Por lo que sabía, una sola persona había sido considerada indigna en su Ascensión. Su nombre había sido borrado de nuestras historias, así como cualquier asomo de información acerca de quién había sido y qué era lo que había causado su exilio. Le habían prohibido vivir entre mortales y, sin familia, ayuda o protección, se habría enfrentado a una muerte segura. Incluso los pueblos y los granjeros con sus pequeños Adarves y guardias sufrían espeluznantes tasas de mortalidad.
Aunque mi Ascensión era distinta a la de los demás, todavía podían encontrarme indigna, y ello me hacía suponer que mi castigo sería igualmente severo. Pero no tenía la capacidad mental para lidiar con eso.
No.
Eso era mentira.
No quería lidiar con eso. Debería, pero no me iba a marchar de la habitación. No iba a frenar a Hawke. Ya había tomado una decisión, aunque no entendiera por qué él seguía ahí, conmigo.
Humedecí mi labio inferior con la lengua. Me sentía un poco mareada, incluso un poco débil, y yo nunca me sentía débil. Esas pestañas de un espesor imposible descendieron y los ojos de Hawke miraron mi boca con tal intensidad que eran como una caricia. Me estremecí.
Esos ojos suyos parecían incluso más brillantes que antes, mientras su dedo trazaba el contorno de mi antifaz, todo el camino hasta donde la cinta de raso desaparecía bajo mi pelo.
—¿Puedo quitarte esto?
Incapaz de hablar, sacudí la cabeza para decir que no.
Hawke se detuvo un momento y entonces su media sonrisa apareció de nuevo, aunque sin hoyuelo esta vez. Alejó el dedo del antifaz, luego lo deslizó por la línea de mi mandíbula y bajó por mi cuello, hasta donde se abrochaba la capa.
—¿Y esto?
Asentí.
Sus dedos eran hábiles. Apartó la capa a un lado y luego deslizó la yema de un dedo por mi cuello, siguió la rápida subida y bajada del relieve de mi pecho. Un torbellino de sensaciones brotó tras su dedo, tantas que no era capaz de entenderlas todas.
—¿Qué quieres de mí? —me preguntó, mientras jugueteaba con el pequeño arco entre mis pechos—. Dímelo y lo haré.
—¿Por qué? —farfullé—. ¿Por qué harías… esto? No me conoces, y creías que era otra persona.
Un destello de diversión cruzó su despampanante rostro.
—No tengo nada más que hacer ahora mismo y estoy intrigado.
Arqueé las cejas.
—¿Porque no tienes nada más que hacer ahora mismo?
—¿Preferirías que me pusiera poético y dijera lo embelesado que estoy por tu belleza, aunque solo pueda ver la mitad de tu cara? Que, dicho sea de paso, por lo que puedo ver, es agradable. ¿Preferirías que te dijera que estoy cautivado por tus ojos? Que parecen de un bonito tono verde.
—Bueno, no. No quiero que mientas —protesté, empezando a fruncir el ceño.
—Ninguna de esas cosas era mentira. —Tiró un poco del arco e inclinó la cabeza. Rozó mis labios con los suyos. El suave contacto envió una oleada de sensaciones por todo mi cuerpo—. Te he dicho la verdad, princesa. Me intrigas, y es bastante raro que alguien me intrigue.
—¿Y?
—Y —repitió con una risita mientras sus labios recorrían mi mandíbula—, has cambiado mi noche. Había planeado regresar a mis aposentos. Quizás dormir a pierna suelta, por aburrido que eso pueda ser, pero tengo la sospecha de que esta noche será de todo menos aburrida si la paso contigo.
Aspiré un poco de aire, extrañamente halagada y aun así todavía confusa por su razonamiento. Deseé que hubiese alguien ahí a quien preguntar, pero aunque lo hubiera, resultaría extraño… e incómodo.
Las dos copas al lado del sofá se me aparecieron en la mente.
—¿Estabas… estabas con alguien antes de que yo llegara?
Levantó la cabeza y me miró.
—Esa es una pregunta inesperada.
—Había dos copas al lado del sofá —aclaré.
—También es una inesperada pregunta personal hecha por alguien cuyo nombre ni siquiera sé.
Me sonrojé. Ahí tenía razón.
Se quedó callado durante tanto tiempo que me entraron dudas. A lo mejor no debía importarme si había estado con otra persona… pero en realidad sí que me importaba y, si eso era indicativo de algo, me estaba gritando que todo aquello era un error. La situación se me había ido de las manos. No sabía nada de él, de lo que…
—Estuve con alguien, sí —contestó al fin y la desilusión bulló en mi interior—. Una amiga que no es como la dueña de esa capa. Una a la que no había visto desde hacía tiempo. Nos estábamos poniendo al día, en privado.
La desazón se alivió y decidí que debía de estar diciendo la verdad. No necesitaba mentir para tenerme cuando podía tener a un montón de otras chicas que estarían ansiosas por intrigarlo.
—Entonces, princesa, ¿vas a decirme lo que quieres de mí?
Aspiré otra temblorosa bocanada de aire.
—¿Cualquier cosa?
—Cualquier cosa.
Entonces movió la mano, y la cerró en torno a mi pecho mientras deslizaba el pulgar por el centro. Fue un contacto ligerísimo, pero tuve que ahogar una exclamación cuando relámpagos de placer discurrieron por mi interior. Mi cuerpo reaccionó por su cuenta, se arqueó hacia su mano.
—Estoy esperando —insistió. Deslizó el pulgar una vez más y desperdigó mis ya de por sí inconexos pensamientos—. Dime lo que te gusta, para que pueda hacer que te encante.
—Yo… —Me mordí el labio—. No lo sé.
Los ojos de Hawke volaron hacia los míos y el momento se prolongó tanto que empecé a preguntarme si había dado una respuesta incorrecta.
—Te diré lo que quiero yo. —Su pulgar dibujaba círculos lentos y apretados por una zona de lo más sensible—. Quiero que te quites el antifaz.
—Yo… —Una intensa y palpitante excitación vibró por todo mi cuerpo, seguida al instante por un asombro embriagador. Lo que sentía… Jamás había sentido nada así en toda mi vida. Punzante y dulce, un tipo de dolor diferente—. ¿Por qué?
—Porque quiero verte.
—Ahora me ves.
—No, princesa —dijo, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron el cuello de mi vestido—. Quiero verte de verdad cuando haga esto sin tu vestido entre tú y mi boca.
Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, sentí el húmedo y cálido roce de su lengua a través del efímero vestido de seda. Ahogué una exclamación, escandalizada por el acto en sí y por el aluvión de calor líquido que trajo consigo, pero entonces Hawke levantó la cabeza para mirarme a los ojos mientras su boca se cerraba sobre la punta de mi pecho. Succionó despacio y con fuerza, y la exclamación se convirtió en un gemido del que seguramente más tarde me avergonzaría.
—Quítate el antifaz. —Levantó la cabeza mientras deslizaba una mano por encima de mi cadera—. Por favor.
No me reconocería si lo hiciera. Hawke nunca sabría quién era, ni con el antifaz ni sin él, pero…
Si me quitaba esa cobertura facial, ¿diría Hawke lo que solía decir el duque? ¿Que era al mismo tiempo una obra maestra y una tragedia? Y cuando notara los irregulares cortes en la piel, desperdigados por mi estómago y mis muslos, ¿retiraría la mano horrorizado?
Se me enfrió la piel de golpe.
No había pensado esto bien.
En absoluto.
El maravilloso y excitante calor se diluyó. Hawke no era un Ascendido, pero tenía el mismo aspecto que ellos, casi perfecto. Mis cicatrices nunca me habían dado vergüenza. No cuando eran la prueba del horror al que había sobrevivido. Pero si él…
La mano de Hawke se deslizó por la cara externa de mi muslo derecho hacia donde terminaba la raja del vestido y se detuvo, justo encima del mango de la daga.
—¿Qué demon…?
Antes de que pudiese respirar siquiera, Hawke había desenvainado el arma, sus dedos a apenas milímetros de una de las cicatrices. Me senté, pero él fue más rápido y se echó hacia atrás al instante. La luz de las velas centelleó sobre la hoja roja.
—Piedra de sangre y hueso de wolven.
—Devuélvemela —exigí, mientras me ponía de rodillas a toda prisa. Los ojos de Hawke saltaron de la daga a mí y luego de vuelta a la daga.
—Esta es un arma única.
—Lo sé. —Mi pelo cayó hacia delante para cubrirme los hombros.
—Del tipo que no es barato —continuó—. ¿Cómo es que tienes algo así, princesa?
—Fue un regalo. —Cosa que era cierta—. Y no soy tan tonta como para venir desarmada a un sitio como este.
Hawke me miró durante un momento y luego estudió la daga de nuevo.
—Llevar un arma y no tener idea de cómo utilizarla no te hace muy lista.
La irritación bulló en mi interior con la misma intensidad que el deseo que había despertado en mí hacía apenas unos segundos.
—¿Qué te hace pensar que no sé utilizarla? ¿Que soy mujer?
—No puede sorprenderte que piense eso. Aprender a usar una daga no es exactamente habitual entre las mujeres de Solis.
—Tienes razón. —Y la tenía. No era socialmente apropiado para las mujeres saber utilizar un arma o ser capaces de defenderse, algo que siempre me había molestado. Si mi madre hubiese sabido cómo defenderse, a lo mejor todavía estaría aquí—. Pero sí sé cómo usarla.
—Ahora sí que estoy intrigado de verdad —murmuró, y el lado derecho de sus labios se curvó hacia arriba.
Se movió a una velocidad increíble y clavó la hoja de la daga en la cama. Solté una exclamación ahogada mientras me preguntaba qué opinarían de eso los dueños de la Perla Roja. Pero entonces saltó sobre mí y volvió a tirarme sobre el colchón, su peso me cubrió una vez más y presionó contra mí de un modo que hizo que todas las partes interesantes se encontraran. Su boca se acercó a la mía…
Un puño empezó a golpear la puerta y silenció lo que fuese que estaba a punto de preguntarme.
—¿Hawke? —llamó una voz masculina—. ¿Estás ahí? —Hawke se puso tenso encima de mí, su aliento cálido sobre mis labios mientras cerraba los ojos—. Soy Kieran. —El hombre dijo otro nombre que no reconocí.
—Como si no lo supiera ya —masculló Hawke en voz baja. Se me escapó una risita. Hawke abrió los ojos y su media sonrisa volvió a aflorar.
—¿Hawke? —Kieran volvió a aporrear la puerta un poco más.
—Creo que deberías contestarle —susurré.
—Maldita sea —murmuró. Miró hacia atrás y dijo en voz alta—: Estoy completa y felizmente ocupado en estos momentos.
—Siento oírlo —repuso Kieran, mientras Hawke se volvía otra vez hacia mí. Kieran llamó a la puerta de nuevo—. Pero la interrupción es inevitable.
—La única cosa inevitable que veo es cómo vas a acabar con la mano rota si vuelves a aporrear esa puerta una sola vez más. —Le advirtió Hawke. Abrí mucho los ojos—. ¿Qué, princesa? —Bajó la voz—. Ya te había dicho que estaba intrigado de verdad.
—Entonces, debo arriesgarme a sufrir una mano rota —contestó Kieran.
Un gemido de frustración retumbó desde el fondo de la garganta de Hawke, un sonido casi animal. Se me puso la carne de gallina.
—El… enviado ha llegado —añadió Kieran a través de la puerta.
Una sombra oscureció el rostro de Hawke. Sus labios se movieron como si murmurara algo, pero el sonido fue demasiado bajo para que lo entendiera. Un escalofrío se llevó parte del calor que sentía.
—¿Un… enviado? —Hawke asintió.
—Los suministros que estábamos esperando —explicó—. Debo ir.
Fue mi turno de asentir. Entendía que tuviera que irse, así que estiré la mano entre ambos para agarrar el borde de la capa.
Durante un largo momento Hawke no se movió, pero entonces se quitó de encima y se puso de pie. Le dijo algo a Kieran mientras recogía su túnica del suelo. Me apresuré a sacar la daga olvidada del colchón y la envainé a toda prisa mientras él pasaba la túnica por encima de su cabeza, deslizaba un tahalí sobre sus hombros y ajustaba el cinturón. Tenía dos vainas para armas a los lados… armas de las que yo no había sido consciente hasta ese momento.
Recogió dos espadas cortas de un baúl al lado de la puerta y pensé que quizás debería estar más atenta a mi entorno la próxima vez que irrumpiera en una habitación.
Ambas espadas terminaban en una afiladísima punta letal, destinadas a la lucha cuerpo a cuerpo; los filos eran de sierra, diseñados para cortar piel y músculo.
Yo también sabía cómo usar esas armas, pero esa información me la guardé para mí.
—Volveré lo antes posible. —Envainó las espadas, que quedaron pegadas a sus costados—. Lo juro. —Asentí una vez más. Hawke clavó los ojos en mí—. Dime que me esperarás, princesa.
Mi corazón trastabilló.
—Lo haré.
Hawke dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Luego se detuvo y me miró a los ojos.
—Estoy impaciente por volver.
No dije nada mientras salía de la habitación, tras abrir la puerta solo lo suficiente para colarse por ella. Cuando la puerta se cerró a su espalda, solté el aire que había estado conteniendo y bajé la vista hacia la parte de delante de mi vestido. La zona de alrededor de mi pecho seguía húmeda, el tejido blanco casi transparente. Mis mejillas se arrebolaron y me apresuré a levantarme de la cama para descubrir que tenía las rodillas sorprendentemente débiles.
Levanté la vista hacia la puerta y cerré los ojos, sin tener muy claro si estaba decepcionada o aliviada por la repentina interrupción. En realidad, era una mezcla de las dos cosas, porque le había mentido.
No estaría ahí cuando él regresara.
—¿Qué hiciste ayer por la noche?
La pregunta desvió de golpe mi atención, que pasó de la galleta que estaba devorando en ese momento a la dama en espera que estaba sentada frente a mí.
Tawny Lyon era la segunda hija de un próspero comerciante, entregada a la Corte Real a los trece años durante el Rito. Alta y esbelta, con una lustrosa piel marrón y preciosos ojos castaños, era absolutamente envidiable. A algunos de los lores y damas en espera se les asignaban tareas aparte de su preparación para unirse a la Corte después de la Ascensión y, como teníamos la misma edad, poco después de su Rito, a ella la habían nombrado compañera mía. Sus labores iban desde hacerme compañía hasta ayudar a bañarme o vestirme si así se lo pedía.
Tawny era una de las pocas personas que podía hacerme reír por las cosas más absurdas. De hecho, era una de las pocas personas a las que permitían hablar conmigo siquiera. Era lo más cercano que tenía a una amiga y sentía por ella un profundo cariño.
Me daba la impresión de que ella también me tenía cariño o que, al menos, me apreciaba, aunque estuviera obligada a quedarse conmigo a no ser que le diera el día libre. Si no le hubiesen asignado la tarea de ser mi compañera, jamás habríamos hablado. Ese hecho no decía nada de ella como persona; solo reflejaba que sería como todos los demás: o bien tendría prohibido socializar conmigo o se mostraría recelosa en mi presencia.
Esa certeza era a menudo un lastre en mi pecho, otro pedazo de hielo, pero aunque sabía que nuestra amistad tenía su origen en el deber, confiaba en ella.
Hasta cierto punto, al menos.
Tawny sabía que yo estaba entrenada, pero desconocía las cosas con las que a veces ayudaba a Vikter, y no tenía ni idea de mis dones. Esas cosas me las guardaba para mí, porque compartir esa información podría ponerla a ella o a otros en peligro.
—Estuve aquí. —Me sacudí las migas mantecosas de los dedos mientras hacía un gesto que abarcaba la austera habitación. Estábamos en la pequeña antesala que daba al dormitorio. Había solo dos butaquitas al lado de la chimenea, un armario y un baúl, una cama, una mesilla y una gruesa alfombra de piel bajo nuestros pies. Otros tenían más… comodidades. Tawny tenía un precioso diván en su habitación y una montaña de lujosas alfombras, y yo sabía que algunos de los otros lores y damas en espera tenían tocadores o escritorios, paredes llenas de estanterías con libros e incluso electricidad.
A lo largo de los años, esos artículos habían ido desapareciendo de mis aposentos por una infracción u otra.
—No estabas en tu habitación —dijo Tawny. Un simple moño intentaba, sin mucho éxito, mantener su masa de rizos castaños y dorados retirada de su cara. Bastantes mechones habían escapado ya para descansar contra sus mejillas—. Vine a verte poco después de medianoche y no estabas aquí.
Se me paró un segundo el corazón. ¿Habría ocurrido algo para que el duque o la duquesa enviasen a Tawny a por mí? Si fuese así, Tawny no podría mentir, aunque supuse que si hubiese sucedido eso, ya me habría enterado.
Y ya me habrían convocado a la oficina privada del duque.
—¿Por qué viniste a verme? —pregunté.
—Pensé que había oído tu puerta abrirse y cerrarse, así que decidí investigar, pero no había nadie. —Hizo una pausa—. Nadie. Ni siquiera tú.
Era imposible que me hubiese oído regresar. Había utilizado el viejo acceso de servicio y, aunque esa puerta crujía como un saco de huesos, su habitación estaba en el lado contrario a mi cama. Esa puerta era una de las razones por las que nunca había pedido que me trasladaran a las zonas más nuevas y remozadas de la fortaleza. Por ella, podía acceder a casi cualquier parte del castillo y podía ir y venir a mi antojo.
Eso compensaba más que de sobra la falta de electricidad y la gélida y constante corriente que parecía siempre encontrar el camino de entrada por las ventanas, sin importar lo soleado que fuese el día.
Noté cómo se me humedecían las palmas de las manos mientras echaba un rápido vistazo a la puerta cerrada del pasillo. ¿Me había estado buscando alguien? Una vez más, ya me habría enterado, así que lo más probable era que Tawny se lo hubiese imaginado todo.
Puesto que conocía a Tawny muy bien, sabía que no dejaría de preguntar hasta que le diera algo verosímil.
—No podía dormir.
—¿Pesadillas? —Asentí, con cierta sensación de culpabilidad al ver la compasión que afloraba en sus ojos—. Últimamente tienes muchas. —Se echó hacia atrás en la silla—. ¿Estás segura de que no quieres probar uno de los somníferos que te preparó el curandero?
—Sí. No me gusta la idea de…
—¿Que te deje noqueada? —terminó por mí—. En realidad, no es tan malo, Poppy. Descansas a fondo y, para ser sincera, con lo poco que consigues dormir, creo que te vendría bien probar al menos.
La sola idea de ingerir algo que me sumiría en un sueño tan profundo que haría falta que un ejército entero cruzara por mi habitación para despertarme me hacía sudar. Estaría impotente del todo y eso era algo que jamás permitiría que ocurriera.
—Entonces, ¿qué hiciste? —Una pausa—. ¿O debería preguntar adónde fuiste? —Entornó los ojos con suspicacia al ver que me quedaba absorta en el elegante bordado de la servilleta—. Te escapaste del castillo, ¿verdad?
En ese momento, Tawny demostró que me conocía tan bien como yo a ella.
—No sé por qué piensas eso.
—¿Porque no tienes un largo historial de hacer justo eso? —Se rio cuando levanté la vista hacia ella—. Vamos, dime lo que hiciste. Estoy segura de que es más emocionante que lo que estuve haciendo yo, que fue escuchar a la institutriz Cambria parlotear sobre lo inapropiado que es este lord o esa dama en espera. Dije que tenía un terrible dolor de estómago solo para poder excusarme e irme.
Me eché a reír, segura de que Tawny había hecho justo eso.
—Las institutrices pueden ser un tostón.
—Eso es ser muy amable —comentó.
Con una amplia sonrisa, me llevé la taza de cremoso café a los labios. Las institutrices eran sirvientas de la duquesa que la ayudaban a llevar la casa, pero también se encargaban de las damas en espera. La institutriz Cambria era un dragón de mujer que me daba miedo incluso a mí.
—Sí que me escapé —admití.
—¿Adónde fuiste sin mí?
—A lo mejor te enfadas cuando te lo diga.
—Es muy probable.
La miré de reojo.
—A la Perla Roja.
Abrió tanto los ojos que adquirieron el tamaño de los platillos desperdigados por el carrito que había entre nosotras.
—¿En serio? —Asentí—. No puedo ni… —Pareció aspirar una profunda bocanada de aire—. ¿Cómo?
—Tomé prestada la capa de una de las doncellas y usé ese antifaz que encontré.
—Menuda… ladronzuela taimada.
—Devolví la capa esta mañana, o sea que no creo que puedas llamarme «ladrona».
—A quién le importa que la devolvieras. —Se inclinó hacia delante—. ¿Y qué tal fue?
—Interesante —me limité a decir, pero cuando me rogó que le diera más detalles, le conté lo que había visto. Estaba fascinada, se agarraba a cada palabra que decía como si estuviera compartiendo con ella el ritual que completaba la Ascensión.
—No puedo creer que no me llevaras contigo. —Se dejó caer hacia atrás en la butaca con un mohín, pero al instante volvió a saltar hacia delante—. ¿Viste a alguien a quien reconocieras? Loren dice que va casi cada dos días.
Loren, otra dama en espera, decía hacer muchas cosas.
—A ella no la vi, pero… —Dejé la frase a medio acabar, sin estar muy segura de si debía contarle lo de Hawke.
Me había marchado no más de diez minutos después que él, aliviada de comprobar que Vikter no estaba por ahí. Tampoco estaba la extraña mujer que sabía más de lo que debía. Había hecho todo lo que estaba en mi mano para no pensar en lo que había sucedido en esa habitación con Hawke.
Lo cual significaba que había fracasado en cuanto volví a mi cama. Me había quedado ahí tumbada hasta que el agotamiento se apoderó de mí, repasando todo lo que Hawke había dicho… todo lo que había hecho. Me desperté con una frustración de lo más extraña, un dolor en el pecho y en el bajo vientre.
—Pero ¿qué? —preguntó Tawny.
Quería contárselo. Por todos los dioses, claro que quería compartir con alguien lo que había pasado con Hawke. Un centenar de preguntas se acumulaban en mi interior, desesperadas por ver la luz, pero lo de la noche anterior era diferente. Había cruzado una gran línea roja y, aunque no sentía que me hubiese rebajado ni que hubiese hecho nada realmente malo, sabía que mis guardianes no pensarían lo mismo. Como tampoco lo harían los sacerdotes y sacerdotisas. Ir a la Perla Roja era una cosa. Compartirme, de la forma que fuese, con otra persona era algo completamente diferente. Saber eso podría ser un arma.
Confiaba en Tawny, pero, como dije antes, solo hasta cierto punto.
Y aunque solo pensar en Hawke hacía que se me apretara el estómago en docenas de pequeñas espirales, era algo que no volvería a suceder jamás. Cuando lo viera durante las sesiones del Consejo de la Ciudad, no sabría que había sido yo a la que había llamado princesa. No tendría ni idea de que había sido el primero en besarme.
Lo que habíamos hecho… me pertenecía solo a mí.
Y debía seguir de ese modo.
Solté el aire despacio e intenté hacer caso omiso del áspero nudo que se me había hecho en la garganta.
—En cualquier caso, muchas de las mujeres llevaban antifaces. Quizás estuviera ahí y no la reconocí. Cualquiera podría haber estado ahí.
—Si vuelves a ir alguna vez a la Perla Roja sin mí, haré agujeros en las suelas de tus zapatos —me advirtió, mientras jugueteaba con las cuentas blancas que ribeteaban el cuello de su vestido rosa.
—Guau —exclamé, con una risa escandalizada. Tawny también se rio—. En verdad, me alegro de que no fueras conmigo. —Cuando frunció el ceño, me apresuré a añadir—: En realidad yo tampoco debí haber ido.
—Sí, ir a la Perla Roja está prohibido. Aunque estoy segura de que está igual de prohibido que entrenarte para saber usar una daga o una espada como un guardia del Adarve.
Eso era algo que no había conseguido ocultarle a Tawny, pero nunca se lo había dicho a nadie y era una de las razones por las que sabía que podía confiarle la mayor parte de las cosas.
—Sí, pero…
—Igual que esa vez que te escapaste para ver una lucha. O cuando me convenciste para bañarnos en el lago…
—Eso fue idea tuya —la corregí. Su buena disposición a ayudarme a hacer cosas prohibidas era otra de las razones por las que tenía casi toda mi confianza—. Y también fue idea tuya lo de hacerlo sin ropa.
—¿Quién se baña con ropa? —preguntó, abriendo mucho los ojos en ademán inocente—. Y esa idea fue de las dos, muchas gracias. Creo que deberíamos hacerlo otra vez y pronto, antes de que haga demasiado frío para dar un paseo al aire libre siquiera. De todos modos, podría pasarme toda la mañana enumerando cosas que has hecho y que, o bien están prohibidas por el duque y la duquesa, o vedadas para la Doncella, y hasta ahora, no ha pasado nada. Los dioses no han aparecido para declararte indigna.
—Eso es verdad —reconocí, mientras alisaba una arruga de la falda de mi vestido.
—Por supuesto que lo es. —Pescó una pequeña pasta redonda y se la metió entera en la boca. De algún modo, consiguió que no cayera ni un poco de azúcar glas sobre ella. Sin embargo, yo, en cuanto respiraba siquiera en dirección a esas pastas, acababa cubierta de una fina capa de polvo blanquecino en sitios que no tenían ningún sentido—. Bueno, ¿cuándo volvemos?
—Yo… no creo que deba.
—¿No quieres volver?
Abrí la boca. Luego la cerré e intenté no meterme en ese jardín. El problema era que sí quería volver.
Hacía unas horas, cuando estaba tumbada en la cama y no rebobinaba de manera obsesiva el tiempo pasado con Hawke, reviviendo el intensísimo deseo y la excitación que su beso había provocado en mí, me había preguntado si habría regresado como prometió, y si yo había hecho lo correcto al marcharme.
Por supuesto, a ojos de mis guardianes y de los dioses, había sido lo correcto, pero ¿lo había sido para mí? ¿Debería haberme quedado y experimentar muchísimo más antes de que pudiese no haber más oportunidades?
Levanté la vista hacia las ventanas que daban a la sección oeste del Adarve. Las oscuras formas de los guardianes que patrullaban por la muralla eran el único movimiento visible. ¿Estaría Hawke ahí fuera? ¿Por qué me lo estaba preguntando siquiera?
Porque había más que una pequeña parte de mí que había deseado quedarse, y sabía que pasaría mucho tiempo antes de que dejara de preguntarme lo que podría haber ocurrido si hubiera esperado. ¿Habría hecho Hawke todo lo que le hubiera pedido?
Ni siquiera tenía claro lo que eso hubiese significado. Tenía ideas. Tenía mi imaginación. Tenía los relatos de otras personas sobre sus experiencias; pero no eran mías. Eran solo finas copias transparentes de la realidad.
Y sabía que, si volviera ahí, lo haría con la esperanza de encontrarlo. Por eso no debía volver.
Miré hacia el armario abierto y lo primero que vi fue el velo blanco con sus delicadas cadenas doradas, y una pesadumbre se instaló sobre mí. Ya podía sentir su peso sustancial, aunque estuviese hecho de la seda más fina y más ligera. Cuando me lo pasaron por encima de la cabeza la primera vez, con ocho años, sentí pánico, pero después de diez años, debería haberme acostumbrado ya a él.
Sin embargo, aunque ya no sentía que no podía respirar o ver cuando lo llevaba, todavía me parecía pesado.
Colgada a su lado estaba la única prenda de color de todo mi armario, un manchurrón rojo entre un mar de blanco. Era un vestido ceremonial confeccionado para el inminente Rito; había llegado la mañana anterior y todavía no me lo había probado. Sería la primera vez que se me permitiera asistir al Rito, que se me permitiera vestir algo que no fuese blanco y dejarme ver sin velo. Claro que iría enmascarada, como todos los demás.
La única razón por la que me permitían asistir a este Rito cuando todos los demás habían estado prohibidos era porque sería el último antes de mi Ascensión.
Cualquier clase de emoción que pudiera despertar en mí el Rito se vería seguramente atemperada por el hecho de que sería el último.
Tawny se levantó y fue hacia una de las ventanas.
—La neblina lleva tiempo sin venir.
Tawny tenía la costumbre de saltar de un tema a otro, pero este cambio fue estremecedor.
—¿Qué te ha hecho pensar en eso?
—No lo sé. —Remetió un rizo suelto en el moño—. En verdad, sí lo sé. Ayer por la noche oí a Dafina y a Loren hablando —explicó—. Dijeron que habían oído a uno de los cazadores afirmar que la neblina se ha estado acumulando más allá del Bosque de Sangre.
—No me había enterado. —Se me hizo un nudo en el estómago al recordar a Finley y deseé no haber comido tantas lonchas de beicon.
—Quizás no debí sacar el tema. —Le dio la espalda a la ventana—. Es solo que… hace décadas que la neblina no se acerca siquiera a la capital. No es algo de lo que tuviéramos que preocuparnos allí.
Daba igual dónde estuviéramos, la neblina era algo de lo que siempre había que preocuparse. Solo porque no se hubiese acercado en décadas no significaba que no fuera a hacerlo, pero no lo dije.
Tawny se apartó de la ventana y volvió a la mesa para arrodillarse al lado de donde yo estaba sentada.
—¿Puedo ser sincera contigo por un momento?
—¿No lo eres siempre? —pregunté, con las cejas arqueadas.
—Bueno, sí, pero esto… es diferente.
Más que curiosa por saber lo que estaba pensando, asentí para que continuara hablando. Tawny respiró hondo.
—Sé que nuestras vidas son distintas, igual que nuestros pasados, y también lo serán nuestros futuros, pero tratas la Ascensión como si muy bien pudiese ser tu muerte, cuando es justo lo contario. Es vida. Es un nuevo comienzo. Es una bendición…
—Empiezas a sonar como la duquesa —me burlé.
—Pero es verdad. —Se estiró hacia mí y agarró mi mano—. Dentro de unos meses no vas a estar muerta, Poppy. Estarás viva y ya no estarás constreñida por estas reglas. Estarás en la capital.
—Me habrán entregado a los dioses —la corregí.
—Y eso es asombroso. Vivirás algo que muy poca gente tiene la ocasión de vivir. Lo sé… sé que tienes miedo de no regresar de entre ellos, pero eres la Doncella favorita de la reina.
—Soy su única Doncella.
—Sabes que no es por eso —dijo, poniendo los ojos en blanco.
Era verdad.
La reina había hecho más por mí de lo que jamás se había esperado de ella, pero eso no cambiaba que mi Ascensión no se parecería en nada a la de Tawny.
—Y cuando regreses, Ascendida, yo estaré justo ahí, a tu lado. Solo piensa en todas las travesuras que podremos hacer. —Tawny me apretó la mano y vi que de verdad creía que eso ocurriría.
Quizás ocurriera.
Pero no era seguro. No tenía ni idea de lo que efectivamente significaba ser entregada a los dioses. Aunque cada pequeño detalle de la historia del reino parecía estar documentado, había unas cuantas cosas sobre las que no había nada escrito. Nunca había podido encontrar nada acerca de las Doncellas anteriores. Le había preguntado más de cien veces a la sacerdotisa Analia qué significaba ser entregada a los dioses y la respuesta había sido siempre la misma.
Una Doncella no cuestiona los planes de los dioses. Tiene fe en ellos sin conocerlos.
A lo mejor era verdad que no era digna de ser una Doncella, porque me costaba tener fe en nada sin conocerlo.
Tawny, sin embargo, sí la tenía. Igual que Vikter y Rylan y, literalmente, todas las personas a las que conocía. Incluso Ian.
Aunque claro, a ninguno de ellos los habían entregado a los dioses.
Busqué en los ojos de Tawny, intenté detectar el más mínimo asomo de miedo.
—No tienes miedo para nada, ¿verdad?
—¿De la Ascensión? —Se levantó, cruzó las manos delante de ella—. ¿Nerviosa? Sí. ¿Asustada? No. Estoy emocionada de empezar un nuevo capítulo.
De empezar una vida que fuera realmente suya, en la que podría despertarse y comer cuando le viniera en gana, pasar sus días como quisiera y con quien quisiera, en lugar de tener que ser mi sombra perpetua.
Por supuesto que no tenía miedo. Y aunque yo no me sentía del mismo modo, nunca había tenido en cuenta lo que significaba para ella.
La mayoría de las veces, Tawny se mostraba más que dispuesta a tomar parte en todo tipo de aventuras que se me ocurrieran, y a menudo sugería otras ella misma. Pero si los dioses estaban observando, sobre todo en esta época tan cercana a la Ascensión, quizás la encontraran indigna por participar en ellas. Eso no era algo que se me acabara de ocurrir ahora por primera vez, pero jamás me había golpeado con tal claridad que mi actitud con respecto a la Ascensión pudiera echar por tierra su entusiasmo.
Me sentí culpable, un sabor amargo en la parte de atrás de la garganta.
—Soy muy egoísta.
—¿Qué te hace decir eso? —preguntó Tawny, parpadeando desconcertada.
—He debido estropear tu ilusión con todo mi pesimismo —le dije—. No había pensado de verdad en lo emocionada que debes de estar.
—Bueno, cuando lo pintas de ese modo… —dijo, pero luego se echó a reír, con un sonido suave y cálido—. En serio, Poppy, no lo has hecho. Tus sentimientos con respecto a la Ascensión no han afectado lo que siento yo.
—Me alegro de saberlo, pero aun así, debería estar más ilusionada por ti. Eso es… —respiré hondo—, es lo que hacen los amigos.
—¿Te has sentido ilusionada por mí? ¿Contenta? —preguntó—. ¿Aunque estés preocupada por ti?
—Claro. —Asentí.
—Entonces, has hecho lo que hace una amiga.
Tal vez fuese verdad, pero me prometí que sería mejor, empezando por no volver a poner en riesgo su Ascensión implicándola en mis escapadas. Yo podría vivir con las nefastas consecuencias de que me encontraran indigna, porque sería mi vida y mis propias acciones las que me habrían llevado a ello. Pero no le haría eso a Tawny.
No podría vivir con eso.
Más tarde, después de cenar sola en mi habitación, Vikter llamó a mi puerta. Cuando levanté la vista hacia su rostro, dorado y curtido por la vida en el Adarve y años al sol, no se me ocurrió pensar en dónde había estado la noche anterior y la consiguiente incomodidad. Vi su expresión y supe que había ocurrido algo.
—¿Qué ha pasado? —susurré.
—Nos han convocado —dijo, y mi corazón dio un vuelco en mi pecho. Había solo dos razones por las que podrían convocarnos. Una sería el duque y la otra era igual de terrible, pero por causas muy distintas—. Hay un maldito.