La pequeña ISLA DE BOÑIGA tenía menos de mil habitantes. Concretamente, 999. Ya os he dicho que eran menos de mil.
Uno de esos 999 habitantes era un chico llamado Ned, que no es la forma abreviada de ningún nombre, dicho sea de paso. Se llamaba así y punto. Ned tenía once años. Había nacido en BOÑIGA y, como la mayoría de los habitantes de la isla, nunca había salido de ella.

Decir que Ned era un chico normal y corriente sería engañaros, porque en realidad era un chico extraordinario. Había nacido con un par de piernas que no funcionaban. No podía dar ni un paso, así que le buscaron una vieja silla de ruedas oxidada que pronto aprendió a dominar. No era raro verlo circulando a gran velocidad en su bólido, haciendo todo tipo de cabriolas —¡e incluso el caballito!— para deleite de sus amigos.
—¡Abrid paso, que ALLÁ VOY! —exclamaba al pasar como una exhalación.

Ned vivía en una pequeña casa destartalada al borde de un acantilado, sobre el mar de aguas turbulentas que rodeaba la isla.
Los padres de Ned trabajaban de sol a sol y casi nunca estaban en casa. Su padre era pescador, así que se pasaba el día en el mar, a bordo de su barco. La madre de Ned se encargaba de vender el pescado en el mercado local. La única especie que habitaba las aguas de la ISLA DE BOÑIGA era el llamado pez zapato, que como su nombre indica tenía forma de zapato.

No solo tenían aspecto de zapato, sino también un sabor que recordaba mucho al de los calcetines usados. Pero los isleños se habían acostumbrado a ese sabor, pese a ser repulsivo, porque no tenían alternativa.
Ni que decir tiene que los padres de Ned APESTABAN a pescado. Pero el chico apenas los veía porque se pasaban todo el día trabajando.
Ned no tenía más remedio que quedarse en casa con su hermana mayor, Jemima, que le tenía una tirria tremenda porque estaba convencida de que, al ser el más pequeño de los dos, acaparaba toda la atención de sus padres.
A Jemima le gustaba ponerse vestiditos floreados que combinaba con un par de enormes botas con puntera de acero, las cuales usaba sin cortarse un pelo para dar patadas.

La tía de Ned era la dueña de la ISLA DE BOÑIGA. Se llamaba Ava Avaricia y era la hermana mayor de su madre. En lo alto de una colina desde la que se dominaba toda la isla, se erguía el CASTILLO CLAN DEL COLMILLO, la inmensa fortaleza medieval donde vivía la gran dama. Nada que ver con la diminuta casucha que Ned compartía con su familia.
Ava Avaricia vivía sola en el castillo por su propia voluntad, sin más compañía que la de sus 101 gatos, fieras salvajes que usaba para ahuyentar a los niños, esos mocosos insoportables.
La mujer odiaba a todos los niños, y especialmente a su pobre sobrino Ned. La tía Ava jamás había movido un solo dedo para ayudarlo. En su opinión, los niños estropeaban la ISLA DE BOÑIGA con sus juegos, su parloteo y, lo peor de todo, su mal olor. Y eso que la tía Ava apestaba a pipí de gato, así que no era la más indicada para quejarse del mal olor ajeno.

Como la tía Ava era dueña de toda la isla, tenía mucho poder sobre todos sus habitantes y solía premiar a los adultos que odiaban a los niños casi tanto como ella.

Uno de esos adultos era sir Raimundo Iracundo, un carcamal con malas pulgas al que Ava nombró director de la única escuela de la isla, el COLEGIO BOÑIGA PARA NIÑOS INSUFRIBLES. Lo único que le daba placer era expulsar a los alumnos de la escuela. Como tantos otros, Ned había sufrido ese castigo.

En la isla había una sola juguetería, que Ava Avaricia había dejado en manos de dos gemelos, Edmund y Edmond Envidia. La tienda, bautizada como Galerías envidia, no era sino el gancho que usaban los hermanos para atraer y aterrorizar a los niños. En su última visita a la juguetería, Ned había tenido una experiencia especialmente espantosa.

Otra habitante destacada de Boñiga era madame Olga Holgazana. Supuestamente, daba clases de piano, pero en realidad era demasiado vaga para enseñar nada a los niños. Holgazana era una virtuosa de la crueldad. Ned tuvo la desgracia de ser alumno suyo, y no queráis saber la que se armó el día que se le ocurrió quejarse.

El capitán Farruco era un oficial muy estirado al que Ava Avaricia había nombrado vigilante del parque de Boñiga. El capitán se encargaba de que nadie disfrutara del único parque público de la isla, y menos aún los niños como Ned.

Los heladeros Glen y Glenda Glotón se aseguraban de que los pequeños isleños nunca disfrutaran de un buen helado. La malvada pareja daba vueltas por la isla con su furgoneta, buscando niños a los que estafar. Les cogían el dinero y luego se largaban en la furgoneta sin darles nada a cambio. Si los Glotón viviesen en cualquier otro lugar del mundo, ya estarían entre rejas, pero Ava Avaricia disfrutaba con sus fechorías y se encargaba de que nunca respondieran ante la justicia, aunque la víctima fuera su propio sobrino.

Así que, como veis, en la isla había un buen puñado de adultos espantosos... y una niña que tampoco se quedaba atrás.
El pobre Ned estaba emparentado con ella.
De hecho, era su hermana.