción. En la bodega, mezclados con un centenar de refugiados, estaban sus hermanos, Francisco y Josep. Estuvieron un buen rato dando voces y haciéndose gestos, pero no pudieron reunirse hasta el anochecer, cuando el barco atracó.