Capítulo 4

BROMAS Y TRAPICHEOS

Tras el verano de 1963, Johan jugaba con la llamada «juventud remunerada», el cuerpo de élite de los juveniles del Ajax. Los jóvenes remunerados participaban en competiciones interregionales en las que se enfrentaban los mejores jugadores juveniles a partir de 16 años. La KNVB esperaba que esta competición contribuyera a mejorar el todavía incipiente fútbol profesional, que mostraba algo de retraso en comparación con otros países. Para Johan esto supuso más viajes, oponentes más fuertes y partidos más difíciles. Por eso su entrenador, Jany van der Veen, les ordenaba a sus compañeros que lo protegiesen; debían «trabajar» para él. En cuanto un jugador como Günther de Haan robase el balón en el centro del campo, debía pasárselo inmediatamente a Cruyff. Si Cruyff perdía el balón, Günther tenía que intentar recuperarlo. De este modo conseguirían proteger un poco al flaco de Betondorp.

El «pequeño y activo Johan Cruyff», como lo describía el Ajax Clubnieuws, respondía ante este trato preferencial con goles y «habilidosos pases» que creaban oportunidades perfectas para marcar. No solo eso, también intimidaba a sus oponentes controlando el balón sin apenas mirarlo, por lo que mantenía una visión constante del campo: con la cabeza siempre alzada, era capaz de ver dónde estaban sus compañeros, quién se movía y en qué dirección, dónde había un espacio libre, etc. Al mismo tiempo se mantenía intensamente centrado en el partido, aunque el balón estuviese lejos de él, algo que su antiguo compañero Barry Hulshoff jamás olvidaría. Los menos profesionales del equipo aprovechaban esos momentos para saludar a sus familiares o para mirar hacia el infinito. Pero Johan no. Él instruía a sus compañeros cercanos con mirada seria, diciéndoles que se pusiesen en otro lado o que le diesen el balón más rápido la próxima vez para tener más margen para los pases. A veces le indicaba a algún compañero que no pasase por aquí, sino por allí, porque justo en ese momento Johan iba a pasar por aquí.

Aunque hubiese jugado con los juveniles un sábado, sus compañeros podían verle al día siguiente con el equipo adulto de amateurs. Los jugadores aficionados del Ajax 3 jugaban en uno de los dos campos que había delante del estadio y, si el primer equipo jugaba en casa, muchos pasaban a verlos un rato antes. Los espectadores que iban de camino a las gradas observaban boquiabiertos cómo el pequeño Cruyff sorteaba a sus oponentes como si fuesen postes. «Teníamos terminantemente prohibido jugar con los adultos», recuerda su compañero Hennie Heerland. «Para nosotros eso era demasiado, pero Johan se movía entre esos armarios como si nada. Se ofreció a jugar porque les faltaba alguien y encima marcó tres goles. Todos pensamos que le castigarían por ello, pero, tras disculparse, le volvieron a dejar jugar al cabo de una semana. Johan jugaba con otras normas.»

Van der Veen, el entrenador juvenil, fue testigo de la determinación de Johan, el flaco delantero que jamás se saltaba un entrenamiento y que, gracias a eso y a su técnica y comprensión del juego, tenía «lo que hacía falta». «Johan vivía por y para el fútbol», dice Gerrie Splinter, quien, según sus compañeros Rolf Grootenboer y Barry Hulshoff, era «al menos igual de bueno» que Johan. «Lo daba todo por este deporte.» Splinter era más alto que Cruyff y más fuerte, y además era rápido y tenía buena técnica. Pero, claro: «Yo era menos apasionado y tenía otras aficiones. Me gustaba vivir. Acabé el bachillerato y quería ver algo más de mundo. Por las noches salía hasta tarde, fui perdiendo disciplina y por eso más adelante no me llamaron para formar parte del primer equipo, mientras que a Johan sí. Desde entonces siempre he sido el hombre que no lo consiguió. Una pena, ojalá hubiese salido menos de fiesta por ahí».

Quizás, pensó Hulshoff más tarde, Johan simplemente era más duro que Gerrie. Quizás no era tan sensible. Quizás se le daba mejor afrontar las críticas. Quizás era porque Johan no se achicaba cada vez que recibía reproches de un compañero o del entrenador. No, él sacaba pecho, como si las críticas le hiciesen crecer. «Gerrie no volvía a tocar el balón si le hacían cualquier comentario negativo», dice Hulshoff. «Johan, en cambio, se sentía cómodo. Era el macho alfa.»

Aunque esa altanería desaparecía por completo cuando Johan iba a la ciudad los sábados por la tarde. Los juveniles del Ajax, los remunerados, solían ir todos juntos a Saint-Germain-des-Prés, una cafetería reconvertida en bolera que había en la plaza de Rembrandtplein. Iban para pasar un buen rato, para charlar un poco y hacer las típicas gansadas de unos chavales de 16 o 17 años. Pero Johan no. Él enfocaba su atención plenamente en la bola y en los bolos. Para él, salir era fumar y jugar a los bolos, o más bien fumar y ganar a los bolos. Hacía lo que fuese para terminar con la máxima puntuación incluyendo, aquí también, el juego sucio. La verdad es que no era muy popular entre los demás. «¿También tiene que venir el pequeñajo?», decían Günther de Haan y Bertus Strijks cuando el joven flaco y pálido se les unía por las tardes. Sí, el pequeñajo, el hermanito de Henny, también tenía que ir. Y así pasaban la tarde: Johan observando las bolas con seriedad y Henny observando a las chicas.

Aunque Johan consiguiese charlar con alguna chica en Saint-Germain-des-Prés, era muy probable que acabase marchándose colgada del brazo de otro jugador del Ajax. En ciertas ocasiones alguna chica se llevó a Johan a casa. Una de ellas fue Tinie Burgers. Iba a menudo a la bolera y a veces lo invitaba, sobre todo para satisfacer a su padre, un conocido fan del Ajax. Y, efectivamente, la atención de Johan se trasladaba enseguida al señor Burgers. «La verdad es que Johan me parecía un chico bastante majo», recuerda Tinie Burgers, «pero creo que no lo tenía fácil en casa, como si no le prestasen atención. Por eso se sentía atraído por mi padre. A menudo comía col y salchichas con nosotros (le encantaba) y, mientras, se ponía a hablar con mi padre de fútbol.»

• • •

Por ahora no tenía interés en conquistar a nadie. Ni siquiera con Ria Lagrand llegó a tener algo serio, a pesar de la buena relación que mantuvieron largo tiempo. Ria guardaría las postales que recibió de Johan durante años. Como una de 1960: en verano Johan pasaba algunas semanas en la localidad costera de Egmond aan Zee, donde una tía del Jordaan alquilaba una casita; la postal mostraba un faro rodeado de casitas de veraneo entre las dunas y, en el reverso, un Johan de 13 años había escrito con mayúsculas:

He recibido tu carta. Me ha hecho ilusión que escribieses. Seguramente tendrás otra postal de Egmond aan Zee en casa. He disfrutado de las vacaciones y hemos tenido muy buen tiempo. Espero que tú también tengas buen tiempo y unas buenas vacaciones y esas cosas adióóóóóóóóós.

Fdo. Johan Cruyff

Weidestraat 37

Ese mismo año le escribiría otra postal a Ria, aunque esta vez solo pondría: «Fdo. Johan Cruyff». Aparentemente las palabras impresas sobre la propia postal, bajo un dibujo de un niño regalándole flores a una niña a través de una ventana, hablaban por sí solas:

Qué bien que este día

Pueda desearte toda la alegría.

En marzo de 1961 le escribiría otra postal a Ria. Se acercaba el torneo escolar de Pascua y Johan estaba excitadísimo. Destacaría en el equipo de su escuela y Ria debía estar ahí para verlo. Sin contar todavía con su confirmación, la avisó de que el lunes 27 de marzo la esperaría a su puerta. «Si jugamos a las once, por ejemplo, iré a buscarte sobre las diez menos cuarto. Si estás libre, claro. Y ahora ya no sé qué más decir.»

Más importante quizás era lo que ponía en el anverso: de nuevo el mismo niño, pero esta vez sujetando un ramo de flores tras su espalda, mientras que la niña, sonrojada, esperaba en un jardín. La frase decía:

La oportunidad debo aprovechar

Pero es que no me atrevo a preguntar.

¿Había dudado mucho antes de armarse de valor y enviarle una postal con este texto? En cualquiera de los casos, no tuvo mucho resultado. Johan y Ria no intercambiaron besitos y, según Ria, ni siquiera caminaron cogidos de la mano. Su noviazgo se parecía más a una amistad y esto le suscitó dudas a Johan durante el verano de 1961, como lo demuestra una postal enviada desde su alojamiento en Zandvoort, escrita de forma desordenada, con tachones y palabras añadidas:

Querida Ria

¿Qué tal todo? Quería preguntarte si todavía quieres salir conmigo. Sí o no, si todavía quieres escribirme este mes, aquí va la dirección:

Marisstraat 23

Zandvoort

Johan Cruyff

Unos años después, durante las tardes en las que Johan no iba a la bolera con los demás, se llevaba a Ria al famoso bar de jazz Sheherazade, también en Rembrandtplein. Lo que le llamó la atención a Ria fue que Bertus, el camarero, avisaba a Johan «como una especie de segundo padre» cuando veía a personal del Ajax en el bar. «Johan», le oyó decir, «ya están controlando, será mejor que te vayas para casa.» Pero tampoco en ese bar sucedió nada. «Después de un tiempo las cosas se enfriaron entre nosotros», dice Ria Lagrand. «Johan estaba todo el día metido en el fútbol y, sinceramente, eso no lo hacía muy atractivo. Conocí a un chico guapo que tenía intereses más variados. Después de eso ya vi poco a Johan.»

Era como si no hubiese vida más allá de su trabajo en la tienda de deportes y de sus horas con el equipo. Johan vertió todas sus energías en el fútbol, y no hizo más que mejorar y mejorar. Cuanto mayor fuese el reto al que se enfrentaba, más se distinguía de sus compañeros de equipo (incluido su ex «competidor» Gerrie Splinter), aunque seguía recibiendo críticas de su entrenador Van der Veen por su falta de autocontrol. Con Johan como jugador estrella, el equipo ganaba encuentro tras encuentro, y eso no pasó desapercibido. Cuando el primer equipo tuvo problemas en otoño de 1963 por lesiones y jugadores fuera de forma, su entrenador se fijó inmediatamente en Johan. El flaco goleador de los juveniles podía echar una mano, lo que supondría su debut en primera división. Por desgracia para el entrenador, la madre de Johan se opuso, a pesar de los deseos de Johan, que se moría de ganas. Nel Cruyff-Draaijer sabía mejor que nadie lo nervioso que se ponía su hijo antes de un partido y lo machacadas que quedaban sus espinillas después. Según ella, Johan no estaba preparado ni física ni mentalmente para eso. «No sé si mi Johan podría lidiar psicológicamente con ello», le dijo a la dirección del club. «Solo tiene que hacerlo mal dos veces para que toda su carrera futbolística se haga añicos.» El club debía tener un poco de paciencia.

En mayo de 1964, los juveniles del Ajax ganaron el campeonato nacional. En la final, que se disputaba a doble partido, derrotaron al FC Volendam en casa por 4-1, con un gol de Johan que, según la revista del club, fue «una joya». Un mes más tarde volvió a destacar en el reconocido campeonato juvenil del club ADO en La Haya. En dicho torneo también participaban equipos extranjeros, que solían mostrar un ritmo de juego más rápido, por lo que Cruyff se vio obligado a anticipar aún más los posibles marcajes y colisiones. Johan tuvo que mostrar su valía en partidos cortos e intensos delante de miles de personas. El Ajax derrotó 4-1 al Dinamo de Zagreb en la final y Johan fue proclamado mejor jugador del campeonato. Después, los fotógrafos hicieron su trabajo e inmortalizaron a Johan como un chavalín entre casi hombres. Ahí estaba: remangado al frente del campo, con una camiseta de fútbol rojiblanca que le quedaba tan grande como un camisón. Una cresta de pelo le asoma recta sobre la cabeza, como si la tensión y el sudor le hubiesen puesto el pelo de punta. Se le ve empapado y orgulloso, junto a su equipo, a la sombra de las gradas. Ha sido el más listo y el más rápido, y seguramente también el más astuto. Con la mano derecha sujeta un ramo de flores inclinado con descuido. Los demás jugadores iban a la ciudad con más frecuencia que él, prestaban menos atención en los entrenamientos, no practicaban con tanta intensidad su pierna débil… En general, estaban menos comprometidos. Y ahora Johan Cruyff, el pequeño, era el mejor de todos.

Sin embargo, en los equipos de fútbol, a menudo la estrella era sometida a pruebas desagradables. Johan también iba a sufrirlo. Por la tarde, los jóvenes campeones fueron a celebrar su victoria al centro de La Haya, a beber algo y demás. También deleitaron a las damas del barrio rojo con una visita. Todos se pusieron de acuerdo en hacer un bote para que Johan también pudiese visitar una de las casas con luces rojas. Se partirían de risa, porque por mucho que fuese el mejor del equipo, lo de las chicas no se le daba tan bien como el balón, eso lo sabían todos. Y eso que la Naturaleza había sido de lo más generosa con él. El equipo era tan consciente de esto como de su tacañería.

En resumen, ¿se prestaría el jugador coronado como el mejor en el campeonato ADO a entrar en un local de chicas invitado por los demás? Sería todo gratis, por supuesto. Tras vacilar un poco, Johan se dejó llevar hacia su nueva aventura. No pasaron ni cinco minutos y ya lo estaban echando, entre imprecaciones de la prostituta: «¡Ese tío no tiene ni idea!».

Sus compañeros se partían de risa. Algunos, como Bertus Strijks y Günther de Haan, seguirían riéndose décadas después. Tener algo así entre tus piernas y no saber cómo usarlo, eso sí que tiene gracia. Las carcajadas volvieron a estallar aquella noche cuando resultó que Johan debía ver de nuevo a aquella mujer porque se había dejado la chaqueta.

Johan tenía éxito. Puede que con las chicas todavía no, pero sí sobre el campo. Y hubo otro ámbito en el que las cosas fueron mejorando. A mediados de la temporada consiguió un trabajo en el que se sentía mucho más cómodo que en Perry van der Kar. «Mamá», se quejó Johan en diciembre de 1962, «no hago otra cosa que estar todo el día en el puto almacén. No veo un alma en todo el santo día. Me paso las horas moviendo cosas de aquí para allá.» Johan estaba harto de recibir, ordenar y almacenar productos deportivos. Además, los partidos se jugaban los sábados, cuando la tienda estaba a rebosar y no podían permitirse la ausencia ni del empleado del almacén. ¿Y perderse partidos para estar pegando etiquetas en la tienda? Eso sí que no. Quería otro trabajo, y si podía ser para antes de ayer, mejor.

Así que su madre volvió a recurrir al Ajax. Encontrarle un nuevo empleo fue pan comido para la dirección. Había empresarios para dar y regalar en el De Meer. Bebían ginebra en salas privadas del estadio, cotilleaban y se susurraban secretos al oído, y a veces les pasaban sobres con dinero a los jugadores del primer equipo. Así las cosas, en enero de 1964 Johan pudo empezar a trabajar para Harry Blitz. Cruyff nunca habló mucho de aquel trabajo, pero los 18 meses que pasó en el mayorista textil Litrico, en pleno centro de Ámsterdam, lo influenciaron bastante. Sobre todo si se considera el valor que Cruyff atribuiría a lo largo de su vida a la otra faceta del deporte que más le interesaba: los negocios.

Al igual que el dueño de la tienda de deportes, Leo van der Kar, Harry Blitz pasaba largas horas en el restaurante del De Meer. Era mecenas del Ajax y vivía a poca distancia del estadio. Blitz conocía personalmente a los presidentes y todos los años organizaba partidos amistosos para el Ajax en Noordwijk, donde tenía una casa de veraneo. Los futbolistas del Ajax siempre eran bienvenidos en su empresa textil, Litrico. El defensa Ton Pronk había trabajado allí, así como el lateral derecho, Ed Tanis, y hasta un compañero de Johan, el portero Leslie Blitz, hijo del dueño, pasaba por allí con frecuencia.

Es cierto que allí el día a día también se reducía a empaquetar y desempaquetar, ordenar, marcar y controlar calcetines, sábanas, ropa interior, pijamas y cualquier otra cosa que tocase. Sin embargo, el trato era mucho más informal que en Perry van der Kar; se vivía una especie de espíritu comercial desordenado. Además, Harry Blitz no ponía ninguna pega si Johan tenía que cogerse algún sábado libre para ir a jugar un partido. Al contrario: lo animaba como a la rutilante futura estrella que todos esperaban que llegara a ser.

El negocio mayorista de Blitz se encontraba en Nieuwe Hoogstraat, una pequeña calle comercial dominada por tiendas textiles judías. A izquierda y derecha, al otro lado de la calle, en la esquina de Sint Antoniesbreestraat y hasta Jodenbreestraat, por todos lados había tiendas mayoristas de ropa: Max Polak, Issi Smeer, Groenteman & De Leeuw, Dries van Amerongen, Jopie Sigeruis… Comerciantes y vendedores de todo el país acudían a ese barrio para abastecerse de lotes de punto, lanas y sedas, camisones y ropa de cama. Apenas 20 años después de la guerra, este barrio decaído y al mismo tiempo animado había creado una cultura tanto de solidaridad como de competencia. Prácticamente todo el mundo había perdido a familiares y amigos, pero gracias al trabajo duro y al humor se fueron cerrando las cicatrices de la persecución de los judíos.

Entre bromas y trapicheos, aquel ambiente le enseño más a Johan que el colegio. Como vástago de comerciante que era, los asuntos económicos no le eran ajenos. De pequeño, en Betondorp, ya se había involucrado en los negocios. Había vendido sellos infantiles puerta a puerta («quería y debía ser el que más vendía de la clase»), los sábados por la mañana había repartido el pan del panadero local y en vacaciones se había dedicado a vender periódicos. Además, había aprendido a manejar la caja registradora de la verdulería y tenía una hucha en la que iba guardando todo lo que ganaba. A Johan le pasaba algo con el dinero, eso estaba claro. «Yo no era alguien que fuese repartiendo billetes así como así», diría más tarde. «Era muy reticente a malgastar el dinero.»

Esto lo convirtió en un alumno capaz y con ganas de aprender. «Juntos copiábamos las costumbres judías», recuerda Ed Tanis, por entonces representante de Litrico y defensa del Ajax. «Aprendimos a reutilizar productos que otros habrían tirado, desde embalajes hasta trozos de cuerda que podían tener un segundo uso. Muchos de los comerciantes judíos de Nieuwe Hoogstraat y alrededores habían salido de la pobreza extrema. Su lema era: el dinero está en la calle, solo debes aprender a buscarlo. Blitz nos dejaba vender pequeños lotes de textiles, y si Johan recibía un “no” un par de veces, yo le decía: “Venga, que el comprador está vivo. Está por algún lado, ya lo encontrarás”. Disfrutábamos de las pequeñas ventas que conseguíamos. “¿Notas ese cosquilleo, Johan?”, le decía. “Es el dinero cuando empieza a rodar.” Era cuestión de repetir el mismo mensaje hasta convencer a alguien. Es algo que luego Johan seguiría haciendo.»

Como buenos comerciantes que eran, tanto Johan como Ed Tanis se llevaban los productos textiles rebajados a casa. Johan le mostraba a su madre sobre un papel lo baratas que le habían salido todas aquellas sábanas, toallas y toallitas. Pero antes de que Nel Cruyff pudiese guardarlas en el armario, Johan ya se las había llevado en su bici. Recorría el barrio en busca de conocidos que estuviesen dispuestos a comprarle los productos y así llevarse algunos centavos de ganancia. Después regresaba satisfecho a casa con lo recaudado y recibía los cumplidos de su madre: «¡Estás hecho todo un hombre de negocios!». El punto de partida para Johan, que buscaba la seguridad en un mundo sin padre, fue ganar dinero. «El más fuerte dicta las normas y el más fuerte es aquel que tiene dinero», le señalaría más tarde a su primer biógrafo, Frank Bonte. «Así que asegúrate de estar entre los más fuertes.»

Al igual que Harry Blitz, los comerciantes y mayoristas judíos del barrio pensaban que era muy interesante contar con un jugador del Ajax en el negocio. Johan desde luego no era el único que se ganaba la vida allí, entre el Dam y Waterlooplein. Los corazones de estos comerciantes eran más afines al famoso club de Watergraafsmeer que, por ejemplo, al Blauw-Wit Ámsterdam o al Door Wilskracht Sterk (DWS). Durante el fin de semana, Johan veía a muchos hombres de negocios judíos que iban a ver jugar al Ajax, entre ellos, por ejemplo, al publicista S. Levie. De este modo, a Johan empezó a interesarle la vida de la comunidad hebrea. A sus amigos y conocidos les decía con expresión seria: «¡Yo también soy judío!». Se refería con orgullo a sus tíos políticos, como si eso fuese suficiente para pertenecer a la comunidad. Dos de las hermanas mayores de su madre, las tías Riek y Leen, estaban casadas con judíos y uno de ellos, Barend Tak, era desde hacía poco tutor legal de Johan.

Gracias a su trabajo en Litrico, Johan lo aprendió todo sobre el préstamo y el regateo, y también se volvería un adicto a las salchichas de buey, típicas de la ciudad. Sus favoritas (y las de otros jugadores) eran sobre todo las que compraba el masajista Salo Muller en la carnicería kosher Hergo, en Beethovenstraat. Según Muller, Johan tenía mucho en común con Jaap van Praag, el presidente judío del Ajax que tomó las riendas del club en 1964, y con el emprendedor inmobiliario Maup Caransa, que ayudaba financieramente al club. «Cruyff también era hijo de un emprendedor que nos dejó demasiado pronto», diría Muller más tarde en Wie is Johan Cruijff («Quién es Johan Cruyff»). «También él estaba muy unido a su padre. Y también él, quizás por eso, hacía las cosas con extremada pasión.»

A veces, cuando el Ajax jugaba en casa, los tíos de Johan, Barend Tak y Jonas de Metz, y algunos familiares se reunían los domingos por la mañana en la casa familiar de Betondorp para ir todos juntos al estadio. Entonces, el tío Jonas, un conocido comerciante de diamantes, llenaba a su mujer con sortijas, collares y pulseras. «Venga», decía, «vamos a arreglarte un poco», para luego usarla de maniquí andante en las gradas. Algunas secciones del estadio del Ajax eran como mercados de joyas, porque todo el mundo llevaba dinero al contado, se conocía y había confianza. Si eras un buen comerciante, no te limitabas al horario laboral de nueve a cinco y de lunes a viernes; veías oportunidades para vender a todas horas.

En el ámbito financiero, las cosas también fueron mejorando para el futbolista Johan. Su nombre cada vez sonaba más en los círculos del fútbol. Destacaba en los entrenamientos juveniles de la KNVB en Zeist y, cuando en 1964 brilló en una competición celebrada en Inglaterra, una delegación del Feyenoord intentó ponerse en contacto con él con la esperanza de llevárselo a Róterdam. Alguien del Ajax supo frustrar el encuentro en el último momento y ahora su propio club quería tomar cartas en el asunto. Y es que las prestaciones de Johan mejoraban cada semana. Las llamadas de otros equipos que le ofrecían una plaza en su primera plantilla se hicieron cada vez más frecuentes. Razón por la cual una preocupada Nel Cruyff-Draaijer llamó a la puerta de los directivos del Ajax en primavera. Ella había dejado por escrito que, como después redactó el notario de la reunión, «su hijo, mientras esté vinculado al contrato, no podrá jugar en primera ni en segunda división sin su permiso».

Esta estipulación por escrito mostraba la poca confianza que Nel Cruyff tenía en el club: en el mundo del fútbol, dominado por el oportunismo, uno podía esperar cualquier cosa. Eso sin hablar de las ansias incontrolables de Johan por ofrecerse a cualquier equipo, el que fuese, con tal de jugar en la máxima categoría. Nel Cruyff conocía al Ajax y a su obsesivo hijo como nadie. Era desconfiada y tenaz por naturaleza. «Hay que saber controlarlo todo», decía a veces, «si no, se aprovechan de ti.» Puede que su afán por el control también estuviese relacionado con la nueva lesión de Johan en esa época, esta vez en el tobillo. Debía proteger a su hijo contra sí mismo (y contra la dirección del equipo), de lo contrario habría problemas.

Pero ahora la directiva del Ajax sabía a ciencia cierta que los demás clubes no iban a quedarse de brazos cruzados. Debían hacer algo, y rápido. Así es como el 1 de septiembre de 1964 Johan se convirtió en el tema de conversación número uno de la reunión para planificar la nueva temporada en el De Meer. Decidieron que le pagarían 60 florines a la semana. El dinero se destinaría a una cuenta bancaria a la que tendría acceso más tarde. «Eso en el caso», decía el acta, «de que el jugador esté en posesión de una libreta de ahorros o similar. En caso contrario, el Ajax tomará la iniciativa de abrir una cuenta bloqueada en el banco Nederlandse Middenstandsbank.»

Nadie podía detenerlo, ni siquiera su atribulada madre. Con su incremento de salario en el Ajax, junto a lo que recibía de Harry Blitz, Johan, con apenas 17 años, pudo convencer a su madre para que dejase de trabajar. En cuanto firmó el contrato, le dejó muy claro que en adelante ya no tendría que limpiar la basura de los demás. Adiós a barrer los vestuarios y el restaurante. A partir de la nueva temporada, él se encargaría de mantenerla financieramente. Lo único que Nel debía seguir haciendo (al igual que otras madres) era lavar su uniforme de fútbol. A mano, claro, porque los Cruyff todavía no tenían una de esas lavadoras eléctricas modernas. Pero eso llegaría más tarde, aseguraba Johan con la confianza que comenzó a ganar. Así fue como se le abrieron las puertas de la primera división.