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Mansión Black

Sábado, 8.00 h

TOC TOC TOC.

—Adelante —dije distraída, mirándome en el espejo que colgaba de la pared de mi habitación y decidiendo qué par de vaqueros y qué sudadera me pondría para ir de compras con mi tía.

En realidad, era una decisión bastante sencilla de tomar, ya que apenas tengo ropa. Hoy íbamos a comprar no sólo un vestido para el baile de esta tarde, sino también ropa para ir al instituto.

Estoy un poco harta de que Sara —mi archienemiga— y sus amiguitas se metan conmigo por mis vaqueros viejos y pasados de moda y por mis sudaderas y zapatillas desgastadas. No, hoy, por fin, nos íbamos de tiendas. A gastar la fortuna que mis padres me dejaron como herencia junto al deber de proteger a la humanidad con mis habilidades como ladrona.

La tía Paula entró en la habitación y enseguida noté que las cosas no iban bien.

—Amanda, cariño, tengo que pedirte algo... —La tía se retorcía las manos, nerviosa—. No te va a gustar y, si no quieres, no lo haremos. De verdad, puedes negarte y no me enfadaré. Tienes derecho a un sábado para ti, para hacer cosas propias de tu edad.

—¿Qué pasa, tía Paula? Me estás preocupando.

Mi tía avanzó hasta mi cama, todavía deshecha, y se sentó. Dio unas palmadas a su lado para que me acomodase junto a ella.

—Mira, cariño, nos ha llegado un soplo... Hemos averiguado el lugar en el que se encontrará algo que llevamos años buscando. Thomas... Digo..., lord Thomsing me acaba de telefonear. —Al mencionar a lord Thomsing, mi tía se sonrojó levemente. Estaba segura de que ese hombre le gustaba mucho a mi tía, por lo menos tanto como Jason a mí—. No te pediría nada si tuviésemos tiempo, pero no lo tenemos. Ese objeto lleva muchos siglos desaparecido y, por simple casualidad, hemos sabido dónde va a estar, pero la horquilla de tiempo para hacernos con él es muy breve.

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Mi tía continuó explicándome que debía viajar a otra ciudad, a Carobria, en un país vecino, a la embajada que nuestro país tenía allí y en la que hoy mismo se celebraría un almuerzo con empresarios muy importantes. Uno de ellos llevaría con él una tablilla de arcilla que databa de la época de los sumerios, en la que se suponía que se hallaba tallada la fórmula del metal con el que se construyeron objetos como la espada de Aquiles o algunas partes del Arca de la Alianza. El embajador la guardaría en su caja fuerte hasta que el empresario abandonase el edificio.

El actual propietario había decidido vender la tablilla a Dagon Corp. y, tras el almuerzo, cogería un vuelo a nuestra ciudad, donde se encontraban las oficinas centrales de Dagon. En apenas unas horas, la venta estaría cerrada... Y los Black no podíamos permitir eso.

La tía Paula me contó que quien poseyese la fórmula podría crear armas muy poderosas y terribles. La amenaza que suponía para la humanidad era inadmisible, ya que la persona o empresa que fabricase el metal podría hacer caer gobiernos y acabar con numerosas vidas sólo para lograr sus objetivos y, conociendo las técnicas de Dagon Corp. como las conocíamos, ése sería el mejor postor... Y eso si Irma Dagon no decidía quedarse la fórmula para ella.

Esa mujer no tenía escrúpulos. Ya lo había demostrado en varias ocasiones.

Nada más conocer mi herencia, tuve que robar de su despacho, en la última planta del edificio de Dagon Corp., la llave de diamante. Es la llave que abre la Galería de los Secretos, situada en el taller, el cual se encuentra en el sótano de la Mansión Black y que es también nuestra base de operaciones, el lugar en el que preparamos todas nuestras misiones y donde se guardan los equipos y medios de transporte que utilizamos en ellas. Irma Dagon, de algún modo, se había hecho con la llave de diamante tras la desaparición de mis padres. Cuando digo «de algún modo», quiero decir que la había robado, porque esa llave siempre había estado a buen recaudo en la mansión. Irma Dagon sólo podría haberse hecho con ella de manera... digamos que poco legal —la había robado, casi seguro—. En la Galería de los Secretos se guardan los objetos que los Black hemos sacado de la circulación a lo largo de la historia, se trata de artefactos de gran poder. Artefactos cuyo uso supondría un peligro letal para la humanidad. Si Irma Dagon se había hecho con la llave de diamante, sólo podía significar que estaba interesada en alguno de aquellos objetos, o en todos... Y nadie querría una de aquellas cosas si no fuese para utilizarla, con el riesgo que ello conllevaba.

No, no podíamos permitir que esa venta tuviese lugar.

Debíamos robar la tablilla de arcilla y esconderla en la Galería de los Secretos para que nunca más viese la luz.

—Está bien, tía, parece muy importante, lo haré —contesté decidida. Guardé silencio unos instantes mientras calculaba cuánto tiempo me llevaría ir y volver. Cuando me hice una idea, continué hablando—. Si voy con el avión, apenas tardaremos una hora en llegar. El robo no será fácil, necesito ver los planos de la embajada y conocer las medidas de seguridad, pero calculo que en una hora u hora y media más puedo tener la tablilla en mi poder y después regresar. Otra hora en el avión hasta llegar a casa... Eso me deja tiempo más que de sobra para arreglarme e ir al baile a las seis de la tarde... Más o menos. Lo único que necesitaré es que vayas tú a comprarme el vestido... He visto uno precioso en una tienda del centro. Es morado, largo... Te daré la dirección... ¿Lo comprarás? ¿Por favor?

—¿De verdad lo harás? —Había auténtico dolor en la voz de mi tía—. Pensaba que te negarías... Casi habría preferido que te negases... Amanda, necesitas tiempo para ser una adolescente... Yo... Lo siento mucho, cariño. —Bajó la mirada al suelo—. Y claro que te compraré el vestido. Y unos preciosos zapatos si quieres. Te compraré todo lo que desees.

Le tomé la mano y la obligué a mirarme a los ojos.

—Sabía en lo que me metía, esto es lo que soy tía. No es culpa tuya. Estas cosas pasan. —Me encogí de hombros—. Además, ya ves que, si nos organizamos, puedo llegar al baile, sólo necesito un vestido bonito. Si no te da tiempo a ir a por el que me gusta, no te preocupes, no pasa nada, cogeré alguno de los del taller, son todos negros, pero bueno, los hay preciosos... Es sólo que no quería ir de negro al baile.

En realidad, odiaba la opción de tener que vestirme con alguna de las prendas que había en el taller de la mansión, todas eran negras y yo siempre iba de negro. Estaba deseando probarme aquel vestido morado que había visto en un escaparate, ya estaba bien de tanta ropa negra, pero eso no se lo iba a decir a mi tía. La notaba triste por tener que pedirme que fuese a aquella misión, casi al borde de las lágrimas. La tía Paula no llevaba muy bien que yo hubiese decidido continuar con la herencia de los Black, de hecho, lo odiaba. Odiaba ponerme en peligro, pero había sido mi decisión.

También sabía que, si me pedía que robase aquella tablilla precisamente hoy, es que no quedaba más remedio.

—Está bien, cielo, vístete. —Claudicó mi tía con un suspiro—. Eric tiene que estar a punto de llegar, Benson ha ido a buscarlo. Cuando estés lista, baja al taller. Allí os pondremos al corriente de todo.

Eric, ¡me había olvidado! El pobre estaba deseando pedirle a Esme que le acompañase al baile... Le gusta mucho Esme... Sólo esperaba que no se sintiese muy decepcionado por todo esto de la misión inesperada.

La tía abandonó mi habitación, no sin antes dedicarme una sonrisa que todavía sentí triste.

Tenía total confianza en que todo iría bien y en estar de vuelta antes de que empezase el baile y así se lo haría saber a Eric.

En aquel momento no sabía lo equivocada que estaba.

No tenía ni idea de lo mal que iba a salir todo.