Capítulo 2

Pillada por sorpresa, miré hacia arriba. Un error que Vikter me había enseñado a no cometer jamás. Debí de intentar sacar la daga, pero en lugar de eso, me quedé ahí plantada mientras el brazo se apretaba en torno a mi cintura y la mano del hombre se apoyaba en mi cadera.

—En cualquier caso, es una sorpresa agradable —continuó, retirando el brazo.

Salí de golpe de mi estupor y me giré para encararme con él, la capucha de la capa aún bien calada mientras mi mano volaba hacia la daga. Levanté la vista… luego la levanté un poco más.

Oh, Dios mío.

Me quedé paralizada. La sorpresa más absoluta se apoderó de mí y anuló mi sentido común cuando vi su cara al tenue resplandor de las velas.

Sabía quién era, aunque nunca había hablado con él.

Hawke Flynn.

Todo el mundo en el castillo de Teerman se había fijado en la llegada del guardia del Adarve desde Carsodonia, la capital, hacía unos meses. Yo no había sido una excepción.

Hubiese querido mentirme a mí misma y decir que se debía a su asombrosa altura, casi treinta centímetros más alto que yo. O que era porque se movía con la misma gracia y fluidez inherente y depredadora de los grandes gatos de cueva grises que merodeaban por las Tierras Baldías, pero que había visto una vez, de niña, en el palacio de la reina. Entonces el temible animal salvaje estaba enjaulado, y la forma en que caminaba adelante y atrás en su recinto demasiado pequeño me había fascinado y horrorizado a partes iguales. Había visto a Hawke caminar del mismo modo en más de una ocasión, como si él también estuviese enjaulado. Podía deberse a la sensación de autoridad que parecía emanar de sus poros, aunque no podía ser mucho mayor que yo… quizás tuviese la misma edad que mi hermano, o un año o dos más. O tal vez fuese su destreza con la espada. Una mañana, mientras estaba con la duquesa en uno de los muchos balcones del castillo de Teerman, contemplando el campo de entrenamiento a nuestros pies, ella me había contado que Hawke había llegado de la capital con unas referencias inmejorables y que estaba bien encaminado a convertirse en uno de los guardias reales más jóvenes de la historia. Los ojos de la duquesa habían estado fijos en los brazos de Hawke, relucientes de sudor.

Mis ojos, también.

Desde su llegada, más de una vez había acabado oculta en recovecos oscuros para observarlo entrenar con los otros guardias. Aparte de las sesiones semanales del Consejo de la Ciudad que se celebraban en el Gran Salón, esas eran las únicas ocasiones en que lo veía.

Mi interés podía deberse solo a que Hawke era… bueno, era bello.

No era frecuente poder decir eso de un hombre, pero no se me ocurría una palabra mejor para describirlo. Tenía el pelo oscuro y espeso, rizado en torno a la nuca, y a menudo caía hacia delante y rozaba sus cejas igual de oscuras. Las curvas y ángulos de su rostro me hacían desear haber tenido algún talento con una pluma o un pincel. Sus pómulos eran altos y anchos, la nariz sorprendentemente recta para un guardia; muchos de ellos habían sufrido al menos una fractura de nariz. Su mandíbula cuadrada era firme, y su boca, bien formada. En las pocas ocasiones que lo había visto sonreír, el lado derecho de sus labios se había curvado hacia arriba dando lugar a un profundo hoyuelo. Si tenía uno a juego en la mejilla izquierda, era algo que no sabía. Aunque sus ojos eran, de lejos, su rasgo más cautivador.

Me recordaban a la miel fría, un color impactante que no había visto jamás. Y tenía una manera de mirarte que te dejaba con la sensación de estar desnuda. Lo sabía porque solía sentir su mirada durante los Consejos en el Gran Salón, aunque él jamás había visto mi cara ni mis ojos hasta entonces. Estaba segura de que su mirada se debía al hecho de que yo era la primera Doncella en siglos. La gente siempre me miraba pasmada cuando estaba en público, ya fuesen guardias, lores y damas en espera, o plebeyos.

Su mirada también podía ser solo producto de mi imaginación, impulsada por mi pequeño deseo secreto de que él sintiese por mí la misma curiosidad que yo sentía por él.

Quizás fuesen todas esas razones las que habían captado mi interés, pero había otra que me daba incluso un poco de vergüenza.

Las veces que lo había visto, había estirado mis sentidos hacia él a propósito. Sabía que estaba mal hacerlo cuando no había una buena razón para ello. No había nada que pudiera justificar esa invasión y no tenía ninguna excusa aparte de que me preguntaba qué era lo que lo empujaba a caminar arriba y abajo como un gato de cueva enjaulado tan a menudo.

Hawke siempre sentía dolor.

No era un dolor físico, sino algo más profundo que yo notaba como afiladas esquirlas de hielo contra la piel. Era un dolor crudo y daba la sensación de ser interminable. Sin embargo, la aflicción que parecía seguirlo siempre como una sombra nunca lo sobrepasaba. Si no hubiese hurgado, jamás la habría sentido. De algún modo, Hawke lograba mantener ese tipo de agonía a raya, y yo no conocía a nadie más que fuese capaz de hacerlo.

Ni siquiera los Ascendidos.

Aunque eso era porque jamás sentía nada procedente de ellos, a pesar de que sabía que sentían dolor físico. El hecho de que nunca tuviese que preocuparme de percibir algún dolor residual procedente de ellos debería empujarme a buscar su compañía, pero en lugar de eso me ponía los pelos de punta.

—No te esperaba esta noche —dijo Hawke. Me estaba dedicando esa medio sonrisa suya, la que no mostraba los dientes, y hacía aparecer el hoyuelo en la mejilla derecha, pero no terminaba de llegar nunca a sus ojos—. Solo han pasado unos días, cariñín.

¿Cariñín?

Abrí la boca y luego la cerré de golpe al darme cuenta de lo que pasaba. Parpadeé. ¡Creía que era otra persona! Alguien con quien era obvio que se había encontrado ahí en alguna otra ocasión. Bajé la vista hacia mi capa, la prenda que había tomado prestada. Era bastante peculiar, azul turquesa pálido con un ribete de piel blanca.

Britta.

¿Creía que era Britta?

Éramos más o menos de la misma altura, un poco por debajo de la media, y la capa ocultaba la forma de mi cuerpo, que no era tan delgado como el suyo. Daba igual cuánto ejercicio hiciera, era incapaz de tener la figura esbelta de la duquesa de Teerman o de alguna de las otras damas.

Inexplicablemente, una pequeña parte de mí, la misma parte que estaba escondida, se sintió… decepcionada, quizás incluso un poco celosa de la bonita sirvienta.

Mis ojos se deslizaron por el cuerpo de Hawke. Llevaba los pantalones ceñidos y la túnica negra que todos los guardias usaban debajo de la armadura. ¿Habría venido directo después de su turno? Eché un rápido vistazo a la habitación. Había una mesita al lado del sofá, con dos copas. Hawke no había estado solo antes de que yo llegara. ¿Podía haber estado con otra? Detrás de Hawke, la cama estaba hecha y no parecía que nadie hubiese… dormido en ella.

¿Qué debía hacer? ¿Dar media vuelta y salir corriendo? Eso sería raro. Seguro que le preguntaría a Britta acerca de ello, aunque siempre que lograra devolver la capa y el antifaz sin que ella se diera cuenta, nadie tenía por qué sospechar.

Excepto por que lo más probable era que Vikter siguiese en el piso de abajo y la mujer también…

Por todos los dioses. Tenía que ser una vidente. El instinto me decía que había sabido que esta habitación estaba ocupada. Me había mandado ahí a propósito. ¿Había sabido que Hawke estaba aquí y que era probable que me tomara por Britta?

Parecía demasiado irreal para ser verdad.

—¿Te ha dicho Pence que estaba aquí? —preguntó Hawke.

Se me cortó la respiración mientras mi corazón empezaba a aporrear como un martillo contra mis costillas. Creía recordar que Pence era un guardia del Adarve, uno más o menos de la edad de Hawke. Uno rubio, si no recordaba mal, pero no lo había visto abajo. Negué con la cabeza.

—Entonces, ¿has estado atenta a ver si me veías? ¿Me has seguido? —inquirió. Chasqueó la lengua con suavidad—. Tendremos que hablar de eso, ¿no crees? —Noté una extraña amenaza en su voz, una que dejaba traslucir que no estaba demasiado contento con la idea de que Britta lo siguiera—. Aunque parece que no va a ser esta noche. Estás extrañamente callada —comentó.

Por lo que sabía de Britta, rara vez se mostraba tímida. Pero en cuanto dijera algo, Hawke sabría que no era la sirvienta y… y no estaba preparada para que descubriera eso. No estaba segura de para qué estaba preparada. Mi mano ya no estaba sobre la daga y no sabía lo que eso significaba. Lo único que sabía era que mi corazón todavía latía a mil por hora.

—No tenemos por qué hablar. —Hawke agarró el borde de su túnica y, antes de que pudiese aspirar otra bocanada de aire, se la quitó por encima de la cabeza y la tiró a un lado.

Mis labios se entreabrieron y casi se me salen los ojos de las órbitas. Ya había visto el pecho de un hombre, pero nunca había visto el suyo. Los músculos que se flexionaban y abultaban bajo las finas camisas con las que entrenaban los guardias se exhibían ahora ante mis ojos. Era ancho de hombros y pecho, todo músculos fibrosos cincelados por años de intenso entrenamiento. Había una fina pelusilla debajo de su ombligo que desaparecía dentro de sus pantalones. Mis ojos bajaron aún más y sentí ese calor otra vez, uno distinto, que no solo sonrojó mi piel, sino que también invadió mi sangre.

Incluso a la luz de las velas, podía ver lo ceñidos que eran sus pantalones, cómo abrazaban su cuerpo. Dejaban muy poco a la imaginación.

Y yo tenía una imaginación desbordante, gracias a la frecuente tendencia de las damas de compañía a compartir sus experiencias en exceso y a mi frecuente tendencia a escuchar conversaciones ajenas.

Una extraña sensación serpenteó por mi bajo vientre. No era desagradable. En absoluto. Era cálida y cosquillosa. Me recordó a mi primer trago de burbujeante champán.

Hawke se acercó a mí y mis músculos se pusieron en tensión para echar a correr, pero conseguí mantenerme en el sitio por pura fuerza de voluntad. Sabía que debía de haberme apartado. Debí hablar y revelar que no era Britta. Debí marcharme de inmediato. La forma en que Hawke caminó con sensualidad hacia mí y el modo en que sus largas piernas se comieron la distancia entre nosotros eran indicio suficiente de su intención, incluso aunque no se hubiese quitado antes la túnica. Y aunque yo tenía poca… vale, absolutamente ninguna experiencia, sabía por instinto que, si llegaba hasta mí, me tocaría. Quizás hiciese incluso algo más. Tal vez me besara.

Y eso estaba prohibido.

Era la Doncella, la Elegida. Por no mencionar que Hawke creía que era otra mujer y que era obvio que había estado en esa habitación con otra persona antes de que yo llegara. Eso no significaba que hubiera estado con alguien, pero podía ser.

Seguí sin moverme y sin hablar.

Esperé. Mi corazón latía a tal velocidad que me sentía mareada. Diminutos temblores sacudieron mis manos y mis piernas.

Y yo jamás temblaba.

¿Qué estás haciendo?, susurró la voz razonable y cuerda de mi cabeza.

Vivir, susurré de vuelta.

Y ser increíblemente estúpida, contrarrestó la voz.

Lo era. Pero seguí ahí plantada.

Con todos los sentidos a flor de piel, observé a Hawke detenerse delante de mí y levantar las manos. Agarró la parte de atrás de la capucha con una mano. Por un instante, pensé que iba a tirar de ella hacia atrás y que toda esa farsa se habría acabado. Pero eso no fue lo que hizo. La capucha solo se deslizó hacia atrás unos centímetros.

—No sé a qué tipo de jueguecito estás jugando esta noche. —Su voz grave sonó insinuante—. Pero estoy deseando averiguarlo.

Su otro brazo se deslizó alrededor de mi cintura. Se me escapó una exclamación ahogada cuando tiró de mí contra su pecho. Esto no tenía nada que ver con los breves abrazos que había recibido de Vikter. Jamás había sido abrazada por un hombre de ese modo. No quedaba ni un centímetro entre su pecho y el mío. El contacto fue como un calambrazo para mis sentidos.

Tiró de mí hasta que estuve de puntillas, luego me levantó en volandas. Su fuerza era impresionante, puesto que tampoco era que yo fuese exactamente un peso pluma. Aturdida, planté las manos sobre sus hombros. El calor que irradiaba su dura piel parecía quemar a través de mis guantes, de la capa y del fino vestido blanco con el que solía dormir.

Ladeó la cabeza y sentí el calor de su aliento sobre mis labios. Un tenso estremecimiento de anticipación bajó rodando por mi columna al mismo tiempo que mi estómago se volteaba, lleno de incertidumbre. No había tiempo para que las dos emociones enfrentadas lucharan entre sí. Hawke giró sobre sí mismo y echó a andar con la misma gracia felina que había visto en él otras veces. Y en cuestión de unos pocos latidos entrecortados, estaba guiando nuestros cuerpos hacia abajo, sus brazos fuertes pero cuidadosos, como si fuese consciente de su fuerza. Cayó sobre mí, su mano todavía detrás de mi cabeza. Su peso fue una sorpresa cuando me presionó contra la cama. Y entonces su boca estaba sobre la mía.

Hawke me besó.

No hubo nada dulce o suave, como había imaginado que sería un beso. Fue algo duro y abrumador, exigente, y cuando aspiré una brusca bocanada de aire, él se aprovechó y profundizó aún más en su beso. Su lengua tocó la mía y me sobresalté. Sentí pánico en la boca del estómago, pero también algo más, algo mucho más poderoso, un placer que jamás había sentido. Hawke sabía al licor dorado que una vez probé a hurtadillas, y sentí el roce de su lengua en cada rincón de mi ser. En los escalofríos que brotaron por toda mi piel, en la inexplicable pesadez de mi pecho, en esa sensación tensa que serpenteaba y se enroscaba debajo de mi ombligo e incluso más abajo, donde sentí un repentino e intenso pulso entre las piernas. Me estremecí, clavé los dedos en su piel y de repente deseé no haber llevado guantes, porque quería sentir su piel y dudaba mucho de que pudiera concentrarme en lo que sentía él. Ladeó la cabeza y sentí el roce de sus extrañamente afilados…

Sin previo aviso, interrumpió el beso y levantó la cabeza.

—¿Quién eres?

Mis pensamientos se movían con una extraña lentitud, me vibraba toda la piel. Entreabrí los ojos. El pelo oscuro le caía sobre la frente, con sus facciones en sombra, solo iluminadas por la suave y titilante luz, pero me dio la impresión de que sus labios se veían tan hinchados como sentía yo los míos.

Hawke actuó demasiado deprisa para que pudiera impedir su movimiento. Tiró de mi capucha hacia atrás y dejó al descubierto mi rostro enmascarado. Arqueó las cejas al tiempo que se disipaba la neblina de mis pensamientos. Mi corazón brincaba por mi pecho por una razón totalmente distinta, aunque mis labios aún cosquillearan por el beso.

Mi primer beso.

La mirada de ojos dorados de Hawke subió hasta mi cabeza, sacó la mano de detrás de mi cuello. Me puse tensa cuando agarró un mechón de mi pelo. Lo sacó para que brillara de un intenso castaño rojizo a la luz de la vela. Ladeó la cabeza hacia la izquierda.

—Desde luego que no eres quien pensaba que eras —murmuró.

—¿Cómo lo has sabido? —farfullé.

—Porque la última vez que besé a la dueña de esta capa, le faltó un pelo para sorber mi lengua por su garganta.

—Oh —susurré. ¿Se suponía que tenía que haber hecho eso? No sonaba como si fuese algo agradable.

Bajó la vista hacia mí, me evaluó con la mirada mientras permanecía con medio cuerpo encima del mío. Una de sus piernas estaba metida entre las mías y me percaté de que no tenía ni idea de cuándo había sucedido.

—¿Te habían besado alguna vez?

Me puse roja como un tomate. Oh, por todos los dioses, ¿tan obvio era?

—¡Claro que sí!

Un lado de sus labios saltó hacia arriba.

—¿Siempre mientes?

—¡No! —mentí de inmediato.

—Mentirosa —murmuró, en un tono casi juguetón.

La vergüenza inundó todo mi ser y ahogó el tembloroso placer como si me hubiese empapado en gélida aguanieve invernal. Empujé contra su pecho desnudo.

—Deberías quitarte.

—Eso pensaba hacer.

La forma en que lo dijo me hizo entornar los ojos. Hawke se rio y fue… la primera vez que lo oí hacerlo. Cuando lo veía en el Gran Salón se mostraba callado y estoico, como la mayoría de los guardias, y cuando lo había visto entrenar, solo había alcanzado a ver esa medio sonrisa suya. Pero nunca una risa. Y con el dolor que sabía que rondaba por debajo de la superficie, no estaba del todo segura de que riera jamás.

Sin embargo, ahora lo había hecho y su risa sonaba real, profunda y agradable. Retumbó a través de mí, todo el camino hasta las puntas de mis pies. Tardé un poco en darme cuenta de que jamás lo había oído hablar tanto. Tenía un ligero acento, un deje casi musical en el tono. No logré identificarlo del todo; claro que solo había estado en la capital y aquí, y no era muy frecuente que la gente hablara conmigo o a mi alrededor si sabía que estaba presente. Por lo que sabía, el acento podía ser de lo más normal.

—De verdad que deberías moverte —le dije, aunque me gustaba sentir su peso sobre mí.

—Estoy bastante cómodo donde estoy —se burló.

—Pues yo no.

—¿Me vas a decir quién eres, princesa?

—¿Princesa? —repetí. No había príncipes ni princesas en todo el reino, aparte del Señor Oscuro, que se autodenominaba así. No los había desde la caída de Atlantia.

—Eres bastante exigente. —Encogió solo un hombro—. Supongo que una princesa sería exigente.

—Yo no soy exigente —protesté—. Quítate de encima.

—¿En serio? —Lo preguntó arqueando una ceja.

—Decirte que te quites no es ser exigente.

—Vaya, en eso no nos vamos a poner de acuerdo. —Hizo una pausa—. Princesa.

Mis labios querían esbozar una sonrisa irónica, pero conseguí reprimirla.

—No deberías llamarme así.

—Entonces, ¿cómo debería llamarte? ¿Un nombre, quizás?

—Soy… soy… nadie —le dije.

—¿Nadie? Qué nombre más extraño. ¿Las niñas que se llaman así tienen la costumbre de usar la ropa de otras personas?

—No soy una niña —espeté indignada.

—Eso espero. —Hizo una pausa, las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo—. ¿Cuántos años tienes?

—Los suficientes para estar aquí, si eso es lo que te preocupa.

—En otras palabras, bastante mayor como para hacerte pasar por otra persona, dejar que otros crean que eres otra persona y luego dejar que te besen…

—Vale, pillo lo que dices —lo interrumpí—. Sí, soy bastante mayor para como hacer todas esas cosas.

—Te diré quién soy yo —dijo, tras arquear una ceja—, aunque tengo la sensación de que ya lo sabes. Soy Hawke Flynn.

—Hola —lo saludé, y me sentí como una tonta al hacerlo. El hoyuelo de su mejilla derecha se hizo más profundo.

—Esta es la parte en la que me dices tu nombre. —Ni mis labios ni mi lengua se movieron—. Entonces, tendré que seguir llamándote «princesa».

Sus ojos eran ahora mucho más cálidos y sentí el impulso de comprobar si se le había aliviado el dolor, pero conseguí resistirme. Pensé que a lo mejor su dolor se habría disipado. Si era así…

—Lo menos que puedes hacer es decirme por qué no me detuviste —continuó, antes de que pudiese rendirme a la curiosidad y estirar mis sentidos hacia él. No tenía ni idea de cómo contestar a eso cuando ni siquiera yo lo entendía del todo. Un lado de sus labios dio un respingo hacia arriba—. Estoy seguro de que es algo más que mi aspecto arrebatador.

—Claro —dije, arrugando la nariz. Otra breve carcajada salió por su boca. Sonaba sorprendido.

—Creo que me acabas de insultar.

—Eso no es lo que pretendía —me defendí, con una mueca arrepentida.

—Me has hecho daño, princesa.

—Lo dudo mucho. Tienes que ser más que consciente de tu aspecto.

—Lo soy. Ha conducido a unas cuantas personas a tomar decisiones cuestionables en sus vidas.

—Entonces, ¿por qué has dicho que te había insultado…? —Me di cuenta de que me estaba tomando el pelo y me sentí como una tonta por no haberme percatado antes. Volví a empujar contra su pecho—. Sigues tumbado encima de mí.

—Lo sé.

Respiré hondo.

—Es bastante grosero por tu parte seguir haciéndolo cuando he dejado claro que me gustaría que te quitaras.

—Es bastante grosero por tu parte colarte en mi habitación vestida como…

—¿Tu amante?

Arqueó una ceja.

—Yo no la llamaría así.

—¿Cómo la llamarías?

Hawke pareció pensarlo un rato, aún medio despatarrado encima de mí.

—Una… buena amiga.

Parte de mí se sintió aliviada de que no se hubiese referido a ella con un apelativo despectivo como los que había oído usar a otros hombres al hablar de mujeres con las que habían intimado, pero ¿una buena amiga?

—No sabía que los amigos se comportaran de este modo.

—Apostaría a que no sabes demasiado sobre este tipo de cosas.

La verdad de su afirmación era difícil de ignorar.

—¿Y apostarías todo eso basado en un solo beso?

—¿Un solo beso? Princesa, se pueden aprender un montón de cosas de un solo beso.

Mientras lo miraba, no pude evitar sentirme… muy inexperta. Lo único que yo podía decir de su beso era lo que me había hecho sentir. Como si intentara poseerme.

—¿Por qué no me has detenido? —Sus ojos se deslizaron por el antifaz y luego más abajo, hacia donde me di cuenta de que la capa se había abierto, dejando al descubierto el vestido demasiado fino y un escote más bien atrevido. Para ser sincera, no sabía en qué había estado pensando cuando me puse esa prenda. Era casi como si, de manera inconsciente, me hubiese estado preparando para… algo. Me dio un retortijón. El vestido era más bien falsa bravuconería.

Los ojos de Hawke encontraron los míos.

—Creo que estoy empezando a entenderlo.

—¿Eso significa que te vas a levantar para que pueda moverme?

¿Por qué no lo has obligado a levantarse?, susurró esa estúpida y muy razonable, muy lógica, voz. Era una gran pregunta. Sabía bien cómo utilizar el peso de un hombre contra él y, lo que era más importante, tenía mi daga y podía llegar a ella. Sin embargo, no había intentado sacarla; tampoco había hecho un intento real por poner espacio entre nosotros. ¿Qué significaba eso? Supuse… supuse que me sentía a salvo. Al menos, por el momento. Tal vez supiese poco sobre Hawke, pero no era un desconocido, al menos no me lo parecía, y no le tenía miedo.

—Tengo una teoría —insistió, tras sacudir la cabeza.

—Estoy impaciente por oírla.

El hoyuelo de su mejilla derecha apareció de nuevo.

—Creo que viniste a esta habitación en concreto con un propósito claro. —En eso tenía razón, pero dudaba mucho de que fuese a acertar en el motivo—. Por eso no hablaste ni intentaste corregir mi suposición errónea. A lo mejor la capa que tomaste prestada también fue una decisión muy calculada —continuó—. Has venido porque quieres algo de mí.

Empecé a negar lo que sugería, pero no me vino ninguna palabra a la boca. El silencio no era una negación ni una afirmación, pero mi estómago dio otra voltereta. Hawke se movió un pelín, y apoyó una mano contra mi mejilla derecha, con los dedos abiertos.

—Tengo razón, ¿verdad, princesa?

Mi corazón daba brincos en todas direcciones. Intenté tragar saliva, pero tenía la garganta seca.

—Tal vez… tal vez vine en busca de… conversación.

—¿A hablar? —Arqueó las cejas—. ¿De qué?

—De muchas cosas —improvisé. Su expresión se suavizó.

—¿Como cuáles?

Mi cabeza se quedó en blanco por unos instantes. Luego solté lo primero que me vino a la mente.

—¿Por qué elegiste trabajar en el Adarve?

—¿Has venido aquí esta noche a preguntarme eso?

No había una sola cosa en su tono o en su expresión que indicara que me creía, pero asentí mientras pensaba que este era un ejemplo más de lo mal que se me daba entablar conversación con la gente. Hawke se quedó callado unos segundos.

—Me uní al Adarve por la misma razón que la mayoría —dijo al fin.

—¿Y esa es…? —pregunté, aunque conocía la mayor parte de las razones.

—Mi padre era granjero y esa no era vida para mí. No existen muchas opciones más aparte de unirte al Ejército Real y proteger el Adarve, princesa.

—Es verdad. —Hawke entornó los ojos y un destello de sorpresa cruzó su rostro.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que no hay muchas oportunidades para que los niños se conviertan en algo distinto a lo que eran sus padres.

—¿Quieres decir que no hay muchas oportunidades para que los niños mejoren su posición en la vida, para que les vaya mejor que a los que vivieron antes que ellos?

Asentí lo mejor que pude.

—El… el orden natural de las cosas no permite algo así. El hijo de un granjero es granjero o…

—¿O elige hacerse guardia, donde arriesga la vida por un sueldo estable, aunque lo más probable es que no viva lo suficiente para disfrutarlo? —terminó—. No suena como una opción demasiado interesante, ¿verdad?

—No —admití, pero eso ya lo había pensado. Había otros trabajos a los que podría haber optado Hawke. Comerciante y cazador, pero esos también eran peligrosos, ya que requerían salir del Adarve con frecuencia. Aunque no eran tan peligrosos como unirse al Ejército Real e ir al Adarve. ¿Todo su dolor provendría de lo que había visto como guardia?—. Puede que no haya muchas opciones, pero sigo pensando… no, tengo muy claro… que unirse a la guardia requiere cierto nivel de fuerza y valentía innatas.

—¿Opinas eso de todos los guardias? ¿Que son valientes?

—Sí.

—No todos los guardias son buenas personas, princesa.

Entorné los ojos.

—Ya lo sé. Valentía y fuerza no equivalen a bondad.

—En eso estamos de acuerdo. —Sus ojos se deslizaron hacia mi boca y noté el pecho inexplicablemente tenso.

—Has dicho que tu padre era granjero. ¿Está…? ¿Se ha reunido con los dioses?

Algo cruzó por su cara, demasiado deprisa para que pudiera descifrarlo.

—No. Está vivo y sano. ¿El tuyo?

Sacudí la cabeza brevemente.

—Mi padre… los dos murieron.

—Lo siento —dijo, y sonó sincero—. La pérdida de un padre o un familiar perdura mucho tiempo después de que se hayan marchado; el dolor disminuye, pero no desaparece nunca. Años después, seguirás pensando que harías cualquier cosa por recuperarlos.

Tenía razón, y pensé que quizás esa fuese la razón del dolor que Hawke sentía.

—Suenas como si lo supieras de primera mano.

—Es que así es.

Pensé en Finley. ¿Lo habría conocido bien Hawke? La mayoría de los guardias tenían buena relación, desarrollaban vínculos que eran más profundos que la sangre, pero aunque hubiese conocido a Finley, seguro que había perdido a otros allegados.

—Lo siento —dije—. Lo siento por quienquiera que fuera que hayas perdido. La muerte es…

La muerte era constante.

Y yo veía mucha. Se suponía que no debería, con lo protegida que estaba, pero veía muerte con mucha frecuencia.

Hawke ladeó la cabeza y una cascada de rizos oscuros cayeron por su frente.

—La muerte es como una vieja amiga que viene de visita, a veces cuando menos se la espera y otras cuando la esperas. No es la primera ni la última vez que vendrá de visita, pero eso no hace que ninguna muerte sea menos dura o despiadada.

La tristeza amenazó con instalarse en mi pecho y espantar toda la calidez.

—Así es.

Hawke inclinó la cabeza de repente, sus labios se acercaron a los míos.

—Dudo que fuese la necesidad de conversación lo que te trajo aquí esta noche. No viniste a hablar de cosas tristes que no tienen remedio, princesa.

Sabía bien por qué había ido ahí y, una vez más, Hawke tenía razón. No era para hablar. Había ido ahí a vivir. A experimentar. A elegir. A ser cualquiera que no fuese yo. Ninguna de esas cosas implicaba hablar.

Pero había recibido mi primer beso. Podía dejarlo ahí, o esta noche podía ser una de muchas primeras cosas, todas de mi elección.

¿Estaba…? ¿De verdad estaba planteándome esto, fuese lo que fuese? Por todos los dioses, lo estaba haciendo. Una cascada de diminutos temblores me sacudió de la cabeza a los pies. ¿Los sentiría Hawke? Se acumularon en mi estómago para formar pequeños nudos de anticipación y miedo.

Era la Doncella. La Elegida. Lo que había pensado hacía un rato acerca de lo que preocupaba a los dioses se debilitó. ¿Me encontrarían indigna? El pánico no se apoderó de mí como hubiese debido. En lugar de eso, me invadió una chispa de esperanza, y eso me inquietó más que cualquier otra cosa. El diminuto destello de esperanza me pareció traicionero y del todo preocupante, dado que ser considerada indigna acarrearía una de las más graves consecuencias.

Si los dioses me encontraran indigna, me enfrentaría a una muerte segura.

Me exiliarían del reino.