RETRATO DE UN CUENTISTA ADOLESCENTE
Sandro Romero Rey y Luis Ospina
De entrada
No es fácil establecer el número exacto de los relatos escritos por Andrés Caicedo. Según el inventario de manuscritos originales entregados a la Biblioteca Luis Ángel Arango, en el “Listado Cuentos Andrés Caicedo” aparecen 67 títulos. Sin embargo, si se lee su contenido con detenimiento, esa cifra es relativa. Hay muchas variaciones sobre un mismo tema (seis versiones de lo que se llamaría finalmente “Los dientes de Caperucita”, con el que ganaría el segundo premio del Concurso Latinoamericano de Cuento convocado por la revista Imagen de Caracas) o archivos de los “Documentos relacionados con el III Concurso Nacional de Cuento convocado por la Universidad Externado de Colombia”, que Caicedo ganó con “El tiempo de la ciénaga”. Por otra parte, hay relatos muy extensos (“El atravesado”; el hasta ahora inédito “El hipócrita peso de los ideales”; que podrían considerarse novelas cortas) o historias sin desarrollar a plenitud (“Calibanismo”).
En 1984 realizamos la primera compilación de la obra póstuma de Caicedo, la cual titulamos Destinitos fatales*y vio la luz en el número 13 de la Biblioteca de Literatura Colombiana, publicada por la Editorial Oveja Negra. Dicho libro constaba de tres secciones: “Calicalabozo”, compuesta por 15 cuentos (la edición de Alfaguara denominada Cuentos completos y publicada en 2014 conserva dicha sección e incluye el relato titulado “Berenice”); “Angelitos empantanados o historias para jovencitos” (tal como fue publicada por La Carreta Literaria en 1977, pocos meses después del suicidio de su autor, que aquí incluimos sin variaciones); y la novela Noche sin fortuna*. Dicha organización nunca se volvió a mantener en ediciones futuras. En realidad, la Editorial Oveja Negra quería publicar en dicha Biblioteca de Literatura Colombiana la novela ¡Que viva la música! Pero en aquel tiempo Caicedo no era un escritor conocido y decidimos proponer esta colección con lo más representativo de la obra del joven autor, para que su gesta creativa no se perdiese en el olvido. Así que los 18 relatos (los que están incluidos en “Calicalabozo” y “Angelitos…”) se consideraron una selección “de urgencia” para mostrar lo que, a nuestro criterio, representaba “lo mejor” de Caicedo, más allá de ¡Que viva la música!**
El tiempo pasó y Andrés Caicedo se ha convertido en una suerte de “clásico” de la literatura colombiana del siglo XX. Se lo estudia, se lo traduce, se lo adapta al teatro, al cine, a los nuevos soportes audiovisuales***. Si en un momento llegamos a pensar que Caicedo era un autor que merecía un discreto reconocimiento, pronto los hechos han obligado a que su obra se publique de manera más exhaustiva, para evitar malentendidos, informaciones parciales, leyendas urbanas o, lo que es peor, posibles censuras. Así que esta colección de relatos pretende convertirse en una edición lo más completa de sus historias de breve formato. En total, 44 cuentos concluidos, incluyendo las versiones “definitivas” de relatos que fueron trabajados desde distintos ángulos. En primer término, conservamos la colección “Calicalabozo”, título que el mismo Caicedo consideró en vida, donde incluía ¡Que viva la música! cuando no se había convertido en novela, sino que pretendía ser un relato breve. En segundo lugar, mantuvimos la colección “Angelitos empantanados o historias para jovencitos” con sus tres historias (“El pretendiente”, “Angelita y Miguel Ángel” y “El tiempo de la ciénaga”: en nuestro criterio, el relato “Berenice” era una versión previa de la presente saga). Acto seguido, un tercer bloque compuesto por “El atravesado” y el cuento “Maternidad”, tal como lo publicó su propio autor en 1975*.
Y aquí viene la novedad, no exenta de aclaraciones pertinentes. El último segmento del presente volumen está compuesto por una colección de relatos que va desde 1966 (es decir, cuando su autor tenía 15 años) hasta 1970. La pregunta de fondo es: ¿se debe publicar todo lo que un autor ha escrito? “Me cuidan la espalda”, le dijo Andrés Caicedo a su amigo y compañero de labores cinéfiloteatrales Ramiro Arbeláez, queriendo decir que no fuesen a publicar indiscriminadamente sus textos. Durante años, mantuvimos un grueso folder denominado “Narraciones tempranas”, en el cual se guardaban los cuentos precoces de Caicedo o sus versiones previas a relatos definitivos. Esas pequeñas historias comenzaron a escribirse cuando su autor aún estaba en el colegio, dirigía y escribía sus propias obras de teatro y participaba del grupo de estudios literarios denominado “Los dialogantes” en el cual se discutían y se impulsaba a publicar textos de sus jóvenes integrantes. Por aquella época, los cuentos de Caicedo eran indagaciones, cómo no, juveniles, gritos desesperados de un muchacho que luchaba por aprender a decir lo que pensaba con un lenguaje propio, a la búsqueda de una identidad literaria. El afán por construir su propia disciplina se siente en los encabezamientos de cada uno de dichos cuentos, donde Andrés consigna la fecha y la hora de su escritura.
Invitación a la noche
Pero no perdamos el orden. A pesar de que este volumen se organizó cuando Luis Ospina ya había fallecido, se conserva su nombre como coeditor puesto que su espíritu está presente a lo largo de estas líneas pasadas. A continuación, dejo un extenso fragmento del Prólogo a Destinitos fatales titulado “Invitación a la noche” que escribimos a cuatro manos y que da cuenta de las tres primeras secciones de relatos aquí consignadas. Dice así:
“Podríamos dividir su trabajo como narrador, en tres ‘etapas’ (seguramente, a nivel temático, muy arbitrarias), que nos ayudaron a la simplificación y organización del material. La primera, son sus cuentos de adolescencia, publicados algunos en dominicales de los diarios Occidente y El Espectador, entre 1966 y 1968. La segunda, es su prolífico trabajo de 1969. Y la tercera, todos los relatos que conducirían a la saga de Angelita y Miguel Ángel. Habría que advertir que, en paralelo a la escritura de los relatos, Andrés trabajaba en sus novelas, las cuales formaban parte de las obsesiones temáticas de sus cuentos.
“Sus primeras narraciones adolescentes son las menos afortunadas. Hay un excesivo nihilismo y ‘recursos’ narrativos que pretendían seguir la línea de los triunfos formales de la nueva literatura latinoamericana. Andrés mismo se burlaría, tiempo después, de estas trampas ‘estéticas’. La segunda etapa, nos muestra la producción más abundante de la cuentística caicediana. Cada relato es escrito una y otra vez, con una compulsividad sin tregua. Lo interesante de estas continuas versiones, es que no se trataba de variaciones mecánicas, sino, por el contrario, eran lecturas del tema desde nuevos ángulos, con otros narradores, con elementos cada vez más frescos. Casi todos estos cuentos, a su vez, presentan ciertas recurrencias en el estilo, las cuales Caicedo terminaría manejando con absoluta maestría.
“A partir de estos relatos, se consolidarían muchos elementos que han terminado llamándose, no en vano, ‘el universo caicediano’. Por un lado, su progresiva obsesión por la ‘descripción de mundos corrompidos’. Sus personajes comienzan a vivir dentro de un ambiente oxigenado por la nostalgia de veraneos, calles recorridas, novias, colegios, vacaciones, y terminan entregándose, incluso a pesar de ellos mismos, al camino de la perdición. En cada uno de sus relatos hay una lucha permanente entre la narración y el tiempo interior, de tal suerte que pareciese que los acontecimientos no avanzaran. Hay muchos cuentos que comienzan en una historia específica y, poco a poco, se van desbocando en reflexiones que van más allá del relato mismo. Esta característica la encontramos incluso en ¡Que Viva la Música!, cuando la narradora concluye, en las últimas páginas, en una enumeración de máximas sobre la marginalidad, guardando alguna semejanza con El Libro de Monelle, de Marcel Schwob.
“En otras palabras, notamos que, en los textos de Caicedo, hay una relación permanente entre lo personal y lo distanciado, el narrador se incluye y se aleja de la historia como si pudiese entrar y salir a su antojo, dentro de sus arbitrarias leyes. Siempre habrá una continua experimentación en este sentido, brindándole a los cuentos una permanente sensación de libertad, a pesar del encierro en que se encuentran (con) sumidos los personajes. Uno no llega a saber, a ciencia cierta, si lo que se cuenta es o no posible, si el narrador lo vive o lo imagina, si los acontecimientos suceden o se nos imponen por la lógica de los sueños. Apoyado en los arabescos coloquiales del lenguaje, Caicedo le confiere al relato una dosis de vitalidad extraída de todo tipo de recurrencias y de recuperación de voces, unidas por su permanente necesidad de autodefinirse. Dentro de esta tendencia encontramos que hay una búsqueda por atrapar voces casi exclusivas de la palabra hablada. La recuperación del lenguaje de la droga, por tomar sólo un ejemplo, es una constante, sobre todo en sus últimos textos, así como su recurrente utilización de expresiones del lenguaje juvenil caleño. De la misma manera, vemos que en ninguno de sus relatos se recurre a la tercera persona: siempre se parte de un narrador (sea hombre, sea mujer, sea homosexual) que es víctima de su propia circunstancia y cuenta (muchas veces con un interlocutor hipotético en segunda persona) los acontecimientos, casi siempre con connotaciones apocalípticas.
“Aquí las palabras van y vienen, le dan muchísimas vueltas al asunto, hasta el límite de convertir los puntos de apoyo del relato en un simple pretexto que se explaya en la reflexión de su propia tragedia. Ante esta circunstancia, en casi todos sus cuentos hay una obstinada sombra de amargura que se evidencia incluso en el permanente humor que mantienen las narraciones. De otro lado, existe en casi todos sus relatos un sugestivo tono de imperturbabilidad para contar los acontecimientos más escabrosos y temibles. Todas las relaciones físicas entre los personajes (bien sean eróticas o violentas) se le comentan al lector con frialdad, mezcladas con todo tipo de ‘opiniones’ que el narrador impone sobre los acontecimientos que escoge contar.
“Pocas veces encontramos en los relatos de Caicedo historias contadas por un narrador adulto. Sólo descubrimos una excepción a esta ley, en un breve cuento titulado ‘Teaching y tal’, el cual parte de las reflexiones de un inmamable profesor de colegio. Por desgracia, se trataba de un relato inconcluso y, de seguro, sin muchas ganas por parte del autor de llevarlo a un buen final. Así mismo, Caicedo tenía proyectado para la segunda parte de Noche sin Fortuna un monólogo interior de la mamá de Solano Patiño, el protagonista, el cual nunca llegó a escribir. Una verdadera lástima, pues bien sabido es, a juzgar por sus relatos, su tendencia a refugiarse en la contemplación de las madres, otorgándoles siempre un admirado homenaje de postración”.
Calicalabozo
Y más adelante agregamos: “Los quince relatos que conforman Calicalabozo son las versiones más acabadas de cada uno de ellos. Algunos fueron publicados en suplementos dominicales, uno que otro en alguna revista y los demás son inéditos.
“El primero de la serie, titulado ‘Infección’, es quizás el mejor ejemplo del trabajo adolescente de Andrés. Allí están incluidos todos los ingredientes de sus primeros relatos: un mínimo esquema argumental, las reflexiones de derrota, el discurso recurrente, el rechazo a todo lo que se le presente por delante, el tono de escritor maldito y la secreta influencia del poeta Eugenio ‘El Loco’ Guerra. ‘Por eso yo regreso a mi ciudad’ es un relato de extraña belleza, con un esquema que luego se volverá permanente en su obra: el encierro de un personaje y sus reflexiones sobre Cali desde la óptica del aislamiento. ‘Vacío’ es una de sus mejores narraciones breves, y uno de sus primeros tanteos sobre sus dos personajes adolescentes, Angelita y Miguel Ángel. ‘Besacalles’ es basado en un famoso habitante de las calles de Cali, quien moriría en oscuras circunstancias, luego de practicar alguno de los trabajitos que Andrés le designa en su relato. ‘De arriba abajo de izquierda derecha’ es un cuento del cual encontramos muchas versiones y entregamos al lector la más acabada, a juzgar por una hipotética enumeración que el autor había trazado. ‘El Espectador’ es otro de los cuentos escritos en 1969, donde empieza a utilizar el cine como parte constitutiva de sus ficciones narrativas. ‘Felices Amistades’ inicia lo que podríamos llamar la etapa criminal del autor, en un relato lleno de ambigüedades ingeniosas y situaciones que luego aparecerán en Noche sin Fortuna. ‘¿Lulita que no quiere abrir la puerta?’ es una versión primitiva de ‘Los Dientes de Caperucita’, pero, a juzgar por el resultado final de este último relato, se transformó totalmente. Lo incluimos porque tiene méritos por sí solo y porque es casi el inicio de su imagen de la mujer como devoradora (otro de los temas que llegará a felices términos en Noche sin Fortuna). ‘En las garras del crimen’ es su único cuento influido por la novela negra y el thriller, dos de sus géneros favoritos. Es un relato muy en plan de regodearse con el tema y está escrito como si Andrés jugase con su propia imagen y sus propios gustos. Se trata, al parecer, de una de sus últimas narraciones breves. ‘Patricialinda’, el cual se iba a llamar inicialmente ‘Destinito Fatal’, es otra de sus interminables reflexiones acerca de un personaje, tomando un par de anécdotas mínimas como punto de partida para las siempre reconfortantes divagaciones de sus protagonistas. Y no es difícil adivinar a qué Patricia estaba homenajeando. ‘Calibanismo’ era un fragmento de ‘Antígona’ donde con mayor obsesión insiste en el tema del canibalismo (una de las versiones de Noche sin Fortuna. Hay otro relato en los archivos titulado ‘No quedan sino dos’ que es una variación de la misma historia, pero el personaje no se llama como el de la tragedia de Sófocles…). Aquí se nos hace una suerte de ‘análisis’ de lo que serán las actitudes del extraño personaje femenino de la novela. ‘Los Dientes de Caperucita’ es uno de sus relatos más delirantes y de considerable riqueza estilística. Premiado en Caracas, fue el cuento del cual encontramos mayor número de versiones y variantes temáticas. Aunque le somos fieles al autor al sacar a la luz la que él consideró el cuento terminado, había otras aproximaciones excelentes, como la titulada ‘¡Pero qué ojos más grandes tienes, Caperucita!’, que, por desgracia, tuvimos que echar a un lado. ‘Maternidad’ salió al público en la contracarátula de ‘El Atravesado’, en la edición que él mismo supervisó. Era el cuento que Andrés consideraba ‘modestamente, como mi obra maestra’. Y, aunque hay otros relatos memorables, no estaba del todo equivocado. En él se destacan elementos que luego desarrollará en ¡Que viva la música!, como la descripción del desmoronamiento de la dama de la historia. El tono del cuento es inmejorable y su delicioso ambiente decadente lo convierte en el mejor ejemplo de cinismo y agite que cualquier autor colombiano hubiese tenido hasta el momento. Recuérdese, por ejemplo, cuando el narrador dice ‘rasgué con su sangre el pasto yaraguá’, al referirse a la primera cópula con su mujercita. O su definitiva decisión: ‘Le haré un hijo a esta mujer’: son logros contundentes de su estilo. ‘Los mensajeros’, a criterio de los recopiladores, es el cuento de mayor belleza de toda la selección. Hay un imagen apocalíptica y nostálgica de Cali, vista desde la óptica de una legendaria estrella de cine que surge y desaparece cuando Cali se convierte en la meca del séptimo arte y los soñados Estudios del Río dan cuenta de por qué la capital del Valle del Cauca se le iba a llamar alguna vez Caliwood. Uno de los cuentos memorables para la historia del cine colombiano. Por último, los tres ‘Destinitos fatales’ que el lector encontrará al final de Calicalabozo, fueron publicados por Andrés en 1971, en uno de los folletos del Cine Club de Cali (que se llamaba, cómo no, Ojo al Cine), en medio de reflexiones sobre las películas de Polanski y el género de horror. La frase Destinitos fatales será una constante en todo lo que Caicedo escribió, y su vida en general estuvo marcada por esta chapa. De hecho, su suicidio fue la respuesta a ese dicho recurrente.
“El título Calicalabozo habla por sí solo. Este era el nombre que Caicedo siempre quiso para su colección de cuentos, una vez publicados. Entre sus notas, encontramos varios proyectos de unificación de sus relatos, siempre bajo el mismo título. Incluso, hay un proyecto de aglutinar sus cuentos, ‘¡Que viva la música!’, ‘El atravesado’ y los ‘Angelitos empantanados’, todos en un sólo volumen (…).
Angelitos empantanados
“La segunda sección del libro, Angelitos empantanados o Historias para jovencitos comprende tres relatos. Uno de ellos, ‘Angelita y Miguel Ángel‘, contiene buena parte de su cuento ‘Berenice’, sobre todo en lo referente a la fascinación por las pocas piezas dentales coleccionables del poeiano personaje. La editorial Plaza & Janés publicó una selección con este título en 1978, compuesta por ‘El atravesado’, ‘Maternidad’, ‘El tiempo de la ciénaga’ y un relato que bautiza el volumen. Este ‘Berenice’ es una variación inserta en Angelitos empantanados. Todas estas narraciones dan vueltas alrededor de los mismos sujetos e, incluso, de las mismas situaciones que luego veremos ampliadas en Noche sin fortuna.
“En estos relatos encontramos que los protagonistas siempre descienden al ‘espiral sin fondo de la perdición’. Este viaje se evidencia en una búsqueda ingenua de la marginalidad, hasta el punto de caer en las garras de los mundos corrompidos. Los personajes principales de estos cuentos son dos muchachos divinos, estereotipos de la burguesía, limpiecitos y portadores del amor en estado virginal. Hasta que el descenso a los infiernos, el reconocimiento de los barrios populares, la evidencia del lumpen y de lo inmundo, los conduce a la muerte. Esta sensación se encuentra manifiesta en ‘El tiempo de la ciénaga’, de lejos, el mejor relato de la serie. Todos los actuantes en la presente saga, están marcados por un destino precoz, juvenil, dramático. Son poseedores de tempranas tragedias, se ahogan en su propio pantano y se tornan, a veces, en obstinados y reflexivos o en crueles jovencitos inocentes, según el caso.
“La capacidad narrativa de Caicedo se hace evidente en esta colección de retratos de unos personajes que parecen narrar una historia ya sucedida y repetida para ellos mismos desde la tumba. ‘El pretendiente’, por ejemplo, inicia la invención de su historia desde la cama. El héroe está encerrado en un cuarto y tiene a la ciudad como telón de fondo, distanciada y solemne. A pesar de estar todos en una tierna juventud, pareciese como si ellos hubiesen tenido una sobredosis de vida y estuviesen cansados de pensar. Hay una extraña reverencia en los diálogos, en la descripción de los ambientes, dándonos la idea de ser personajes que la derrota les ha conferido el don de la sabiduría. Es un poco distinto este espíritu al de ‘El atravesado’, donde el narrador le cuenta a un interlocutor su edad de oro como peleador callejero, con un trasfondo hijo de Rebelde sin causa, de Al compás del reloj, de The Wild One, pero también de los ambientes duros del sur de Cali, del espíritu de las galladas y de una evidente nostalgia por el mundo de los años sesenta. En este relato notamos la capacidad de Andrés por estar en ‘la piel del otro héroe’, para utilizar sus propios términos. En El Atravesado quien narra es el portador de la violencia. En Angelitos Empantanados los personajes, son sus víctimas (…)”.
El atravesado
El 18 de enero de 1973, en el Inglewood Forum de Los Ángeles (California), se llevó a cabo el primer concierto de la gira de invierno de los Rolling Stones. El concierto, en realidad, fue un abrebocas para la gira australiana de la banda, el cual se dio a beneficio de las víctimas de un reciente terremoto en Nicaragua, con el que la banda recolectó un poco más de medio millón de dólares. Poco tiempo después, un acetato pirata, conocido como All Meat Music, salió al mercado ilegal del disco. En la carátula se veía una serie de viñetas que caricaturizaba los títulos de algunas de las canciones emblemáticas de los Stones. Entre ellas, al centro de la diagramación, se destacaba la figura de un Keith Richards pandillero, con un cuchillo y una cadena en sus manos. En la pared de atrás, algunos grafitis. Entre ellos se lee el título de un tema histórico: “Street Fighting Man”. Y la palabra “Man” está debajo de las piernas del pandillero. Hoy por hoy, el disco es una joya para los coleccionistas de discos ilegales de la llamada “banda de rock and roll más grande del mundo”.
En 1975, “gracias a la iniciativa de Nellie Estela de Caicedo, en el aniversario número 24 del nacimiento de su hijo”, apareció en Cali una edición local del relato El atravesado de Andrés Caicedo, apoyada por un sello de tinta azul que decía “Ediciones PIRATA de calidad”. La carátula del libro era de un intenso fondo amarillo y el dibujo de la misma reproducía la feroz caricatura de Keith Richards del álbum All Meat Music. Un “homenaje” que tenía ligeras variaciones: en lugar de la palabra “Man”, se leía, debajo de las piernas de la figura, la muy caleña expresión “Mano” (en el relato se nos aclara que los bacanes locales de la época “evolucionaron” la expresión “hermanolobo” a “hermanolo”, luego a “hermano” y finalmente a “mano”). A un lado de la cara de Richards, leemos un insulto: “loca”. Y debajo, un corazón con las iniciales “M.J. y B.”. El apellido de la B. (de Bianca, suponemos), está tachado. El dibujo está enmarcado por dos letreros verticales que rezan: “El atravesado” y “Andrés Caicedo”. La figura fue “reproducida” por el mismo autor, quien también era entusiasta dibujante. Un disco pirata, que sirve de modelo a una edición “Pirata de Calidad”, para un autor que terminaría siendo el paradigma de los autores contestatarios colombianos.
Dos versos de la citada canción “Street Fighting Man” sirven de epígrafe al relato. Una historia llena de aventuras pandilleras, de peleas, donde se reconstruye una ciudad de Cali “calcada” de las películas de delincuentes juveniles de los años 50 a 70, tipo West Side Story o A Clockwork Orange. En la dedicatoria de “El atravesado”, tres nombres: Clarisol Lemos, Guillermo Lemos y Carlos Tofiño. La primera, repetiría “el honor” de ser homenajeada por su autor, pues es la misma “Clarisolcita” que inaugura las páginas de ¡Que viva la música!, la novela emblemática de la saga caicediana. A los restantes Lemos y Tofiño los identificaríamos gracias a las reconstrucciones documentales de Luis Ospina (Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos y el denominado Angelitos empantanados). A su vez, Guillermo Lemos es el protagonista del documental de 1998 titulado Un ángel del pantano, dirigido por Oscar Campo. El resto de la introducción de El atravesado reza: “naturalmente, en aquella época todos estábamos enamorados de Anthony Burgess y Marito Vargas Llosa”. Anthony Burgess es el nombre del autor de la novela que sirvió de base al film La naranja mecánica de Stanley Kubrick (me temo que los homenajeados conocerían más la película que el libro, tal como podemos ver en los materiales de Luis Ospina). En cuanto a “Marito” Vargas Llosa, el entusiasmo se debe a sus libros sobre la juventud: Los jefes, La ciudad y los perros y Los cachorros. Vargas Llosa, de alguna manera, le servía de modelo a Caicedo acerca de cómo mostrar el mundo de los jóvenes a través de la literatura.
Pero quizá la mayor curiosidad de la primera edición de El atravesado se encuentra en la contracarátula. Se trata de un texto introductorio firmado por el escritor barranquillero Jaime Manrique Ardila, desde hace décadas radicado en Nueva York. En aquel tiempo, Manrique oficiaba como poeta y como crítico de cine (su foto apareció en la edición 3/4 de la revista Ojo al cine). Según cuenta el mismo Manrique, Andrés le pidió que le presentara su libro, pero como el autor de El atravesado siempre vivía a contrarreloj, decidió él mismo escribir la presentación y firmarla como si fuera de Manrique. Sobra agregar que a Manrique le gusta tanto la presentación como si hubiese salido de su propia pluma. Esta anécdota es confirmada por el escritor chileno Alberto Fuguet en su libro Mi cuerpo es una celda, donde reconstruye la autobiografía de Andrés Caicedo, a través de sus cartas y sus diarios.
Para completar la reconstrucción, en las contratapas de la edición original de El atravesado, Andrés incluyó el relato titulado “Maternidad”. Según cuenta “Jaime Manrique Ardila” en la presentación, el autor quería debutar con un libro de 500 páginas subtitulado Historias para jovencitos. Pero la premura y el desasosiego hicieron que El atravesado fuese su primer libro de combate. Hoy por hoy, se ha cumplido el anhelo de su autor quien quería que el relato fuese leído “en los recreos, en voz alta, pero en la clandestinidad del grupo selecto”, puesto que los libros de Andrés Caicedo se han convertido en textos obligados para los adolescentes que se entusiasman por la literatura sin que haya ningún maestro que la imponga.
La presente edición de “El atravesado”, con sus tropeles y sus serenatas, con Edgar Piedraíta (sin la fatal h intermedia) y Rebeca, con Akira Nagasaka y María del Mar, con la mamá alcahueta y las pedreas callejeras es una reconstrucción de aquella publicación casi privada que Andrés Caicedo hizo en vida para que, décadas más tarde, siguiéramos descubriendo, celebrando y degustando con el placer que sólo permite la aventura de los grandes textos literarios.
Narraciones tempranas
“El hipócrita peso de los ideales”. Es una suerte de relato extenso, escrito en segunda persona (no sabemos dirigido a quién, como en “El atravesado”) donde los afanes de la seducción adolescente se mezclan con una visión cínica del mundo y la línea narrativa se rompe en los 16 “capítulos” que lo componen. Fue iniciado un 19 de marzo y, según parece cotejando con los otros textos mecanografiados, es muy probable que haya sido en 1966. Hay otro relato en el archivo titulado “Las aberraciones que claman piedad odio tras odio”, fechado en 1967, que es el mismo capítulo de este relato titulado “El ambiente”, con sus referencias a El gran ceremonial, la obra de teatro de Fernando Arrabal escrita en 1963 (y que Caicedo denomina “El gran sacramental”). El tono del llamado “teatro del absurdo” (que dominaba los escenarios de las vanguardias locales y que Caicedo adaptó) sirve de apoyo para la letanía del narrador caminante, del narrador feligrés, del narrador pretendiente.
“El ideal”. Es una variación del prólogo de “El hipócrita peso de los ideales”. Lo publicamos tal cual como se editó en los Cuentos completos que publicó Alfaguara en 2014. Según el testimonio de Carlos Alberto Caicedo para el documental Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos de Luis Ospina, es uno de los primeros textos que conoció de su hijo quien, al parecer “nunca le perdonó” que hubiese dudado de su autoría.
“Lo que se odia, lo que se quiere y lo que se ama”. Se podría omitir de esta selección, toda vez que se trata de un collage de frases de distintos relatos (“Infección”, “El hipócrita peso…”, “Yo la quiero, muchacha estúpida…”). Pero es muy interesante ver cómo Caicedo reescribía sus relatos, aun desde edad muy temprana, obsesionado por los temas y desesperado por lanzarle gritos al mundo, con variaciones que llegaban hasta su propia exasperación.
“El ambiente negro, las calles negras”. Escrito en octubre de 1966. Es una variación del capítulo VII de “El hipócrita peso de los ideales” que Caicedo reescribió como un nuevo relato.
“Un periódico para mi angustia”. Radiografía de las noticias en los periódicos caleños Occidente y El País. Referencias a la columna “Mirador” del periodista cubano afincado en la ciudad, José Pardo Llada. El entorno como detonante del precoz desasosiego de su autor.
“Las lámparas”. Fragmento de tímida seducción adolescente, “con mucha gomina”, según protesta la protagonista. El detalle de las lámparas es un acertijo que impulsa las elucubraciones del narrador. Muchos años después, en su novela ¡Que viva la música!, la heroína del libro admitirá que “el sexo es el acto de las tinieblas”. La idea ya viene desde este primitivo relato.
“Frustración con poco ánimo”. “Mi vida era una inmundicia terriblemente desheredada”, confiesa el narrador de este relato que parece ser el mismo de toda esta saga. Un narrador que se llama Andrés, que sus amigos se llaman como sus amigos “de la vida real” (Alfonso, Jaime…), un narrador que quiere dejarlo todo por escrito. Hasta la última huella de su desencanto.
“A cada paso el tedio agota”. Cada uno de estos pequeños relatos pareciera un tráiler, un avance, un episodio mental del narrador y sus jóvenes amigos. El tedio, la frustración, la angustia, la hipocresía: las palabras saltan a la vista.
“La voz lejana y cruel / La voz ronca”. De nuevo la evocación poética del amor, la ambigüedad y los mensajes en clave. El relato no tiene fecha.
“El silencio”. Con el título de una película de Ingmar Bergman realizada en 1963 (¿habrían dejado a Andrés Caicedo entrar a una película de Bergman cuando la censura se dividía en Todos, mayores de 14, de 18, de 21 años?), el narrador regresa a su letanía sobre el Ideal. El Ideal es un referente al cual sigue refiriéndose en segunda persona, lo increpa, lo cuestiona, lo mata. ¿Cuál es ese Ideal que perseguía y fustigaba el Caicedo de 15 años?
“La epopeya de El Álamo”. Amante de los westerns, es muy probable que el joven Caicedo hubiese escrito este relato basándose en la primera película que dirigió John Wayne (El Álamo), donde el actor trabajó junto a Richard Widmark y Laurence Harvey. No sería la última vez que Andrés hiciese pastiches sobre la conquista del Oeste. Baste recordar su sinopsis titulada Los amantes de Suzie Bloom, recreada en el documental colomboargentino Noche sin fortuna (2011) de Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes.
“La piadosa mentira”. Relato delirante escrito como si fuesen parlamentos de una obra de teatro del absurdo.
“Incisivos”. Fiestas, declaraciones, traiciones, rocanrol, inocencia, crueldad. Más allá de los territorios conocidos, comienza el juego de palabras caicediano con las piezas dentales, obsesión que se verá completa tras la lectura de “Berenice” de Edgar Poe y su posterior versión caleña.
“Período de masticamiento”. En los archivos de Caicedo figura este breve relato con dos títulos: “Los incisivos / Período de masticamiento”. Conservamos el segundo, para diferenciarlo del anterior. Breve e intensa narración que anticipa, de alguna manera, el vigor caníbal de “Los dientes de caperucita”.
“Yo la quiero, muchacha estúpida… ¿no se da cuenta?” Hay una serie de viñetas, algunas perdidas, otras casi ilegibles (como la titulada “Las miradas que piensan en todo, menos en ellas”, escrita un 4 de julio de un año no especificado) donde Caicedo continúa con su provocación, su tono entre insultante y tierno, jugando al victimario mientras se convierte, a propósito, en víctima.
“El héroe”. Hay distintas versiones (5 en total) de esta parábola de la guerra. La más completa es su versión teatral titulada La piel del otro héroe que Caicedo, en su obsesión precoz por las fechas, ubica el 9 de febrero de 1967. Este cuento, fechado el 9 de julio, es muy probable que haya sido escrito ese año pues, en la adaptación escénica, Caicedo aclara: “Así pues, la lista de Héroes se puede encerrar dentro de la anterior fecha hasta el 13 de febrero de 1968”.*
“Piel de verano / Cuatro días horribles de cualquier verano”. En 1967, Caicedo escribe su precoz obra de teatro “iconoclasta” titulada El fin de las vacaciones. En el presente relato se da cuenta de los curiosos happenings del autor frente a sus amigos, donde se evidencia su necesidad de poner en tela de juicio, con humor y dolor, a los protagonistas de su entorno. Hay dos versiones del mismo cuento, con títulos diferentes y algunas variaciones. Conservamos los dos nombres que se encuentran en los archivos.
“Contracciones”. Letanía “metafísica” en segunda persona dirigida a un posible rolo (bogotano) que visita a Cali y se encuentra tan despistado y triste como el furibundo narrador.
“Poses”. Con el mismo inicio de “Infección”, el relato toma otro rumbo y se concentra en una anécdota de aparente banalidad adolescente que termina en profunda reflexión sobre el desasosiego.
“Teaching y tal”. Monólogo interior de un profesor de primaria. El único relato de Caicedo desde el punto de vista de un adulto. El título es un coloquialismo caleño para ahorrar tiempo en la conversación. El anglicismo no necesita aclaraciones. El entorno del cuento tiene lazos comunes con el de “El atravesado”. No tiene fecha.
“Paseíto”. Es una lástima no saber cuándo se escribió este breve relato, porque se siente un espíritu similar al de Guillermo Cabrera Infante y su prodigioso recurso de capturar la voz hablada. Por lo demás, hay una referencia a “La Llorona”, uno de los mitos de terror local que luego, años después, Carlos Mayolo desarrollaría en sus experiencias en cine y televisión.
“El peregrino”. Otra de las múltiples fiestas de adolescentes en las narraciones de Caicedo. Pareciera ser una variación de su precoz novela “La estatua del soldadito de plomo”. El nombre del personaje (Carlos Felipe) es el mismo. Aunque sus reflexiones y sus accidentes varían y conducen a resultados distintos.
“Que perdone”. Diálogo entre dos jóvenes sobre un tema esencial entre los adolescentes caicedianos: la declaración, la “petición de mano”. En este caso, por interpuesta persona. La situación, de aparente realismo, parece extraída de un momento del teatro del absurdo, tendencia de las artes escénicas que gozaba de todos los afectos de nuestro artista adolescente.
“La última existencia”. Evocación delirante en segunda persona que Caicedo intenta acomodar en distintos textos. El aquí consignado es un relato autónomo de efectivo aliento poético. Hay distintas versiones del mismo relato, algunas sin título. Al parecer, Caicedo para hacer ligeros cambios de cada relato repetía integralmente la versión mecanografiada. Lo que figura, por ejemplo, como “Sin título” en los archivos de la Biblioteca Luis Ángel Arango es una variación de esta “última existencia”. Frase que resulta más que coincidente para terminar esta exhaustiva recopilación de un narrador cuya tumba literaria se mantiene, por fortuna, sin sosiego.
BOGOTÁ, 2020
* Caicedo, Andrés. Destinitos fatales. Biblioteca de Literatura Colombiana. No. 13. Editorial Oveja Negra, 1984.
* Caicedo, Andrés. Noche sin fortuna. Seguido del relato “Antígona”. Seix Barral. Biblioteca Breve. 2019.
** Caicedo, Andrés. ¡Que viva la música! Seix Barral. Biblioteca Breve. 2019.
*** Ver: Romero Rey, Sandro. Memorias de una cinefilia (Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis Ospina). Siglo del Hombre Editores / Universidad del Valle. 2015, Págs. - (197-210). Allí se consignan: “Libros y publicaciones con textos de Andrés Caicedo”, “Traducciones”, “Sobre Andrés Caicedo”, “Videofilmografía sobre/de Andrés Caicedo”.
* Caicedo, Andrés. El atravesado. Incluye el relato “Maternidad”. Ediciones Pirata de Calidad. Cali, 1975.
* Caicedo, Andrés. Teatro. Edición a cargo de Sandro Romero Rey. Programa Editorial de la Universidad del Valle. Cali, 2017. Pág. 87.