Algo parecido a un prólogo
Un señor de ochenta y cinco años me dice que colecciona artículos. Los selecciona y recorta con cuidado. Cuando ha acumulado cierta cantidad, los pega en páginas en blanco y anota debajo la fecha de su publicación. Así es como hace sus propios libros de cincuenta páginas: libros de artículos que le gustan. En el mensaje que me escribió, dice que siempre ha leído mucho, que ahora lee menos —por la edad—, que le encanta leer el periódico, practicar ese pequeño acto de subversión que es tocar el papel.
Aún recuerdo el ritual de los domingos por la mañana. Yo separaba las páginas culturales del periódico y buscaba un rincón silencioso de la casa que me permitiera disfrutar de la lectura con tranquilidad. Nunca fue fácil encontrar ese espacio de silencio. Tampoco fue fácil justificar la cantidad de suplementos que fui reuniendo en una caja de malta alemana que guardaba debajo de mi cama. Tenía otro ritual: el de los días de lluvia. Cuando me sentaba en el suelo y repasaba cada suplemento como si lo estuviera leyendo por primera vez.
Durante un tiempo fui la lectora apasionada de un sacerdote español que publicaba una columna en el periódico que llegaba a mi casa. Un día me armé de valor y le escribí. Puse mi carta en un sobre aéreo que compré en el colmado de la esquina. Después, una plácida tarde de diciembre, cuando en esta parte del Caribe empieza a hacer menos calor, fui a la oficina de correos con mi amiga Evy. Pregunté qué tenía que hacer para enviar la carta. Pagué por un sello y lo pegué donde me indicaron. La imagen del sello era una flor de Navidad. Como llevaba suficientes monedas, pedí dos sellos más, uno para mí y otro para Evy.
Visité la oficina de correos varias veces. Empujaba la pesada puerta del edificio, que en todas las ciudades y municipios tenía una fachada imponente y gris. Le preguntaba a la señora de la recepción si había recibido un sobre con mi nombre. No estaba segura de que mi carta hubiera llegado a su destino. ¿La habría leído el cura? ¿Se habría perdido en el camino? Llegué a imaginar que los empleados del Instituto Postal Dominicano se reunían alrededor de un escritorio para leerla a la hora del café. Imaginaba que uno de los empleados, el que tenía más talento para leer en voz alta —siempre hay alguien con ese don en las oficinas de correos—, se colocaba en el centro y gesticulaba dramáticamente mientras leía. Imaginaba que los demás se reían, que se reían de mí, del entusiasmo de una joven lectora que fracasó en su intento de tender un amistoso puente de palabras.
Digo lo anterior porque, ocho años atrás, empecé a escribir para las páginas culturales del diario El Espectador de Bogotá. Un tiempo después, hace cinco años, empecé a publicar una columna quincenal en la sección de opinión del mismo periódico. Sería inútil explicar cómo es que una escritora dominicana residente en Cataluña terminó siendo colaboradora habitual de un periódico en las montañas de los Andes. Suena raro, lo sé, pero el misterio es minúsculo. Esa idea se le ocurrió a una persona que yo empezaba a conocer en esa época. Ante su propuesta, simplemente me dije: ¿Por qué no?
Sucedió entonces que, con relativa frecuencia, alguien en Bogotá, Cartagena o Barranquilla se sentaba delante de un computador y me escribía un mensaje a propósito de lo que mencionaba en mis columnas. Mi mamá, que ha tenido noticias de esa correspondencia, suele bromear diciendo que tengo «amores escondidos» al otro lado del Atlántico. Así es como los adolescentes de su generación se referían a los romances clandestinos. Dadas las escasas oportunidades que tenían para comunicarse en persona, recurrían al intercambio secreto de papelitos doblados en cuatro. Yo quiero creer que cada mensaje recibió una respuesta, y que en su momento contesté a quienes tuvieron la generosidad de opinar sobre mi trabajo. De modo que al corregir, reordenar y reunir en un libro parte de lo que escribí en estos años me siento no solo conjurando la posibilidad de un eventual despiste, sino acentuando mi esperanza en que esa correspondencia crezca. A fin de cuentas, escribir es mandarle cartas a un destinatario que no conocemos.
Decir que escribo columnas puede inducir a equívocos. Lo que viene a continuación no puede asimilarse a lo que normalmente se entiende con ese vocablo. En este libro no hay disertaciones sobre temas de actualidad ni fórmulas para cambiar el mundo. Lo que me hace insistir en la escritura de estas prosas es mi curiosidad por la infancia, la literatura, el Caribe, la amistad, los instantes que se nos escapan en breves fogonazos de vida y algunas existencias ajenas, unas veces elegidas y otras felizmente encontradas. Si alguien me pregunta por qué escribí estos textos, tal vez responda que lo hice para no olvidar.
S. P. I.