En medicina sabemos que tapar una herida sin limpiarla no es buena idea y que, aun después de hacerlo, lo mejor es dejarla secar al aire. Así el organismo hará lo que sabe hacer desde su sabiduría natural: la herida se irá cerrando, dejará de doler y se convertirá en una cicatriz. Al mirarla tiempo después, recordaremos lo que pasó, pero ya no sentiremos aquello que sentimos cuando nos hicimos esa herida. En cambio, si preferimos no mirar, tapamos la herida y decimos que no existe, que no nos molesta, que no es para tanto, el organismo seguirá su proceso independientemente de nuestras afirmaciones. Cuando una herida está contaminada, se infecta y puede formarse un problema de más envergadura. Para afrontar esa infección, nuestro organismo necesitará recursos y energía que no podremos dedicar a otras cosas. Algunas infecciones pueden, además, expandirse, minando nuestra salud gravemente.
Las heridas emocionales no son muy distintas. Cuando algo nos daña, es importante que observemos qué nos está generando, cómo nos afecta, qué emociones nos hace sentir. Las emociones también han de ventilarse, salir a través de la conciencia, mostrarse en nuestra expresión y tomar la forma de palabras o gestos que nos comunican con los demás. Las emociones nos dicen el significado de lo que ocurre y también lo que necesitamos, y si las dejamos fluir nos irán llevando hacia ello.
Los procesos de curación emocional tienen, por tanto, un curso natural que hemos de respetar. La tristeza, por ejemplo, ha de derramarse en lágrimas, dejando así salir la presión. Como la tristeza se genera habitualmente por una pérdida, lo que produce aún más alivio es la conexión con otro ser humano que resuene con nosotros, el abrazo de alguien que nos comprende. Si hacemos esto, la tristeza durará un tiempo y, poco a poco, se irá. Quedará una cicatriz emocional que nos dirá: «Aquello fue importante para mí, me dolió perderlo», pero ya no nos detendrá. Entonces será cuando realmente podremos seguir adelante.
Hay otro motivo por el cual conviene que tomemos conciencia de cuándo tenemos heridas mal curadas. Muchas veces, cuando se produjeron, realmente no había buenas opciones. Quizá no pudimos ocuparnos de ellas porque teníamos temas urgentes que atender y estábamos en modo «resolver y sobrevivir». O creímos que era mejor ocultarlas a los demás para que nadie se aprovechase de nuestra debilidad en ese momento. A lo mejor no eran heridas sangrantes y terribles, sino pequeños golpes que acabaron dañándonos porque se repitieron una y otra vez. Puede incluso que fuesen únicamente posturas antinaturales que tuvimos que adoptar para ajustarnos al lugar y las personas con las que estábamos. Pero, recordemos, ninguno de esos condicionantes sigue vigente hoy. Aunque viviéramos con la misma gente o pasásemos por la misma situación, el paso del tiempo ha hecho que ya no seamos la misma persona. Hemos evolucionado, conocido a otra gente, tenido otras experiencias, adquirido otros recursos. Ahora podemos pararnos a reparar lo que quedó a medias.
Cuando cambiamos de etapa (dejamos la infancia para hacernos adultos, comenzamos a vivir con una pareja, tenemos hijos, empezamos a trabajar, nos vamos de una relación que no nos satisfacía...) y dejamos de vivir una situación que nos impedía sentirnos libres y felices, queremos disfrutar de los nuevos tiempos. Es como si mirar atrás fuera para nosotros equivalente a volver atrás. Creemos que, al mirar nuestra historia, esta volverá a atraparnos. Con el tiempo, a fuerza de no pensar nunca en ella, creemos que nuestro pasado ya no nos afecta..., pero no es así.
Begoña tiene cincuenta y cinco años y no le va mal. Se separó hace unos años, pero no echa de menos tener pareja. Su trabajo le gusta, tanto que reconoce que la absorbe demasiado. Tiene dos hijos que ya no están en casa, uno de los cuales aún está estudiando. Aunque todo parece en orden, Begoña no puede dormir. No le gusta mucho tomar pastillas, pero estaba tan desesperada que le pidió un medicamento a su médico. Como ese remedio no resolvió gran cosa, decidió probar con psicoterapia y eligió a una terapeuta que hacía EMDR. Por lo que había leído, Begoña sabía que ese tratamiento incluía trabajar con recuerdos del pasado, pero le insistió a la psicóloga en que solo quería que hablasen del tema del sueño y cómo mejorarlo. Acordaron dedicar unas sesiones a entender este problema, cuándo había empezado y qué factores influían en él. El insomnio se había iniciado con el nacimiento de su primer hijo. Parecía lógico, había que despertarse para dar el pecho al niño, que lloraba bastante por la noche. «Si tienes hijos, nunca vuelves a dormir igual», comentaba con sus amigas, y todas asentían. El tema fue más o menos asumible durante años, aunque nunca tenía la sensación de dormir en condiciones, y en ocasiones se notaba cansada durante el día. Cuando su segundo hijo cumplió diez años, la relación de Begoña con su marido se deterioró mucho. No sabía ni por qué discutían, probablemente él tampoco. La situación se hizo insostenible y ambos decidieron separarse. Ella se quedó con una sensación agridulce y, aunque estuvo de acuerdo con la decisión, no pudo volver a dormir de un modo mínimamente aceptable. Con el tiempo, el problema había ido a peor y ahora estaba francamente agotada.
Tras entender las circunstancias que habían generado y empeorado gradualmente su insomnio, Begoña estuvo de acuerdo en trabajar con esas memorias antiguas, pero frenó los intentos de su terapeuta de remontarse más atrás; le parecía ya demasiado. Sin embargo, en la sesión en la que trabajaron un recuerdo de la etapa en que nació su hijo, la mente de Begoña empezó a relacionar espontáneamente aquellas sensaciones con muchas otras cosas. Su propia infancia venía una y otra vez a su cabeza, incluidas las frecuentes discusiones de sus padres y su separación cuando ella era adolescente. Begoña se decía que no eran problemas graves, que pasan en todas las familias, pero lo cierto es que aún le generaban malestar. También recordó muchas noches de niña preocupándose por si sus padres se separaban. Cuando finalmente lo hicieron, incluso sintió cierto alivio..., y esto la hizo sentir culpable.
Recordarse de pequeña con problemas para dormir debido a aquellas complicaciones familiares fue una sorprendente revelación para Begoña. Entendió que era importante procesar esos recuerdos y también las dificultades que había vivido en su matrimonio y su divorcio. Al hacerlo, comprobó que muchas cosas que creía que no la afectaban sí habían dejado un poso. Ninguno de esos recuerdos era terrible, pero todos, en su conjunto, le estaban, literalmente, quitando el sueño. Su cerebro trataba cada noche, sin éxito, de metabolizar esas experiencias. Es difícil pasar la aspiradora si todo lo que hay que limpiar se ha escondido debajo de la alfombra.
Cuando terminó el trabajo, Begoña no solo empezó a dormir mejor. Un tiempo después, empezó una nueva relación de pareja. Aunque creía que tras su divorcio no tenía interés en plantearse de nuevo esa opción, y que no veía a nadie que la hiciese cambiar de opinión, lo cierto es que, sin darse cuenta, ella misma había neutralizado todas sus oportunidades. Si nuestras heridas no han curado, nos parece que la única opción que tenemos es proteger la zona para que nada la roce. Pero cuando han cicatrizado, ya no hace falta tomar tantas precauciones. La vida nos ha enseñado que, aunque nos hagamos más heridas, estas siempre acaban curando y dejando de doler.
Muchos mensajes de autoayuda se centran en la misma idea: «Si quieres, puedes». Nos intentan convencer así de que basta con proponernos algo para conseguirlo, de que es suficiente con decirnos algo para creérnoslo. Junto a estos consejos, que se repiten en distintas versiones, están los comentarios bienintencionados de personas que, al ver a otro sufriendo un problema emocional, le dicen: «Tienes que animarte, tienes que poner de tu parte». También es frecuente oír frases similares dichas por personas que no han pasado nunca por algo así y piensan que los otros se deprimen porque quieren, por simple falta de voluntad.
Ese tipo de comentarios puede vivirse como una incomprensión dolorosa. Cualquiera que haya sentido ansiedad sabe lo indignante que resulta escuchar cosas como «venga, relájate» o «no te pongas así, no es para tanto». Además, esas frases generan en aquellas personas que sufren el problema un gran sentimiento de culpa, llegando a creer que, si los otros piensan eso, quizás es porque ellas mismas no han hecho lo suficiente por ponerse bien. Al sentir que lo que les ocurre no es considerado legítimo por los demás, se sienten acusadas de exageradas, cuentistas o vagas. Esto, como es lógico, no contribuye a su recuperación.
Es cierto, sin embargo, que tenemos siempre cierto margen de maniobra. Como veremos al hablar del autocuidado, una depresión es diferente si hacemos cosas que nos ayudan, si somos comprensivos con nosotros mismos, si dejamos de hacer lo que nos perjudica y, por el contrario, buscamos ayuda y nos dejamos ayudar. Muchas personas con depresión se encierran en casa y se meten en la cama todo el día, con las persianas bajadas. Este estado de autoabandono, junto con la falta de luz y de ingredientes positivos durante la jornada, empeora aún más su estado. A mayores, pueden pasarse el día culpándose duramente por estar así, bebiendo alcohol (es sabido que baja el estado de ánimo) y resistiéndose a ir a un terapeuta o a aceptar la ayuda que tratan de ofrecerles los que les rodean. Todo esto, sumado, profundiza muchísimo más el estado depresivo y lo alarga en el tiempo, incluso durante años.
Ahora bien, aunque no nos dejemos llevar por la tendencia al autoabandono y tratemos de controlar el «automachaque», aunque los demás intenten ayudarnos, no siempre es fácil. Una depresión importante necesita ayuda profesional, y ahí podemos optar por muchas posibilidades diferentes, como veremos en los siguientes capítulos.
Lo mismo puede decirse respecto de las personas que sufren ansiedad, a las que ya les gustaría tranquilizarse o relajarse como les aconsejan quienes las rodean, y de aquellas que se obsesionan con alguna cosa y no encuentran el modo de quitarle importancia al tema. En todas estas situaciones, sí que podemos hacer algo, aunque ese «algo» que hacemos puede ir a nuestro favor o en nuestra contra. Sin embargo, no todas las dificultades pueden solucionarse simplemente con cambios de hábitos o poniendo voluntad en mejorar. Hay muchos problemas emocionales que son como nudos que se aprietan más y más fuerte cuanto más tratamos de deshacerlos, convirtiéndose en bloqueos que no nos dejan avanzar.
En mis primeros años de profesión, empleé herramientas cognitivo-conductuales para proponer cambios en sus comportamientos y creencias a las personas que acudían a mi consulta. Buscaba también patrones de relaciones con los demás que pudiesen estar en la base de sus problemas. En muchos casos llegamos a entender algunas claves e identificamos dificultades, sobre las que trabajamos consiguiendo hacer cambios importantes. Pero otras personas, sin embargo, pese a que decían querer avanzar y ponían energía en ello, parecían atascadas en el intento. «No consigo hacer lo que me dices..., sé que me vendría bien, pero no puedo», explicaban. Repetían una y otra vez cosas que sabían de sobra que les hacían mal, se relacionaban con su familia siempre de maneras que no eran buenas para nadie... En ocasiones, conseguían hacer algunos cambios después de la sesión, pero al poco tiempo se veían atrapadas de nuevo en el mismo bucle. ¿Por qué les ocurría esto?
Cuando el problema de una persona se alarga (se hace crónico) y las soluciones que se ensayan no parecen servir, se genera en los que están tratando de ayudar un sentimiento de impotencia. Nada parece funcionar, y la desesperación ante esta situación puede llevar a que las personas cercanas acaben por culpar del problema a quien lo padece, recriminándole que no hace nada por salir de su estado y dándole consejos, aunque sin esperanza de que los vaya a seguir. Los terapeutas no somos ajenos a esta tendencia, y muchas veces los pacientes que no mejoran acaban etiquetados de «resistentes» o términos similares, como si ellos tuvieran la intención de negarse a ponerse bien o todo se debiera a una actitud caprichosa e injustificada.
Es cierto que los seres humanos somos complejos y en ocasiones nos aferramos a nuestros problemas o a nuestras creencias negativas. Nos asusta más el cambio que seguir mal, no nos vemos capaces de hacer las cosas que nos podrían ayudar, o tememos perder a las personas que se ocupan de nosotros si empezamos a valernos por nosotros mismos. Pero, a menudo, simplemente estamos bloqueados por circunstancias de las cuales no somos ni siquiera conscientes.
Con muchas personas que se enfrentaban a tales bloqueos, en esta primera etapa de mi profesión había intentado todo lo que conocía, sin resultado, para lograr ayudarlas. Ellas fueron las primeras con las que me animé a probar el EMDR y, cuando localizamos los recuerdos a partir de los que habían empezado sus problemas, procesarlos dio lugar a un cambio enorme en sus vidas. Era como si, una vez roto ese hilo con el pasado, las personas fueran capaces de poner en práctica todo lo que habíamos ensayado, y muchas más cosas que a mí no se me habían ocurrido. Podían aprovechar sus propios recursos, y también buscar soluciones más creativas, hacer cambios.
No quiero decir con esto que el EMDR puede solucionarlo todo, pero sí me ayudó a ver el origen de muchos bloqueos en terapia que no conseguía entender: había una parte del problema que sencillamente no habíamos considerado. Jonathan Bisson publicó con otros colegas en 2007 una revisión de distintos tratamientos sobre el estrés postraumático que enlaza con esta observación que yo hice en mis pacientes. Venía a concluir que, cuando hay trauma, las terapias que abordan esos traumas funcionan mejor que las que no lo hacen. Pura lógica, por otro lado, pero lo más obvio puede no serlo si no lo miramos con las gafas adecuadas.
Sebastián tenía treinta y cuatro años y trabajaba desde hacía mucho como profesor de secundaria. Le encantaba su trabajo y conectaba muy bien con los alumnos, pero cuando se alteraban y tenía que ponerse firme, hacerlo le suponía un sobreesfuerzo enorme y siempre acababa sintiéndose un mal profesor. Procuraba mantenerse al margen de las frecuentes guerrillas que surgían entre sus compañeros de trabajo y, tratando de buscar un buen ambiente, fue cambiando de centro.
Finalmente, se asentó en un lugar donde formó una familia, así que marcharse dejó de ser una opción. Por eso, cuando un colega bastante autoritario pasó a ser jefe de estudios, Sebastián empezó a bloquearse. Acudió a mi consulta y, durante varios meses, trabajamos en sus capacidades para afrontar la situación, ensayamos otros modos de relacionarse y de decir las cosas, tratamos de entender sus temores y de desarrollar nuevos recursos, nuevas perspectivas. Sebastián se implicaba activamente en todo lo que yo le proponía, pero plantarle cara a su jefe, a sus alumnos, y en general a cualquiera, se le hacía un mundo. Él me había contado que su padre era muy autoritario y se lo había hecho pasar muy mal a su madre. Sebastián era consciente de que esto podía haberle influido, entendía su problema, quería realmente solucionarlo, hacía múltiples intentos, pero una y otra vez me decía: «Hay algo en mí que no me deja avanzar». Nos habíamos encontrado con un nudo y yo no hallaba el modo de ayudarle a deshacerlo.
Con Sebastián comprendí que una cosa es hablar de lo que nos ha sucedido y otra, muy distinta, desbloquear esos recuerdos en profundidad. Seleccionamos diversas situaciones en las que su padre gritaba a su madre o culpaba duramente a Sebastián cuando se equivocaba, junto a otras en las que algunos profesores lo habían tratado con excesiva dureza. Cuando las trabajamos con EMDR, esas memorias que lo bloqueaban perdieron toda su fuerza emocional. Al hacerlo, Sebastián pudo —literalmente— romper los hilos que lo mantenían atado a un pasado que podía entender, pero no resolver. Esto tuvo varios efectos. Por un lado, muchas sensaciones de malestar que resonaban con su historia de la infancia dejaron, simplemente, de aparecer. La culpa que frecuentemente lo atormentaba en muchas situaciones del día a día se esfumó también. Pero lo más llamativo para mí fue que, por fin, empezó a poder poner en marcha todas las cosas que habíamos ensayado en la terapia, e incluso muchas otras que le surgieron de modo espontáneo. Tener autoridad en clase se hizo algo natural, lógico y sencillo. Pudo hacer entender a sus alumnos que las normas estaban para cumplirlas sin renunciar a introducir cierto sentido del humor y sin dejar de ser sensible a lo que había detrás de los comportamientos de los chicos. Los problemas con el jefe de estudios de su centro le parecieron cada vez menos importantes y, como curioso efecto colateral, este dejó de dirigir su hostilidad hacia él y pasó a obcecarse con otros temas. Sebastián ya no se bloqueaba, se mostraba más seguro de sí mismo, y cambiar su modo de funcionar no era ya algo en lo que tenía que esforzarse, sino que le nacía de dentro.
Como comentaba antes, el EMDR no es un remedio mágico, pero sí que trabaja de un modo diferente. No funciona desde la lógica, desde el análisis, y no se dan pautas al paciente. Gracias a las personas con las que trabajé en ese tiempo, con las que había hecho mucho trabajo previo, logré ver lo que significaba desbloquear los nudos emocionales desde su base.
No hay exploración más interesante que la de nosotros mismos, la de nuestras raíces, nuestra historia, nuestras claves internas. La banda sonora de esta película está compuesta por emociones que se combinan en sentimientos complejos y diversos. Los subtítulos, porque se trata de una película en versión original, son las creencias que ponen nombre a lo que cada escena nos dice sobre nosotros, sobre quiénes somos y cómo nos situamos frente al mundo. Cuando nuestras experiencias no han sido asimiladas por completo, las escenas se repiten una y otra vez, con personajes sin profundidad ni matices. Es una historia previsible en la que adivinamos un final sin sorpresa ni descubrimiento.
Otras veces, el relato de nuestra vida no es realmente nuestro. Quizá sea una historia triste, aburrida, sin notas de ilusión, de deseo, sin nada extraordinario ni único. Desprovista de emociones o matices, es una película sin banda sonora, sin argumento, en la que no existimos como personajes. Lo mismo puede ocurrir con una versión muy distinta, una película llena de escenas de acción y efectos especiales espectaculares, pero con un guion sin originalidad, protagonizado por personajes planos y que cuenta una historia que nos deja vacíos. Ambas opciones nos hablan del precio de la desconexión, de renunciar a vivir. Un precio que no tenemos por qué pagar.
En este viaje tenemos mochila, bicicleta y un camino por recorrer. Si nuestra mochila está muy cargada, nos conviene pararnos a ordenarla y sacar de ella todo lo que no nos nutra y nos hidrate, lo que no nos proteja y nos cuide. Hemos de ver si las ruedas de nuestra bicicleta giran de modo sencillo y si el manillar nos lleva en la dirección que nosotros marcamos. De no ser así, tendremos que dedicar tiempo a restaurar el buen funcionamiento del vehículo que nos va a transportar. Las piezas de esta bicicleta imaginaria son nuestro sistema nervioso y nuestro cuerpo, las emociones y los modos de regularlas, la forma en que nos cuidamos y nos relacionamos. Dependiendo del volumen de nuestra mochila, habremos de dedicar tiempo a deshacernos del peso innecesario.
Las experiencias vitales que nos lastran pueden perder fuerza, pero esto no lo conseguiremos diciendo que no están ahí, o que podemos con todo. No sirve tratar de correr hacia delante, porque nuestra historia nos acompaña siempre, pensemos en ella o no. Al mirar esas experiencias, al ponerles palabras, al comunicarlas, la roca más grande puede ir deshaciéndose y convirtiéndose en arena. La arena es más fácil de arrastrar por el viento. Del mismo modo, cuando una experiencia está procesada, a nuestro sistema nervioso le será mucho más fácil de digerir. Lo hará por sí solo, con ayuda del paso del tiempo.
Cuando pensemos en trabajar en nuestros recuerdos, es importante el modo en que nos dibujamos este proceso. Las imágenes de nuestra mente son poderosas. Resolver nuestra historia no tiene que ver con caer a un abismo de dolor, sino con deshacer y aliviar ese dolor, cuando por fin la vida nos lleva a un momento en el que esto es posible. Hacer esto es lo que nos permitirá avanzar.
Después de trabajar en nuestra carga acumulada, toca empezar el camino. Iremos viendo ya que caminamos con mayor ligereza, aunque pueden aparecer nuevos obstáculos. También tendremos que aprender a manejar nuestra bicicleta restaurada. A medida que nos conozcamos mejor y adquiramos mayor habilidad, nos atreveremos a aventurarnos en territorios más complejos, más desafiantes, y nuestras capacidades y nuestra forma física mejorarán. Traducido al mundo emocional, a ese progreso lo llamamos experiencia y nos permite desarrollarnos, crecer, avanzar.
Tal como se plantea en el EMDR, una psicoterapia no se reduce a encontrar unas buenas instrucciones para montar en bicicleta. Muchas terapias tratan de ayudarnos a mejorar nuestro estado emocional y nuestro funcionamiento en la vida, pero no van más allá, sino que, por el contrario, intencionadamente, se centran únicamente en el aquí y ahora. Sin embargo, el EMDR empieza sacando peso de la mochila de nuestra historia pasada y prosigue dedicando atención a la situación en el presente. Una vez resuelto lo de atrás, toca aprender a vivir el ahora sin aquellos lastres del pasado y trabajar en lo que aún puede bloquearnos en el día a día. A partir de este punto el trabajo quizá no necesite ser tan intensivo, pues la persona va más ligera y, por tanto, cada vez tiene más capacidad para decidir en su propio beneficio, para improvisar y para resolver. Sin embargo, muchas veces los nuevos patrones todavía no estarán establecidos y conviene cierta ayuda externa.
Además, la vida es un viaje para el que conviene tener un plan. Esto no significa tener prefijado todo lo que va a pasar, tratando de que nada nos sorprenda. La realidad es muy diversa y acostumbra a traernos cosas imprevistas e inesperadas. El modo de recuperar nuestra seguridad y fuerza es resolver nuestra historia emocional y confiar en nuestros recursos. Sin embargo, si en nuestro pasado ha habido historias difíciles, nuestro mapa vital estará confeccionado con esa información y miraremos al horizonte desde esa perspectiva. La inercia de nuestro funcionamiento anterior quizá no haya desaparecido totalmente por haber trabajado en el pasado y el presente, aunque ahora, después de haber dejado atrás una parte de nuestra pesada carga, podamos conducir una bicicleta estupenda con una mochila ligera y bien provista. Ahora sí que podremos mirar al futuro con ojos nuevos, trazar posibles rutas a distintos destinos y aprender a explorar.
En contra de lo que algunas personas piensan, el trabajo con EMDR no va de «escarbar en el pasado», sino de desmontar la influencia negativa de ese pasado. Su objetivo real es poder vivir el presente de otro modo, más satisfactorio, sintiéndonos más conectados con nosotros mismos y con los demás. Y una vez que estemos más libres de lastres en nuestro día a día, podremos mirar al futuro sin que nos lo oculten nuestros viejos esquemas. A partir de ahí empieza una historia de las que valen la pena.
Muchas personas no se plantean hacer un tratamiento de psicoterapia porque lo consideran equivalente a hablar con alguien de sus problemas o a recibir consejos. Otros utilizan el argumento de «yo no creo en los psicólogos» para rechazar de plano esta opción. En realidad hay muchísimas formas distintas de psicoterapia, que parten de teorías variadas y utilizan métodos muy diferentes. Veamos qué representa esto con un ejemplo.
Sara notaba mucho agotamiento desde hacía meses, así que acudió a su médico de cabecera pensando que podía ser una anemia o alguna otra enfermedad. Todas las pruebas fueron normales y, a la vista de sus síntomas, el médico le dijo que se trataba de una depresión. Con buen criterio, le aconsejó que, antes de empezar a tomar fármacos, probara a hacer terapia. Así que Sara buscó referencias y visitó a un psicoterapeuta que le recomendó una amiga.
Voy a contar la misma historia varias veces, para ver cómo sería la consulta de Sara con distintos profesionales, cada uno de los cuales trabaja desde un modelo en particular:
El primer paso que el terapeuta le propuso fue planificar su actividad dando más presencia a las cosas que la hacían sentir «algo menos mal», poniéndolas por delante de aquellas que le suponían más esfuerzo. Luego, Sara aprendió a observar y registrar sus pensamientos automáticos, aquellas frases que rondaban por su cabeza y que la hacían sentir peor. Vio que su modo de analizar la vida estaba lleno de criterios radicales: para ella, todo lo que no fuera perfecto resultaba inadmisible. También aparecía mucho en su mente la palabra «debería», enfadándose consigo misma por todo lo que tendría que estar haciendo y no hacía, con lo que su malestar aumentaba. Además, veía el porvenir muy negro: de todos los futuros posibles, se centraba en la peor opción y se angustiaba como si fuese seguro que iba a pasar. Se dio cuenta de que estaba sufriendo por cosas que quizá nunca llegaran a ocurrir. A medida que apuntaba sus pensamientos y los cuestionaba, estos dejaron de ser tan automáticos. Así, cuando aparecían, ella era más capaz de cambiar su perspectiva. A medida que cambiaba su forma de contarse por dentro lo que ocurría, Sara transformó su estado de ánimo, comenzó a mejorar y, poco a poco, fue capaz de retomar el control de su vida.
Podríamos seguir viendo diferentes modelos de tratamiento, incluso dentro de cada orientación. Algunos tipos de terapia familiar se centran en explorar qué se ha intentado para solucionar la situación y proponer cambios. Otros analizan la estructura de la propia familia, así como también la de las familias de origen, y plantean alternativas a esa estructura. También pueden trabajar sobre la narrativa, es decir, lo que la persona y la familia se dicen sobre lo que está ocurriendo. En resumen, más que pensar si puede ayudarnos o no, es más realista plantearnos cada tipo de terapia como un tratamiento completamente diferente, y buscar cuál se ajusta mejor a nosotros.
Probar una terapia
Muchas terapias han demostrado su utilidad para mejorar problemas emocionales, e incluso físicos. Sin embargo, para poder saber si estos tratamientos nos funcionan a nosotros, hemos de llevarlos a cabo. Una terapia requiere tiempo, y «probarla» no consiste en ir un par de días a ver a un terapeuta y descartar el intento dando por sentado que no va a servir de nada. Sara se podría haber beneficiado de todas estas terapias tan distintas, pero, como hemos visto, participaba activamente en todas ellas. La terapia que no puede funcionar, con toda seguridad, es la que no hacemos.
Otra referencia importante a la hora de elegir una terapia son las Guías Clínicas, que recogen las recomendaciones de los expertos tras revisar los estudios sobre los distintos tratamientos. Aquellas que obtienen los mejores resultados son consideradas «terapias de primera elección».
No es que las terapias que no figuren en estas guías no funcionen, lo que pasa es que no tenemos pruebas de que sí lo hagan. Al menos, no por el momento.
La psicoterapia no consiste en dos o tres pautas, es una disciplina compleja que requiere una formación adecuada y en profundidad.
Es imprescindible que el profesional sea psicólogo o psiquiatra. Estas dos formaciones dan una base clínica sólida para atender casos en los que han de ser valorados y tenidos en cuenta muchos aspectos. Si bien el factor personal y humano resulta esencial, es imprescindible que el profesional tenga una buena base.
Seguro que nadie se dejaría operar de apendicitis por una persona que no haya estudiado la carrera de Medicina, aunque asegure ser muy hábil con el bisturí.
Pese a lo dicho anteriormente, el factor humano es la base más importante. Es necesario que sintamos que conectamos con la persona. La psicoterapia siempre lleva consigo una relación personal, distinta de la amistad y de otras relaciones, por lo que hemos de sentirnos cómodos con el profesional con el que vamos a trabajar.
El profesional debe tener una formación en la terapia específica que queremos hacer. Esta formación ha de ser en profundidad y estar acreditada. Hacer un taller de mindfulness no capacita para aplicar esta herramienta con todos sus matices y variantes, y lo mismo con cualquier otro abordaje. En casi todos los estilos de terapia hay instituciones oficiales que acreditan a los profesionales según unos estándares de calidad, es importante buscar esas referencias.
La falta de regulación del campo de la psicoterapia hace que proliferen personas sin formación (o con formaciones no clínicas) que siguen cursos no acreditados y se anuncian como «terapeutas» de los más diversos sistemas de «tratamiento». Para la persona que busca ayuda para su problema, puede ser confuso elegir a un profesional adecuado.
El EMDR y otras terapias
Una de las cosas que más me gustan del EMDR es que nos permite una comprensión global de los casos. Aunque utiliza una metodología específica, recoge muchas cosas de las terapias que he descrito antes, sin ser simplemente una variante más de ninguna de ellas. Es por ello una psicoterapia muy integradora.
En la consulta de un terapeuta EMDR, Sara exploraría el inicio de la depresión que la llevó a pedir ayuda y lo que estaba ocurriendo en su vida en aquella época. También se fijaría en lo que activaba más intensamente su estado depresivo en la actualidad. La depresión de Sara se había generado por acumulación, poco a poco. Pero lo que marcó el punto de inflexión negativo fue un problema laboral. Bueno, no era exactamente un problema, sino una promoción en su trabajo a un puesto de mayor responsabilidad. Su autoexigencia, sumada a la actitud de su jefa —una mujer con cara de constante desaprobación— llevaron la presión interna a un nivel que ya fue incapaz de manejar.
Desde la imagen de lo peor de esa experiencia, Sara conectó con la figura de su madre, para quien, hiciera lo que hiciese, «nunca era suficiente». El trabajo con el EMDR la ayudó a entender cómo, a lo largo de su infancia, había caído en la trampa de intentar complacer a una madre atrapada en su propia insatisfacción. Aunque nada funcionaba, como niña no podía dejar de intentar lograr que la persona que la cuidaba le mostrara el orgullo que sentía, que la hiciese sentir aceptada tal y como era. Todos esos momentos en los que Sara intentó desesperadamente conseguir lo que nunca llegó fueron recuerdos seleccionados para trabajar sobre ellos. Sara analizó también su forma de cuidarse a sí misma, incluyendo lo que hacía cuando se sentía mal (enlazando con la teoría cognitivo-conductual) y cómo se veía y hablaba por dentro (en la línea de la autocompasión que propone el mindfulness). Al procesar esos recuerdos, así como las circunstancias presentes del trabajo y de su familia, Sara fue empezando espontáneamente a hacer cambios, a funcionar de otro modo, y a sentirse mejor.
Otro aspecto importante es la comprensión de los vínculos que nos unen a las personas que nos cuidaron de niños y a aquellas con las que convivimos. Esto tiene que ver con lo que denominamos estilos de apego, que en el caso de Sara se caracterizaban sobre todo por la distancia emocional, tanto de sus propias emociones como de las de los demás. Sara regulaba sus emociones a través del control, un modelo que había aprendido de su madre, o ignorando sus necesidades, lo que caracterizaba su relación con un padre bastante ausente. La verdad es que no tenía mucho donde elegir.
A diferencia de otros estilos de terapia, el objetivo del EMDR es el procesamiento de los recuerdos que están en la base de cada uno de esos elementos. Un terapeuta cognitivo-conductual se centraría en los comportamientos y creencias distorsionadas que potencian el estado depresivo. Para un terapeuta EMDR, en cambio, estos aspectos son puntos de partida desde los que buscar el origen del problema: dónde se aprendió ese patrón de autocuidado, cuándo aparecieron esas creencias en la mente del paciente. Aunque se hable de ellos en una primera fase de preparación, para que la persona entienda el trabajo que va a hacerse, esto solo es el preámbulo de una intervención más potente: desbloquear todos los recuerdos que siguen alimentando esos problemas.
Como en otras terapias, se tiene también en cuenta la historia pasada, las relaciones, el análisis de la estructura familiar, la capacidad para observar y diferenciar emociones y pensamientos. Pero la principal diferencia respecto a las demás es que, en el EMDR, entender todos estos elementos es solo la parte inicial del trabajo, no el objetivo terapéutico principal. Explorar estos aspectos es fundamental para desarrollar primero una comprensión amplia, profunda, distinta de lo que le ocurre a la persona y de cómo cambiarlo, pero no es lo más importante.
Al igual que en las terapias psicodinámicas y familiares, en el EMDR se explora la historia del paciente desde sus inicios y los patrones que arrastra desde generaciones atrás en su familia de origen. Sin embargo, al igual que en las terapias cognitivo-conductuales, se trabajará también con lo que ocurre en el aquí y ahora, con lo que sigue activando los problemas en el presente y la proyección hacia el futuro.
Aparte de esta visión integradora de los problemas que nos angustian, en el EMDR la fase de trabajo con las vivencias concretas —pasadas y presentes— que se han identificado como relevantes tiene unas características particulares. Se trabaja con cada recuerdo buscando una imagen representativa de lo peor de esa experiencia, de los sentimientos negativos hacia uno mismo que esa situación provoca en la persona y del cambio de perspectiva que quiere que se produzca a este nivel, así como de las emociones y sensaciones corporales que todavía están activas respecto a esas memorias.
En el caso de Sara, el terapeuta la ayudó a desbloquear mediante movimientos oculares los recuerdos relativos a su madre, a su jefa y a su marido, gracias a lo cual ella pudo empezar a integrarlos y conectarlos con otras experiencias. Además, se trabajó en mejorar su autocuidado y sus recursos. Una gran parte del análisis que puede realizarse desde los otros abordajes que he comentado, en el EMDR se produce de modo espontáneo, a consecuencia del procesamiento acelerado de información que se pone en marcha en el cerebro, sin que se busque de modo intencionado y explícito. Mucho de lo que surge en la sesión también aparecería en otro tipo de psicoterapias, pero en el EMDR ocurre de modo más rápido, fluyendo de una cosa a otra. Y además, como veremos más adelante, el cerebro encuentra rutas sorprendentes para deshacer los nudos emocionales.
Los movimientos oculares son uno de los elementos, aunque no el único, que explica el efecto de la terapia EMDR, desarrollada por la psicóloga estadounidense Francine Shapiro a finales de la década de 1980. Como se vio posteriormente, si se activaban ambos hemisferios cerebrales de forma alternante —por ejemplo, a través de toques en partes simétricas del cuerpo (una técnica llamada tapping) o por medio de sonidos alternantes que se escuchaban por uno u otro oído— se conseguía un efecto similar. Este elemento ha generado mucha controversia entre terapeutas y científicos, y también un gran interés en explorar qué relación puede tener este mecanismo con los procesos de memoria y su acción sobre los recuerdos bloqueados.
Vaya por delante que el trabajo con los recuerdos no se limita a mover los ojos mientras se piensa en la situación pasada. El proceso es más complejo y requiere otras intervenciones específicas, pero es importante que entendamos que los movimientos oculares tienen un efecto directo sobre los recuerdos y que este puede deberse a diversos mecanismos. El fenómeno es intrigante y queda mucho por descubrir respecto a cómo actúa, pero la investigación ha aportado luz sobre algunos aspectos. En YouTube (<youtu.be/oi2pSSTOnaI>) se puede ver la conferencia que di a finales de 2018, en el Congreso de la Asociación EMDR España, sobre el papel de los movimientos oculares y la evidencia científica disponible en aquel momento. Desde entonces se han publicado algunos estudios de relevancia que recojo en este capítulo.
Algunas curiosidades sobre los movimientos oculares
Los movimientos oculares, junto con otras formas de estimulación bilateral del cerebro, añaden mayor efectividad a la intervención con EMDR. Mediante esta técnica se potencia el efecto de los elementos ya presentes en otras orientaciones (como identificar creencias negativas, observar nuestras emociones y pensamientos con distancia, conectar lo que ocurre en el presente con la historia de la persona, o comprender el modo en que nos vinculamos). Pero lo que mejor funciona realmente es la combinación de todos estos ingredientes con un terapeuta bien formado, que sepa aplicar este tratamiento del modo más eficiente y productivo para la persona.
Lo cierto es que los estudios sobre los movimientos oculares y su relación con cómo nuestro cerebro procesa la información vienen de muy atrás. Cuando analizamos lo que nos rodea, observamos una imagen o leemos, nuestros ojos se mueven de un punto a otro, como dando saltos, y se paran en determinados elementos que llaman nuestra atención. Todo esto ocurre sin que nos demos cuenta. Estos movimientos, llamados sacádicos, son esenciales para procesar la información visual y el terapeuta EMDR los utiliza para guiar al paciente. Se han estudiado diferentes velocidades y tipos de movimientos, comparando su efectividad. De modo que se trata de mover los ojos, pero no de cualquier manera. Aparte del tipo de movimiento, también parece influir la velocidad y la duración (el efecto aumenta a medida que los movimientos se hacen más rápidos y durante más tiempo).
Algunos autores han comparado el EMDR con otro tratamiento que sabemos que funciona con los recuerdos traumáticos: la terapia de exposición. En el EMDR se habla de un recuerdo y se conecta con la emoción que produce, y se ha cuestionado que es este periodo de exposición al recuerdo (y no los movimientos oculares en sí) el mecanismo que hace que este procedimiento funcione. Sin embargo, esto no coincide con lo que muestran las investigaciones. Si bien en la terapia de exposición la persona ha de estar largo tiempo en contacto con el recuerdo, y con las sensaciones que lo acompañan, en una sesión de EMDR solo ha de conectar con él unos cinco minutos al principio, dedicando el resto de la sesión a pasar de una cosa a otra, o a observar cómo cambian sus sensaciones, sin alargar el contacto con la memoria de la que se partía.
Los efectos del EMDR, por tanto, no pueden atribuirse a esos pocos minutos de contacto con el recuerdo. De lo contrario, no sería necesario que la terapia de exposición durase (como así ocurre) más de cinco minutos, ni habría motivo para que la persona tuviese que enfrentarse repetidamente al recuerdo (algo necesario en los tratamientos basados en la exposición). Además, lo que ocurre en la terapia de exposición es que, a base de sentir una y otra vez las sensaciones negativas (en lugar de evitarlas), nuestro cerebro se habitúa y estas pierden fuerza. Lo que vemos en las sesiones de EMDR es algo muy distinto. Se produce una transformación en el recuerdo, que puede ser de muchos tipos, pero que no se limita simplemente a reducir la intensidad del malestar. Ambos tratamientos son eficaces, pero parecen funcionar por distintas vías. Serían como dos fármacos que mejoran la tensión arterial, pero que lo logran mediante mecanismos de acción completamente diferentes. Veamos todo esto a través de un ejemplo.
Eduardo trabajaba un recuerdo de su infancia. Cuando tenía nueve años y estudiaba tercero de primaria, había salido al encerado para resolver un problema y su profesor de ciencia le gritaba frente a toda la clase. Eduardo se había bloqueado totalmente, y ese recuerdo seguía cargado de emociones negativas veinte años después de aquel día. Esta memoria antigua aún influía en el funcionamiento de Eduardo, que había experimentado una sensación de bloqueo similar en otros momentos posteriores, el último cuando el encargado de la tienda en la que trabajaba le gritó delante de unos clientes.
El trabajo con la terapia de exposición se centraría más en el comportamiento de Eduardo. Tendría que enfrentarse una y otra vez a situaciones de la vida real que habitualmente evitaba, como pasar por delante del encargado. Si se trabajara el recuerdo en sí a través de la exposición, la sesión se basaría en que Eduardo, en lugar de evitar pensar en aquello, rememorara la situación durante un tiempo prolongado pese a notar sensaciones desagradables. Poco a poco, al repetir esto varias veces en días sucesivos, el recuerdo perdería fuerza. Probablemente el terapeuta le programaría tareas para casa, en las que se repetiría el mismo procedimiento, para favorecer que el cerebro de Eduardo se habituara a esas sensaciones en el mínimo tiempo posible.
En cambio, durante el trabajo con EMDR no fue necesario hablar mucho sobre ese recuerdo. Partimos de la imagen del peor momento, lo que el recuerdo le hacía pensar todavía a Eduardo de sí mismo («soy inadecuado»), la emoción (una mezcla de miedo, rabia y vergüenza) y la sensación en el estómago que lo había acompañado en distintos momentos de su vida. Una vez identificados estos elementos, empezamos con los movimientos oculares. Cuando parábamos, yo le preguntaba: «¿Qué te viene?, ¿qué notas?». Eduardo me contaba brevemente. Primero le llegaron otras situaciones que vivió con este mismo profesor. Luego, momentos muy diversos en los que el nudo en el estómago había estado presente. Fue pasando de una emoción a otra, sin que yo guiase el procedimiento ni analizásemos nada. Su mente simplemente se desbloqueaba, iba haciendo conexiones. Y lo más importante, el recuerdo iba cambiando. Aunque es bastante frecuente que los pacientes nos cuenten que el recuerdo inicial va dejando de ser perturbador, que lo ven más borroso o lejano, esto no es siempre así. En el caso de Eduardo, primero empezó a ver la escena más completa: el foco no estaba solo en el profesor y en él, sino que incluía a toda la clase. Luego, cuando volvíamos al recuerdo —hicimos esto tres veces en la hora que duró la sesión—, se centró en su compañero Jorge, que miraba al profesor con una rabia enorme y le dirigía a él un gesto de «¡este tío que se ha creído!». Finalmente, se vio observando la escena desde una sensación más adulta, pensando en el pésimo profesor que había sido aquel hombre con todos sus compañeros. Aquella vivencia ya no le generaba una creencia negativa sobre sí mismo, ya no contribuía a bajar su autoestima. El recuerdo seguía ahí, pero se había transformado, estaba almacenado de otra manera. Después de esta sesión, Eduardo no hizo ninguna tarea adicional, ni respecto al recuerdo ni respecto a las cosas que solía evitar. En los días siguientes, cuando veía al encargado, se sentía diferente, aquel hombre ya no lo hacía sentir pequeñito. En muchos casos, la intervención resulta más compleja y es necesario trabajar más aspectos, pero el proceso de Eduardo ejemplifica uno de los modos en los que los recuerdos se transforman.
También se han planteado otras posibles causas del efecto conseguido con los movimientos oculares. Si una persona con estrés postraumático —un conjunto de síntomas derivados de una experiencia negativa que no se ha podido superar— hace algo que la distraiga mientras piensa en el recuerdo (por ejemplo, contar o jugar al tetris), se producen cambios en la memoria de esa experiencia. Sin embargo, los efectos no son equivalentes a los movimientos oculares, de modo que la terapia EMDR parece ir más allá de los cambios que pueden verse con otras intervenciones, aunque este mecanismo podría tener algo que ver, generando una sobrecarga de los mecanismos de la memoria, como veremos más adelante.
Los sonidos alternantes y el tapping parecen tener también efectos positivos, aunque la potencia de los movimientos oculares ha mostrado ser mayor. No está claro si el efecto de estos tres tipos de estimulación bilateral es idéntico o presenta alguna diferencia, aunque, en conjunto, la aplicación de cualquiera de estos sistemas parece eficaz en diversas patologías.
Uno de los efectos más comprobados de los movimientos oculares es que producen un efecto de relajación, pues activan el sistema nervioso parasimpático. Gracias a ello, las imágenes pierden su intensidad emocional. En contrapartida, aumentan las asociaciones mentales y mejora la capacidad para recordar los verdaderos detalles de un suceso. Frente a la posibilidad de recordar detalles falsos, se ha comprobado que, mediante el EMDR, se potencia el acceso a detalles auténticos. En otras palabras, recordamos más y mejor.
Esto no significa que todo lo que pueda venir en una sesión sea un recuerdo literal, ya que, en ocasiones, con el paso del tiempo nuestros recuerdos se mezclan, o bien podemos traer a nuestra mente imágenes simbólicas (por ejemplo, nos vemos llevando a cabo lo que nos hubiera gustado hacer en la situación original). Sin embargo, sí hay una mayor tendencia a acceder a detalles genuinos de los recuerdos. A menudo, las personas que acuden a consulta recuerdan cosas en las que hacía tiempo que no pensaban o en las que no se habían fijado, e incluso se sorprenden de que puedan tener conexión con lo que les ocurre ahora.
Los científicos siguen debatiendo cuáles son los mecanismos que están en la base del efecto de la estimulación bilateral. Para evitar una explicación demasiado extensa y técnica, resumiré aquí las principales hipótesis que se barajan:
En cualquier tratamiento hay un componente de sugestión, un «truco» con el que nuestra mente se convence de que ese elemento la beneficia aunque no produzca realmente ningún cambio. Es lo que se conoce como efecto placebo. Cuando se estudian fármacos, por ejemplo, suele compararse la sustancia en cuestión con otra de aspecto idéntico que no tiene efecto. Un grupo de sujetos toma el fármaco activo, mientras que otro grupo recibe el placebo. Solo se considera que un medicamento funciona cuando sus resultados son significativamente mayores que los del placebo. Lo curioso es que los placebos tienen un efecto bastante considerable, que oscila entre un 30 y un 70 % de los casos. Si alguien cree que está tomando algo que le ayuda, realmente se siente mejor. Esto explica por qué muchas personas recurren a técnicas dudosas y se convencen de que les fueron útiles: de algún modo, se curaron ellas mismas.
En el caso de la psicoterapia, discriminar este efecto placebo es difícil. En los resultados beneficiosos de estos tratamientos influye mucho el modo en el que el terapeuta transmite sus beneficios y cómo conecta con la persona, pero también las creencias previas de esta sobre la terapia. ¿Quiere esto decir que la psicoterapia es únicamente sugestión? Para responder a esta pregunta, hemos de plantearnos antes otra cuestión. Si lo pensamos, un placebo es un tratamiento bastante eficaz, de modo que entender por qué funciona la sugestión es importante. En el siglo XIX Hippolyte Bernheim, un neurólogo francés que propuso el tratamiento con hipnosis para algunas dolencias de la época, planteaba que el mecanismo subyacente a este tratamiento era la sugestión, y se dedicó a analizar su potencial terapéutico, un tema que sigue despertando interés hoy en día. Un terapeuta trata de producir un efecto en el paciente a través de la palabra, de la relación, de animarle a tomar otra perspectiva sobre el asunto, y en muchos de estos aspectos pueden verse paralelismos con el funcionamiento de la sugestión.
Investigar el efecto placebo con un fármaco es fácil, pero diseñar este tipo de estudios con una psicoterapia es más complejo. Es importante discriminar si estos componentes sugestivos son los únicos que realmente entran en juego. Se hace necesario ver si esa terapia aporta algo diferencial, algo específico, algo que va más allá. ¿Cómo se ha hecho esto en el EMDR?
El psicoanálisis y la terapia cognitivo-conductual, hasta hace bien poco las dos corrientes predominantes en la psicoterapia, han protagonizado un permanente debate sobre muchos aspectos, entre ellos su relación con el pensamiento científico. El psicoanálisis surgió en el campo de la medicina, aunque su exploración de la mente humana y el significado de los síntomas lo aproximó a menudo más al terreno de la filosofía que al de la investigación propiamente dicha. Por el contrario, el conductismo, que nació más tarde a partir de la investigación en animales, se considera el origen de la psicología moderna. Ambas orientaciones han tenido una visión muy diferente de la vinculación entre ciencia y psicoterapia. Este debate sigue sobre la mesa.
En psicoterapia se dan los dos extremos: en un lado están las personas que defienden que solo podemos utilizar una terapia cuando hay múltiples estudios que la avalan; en el otro, quienes trabajan con intervenciones que nunca han sido sometidas a prueba y se fían más de lo que observan que de lo que dicen unos estudios científicos alejados de las situaciones que ven en sus consultas. Estas no dejan de ser las versiones más extremas del problema, mientras que para mí es más importante entender el conjunto.
Realmente la ciencia no se limita a los estudios de investigación, sino que es un modo de ver la vida con el cual me identifico mucho. El pensamiento científico implica que no nos creemos nuestras opiniones simplemente porque se nos crucen por la cabeza, sino que tratamos de buscar datos que las apoyen o las cuestionen. Además, hemos de mirar estos datos sin hacer trampa —es decir, sin recurrir a un ejemplo aislado, precisamente el más favorable a lo que pensamos, para defender nuestras ideas—, observando muchos ejemplos distintos, contemplando por igual tanto los que apoyan nuestras hipótesis como los que van en contra.
Me considero científica porque me encanta que se cuestione lo que pienso, que me rompan los esquemas. Cuando algo me descoloca todo aquello en lo que creía, me resulta estimulante, porque de ahí siempre nace algo más interesante, creativo y revelador. Eso fue lo que me pasó cuando empecé a trabajar con EMDR y tuve que cuestionar mi forma de entender la terapia, mis ideas sobre por qué funcionaba y por qué no. Gracias a esa sorpresa y a lo que me hizo plantearme, escribo ahora este libro.
Otra de las ventajas de tener, dentro del protocolo de tratamiento, un elemento tan singular y atípico como el movimiento de los ojos es que la terapia EMDR ha tenido que ganarse a pulso el reconocimiento de la comunidad científica, y eso ha promovido una enorme cantidad de estudios de investigación y muchísimas hipótesis sobre su mecanismo de acción. Aun así, sigue habiendo controversia, pero curiosamente, aunque muchos de sus detractores dicen hablar en nombre de la ciencia, lo hacen con argumentos totalmente anticientíficos. La ciencia no acepta que una hipótesis sea cierta o no porque alguien la defienda con más o menos pasión, porque sea más o menos atractiva, o porque suene más o menos rara. Independientemente de todo esto, hay que hacer estudios lo más fiables posible y necesitamos varios en la misma dirección para poder empezar a afirmar algo.
Es cierto que esta terapia es muy reciente, pero, al buscar en las bases de datos, he comprobado que en los meses durante los que he estado escribiendo este libro han aparecido casi medio millar de artículos científicos buscando las palabras «EMDR» y «estudios aleatorizados». Estos últimos son investigaciones en las que se comparan grupos con distintos tratamientos, lo que disminuye el efecto placebo. Por supuesto, no todos estos estudios son de alta calidad, pero hay muchos bien diseñados. Si buscamos «movimientos oculares» más «EMDR», aparecen más de cuatro mil artículos. Esta cifra se multiplica año tras año, lo cual demuestra el interés creciente que el EMDR genera en la comunidad científica.
La mayoría de esos estudios son favorables al tratamiento de EMDR, aunque, como siempre ocurre con cualquier tratamiento, hay también algunos con resultados contradictorios y otros que plantean críticas. La evidencia científica siempre ha de ampliarse, por lo que cualquier buen artículo de investigación termina con la frase «son necesarios más estudios», sea cual sea el tema de análisis. Lo mismo ocurre con el EMDR, y esto es enormemente enriquecedor. Debemos cuestionarnos lo que hacemos, por qué lo hacemos y por qué funciona. El conocimiento científico acumulado deja claro que el EMDR tiene un efecto positivo, lo que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a recomendarlo, ya desde 2013, como uno de los tratamientos de elección para los trastornos derivados del trauma. También figura en la mayoría de las guías clínicas internacionales, realizadas por los principales grupos de expertos, entre los tratamientos de primera elección para el trastorno de estrés postraumático. Además, empieza a haber estudios controlados de su aplicación en muchos otros problemas como la depresión, la esquizofrenia, el dolor crónico, las adicciones y la ansiedad. Por todo ello, a lo largo de este libro, veremos qué tipo de problemas pueden tratarse con este método y cómo evolucionan gracias a él.
PARA SABER MÁS
La evidencia científica respecto al EMDR es bastante considerable y crece día a día. Esto hace que, a medida que se publican más estudios, su campo de aplicación se defina cada vez con mayor claridad. Puedes consultar una revisión reciente en mi web (visita <anabelgonzalez.es> y busca los documentos Dossier Evidencia EMDR Web e Investigaciones recientes en EMDR en el apartado Recursos para Terapeutas/Otros).
A raíz del descubrimiento del EMDR han surgido numerosas «terapias» que incluyen algún tipo de movimiento ocular, pero que nada tienen que ver con las investigaciones científicas de las que hablaba en el capítulo anterior. Me resulta especialmente preocupante que personas que no son profesionales o carecen de formación específica empleen movimientos oculares de modos que no han sido estudiados. Es cierto que algunos tratamientos pueden tener efectos positivos sin que ninguna investigación haya llegado a probarlo, pero no podemos estar seguros. Solo tenemos la palabra del que vende el producto y, por muy convincente que pueda parecer, eso no ha de bastarnos. Los únicos procedimientos de EMDR recomendables son los que están avalados por organizaciones internacionales reconocidas (en los países de habla hispana, únicamente la Asociación EMDR España —perteneciente a EMDR Europe— y EMDR Iberoamérica). Fuera de los profesionales con formación acreditada, no hay ninguna garantía de que la intervención se encuentre entre las que las guías clínicas recomiendan.
La estimulación bilateral
Los movimientos oculares que se emplean en el EMDR favorecen la relajación, pero también tienen muchos otros efectos: promueven las asociaciones con nuestras redes de memoria, nos hacen conectar más con los recuerdos y las emociones que los acompañan. Además, en función de la cantidad y velocidad de los movimientos, los resultados pueden ser muy diferentes. Su aplicación en casos de traumas muy concretos y en historias traumáticas graves que se remontan a la infancia tiene numerosos matices y particularidades que deben tenerse en cuenta. Utilizar el movimiento ocular, sonidos bilaterales o tapping porque hemos visto un vídeo en YouTube, o aceptar que los apliquen personas con un conocimiento superficial de este método, puede ser contraproducente. Aunque parezca una técnica aparentemente simple, tiene un efecto potente que ha de graduarse y encauzarse por profesionales con una sólida formación en terapia de trauma.
Aunque nos hemos centrado en los movimientos oculares, la terapia EMDR es una intervención más compleja y llena de pequeños matices que conviene conocer. Una parte muy importante es ayudar a la persona a entender de dónde vienen los problemas que la llevan a consulta, con qué experiencias se conectan y dónde aprendió los patrones con los que funciona. El trabajo en la terapia será desbloquear los recuerdos, pero también modificar esos patrones.
Los patrones más importantes
Una terapia EMDR no es una técnica puntual para trabajar con un recuerdo. Aunque una persona sufra un estrés postraumático después de una circunstancia puntual, es importante que entendamos por qué esa situación bloqueó el sistema nervioso del paciente de ese modo. En otras palabras, es fundamental una comprensión global.
Ricardo sufrió un accidente de tráfico bastante aparatoso. Conducía solo y un vehículo se salió en una curva chocando contra él. Su coche dio varias vueltas y la carrocería quedó tan destrozada que tardaron en sacarlo de su interior. Inicialmente Ricardo perdió la consciencia por el impacto, pero pronto volvió en sí. Mientras todavía estaba atrapado dentro del coche, el tiempo se le hizo eterno. Cuando llegaron los bomberos, pudieron abrir la puerta bloqueada y lo llevaron en ambulancia al hospital. La sensación de estar atrapado, confuso y angustiado dentro del coche todavía permanecía en su memoria meses después. Sin embargo, el peor momento para Ricardo no era ese, sino cuando llegó al hospital. Las urgencias estaban saturadas, había gente por los pasillos, gritando, y los profesionales estaban nerviosos. Durante lo que le parecieron horas, estuvo viendo a gente correr de un lado a otro sin que nadie se parase a mirarlo y le preguntase cómo se sentía. En la imagen que más grabada se le había quedado de ese momento, estaba en una camilla, sin nadie ocupándose de él, mientras oía al fondo una discusión entre dos médicos. Ahí tuvo una sensación extraña, como de irrealidad; todo parecía ir a cámara lenta.
En el caso de Ricardo, alguien que simplemente entendiera el EMDR como una técnica para trabajar recuerdos traumáticos se dedicaría a hacer movimientos oculares con la memoria del accidente. Y el resultado podría oscilar de parcialmente eficaz a totalmente contraproducente. En las últimas secuencias de lo que Ricardo recordaba sobre aquel día, había una sensación de desrealización, una señal de alarma que indicaba que su sistema nervioso se había visto completamente sobrepasado. Aunque este tipo de síntomas son muy frecuentes en situaciones graves, como este accidente, y no son un problema para el trabajo con los recuerdos, no era la primera vez que Ricardo los había tenido.
Su historia anterior era complicada. En su infancia, había presenciado muchos conflictos entre sus padres. En ocasiones, en el transcurso de aquellas discusiones terribles, incluso vio cómo su padre agredía físicamente a su madre. Muerto de miedo, el pequeño Ricardo sentía mucha impotencia por no poder pararlos. Cuando se peleaban, sus padres parecían no ser conscientes de que el niño estaba allí ni de cómo lo estaba pasando. En realidad, nunca se dieron cuenta de cómo se sentía, ni ante estas situaciones ni con ninguna otra cosa. En el colegio tuvo problemas con otros niños, que se metían con él, durante varios cursos. Nunca lo contó porque creía que no le importaría a nadie, que no lo sacarían de esa situación. Además, los compañeros que lo acosaban lo amenazaron si hablaba, y varias veces lo encerraron en un armario durante horas. Aunque se ganó un castigo por faltar al comedor debido a ello, prefirió callar.
Años después, durante el accidente muchas sensaciones resonaron en la mente de Ricardo con esta historia antigua, que él había resuelto diciéndose mentalmente que había que «pasar página». El miedo intenso, debido al choque y a verse encerrado en el coche después, era una sensación que había conocido desde demasiado pronto. Sumado a esto, la sensación de estar atrapado se conectaba con los encierros del colegio y con la permanente sensación del niño y adolescente que quería escapar de la hostilidad que lo rodeaba, sin poder hacer nada para librarse de aquello. Pero el peor momento para Ricardo en aquel accidente enlazaba con la experiencia más dura que una persona puede tener en los archivos de memoria de su infancia: no haber sido visto, sentirse terriblemente mal sin que nadie se dé cuenta, sin que a nadie le importe. Cuando se vio solo, después de haberse sentido asustado, confuso y atrapado (ahí ya sus conexiones con su historia estaban muy activadas), sin una mirada de comprensión de los profesionales de urgencias y con aquella discusión al fondo, Ricardo dejó de reaccionar ante lo que estaba viviendo. Dejando de vivir en el aquí y ahora, pasó a funcionar en parte desde las memorias que había tratado de dejar atrás: se sentía como allí y entonces. Su cerebro, incapaz de procesar toda esta información, perdió por un momento las referencias que lo anclaban a la realidad, al presente.
Gracias al EMDR, Ricardo pudo trabajar con todo esto, entender lo que le había pasado y procesar no solo el recuerdo del accidente, sino también las situaciones con sus padres y en el colegio. Llevó tiempo, pero valió la pena. A medida que hacía este trabajo, se dio cuenta de cómo muchas cosas de su vida presente seguían lastradas por todo aquello, por la pesada mochila que arrastraba. Al procesar los viejos recuerdos, se fueron soltando los nudos que lo ataban. Entendió que el pasado influye más cuanto menos conscientes somos de que está ahí y de su importancia. Se encontró más cómodo en su relación de pareja, en la que en muchos momentos se había sentido también atrapado, y más libre para hablar de las cosas que lo incomodaban. Dejó de intentar a toda costa evitar los conflictos, pues estos ya no se conectaban con los de sus padres, y consiguió sentirse más seguro con aquellas personas con las que no estaba de acuerdo. Aprendió a verse a sí mismo y a tener en cuenta sus propias necesidades, en lugar de ignorarlas como habían hecho las personas que marcaron su infancia.
Si después de recuperarse del accidente, Ricardo hubiese tratado de dejar esa dura experiencia atrás, como había hecho toda la vida, la historia habría sido distinta. Por ejemplo, durante la etapa de confinamiento por el coronavirus, su sensación de estar atrapado se podría haber activado. Y mientras buscaba por internet ejercicios de meditación para bajar su ansiedad, quizás hubiese dado con una de estas personas que incluyen en ellos el «abrazo de la mariposa». En realidad, se trata de un tapping bilateral que se hace poniendo los brazos cruzados sobre el pecho.
Utilizar las palabras «abrazo de la mariposa» es una forma de explicarlo a los niños, pero la estimulación bilateral no es un simple modo de potenciar la relajación. Al hacer este aparentemente inofensivo ejercicio encontrado en internet, dejándose guiar por alguien que ignoraba su historia y no tenía un conocimiento en profundidad de lo que hacía, Ricardo podría haber empezado a sentirse mal (en ese momento o un tiempo después). Al conectar con aquello de lo que no era muy consciente, como le ocurrió durante el accidente, sus sensaciones de allí y entonces se estarían activando, haciéndole sentir más encerrado o más asustado, o vería lo que le rodeaba como algo extremadamente irreal y surrealista, como una película. Puede que no relacionase nada de esto con el «sencillo» ejercicio de meditación que había hecho y que lo atribuyera sencillamente a la situación, pero, en realidad, estaría sufriendo un «efecto secundario» de ese remedio.
Un terapeuta EMDR bien formado valora todos los elementos cuando planifica el trabajo, logrando así que la persona conecte de manera segura con todos sus recuerdos bloqueados y, a la vez, consiga gestionar sus sensaciones en el día a día. Si Ricardo no se sintiese preparado para profundizar en su infancia, pues su necesidad es simplemente sentirse un poco mejor con el confinamiento, o hacer un trabajo centrado en el recuerdo del accidente, el terapeuta puede buscar procedimientos para orientar la terapia de este modo. Cuando todo esto se tiene en cuenta, el trabajo terapéutico se estructura para que la persona que participa en él se sienta segura y acompañada.
En resumen, conviene emplear estos procedimientos terapéuticos con responsabilidad y sensatez. Los psicólogos o psiquiatras no estamos obligados a trabajar con EMDR, pero, si lo hacemos, formémonos y hagámoslo en condiciones. Y para las personas que buscan ayuda, recordemos que podemos elegir la terapia que mejor nos encaje, pero si decidimos trabajar con EMDR, es importante buscar siempre profesionales bien formados. Hacerlo es una garantía no solo de que conseguiremos cambios, sino de que estos serán realmente productivos y, lo que es más importante, beneficiosos.
Un punto de aprendizaje fundamental en los años que llevo trabajando con EMDR es la importancia del autocuidado, de velar por nuestro bien más valioso: nosotros mismos. Animada por mis resultados iniciales, empecé a utilizar el EMDR con mayor frecuencia y me fui encontrando con las primeras dificultades. En muchas personas, el efecto era asombroso y se veían cambios muy favorables tanto durante la sesión como después de ella. Sin embargo, pese al potencial de este abordaje, algunos pacientes tampoco avanzaban con él. Cuando trabajábamos en los recuerdos, era como si la persona se dedicara más bien a escarbar en la herida y con ello se generase más malestar. Otras conseguían procesar algunas experiencias difíciles, pero luego se quedaban revueltas y sin experimentar cambios positivos durante un tiempo. ¿Por qué ocurría esto?
Una de las respuestas llegó cuando empecé a introducir el autocuidado al trabajar con los recuerdos. Si intentamos desbloquear una experiencia difícil y dolorosa mientras nos estamos machacando internamente por haber dejado que pasara, nos dolerá aún más. Es como intentar limpiar una herida a la que le estamos echando sal a puñados. Por eso, si la persona ha aprendido antes a tratarse mejor, a entenderse y a cuidarse, y a hacerlo aún más cuando se siente mal, el trabajo con recuerdos se hace más fluido y eficaz. Además, después de entrar en profundidad en una experiencia difícil, la persona se puede tomar un tiempo para recuperarse y descansar, sin darle demasiadas vueltas, dejando simplemente que todo se asiente.
Otras personas no tendían a torturarse por lo que les había pasado o por lo que sentían, pero tenían otro patrón de autocuidado negativo: se autoabandonaban. Esto interfería con la posibilidad de que vinieran a terapia y, cuando lo hacían, tendían a faltar a citas o se presentaban en momentos de emergencia, pero luego no apostaban por sí mismas lo suficiente como para hacer un trabajo regular. Si intentábamos trabajar un recuerdo, se autodesanimaban desde el primer momento diciendo que aquello no iba a funcionar con ellas. Y cuando a duras penas conseguíamos trabajar en algo, se pasaban días dejándose ir, aislándose y abandonándose física y emocionalmente.
Los patrones de autocuidado no nacen del aire, sino que tienen mucho que ver con nuestros aprendizajes respecto a cuidar y ser cuidados, con la historia de nuestras relaciones y la regulación de nuestras emociones. Es esencial trabajar estos patrones al tiempo que se desbloquean las experiencias en las que se generaron. En algunos casos, este proceso requiere mucho tiempo. Tengámonos paciencia.
Cuanto más avanzaba en el trabajo con estos procedimientos, más complejos eran los casos en los que me atrevía a aplicarlo. Empecé así a usar el EMDR con personas que no habían tenido un par de experiencias negativas, sino una vida terrible y muchísimas situaciones que pueden destrozar a cualquier ser humano. Estas personas estaban, literalmente, rotas. Su mente se había desarrollado en entornos hostiles, en desiertos afectivos, en lugares poco adecuados para que un niño pueda crecer emocionalmente sano. En su esfuerzo por sobrevivir a estas historias, habían encerrado muchas de esas experiencias en compartimentos que trataban por todos los medios de no abrir o de los que habían tirado la llave. Necesitábamos curar todo aquel dolor, pero a la vez la persona no estaba en condiciones de tocarlo, le asustaba demasiado hacerlo o ni siquiera era consciente de su existencia. Aquí el trabajo no consistía simplemente en limpiar heridas. Había que nutrir, restaurar, desarrollar muchas cosas desde la base, armar una nueva estructura interna. Posiblemente, el cambio más importante era restaurar la capacidad de confiar en otro ser humano, lo suficiente, al menos, como para que estas personas se animaran a embarcarse conmigo en un proyecto de exploración y reconstrucción. El trabajo con EMDR, como con cualquier otra terapia, es más laborioso en los casos difíciles y requiere tener en cuenta muchas más cosas. Aun así, según mi experiencia, el EMDR puede potenciar enormemente el trabajo terapéutico en lo que llamamos trauma complejo, siempre que se aplique comprendiendo todos los elementos y matices que entran en juego en estas situaciones.
Un problema adicional es que todas estas cosas pueden no ser obvias. Muchas personas con historias terribles han adoptado un mecanismo de supervivencia que consiste en tirar para adelante, decirse que todo aquello está superado, minimizarlo o incluso «olvidarlo» (aunque solo esté tapado). Esta apariencia de normalidad puede ser tan convincente que pueden presentarse ante el terapeuta como un caso aparentemente simple, como alguien que solo sufre un poco de estrés o está pasando por un mal momento. Estas personas se merecen un terapeuta con formación clínica, bien formado en EMDR, con una base sólida en trauma, apego, regulación emocional, disociación y todas las áreas que hemos de conocer para trabajar con responsabilidad, respeto y cuidado en situaciones como estas. Lo peor que le puede pasar a una persona que ha sufrido daño por parte de sus relaciones más cercanas, que ha sido ignorada emocionalmente o a la que no se ha tenido en cuenta es que, si finalmente consigue acudir a un profesional para pedir ayuda, se encuentre con alguien que repita el daño y haga más profundo el dolor que lleva consigo. O aún peor, con alguien incapaz de ver ese dolor. El trabajo con trauma es delicado y, por ello, tiene que ser cuidadoso y estar bien fundamentado.
En estos tiempos se habla mucho de autocuidado, pero el significado que le damos a esta palabra es muy variable. Para mí, abarca muchas cosas, pero el elemento central es saber si buscamos lo bueno para nosotros, sobre todo, si gestionamos el malestar de un modo productivo.
Aunque el problema esté fuera, nosotros tenemos un margen de maniobra. Cuantas más cosas malas nos ocurran y más graves sean, más fácil será que nos sobrepasen. Aunque hay personas que llevan mejor las situaciones adversas (lo llamamos resiliencia), también es cierto que todos tenemos un punto de ruptura. Sin embargo, la relación entre la gravedad del hecho y el sufrimiento de cada individuo no es directa. Esto no significa que podamos salir de una depresión o relajarnos simplemente diciéndonos frases positivas, viendo las cosas de otro modo o poniendo de nuestra parte. Si nos vamos a un extremo, nos daremos por vencidos sin intentarlo o después de probar sin convencimiento un par de ideas. Esto suele hacer que el malestar se alargue demasiado. Si nos vamos al otro, nos impondremos salir simplemente porque queremos hacerlo. Esto hará que nos presionemos y nos culpemos si —como es lógico— no lo conseguimos enseguida.
Nuestro modo de cuidarnos
Estas dos últimas reacciones no son únicamente consecuencias inevitables de nuestro malestar, sino parte del modo en que regulamos nuestras emociones. Si cuando estamos mal nos tratamos mejor y nos ayudamos más, mejoraremos antes y disminuirá el malestar. Si cuando nos caemos a un pozo empezamos a cavar hacia abajo, nos damos con la pala en la cabeza o nos quedamos en el fondo del hoyo diciendo que nunca saldremos de allí, la cosa será muy distinta.
Necesitamos un equilibrio entre ser comprensivos con nuestras dificultades y comprometernos en avanzar por el camino que lleva a nuestra recuperación. Tanto frases como «si quieres puedes», como otras del tipo «que me quiten esto» o «no puedo hacer nada», son más un obstáculo que una ayuda.
Trabajé junto a un grupo de colegas en un estudio de investigación (ISAMEC19) para analizar las consecuencias psicológicas de la pandemia por la COVID-19. Estudiamos el nivel de estrés, depresión y ansiedad de la población en distintos momentos de esta situación. Uno de los resultados más destacables fue que el autocuidado es un factor muy importante en el efecto que nos producía la adversidad. La pandemia fue la misma para todos, aunque, incluso en circunstancias personales similares, los niveles de estrés y depresión variaron muchísimo. El haber sufrido la enfermedad o tener un diagnóstico previo de salud mental influía en los síntomas, pero en gran medida lo hacía a través del autocuidado. Esto nos abre también una vía para afrontar las situaciones difíciles de modo que repercutan en nosotros lo menos posible: aprendiendo a cuidarnos mejor. En la terapia EMDR, comprender cómo son los patrones de autocuidado es un paso previo al trabajo con recuerdos. Si al tiempo que procesamos las experiencias difíciles la persona aprende a cuidarse mejor, el trabajo será mucho más productivo.
¿Qué diríamos de una persona que, cuando estamos mal, nos dice cosas que nos hacen sentir aún peor? Alguien que nos hace daño aprovechando nuestra debilidad, que trata de destruirnos, que nos critica constantemente, cuyos actos nos perjudican..., y que, encima, aún nos reprocha que estemos mal por ello.
En ocasiones, somos los primeros que nos hacemos estas cosas, claramente negativas, a nosotros mismos. Nos volvemos, literalmente, nuestro peor enemigo. Esta conducta autodestructiva, el factor más claro que caracteriza a un autocuidado negativo, es más frecuente de lo que la lógica nos podría hacer creer. Pero, como es sabido, la lógica no es lo que rige la mayoría de los comportamientos de los seres humanos.
Estas conductas pueden tener distintos orígenes. A veces, representan formas de funcionar procedentes de personas significativas de nuestra vida. Cuando pregunto a las personas que acuden a mi consulta dónde aprendieron a tratarse así, algunas me hablan de padres duros, culpabilizadores o directamente maltratantes. Otras se refieren a figuras menos centrales, pero también relevantes, sobre todo cuando estuvieron presentes en la infancia y adolescencia: abuelos, tíos, profesores, entrenadores deportivos o musicales, un novio... Una figura exigente u hostil puede configurar la mente de muchos niños y adolescentes para repetir estos comportamientos, de modo que imitarán esa conducta con los demás. Pero otros muchos harán justo lo contrario: la repetirán internamente contra sí mismos.
En algunos casos no ha habido ninguna figura de este estilo, pero el niño tiene que apañárselas solo en edades en las que no está preparado para hacerlo. A veces los padres están ausentes, al menos emocionalmente, enfermos o demasiado perdidos en sus propios problemas. No hay nadie que se ocupe del niño, de sus necesidades afectivas y de sus preocupaciones, así que este lo hace como puede. En ocasiones tenderá a desorganizarse, no hacer sus tareas y evitar toda actividad. Otras veces, el niño se impondrá dejar de sentir su malestar y se obligará a funcionar, pero, al no tener ningún modelo para hacerlo de modo cuidadoso, lo hará desde la dureza y la autoexigencia.
Es importante darnos cuenta de que estas conductas autodestructivas no son simples consecuencias de nuestro malestar, sino que lo retroalimentan. La buena noticia es que son aprendizajes, lo cual implica que también pueden desaprenderse y que, con el debido empeño y paciencia, podemos adoptar una nueva manera de cuidarnos. Es fundamental, sobre todo si queremos reparar una historia traumática compleja, trabajar en cambiar estos patrones a la vez que procesamos los recuerdos que los generaron.
PARA CAMBIAR
Para cambiar esta tendencia, aprendamos a hacernos esta pregunta: lo que nos decimos por dentro, ¿se lo diríamos a la persona que más queremos en el mundo? Si no es así, ¿qué le diríamos? Practiquemos a decirnos a nosotros lo que le sugeriríamos a un buen amigo.
A veces ponemos interés en algunos aspectos de la vida, aunque eso no significa que seamos conscientes de nuestras verdaderas necesidades. Nos obsesionamos con cosas mientras, quizá, nos negamos lo esencial: la seguridad y la protección, la conexión con los demás, la gratificación... En ocasiones nuestras necesidades son más conscientes, pero ocupan un lugar muy bajo en nuestra lista de prioridades, o directamente no están sobre la mesa. Cuando alguien nos pide cosas que no podemos o no queremos dar y somos incapaces de decirle que no, ponemos lo que necesita el otro por delante de lo nuestro. Nos cuesta defender nuestros derechos y dejamos que invadan nuestro espacio. Si los demás se extralimitan, los disculpamos; siempre encontramos cómo justificar al otro.
Si nos pasan estas cosas, busquemos en el archivo. ¿Se daban cuenta las personas con las que hemos crecido y vivido de lo que necesitábamos? ¿Lo tenían en cuenta? Por el contrario, ¿les importaban más sus necesidades que las nuestras? ¿Estaban demasiado absorbidos por sus cosas como para prestarnos atención? ¿Respetaban nuestros límites? Esto no responde necesariamente a la mala intención de las personas que nos cuidaron. Por ejemplo, si un niño crece con alguien que está muy enfermo, hay muchos problemas en casa o demasiada gente, a veces sus necesidades se perderán entre todo lo demás y, así, el niño aprenderá a ignorarlas y a no priorizarlas. Este análisis del origen de nuestros patrones no es una búsqueda de culpables, sino un intento de comprender nuestra historia y de comprendernos a nosotros mismos. Lo que nos ocurre no nace del aire, no ocurre «porque sí», es en buena parte fruto del aprendizaje. Verlo así nos abre una oportunidad: podemos modificarlo, podemos aprender a cuidarnos, aunque no nos lo enseñaran de entrada.
Para conectar con nuestras necesidades profundas, hemos de conectar con nuestras emociones, que son las que nos pueden dar esa información. Esto significa dedicar algo de tiempo a mirarnos por dentro y, sobre todo, a escuchar a nuestro cuerpo. Basta con unos minutos cada día, en medio de cualquier actividad, un momento solo para prestarnos atención. Este sencillo ejercicio, hecho a diario, sin analizar nada, sin decidir si nuestras sensaciones son o no las adecuadas, puede darnos más claves para aprender a cuidarnos que un complejo análisis sobre el sentido de la vida.
Cuando vivimos situaciones difíciles durante mucho tiempo, nos convertimos en supervivientes. No hace falta pasar por una guerra o por traumas graves para que nuestro sistema se configure en este «modo supervivencia», basta con que nuestras necesidades emocionales no puedan ser reconocidas —por nosotros o por los demás— y con que no tengamos acceso a lo que podría cubrirlas. Estas necesidades emocionales tienen que ver con el afecto, el reconocimiento y la aceptación incondicional. Si estos nutrientes psicológicos están a nuestro alcance, nos desarrollaremos de un modo saludable a nivel emocional. Si no es así, buscaremos de todos modos cómo salir adelante. Lo mismo ocurre en la naturaleza. Por ejemplo, las esporas son células vegetales que pueden sobrevivir mucho tiempo en condiciones adversas. Cuando los humanos nos vemos en entornos desérticos u hostiles, podemos volvernos esporas. Reservamos toda nuestra energía para subsistir, dejamos de buscar en los que nos rodean lo que sabemos que no podemos esperar y encerramos nuestras emociones lejos de la vista de los demás e incluso lejos de nuestra propia percepción consciente. De este modo, tratamos de ser lo más autosuficientes que podemos, partiendo de la base de que de fuera no vendrá nunca nada bueno. Nuestra solución es adormecer los sensores que nos dicen que necesitamos cosas (las emociones) y resolver todo como si las otras personas nunca fueran una opción a la que recurrir.
Cuando funcionamos de este modo (en la teoría del apego hablaríamos de apego distanciante o evitativo para definir este patrón), nunca pedimos ayuda, nunca decimos lo que necesitamos. Nos guardamos nuestros problemas. Más aún, cuando alguien trata de ayudarnos, no lo dejamos entrar o rechazamos activamente esa ayuda. A veces hacemos esto porque hemos aprendido a no fiarnos, o quizá porque se nos hace tan extraño que nos da miedo. Dejarnos ayudar lo sentimos equivalente a mostrarnos débiles, a ablandar el caparazón que nos protege y, por tanto, a estar en riesgo.
Pero volvernos esporas no es el único «modo supervivencia» al que podemos recurrir. La naturaleza busca la protección de modos muy curiosos. Las rémoras son peces que viven pegados al tiburón. Este las deja estar ahí, sin comérselas, porque las rémoras le quitan impurezas de su piel que él no podría eliminar por sí mismo. A cambio, estos peces habitan un lugar paradójicamente muy seguro en el océano: la proximidad a uno de sus mayores depredadores. Como las rémoras, muchas personas se sienten extrañamente seguras junto a personas con mucho potencial de hacer daño, personas que en ocasiones son hasta menos fiables que el tiburón. Estamos en el complejo patrón de la dependencia emocional, en el que —sintiendo que no puede protegerse por sí misma— una persona puede buscar la protección de alguien a quien se aferra, a cualquier precio, aunque sea peligroso. Estos patrones pueden verse en situaciones de maltrato de pareja, circunstancias muy complejas que no tienen una única explicación, pero que funcionan muy lejos de la lógica simple: ¿cómo explicar que una persona vuelva una y otra vez con alguien que le ha hecho daño? Esto no puede deberse únicamente a que la pareja amenace a la persona si esta se separa, aunque, por supuesto, esto sea un motivo poderoso. Cuando los patrones de autocuidado funcionan al revés, buscamos ayuda en un lugar donde nunca la encontraremos y del que únicamente recibiremos daño.
Para cambiar este patrón es importante salir de los extremos. No siempre podremos solos con todo, y si lo logramos será a un coste innecesariamente alto. Pero sí nos conviene desarrollar cierta autonomía en todas las áreas o, cuando no haya nadie ahí, nos veremos sin recursos. Cuando busquemos ayuda, hagámoslo con personas que realmente nos la puedan ofrecer (contémosles las cosas a los que sí saben escuchar, por ejemplo).
Luego, si vamos entendiendo cómo funcionamos y dónde lo hemos aprendido, podremos desmontar esto de un modo mucho más potente, trabajando en los recuerdos que están en la base de estos patrones. Pero, de momento, vayamos empezando.
PARA CAMBIAR
La forma de cambiar esto difiere según dónde estemos situados. Si dependemos en exceso de los demás, hemos de aprender a hacer cosas solos. Más que grandes proezas, son importantes los pequeños cambios cotidianos, como ir solos al cine o programar actividades solos, aunque pudiésemos hacerlas con alguien. Si somos marcadamente autosuficientes, hemos de aprender a contar con frecuencia lo que nos afecta, aunque sintamos que no «hace falta». Los que van de un extremo a otro han de practicar el término medio: contar algo menos cuando conocen a alguien hasta ver cómo responde y no borrarlo automáticamente de la lista de amigos en cuanto hace algo que les molesta.
El autocuidado sano es un equilibrio entre protegernos de las cosas malas y dejar entrar las cosas buenas. Curiosamente, muchas personas tienen problemas con las buenas sensaciones. No saben disfrutar, no hacen actividades sanas, positivas o agradables. Solo se sienten «cómodas» haciendo cosas por los demás o cumpliendo con su deber. Con las cosas agradables se sienten extrañas, incómodas o culpables. Esto no siempre es consciente, pero podemos comprobarlo al ver que, sin saber muy bien cómo, en nuestra agenda nunca hay hueco para lo divertido o placentero.
En ocasiones aún es peor: bloqueamos la entrada a las cosas positivas. Nos dicen un cumplido y desconfiamos por sistema del que nos lo dice, pensando que tendrá algún interés oculto o que lo hace por quedar bien. Curiosamente, cuando alguien nos hace una crítica la dejamos entrar sin cuestionarnos su verosimilitud o los motivos del otro, o incluso la acompañamos de unas cuantas críticas más de nuestra propia cosecha. Es como si a lo negativo le abriésemos la puerta, mientras a lo positivo le ponemos todas las trabas del mundo. Es evidente el desequilibrio que se puede generar.
¿Por qué pasa esto? Como siempre, esta situación —que no es tan infrecuente— puede provenir de sitios muy distintos. A veces, en la familia en la que nos criamos no era costumbre tener esos momentos para disfrutar, para hacer cosas simplemente porque son agradables. Puede que se señalase más lo que había que corregir, dando por sentado que cuando los niños hacen las cosas bien no se dice nada porque «es lo que tienen que hacer». Quizás hubo personas enfermas y quienes las rodeaban no se sentían con derecho a disfrutar, o alguien murió y los supervivientes sintieron que ofenderían su memoria viviendo felices mientras la persona fallecida ya no podía... Estas situaciones que dieron lugar a que hoy funcionemos así son recuerdos que conviene procesar, para que dejen de alimentar lo que ocurre en el presente.
La importancia de los pequeños momentos
De nuevo, a la vez que vamos entendiendo su origen, hemos de ayudarnos a cambiar estos patrones e introducir en el día a día pequeños momentos en los que hacemos cosas inútiles, que no sirven de nada a nadie, pero que simplemente son agradables para nosotros. Puede que nos cueste aprender a disfrutarlos, a hacerlos habituales, pero los momentos agradables han de estar presentes para que nosotros estemos bien. Prescindir de ellos nos deja sin alimento emocional. Lo mismo ocurre cuando esas cosas buenas vienen de otros. Si alguien nos dice algo bueno sobre nosotros, dejémoslo entrar, dejémonos sentirlo.
Algunas personas dan por sentado que nadie se va a preocupar por ellas y tratan de apañárselas solas. Como decía antes, esto es un problema, sobre todo en situaciones donde la vida pone a prueba nuestra resistencia, que, como la de todo ser humano, tiene sus límites. Sin embargo, el otro extremo es también problemático. Podemos pensar que los demás han de estar ahí justo cuando los necesitamos y que deben darnos exactamente lo que nosotros queremos. De lo contrario, nos sentimos injustamente tratados y no entendemos lo que pasa. Esperamos que al menos nos devuelvan con cierta gratitud lo que nosotros sí hacemos por ellos. Pero todo esto esconde muchas trampas, de las que es importante salir.
Hay un efecto curioso que solo puede verse después de un tiempo de cambio. Cuanto mejor nos cuidamos, mejor nos cuidan, más tendemos a quedarnos con gente que nos ayuda y nos aporta, y más protegidos y seguros estamos. Si tenemos que hacer palanca en algún sitio para empezar a mover nuestro malestar y nuestras dificultades, el autocuidado es siempre un buen sitio para aplicar la fuerza inicial. A partir de ahí, todo evoluciona más fácilmente, incluido cómo nos tratan los demás.
Tengamos en cuenta que las personas no están sentadas en su casa, sin hacer nada y sin cosas de las que preocuparse, esperando a que nosotros les hagamos una petición. Además, pueden darle mayor o menor importancia a lo que nosotros hacemos por ellos. Vamos a encontrarnos con todo tipo de reacciones en los demás, que no van a funcionar de acuerdo con lo que nosotros diseñemos para el mundo y para la gente. Dedicar mucha atención a lo que los demás deberían cambiar es una pérdida de tiempo que solo lleva a nuestra insatisfacción. Cuando esperamos que sean los demás los que nos den lo que necesitamos, nos cuiden o nos agradezcan los cuidados, lo que hay en el fondo es una falta de autocuidado: no nos estamos cuidando y no nos damos lo que necesitamos. Puede que prioricemos cuidar a los demás mientras nos descuidamos nosotros.
Aquí está la solución del problema. Cuando empezamos a cuidarnos y atendernos, lo que los demás hagan deja de ser tan importante. Si somos más comprensivos con nosotros mismos, la incomprensión de otros no nos hará tanto daño.