I

Sea como el pájaro, posado por un instante

sobre demasiado frágiles copas,

que siente doblar la rama y sin embargo canta,

sabiendo que tiene alas.

VÍCTOR HUGO

No hay una sola mujer de mundo en América que no tenga un pasatiempo artístico o una elegante especialidad. Algunas persiguen los bronces, los marfiles; otras, los tapices, las telas antiguas. Una es famosa por su servicio de mesa o su platería; otra, por sus joyas o encajes. Casi todas son coleccionistas apasionadas que, sin remordimiento alguno, vienen a despojar al Viejo Mundo de sus reliquias. El Nuevo, gracias a ellas, ve acrecentar su tesoro artístico con una prodigiosa velocidad, y el vil dólar se transforma en objetos raros y preciosos.

Hélène Ronald, la esposa de uno de los futuros grandes hombres de los Estados Unidos, era considerada como una autoridad en materia de interiores y decoración. Se enorgullecía de ser capaz, si fuera necesario, de hacer una fortuna poniendo su gusto al servicio de los nuevos ricos.

Su casa, en Nueva York, estaba ubicada en el sector de la Quinta Avenida donde se encuentran las casas de los millonarios más notables, con vista a los amplios céspedes aterciopelados y árboles del Central Park. Junto a los palacios de Gould y Vanderbilt, parecía pequeña y bastante modesta; no obstante, era una maravilla de gusto y comodidad. Hélène trabajaba en ella sin cesar, retocándola como una obra de arte, quitando aquí un mueble, colocando allá una pintura o una pequeña decoración. Y la mostraba a todos con orgullo, desde la cocina hasta el ático. La habitación que más alimentaba su vanidad era el tocador. Ella había puesto todo su genio femenino en aquel íntimo ambiente. A algunos les hubiera gustado más sobrio y simple; un artista, sin embargo, lo habría encontrado delicioso. Las paredes, entre las altas ventanas, estaban decoradas por un brocado azul grisáceo con reflejos iridiscentes, y el parqué yacía cubierto por una de esas alfombras Morris que semejan flores vivas bajo los pies. En los paneles de los muebles, de madera blanca, pulida y cálida como el marfil, había incrustaciones de salamandras, pájaros exóticos y mariposas jaspeadas, cuyos colores armonizaban con sedas amarillas, azules y rosadas de asientos, cojines y cortinas. Sobre este fondo, en un tono sumamente suave, destacaban las acuarelas de los maestros, la guarnición del viejo Dresde que ornamentaba la chimenea, los joyeros, las copas antiguas, los jarrones de curiosas formas y, finalmente, la gran mesa, coronada por un espejo, donde los utensilios bañados en oro, en plata y en dorado carey, se disponían ordenadamente sobre una maravillosa superficie a la manera tradicional de Venecia.

Un europeo, repentinamente transportado al umbral de este santuario, no habría errado, en una primera impresión, al suponer que se encontraba en el gran palacete parisino de una cortesana; sin embargo, si hubiera sido mínimamente dotado con ese sexto sentido que penetra en las personas y las cosas en la forma en que los rayos Röntgen lo hacen, habría reconocido rápidamente, a pesar de este sospechoso refinamiento, bajo escrutinio, el ambiente sano de la mujer honesta. Y la señora Ronald era la figura que un colorista tendría que haber colocado en este cuadro ultramoderno. Se requería ahí su elegante cuerpo, ya sea deliciosamente desnudo o vestido, su cabello reluciente, matizado en varios tonos de oro, su opaca blancura, sus grandes ojos cafés que la rodeaban con una caricia inconsciente, sus hermosos labios bien delineados que al sonreír dejaban ver unos dientes perfectos. Era necesaria ahí esa cabeza que daba la impresión de «rubiez» y de luz, ese rostro encantador ennoblecido por un aire de inteligencia y superioridad.

Una tarde, hacia fines de marzo, Hélène se preparaba para la ópera. Arropada por un vestido amarillo muy tenue, cuyo escote revelaba la entera perfección de sus hombros, estaba sentada frente al espejo. Mientras acomodaba cuidadosamente unos rizos que salían alborotados de su peinado, la figura de un hombre alto con cabello negro y ojos azules se reflejó en el espejo.

—¡Ah! ¡Henri! —exclamó la joven sin interrumpir su tarea—; me parece que llega usted retrasado.

—Así es, he tenido una tarde muy ocupada.

Los esposos intercambiaron un saludo de manos y una mirada afectuosa; después, el recién llegado se arrojó en un sillón que estaba junto al tocador, a contraluz, y que parecía ser de su propiedad.

—Y bien, querida, ¿se ha divertido usted hoy? —inquirió él con amabilidad.

—Bastante. El desayuno con la señora Barclay fue estupendo, muy alegre… un éxito…

—¿Se quejaron mucho de los hombres?

—No hablamos de eso.

—¡Eso es aún peor! —interrumpió el señor Ronald, sonriendo.

—Discutimos unos asuntos interesantes… Las europeas no pueden imaginar lo agradable que es tener un desayuno de mujeres.

—Ellas aún no han aprendido a prescindir de nosotros.

—¡Peor para ellas! —respondió Hélène con una expresión que atenuaba la impertinencia de su respuesta.

—Tuvimos una gran sesión de apertura en nuestro congreso.

—¡Ah!

—Rauk, de Boston, pronunció un discurso notable. Dio revista a los descubrimientos de la química moderna y presagió los del futuro; retomó el papel y la misión de los científicos. Nunca he escuchado nada más magistral.

Hélène había seguido en silencio el hilo de sus pensamientos.

—Imagínese —dijo ella— que la señora Barclay, en el desayuno, ha estrenado un servicio de cristal de Bohemia tallado con sus propios diseños, un mantel y servilletas bordados en Constantinopla por mujeres sirias.

—¿Era bonito?

—Sí, original, bizantino… un poco demasiado lujoso.

—Sabe usted que debo hablar en el congreso la próxima semana —dijo el señor Ronald volviendo de nuevo a lo que le interesaba—. Me propongo decirles unas cuantas cosas a los filósofos y a los literatos.

—¿Qué le han hecho ellos?

—A mí, personalmente, nada; pero su ignorancia me exaspera. No ven que la ciencia es la naturaleza, y la naturaleza es la ciencia misma. Están en un error al despreciarla. Han proclamado su derrumbe. La acusan de haber aumentado la suma de los males de la humanidad. Aplauden las derrotas de los académicos, se burlan de su prueba y error, de sus fracasos. ¡Es una idiotez! Ellos deberían más bien asociarse a esta con sus trabajos, difundir sus descubrimientos, aceptar la verdad. De esta manera, harían que la evolución actual fuera menos dolorosa, ¡porque toda evolución es dolorosa!… Van a poner el grito en el cielo cuando uno de estos días les demostremos, a estos famosos idealistas, que el amor no es más que un fluido, como la luz, como la electricidad.

Hélène, demasiado ocupada en colocar en su cabello pequeñas peinetas con adornos de diamantes, solo había escuchado distraídamente lo último. Sin embargo, estas palabras calaron en sus pensamientos, y de un sobresalto elevó su brazo al aire.

—¡El amor, un fluido como la luz! —replicó ella con una pequeña mueca de horror—. ¡Está usted bromeando!

—No, en lo más mínimo.

—¡Ah! ¡Tienen razón los poetas en detestar la ciencia! ¿No ha declarado aquella que el beso es un vehículo de gérmenes infecciosos?… ¡Y ahora viene a proclamar que el amor es un fluido!… ¿Por qué no decir también que es un microbio?

—Porque es un fluido… un fluido perceptible, quizá registrable cualquiera de estos días, que toca una célula inactiva, una fibra insospechada o un cordón quieto, para producir en el individuo los efectos necesarios.

—¿Y qué pasa entonces con el libre albedrío?

—¡El libre albedrío! Nunca han pasado por nuestros laboratorios aquellos que tienen el orgullo de creer en él. Somos enteramente las criaturas de Dios, sus dóciles colaboradores. No estamos aquí salvo para trabajar en su obra, la obra universal.

—¡El amor, un fluido! —insistió Hélène, sorprendida—. En cualquier caso, ¡espero que no sea usted quien demuestre esto! No me gustaría ser la mujer del hombre que unirá su nombre a este abominable descubrimiento.

—¿Por qué abominable? Apenas empezamos a conocer el papel de lo infinitamente pequeño. Gracias a la electricidad podremos estudiar estos fluidos, que son nuestros hilos de conexión y entre los cuales se encuentra el amor. La verdad es más bella que la fábula. Propondrá efectos poderosos para dramaturgos y novelistas; es la ciencia en donde ellos encontrarán una nueva fuente, inagotable, de emociones y sentimientos… ¿Qué han hecho por la humanidad los filósofos y poetas? La atrajeron a utopías, adormeciéndonos con falsas esperanzas; les han colocado un biberón vacío en los labios. Y aquello ha sido necesario, tal como ha ocurrido hasta ahora. Pero el papel de los científicos será cada vez más importante. Perfeccionarán y embellecerán el cuerpo humano, prolongarán la vida. Inventarán nuevos medios de transporte. Gracias a ellos podremos decir en unos pocos siglos: «El hombre es un ser que ha avanzado». Harán, incluso más, aquellos acusados de impiedad: revelarán el Dios verdadero a la humanidad, y lo llevarán purificado, ennoblecido, creyente, al pie de sus altares.

El semblante de Hélène habría indicado claramente a cualquier observador que ella no había seguido el hilo del discurso intelectual de su marido; esto le ocurría a menudo cuando hablaba con él.

—Henri —dijo ella, puliendo las joyas de sus anillos con un fino pañuelo de batista—, deseo fundar una liga contra el lujo. ¡Es una intemperancia como cualquier otra, después de todo!

—¿Qué dice?

—Que quiero fundar una liga contra el lujo y poner de moda la simplicidad.

—¡Esto no carecería de originalidad, viniendo de usted especialmente!

—En serio, si no se produce una reacción, caeremos en la extravagancia y el mal gusto. ¡Si no es que ya estamos allí! Esta orgía de riquezas está empezando a enfermarme. A veces siento que quisiera vivir en una cabaña amueblada solo con lo necesario y tener ropa de cama y batas de lana.

—¡Una cabaña, ropa de cama, batas de lana!… Querida mía, me asusta: debe estar usted enferma para tener tales fantasías.

—Búrlese, pero, de verdad, experimento la fatiga de una persona que ha mirado una superficie brillante por demasiado tiempo. Tengo el deseo de ver cosas viejas, dulces, incluso feas, para salir de este delirante círculo vicioso y respirar un poco… Oh, estoy cansada, cansada de llorar… Europa nos hará bien, a ambos, porque usted también está sobrecargado de trabajo.

—¿Yo? ¡Para nada! —protestó el señor Ronald—. Nunca he estado mejor. —Después, deteniendo el balanceo de su silla—: Hélène —musitó con aire avergonzado, casi tímido—, debe atender lo que le digo. Es absolutamente imposible para mí dejar América por algunos meses.

La sorpresa hizo caer de los dedos de la joven la gran perla que estaba a punto de colgar en su oreja.

—¡Qué! —exclamó ella con una oleada de cólera en sus ojos—, ¿quiere que, ahora, renuncie a mi viaje a Europa?

—No, cariño, no soy tan egoísta para hacer eso. A manera de prueba, cuando salí del congreso, fui a reservar un camarote para el 8 de abril, a bordo del Touraine.

—¡Oh!, Henri, ¿se le ha ocurrido eso? ¡Nunca, en nueve años, desde que nos casamos, hemos estado separados! —dijo la joven con una mirada sumamente tierna.

—Será difícil para mí quedarme, pero ¿qué hacer? Ha pasado mucho tiempo desde que mi asistente se tomó vacaciones. Si no lo hago descansar de inmediato, se enfermará. Además, estoy por realizar un descubrimiento importante, no puedo interrumpir mi trabajo… Todavía queda la boda de Dora. Ella ya no tiene padre y yo estoy obligado a reemplazarlo en mi calidad de tutor.

—¡La boda de Dora! ¿Cree que ella tenga la intención de mantener su palabra?

—Eso espero.

—Bueno, ella está haciendo lo posible para arreglarlo todo. Quiere volver a organizar la pequeña fiesta en otoño y venir con nosotros a Europa.

—¡Sería abominable decepcionar a Jack por segunda vez! Su casa y su yate están listos.

—¡Oh! Si no me equivoco, el yate y la casa pueden esperar un poco más a su amada. Usted sabe que Dora se jacta de no haber sacrificado su voluntad o placer por nadie.

—¡Sí, en cuanto a egoísmo femenino, ella tiene el récord!…

—¡Vamos, Henri, no me dejará ir sola a Europa!

—Tendrá a la tía Sophie y a su hermano.

—¿Y no estará celoso?

—No, porque tengo absoluta confianza en su afecto y su honor.

—Tiene usted razón… Pero esto trastoca todos mis arreglos: tenía la intención de enviar a los sirvientes al campo y cerrar la casa.

—Ciérrela. Sería imposible para mí vivir en ella sin usted. Mi madre me dará posada.

—¡Ah! ¡Veo que ya ha hecho todos sus planes! —replicó Hélène, con un poco de malicia.

—Sí, para que no tenga preocupaciones ni arrepentimientos.

—¡Y con lo que seré criticada en su familia!… Su hermana está constantemente en contra de las americanas que abandonan a sus maridos para ir a divertirse a Europa.

—Mientras yo lo encuentre correcto, nadie tiene nada que decir. Vaya en paz, querida.

—¡Oh! Si no tuviera una necesidad real de cambio, pospondría el viaje hasta el otoño; ¡pero mis nervios se hallan en un estado!…

—¡Lo he notado! —replicó Ronald con una leve sonrisa.

—Ustedes, los hombres, no saben lo que significa mantener una casa en este país de libertades plenas. ¡Los europeos se maravillan de lo que, de vez en cuando, podemos llegar a hacer por nuestro hogar! Me gustaría verlos en nuestro lugar… ¡Oh! ¡El lujo de hacer cenas cuyo menú no se ha discutido, de sentarse a la mesa sin el temor de que falte un plato debido al mal humor del chef o la cocinera!… Y el placer de ser servidos por bellas muchachas con gorras de cámara blancas… Eso es lo que más disfrutamos de Europa, eso es lo que necesito.

—Bueno, querida, vaya y descanse un poco. Tiene que abastecerse de salud y alegría. Compre cosas bonitas mientras lo hace… Nada de ropa de cama, ni batas de lana. No le sentará nada bien.

—¿Eso cree? —preguntó la joven, mirándose seriamente en el espejo.

—Estoy seguro de ello. Es usted una criatura admirable: necesita seda, encajes, joyas… Ya no piense en fundar una liga contra el lujo. Compre, apile; nuestros nietos harán la selección. Todavía no tenemos derecho a la sencillez y el ocio: hay que adquirir, trabajar, crear. ¡Somos los ancestros! —añadió acentuando sus palabras con orgullo.

En ese momento llamaron a la puerta y, antes de que se pronunciara la palabra adelante, apareció una joven vestida para la ópera, una de aquellas chicas que son la especialidad de América.

—¡Dora! —gritó Hélène a la recién llegada—. ¡Todavía no son las siete y media, espero!

—¡Oh! No tengo ni idea —respondió la señorita Dora Carroll con una pequeña risa nerviosa—. Acabo de librar una gran batalla y he salido victoriosa. Mi matrimonio se pospone hasta el otoño; mi madre y yo nos vamos a Europa con ustedes.

—¡Eso!… ¿qué le he dicho? —exclamó Hélène, mirando a su esposo.

—¡Me gustaría creer que está bromeando! —dijo, repentinamente severo.

—No, querido tío: mi madre necesita las aguas de Carlsbad; no puedo dejarla ir sola. Nadie desaprobaría que yo quiera acompañarla, aunque Jack piensa que eso está mal, y ¡vaya que he tenido una gran dificultad en hacerle entender que mi deber filial me obliga aún a retrasar su felicidad! —concluyó Dora con su ironía habitual.

—¡Es indigno, usted tiene más palabras que corazón!

Dora se dejó caer en un sillón:

—Tomo asiento por el riesgo de caer ante toda la bondad con la que me golpeas la cabeza.

—¡Jack es estúpidamente débil! Nunca debería haber cedido a este nuevo capricho suyo.

—¡Oh! No ha cedido de buena gana, ¡vaya que hemos tenido una de esas peleas!… Estuve a punto de arrojarle su anillo a la cara. Lo sopesó y, en lugar de arriesgarse a perderme, bajó su bandera y consintió mi petición. Prefiere casarse tarde con Dody que nunca hacerlo… ¡Eso lo comprendo!

—Yo no.

—Lo lamento por usted… Entonces, fui sumamente amable: hicimos las paces y lo traje en mi carro. Ahora está en la sala, probablemente peinando su bigote, domesticado, si no es que completamente tranquilo.

—Y así es como ustedes, las mujeres estadounidenses, juegan con el afecto y la dignidad del hombre. ¡Puede usted imaginarlo, por mi palabra de honor, que él ha sido creado para servirle como un títere! Lo hostiga con sus demandas, lo tortura con su coquetería y, cuando ha hecho de él un tonto, lo planta allí, y él busca el olvido en la embriaguez.

—¡Bravo, tío! —exclamó—. ¡Qué lástima que no haya tomado los hábitos! Seguramente habría ocupado un lugar entre los grandes seminaristas.

Un poco de color subió a las mejillas de Henri Ronald.

—Es cierto —continuó—, usted trata a sus relojes con más respeto del que trata a estos cerebros de hombres creados para tareas tan altas y a las que usted les debe todo. Los descompone con menos pesar de lo que lo haría con una pieza de relojería. ¡Es usted demasiado egoísta, demasiado independiente! Créame, no es el derecho a votar, no es el conocimiento lo que elevará a la mujer a nuestro nivel, sino la dedicación y la abnegación. ¿Y quiere que se lo diga? Son estas virtudes las que dan su encanto a la mujer europea y lo que la hace superior.

—¡Vaya! ¿Usted lo cree así? Si estuviera segura de ello, comenzaría a practicarlas rápidamente.

—Sería difícil para usted, porque está absolutamente mimada por tanta libertad y felicidad. El otoño pasado pospuso usted su matrimonio con el pretexto de su salud, que no dejaba nada qué desear; esta primavera, ha apelado a la salud de su madre. Si no le gusta Jack lo suficiente para casarse, rompa con él. ¡Sea honesta, qué demonios!

—En eso me esfuerzo, mi querido tío. Amo al señor Ascott, nunca he conocido a nadie que me haya complacido más; ¡no quisiera dárselo a ninguna otra mujer, pero ahí lo tiene!… No me siento completamente madura para el matrimonio. Aún me hace falta un pequeño recorrido por Europa. Solo parto hacia allá para lograr el nivel de perfección que requiere la felicidad de Jack. Si esto no es amor y honestidad, entonces, ¡yo no sé qué sea!… Una prometida que vuelve de Europa es como el regreso de los borgoñones de las Indias… Fuera de bromas, nunca podría resignarme a casarme en su ausencia; me hubiera sentido demasiado huérfana.

Hélène se echó a reír.

—¡Ah! ¡Ustedes dos son muy buenos!… Henri me acaba de anunciar que no puede ausentarse este verano y una de las razones que me da para no acompañarme es precisamente el matrimonio de usted.

—¡Qué! ¡Henri ya no vendrá a Europa! —exclamó de pronto Dora con vehemencia—. ¡Ah! ¡Tanto mejor! ¡Vaya que nos divertiremos!

—Gracias —dijo Ronald secamente—. Voy a encontrarme con Jack —agregó, mientras se levantaba— y le diré que haría bien en acompañarla.

Dora se puso de pie de un salto y, con un movimiento felino, detuvo a su tío.

—¡No, no, por favor! —suplicó ella, sosteniéndolo por las solapas del abrigo—. Sería una venganza cruel, indigna de un gran hombre como usted. Lo amo profundamente, usted lo sabe, pero ustedes son, un tanto, un obstáculo para bailar y quiero disfrutar de mis últimos meses de libertad. Después de eso, volveré para desposarme. ¡Ya verá cómo caminaré recta y con firmeza al lado del señor Ascott!

La imagen de Dora recta y firme junto al señor Ascott dibujó una sonrisa en los labios del científico. No podía resistirse a las tonterías de su sobrina más que otra persona.

Ella se percató de que casi lo había desarmado y, para completar su victoria, puso el brazo derecho alrededor del cuello de su tío.

—Sea gentil —dijo ella, acompañándolo a la puerta—; vaya a calmar a Jack e intente ponerlo de buen humor. ¡Hágalo por el amor de Dody! —susurró y besó como una niña la mejilla de Henri. —¡Por los dos! —dijo ella, arrojándose al sillón de su tío—. ¡Ah! ¡Qué difícil es la vida!

—Es Jack quien tendría derecho a decir eso —respondió la señora Ronald, sonriendo—, está usted haciendo cosas malas con él. No creo que tenga la intención de desposarlo.

—Sí, sí, me casaré con él algún día, pero ¿qué quiere usted? El matrimonio me hace sentir algo como una horca donde no tengo intención alguna de posar mi cabeza. Estoy segura de que no seré tan feliz como lo soy ahora. Entonces, ¿por qué apresurarse?

—Si amara al señor Ascott, no haría todo este razonamiento.

—¡Oh! Ciertamente no siento por él ese amor del que se habla en las novelas francesas. Incluso me pregunto si realmente existe. En cualquier caso, nuestros hombres son demasiado optimistas para inspirarlo y nosotras estamos demasiado ocupadas para sentirlo.

La señora Ronald pareció reflexionar.

—No —dijo ella—, no creo que tengamos el temperamento de los grandes amantes.

—¡Tanto mejor! Simplemente hacen tonterías… En cuanto a mí, tengo un afecto sólido por Jack, que durará toda la vida; pero, en los dos años que llevamos comprometidos, nos hemos visto casi todos los días. Estoy demasiado acostumbrada a él. Después de cinco o seis meses de separación, lo veré renovado y tendrá mejor efecto sobre mí. ¡Los hombres nunca saben lo que es bueno para ellos!

—¡Oh! ¡Dody! ¡Dody! —exclamó Hélène, riendo—, no tiene idea de lo que está diciendo.

—¡Sí, sí, perfectamente! ¡Honny, es usted quien piensa mal!… Por cierto, me sorprende enormemente que Henri la envíe sola a Europa. ¡Eso va en contra de los principios de la familia Ronald!

—¡Oh! ¡Es tan generoso! Me parece que está a punto de hacer un gran descubrimiento: si me negara a dejarlo, me acompañaría para no privarme de este viaje; pero lo conozco, su mente estaría todo el tiempo en el laboratorio y no disfrutaría nada. Por otro lado, yo estoy muy cansada, molesta hasta el colmo; siento que estoy volviéndome bastante desagradable. Para este mal, solo existe Europa.

—¡Evidentemente! Ambas nos sentiremos mucho mejor una vez que hayamos derrochado algunos miles de dólares en baratijas y harapos, visto algunas iglesias y museos, pasado unos cinco o seis meses en cuartos de hoteles más o menos feos, más o menos cómodos… Espero, sin embargo, que hagamos variar un poco el programa. En primer lugar, vamos a llevar nuestras bicicletas para hacer excursiones por aquí y por allá; ¡luego su hermano nos llevará a los pequeños teatros, al café-concert, al Moulin Rouge, a Loiset! Todas nuestras amistades lo han visitado. Parece que es el lugar más impresionante de París… ¡y lo que necesito es sorprenderme!

—No está del todo claro que Charley quiera llevarnos a esos lugares.

—Bueno, ¡nosotras lo llevaremos! —respondió valientemente la joven.

—Espero que esta vez —dijo Hélène— los Kéradieu y los d’Anguilhon estén en París. En mis viajes anteriores, siempre los he extrañado. Fue mala suerte. Con dos amigas casadas en el suburbio Saint-Germain, nunca he visto el interior de un hotel francés.

—¡Y yo que tuve la mala suerte de no estar en Newport, el verano pasado, mientras aquel famoso marqués d’Anguilhon estuvo allí…! ¿Cree usted que Annie nos invitará?

—Seguramente.

—¡Qué felicidad! Pero, por el amor de Dios, no le diga a Jack que tenemos planeado adentrarnos un poco en el mundo: él se imaginará que soy capaz de dejarme enredar por un francés y ya no me dejaría un momento de tranquilidad.

La señora Ronald había sacado su alhajero de una caja fuerte, oculta en un elegante mueble. Caminó por unos momentos, rebuscó con los dedos entre las gemas extendidas sobre el terciopelo blanco, y escogió un hermoso collar de perlas y diamantes. Lo ató alrededor de su cuello y se dio la vuelta hacia la señorita Carroll:

—¿Me veo bien así? —preguntó.

—¡Se ve usted adorable! —respondió la joven con un acento de sinceridad—. ¡A su lado, yo parezco una araña! —agregó y se ubicó al frente de uno de los grandes ventanales. El hielo reflejó un cuerpo delgado y elegante de modernas líneas, vestido de seda blanca, una cabeza fina y cabellos castaños, un rostro con rasgos un tanto agudos, tez algo morena, embellecida por unos ojos maravillosos con radiantes iris claros, de un gris azulado, cuya mirada se filtraba entre unas pestañas negruzcas, rizadas y gruesas.

—¡Nunca debería arriesgarme colocándome cerca de usted! —dijo Dora, levantando su collar de pequeñas perlas.

—No diga tonterías: no querría intercambiar su físico ni conmigo ni con nadie… ¡y estaría en lo correcto!… Unámonos a estos caballeros. Espero que Jack no esté de tan mal humor ni estropee nuestra velada.

A primera vista, las dos mujeres adivinaron que el señor Ronald no había logrado infundir resignación alguna en la mente del joven: este tenía una expresión de tal tristeza que causaba un fugitivo remordimiento a su prometida. Y el señor Ascott era un joven muy guapo. Su rostro no era del tipo muy elevado, pero sus ojos negros, brillantes e inteligentes, su sonrisa alegre y su aire de amabilidad lo hacían simpatizar con todos; además, su entusiasmo incansable lo había convertido en uno de los favoritos de Nueva York.

—Bueno, ¡está siendo maltratado, mi pobre Jack! — dijo la señora Ronald, dándole la mano—. Créame que no tengo nada que ver con este nuevo capricho de Dora.

—Estoy seguro de ello. ¡Ella es una de esas estadounidenses que no pueden ver a una amiga empacar sin tener la tentación de imitarla!… Europa es la perdición de nuestras mujeres, la destrucción de nuestros hogares.

—Pero, no, no… ¡no sea injusto!…

—Por mi parte, estoy feliz de que su boda se posponga hasta el otoño. Esto me permitirá asistir.

—¡Si es que alguna vez sucede!

—¡Oh! ¡Se hará lo suficientemente pronto para su tranquilidad! —dijo el señor Ronald, colocando amorosamente su mano sobre el hombro del joven.

—¡Eso es exactamente lo que le dije a Jack! —comentó la señorita Carroll, imperturbable. En ese momento, se anunció la cena.

—Hay que darnos prisa —exclamó Hélène—, no quiero perderme de la entrada de Tamagno y la primera frase de Otelo, que es como un grito de triunfo y da la emoción de la victoria.