Stories only happen to those who are able to tell them.
Paul Auster
¿Qué significa ser judío colombiano? Empecé a cuestionármelo años después de aquel memorable 30 de octubre de 1989 cuando las Selecciones de fútbol de Israel y Colombia disputaron el último cupo para el Mundial de Fútbol de Italia 90. En la mañana de ese lunes, que no era un día más ni un día cualquiera en la vida de los colombianos, doscientos alumnos del Colegio Colombo Hebreo (CCH) nos congregamos en el salón de actos para apoyar a nuestra selección: al equipo de Pacho Maturana, Valderrama, Rincón, Iguarán, Higuita y todos esos héroes que le devolvieron, por un instante, la alegría a los corazones marchitos y acongojados de los colombianos por la ola de violencia que se vivía en el país. Las directivas del colegio organizaron el espacio con pantalla gigante, sillas Rimax y el mejor sonido para que una gran mayoría de estudiantes judíos colombianos disfrutáramos del encuentro junto con unos cuantos profesores israelíes que también esperaban que su equipo clasificara al Mundial, tras veinte años de no hacerlo, ocho años menos que Colombia, que desde Chile 62 no participaba en el evento más importante del deporte mundial. Esa mañana, Bernardo Vasco, reportero del diario El Tiempo, fue al colegio para vivir y ver de primera mano algo que para alguien ajeno a la comunidad judía de Bogotá es difícil de comprender: que los cientos y cientos de alumnos del CCH le hicieran fuerza a Colombia, en vez de a Israel. El elegido para retratar esa parte de la historia fue mi hermano Leonardo. Con grabadora en mano y libreta de apuntes, Bernardo vivió los sufridos noventa minutos de ese empate sin despegarse un instante de mi hermano. “Leonardo Celnik abrazó a su mejor amigo, Isaac Fishboim, y le gritó con la fuerza de sus pequeños pulmones: ´mira, yo te digo que vamos a ganar porque los israelíes son muy faroleros´”. Vasco retrató en su crónica el ambiente y la algarabía que se vivía en ese salón, atiborrado de estudiantes eufóricos que no dejaban de gritar ¡eee, oeee, oeee, oeee, uggg!; describió con precisión adecuada las conversaciones entre mi hermano —que no se desprendía de un radio en el que seguía los comentarios del partido— y su amigo Isaac; contó que a mi hermano le gustaban el fútbol y Millonarios gracias al tío José, que era delantero y arquero en el equipo infantil del colegio y que se sabía de memoria todos los nombres de los jugadores de la Selección; también describió las recomendaciones que ambos, a sus inocentes ocho años, le hacían a Maturana. Que debía jugar Usurriaga, que menos mal teníamos a Higuita, que Estrada seguramente haría un gol si lo dejaban patear al arco. En la crónica publicada en El Tiempo el martes 31 de octubre con el título “Todos los niños judíos estuvieron con Colombia”, Vasco afirma: “Celnik, al igual que unos doscientos niños y niñas judíos del Colegio Colombo Hebreo sufrieron y padecieron cada jugada del equipo colombiano. Pero, curiosamente, ninguno de ellos estuvo a favor del equipo de Israel, la tierra de sus padres o de sus abuelos”. Esa crónica fue motivo de orgullo de nuestra familia por años. Se la mostrábamos a amigos y familiares y vivíamos felices porque Leo fue el elegido para describir ese momento clave en la historia de nuestro país. Era tan importante esa publicación que durante muchos años permaneció enmarcada en la oficina de mi mamá, donde la exhibía con orgullo ante los cientos y cientos de candidatos a emigrar a Israel que pasaban por su despacho en el piso 15 del edificio Caxdac. Y no faltó el desprevenido al que le costaba entender que un niño judío colombiano apoyara a su país en vez de a Israel.
Una noche de abril de 1994, después de pasar una tarde agradable en la casa de Ronny Finkelstein, y en donde mi amor por el rock y la guitarra aumentaron, noté que mi papá estaba diferente, ausente y preocupado. Para romper el tenso ambiente que se vivía dentro del Renault 6, les conté que David, el papá de Ronny, recordaba la famosa crónica a mi hermano en El Tiempo y que incluso la conservaban en una carpeta con recortes memorables de la comunidad judía. Mi mamá dijo: “qué bonito que la conserven”; mi papá siguió en silencio, concentrado en el camino a casa. Les conté que hablamos del tema de ser judío y apoyar a Colombia, y, a pesar de que a Ronny no le gustaba el fútbol, les emocionaba la historia y que justo Leo, compañero de Cathy, hubiera sido elegido para reflejar una faceta normal y entendible en todo joven judío colombiano. A David y a su esposa Perlita les llamaba la atención el titular porque no tenía nada de raro que unos niños colombianos le hicieran fuerza a su equipo nacional en vez de a Israel, un país con el que había un vínculo ancestral. Mi papá me miró por el retrovisor y sonrió tímidamente. Algo pasaba mientras a mí el tema me seguía dando vueltas.
—Pillo: por ser judíos, ¿lo correcto era hacerle fuerza a Israel en aquel partido de 1989? —pregunté para romper el hielo y su incómodo silencio.
—Sí, papucho, somos judíos, pero somos judíos colombianos —me respondió con tono firme—. Acá nacimos, hacemos nuestras vidas, hemos construido todo lo que tenemos, hemos apropiado parte de la cultura del país a nuestras costumbres, hablamos el idioma y sufrimos o nos alegramos con todo lo que sucede acá. ¿Recuerdas cómo lloramos el día que mataron al político Luis Carlos Galán? ¿Recuerdas el dolor que nos produjo la cantidad de bombas que puso Pablo Escobar en el país? Tú eras muy niño, pero no sabes el dolor que nos produjo la tragedia de Armero. Si no amaramos a este país, nada de eso nos afectaría. No podemos ser indiferentes ante el entorno, el contexto y la realidad que vivimos y solo alegrarnos cuando hay buenas noticias, sobre todo gracias a los deportistas que nos han dado varias alegrías. Y si bien amamos a Israel, y es la tierra prometida de los judíos, somos colombianos y tiene todo el sentido del mundo y no es un pecado o una ofensa si nos alegramos porque nuestro equipo de fútbol juega un Mundial o le gana un partido a Israel. No hay nada de malo en eso. Fíjate que los judíos alemanes pelearon por su país en la Primera Guerra Mundial, se sentían alemanes y judíos. Pero ahora no nos vamos a meter con ese tema. ¿Cómo te fue en casa de Ronny?
Ese día, mi amigo Ronny Finkelstein me había invitado por primera vez a su apartamento. Desde un tiempo atrás quise compartir con él porque sabía que le gustaba el rock y tocaba guitarra. Finalmente, y tras esperar ese momento durante meses, el encuentro se dio gracias a una inocente conversación sobre los Chicago Bulls en casa de Erika Moreno, una amiga de los dos que días atrás nos había invitado a una fiesta. Ese fue el punto de unión que nos llevó a hablar más seguido y a darnos cuenta de que teníamos varias cosas en común como el gusto por U2 y Soda Stereo. Les conté a mis papás que el apartamento de Ronny era grande, elegante, lleno de objetos fascinantes. Les describí el estudio donde vimos un partido de la NBA en un imponente televisor de sesenta pulgadas, el objeto consentido de los Finkelstein, donde disfrutaban de todas sus pasiones como los deportes, las películas y la música. El gran aparato color negro, marca Sony, estaba conectado a varios equipos de audio y video como un Betamax, un VHS y un Laser Disc. En el techo sobresalían unos parlantes que nos hacían sentir en el United Center de Chicago. Le conté a mi papá que David tenía una gran colección de videos musicales en VHS, como una antología de ABBA. A mi papá le encantaba ese grupo sueco; en casa teníamos álbumes en LP y CD, y pensé en él mientras Scottie Pippen y Michael Jordan hacían jugadas de otro planeta para derrotar a los Knicks de Nueva York. Por un instante lo imaginé tarareando “Chiquitita” o “Dancing Queen”, como tantas veces lo vi hacerlo en la casa. Las cosas en nuestro hogar no venían bien. A mi papá se le veía desde días atrás ausente, tenso, preocupado por algo. Para mí, estar un rato lejos de la rutina de la casa me hacía bien. Teníamos angustias económicas que salían a flote en acaloradas discusiones matutinas, y además la salud de mi papá venía en un extraño y franco deterioro por cuenta de una tos incesante que no lo dejaba dormir bien. Más de una vez nos despertó a medianoche ahogado en el baño. Tal vez por eso cuando oigo una tos de esas características siento miedo. Antes de trabajar en un almacén en el centro comercial Unicentro, mi papá tuvo un breve paso por una fábrica de pinturas. Al cabo de un par de semanas de liderar las operaciones de la firma, una tos alérgica lo sacó de combate. Todo indicaba que los químicos con los que se fabricaban las mezclas le generaron una lesión en el pulmón derecho. Por recomendación de su neumólogo renunció y se empleó en una empresa que vendía muebles para el hogar en ese reconocido centro comercial del norte de la capital, uno de los espacios icónicos y ampliamente frecuentados por los capitalinos. Que fuera empleado nos daba cierta seguridad y confianza. Veíamos a los jefes de mi papá como una especie de guardianes de nuestra prosperidad y estabilidad. Desde que mi papá se vio obligado a vender sus almacenes de calzado a finales de 1988, su tránsito por el mercado laboral estuvo ligado a la suerte o la desdicha. Sus primeros empleadores de los que tenemos conciencia eran una especie de héroes en nuestra familia. Gracias a ellos mi padre compró, nuevamente, un carro, dejó de montar en bus, tomó una actitud más ejecutiva, mejoró su clóset, viajó por varias ciudades de Colombia y fue próspero gracias a sus ingresos y logros. Se le veía feliz y muy acoplado al entorno de la fábrica gracias a su carisma y buen sentido del humor. De vendedor, muy rápido pasó a ser gerente de los puntos de venta de una impresionante fábrica de telas que quedaba en la zona industrial, muy cerca de la antigua sede del diario El Espectador. Cómo no querer a aquellos jefes que nos dieron la mano en un momento complicado. Las relaciones con los dueños pasaron del plano laboral al de la amistad al cabo de un par de años. Algunos colegas del trabajo de mi papá venían frecuentemente a nuestra casa. Eran largas y amenas reuniones en las que abundaban la música, la comida, el tabaco y el whisky. Con uno de ellos, con David, echamos nuestros primeros voladores durante un inolvidable diciembre del año noventa. Recuerdo que en el baúl de su Chevrolet Monza gris venían bolsas llenas con volcanes, bengalas, cohetes, marranitos, chispitas, totes y todo tipo de fuegos artificiales que ahora son prohibidos. Con mi hermano, los fines de semana solíamos acompañar a mi papá a la fábrica y podíamos ver la producción de los grandes e inagotables telares que se fundían en una melodía sincronizada para darles vida a metros y metros de tela que luego salían al comercio local. Al mediodía, la visita obligatoria era a los puntos de venta de la fábrica en los tradicionales barrios Venecia, Alquería y Kennedy, en donde abrieron un impresionante local de seis pisos al que bautizaron Exacto y cuyo logo tenía un leve parecido al de un reconocido supermercado local. Recuerdo haber pasado muchas mañanas o tardes de los sábados en las congestionadas aceras de ese popular barrio del suroccidente de la ciudad, calles muy diferentes a las que estábamos acostumbrados, llenas de vida, de gente de todos los estilos y de una variedad de comercio formal e informal. También solíamos comer ensalada de frutas en una confitería que quedaba justo en frente del Exacto, a unas cuadras del Hospital de Kennedy. Aunque nos daba la sensación de que era un barrio inseguro, nunca nos pasó nada malo. Recuerdo que a mis amigos del colegio les daba terror saber que nuestros fines de semana transcurrían allí, lejos de la burbuja del barrio El Chicó o del Centro Comercial Andino; para ellos, Kennedy era parte de otro mundo, de un mundo que la mayoría jamás conocería. En el almacén jugábamos con mi hermano a escondernos en los grandes rollos de frescanta o franela. A veces nos dejaban cortar las telas con unas inmensas tijeras de color anaranjado y nos regalaban retazos para que jugáramos con eso. Nos sentíamos amos y señores de esa tienda, queríamos serlo. Con los dueños de la empresa viajamos al pueblo de Paipa con motivo de una convención. Invitaron a todas las familias de los altos mandos de la compañía con todo pago. Allí nos reconocimos con personas que sabíamos de su existencia pero con las que no teníamos contacto alguno. Nos hospedamos en el Hotel Sochagota, justo en frente del lago, y pasamos tres días inolvidables bajo el intenso frío boyacense y las deliciosas aguas termales del hotel. Lamentablemente, la luna de miel de mi papá con los dueños de la empresa terminó por cuenta de un impasse con el socio minoritario de la compañía, que ni corto ni perezoso decidió ponerle un palo en la rueda delantera cuando se percató de que mi papá se estaba convirtiendo en un empleado indispensable de la compañía y su crecimiento era imparable por cuenta de las ventas. Ante los reiterados altercados, mi papá decidió dar un paso al costado. Sintió que era buen momento para meterse en un negocio del que poco sabía, el de las pinturas, con el desenlace ya mencionado por cuenta de los químicos. Al cabo de unos meses, se enteró por unos conocidos de que los dueños de un reconocido almacén de muebles estaban buscando una persona de confianza. Mi padre pasó las pruebas y le encomendaron la tarea de dirigir la tienda de Unicentro, un espacio amplio, esquinero, en el segundo piso del centro comercial, contiguo a los cines, la ubicación perfecta para vender todo tipo de productos. Pero el cabo de un tiempo, mi papá estaba aburrido, desmotivado y el salario no era el mejor porque dependía de las comisiones por ventas. Le tocaba trabajar de domingo a domingo, con descansos dos lunes cada quince días. Yo intuía que algo no estaba bien porque entre semana, por lo menos dos veces, llegaba más tarde de lo normal. Si eran las 9 p. m. y no sonaba el clásico pito con el que anunciaba su llegada al conjunto residencial, sabía que esa noche sería larga. Recuerdo que discutía todo el tiempo con mi mamá, siempre por dinero o por sus reiteradas llegadas tarde. Un par de días después de haber visitado por primera vez a Ronny en su casa, las discusiones nocturnas regresaron:
—Estas no son horas de llegar, Guillermo —le dijo mi mamá cuando él entró a su habitación y sin darse cuenta se tropezó con unos zapatos.
Sentí la voz de mi papá alicorada porque era más chillona que grave. Alcancé a oír un “shaaa”. Le dijo a mi mamá que hiciera silencio que los niños estaban dormidos. Pero a mi mamá eso no le importó y le recriminó que no habían pagado dos cuotas de la hipoteca del apartamento, que todavía tenían unas cuentas pendientes relacionadas con el Bar Mitzvah de mi hermano y que lo más grave que estaba a punto de suceder era que nos iban a embargar. Desde que le oí decir esa palabra a mi mamá —embargar— el pánico se apoderó de mí. Recordé, hundido en mi almohada y tratando de evitar el ruido de la conversación de mis padres, cuando unos vecinos de apellido Dueñas fueron desalojados de su apartamento por la policía y un intransigente juez por no pagar seis cuotas de la hipoteca. Todavía tengo la imagen del sofá, los colchones, un televisor, unas cajas y unas mesas apiladas en el hall de los apartamentos y a doña Marina suplicarle al juez, triste y desdichada, por un poco de misericordia. Así que todo eso que pasaba en la casa me generaba un pánico que hasta hoy en día me persigue y me atormenta. Mi mamá siempre ha usado uno o dos decibeles más de lo normal para comunicar las buenas y las malas noticias. Aunque ese día ellos creían que Leo y yo dormíamos plácidamente, oí toda la discusión porque me costó dormirme. Antes de acostarme, recuerdo que estuve parado junto a la ventana de la sala aguardando la llegada de mi papá. Pensaba lo peor, que algo le había pasado, que se había estrellado embriagado o que había sido víctima de un atraco pues solía cargar grandes sumas de dinero que al otro día debía llevar a la empresa. Mi mamá me calmaba con una mentira piadosa: “Su papá me llamó hace un rato, que está con los jefes en la taberna Bávara de Unicentro; váyase a dormir”. Palabras mágicas para irme al cuatro. Pero esa semana era la segunda vez que mi papá tenía una “reunión” con sus jefes fuera del horario normal. Por eso, aquella tarde que estuve por primera vez en casa de Ronny, me sirvió de antídoto para alejar las angustias de mi casa, aunque no por mucho tiempo. Mientras esperaba impaciente en la cama a que mi papá llegara, recordé con una precisión sorprendente las vivencias en casa de mi amigo. Hablamos de música, le conté que me gustaban Genesis, Queen, Pink Floyd, Erasure, Led Zeppelin, Black Sabbath, Charly García y Van Halen, y que estaba en clases de guitarra. Le conté que además tenía un gran afiche, justamente de Van Halen, en mi habitación, que todos los días me recordaba que debía seguir sus pasos. Porque en aquellos días todos queríamos ser como nuestros ídolos de la música y Van Halen fue parte importante de mi adolescencia. Luego reviví la imagen de mi amigo con su guitarra acústica interpretando el inicio de la canción “Ain’t Talkin’ ‘Bout Love”. Hizo la escala, en el primer traste de la guitarra, a una velocidad más lenta de lo normal para que yo pudiera entender el asunto. Le dije que me encantaba esa canción y que la quería aprender. En el cuarto de Ronny había objetos sorprendentes para un adolescente. A un costado tenía tres guitarras: una Fender blanca, una acústica tradicional color madera y una Ovation electroacústica como la que usaba Jimmy Page. Las tres reposaban sobre trípodes de color negro y a un costado estaba el amplificador Marshall que solo lo había visto en videos de conciertos o en fotos. La pared, que servía de fondo para las guitarras, era de color madera y estaba adornada con dos posters de gran tamaño de los guitarristas Richie Sambora de Bon Jovi y Richie Kotzen de Poison. Era la habitación de un prospecto de estrella del rock y con guardadas diferencias, nuestras habitaciones tenían mucho en común. Ronny tenía un minicomponente Sony con bandeja para tres compact disc que sonaba demasiado bien y hacía vibrar los vidrios de las ventanas cuando subía el volumen a más de la mitad de lo normal. Estaba conectado a un mezclador profesional y a un ecualizador con lo que obtenía ganancia en el sonido. Los parlantes reposaban en una repisa en la parte superior de su camarote y tenía una buena colección de compact disc, apilados a un costado del equipo. Recuerdo que le gustaban Maná, Ekhymosis, Poison, Bon Jovi, The Beatles, Damn Yankees, Warrant, Cinderella, Extreme, Mr. Big, The Doors, U2 y Def Leppard. Como si todo lo anterior no fuera suficiente, antes de seguir con el partido de los Bulls me mostró cómo sonaba “De música ligera” de Soda Stereo. Analicé los movimientos de su mano, tratando de entender lo que hacía. Hizo un Si menor, Sol mayor, Re mayor y La mayor con cierta rapidez en el cambio de acordes. Me dijo que no era una canción tan complicada y que con algo de disciplina se lograba sacar. Ese día, recibí información valiosa, escuché música que no conocía y disfruté del mejor sonido posible para apreciar una buena colección de discos. Tratando de conciliar el sueño, entendí por qué anhelaba ser amigo de Ronny; teníamos muchos temas en común y mucho que aprender el uno del otro. Le conté que tenía una guitarra Teisco japonesa, maderada, clásica, pero sin amplificador, y que a mi profesor no le gustaba el rock, que odiaba a Jimmy Page de Led Zeppelin, que era fanático de Chicago y que estaba tratando de enseñarme con un método que me costaba más de la cuenta. Ronny me dijo que tenía que tocar lo que me apasionara, no lo que me impusiera el profesor. Sus palabras me quedaron sonando. Recordé que sacó la partitura de “De música ligera” y me dijo que la estudiara porque lo próximo que haríamos era tocarla juntos. Ese gesto me cambió la vida en ese instante. Mientras recordaba lo que había pasado días atrás en casa de Ronny, olvidé las angustias de la casa y los problemas de salud de mi papá. A la semana siguiente volví a casa de Ronny después del colegio para practicar la canción de Soda Stereo y aguardaría a que mis papás me buscaran en la noche. La alegría de una tarde llena de música y mucha práctica de guitarra se vio opacada con una frase a la que le teníamos pavor:
—Su papá se quedó sin trabajo, lo acaban de echar —me dijo mi mamá sin darme tiempo de acomodarme en el asiento trasero del Renault, sin anestesia y sin preámbulos.
Silencio.
Leo se puso llorar y preguntaba con voz nerviosa “cómo así, cómo así”. Yo no quería entender lo que estaba pasando, prefería la negación aunque pronto hice los cálculos de esa noticia: adiós clases de guitarra, adiós amplificador. Pregunté qué había pasado; pero evadieron la conversación. Mi papá estaba ofuscado y manejaba sin tacto, brusco y poniéndonos en peligro. En la 116 abajo de la 15 casi nos choca un bus. Mi mamá iba agarrada de la manija superior tratando de mantener la calma. Discutieron airadamente por el impacto de esa noticia en las finanzas de la casa. Mi papá decía todo el tiempo que había sido una injusticia y que hablaría con el rabino Alfredo a ver si podía solucionar el tema con un intermediario. Pero la discusión se tornó imposible y en el semáforo de la 116 con 19 mi papá se bajó del carro, dejándonos tirados. Mi mamá lloraba descontrolada y como pudo tomó el volante para seguir el camino a casa. Esa noche mi papá no durmió en el apartamento. Las clases de guitarra con Orlando se cancelaron y atrás quedaron los anhelos de equilibrar mi amistad con Ronny a partir de juguetes similares como el amplificador y el equipo de sonido. Ni hablar de pedir un computador. Tocaba conformarse con el viejo Commodore 64 que a ratos funcionaba, a ratos no, y que llegó a nuestra casa cortesía de un primo hermano de mi papá que decidió heredárnoslo. No nos contaron mucho acerca del despido, pero con el paso de los años me enteré de que una empleada del almacén quería el puesto de mi padre y modificó unos valores de una factura para que se viera un error en el cálculo de una venta. Los dueños del almacén culparon a mi padre por el error y lo despidieron. Fe una situación delicada porque estábamos cerca de celebrar el Bar Mitzvah de mi hermano y mis papás tenían una cantidad de cuentas por pagar: las invitaciones, los kipot, los recordatorios, el fotógrafo y el videógrafo, el catering, el alquiler del salón en la sinagoga de la calle 94, las bombas, las velas, el whisky para el brindis, el vestido de mi hermano, los arreglos para el centro de las mesas, entre otros. Ahora que veo esto en perspectiva, mis padres fueron unos berracos para lograr sacar adelante la anhelada ceremonia de mi hermano como ellos lo esperaban y como mi hermano lo soñaba. ¿Qué hubiese pasado si hacían una celebración más discreta? Así como lo hacen algunos judíos israelíes que van al Muro de los Lamentos y llevan a cabo la ceremonia con un rabino de oficio al que le pagan lo que pueden —que no suele ser una cifra menor— y luego se organiza un almuerzo o comida en un buen restaurante de Jerusalén, limitando al máximo los gastos de una celebración que le da la bienvenida al barón judío como parte activa del judaísmo. ¡Ni pensarlo! Mi mamá, bajo ningún aspecto, se iba a permitir darle a mi hermano algo inferior a lo que yo viví. Sano principio de igualdad. Pediría prestado, se endeudaría hasta más no poder, como lo hizo, con tal de darles lo mismo a sus hijos. Si conmigo hicieron una ceremonia con todas las de la ley, con mi hermano sucedería lo mismo. Mi papá duró un par de meses en la casa y solucionó su tema laboral de la manera más práctica posible. Gracias a un conocido compró una pequeña empresa para fabricar cinturones de cuero, siguiéndole los pasos a mi bisabuelo que también trabajó con curtiembres. La microempresa funcionaba como satélite de un empresario con amplia trayectoria en el sector y estaba ubicada en el barrio Verbenal, en la calle 163, unas cuadras abajo de la 7ª. Era una zona complicada pero mi padre se las arreglaba para transitar sin riesgo por un barrio reconocido por sus altos índices de criminalidad. Fuimos un par de veces y debo reconocer que el entorno me daba algo de pánico. Sin embargo, por dentro la empresa era linda, muy ordenaba y daba una sensación de seguridad y tranquilidad. Al fondo de ese primer piso de una casa de familia estaban las cortadoras de tiras, dos troqueladoras, una punzadora, una máquina de coser y otra para repujado. En la entrada estaba el escritorio de mi papá, lleno de papeles y remisiones, y justo en frente, el de una asistente que le ayudaba con todos los temas administrativos, contables y de despachos, que se hacían en el Renault 6 de mi papá. Como estuvo metido en el mundo del calzado, manejaba a la perfección el cuero. El dueño de la empresa le dio una rápida capacitación y pronto puso en marcha Cinturones Sir William. Debía cumplir con una cuota diaria de cien productos para hombre, que le entregaba al dueño, antes de las seis de la tarde, en unas bodegas de la zona industrial. La entrega garantizaba ingresos, así que el trabajo era exigente y riguroso. La marea alta en la casa bajó habiéndose realizado el Bar Mitzvah de mi hermano y mi padre ocupado, dedicado a Sir William. El dinero que recogió Leonardo por su celebración terminó en manos de mi madre para cubrir préstamos. La gimnasia financiera en su máxima expresión. Un hueco para tapar otro hueco.
Con las aguas mansas en casa, mi amistad con Ronny se fortaleció. Todos los sábados nos juntábamos en su apartamento para tocar guitarra. A medida que la química musical se afianzó, se nos ocurrió formar un grupo con otros dos amigos del colegio: Moisés y Ariel, teclista y baterista respectivamente. Moisés era hijo de una de las mejores amigas de mi mamá y teníamos una amistad de vieja data. La música nos puso en el mismo camino en la casa de Ronny, con el firme propósito de hacer algo serio y coherente con nuestra pasión. Era pianista virtuoso, docto, muy técnico, estudioso, pero no tenía rock en su alma. Le gustaban Richard Clayderman, Paula Abdul y MC Hammer. En cambio, el baterista era un tipo noble, apasionado por los Rolling Stones y Led Zeppelin, y eso se notaba en su forma de tocar la batería. Yo esperaba con anhelo los sábados para los ensayos. Con paciencia y dedicación habíamos logrado que “De música ligera”, “With or Without You”, “Persiana americana”, “Twist and Shout” y “Hard Day’s Night” sonaran bien. Nos habían invitado a tocar en la semana cultural del colegio y nos estábamos tomando ese reto muy en serio. Pero teníamos un problema: ninguno de los cuatro cantaba bien. Ronny como vocalista era un extraordinario guitarrista; Moisés también lo intentó, pero hasta los pájaros protestaron por sus gallos. Yo bajo ningún aspecto iba a tomar el micrófono; siempre he sabido en qué lugar están mis alcances y cuáles son mis debilidades. Así que por descarte, nuestro baterista hizo las veces de Phil Collins. En casa, aunque la situación no era la mejor, por lo menos la parte económica les había dado un respiro a mis padres y ya no discutían tanto. Habíamos logrado una especie de normalidad anhelada, de equilibrio necesario para que las relaciones intrafamiliares fluyeran de la mejor manera.
Nos presentamos un martes a las 2 p. m. en el patio central del colegio bajo el nombre de Prófugos. Ronny se puso un abrigo de Mink de su mamá; Moisés, unos lentes al mejor estilo de Elton John; Ariel encontró una peluca canosa de su abuela, que le dio además un aire jocoso de juez británico; yo usé unos jeans y una camisa negra de Black Sabbath para hacer una declaración pública respecto de mis intereses musicales. Sonamos bien, por momentos tímidos y sin fuerza, pero con la pasión necesaria para que nuestros amigos del colegio nos recordaran y nos aplaudieran estruendosamente. Fue el debut y despedida de Prófugos. Una serie de hechos inesperados alteraron el curso de la banda y de la amistad entre sus miembros. Así como David Crosby le hizo la vida imposible a Neil Young, mis amigos empezaron a pelear por el control creativo del grupo. Moisés quería que tocáramos baladas de ABBA y yo quería un sonido más heavy para el grupo, cercano a Deep Purple o Led Zeppelin y más lejos de Cerati y compañía. Creo que fuimos la banda con menor duración de la historia de las agrupaciones escolares. Atrás quedaron los ensayos en casa de Ronny y los besos inocentes con su hermana. El final del grupo coincidió con las vacaciones de mitad de año, el final del año escolar. Fueron unas vacaciones llenas de sorpresas y altibajos porque coincidieron con el Mundial de Fútbol de Estados Unidos 94. En casa estábamos emocionados de poder vivir y ver juntos, nuevamente y como lo hicimos en 1990, partidos de la Selección Colombia, que además nos había dado una inmensa alegría en septiembre del año anterior tras derrotar a Argentina 5 a 0 en Buenos Aires, en un partido épico. Ese juego le permitió al equipo dirigido por Maturana clasificar de manera directa a la Copa del Mundo dando cátedra del mejor fútbol visto, en años, por todo un país y sin depender de otros resultados. Además, relegó al equipo de Batistuta, Ruggeri, Balbo y Simeone a jugar el repechaje contra Australia. A mi papá le gustaba el fútbol, era hincha de Santa Fe y le emocionaba el plan de ver partidos. Recuerdo que era tal el gusto que había en nuestra casa por el fútbol que lloramos y sufrimos como argentinos el día que perdieron la final contra los alemanes en el Mundial de Italia. Nos dolió que los italianos silbaran el himno argentino y nos emocionamos cuando Maradona, ante las cámaras de todo el mundo, les dijo a los sesenta mil espectadores del Olímpico de Roma: “hijos de puta, hijos de puta”. ¿Cómo olvidar eso? Cómo no sentir un poco de alivio cuando Diego, casi telepáticamente, entendió lo que millones de argentinos esperaban que él hiciera para exigir respeto por su himno, por su nación. ¡Qué ejemplo! Mi papá era su propio jefe y manejaba su tiempo. Los viernes llegaba antes de la 7 p. m. para que celebráramos el Shabat como lo hacíamos en años anteriores en los que Leo y yo íbamos a la sinagoga de la 79 a rezar y regresábamos a casa para cenar con nuestros padres. El ritual del viernes en la noche es un símbolo poderoso de la unión familiar, más allá de ir o no a la sinagoga. Así que era lindo ver las velas encendidas desde antes de las 6 de la tarde y la mesa ordenada, elegante, bien puesta, con el pan trenza cubierto por un manto blanco en señal de respeto, y el vino tinto, marca Manischewitz, servido en una gran copa de plata, todo listo para servir en un momento necesario de unión familiar. Los orígenes del Shabat están descritos en un pasaje del Antiguo Testamento, en Éxodo 20:9-11: “Seis días trabajarás y harás toda tu labor; mas el séptimo día es día de pausa consagrado al Señor, tu D-os; no harás en él labor alguna… Por tanto bendijo el Señor el día del sábado y lo santificó”. Ninguno de los Diez Mandamientos se ha vivido de manera más devota por los judíos como el del Shabat, al que se ha llegado a personificar como una “novia radiante, hermosa, un símbolo poético de gracias y pureza, objeto de amor y de afecto”. También se le ha llegado a considerar reina (Shabat Hamalcá) por ser un símbolo de belleza, majestuosidad, respeto y solemnidad. Experimentado bajo la rigurosidad de las leyes judías, desde el exterior el Shabat parece un momento restrictivo en la vida de quien lo practica por la cantidad de actividades que no se “pueden” hacer, desde andar en carro hasta cocinar o prender aparatos eléctricos, es decir todo lo que significa crear energía o darle vida desde la energía. Pero en realidad, es un día de purificación y liberación de las preocupaciones diarias. En nuestra casa cumplíamos con una de las tantas partes de este precepto y lo vivíamos al máximo cuando nos sentábamos en la mesa los cuatro y compartíamos una exquisita cena. Mi mamá perfeccionó sus habilidades en la cocina y cada viernes nos sorprendía con platillos exquisitos que iban desde diversas variedades de pollo al horno hasta estofados, pasta, pescado y todo tipo de acompañamientos, además de suculentos postres, hechos a imagen y semejanza de las recetas askenazíes que heredó de mi abuela Sulama. A medida que las angustias económicas disminuyeron, los ánimos fueron más benévolos para propiciar encuentros familiares, más allá de las profundas grietas del pasado que evitaran un flujo normal de las relaciones. Colombia debutó un sábado contra Rumania y perdió de manera humillante 3 a 1. Al Mundial llegamos como favoritos. Cuarenta millones de colombianos desbordaban optimismo y felicidad, que se fueron por la borda en noventa minutos. En la inocente alma de un niño como mi hermano, esto fue una tragedia. Lloró desconsolado, tratando de entender por qué nos había ido tan mal. Mi papá quiso darle una mirada racional al hecho pero no fue suficiente. Creo haber sentido la misma desazón y el mismo desaliento que mi hermano. Se nos ocurrió que un buen plan sería ir a comer helados. Pero un fuerte ataque de tos dejó a mi padre fuera de combate. Recuerdo que entró al baño y expectoró durante varios minutos. Mi madre se asustó y subió corriendo a ver qué pasaba. “¿Sangre, sangre?”, preguntaba mi mamá con insistencia. ¡Vámonos al médico ya!, le dijo con tono insistente. Nosotros desde la burbuja del estudio y mientras nos entreteníamos con Punch-Out!! en el Nintendo, no entendíamos muy bien la gravedad del asunto o de lo que se venía. Decidí ir a ver qué pasaba. Mi papá estaba sentado al borde de la cama, fatigado, sin aire, abrazado a mi mamá. Ella le decía que ya había pasado, que todo estaba bien. “Jacobito, un vaso de agua para su papá”, gritó mi mamá sin darse cuenta de que estaba parado en la entrada de la habitación. Bajé como un rayo, lo serví, y subiendo las escaleras me tropecé de los nervios y parte del agua se regó en el tapete. Mi madre insistía, rápido, rápido Jacobito, por favor. Llegué como pude, a los trancazos. Me quedé inmóvil ante la fragilidad de mi papá. Era extraño verlo así de mal.
Aunque la tos era parte de su vida desde los días en los que vivió en Ibagué con mis abuelos, esta vez había cruzado una línea que lo ponía en otros límites. Él se recostó y pidió que cerráramos la cortina y que apagáramos la luz. Salimos del cuarto con mi mamá y le pregunté qué pasaba. Me dijo que mi papá tenía una alergia desde pequeño y que seguramente se agitó por la emoción del partido de fútbol. Esa noche mi padre no volvió a salir de su cuarto. Se puso su pijama azul celeste de complemento superior a botones y leyó un libro de tapa azul que decía Método Silva. Desde que perdió su trabajo en el almacén de muebles, mi padre había optado por una extraña cercanía con la espiritualidad comercial de la Era Azul, una librería esotérica en el centro comercial Hacienda Santa Bárbara que frecuentábamos, por lo general, los fines de semana. Allí había conocido el poder curativo de los cuarzos entre otras piedras. Había establecido una fructífera amistad con la dueña del lugar y empezó a comprar todo tipo de libros de autoayuda: Usted puede sanar su vida, Muchas vidas muchos sabios, El poder curativo de las manos, Meditar para adquirir la paz, La sanación de la mente, entre otros. Con los libros llegaron algunos discos de George Winston, Enya y Yanni. Noté que empezó a oír otro tipo de música, muy diferente a la que nos tenía acostumbrados como el rock de los años sesenta hasta todos los grandes de la música clásica y que eran parte de su extensa colección de discos en vinilo. Inmersos en la magia de los videojuegos del anhelado Nintendo, que había llegado a nuestro hogar con un par de años de retraso respecto de nuestros amigos del colegio, la noche se hizo más llevadera, a pesar de uno que otro embate de la tos incontrolable por momentos que aquejaba a mi padre. A la mañana siguiente la casa estuvo muy activa desde temprano. Despertarse, hacer café y leer El Tiempo era el ritual sagrado de mis padres. Era día de elecciones y eso se vivía como un gran acontecimiento. Mi padre nos despertó pasadas las 7 de la mañana para que lo acompañáramos a hacer el desayuno. Como todos los domingos, el menú era huevos revueltos con cebolla y tomate al que él denominaba “huevos pericos”, con tostadas y café con leche o Milo. Se le veía bien, animado y mejor de la tos, aunque cada tanto emitía un sonido que nos dejaba paralizados del susto. Sin embargo, no hubo complicaciones ni carreras al baño para expectorar. Nos pidió que nos arregláramos para salir a cumplir con el sagrado derecho al voto. Crecí con la idea de que en mi casa siempre fueron adeptos al liberalismo, así que todo lo que estaba relacionado con el Partido Conservador se veía mal. Los puestos de votación se instalaban justo en frente de la entrada del conjunto residencial. Así que solo había que cruzar la carrera 57 y dirigirse a unos listados ubicados al lado de la entrada de la lavandería en los que se indicaba el número de mesa. El ambiente era como el de una gran fiesta: carros con afiches que marcaban una tendencia, pitos, harina, mucho proselitismo político ante la mirada atenta de un grupo de policías que cuidaban el entorno de los comicios. Grupos de personas se paraban en la esquina de la transversal 50A con 127 a lanzar vivas por los candidatos Ernesto Samper y Andrés Pastrana. Mis padres votaron y como parte del deber ciudadano debían introducir su dedo índice en un tarro con tinta roja con lo que se sabía que habían cumplido con su deber ciudadano. Los jurados solían dejar que los niños siguiéramos el ejemplo de los padres y todos regresamos a casa con un dedo marcado de rojo, rojo liberal. Camino a casa nos encontramos con los González, vecinos de toda la vida y nuestros primeros amigos en el barrio. Édgar y Susana hablaron atentos con mis padres sobre los comicios. Había coincidencias y discrepancias, y eso los llevó a comentar durante un rato el asunto de las elecciones y a asegurar, categóricamente, que Samper sería el próximo presidente del país. Nos despedimos de los González para seguir con la rutina del domingo mundialista. Leo quería jugar fútbol en el parque, así que fuimos en busca de nuestro balón Mikasa para practicar unos tiros a un arco demarcado con sacos. El que hacía gol se ganaba el derecho de tapar y defender el gol a muerte. Leo había elegido ser Maradona y Falcioni, que se enfrentarían a Rubén Cousillas y al “Pájaro” Juárez, mis elegidos. Creo que estuvimos jugando una hora, solo los dos, hasta que otros amigos del barrio se sumaron a la improvisada cancha, para jugar un partido de banquitas con una pelota número 5 de un vecino, no tan dura como las típicas del fútbol de salón. Eran juegos muy entretenidos hasta que el balón terminaba dentro de una de las casas contiguas al prado. Sin querer, mi hermano, tras intentar rechazar un tiro, mandó la pelota a un antejardín cercado por una reja. Timbramos para pedirles a los dueños de la casa que nos regresaran el balón. Sin embargo, el propietario, energúmeno y enceguecido, nos gritó que la pelota quedaba decomisada. Quedamos de una pieza. El dueño del balón se le acercó a mi hermano y le dijo: “Mire a ver judío si me recupera el balón o me lo paga, mientras tanto me quedo con el de ustedes”. Le dije al atrevido vecino que respetara, que íbamos a recuperar su balón y que nos regresara el nuestro. Otro de los vecinos, Javier, intercedió a nuestro favor y con balón en mano nos fuimos al apartamento y le contamos a mi papá lo que había sucedido. Él bajó furioso y nos acompañó a la casa del intolerante vecino, que pretendía quedarse con el balón de unos niños que disfrutaban de un inocente juego de fútbol. Tras una serie de argumentos acalorados, mi padre recuperó la número 5 y fuimos a entregársela al dueño, no sin antes recordarle que nuestros nombres eran Jacobo y Leonardo y que evitara decirnos judíos, como lo había hecho unos minutos atrás, porque nosotros no nos referíamos a ellos como Andrés el católico. Fue la última vez que mi padre nos defendió y la primera vez que nuestra condición de judíos se hizo visible con argumentos ofensivos. A partir de ese día quedaríamos por nuestra cuenta ante situaciones incómodas. Noté que mi papá se agitó y le costó trabajo subir las escaleras. Una vez en el apartamento, nos dijo que nos prohibía volver a jugar fútbol con los vecinos de la otra unidad. Aceptamos. Subimos al estudio a jugar un partido de fútbol en Goal, uno de los primeros videojuegos realistas asociados al deporte de nuestros afectos, mientras aguardábamos el inicio de Camerún contra Suecia. Los duelos virtuales con Leo eran a muerte. Nos tomábamos muy en serio el honor y la garra de no perder los partidos. Y esa mañana, mientras luchábamos codo a codo un intenso Brasil contra Argentina, Leo defendiendo los colores albicelestes, cometí el error de cantarle el gol. Los ánimos estaban calientes y Leo se enfureció. Su reacción me dejó perplejo: se levantó del sofá, fue hacia la biblioteca y tumbó al suelo los quince compact disc de mi colección que estaban sobre el televisor, en una especie de entrepaño. Salió del cuarto ofuscando en medio de los gritos de mi madre. Recuerdo que me puse furioso y lo empujé contra el clóset. Leo reaccionó y casi nos vamos a los golpes si no es por mi papá que con un feroz grito nos apartó. Tenía rabia, ira, dolor. Pero todo eso sería un cuento de niños frente a lo que estaba a punto de suceder en la casa. Recogí los discos, los puse en las cajas averiadas y los ubiqué en los entrepaños. El CD de los grandes éxitos de Queen fue el que más sufrió por la caída. No solo se había roto por completo la caja, el disco se había rayado. En la noche nos enteramos por la noticias que Ernesto Samper, el candidato del Partido Liberal, ganó las elecciones por un amplio margen. Esa noche me fui a dormir molesto por todo lo que había sucedido durante el día que estuvo lleno de emociones y desencuentros. Me costó conciliar el sueño y sintonicé los 1490 AM, emisora Punto 5 de Jorge Barón, que solía programar música para planchar y clásicos del pop. Mientras me deleitaba con estas inolvidables líneas que decían: “Ella temblaba en mis manos, era su primera vez, ella se llamaba Martha y desde ese día se hizo mi mujer”, y poco a poco el sueño se iba apoderando de mí, el potente ruido de los motores de un avión me dejó sentado en la cama. “Era un 727”, pensé con seguridad. Los aviones dejaron de ser indiferentes en mi vida desde que nos mudamos al apartamento en Niza. Todos los días veo pasar aviones, una y otra vez sin cesar, sin tregua. Unas semanas atrás, mi padre me había comprado unas revistas de aviación y tenía claras las diferencias entre un 707, un 727 y un 747. La que más me gustaba y más leí era una que traía en la portada un avión MD-11 de la antigua Swissair, que luego sería conocida como Swiss. La cola del avión era roja y tenía pintada una cruz blanca en el centro del timón y el fuselaje era blanco, con una tenue línea negra, con el logo de la aerolínea en rojo. Imponente y hermoso. Así que me conocía de principio a fin la historia de esa emblemática compañía aérea suiza y tenía claro qué líneas aéreas extranjeras volaban en Colombia. No había visto pasar aviones de Swissair por los cielos bogotanos, pero tenía claro que Alitalia, Lufthansa, British Airways, Iberia, Air France, Eastern, Viasa, Avensa, AeroPerú, KLM, entre otras, sí volaban en nuestro país, Me costó trabajo volver a recuperar el mood de dormir, mientras recordaba que mi primer viaje en avión fue en un Jumbo 747 a Cartagena, en 1987. Mi mamá siempre dice que el de regreso fue tenebroso por cuenta de una feroz turbulencia entrando a Bogotá. Ese viaje fue hermoso; primeras vacaciones en familia y por fin conocer la playa y el mar. A la mañana siguiente me despertó el ruido de los tacones de mi mamá que se preparaba para salir a trabajar a la Agencia Judía, donde llevaba once años a cargo del departamento de emigración a Israel. Me sorprendió que mi papá no nos despertara, como era habitual en las vacaciones. Detestaba vernos dormir plácidamente. Leo seguía dormido y le toqué la cabeza, aunque no dio señales de quererse levantar. De repente mi mamá entró al cuarto:
—Su papá no se siente bien —dijo en tono alarmado—, dice que le duele el pecho y le cuesta respirar. Pasó mala noche.
—¿No va a ir a la fábrica? —pregunté.
—No. Me pidió el favor que fuera esta tarde a la empresa a recoger el despacho del día para llevárselo a Salomón. Les aviso para que me acompañen. Sola no voy hasta el Verbenal.
Asentí con cara lúgubre. Lo que serían unas vacaciones tranquilas, con la emoción del Mundial de Fútbol, terminó siendo un vendaval de situaciones inesperadas en la casa. Mi padre pasó varios días muy decaído sin poder ir a la empresa y peleando con Conchita, nuestra nana de toda la vida, por la carne, el pollo, el arroz, la sopa, el jugo, la lavadora, la secadora. Nosotros no fuimos ajenos a sus embates de histeria Celnik y recibimos una que otra dosis de mal humor. Él estaba absolutamente irritable y Conchita era la vía ideal de fuga de sus emociones contenidas. A cada tanto se le escuchaba decir “todos los Celnik son iguales de neuróticos”. A esas alturas de mi vida solo tenía claro el mal temperamento de mi tío abuelo Eliécer Celnik, el último de los cuatro Celnik patriarcas en mantenerse con vida hasta entrado en sus setenta y pico de años y reconocido por su volatilidad, especialmente cuando se hablaba de política israelí. El otro indicador estaba en los decibeles de la voz de mi padre y una que otra leyenda familiar que daba cuenta del fuerte carácter de mi bisabuelo Josef. El caso es que lo que sería maravilloso para nosotros, tener a mi papá en la casa, tal vez para ver un partido de fútbol o salir a comer un helado al centro comercial Bulevar Niza, se convirtió en una situación, por momentos, incómoda y desesperante por cuenta de su temperamento y sus achaques de salud. Me daba la sensación de que la vida se le estaba yendo y él no se daba cuenta o no era consciente de eso. Para mí era claro que algo más grave estaba sucediendo, que algo más profundo y complicado estaba en proceso de ebullición en su cuerpo. Lo intuía porque su rostro se veía decaído, pálido y la fuerza de su mirada apagada. Del hombre bullicioso de buen humor, con apuntes mordaces y muy inteligentes, solo quedaban unos rasgos opacos de alguien que lleva una intensa lucha en su cuerpo por mantenerse a flote, sano y salvo. Dos días atrás vibrábamos con un partido; un día atrás salimos a elegir a un nuevo presidente para el país; hace 24 horas teníamos planes de salir y disfrutar en familia. Hoy todo hace parte de un sueño porque la vida en un abrir y cerrar de ojos cambió, para siempre. Ese día que se quedó en casa almorzamos arroz con pollo. Fue un almuerzo relativamente tranquilo en el que mi mente estaba en otra parte, buscando un consuelo que no llegaría o un indicio que me permitiera saber que todo estaría bien. Sentí pavor y pánico de solo pensar que él podría morir pronto y que nos dejaría solos, a los tres, en este mundo leonino, agresivo y por momentos rudo, por lo menos desde lo económico y lo emocional. No había pensado en la muerte hasta ese día, en lo que eso podría significar para el núcleo familiar, para mí y para mi noble esencia. Pero ahí me vi enfrentado a mis propios miedos, a la idea innegociable del final de un ciclo de vida. Pero mi padre era joven, tenía toda una vida por delante y no era una opción que nos abandonara. No, eso no nos podía suceder, no a nosotros. Eso, la muerte prematura, les pasa a otras personas, pero a nosotros no, no nos puede pasar. Y en ese momento comencé un sistemático proceso de negación frente a su salud y a situaciones complicadas que se vivían en la casa. Acá no pasa nada, todo está bien, me decía una y otra vez. Donde hubo vida y luz, que se mantenga esa chispa que lo hacía vibrar diferente ante quienes lo querían y lo amaban. Así que en las noches empecé a hablar con D-os y le pedía por la salud de mi papá. Sabía que él me escuchaba y que pronto se recuperaría. Al tercer día de no sentirse bien fueron al neumólogo con mi mamá. Le hicieron unas pruebas y la pleura estaba inflamada. El doctor Baltaxe aseguró que se trataba de un tema relacionado con los productos químicos que se usan para unir ambos lados de los cinturones, un pegante industrial que, inhalado en grandes cantidades, produce lesiones en los pulmones. Le recomendó reposo y estar alejado de la empresa durante unos días. Parece que mi padre no usaba tapaboca a la hora de hacer el pegado y eso pudo influir.
Las vacaciones volaron y terminaron el día que Brasil se proclamó campeón del Mundial de Fútbol, tras una emocionante tanda de penaltis que tuvo todos los ingredientes para un novelón deportivo de marca mayor. Ese día Roberto Baggio, el número 10 de Italia y una de las estrellas luminosas de ese gran equipo, desperdició un tiro penal que a la postre le permitió a Brasil salir campeón del mundo. La debacle de un ídolo en tiempo real, ante millones de espectadores en todo el mundo que vieron cómo una estrella se desmoronaba ante la lotería de los penales. La pintura de Baggio, cabizbajo, caminando hacia la mitad del campo, tratando de entender lo que acaba de suceder, se convirtió en la imagen de una marca de whiskys que acertadamente proclama “keep walking”. De eso se trata la vida, de la misma manera que mi padre logró sortear sus embates de salud y mantenerse a flote, “caminando”, a medida que el tratamiento del doctor Baltaxe tuvo efectos positivos en su salud y pudo retornar a su trabajo, con los cuidados necesarios. Así que al otro día de la final del Mundial regresamos al colegio para el primer día de clases de noveno grado, en mi caso, y de séptimo para Leo. Antes de iniciar la jornada escolar debíamos atender media hora larga de rezo matutino en la pequeña sinagoga del colegio, ubicada en la parte posterior del coliseo, con las sillas y el armario (Arón Ha-Kódesh) de la Torá en dirección hacia el oriente, como indican las leyes judías. Cada varón judío, una vez lleva a cabo su Bar Mitzvah, tiene el deber de ser parte activa de la religión participando en los rezos de la mañana y la noche; eso le permite además cumplir con el uso de los símbolos de la observancia del judaísmo. En el caso de los rezos matutinos solo los hombres debemos usar en nuestra cabeza y en nuestro brazo izquierdo (para los diestros) los tefilín (conocidos erróneamente como filacterias), que consisten en dos cajitas que contienen en su interior rollos de pergamino con pasajes del Éxodo y Deuteronomio. Cada cajita negra viene provista con unas correas de cuero, sustraído de animales kósher, que se enrollan en el brazo y la cabeza como testimonio de fe ante la presencia de D-os en nuestras vidas. También sirven como recordatorio para que cada tanto hagamos examen de consciencia de nuestro deber como judíos. Sin embargo, pocos estaban pendientes del rabino Alfredo, y un intenso cotilleo impedía seguir el hilo de las oraciones de la mañana. A pesar de lo aburrido que resultaba a veces el rezo, a mí me resultaba fascinante escuchar al rabino y el poder inmaculado de su voz. Me gustaba la melodía de algunos pasajes religiosos como el Modé ani —Modé aní lefaneja mélej jai vekayam shehejezarta bi nishmatí bejemlá, rabá emunateja— (Te agradezco, oh Rey viviente y eterno, por haberme devuelto dentro de mí, a mi alma, con Tu misericordia; grande es Tu confianza) o la del Shemá Israel —Shemá Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad— (Escucha Israel, Adonaí es nuestro Señor, Adonaí es Uno), esta última, a mi modo de ver, una de las declaraciones de fe más profundas, solemnes y poderosas que tiene el judaísmo, y que refleja la obligación que tenemos como judíos de recitar este pasaje bíblico en pleno acto de conciencia de diálogo con D-os. Es tan poderosa su convocatoria en un rezo que suprime todo intento de habladuría o distracción de los feligreses, razón por la que además nos cubrimos los ojos en señal de respeto y de afirmación de nuestra fe judía, unidad con D-os y nuestras obligaciones con Él. Como me gusta la música, a veces era inevitable que me perdiera de conversaciones trascendentales simplemente por el placer de oír al rabino hilar con inolvidables melodías cada una de las palabras en hebreo que construían estas oraciones o estos pasajes bíblicos. Pero aquel día era imposible no estar atento a los comentarios doctos de mis amigos. Los temas de conversación eran la final del Mundial y algunas anécdotas de las vacaciones. Los primeros días de clase generaban en nosotros cierta ansiedad y felicidad ante un nuevo año escolar. Un paso más hacia la consagración o la liberación, porque para más de uno el colegio era sinónimo de yugo, opresión, cárcel, coerción, entre otros aspectos que solo una mente inmadura observa o percibe de esa manera. A mí el colegio no me generaba malos sentimientos, agradecía poder estar allí y recibir la educación que muchos en Colombia no pueden recibir, incluso tenía muy buenas relaciones con mis compañeros; académicamente me iba bien, así que tampoco tenía motivos de fondo para evadir mis responsabilidades u odiar la institución. La primera clase de ese día fue de Geografía con la profesora Luz Stella. Entró al salón como un vendaval y con un grito estremecedor cortó la bulla que invadía cada rincón del aula.
—Buenos días… Buenos días —dijo casi a los gritos—. Me hacen el favor y se sientan. Todos nos movimos con cierta rapidez hacia nuestros pupitres, incómodos, muy incómodos, de metal pintado de rojo con mesa de soporte en madera. Luz Stella llevaba puesto un pantalón negro ajustado que dejaba ver ciertos atributos que no fueron ajenos para mis amigos y para mí desde ese día. Le cubría desde sus hombros hasta la cintura una bata blanca. Llevaba el pelo recogido y usaba bastante maquillaje que resaltaba la belleza de sus ojos. Sacó una tiza del bolsillo de la bata y escribió su nombre en el tablero. El borrador se cayó y generó un estruendo que nos distrajo. Alguien al fondo gritó algo y todos nos reímos. Luz Stella se volteó y le recriminó a Furman que no era momento para chistes. Se presentó con un tono marcial que infundía respeto y mucha autoridad; nos recordó las reglas básicas de convivencia, señaló en qué casos podríamos estar sujetos a sanciones disciplinarias, recalcó la importancia de usar los lunes, martes, miércoles y jueves el uniforme de diario formal —pantalón azul, camisa polo blanca, saco gris, zapatos y medias oscuros—, y los viernes sudadera azul, pantaloneta y tenis blancos para atender la clase de educación física con el temido profesor Jairo Rosas. Nos entregó el horario de clases y nos recordó que a diferencia de los cursos anteriores, 9º es el paso anterior al final de un ciclo y como tal no sería fácil, especialmente Matemáticas. Un intenso calor recorrió mi cuerpo cuando escuché esa frase final. Desde primero de bachillerato venía en franco y progresivo sufrimiento con los números y parecía que 9º no sería la excepción. Luz Stella pasó puesto por puesto y nos entregó una hoja cuadriculada con los cinco días de la semana que incluía las asignaturas y los profesores, además de una agenda azul con el logo del colegio para tomar notas y en la que venían detalladas las fiestas judías a lo largo del año, es decir, los días que no tendríamos clase. Hice un barrido rápido de nombres que eran leyenda en la institución y noté que aparecieron dos: Fanny Sernik y Jorge Tulio Llamas. El resto eran manejables, eso creíamos. Yo estaba sentado al lado del gran ventanal de ese frío salón, adornado en la parte posterior por unos lockers grises en donde podíamos guardar nuestros cuadernos, libros y maletas. Los más rápidos se apoderaban de las gavetas superiores; a otros nos tocaba conformarnos con agacharnos cada tanto para sacar nuestros materiales escolares. Yo estaba detrás de Michael Blumenthal y al lado de Aarón Cohen, y cada tanto mi mirada se perdía en la cancha de fútbol contigua a unos edificios en construcción. Cada cinco o diez minutos el ruido ensordecedor de un avión que no sobrepasaba los 11 mil pies de altura dificultaba la transmisión del mensaje de la profesora. Para mí era un momento sublime porque seguía el trayecto del avión hasta que se perdía de mi vista. Ese día pasó un jumbo de Alitalia que hizo temblar los ventanales del salón. Mientras observaba su lento intento por ganar altitud y cómo su silueta se fundía con algunas nubes, decidí que estudiaría aviación. Me veía en uno de esos aviones, al mando, viajando por todo el mundo. Todos tomábamos atenta nota de las indicaciones de la profesora sobre la asignatura. Había desplegado desde la parte superior del tablero un mapamundi que todavía mostraba a la Unión Soviética, a pesar de que tres años atrás había dejado de existir con otros países de la Cortina de Hierro como Checoslovaquia. Luz Stella tenía algo diferente a los profesores que nos habían dictado clases en años anteriores: era elegante, pausada y enfática por cuenta de su melodiosa voz. Sin duda infundía mucho respeto. En un momento mi mirada se desvió hacia el interior del salón y noté que Vanessa tenía algo diferente; se veía radiante, el bronceado de las vacaciones le cayó bien. Me quedé viéndola un rato hasta que ella se dio cuenta de mi mirada. Me hizo un gesto con sus imponentes ojos negros luminosos, como el que quiere saber qué sucede. Me sonrojé y seguí atento a la clase. Ella estaba sentada junto a Stephie, Evelyn y Erika. Cada tanto se oía de ellas un susurro o una carcajada. Era inevitable no hacer algunas asociaciones alucinantes cada vez que se reían. “Algo están diciendo de mí”, pensaba. En un par de años, tres de esas cuatro amigas entrañables estarán casadas, con hijos; vivirán fuera de Colombia y estarán alejadas de sus profesiones por cuenta del oficio de ser mamá. De una de ellas me enamoré en silencio y acepté con gallardía la derrota, el no que uno jamás espera recibir de una mujer que le gusta. Otros de los que están en el salón dejarán el país y se radicarán en Israel, Inglaterra, Uruguay y Estados Unidos. Unos pocos la lucharán en esta “tierra de nadie, pero es mía”, como dice Charly García. Procrearán y armarán grandes familias y emporios económicos. Le darán al mundo arquitectos, ingenieros, médicos, veterinarios y administradores. También uno que otro vivirá de la renta o de viajar por el mundo cosechando sueños. Con otra de mis compañeras de salón, la que tenía los ojos azules más lindos del curso, y aunque no seremos cercanos en el bachillerato, la vida nos conectará con una linda amistad soportada por el gusto por la música. Otra de las presentes en esa clase de Geografía me enseñará qué es el amor, qué es eso que llaman “mariposas en el estómago”. Varios de los que estamos sentados allí aprendiendo las capitales de Europa, anhelando el futuro, soñando en grande, viviremos situaciones que pondrán a prueba de qué estamos hechos. Seres entrañables dejarán de estar en nuestras vidas y lloraremos su partida tratando de entender por qué a nosotros. Y ahí, en la inocencia de una clase de Geografía, sin saber qué nos deparará el futuro, la única preocupación urgente del momento será aprovechar el descanso para jugar un partido de fútbol y compartir las vivencias de las vacaciones. Hoy somos una ilusión de aquellos que dejaron una huella por una vida que ha avanzado de forma inclemente y vertiginosa. Hoy veo que éramos otros, no somos lo mismo, inevitablemente. Vínculos entrañables se romperán por el paso del tiempo. Somos como una especie de fantasmas que intentan mantener la esencia de algo que fue y no será. El tiempo es una ilusión. La letra de una canción de Japan llega a mi mente mientras el mundo se detiene por cuenta de una pandemia:
Just when I think I’m winning
When I’ve broken every door
The ghosts of my life blow wilder than before
Just when I thought I could not be stopped
When my chance came to be king
The ghosts of my life blew wilder than the wind
“Los fantasmas de mi vida soplan más fuerte que el viento”. ¿Cuáles son esos fantasmas? ¿Serán todos los que me acompañan en la clase de Geografía? ¿Serán mis antepasados o los que se fueron antes de tiempo que me quieren señalar algo? Los recuerdos caen en cascada e intento ordenar los pensamientos para darles una forma lógica. ¿Tiene sentido mirar atrás para entender este momento? Se han cerrado algunas puertas; una de ellas contiene unas cajas que apilan momentos, felices y no tan alegres. Decidí guardar todas esas vivencias en esas cajas y dejarlas quietas por un tiempo. Pero ahora que he abierto esa puerta y el espacio que contenía las cajas, es inevitable que caigan encima de mí. Tengo dos opciones: salir corriendo y cerrar la puerta, o dejarla abierta y que todo salga como debe salir. Las palabras lo dirán…
Ese primer día de regreso al colegio se pasó relativamente rápido y a las 3:30 p. m. estábamos montados en los buses de regreso a casa. El trayecto era largo y por momentos tedioso por el inclemente sol de la media tarde. Sin embargo, yo me las arreglaba para estar concentrado en los clásicos del rock de Javeriana Estéreo, mi fiel compañero en esa larga hora de viaje por los recovecos de los barrios Spring, Colina, Prado, Sotileza y Calatrava, antes de llegar a Niza. Ese día en el colegio sucedieron varias cosas interesantes e inquietantes durante la última hora de clase en Historia Hebrea: Fanny, la profesora más temida del colegio por su volátil temperamento y por el nivel de exigencia de su materia, nos dijo que además de estudiar la historia del pueblo judío, con la intensidad que nuestro legado lo merece, íbamos a investigar, a lo largo del año, la historia de nuestra familia para un gran trabajo final que se presentaría en el último bimestre del año escolar ante el rector, padres de familia y profesores. Nos recalcó que de todas las materias que cursábamos, Historia Hebrea era de suma importancia, tanto como lo eran Matemáticas o Español y Literatura. Para esa investigación, nos recordó que no solamente armaríamos nuestro árbol genealógico y la biografía de las figuras más sobresalientes de la familia, también contaríamos algunos aspectos de sus países de origen y por qué emigraron a Colombia. Es decir, vincularíamos los dos lados de la historia, la que va con hache mayúscula y corresponde a la de un país y los sucesos que han determinado su pasado, su presente, su futuro y su existencia, y la de nuestro entorno como relato histórico. Nos dijo, en torno muy enfático, que la primera tarea era empezar a armar la genealogía familiar y la presentaríamos ante el salón en la siguiente clase. Ese día entendí por qué Fanny era una profesora que infundía temor: tenía una mirada punzante y furiosa, que denotaba algo de amargura y tristeza; su piel era blanca, tan blanca que hacía sobresalir sus ojos claros. Tenía los labios delgados, resecos y el pelo largo, negro y frondoso. A diferencia de otras profesoras, su aspecto, por momentos, se notaba descuidado para una mujer que no pasaba de los cuarenta años, que tenía rasgos delicados y finos, a veces opacados por su temperamento. Era intolerante ante el ruido y si alguien la interrumpía nos dejaba de una pieza por cuenta de un manotazo seco al escritorio. Nos habían dicho que una buena estrategia en su clase era ser invisible para evitar señalamientos innecesarios por cuenta de su buena memoria. Pero en mi caso era imposible porque Fanny era prima de mi papá y sabía perfectamente quién era yo. Fanny era hija de la tía Margarita y el tío Gedale, hermano del tío Guteg, esposo de mi tía Lucía, hermana de mi abuela Bertha. Aunque no había una relación estrecha y directa, el vínculo inevitable estaba ahí. Así que para mí y ante mis amigos, el reto era mantener esa historia en un bajo perfil. Pero esa idea se vino al suelo ese primer día de clases.
—Yo acá no tengo preferencias por nadie —dijo Fanny en tono muy serio cuando se presentó—, ni por Jacobo Celnik, hijo de mi primo Guillermo, ni por Daniel Danon, primo segundo por el lado de mi mamá.
Un murmullo acompañó su sentencia. “Jaco, le figuró estudiar”, me dijo Samuel Grossman en tono sarcástico. Sonaron unas risas tímidas que fueron masacradas por un rotundo “se callan ya, por favor”. Pensé que no era necesario hacer esa aclaración, pero Fanny sentía la necesidad de dejar todas las piezas claras para evitar suspicacias futuras. Danon me miró con ojos cómplices, como diciendo, eso es lo que hay. En un momento dado, alguien hizo otro comentario que sacó de casillas a la profesora. Su reacción fue la carta de presentación a lo que sería el inolvidable 9º.
—Saquen una hoja. Vamos a hacer quiz. Enumeren las doce Tribus de Israel y señalen a cuál pertenece su familia. Tienen tres minutos para responder. Será la primera nota del 30 %. O saben o no saben. Acá no hay que pensar nada. Esto no es Física Cuántica —dijo.
Me di cuenta de que Aarón, Joseph y Michael estaban concentrados en sus hojas y en menos de un minuto lo entregaron. Sacarían un diez, pensé. Yo sabía seis o siete, pero no recordaba algunas de las Tribus de Israel. Me tomé un poco más de dos minutos y entregué la hoja con tres respuestas sin resolver. Fanny me miró con cara de pocos amigos cuando se dio cuenta de que la hoja solo iba numerada del uno al nueve. Nos recalcó la importancia de tener claros los orígenes de nuestra familia pues el vínculo con cada país sería determinante para la exposición y el trabajo final. Salvo contados casos, uno o dos si mi memoria no falla, de los que conformábamos 9º B y C, la mayoría teníamos raíces polacas, alemanas, húngaras, rumanas, checas, rusas, austriacas, francesas, ucranianas y lituanas. Hasta ese primer día de clases, mi necesidad de saber sobre mi familia se limitaba a entender que veníamos de Polonia y que mis abuelos Celnik habían llegado con mi bisabuelo muy jóvenes a Colombia. Recuerdo que desde chicos, nos causaba algo de gracia el acento de mi abuela Bertha, y mis padres siempre nos recordaban que era porque venía de Varsovia y por eso se le acentuaba la erre, con una ge intermedia, en ciertas palabras como rabino, o Raquel, que sonaban a grabino y graquel. Desconocía gran parte de la historia de mi familia, pero ese trabajo me llevó a explorar más sobre un pasado del que poco o nada se hablaba en la casa. Esa tarde, mientras le hacíamos un recuento de aconteceres a mi padre, que se había quedado en casa atendiendo las indicaciones de su neumólogo, le conté del trabajo de Historia Hebrea. Me narró que su padre, el abuelo Jacobo, había llegado de Varsovia a Colombia en los años treinta huyendo de la barbarie y el antisemitismo polacos. Me recalcó que contaron con suerte porque mi bisabuelo José había dado un paso adelantado; de lo contrario hubiese sido uno más de los seis millones de judíos que murieron durante la Segunda Guerra Mundial. No profundizó mucho ese día, pero en nuestro lenguaje las palabras Holocausto, Alemania nazi, nacionalsocialismo, Gestapo, SS, hornos crematorios, Shoá, Auschwitz, Birkenau, Treblinka, trenes de la muerte, Gueto de Varsovia, Eichmann, Mengele, estaban presentes desde que tenemos uso de conciencia, pues en el colegio, desde muy chicos, nos inculcaron la importancia de recordar a los caídos durante el Holocausto para jamás olvidar, para no repetir la historia. Después de tomar unas merecidas onces, que por lo general eran Milo con galletas, mi padre sacó una hoja amarilla de un bloc donde llevaba unas notas y empezó a dibujar el árbol genealógico familiar. Recuerdo que en el centro decía José y Raquel, y desde ellos salían ramas con otros nombres. A medida que lo iba dibujando me explicaba quién era cada una de las personas que mencionaba y se detenía en algunas explicaciones cuando no reconocíamos a alguna de ellas. El árbol se detuvo con mi nombre y el de mi hermano. No era una genealogía familiar, pero sí lo suficientemente completa como para lo que debía presentar en la siguiente clase de Historia Hebrea, tal como lo había pedido la profesora Fanny. Recuerdo que la primera vez que supe de ella fue un par de años antes de encontrarnos como docente y alumno, en casa de la tía Margarita y el tío Gedale, sus padres. Nos gustaba ir al apartamento de la tía Margarita porque nos daban todo tipo de dulces exóticos, desconocidos para nosotros, como los M&M, Smarties, chocolatinas Milky Way, Snickers, Toblerone y todo tipo de golosinas que traían de Estados Unidos. Era un apartamento esquinero, de luz tenue, en el tercer piso de un edificio de ladrillo en la carrera 11 con calle 97, en frente de una Pizza Hut que además colindaba con el consultorio de quien fue mi pediatra hasta los diez años. Recuerdo que una o dos veces al mes íbamos a la casa de la tía Margarita a tomar onces. Y allí estaba Fanny, a quien cariñosamente le decían “la Chiqui” para diferenciarla de su prima hermana Fanny, hija del tío Guteg, hermano de su padre, y de la tía Lucía, hermana de mi abuela Bertha, como ya lo he señalado. El humo de las decenas de cigarrillos Marlboro y Belmont que se fumaban entre todos le daba a la atmósfera de ese apartamento un toque especial que ha quedado en mi memoria para siempre a través de la fuerza del olfato. Veo una hilera de ceniceros de cristal, con colillas apiladas que dan una forma sin sentido y que sirven para recordarles a los presentes cuántos cigarrillos llevan. Debo reconocer que ese olor a tabaco nunca me molestó; por el contrario, me gustaba y seguramente incidió para que años más tarde empezara a fumar los mismos cigarrillos que se fumaban en la casa de la tía Margarita, acompañados con un buen café, como debe ser. Incluso recuerdo sostener en mis manos, en varias oportunidades, los cigarrillos que fumaba mi papá e imitaba el placer que les daba aspirar el humo del denso tabaco, no sin antes recibir un regaño o una advertencia. La tía Margarita tenía un magnetismo único y especial; fue el reflejo de que ser tío es un atributo y una cualidad que van más allá de los lazos de sangre, y que se sustenta en una premisa: dar amor incondicional sin esperar nada a cambio. La tía Margarita nos enseñó que ser tío también es un don que en mi familia ha brillado, en algunos casos, por su ausencia y por un notable desinterés y desapego. La tía Margarita era delgada, esbelta, elegante, de voz ronca y grave como buena fumadora, de pelo corto canoso y facciones muy delicadas. Siempre sonreía, siempre nos hacía sentir bien. Su marido, el tío Gedale, era otro personaje, un tipo con chispas simpáticas por momentos, muy serio y cascarrabias en su aspecto y temperamento, pero noble como un roble en su interior. Recuerdo que era impaciente y a ratos introvertido. Solía hacer sonidos increíbles con su boca, especialmente silbidos que nunca antes habíamos escuchado. Dicen sus allegados que fue una habilidad que perfeccionó desde muy chico gracias a los musicales que solía ver con sus hermanos en los cines de Varsovia. De su boca escuché por primera vez una melodía que jamás olvidaré y que todavía me pone la piel de gallina cuando la oigo, me refiero a la de “Kalinka”. Siempre que la oigo recuerdo al tío Gedale. Cuando él imitaba la melodía de esa canción tradicional rusa entraba en estado de trance, cerraba los ojos e iba construyendo cada sílaba con el cuidado perfecto de la melodía, que a su vez iba ganando en velocidad. La silbaba una y otra vez y hasta nos sorprendía con la letra. Nos decía que hiciéramos silencio, se ponía de pie y cantaba: Kalinka, kalinka, kalinka maya, f sadu yagoda malinka, malinka maya. La repetía tres veces y volvía en sí. Era un momento inolvidable de las onces en su casa. Con mi hermano nos llamaba la atención que su acento era parecido al de mi abuela Bertha, tenía problemas para pronunciar la erre. Guteg y Gedale Sernik fueron el ejemplo vivo que los milagros durante la Segunda Guerra Mundial existieron y que la voluntad de vivir, en muchos casos, superó la barbarie. Originarios de Varsovia —como mis abuelos Jacobo, Azriel y Bertha—, ambos hermanos desde muy jóvenes trabajaron con su padre y su hermano Abraham en el negocio de las curtiembres. Un día nos contó que viajaban a las zonas fronterizas con Polonia, a ciudades que hoy pertenecen a Ucrania y Lituania pero que en ese momento eran parte de la Unión Soviética, y allí seleccionaban los mejores cueros para venderlos en Polonia, especialmente en Cracovia y Varsovia. Mi papá solía decir que el tío Gedale tenía ojo clínico para seleccionar pieles crudas del más alto nivel. Guteg (Gustavo) y Gedale cayeron presos a manos de los soviéticos a finales de 1939. Con tan solo 18 y 19 años, el Gobierno polaco los había enviado a la frontera oriental para sumarse al ejército polaco que se estaba rearmando para contener la invasión nazi. Pero antes de que Gedale y Guteg aprendieran a disparar una carabina, cayeron presos y fueron enviados a Siberia, a un campo de trabajo forzoso en donde lo único que había era nieve, agua, bosque y cielo. Comían una vez al día una sopa de pescado seco, por momentos intomable y trabajaban talando árboles con hachas, bajo temperaturas que llegaban a menos 45 grados centígrados. Para Gedale, algo que le dio fortaleza y a la postre lo salvó fue estar todo el tiempo con su hermano, no se separaban un instante. Dormían en la misma barraca, en el mismo catre, rodeados de otros 151 judíos polacos, prisioneros de ese campo. Pasaron hambre, frío, se recuperaron de fiebres severas y malaria, y fueron sometidos a todo tipo de maltrato por el hecho de ser judíos y polacos. A veces les recompensaban el trabajo con unos cuantos rublos, vodka, vino, pan y quinina. Por eso varios de los prisioneros se salvaron de morir por la malaria, entre ellos Guteg. Gracias a un tratado que hizo el Gobierno polaco en el exilio con los soviéticos, el campo fue desmantelado y los prisioneros liberados casi un año después de su detención. Gedale y Guteg viajaron en un tren de carga hacia el sur de Siberia y se establecieron en la pequeña ciudad de Chayan, cerca de Kazán, donde encontraron en donde dormir, comer y trabajar con curtiembres en unas granjas conocidas como koljós. Allí se resguardaron durante casi dos años y aprendieron a hablar perfectamente ruso. Tras seis años en Rusia, los hermanos regresaron a la Polonia destruida por la guerra a buscar a su familia y a sus amigos. Solo encontraron destrucción y muerte. No les quedó otra opción que emigrar con un pasaporte griego falso con el que se abrieron camino por diversos países de Europa hasta llegar a Italia. Los cueros, el negocio que le aprendieron a su padre no solo los salvaron sino que los trajeron a Colombia donde se establecieron y construyeron sus familias. Para que mi hermano y yo no nos aburriéramos en reuniones de grandes donde la tía Margarita, nos dejaban jugar con Simon, un famoso juego en forma de disco que estaba dividido en cuatro partes con colores azul, rojo, amarillo y verde, y cuyo propósito era desafiar la memoria de los jugadores a través de sonidos que se debían replicar en la misma secuencia. Podíamos pasar horas pegados a Simon mientras los adultos discutían en la sala sobre política, deportes, viajes, compras, el Holocausto, entre otros temas. Una conversación recurrente de esos días en la casa de la tía Margarita era la pertinencia de viajar a los Estados Unidos por la aerolínea Eastern Airlines, a pesar de que a la tía Margarita le habían perdido una maleta llena de regalos y dulces. Y ahí, atentos, Leo y yo escuchábamos historias de un Miami que veíamos lejano e imposible. Cada tanto salía un comentario que mencionaba a la Collins Avenue, o los Bal Harbour Shops o Aventura Mall, donde la tía Lucía llevaba de compras a su sobrina Fanny y a mi abuela Bertha. Todas esas conversaciones, cuando intentábamos retomarlas en nuestra casa, se cerraban con un “no se puede en este momento, ya llegara el día de viajar a Miami, tranquilos”. Miami era un tema recurrente en diversos espacios sociales: sinagoga, club, colegio y la casa de mis tíos. Algo debía tener de especial Miami para que todos mis amigos viajaran cada tanto allí o para que una de mis tías abuelas estuviera viviendo en esa ciudad. Pero nos tocaba conformarnos con las historias y con los detalles para sentir una parte de la lejana Miami que también habíamos visto en películas como Locademia de policía 5. Años más tarde Miami sería un tema recurrente en nuestras vidas, era cuestión de paciencia. Todo llega. Recuerdo que Fanny, la profesora, en su casa mostraba una faceta muy diferente a la del colegio, así que me costaba trabajo aceptar que la persona que había visto relajada, de buen humor, agradable, sensible y cariñosa en el ambiente familiar, en el colegio se transformaba en un ser temible. Mis padres decían que parte de su fuerte temperamento radicaba en su soltería y en una anécdota con un amor que no salió bien. El caso es que esas contradicciones se volvieron más frecuentes a medida que compartíamos más con la tía Margarita y el tío Gedale, y me costaba trabajo entender cómo Fanny no ponía en práctica una pizca de la dulzura y nobleza de su madre, o de la amabilidad con la que nos recibía en su casa. Con el tiempo entendería todo. Con el tiempo aprendería que no se puede juzgar a nadie y que los recuerdos de una edad inmadura no puede moldear del todo la esencia de una persona, Sin embargo, sin saberlo, la profesora Fanny Sernik me entregó la llave para abrir una puerta hacia la historia de familia. Una puerta que duró casi veinte años entreabierta, invitándome a entrar, a seguir a fondo lo que había iniciado en esos años de colegio. Finalmente todo se conecta y todos nos conectamos. Finalmente la puerta se abrió del todo.
Una tarde, apurado para llegar a la última hora de clase del día, me tropecé en el corredor de los salones con Shelly, una de mis compañeras de salón. Iba acelerada por un fuerte dolor abdominal. Decidí faltar a los primeros minutos de clase de Biología y acompañarla a la enfermería. Me agarró de gancho y nos fuimos lo más rápido posible hacia la enfermería, que quedaba muy cerca de la entrada del colegio. Shelly había entrado a nuestro curso en 7º y pronto se ganó el cariño de todos. Era guapa, la más hermosa del salón, por lo menos para mí. Era de contextura delgada, ojos cafés brillantes, llamativos, pelo castaño claro, caderas prominentes y buen porte. Creo que lo más atractivo que tenía eran sus labios, sacados de Hollywood. Si en nuestro salón éramos doce hombres, diez le pidieron “cuadre”, como se decía en aquellos días. A mí me parecía linda, muy madura con relación a las otras mujeres del curso. Shelly era hija de un reconocido abogado de la comunidad y tenía cuatro hermanos mayores. Hasta ese momento me parecía que disfrutaba de una extraña tendencia a la hipocondría y solía exagerar un poco la nota de sus historias, hablaba de más y hablaba de todos. ¿Pero quién no lo hizo en la adolescencia? Ese día, en la enfermería del colegio, nació una entrañable amistad. El teléfono, el bendito teléfono fijo de rueda, color amarillo, fue el medio por el que nos contamos todo lo que debíamos narrar de nuestras vidas. Nos encantaba recapitular los sucesos del día en el colegio. Si hubiésemos montado un periódico estudiantil hoy seríamos millonarios. El nivel de información que manejábamos era de no creer. Shelly y sus informantes sabían de la vida de gente de cursos superiores e inferiores; de profesores, de padres y exalumnos. Compartimos trabajos escolares y empecé a frecuentar su casa una vez por semana en las tardes, sobre todo cuando mi papá iba a la fábrica y le quedaba de camino a casa recogerme en donde Shelly. Tania, la mamá de Shelly, era adorada, delicada, pausada, siempre atenta a recibirnos con una sonrisa y unas suculentas onces que por lo general eran roscones de arequipe de la panadería La Gioconda. Por aquellos días, Shelly acababa de terminar una relación conflictiva con uno de nuestros compañeros de clases. Yo sabía varios pormenores de su relación que a más de uno lo haría sonrojar. Le prometí que guardaría silencio y cumplí mi pacto. Por estar pegado a Shelly dejé de jugar fútbol con mis amigos de clases. La verdad es que me sentía cómodo con ella, a pesar de que en ese momento no había nada más que una linda amistad. Ella era la única de mis amigos cercanos que sabía la realidad en mi casa. No había un solo día que no me preguntara por mi papá, que venía en franca mejoría, a pesar de unos achaques normales, gracias a que se mantuvo alejado de Sir William durante un tiempo. Shelly se convirtió en el diario, en esas páginas de contención que debí escribir en ese momento, pero los hombres no lo hacemos por un estúpido prejuicio de algo que suele estar asociado a las mujeres en la adolescencia. ¡Error! Pero si entendiéramos desde muy jóvenes que escribir lo que nos pasa es sanador, lo haríamos con frecuencia; además, allanamos terreno para nuestras memorias y les evitaríamos gastos innecesarios a nuestros padres con cuanto psiquiatra les recomienden para entender por qué un adolescente se comporta de una u otra manera. Con Shelly desarrollamos tales niveles de confianza que me contó historias de su vida que por lo general solo se hablan entre mujeres. Le gustaba la música, pero no teníamos gustos similares. Ella tenía una extraña tendencia al crossover, podía pasar de Maná o Juan Luis Guerra a Tracy Chapman y New Kids on The Block con cierta facilidad que a mí me costaba asimilar. Así que con ella perfeccioné una habilidad que practicaba en el bus del colegio como DJ ad honorem: el arte de hacer mixes en casetes. Apelé a las colecciones de amigos cercanos para no quedarme corto de material. El primer casete que le armé se llamaba Power Ballads e incluía canciones como “Love Song” de Tesla, “Crazy” de Aerosmith, “Two Steps Behind” y “Miss You in a Heartbeat” de Def Leppard, “Bed of Roses” de Bon Jovi, “More Than Words” de Extreme, “To Be with You” de Mr. Big y “With or without You” de U2. Años más tarde entendería que parecía una declaración oculta de amor, pero les aseguro que eran canciones que me parecía que ella debía conocer. Las coincidencias en la temática de las canciones son pura casualidad y si lograban otro efecto hay que agradecerle a la magia. Se preguntarán por qué tengo tan claro qué canciones le grabé en ese mix. Lo sé porque en un cuaderno Jean Book, que todavía conservo, llevaba la lista de casetes que le armaba para no repetir canciones en otros variados. Me tomaba en serio mi labor evangelizadora con la música y parte del secreto estaba en la diversidad de la música y no repetir. Ese cuaderno es un reporte de recuerdos de otra vida que incluye desde resultados memorables de partidos de fútbol jugados por Millonarios en la Copa Libertadores, monas repetidas de álbumes de los Mundiales, pegatinas del álbum de Chocolatina Jet, fotos de músicos que admiraba hasta recortes de prensa con noticias curiosas.
Se acercaban las fiestas judías más importantes como Rosh Hashaná, Año Nuevo, y Iom Kipur, Día del Perdón y habíamos perdido varias horas de clase de Historia Hebrea. Nos habían dicho que Fanny estaba buscando cómo recuperar el tiempo perdido de clase pues debía darnos un par de lecciones magistrales sobre los judíos de Europa oriental. Algunos de mis compañeros ya habían presentado su árbol genealógico, pero varios nos quedamos en lista de espera por cuenta de las constantes cancelaciones de las clases, algo habitual en el CCH. Una semana antes de salir al receso del Año Nuevo judío, la directora de grupo nos informó que las horas de Biología de esa semana se las cedería a Historia Hebrea. Nos preparamos emocionalmente para más de seis horas de clase magistral sobre los judíos de Europa oriental. En verdad debo reconocer que no me molestaba el asunto porque era una asignatura que disfrutaba más allá de los achaques temperamentales de la profesora. Siempre me gustó la Historia mucho más que estudiar la célula o el aparato digestivo del ser humano. No puedo hablar por el resto de mis amigos, especialmente por Furman y Demner, que sufrieron las consecuencias de sus chistes en clase. El lunes de aquella última semana del mes de agosto nos dieron la primera lección magistral de Historia Hebrea. Me senté al lado de Shelly para no perder la costumbre de estar cerca de ella. Notamos que Fanny estaba demorada, así que aprovechamos para conversar un rato.
—¿Qué planes tienen para Año Nuevo?, —pregunté para romper el hielo.
—Mi papá se va al apartamento en Cartagena porque ha estado un poco ahogado, la altura de Bogotá le afecta mucho —me dijo Shelly con un tono preocupado—. Creo que mi hermano mayor viajará con mi papá y Paul y yo nos quedaremos con mi mamá y celebraremos los tres. ¿Cómo sigue Guillermo?
—Ha tenido días buenos y otros no tanto. Últimamente tose mucho en las noches y eso que no ha ido a la fábrica de cinturones.
—¿Y qué dicen los médicos?
—Que es normal, que es parte del proceso de recuperación y que no debemos preocuparnos por ahora, salvo que la tos se intensifique.
—¿Tú estás bien?
—Sí, lo veo estable aunque por momentos siento miedo que algo le pueda pasar.
—Uyyy sí, pienso lo mismo. Yo me moriría si le pasa algo a mi papá. No lo soportaría. Supiste qué…
Fanny cortó la conversación y el buen chisme con un portazo y una sentencia: “no quiero oír una mosca a partir de este momento. El que haga el menor ruido se sale y se va sancionado un día y tiene cero en el examen que haré mañana sobre lo que estudiaremos hoy. Así que espero que se comporten con la seriedad del caso porque la mayoría de los que están acá descienden de judíos polacos y hoy les voy a contar su historia”. En su mano izquierda traía una grabadora negra cuadrada con casetera en el centro y dos parlantes redondos a cada lado. En su mano derecha traía un maletín negro del que sacó un libro de gran formato color negro que en la portada tenía una Menorah, el famoso candelabro de siete brazos que se ve en muchos hogares judíos. Al lado del libro puso un cuaderno argollado de buen tamaño, sacó un juego de tizas, el borrador, sus lentes, y puso el mapa de Europa a un costado del tablero. Antes de iniciar la clase nos pidió que escucháramos una melodía. Sonaron las notas de un clarinete, lentas, hilándose con calma y abriéndose camino entre el sonido bajo de unos chelos y un harpa. Al cabo de veintitrés segundos las notas de un violín, que no emitían música sino lamentos, nos dejó de una pieza. Reconocí inmediatamente esos sonidos y se me encharcaron los ojos. Traté de disimularlo para evitar comentarios fuera de tono de mis compañeros. Noté que Shelly también tenía los ojos aguados y con disimulo vi que otros más sufrieron el mismo shock emocional. Es la melodía que suena en la escena final de la Lista de Schindler cuando Itzhak Stern (Ben Kingsley), el contador de Oskar Schindler (Liam Neeson), le entrega a su jefe, ante la mirada atenta de un centenar de judíos, un anillo de oro con un grabado. Con un silencio doloroso de antesala y la música de fondo, el contador le comenta a Schindler, mirándolo firmemente a los ojos: “Es hebreo, del Talmud, y dice que el que salva una vida salva a toda la humanidad”. Recordé la escena mientras el sonido del violín de Itzhak Perlman me removía todas las fibras de mi corazón. Al cabo de un minuto Fanny detiene la cinta y nos mira con algo de compasión ante el silencio sepulcral que ha logrado. Si su intención era dejarnos callados y sin ganas de hablar, le había salido bien. “Ahora sí podemos empezar la clase”. Fanny tomó un largo suspiro que me dio tiempo para abrir mi cuaderno rayado de cinco materias para escribir toda la información que nos iba a dar a continuación.
—¿Fue realmente Polonia la tierra de leche, miel, abundancia y felicidad para los judíos que, en gran cantidad, la habitaron desde el siglo XIII, huyendo de las persecuciones en Alemania, hasta las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial? —nos pregunta Fanny, dándonos la espalda mientras escribe algo en el tablero.
Un largo silencio en el aula antecede lo que sigue.
Nos dijo que según las leyendas judías y los cuentos tradicionales escritos en yiddish, —dialecto que mezcla alemán con hebreo, usado por los judíos ashkenazí en Polonia—, la “historia de Polonia empezó durante el crepúsculo de una tranquila noche de verano”, tal como lo cuenta la escritora Haya Bar-Itzhak en el libro Jewish Poland: Legends of Origin. La leyenda narra la historia de una familia judía, nómada, atormentada por no encontrar un hogar en donde establecerse en Europa. Agobiados de deambular sin sentido, se agolparon en la orilla de una carretera, que colindaba con un bosque, a esperar una señal divina. De repente, el canto dulce de un pájaro los sorprendió. Con claridad notaron que el ave trinaba: po lin, po lin.
—Recuerden que en hebreo, Polonia tiene dos formas fonéticas: Polania o Polin. Si se dividen las sílabas de ambas palabras, encontraremos que Polania está formada por tres vocablos hebraicos: Po, aquí, Lan, habita, Ya, D-os; Polin: Po, aquí, y Lin, deberías habitar —complementa Fanny, no sin antes recordarle a Furman que debe hacer silencio o lo va a sacar del salón.
A medida que la clase fue avanzando, la profesora nos recordó que aquellos judíos nómadas, al recibir esa señal divina, se establecieron en esa tierra a la que bautizaron Polonia. La mitología yiddish se encargó de establecer este punto de partida como el de una tierra prometida, que lo fue durante varios siglos hasta que los pogromos de la Rusia zarista y el renacer del antisemitismo se encargaron de echarlo todo por la borda.
—Es importante anotar que varios investigadores como Antony Polonsky y Herbert Aptheker sitúan la presencia constante y notable de los judíos en Polonia a partir del año 1350, a pesar de su presencia en el territorio desde inicios del siglo XIII, cuando se convirtieron en una sociedad autosuficiente y con capacidad de producción y sustento por sus propios medios. Para comprender la importancia y la prominente influencia de los judíos en Polonia, basta con remitirse hasta finales del siglo XVI, cuando reinaba Segismundo III y el reino de Polonia se había unido al Ducado de Lituania, convirtiéndose en un solo territorio autónomo —enfatiza Fanny, señalándonos las regiones en el mapa de Europa y antes de darnos la palabra en caso de preguntas o dudas. Aarón y Joseph hicieron algunos comentarios sobre las primeras intervenciones de la clase y recordaron algunas anécdotas de sus familias, entre ellas un par de gestas heroicas para escapar de Polonia antes del dominio nazi. Eso empoderó a que otras personas hablaran y recordaran algunos aspectos de sus antepasados. Yo tenía ganas de intervenir, pero preferí dejar parte de mi historia familiar para otro momento. Noté que a Aarón le inquietaba el tema del dinero y centró sus comentarios en qué tan prósperos, exitosos y estables fueron los judíos polacos desde su establecimiento en el país.
—Sí, Aarón, los judíos eran prósperos y desarrollaban todo tipo de negocios. Recuerda que no existía una sola actividad comercial en la que no estuviesen involucrados. Fue tal su importancia para el reino polaco-lituano que las objeciones de la Iglesia sobre la presencia judía en el país jamás se impusieron sobre el bienestar económico —le respondió la profesora con buen tino y seguridad—. Esto te lo digo para que entiendas que la influencia fue total, en la medida que el bienestar económico del país dependía bastante de las labores comerciales de los judíos.
Fanny nos contó que entre las múltiples actividades en las que se destacaron los judíos polacos había músicos, pintores, cirujanos, barberos, banqueros, impresores, libreros, soldados, sombrereros, orfebres, madereros, aserradores, sastres, bordadores y tintoreros. También nos recalcó la importancia que tuvieron en la industria, desde la explotación de minas hasta el trabajo artesanal de la madera. Hubo navegantes y marineros, pastores, granjeros, dueños de tabernas, fabricantes de licores y terratenientes que cosechaban, principalmente, papas. Hizo una pausa para leernos unas frases textuales de su cuaderno. “Se sabe que gracias a Segismundo III y una ley de 1592, los judíos polacos podían tener bienes raíces y subarrendarlos, únicos en Europa en gozar de este beneficio en ese entonces”.
—Fíjense lo interesante de esto, muchachos —nos dijo mirándonos firmemente—. Gracias a ese tipo de leyes los judíos polacos empezaron a acumular riqueza, a medida que comenzaron a ganar dinero de los activos fijos. Ahora eran un poder económico inamovible. Les voy a leer lo que dice el historiador Simon Schama al respecto: “La suya no era una cultura que se desarrollaba a puerta cerrada. Los judíos abarrotaban la plaza del mercado, fumando, cotilleando y mandando a los chicos y a las muchachas a atraer a los clientes que pasaban por delante de su tienda tirándoles de la manga. Y tampoco iban vestidos como cuervos. Polonia era uno de los pocos lugares en los que no existía un código de vestimenta judía impuesto por la Iglesia o por el Estado, como tampoco había humillantes marcas de identificación”.
—¿Tienen preguntas o todo está claro?
Silencio.
Miré a Shelly para alentarla a que preguntara algo que me había escrito en un papel pero con su cabeza hizo señales de no querer intervenir. Alguien tocó a la puerta del salón. Era Luis Héctor, el coordinador de disciplina. Quería saber si Furman y Demner estaban tranquilos o debían ser retirados del salón. Fanny dijo que todo iba en orden, que estaba sorprendida del nivel de atención con esta clase. Luis Héctor sonrió no sin antes recordarnos que la burra siempre vuelve al trigo. Ese minuto de respiro me permitió darme cuenta de la cantidad de hojas que llevaba con anotaciones. Shelly se quedó aterrada y me preguntó cómo hacía para escribir tan rápido. Desde aquellos días perfeccioné la habilidad para tomar notas de forma clara y sin perder el hilo, con las mejores habilidades de una secretaria de abogado. Hoy que he visto ese cuaderno de 1994 lo he comprobado. Todo permanece intacto como el día en que fue anotado.
—Jaco, ¿me prestas tus apuntes al finalizar la clase? —me dice Shelly con esa voz encantadora. Cómo decirle que no.
—Dale, claro. Te los paso.
Fanny cambió el mapa de toda Europa y puso uno, bastante descolorido por el uso, de Polonia a inicios del siglo XX. Revisó sus notas; se le notaba tranquila y menos conflictiva por la buena recepción del curso a esta clase. Así que sin mayores inconvenientes retomó la clase.
—Como les decía —expresó, tomando un gran suspiro—, a inicios del siglo XIX, y por casi durante tres siglos, los judíos fueron amos y señores de Polonia desde las perspectivas económica y cultural. Sobrevivieron a casos esporádicos de agresiones racistas y a campañas de conversión al catolicismo, lideradas por la Iglesia de Cracovia. Varios historiadores han comentado que los judíos vivieron como si no fueran una minoría oprimida; ni siquiera, de hecho, como una minoría porque el poder económico los hizo ver sólidos. Pero esa buena salud de la que gozaban los judíos polacos iba a cambiar como resultado de los acontecimientos geopolíticos anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial. No olviden que tras el final de la Gran Guerra, el 11 de noviembre de 1918, Polonia recuperó su autonomía territorial y un ferviente sentimiento nacionalista se apoderó del país, que incluyó un constante rechazo a cuestiones relacionadas con la convivencia con la gran comunidad judía, arraigadas desde los tiempos de la mancomunidad con Lituania.
Fanny regresa al mapa de general de Europa y nos señala el territorio que conformó la unión con Lituania; nos muestra las transformaciones del territorio polaco con el paso de los años, en comparación con ese momento por cuenta de las invasiones y las guerras. Dibujo en mi cuaderno una versión abstracta y muy alejada de la realidad del mapa de Polonia para recordar sus cambios. Pienso que sería lindo conocer la tierra de donde vienen mis antepasados. Con la información que me acaban de dar empiezo a comprender un poco ciertas cuestiones de la historia de mi familia que no han salido a la luz. Fanny nos da dos minutos de receso mientras entrega un reporte en la coordinación.
—¿Tus papás han ido a Polonia? —me pregunta Shelly.
—No, creo que no les interesa. A mis abuelos tampoco les haría mucha gracia saber que ellos o nosotros viajamos a su tierra natal.
—¿Tus abuelos están vivos?
—Solo mi abuela Bertha. Pero mis dos abuelos Celnik, según me dijo mi papá, odiaban a Polonia.
—¿Por qué?
—No sé, estoy justamente indagando eso para el trabajo final. Cuando sepa más te cuento. ¿De dónde son tus abuelos?
—Mis abuelos maternos son de Medellín y los paternos de Hungría. Se salvaron de milagro.
Fanny regresa al salón con una puntualidad cartesiana que sorprende.
—Les decía que como parte del reconocimiento internacional a Polonia, la Liga de las Naciones les exigió a los gobernantes polacos que incluyeran en su nueva Carta Magna leyes que garantizaran la coexistencia con los judíos, que para el año de 1921 sumarían 2.8 millones de personas, un 10.5 % de la población total del país. Es que muchachos, la independencia de Polonia avivó unas cuestiones de odio hacia los judíos que se debían minimizar y que estuvieron latentes por muchos años. Por eso la Liga de las Naciones, el equivalente a la ONU de hoy en día, hizo esas exigencias. Ellos sabían que los judíos polacos correrían riesgos si no lo hacían.
Aarón interrumpió el discurso de Fanny y le dijo que lo anterior explica por qué sus abuelos llegaron a Venezuela en 1929.
—Así es, Aarón —respondió Fanny—, hubo muchos judíos que empezaron a salir de Polonia a mediados de los años veinte porque se dieron cuenta de que la situación para ellos cada vez sería peor. Los que lo hicieron a tiempo, a la postre, el tiempo les dio la razón porque fue su carta blanca de supervivencia; de lo contrario, hubiesen muerto en Auschwitz.
A partir de este punto la historia se puso cada vez mejor. La narración me tenía atrapado, me sentía en una película a blanco y negro de National Geographic.
Fanny recordó que entre las demandas o exigencias de las naciones occidentales a Polonia, como parte fundamental de un sistema de protección de minorías, estaba la asignación de fondos que permitieran la subsistencia de las escuelas e instituciones judías y se debía respetar el cuidado del Shabat. El Gobierno polaco accedió, tímidamente, a respetar este mandato sagrado del judaísmo, salvo en casos de emergencia nacional. Recibieron presiones internacionales para que los comicios electorales no se llevaran a cabo los días sábado o durante las fiestas más sagradas del judaísmo como Pésaj o Pascua, Rosh Hashaná y Iom Kipur. Sin embargo, estas demandas cayeron muy mal entre el Ejecutivo de Varsovia; las veían como una ofensa al honor nacional polaco. Aunque el Gobierno adoptó algunas medidas para apaciguar la presión internacional, entre los judíos se incrementó el sentimiento de desarraigo frente al nuevo Estado polaco y su poca cooperación con las demandas multilaterales.
Nos contó que nuevos partidos políticos como el Endecja (Democracia Nacional) aparecieron en este contexto tras la guerra que libró Polonia, en 1919, con Rusia, avivando los sentimientos nacionalistas, incrementando el antisemitismo y señalando a los judíos de ser cómplices de los bolcheviques. Las instituciones públicas implementaron políticas discriminatorias, con lo que disminuyó, considerablemente, la contratación de judíos, especialmente de médicos y abogados, que tuvieron que dedicarse a ejercer su actividad de forma privada; no se asignaron fondos públicos a las escuelas y demás instituciones judías y se restringieron los créditos bancarios a las pequeñas y medianas empresas, obligando a un buen número de judíos a emplearse en trabajos que antes no ejercían como operarios en fabricas, leñadores o albañiles. Como si todo lo anterior no fuera suficiente, Fanny nos recordó que a los judíos polacos se les prohibió abrir sus negocios los domingos, con lo que la rentabilidad de su actividad comercial se vio sumamente afectada.
Joseph levantó la mano. Preguntó si todo lo anterior llevó a que los judíos polacos se asimilaran. Fanny le dijo que era una muy buena pregunta, fue hacia sus anotaciones y respondió que sí, que era un proceso inevitable en algunos casos.
—En el periodo entreguerras, y a causa de las nuevas medidas del Estado polaco —señaló—, hubo alteraciones en algunas costumbres de los judíos, tales como un notable incremento del uso del polaco y la tendencia a la emancipación, aunque en una escala muy baja. La fuerza y el impacto socioeconómico y cultural de la comunidad judía polaca, desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XIX, fueron disminuyendo, a pesar de ser una minoría urbana en un país rural. Polonia se modernizó, desde la década de los veinte del siglo XX, sin el apoyo de los judíos, tan vitales y determinantes en su historia. Esta nueva dinámica no mermó el interés intelectual, especialmente de los jóvenes judíos que mantuvieron la firme idea de ser profesionales y competitivos, a pesar del entorno hostil, el creciente antisemitismo en las aulas universitarias, la falta de empleo y el incremento de la pobreza entre las familias judías. Las nuevas reglas del Estado polaco, la diminución de la capacidad adquisitiva y el drástico cambio en la economía de los judíos motivaron una primera oleada de migraciones, a mediados de los años veinte, a Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, Argentina, Venezuela y Colombia. Esto explica lo que Aarón nos contó hace un momento relacionado con sus abuelos.
—Yo sé que es mucha información —dijo Fanny en tono sosegado—, pero nos quedan cinco minutos de clase así que les pido el favor que hagan un último esfuerzo. Silencio marcial.
Abrió un libro de tapa azul que acababa de sacar de su maletín y leyó:
—Según el escritor Antony Polonsky —leyó en tono firme y fuerte—, “entre 1926 y 1937 llegaron más de 45 mil judíos a Norteamérica, mientras treinta y cuatro mil lo hicieron en Brasil, treinta y seis mil en Argentina, más de dos mil llegaron a Cuba, cinco mil a Uruguay y más de tres mil a Colombia. Sin embargo, el principal destino de la migración judía de la Polonia de entreguerras fue Palestina, con 125.154 judíos polacos registrados entre 1919 y 1937”.
Recordé que mi papá me había contado que mi bisabuelo Josef Celnik había llegado a Colombia a inicios de los años treinta. Lo anterior explica la migración de mi familia. Van apareciendo algunas claves ocultas.
Fanny recalcó que el número de esos judíos que dejaron Polonia en el periodo de entreguerras fue menor con relación a los que decidieron quedarse en el país y mantener una férrea lucha por sus derechos sociales, económicos y políticos, lucha que por momentos fue en vano. Nos recordó que Polonia seguía siendo un país pobre, en transformación, con un creciente antisemitismo palpable en las escuelas superiores y en las instituciones estatales. Para mitigar las difíciles condiciones de vida a las que se enfrentaron, los judíos de Varsovia, principalmente, crearon un sinnúmero de organizaciones para garantizar los mínimos de supervivencia de sus pares con mayores dificultades económicas. Aparecieron cooperativas para fomentar el trabajo, la educación y préstamos para mantener activa la industria y los negocios judíos.
—Por hoy es todo —dijo Fanny nuevamente en tono enfático—, mañana hay examen de lo que les acabo de enseñar. Repasen sus apuntes, no memoricen y analicen. Será en parejas, así que organícense como prefieran y nos vemos mañana a las 10 a. m. Los felicito porque demostraron que sí se puede tener una clase en paz.
Inmediatamente Fanny terminó de hablar, Shelly me miró. No había que decir mucho. Éramos pareja de trabajo. Me dijo que si quería ir a su casa a estudiar para el examen de mañana y de paso ella pasaría los apuntes a su cuaderno; sería una forma práctica de estudiar. Asentí, sin dudarlo, solo debía pedir permiso en mi casa. Tras unas suculentas onces de La Gioconda, y una breve charla con Tania, fuimos al estudio del primer piso, la oficina de David, papá de Shelly. Tenía un olor que me recordaba a la librería de mi abuelo, una mezcla de papel añejo con tabaco. Era agradable estar allí. La pequeña oficina de no más de dos metros cuadrados, cuya ventana daba a la calle 134 y al garaje de la casa, estaba atiborrada de libros sobre leyes, grandes enciclopedias sobre derecho laboral y tributario, muchísima literatura anglosajona y hebrea, poesía, libros de historia de Colombia y universal, libros en yiddish, en inglés y en hebreo. Todo un gran lector. El escritorio de David estaba algo desordenado, lleno de papeles arrumados y folios. A un costado había un computador de escritorio marca Acer, conectado a una impresora de punto de la misma marca. Shelly se disculpó por el desorden y apiló algunos legajadores a un costado del escritorio. La silla de David era grande, de cuero beige, y tenía un cojín de alpaca como respaldar. Mientras Shelly arreglaba el espacio noté que a un costado del escritorio había un tanque verde de oxígeno.
—¿Tu papá usa oxigeno? —pregunté con asombro.
—A veces. Lo que pasa es que él fuma mucho y hay momentos en los que le falta oxígeno, así que acá es donde recupera el aire de sus pulmones.
—Debe ser terrible la sensación de no tener aire.
—Uyy, sí, nos ha pegado un par de sustos.
—Te entiendo. En mi casa es parecido. A veces mi papá se ahoga y creo que se va morir de un ataque de tos; se pone rojo, rojo, los ojos casi se le salen cuando le dan esos ataques de tos.
—A mi papá le pasa lo mismo, solo que se pone morado y las venas de la cara se le ven más.
El tiempo de estudio se pasó rápido, matizado por uno que otro chisme del salón. El sonido de la puerta de la casa nos distrajo por un instante. Era David. Saludó afectuosamente a Shelly con un beso en la frente. Era alto, altísimo, obeso, usaba lentes, traje gris, maletín de mano. Su piel se veía entre morada y roja. Sus movimientos eran lentos para optimizar el uso de oxígeno. Tomó aire y me saludó muy afectuoso. No nos conocíamos. Me presenté.
—Celnik, Celnik… —dice David en voz alta intentando asociar mi apellido con alguien—. ¿Eres algo de Azriel y Eliécer Celnik?
—Azriel era mi abuelo; Eliécer, mi tío abuelo.
—Vaya coincidencia. Varios de los libros que ves en esta oficina se los compré a tu abuelo en su librería de la calle 46 con 13. Por acá debo tener uno con el sello. Tu abuelo era un personaje maravilloso; podía pasar horas en su librería hablando de libros, de política, de sionismo.
Una fuerte tos interrumpe su relato mientras busca un libro. Shelly y yo lo mirábamos atentos. Saca dos ejemplares de lomo azul, uno es un Sidur, un libro que contiene las oraciones diarias del judaísmo; el otro las memorias de Golda Meir. David me señala el sello de mi abuelo, para refrendar lo que me acababa de contar: “Librería Hebrea. Azriel Celnik. Apartado Aéreo 5020. Tel: 413204”.
Mi abuelo Azriel Celnik Waisfogel llegó a Puerto Colombia, con su mamá Raquel Waisfogel y sus tres hermanos menores, el 21 de enero de 1933, siguiendo los pasos de mi bisabuelo Josef Celnik. Su travesía de casi un mes incluyó pasar primero por los férreos controles del Ayuntamiento Distrital de Varsovia, que les permitió dejar la capital polaca el 27 de diciembre de 1932, según consta por la firma del secretario de apellido Taube, para dirigirse a un puesto de control fronterizo en el poblado de Tczew, al noroeste de Varsovia. Tras un viaje de dos días, con muy pocas pertenencias, el 29 de diciembre de 1932 presentaron sus pasaportes polacos, emitidos el 8 de septiembre de 1932 y firmados por el oficial de apellido Wasylkiewicz, jefe del ayuntamiento. En los cinco pasaportes iban las visas otorgadas por el consulado de Colombia en Varsovia y firmadas por el cónsul Tomás de Oxinski. Tras varias horas retenidos en las oficinas del control fronterizo de Tczew, mientras los oficiales polacos verificaban todos los documentos y tenían claro que mi abuelo Azriel estaba exento de presentar el servicio militar obligatorio y no tenía antecedentes disciplinarios “durante los últimos cinco años por delitos contra el orden social o que haya dado a lugar a penas infamantes”, la firma ilegible de un oficial polaco —antecedida de un texto que decía “Celnikier Azriel puede cruzar la frontera para salir del país con su madre Celnikier Ruchla poseedora del pasaporte No 111/1-2510/32 expedido por el Ayuntamiento Distrital Norte de Varsovia”—, les permitió a los Celnikier Waisfogel seguir su camino, de dos horas, hasta el puerto de Gdansk donde abordaron una pequeña embarcación que los llevó a Amberes. En Bélgica, agobiados por el viaje de doce horas por los turbulentos mares Báltico y del Norte, tuvieron que pasar por estrictos controles migratorios que quedaron registrados en los archivos de la policía belga. Tras verificar que los cinco miembros de la familia Celnikier Waisfogel tenían los visados de la República de Colombia, se les permitió abordar el naviero alemán de la línea Hamburg-Amerika Line que hizo varias paradas antes de llegar a Puerto Colombia. Primero, en Boulogne-sur-Mer, en el norte de Francia. Luego el barco cruzó el canal de la Mancha y atracó durante dos días en el puerto de Dover, en Inglaterra. Allí varios judíos polacos intentaron quedarse sin mucho éxito, aunque algunos lo lograron. En Dover el barco se aprovisionó para una larga travesía de veinte días por las aguas del Atlántico. En Puerto Colombia los Celnikier fueron recibidos por un emisario judío de apellido Luker que se encargó de apoyarlos en los primeros trámites migratorios en el puerto y en todo el proceso para emprender el viaje de varios días por el río Magdalena hasta llegar a la capital. Mi bisabuelo Josef los recibió en un pequeño apartamento que había arrendado en la calle 22 con 9ª. Los cuatro hijos de Josef se vincularon a la sociedad bogotana con diversas actividades comerciales, académicas, religiosas y culturales. Mi abuelo era un tipo letrado, activista, culto, con muchas capacidades para emprender proyectos. Desde muy joven estuvo inmerso en política sionista, apoyó a mi bisabuelo en su sastrería, y con sus hermanos fueron fundadores de la sede local del partido Beitar, hoy conocido como Likud. En Bogotá conoció a su primera esposa, Ana Knobel, judía polaca, hija de Jacobo Knobel y Feige Munik. Cuentan que fue amor a primera vista. Al poco tiempo del matrimonio, Ana quedó embarazada, pero lamentablemente murió el 12 de octubre de 1942, con tan solo veintidós años y un mes después de dar a luz a mi tía Cecilia. Un primer golpe en la vida de mi abuelo, que a sus veintinueve años gozaba de una vida alegre, activa y próspera en Bogotá. Cuentan que mi abuelo estuvo muy deprimido, que se dedicó a beber durante varios días para sobrellevar el impacto de la muerte de su primera esposa y tuvo varios descuidos importantes. El registro civil de mi tía quedó mal radicado en la Notaría Cuarta de Bogotá. Según consta en el folio 588, mi tía nació tres días después de la muerte de su mamá. El impacto de la pérdida de su primera esposa dejó a mi abuelo en estado de hibernación emocional durante ocho años. En ese tiempo, mientras intentaba rehacer su vida, se dedicó a leer, a emprender largas travesías por Colombia y Venezuela en su moto Harley-Davidson y a viajar a Europa y Estados Unidos en lujosos cruceros como el Queen Elizabeth. Hay varios registros de esos viajes en barco desde la Florida y Nueva York, especialmente a Francia e Inglaterra en donde mi abuelo se dedicó a explorar y conocer sobre el mercado editorial. De esos viajes quedaron decenas de postales con anotaciones sobre sus impresiones de Inglaterra: “Londres es majestuosa”, escribió. Mi bisabuelo Josef se hizo cargo de la crianza y cuidado de mi tía Cecilia, mientras mi abuelo reconstruía las piezas deshechas de su vida. Para recomponer su parte emocional, mi bisabuelo le delegó la administración de uno de sus negocios y eso le ayudó a mantenerse a flote, antes de dedicarse a la librería. En 1949, junto con Josef, abrieron la Librería Hebrea en la calle 17 con carrera 7ª, en el edificio de Colseguros. Junto con Salomón Lerner, Hans y Lilly Ungar y Karl Buchholz —todos migrantes que emprendieron negocios similares en Bogotá—, mi abuelo hizo de su librería todo un centro cultural en el que confluían políticos, escritores como Mario Rivero, Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, José Luis Díaz-Granados, entre otros, además de abogados, académicos, estudiantes, y apasionados por la literatura, la música y algunas curiosidades relacionadas con el arte de fumar tabaco y pipa. Con su vida financiera y emocional en orden, en 1953 mi abuelo conoció a una hermosa mujer judía de Pereira, hija de un migrante ruso. A pesar de que era menor de edad, ambas familias estuvieron de acuerdo en el matrimonio de Azriel con Sulama Zwitman. Para mi bisabuelo la crianza de mi tía Cecilia se había convertido en un tema delicado por varios motivos: había enviudado, su salud había mermado y no tenía la energía suficiente como para hacerse cargo de una mujer preadolescente. La familia convino que lo mejor era enviar a mi tía Cecilia a un internado en Israel. Fruto de la unión de Azriel y Sulama nació mi mamá, en 1955. Con la llegada de su primogénita, el matrimonio Celnik Zwitman disfrutó de los dorados años cincuenta y sesenta con todas las de la ley. Mi abuelo era todo un aventurero que viajaba constantemente a Buenos Aires, Nueva York, Londres, París y Caracas a fin de traer insumos para su librería. Con mi abuela hacían cruceros por Europa y dejaban a mi madre al cuidado de Conchita, una excepcional nana que contrató mi bisabuelo a inicios de los años cincuenta para que le ayudara con las labores del hogar. La librería para mi abuelo fue un negocio próspero hasta finales de los años setenta, cuando empezó un franco declive, que además estuvo asociado a algunas complicaciones en su salud y malos manejos financieros. La Librería Hebrea cambió de sede en dos oportunidades y la última estuvo ubicada en la calle 48 con carrera 13, muy cerca de la casa de mis abuelos en el barrio San Luis. Además de importar los mejores libros en ediciones argentinas y venezolanas, mi abuelo fue un exquisito melómano que trajo al país las mejores colecciones de música clásica, jazz, blues y rock desde Europa, principalmente. En una foto a mis cuatro años, sostengo en mis manos un acetato de Chopin que era de mi abuelo. Entiendo que desde ese momento su influencia fue determinante en mi vida. De lo contrario no estaría acá, hoy, en medio de una pandemia, contándoles su historia, mi historia y la de su familia. El amor por la música y las letras viene desde la Librería Hebrea, desde la pasión que mi abuelo les heredó a sus hijos y sobrinos, como mi papá, otro melómano y bibliófilo consumado que entendió que invertir en cultura era invertir en una formación estructural de vida, para él y para sus hijos. Desde los valores que me inculcaron en mi hogar, entiendo por qué soy lo que soy; era imposible que no sucediera de esa manera.
—En mis días de estudiante de Derecho en la Universidad Javeriana —me dice David mirándome a los ojos con la empatía de viejos conocidos—, iba por lo menos dos o tres veces por semana a la librería de tu abuelo. El dinero que me daban mis padres para el diario, almorzar, moverme por la ciudad, fotocopias, etcétera, se quedaba en la Librería Hebrea. Pero a veces, cuando no tenía dinero, tu abuelo no tenía problema en fiarme los libros y al cabo de un par de semanas iba y se los pagaba. Me sorprendía que él a veces no recordaba que le debía dinero por los libros. Era un hombre muy generoso.
—Bueno, creo que es normal eso que me cuentas. Mi mamá solía decir que mi abuelo perdió mucho dinero por fiar libros. No porque no le pagaran sino porque él no recordaba que le debían. No llevaba notas, ni una contabilidad muy rigurosa en los últimos años de vida.
—Una lástima eso que me cuentas. Sin embargo, tu abuelo era un ser maravilloso, culto. De hecho él me enseñó el arte de fumar pipa.
David abre una gaveta y me enseña una pipa inglesa que le compró a mi abuelo a inicios de los años ochenta. Me dice que dejó de fumarla porque es nociva para la garganta. Tose, tose intensamente, se despide a paso lento, dice que tiene que ir a hacer maleta porque mañana viajará a Cartagena con su hijo mayor. Nos recalca, dándonos la espalda, que no perdamos tiempo valioso de estudio. “Estudien, estudien mucho y lean lo que más puedan”, nos dice. Se me eriza la piel con sus palabras; fue extraño. David tenía razón. La clave del éxito era leer, leer mucho. Para escribir bien hay que leer lo suficiente.
En la noche les conté a mis padres del encuentro con David. Mi mamá se emocionó y corroboró lo que él me contó de los libros fiados. La cena de las 7 de la noche no solo es el momento para ver el noticiero presentado por Juan Guillermo Ríos, también es el espacio para actualizarnos y hablar de lo que pasó en el día. Mi mamá se queja de una entrevista intensa con unos futuros migrantes a Israel y dice que está cansada del maltrato de uno de sus jefes que le exige resultados en cuanto al número de nuevos ciudadanos judíos colombianos que emigran a Israel. Mi papá dice que en Sir William todo va bien y que esta semana debe cumplir con una entrega importante de quinientos cinturones y que es posible que deba pasar más tiempo del recomendado en la fábrica. Mi mamá lo mira con ojos que dicen “no me gusta, me preocupa”. Mi papá espera cumplirle al jefe con el pedido y evitar roces innecesarios. Lo veo de buen semblante, aunque tose esporádicamente y noto que se pone un poco más rojo de lo normal. Le digo que el papá de Shelly usa oxígeno y él comenta que espera no tener que hacerlo, pero que al paso que iba nada se podía afirmar con certeza. Un incómodo silencio nos recordó que somos mortales. Partí con la mano un trozo del sánduche de jamón y queso que ha preparado mi mamá. Leo nos contó, con lujo de detalles, que hizo dos goles en un partido de fútbol contra sexto grado en la clase de gimnasia. Mi papá lo abrazó y lo felicitó. Le dije que describiera los goles. Leo, emocionado, nos contó que uno fue de cabeza como “La Gambeta” Estrada tras un centro de su amigo Arie, y el otro fue después de un desborde al estilo de Rubén Darío Hernández, dejó atrás al arquero y la puso a un costado. Ganaron 3 a 1. Al ver la emoción de mi hermano con el tema del fútbol mi papá nos preguntó si el domingo queríamos ir al estadio a ver a Millonarios contra el Deportes Quindío. Emocionados aceptamos. El año anterior, habíamos ido con mi papá a ver un clásico desastroso para Millonarios que terminó 7 a 3 a favor de Santa Fe. Pasaron varios meses hasta que volvimos. La primera vez que fui al estadio a ver un partido de Millonarios fue en 1986. Fue para un clásico contra el América de Cali, que tenía en sus filas a jugadores de la talla de Julio César Falcioni, Ricardo Gareca, Juan Manuel Battaglia, Roberto Cabañas, Víctor Luna, Álex Escobar, entre otros. Ese día el partido terminó 2 a 2 bajo un torrencial aguacero, y recuerdo que a Falcioni no pararon de gritarle “loca, loca, loca”; es una imagen inolvidable en mi memoria futbolera, que es bien amplia. El América de mediados de los años ochenta era un dream team que jugaría tres finales seguidas de la Copa Libertadores y las tres las perdería, contra Argentinos Juniors, River Plate y Peñarol de Montevideo; de las tres, la más dolorosa. Esa noche me costó más de la cuenta conciliar el sueño. El examen de Historia Hebrea me tiene inquieto y hay algo relacionado con Shelly que se movió durante la tarde en su casa. Sentí más cercanía, más confianza, ¿o serán ideas mías? No quiero confundirme, ni confundirla, pero siento que me gusta. Me cuestionaba si era prudente expresarle lo que sentía. Pero no quería dañar la amistad, no quería otro rechazo. Si daba un primer paso, podía arriesgar una linda amistad por hacerle una declaración de amor, por pretender ir más allá de lo cotidiano. En mi cabeza analicé los dos o tres escenarios posibles si decidía decirle dos palabras: me gustas. Me diría: “estás confundido, somos amigos, no me interesa”; o “tú también me gustas”. Toda esta situación se lee tan fácil, pero a los quince años es terrible, es un huracán de emociones y contradicciones para el que no estamos preparados, para el que nadie nos prepara. Simplemente toca apelar al sentido común del momento. Esa conversación conmigo mismo me iba a enloquecer. ¿Por qué me costaba tanto trabajo tomar una decisión y expresarme? Di vueltas en la cama y escuché música en la emisora Punto Cinco. La apagué pronto, no me soporto una sola balada más de amor, menos de Fausto. Leonardo me recriminó que me quedara quieto. Bajé por agua a pensar qué hacer. Decidí que construiría un muro, como el que hizo Roger Waters en 1979, inspirado en la excitación de un fanático de Pink Floyd que le expresó toda su admiración durante un concierto. Waters no quería fans histéricos y lo reprimió con una patada en la cara. De ahí nació el concepto que dio origen a The Wall. El silencio fue mi muro, me protegería del rechazo de una mujer, me evitaría problemas innecesarios. Subí al cuarto con la decisión tomada: me quedaría callado. La letra de una canción llegó a mi mente. Will some woman in this desert land, make me feel like a real man? Take this rock and roll refugee. Ooh, baby set me free…Ooh, I need a dirty woman, ooh, I need a dirty girl… Caí profundo.
Temprano en la mañana nos reúnen con el rabino para revisar los pormenores de la celebración anticipada de Rosh Hashaná el viernes. Nos delegaron organizar las mesas con todos los elementos para la celebración: copa de vino, cobertor para el pan, candelabros, velas, sidures, platos y cubiertos desechables, manteles blancos y servilletas. Los del grado décimo se encargarían de la comida, algo simbólico para celebrar el Año Nuevo y once apoyará en cuestiones del rezo y logística. Es una reunión breve en la que no pierdo de vista a Shelly por momentos. Ella está con sus amigas, se ven sonrientes y muy metidas en una historia, luego me dirá de qué se trata. Yo intento distraerme con los chistes flojos de Furman y Saúl, y le cuento a Joseph que el domingo iré a ver a Millonarios. Me dice que viene con nosotros. Compartimos la misma enfermedad y el mismo amor por el equipo más grande del fútbol local. Con Shelly intento mostrarme distante, desinteresado por estar cerca de ella o mirarla desprevenidamente, pero no puedo. Durante el primer receso de quince minutos, antes del examen de Historia Hebrea que se realizaría a las 10 a. m., nos saludamos. Me contó que David viajaba a Cartagena muy temprano y que estaba algo nostálgica. Era muy apegada a su papá, era la menor y era la más consentida. Hablé poco, estaba pensativo. Me preguntó si estaba preparado para el examen. Le dije que dormí mal pero que seguramente sacaríamos adelante ese reto. Diana la jaló y la quitó de mi lado con un “vamos, vamos, te tengo que contar algo”. Me siento aliviado, prefiero estar solo. Mis amigos me dicen que van a jugar unos tiros al arco pero prefiero quedarme sentado en las mesas del rancho. Saco el Walkman Aiwa negro que me regaló mi papá el año pasado y oigo un mix que le había grabado a Shelly un par de días atrás. Esta vez la onda es más clásica, tiene canciones de The Doors, Queen, Pink Floyd, Yes, Genesis, The Who, Van Halen y Led Zeppelin. Me pierdo en las notas de “Rock and Roll”, en la hipnótica guitarra de Jimmy Page, y me da rabia pensar que mi profesor de guitarra odia a Led Zeppelin y evita a toda costa ensañarme esas canciones. Pensé en Prófugos y que sería lindo volver a tocar con ellos. También pensé en los besos inocentes y apasionados que nos dimos con Cathy, al son de Alice Cooper, pero no debo hacerlo más, a Ronny no le gustará ni cinco que esto suceda. Debo olvidarme de ella. Las vacaciones generan cortocircuitos en las amistades que toman un tiempo en seguir su curso habitual. A los Prófugos el cambio de año escolar nos hizo daño y el futuro del grupo es incierto. El examen de Historia Hebrea consta de dos preguntas abiertas sobre los judíos polacos y las actividades comerciales que desarrollaron en sus años más prósperos. Nos dan quince minutos para responder y debemos señalar en un mapa las fronteras de Polonia antes de la Segunda Guerra Mundial. Resolvimos con Shelly el asunto sin mayores contratiempos. Fanny está diferente, más tranquila. Una vez recogió todos los exámenes, ubicó el mapa de Europa en el tablero y retomó la clase sobre los judíos polacos.
—Ayer quedamos en la etapa previa al nacimiento del Estado polaco tras la Primera Guerra Mundial —dijo Fanny con tono elevado para captar la atención del curso— y todas las implicaciones que eso tuvo para los judíos a partir de nuevas leyes y reglas que implicaban cambios severos en el ritmo de vida de los judíos. Ese periodo, conocido como la Segunda República Polaca, que va de 1918 a 1939, estuvo marcado por pérdidas y ganancias de territorio, como lo podemos observar en el mapa, y por un creciente sentimiento nacionalista, avivado por años y años de maltrato extranjero, especialmente por parte de Alemania y Rusia.
Max interrumpe para entender los cambios del territorio polaco. Fanny, con una paciencia infinita, le explica de nuevo lo que ya había mencionado y señalado y le pidió estar más atento. Fanny nos contó que después de un siglo de gobiernos extranjeros, invasiones y pérdida de territorio, Polonia por fin había recuperado su independencia al final de la Primera Guerra Mundial como parte de las negociaciones en la Conferencia de Paz de París, en 1919. El Tratado de Versalles, resultado de esas negociaciones, estableció una nación polaca independiente con salida al mar. Algunas cuestiones que años más tarde serían determinantes en su futuro quedaron sujetas a plebiscitos, como sucedió con Danzig (Gdansk), habitada en su mayoría por alemanes y que recibió un estatus diferente que garantizaba su uso como puerto polaco. Fanny se detiene un instante y nos muestra en dónde queda en el mapa esa crucial zona del este de Europa, disputada por años por tres naciones.
—A pesar del estatus adquirido con el Tratado de Versalles —complementa Fanny, no sin antes advertirnos que todos estos temas entrarán en el examen del bimestre—, la paz y el orden constitucional en el territorio polaco tomaron más tiempo del esperado, primero por dos guerras libradas en el este contra la Ucrania prosoviética (1919-1921) y contra la recién establecida Lituania (1919-1920), además de las tensiones habituales con Alemania (República de Weimar) que desencadenaron un conflicto comercial en 1925 por controles aduaneros. A pesar del ambiente sociopolítico, Polonia logró establecer una nueva Constitución en 1921 que le dio cierta estabilidad a los poderes Ejecutivo y Judicial, orden que trajo, nuevamente, prosperidad económica, especialmente en ciudades industriales como Cracovia y Łódź.
Todos tomábamos atenta nota de lo que Fanny nos explicaba sobre la nueva realidad de Polonia tras la Primera Guerra Mundial. Ese día había llevado un retroproyector de diapositivas con fotos y datos relevantes. Una de esas filminas señalaba que en 1764 había setenta y cinco mil judíos en Polonia; a inicios del siglo XIX el número de judíos polacos era de 1,2 millones en el conjunto de Polonia-Lituania, y en el momento del estallido de la Revolución Rusa había cinco millones. Nos recordó que el crecimiento de la población se explica con el contexto del país. A finales del siglo XVIII, los judíos constituían el 70 % de la población urbana de Polonia, es decir que el crecimiento demográfico vino de la mano de una mejora en sus condiciones de vida. Desde la temprana Edad Media, los judíos polacos, sobre todo los de Varsovia, habían logrado un gran nivel de especialización en oficios artesanales y podían ejercer esa labor libremente y sin ningún tipo de restricción, incluso hacer transacciones entre ciudades o con los campesinos polacos a quienes solían venderles telas, cuchillos, vajillas, espejos, entre otros elementos. Fascinante relato desde todo punto de vista. La verdad es que Fanny lograba atrapar toda nuestra atención por cuenta de una mezcla de tono, entonación y una adecuada forma de echar el cuento.
Era de las pocas clases en las que imperaba el silencio. Esta parte en particular de la historia me interesaba mucho porque estaba estrechamente relacionada con la historia de mi familia. Si mi bisabuelo salió a inicios de los treinta, las causas de su exilio estaban en este relato. La tranquilidad y el buen ritmo de los primeros cuarenta minutos de la clase fueron interrumpidos por un llamado certero a la puerta. Era Consuelito, la secretaria de bachillerato, quien tras un afectuoso saludo le pidió a la profesora si podía acompañarla un momento a rectoría.
Shelly decidió romper el hielo ante mi total indiferencia.
—Te he notado raro hoy, ¿estás bien? —me dijo, sacándome además de una nube en la que transitaba por recuerdos de la noche anterior.
—Sí, sí, todo está bien, lo que pasa es que no dormí bien, me costó trabajo conciliar el sueño; di vueltas hasta las 2 a. m.
—No te puedo creer, a mí me pasó igual. Aunque me fui a dormir bien, una especie de crisis existencial se apoderó de mi cuerpo. Era una sensación extraña en el vientre, parecida a la que da antes de montar en avión. Tuve que bajar a tomar un vaso de leche caliente; eso me ayudó a dormir.
—Puro remedio de abuelita, ¿estabas nerviosa por el examen?
—Pues para que vea mijo que funciona y muy bien. Es una receta casera de mi mamá que sabe mucho de eso. Es infalible —me dijo en un tono diferente al de otros días —. No creo que el examen me tuviera angustiada, aunque sabes que tengo algunas notas bajas y debo recuperar, especialmente gracias a ese primer quiz de bienvenida en el que me fue remal.
—Qué vaina, oye. Pero, ¿hoy estás bien?
—Sí, pues lo que te dije, mi papá viajó muy temprano a Cartagena con mi hermano y dijo que se va a quedar por lo menos tres semanas. Entonces eso me tiene down.
La puerta del aula se abrió nuevamente y Fanny tenía otro semblante. Desde el umbral le pidió a Shelly que saliera un momento. Ella solo atinó a abrir sus ojos un poco más de lo normal, tratando de entender por qué la sacaban del salón. Noté que se ruborizó. “Debe ser por lo del rezo”, me dijo en voz baja, temblorosa y risueña. Yo no sabía de qué me estaba hablando y si algo pasó en el rezo matutino, me lo perdí. Al cabo de dos minutos, Fanny regresó al salón. Algo pasó con Shelly, pensé. El ritmo de la clase se hizo lento, diferente, pesado. Fanny estaba dispersa y desconectada con lo que nos venía narrando. No pasaron más de dos minutos y Shelly regresó con sus ojos inundados de lágrimas que le salían de lo más profundo de su alma. Nunca vi llorar a alguien de esa manera en mi vida. Era como si todo el líquido de su cuerpo se hubiera soltado sin control para sacar todo el dolor que le había producido una noticia. Era grave lo que estaba pasando, estaba seguro de eso. Shelly le pidió a su amiga Diana que saliera y le sacara su maleta, la chaqueta azul que estaba en el espaldar del pupitre y un cuaderno donde estaba tomando apuntes. Yo la miré, pero ella evadió todo tipo de contacto visual con nosotros, se sentía avergonzada y no quería que la viéramos así de mal. En ese momento debí saltar de mi silla y correr a abrazarla, a acompañarla. Pero el miedo me paralizó y solo fui un espectador de una escena que jamás olvidaré. Ella estaba nerviosa, se movía de un lado a otro mientras que con la manga del saco se tapaba la boca. Lo único que quedaba a la vista eran sus ojos rojos e hinchados de tanto llorar. De nosotros, de los veinte espectadores de esa escena inédita, solo hubo silencio sepulcral en ese momento. Yo miré a Fanny tratando de entender qué pasaba pero su mirada estaba clavada en el piso del salón, evadiendo las lágrimas que inevitablemente deberían escurrirse por su rostro, mientras Diana, algo imprecisa y acelerada, terminaba de recoger todos los implementos escolares de Shelly.