DIGRESIONES ANTES DE LA PANDEMIA

Sabíamos que el mundo había cambiado. Michel Serres, en su imprescindible libro Pulgarcita, nos ayudó a entender que los chicos también: “No tienen la misma cabeza”, decía. Los que somos docentes lo podíamos reconocer a diario desde hacía tiempo. Estudiantes que distribuían las tareas realizadas solo por uno de ellos en un grupo de WhatsApp justo antes de entrar a la escuela, consultas que nos llegaban a altas horas de la noche a través de las redes sociales; clases espontáneamente transmitidas por streaming a compañeros ausentes y evaluaciones, con sus respuestas, publicadas solidariamente en plataformas de acceso compartido son solo algunas expresiones de un fenómeno en el que, a esta altura, los ejemplos son incontables. No nos fue fácil reconocer que toda esta evidencia nos interpelaba. Lo planteo de esta manera: los cambios pedagógicos toman tiempo, los cambios culturales no nos esperan.

En 2019 leí The Game, el maravilloso libro de Alessandro Baricco, que me despertó una suerte de obsesión pedagógica. Les cuento por qué. Baricco hace una reconstrucción arqueológica de los desarrollos tecnológicos de las últimas décadas a partir de la cual reconoce que lo que vivimos es una revolución mental que generó una nueva idea de humanidad. En su análisis, el emerger de la web creó un sistema de realidad con una doble fuerza motriz –física y virtual, mundo y ultramundo–. La realidad dejó de ser lo que era. Según Baricco, con los celulares inteligentes en la mano y sus pantallas táctiles, que encarnan el espíritu de lo lúdico, y la explosión de las redes sociales nos fuimos a colonizar físicamente el ultramundo. El núcleo de la experiencia –al que antes se accedía con esfuerzo– había subido a la superficie del teléfono celular y ya no se necesitaba de una élite que nos guiara para acceder a él. Esto es lo que denomina “el juego”, mientras alerta: la escuela no lo entiende ni nos prepara él.

Así empezó mi obsesión. La metáfora de una realidad con doble fuerza motriz me ayudó a entender por qué aun en aquellos momentos en los que creía estar haciendo un gol como docente no podía disfrutarlo. Sabía, como dice Baricco con crudeza, que lo hacía “cuando el juego ya estaba detenido”. Por esto, en enero de 2020 mi pregunta más recurrente era: ¿cómo vamos a diseñar propuestas educativas que capturen la doble fuerza motriz y estén “al mismo tiempo” en el mundo y en el ultramundo? No estaba pensando en la educación a distancia que hago desde hace décadas; tampoco en la educación virtual o en la presencia sistemática de mis propias clases en las redes sociales. Estaba sintiendo en el cuerpo la dificultad que conlleva construir una experiencia pedagógica que sea a la vez física y virtual, que enseñe y que aprenda en esos dos mundos que configuran una única realidad. ¿Se trataba de generar una revolución educativa o simplemente de comprender pedagógicamente la revolución mental que estábamos viviendo? ¿Cómo educar –tal vez había que crear una tercera fuerza motriz, me decía– para que nuestros estudiantes sean plenamente incluidos en una sociedad en la que la revolución mental generó mutaciones profundas en la experiencia humana?

Tengo que apelar a mi memoria para recuperar aquellas ideas que mascullaba en enero de 2020 cuando ya había comprado barbijos pero ni remotamente pensaba que iban a cerrarse los edificios de las instituciones educativas durante casi todo el año. Recuerdo que ensayaba pensando en un tema “x” en el marco del programa de mi materia. En primer lugar, me decía, tengo que reconocer que todo lo que ya se sabe sobre ese tema está disponible en la web y accesible a través de la pantalla táctil de los teléfonos celulares. ¿Se trata de un fenómeno reciente? Lo bastante reciente como para que hayamos tenido tiempo de reconocerlo tanto quienes educamos como el conjunto de la sociedad. Vuelvo por un momento al libro The Game y a su autor Alessandro Baricco. Ustedes podrían o no haberlo conocido antes de leer este libro. De no conocerlo, es probable que hayan suspendido la lectura para ir a ver quién es y hayan descubierto que, además de escribir ensayos maravillosos, es un excelente escritor de novelas. También pueden haber visto sus fotos, recientes y no tanto, y los textos y los videos en los que habla de estos temas, incluidos aquellos que se produjeron en el contexto de la pandemia. Tal vez, incluso, decidieron que era mejor leer primero The Game y luego, tal vez, volver por acá. Si hicieron ese ejercicio mientras leían, saltando desde este libro al ultramundo, ciertamente están encarnando la revolución mental. Lo mismo hacen las y los estudiantes cuando cuentan con un dispositivo conectado a internet.

Pero ¿acaso todo aquello que se enseña en las instituciones educativas está disponible de antemano? Ciertamente, no, pero sí todo el conocimiento producido antes de que el acto educativo ocurra al que, salvo honrosas excepciones, se le dedica la mayor cantidad del tiempo escolar. Hubo un momento de la historia en el que eso no sucedía. Los docentes aprendían el saber construido y los que en ese entonces eran los mejores modos de transmitirlo. Así se accedía al conocimiento. No había internet, claro. Los estudiantes demostraban que habían aprendido –memorizado– repitiendo y aplicando el saber existente. La verificación sucedía a través de la evaluación y permitía seguir adelante. Si no sucedía, las chances de perder esa carrera educativa por el saber acumulado aumentaban, lo cual significaba ni más ni menos que quedar fuera del sistema. Mucho de esto, lamentablemente, sigue ocurriendo.

Pues bien, si tomaba nota de lo que estaba disponible, ¿en qué iba a consistir entonces mi enseñanza? En generar propuestas que permitieran comprenderlo, pero también revisarlo, cuestionarlo, tensionarlo, discutirlo o, directamente, inventar algo distinto tanto en el plano del saber como en el de aquello que puede transformarse en la realidad a partir de él. Por ejemplo, la idea de revolución mental de Baricco es conocimiento construido. Necesitamos favorecer su comprensión pero, al mismo tiempo, podemos discutirla por ceñirse a un punto de vista occidental; mostrar sus límites a la hora analizar, por ejemplo, el rol de los expertos disciplinares; y, a la vez, podemos generar el diseño de una política cultural más inclusiva que reconozca las posibilidades de crear en el ultramundo que tienen aquellos artistas que nunca pudieron entrar en circuitos dominados por élites. No se trata de transmitir lo que un autor dice para ser repetido sino de comprender su relevancia en los debates actuales, reinterpretarlo y recrearlo.

Lo que tenía no alcanzaba y me seguía preguntando: ¿cómo hago para que en esa propuesta se encarne la doble fuerza motriz de la realidad que plantea Baricco? Tenemos un ejemplo claro, reconocido por él mismo, en uno de los fenómenos de la cultura contemporánea: las series de televisión. Desde Lost hasta Dark el universo de las series nos mostró que la comprensión de sus narrativas complejas no podía lograrse en soledad. Mientras las miramos en nuestros hogares necesitamos detenerlas para ir a la web a descifrar sus incógnitas junto a muchos otros, que son millones. Estamos en casa frente a la pantalla y al mismo tiempo interactuando en el ultramundo porque solo así podemos salir adelante. Como televidentes, vivimos al mismo tiempo en el mundo y el en el ultramundo; ahí nos encontramos, colaboramos, discutimos y comprendemos. También, en ocasiones, como audiencia, generamos tanta presión que logramos alterar el curso de algunas historias.

Una propuesta, me decía, que captura la doble fuerza motriz conecta el motor físico de la realidad en la que vivimos, por ejemplo, sus problemas sustantivos sin resolver, con el alcance inusitado de las redes sociales. Las y los estudiantes pueden acceder en el ultramundo a todo el material a disposición sobre un tema y, de hecho, lo hacen, pero necesitan comprenderlo profundamente y transformarlo a la vez que cambian para bien la realidad que los rodea. ¿Alcanza con las intenciones de un estudiante o de un grupo de clase? Digamos que sí, pero ¿qué pasaría si se sumara la fuerza de cientos o miles de estudiantes más, en diálogo, por mencionar algunos ejemplos, con políticos, científicos, escritores y artistas? Cada propuesta educativa desplegada al mismo tiempo en el mundo y en el ultramundo podría ser una pequeña revolución. Partiría del reconocimiento de que se puede acceder lúdicamente, a través de las pantallas, a todo aquello que está a disposición. Ubicaría las instituciones educativas y a las y los docentes como creadores de experiencias que dan sentido a lo que está construido, pero no para repetirlo sino para crear con eso una vida mejor. El límite ya no sería el de las cuatro paredes del aula sino el que definiéramos para cada proyecto educativo, en cuyo marco podríamos interactuar con muchísimos otros, no solo con los estudiantes de un curso.

Pensaba en los casos que había conocido, por ejemplo, en pueblos alejados de las grandes ciudades. ¿Qué implica educar en el mundo y en el ultramundo al mismo tiempo allí? Proyectar desde cada una de sus instituciones educativas la valoración de lo local hacia las redes sociales. Dar a conocer el lugar, su comunidad, las historias que los definen, los productos de su economía y de su arte, y ponerlos en diálogo apropiándose de la esfera de lo público. Formar a las y los estudiantes para que renueven los modos de producción volviéndolos más sustentables a partir del estudio y el desarrollo de sistemas alternativos que se den a conocer como construcciones originales. Mejorar las condiciones de vida de la comunidad a partir de creaciones disruptivas enriquecidas con intercambios con investigadores cercanos o lejanos. Con proyectos de estas características, las escuelas reconocen y abrazan la revolución mental para educar estudiantes que, comprendiendo los alcances y las posibilidades del tiempo que les toca vivir, se vuelven crítica y creativamente parte de él. No hacerlo no solo significa educar a través de formas del pasado. Implica educar para el pasado. Un callejón sin salida.

Mi obsesión fue mutando en convicción: no podíamos seguir educando como si el lado físico de la realidad fuera el único que existe. Además era necesario reconocer las otras revoluciones que estábamos viviendo. El feminismo también es una lucha sobre el conocimiento, toda vez que hace visibles e intenta desarticular sus rasgos patriarcales y coloniales.

¿Cuán lejos estábamos en marzo de ٢٠٢٠ de poder encarnar estas revoluciones en las prácticas educativas? Muy lejos. Las deudas en materia de inclusión digital de una parte considerable de la comunidad educativa nos ubicaban en el antes de la revolución mental. Lo primero es incluir. También nuestros modos de hacer nos alejaban. La tradición heredada, la didáctica clásica, la presión de los contenidos sumada al escaso reconocimiento de la provisionalidad del conocimiento y la demorada comprensión de las transformaciones culturales en los sujetos que educamos y en nosotros mismos son solo algunas dimensiones que construían esa distancia. Los esfuerzos llevados a cabo desde las políticas educativas en materia de especialización docente en tecnologías y el desarrollo de recursos por parte de los portales educativos, entre otras numerosas iniciativas de otros sectores, eran muy valiosos, pero no parecían alcanzar. Tal vez porque, en general, estuvieron más orientados a la formación en el uso e incluso en el desarrollo de soluciones tecnológicas para la educación que a la comprensión de los alcances de un cambio de era. Entrar a un aula y ver ahí una propuesta autocontenida en sus cuatro paredes y en sus habitantes, sostenida en sus papeles y agotada en su tiempo acotado es la mejor medida de la distancia. Años luz.

Muy cerca. Con un teléfono celular conectado a internet el mundo es nuestro. Imagínense con una computadora de última generación. Desde una conexión en el aula –sí, una, no es lo deseable, pero es lo mínimo indispensable– podemos acceder a todo aquello que ya ha sido construido; entrar en diálogo con quienes nos resulte interesante o valioso en el marco de cada clase; construir con muchos otros en lugares remotos; publicar la amplia variedad de producciones que nos propongamos crear junto a nuestros estudiantes; intervenir originalmente en discusiones y, por qué no, generarlas, y mucho más. La revolución mental (Baricco, 2019) ya tuvo lugar. Si lo comprendemos, abrazarla en el aula puede ser una cuestión de horas. ¿Cuándo dejamos de comprar discos y empezamos a compilar listas de favoritos en YouTube o en Spotify? ¿En qué momento decidimos que era mejor la televisión por cable que la televisión abierta y cuándo la abandonamos para entregarnos a las maratones de series de televisión a través de servicios de streaming? ¿En qué año dejamos de comprar diccionarios impresos? ¿Cuánto hace que leemos los diarios en línea? ¿Acaso siguen usando el teléfono de línea fija? ¿Recuerdan algún número telefónico de memoria? Los cambios culturales nos atraviesan y en la mayor parte de los casos el tránsito pasó inadvertido. Simplemente ocurrió. ¿Por qué no creer que también puede ocurrir así en las aulas? Muy cerca, en la palma de la mano.

Mientras mascullaba estas ideas no advertía que estaba llegando la hora de la verdad.