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QUÉ ES UN COSMÉTICO

Como usuarios, solemos equivocarnos a la hora de catalogar un producto cosmético. Nos fijamos principalmente en su presentación sin pensar que tanto un medicamento como un producto sanitario pueden estar envasados y etiquetados de manera similar.

Por otro lado, los propios fabricantes muchas veces a través de sus estrategias de comunicaciones en diferentes canales realizan afirmaciones que no hacen más que confundir al consumidor final. ¿Qué significa que un cosmético llegue a las capas más profundas de la piel? ¿Es más efectivo un producto cosmético de venta en farmacia que uno de venta en droguerías?

Esta comunicación, que no siempre aparece en el etiquetado cosmético, sino en la publicidad vertida en anuncios publicitarios, colaboraciones en redes sociales o en las estrategias de venta en cualquier establecimiento, da lugar a expectativas irreales en el consumidor.

La definición exacta de cosmético según la normativa en vigor de la Unión Europea N.º 1223/2009 —sobre la que profundizaremos más adelante— define como producto cosmético «toda sustancia o mezcla destinada a ser puesta en contacto con las partes superficiales del cuerpo humano —epidermis, sistema piloso y capilar, uñas, labios y órganos genitales externos— o con los dientes y las mucosas bucales, con el fin exclusivo o principal de limpiarlos, perfumarlos, modificar su aspecto, protegerlos, mantenerlos en buen estado o corregir los olores corporales». Por ello, un producto destinado a tratar la celulitis —que no la piel de naranja— no podría catalogarse como cosmético. La celulitis, al desarrollarse en el tejido subcutáneo, la hipodermis, no sería alcanzable en términos legales por un cosmético.

Ocurre lo mismo con productos cosméticos que ayudan en el crecimiento del cabello, algo que hoy solo se consigue por vía tópica a través de medicamentos como el minoxidil, tratamiento frente a los piojos, que es un biocida, ya que ayuda a la exterminación de plagas, o una pomada antiinflamatoria, que se consideraría medicamento, pues influye en el metabolismo.

Es importante identificar el uso y la función real de un cosmético para que, como usuarios, sepamos gestionar nuestras expectativas. Algo que comienza entendiendo las reivindicaciones cosméticas y el etiquetado, con el conocimiento de la regulación, el funcionamiento de la piel y, finalmente, entendiendo el modo de acción de la ciencia detrás de los productos cosméticos.

REIVINDICACIONES COSMÉTICAS

Están en todas partes: en prensa, en redes sociales, en el etiquetado cosmético, en campañas publicitarias… Todo este tipo de publicidad está lleno de reivindicaciones. Algo que, obviamente, es normal y necesario para poder posicionar un producto cosmético frente a otro. No obstante, y como en todos los juegos, existen ciertas reglas que un fabricante debe cumplir.

El mensaje que recibimos como usuarios y futuros consumidores puede ser simplemente informativo —un cosmético que contiene ácido hialurónico— o puede intentar modificar nuestros hábitos de consumo y percepción de la seguridad sobre la industria —¿es perjudicial usar un cosmético que no tenga la etiqueta sin parabenos?—.

En miras a evitar esta confusión, en 2013 se publicó el reglamento europeo N.º 655/2013 donde se establecían los criterios comunes de las reivindicaciones cosméticas con los que los fabricantes debían realizar los reclamos de sus cosméticos para que existiera una armonización dentro de este mercado. Estos criterios están basados en:

• 1. El cumplimiento de la legislación. Todos y cada uno de los cosméticos puestos en el mercado europeo cumplen la misma legislación.

• 2. La veracidad. La presentación del producto y sus reivindicaciones deben basarse en datos veraces. Si el producto no contiene siliconas, poner reclamos «sin siliconas» no es significativo, ya que no aporta información extra al usuario al considerarse un ingrediente seguro.

• 3. Los datos que sustenten la reivindicación. Aquellos reclamos realizados por el fabricante deberán estar justificados en su documentación técnica. Pueden ser estudios in vitro, in vivo, ex vivo o, los más actuales, in silico. Si por ejemplo, se reivindica que el cosmético está «probado dermatológicamente», se demostrará a través de un ensayo supervisado por un dermatólogo, o si afirma que un protector solar es apto para niños menores de tres años, necesitará un ensayo en población pediátrica —ensayo in vivo—.

• 4. La honradez. En este punto se hace referencia a reivindicaciones relacionadas con los efectos del cosmético. No debemos atribuir características a un producto que ya tiene por definición. Un perfume o un gel hidroalcohólico no suele contener conservantes debido a su alto contenido en alcohol; reivindicar que no contienen conservantes no sería honrado.

• 5. La imparcialidad. Este es uno de los reclamos que más se repite en los últimos años, no por su cumplimiento, sino por lo contrario. Citando textualmente: «Las reivindicaciones relativas a los productos cosméticos deben ser objetivas y no deben denigrar a los competidores ni a los ingredientes utilizados legalmente. Las reivindicaciones relativas a los productos cosméticos no deben crear confusión con productos competidores». Es decir, que poner «sin parabenos» no estaría permitido en un fabricante que quiera cumplir con las recomendaciones de la Unión Europea. No incluir parabenos en una fórmula cosmética solo indica que el fabricante ha decidido —por los motivos que sea— emplear otro tipo de conservantes cosméticos. Sin embargo, ponerlo en la etiqueta delantera como gancho, denigraría su uso y a los competidores que decidieran incorporar estos ingredientes a sus fórmulas. Sería competencia desleal.

• 6. La toma de decisiones con conocimiento de causa. En este punto se indica que los reclamos deberán ser claros y comprensibles, de tal manera que el consumidor pueda decidir con conocimiento de causa. Por ejemplo, indicado para uso profesional o para cualquier tipo de usuario, apto para niños, etc.

Como ves, queda bastante claro cómo deben realizarse los reclamos cosméticos. No obstante, en 2017 la Comisión Europea decidió actualizar el documento técnico —que entró en vigor en julio de 2019— debido al boom de los reclamos «sin» —o free from—. En este último documento se recogían los reclamos «sin» e «hipoalergénico» de manera separada. Reclamos como «sin corticosteroides» no cumplirían con la legislación al estar prohibidos en cosmética. «Sin conservantes» o «sin perfume» tampoco por su falta de honradez, o, por último, afirmar que un producto es «sin fenoxietanol» o «triclosán» denigraría los ingredientes que, hasta la fecha, son legales.

En cuanto al término hipoalergénico se indica que solo será posible si el cosmético se ha diseñado para «minimizar su potencial alergénico», por ejemplo, a través del ensayo HRIPT. No obstante, es complicado obtener mediante pruebas, ya que cualquier ingrediente podría ser susceptible de resultar alérgeno dependiendo del individuo y el estado de la piel. Suelen ser productos cosméticos con ingredientes de alta tolerancia cutánea, pero el consumidor no está exento de una posible alergia o irritación. Finalmente, será la sinergia de varias pruebas las que en conjunto acrediten el reclamo y su posterior etiquetado como hipoalergénico.

RECLAMOS QUE CAUSAN EQUIVOCACIÓN

Ya que hemos hablado de reivindicaciones cosméticas, es quizás el momento de adentrarnos en algunas de las estrategias habituales que pueden generar confusión.

• Cosmecéuticos. Comúnmente se cataloga como cosmecéutico a cos­méticos que tienen un efecto transformador en la piel. Productos que in­corporan ingredientes como los retinoides, alfa-hidroxiácidos o despigmentantes. Son productos que podrían estar entre un dispositivo sanitario o medicamento y uno cosmético, lo que se conoce como los productos frontera. Sin embargo, según la legislación, los cosmecéuticos no existen, y es, por el momento, un simple término publicitario.

Lo que determinará si se comercializa bajo la normativa de cosmético, medicamento o producto sanitario dependerá de cada caso particular, de la función y uso, y de las reivindicaciones que decida el fabricante.

• Cosmética vegana. Aquella que no contiene en sus ingredientes derivados de fuentes animales. Si bien en la actualidad no se emplean muchos ingredientes de origen animal en la industria cosmética, proveedores y fabricantes deben asegurarse de que no existe ningún riesgo con enfermedades priónicas —encefalopatías espongiformes transmisibles EET—.

Al igual que en otra clase de industrias, es un tipo de cosmética que encaja con aquellas personas que siguen normalmente un estilo de vida vegano, con ausencia de productos de origen animal. El veganismo es una forma de vida que aplican a todos los ámbitos cotidianos, desde la ropa o la comida hasta los artículos de higiene personal.

Muchas veces se entremezclan la cosmética vegana con el movimiento libre de tóxicos, pero no están interconectados más allá de las estrategias de las marcas cosméticas.

• «No testado en animales». Este tipo de reclamos es uno de los más complicados de plasmar desde el punto de vista divulgativo sin posicionarse y manteniendo la objetividad. Lejos de ofrecer una opinión, intentaré reflejar de la manera más clara qué dice actualmente la ley europea sobre la experimentación animal y los problemas que plantea la exportación de productos a países fuera de la Unión Europea. No es un tema trivial, y es algo que va más allá de la eficacia final de un producto.

«No testado en animales» es uno de los reclamos que más controversia genera. Desde 2013, en la Unión Europea los productos cosméticos terminados, de la misma forma que sus ingredientes, no pueden estar testados en animales. Es decir, ningún fabricante de productos cosméticos europeo puede fundamentar la seguridad de un cosmético en ensayos animales. En la legislación solo existen dos excepciones:

— «Cuando el uso del ingrediente está generalizado y no puede ­sustituirse por otro ingrediente capaz de desempeñar una función similar».

— «Cuando se explica el problema específico para la salud humana y se justifica la necesidad de realizar ensayos con animales, todo ello apoyado por un protocolo de investigación detallado propuesto como base para la evaluación».

Aunque parecen excepciones que cualquiera puede emplear, tienen sus limitaciones. Pongamos el caso del desarrollo de una sustancia química nueva con potenciales usos cosméticos. Es decir, una sustancia cuyo ensayo de riesgos y seguridad nunca se ha realizado para ningún tipo de industria, como podría ser la farmacéutica. Si el fabricante quisiera utilizar esta sustancia química «nueva», no tendría que legislarse a través del reglamento cosmético, sino que debería registrarse bajo el reglamento REACH —Registro, Evaluación, Autorización y Restricción de Sustancias y Mezclas Químicas— y, luego, ser evaluada por la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA). Una vez evaluada, se podría emplear en otro tipo de industria, como sería la industria cosmética.

Es evidente que el proceso es más complejo de lo que parece, y esto es solo un resumen legislativo. Registrar una nueva sustancia química no es simple y trivial, y no es algo que todas las empresas puedan gestionar —preensayos y ensayos clínicos, estudios de eficacia, etc.—. En la industria cosmética es muy extraño incorporar ingredientes que solo se usen para este fin, más aún, que se apruebe un ensayo en animales para su uso o que no tenga ningún otro ingrediente alternativo con la misma función.

La prohibición sobre el testado en animales lleva activa en la Unión Europea desde 2013, así que todos los ingredientes fueron testados al menos una vez antes de este año.

Gracias a estos datos generados y a las técnicas de las que disponemos —ensayos in vitro, ex vivo e in silico— hoy ya no es necesario la experimentación animal en la industria cosmética, de ahí su prohibición. Si su uso está prohibido, no es preciso su etiquetado.

El fabricante no tendría que diferenciarse de su competencia porque todos juegan con las mismas reglas. Por eso, en 2017, en el documento técnico de la Unión Europea se remarca que un cosmético etiquetado como «no testado en animales» está incumpliendo las recomendaciones europeas.

Esta prohibición de 2013, de manera indirecta, presionó a países ­donde la experimentación en animales aún es una práctica habitual. Entre los más perseguidos, China. Por el momento, fabricantes que exportan sus productos a este país pueden ser sometidos a experimentación en animales por parte del gobierno chino. Estas actividades generan confusión en el consumidor. Aunque los productos comercializados en Europa sean diferentes a los que se comercializan en el país asiático, sigue siendo la misma empresa.

De esta confusión nacen certificaciones como cruelty free. Este etiquetado no es oficial y, al igual que ocurre con los certificados de cosmética natural u orgánica, son otorgados por empresas privadas.

Lo cierto es que la prohibición del testado en animales mundial aún está por llegar, y, por eso, lejos de las etiquetas, muchos consumidores optan por dejar de consumir productos de fabricantes con presencia tanto en el mercado europeo como asiático, aunque ambos productos sean diferentes. Para este tipo de consumidores lo importante es saber que su marca de cosméticos favorita no quiere expandir a un país donde la experimentación en animales aún está permitida.

• Libre de tóxicos y Clean beauty. Se vuelven tendencia en momentos diferentes, pero significan lo mismo. Algunas empresas incluso se consideran pioneras de estos movimientos. Su objetivo principal es no usar sustancias, aparentemente, tóxicas.

Aunque profundizaremos en el capítulo siguiente sobre la evaluación de la seguridad cosmética, los productos que se venden en la Unión Europea son seguros, y la toxicidad de sus ingredientes se evalúa de manera rutinaria. ¿Qué aporta entonces este tipo de reclamos en los envases cosméticos? Confusión. Vender un cosmético se puede hacer de mil maneras y usando diferentes tipos de estrategias. El problema está cuando con nuestra propia estrategia estamos influyendo en la opinión de los consumidores, que optan por nuestros productos, no porque libremente escojan, sino porque lo hacen pensando que el resto de los cosméticos puede ocasionar un riesgo en su salud. Esto se conoce en comunicación como propaganda. Y su único fin —aparte de vender— es persuadir e influenciar al consumidor a que tome una decisión determinada.

Quizás tú como consumidor no has caído en la trampa del «sin» sulfatos, pero ¿y si hablamos del «sin BPA» en chupetes infantiles o del «sin gluten» en un champú? Podrías pensar que tan solo informan sobre algo; sin embargo, la información sobre lo que contiene o no contiene un cosmético viene indicada en la propia lista de ingredientes.

El efecto que produce en un usuario desinformado la etiqueta «sin» es plantearse la duda de si el gel que comparte estantería con el que tiene la etiqueta «sin» es mejor o peor, y de ser así, el impacto que puede tener en su salud. Influencia en su compra no por la calidad del producto etiquetado como «sin», sino por el miedo a pensar que el que no tiene esta etiqueta no lo es. Convencen al consumidor, denigrando al adversario. Competencia desleal. Juego sucio. Sobre todo, cuando ambos juegan en el mismo campo y con las mismas reglas.

Por eso, y volviendo al documento técnico de 2017, desde la Unión Europea se hizo hincapié en estas prácticas desleales que, lejos de informar al consumidor, generaban confusión y desconfianza en la industria y en los organismos reguladores.

No es de extrañar que este tipo de marcas mezclen otros tres términos más: saludables, sostenibles y no testados en animales.

La salud está de moda, y ojalá sea la tendencia que nos acompañe durante mucho tiempo. Pero ¿qué significa que un cosmético es saludable? Para mí es aquel que cumple su función sin producir una irritación cutánea, una inflamación o una lesión. Dependiendo de la persona que lo use, ese cosmético puede ser más o menos saludable.

En términos de publicidad, saludable tiene detrás algo escondido. Volvemos al principio. Ingredientes que no son tóxicos y naturales. Ya que lo cien por cien natural siempre es mejor.

• Cien por cien natural. Antes decíamos que la salud es tendencia, y lo natural también. Una alimentación saludable es aquella en la que se priorizan alimentos frescos y con el menor procesamiento posible. ¿Ocurre lo mismo en cosmética? Me temo que no. En esta industria casi todos los ingredientes pasan al menos por un método fisicoquímico de transformación; ya sea de extracción, purificación o una reacción química de saponificación como ocurre durante la síntesis de un jabón.

Lo cien por cien natural no existe en la industria cosmética. Pero no por ello deja de ser segura. La vitamina A podemos extraerla de alimentos o podemos sintetizarla en un laboratorio. En química, ambas moléculas son idénticas, independientemente de su origen.

En ocasiones vemos que los propios etiquetados incluyen un 85 % de ingredientes naturales. Maravilloso, ¿no crees? De lo que nos olvidamos es de describir la procedencia de uno de los ingredientes principales de casi todas las fórmulas cosméticas: el agua. Quizás ahora empecemos a leer el cien por cien natural de otra manera.

No quiero extenderme más, ya que lo analizaremos en profundidad, al final de este capítulo.

• Green beauty y sostenibilidad. Si algo me apasionaba durante la carrera era la catálisis química. Me parecía fascinante cómo con solo añadir una sustancia —catalizador— a una reacción podíamos acelerar el mismo proceso de manera selectiva, reduciendo gastos en energía y ­tiempo.

A través de procesos de catálisis reducimos, lo primero, costes, pero también residuos. Obviamente esto último no siempre es posible, por lo que analizamos y estudiamos la reacción para saber si podemos reducir su síntesis, si su uso puede ser útil en procesos siguientes y, en el caso de no poder evitar su síntesis, cuál es el método de degradación más eficaz. ¿Sostenibilidad? ¿Generación y gestión de residuos? ¿Economía circular? Química verde. Algo que no han inventado las firmas cosméticas, sino que lleva años estudiándose en las universidades e implementándose en la industria.

En la química verde existen doce principios para que nuestro proceso sea lo más sostenible posible:

1. Prevención. Evitar residuos siempre será mejor que eliminarlos.

2. Economía molecular. Que lo precursores de la reacción formen parte del producto final.

3. Generar menos sustancias potencialmente tóxicas.

4. Diseño de productos químicos seguros.

5. Utilizar disolventes seguros y reducir su uso.

6. Economía energética.

7. Fuentes renovables.

8. Reducir pasos intermedios en las reacciones.

9. Usar catalizadores selectivos. Mejora en el rendimiento del producto final.

10. Los productos diseñados deben estar pensados para ser degradados.

11. Prevención del proceso in situ en el momento para evitar la producción de sustancias tóxicas.

12. Diseño de sustancias que de manera inherente no sean peligrosas. Que se reduzca su potencial de producir accidentes químicos, explosiones o fuegos.

Aunque son principios relacionados con reacciones químicas, podríamos aplicarlos a la industria cosmética. Sin embargo, solo a uno de sus procesos: el medioambiental.

En realidad, la cosmética verde tiene que ser sostenible no solo en los ingredientes que lo componen, sino en toda su cadena de suministro y producción. Ser sostenible no significa que no use sulfatos o derivados del petróleo. Es mucho más: extracción y síntesis de materias primas, transporte —del proveedor al fabricante, del fabricante al distribuidor, del distribuidor al consumidor—, gestión de residuos, condiciones laborales —explotación infantil, comercio justo, envase y reutilización o (bio)degradación.

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Nosotros, los consumidores, solo vemos el final del proceso, el producto terminado. Pensamos que un cosmético libre de envases es más sostenible porque, como usuarios, generamos menos desechos. No obstante, puede ser que, precisamente, sea el más contaminante. Greenwashing. Parece verde, pero no lo es.

Un producto cosmético comercializado en Europa con siliconas sintetizadas en un laboratorio puede ser más sostenible que uno con aceite de sándalo de las Indias Occidentales procedente de los árboles que crecen en Haití o con aceite de rosas para el que necesitamos entre cinco mil y diez mil pétalos para su producción. Unos polvos compactos pueden ser menos sostenibles si la mica extraída se hace a través de métodos de explotación infantil. O por el contrario, una manteca con ácidos grasos derivados del aceite de palma es más sostenible porque este procede de una plantación de palma sostenible.

Identificar una firma cosmética más o menos sostenible no es un proceso sencillo. Se necesita transparencia por parte del fabricante en todos sus procesos. Como consumidores, debemos empezar a ser más críticos y objetivos con las estrategias de greenwashing que se camuflan bajo la exaltación de lo verde, o reclamos como el «sin», «eco» o «bio».

CÓMO LEER LA ETIQUETA DE UN COSMÉTICO

¿Debo descargarme una aplicación en el móvil para identificar sustancias perjudiciales para la salud? ¿Necesito estudiar Química o Farmacia para poder usar una crema hidratante? Leer la etiqueta de un cosmético puede ser sencillo, si solo queremos conocer el significado de ciertos símbolos o averiguar si contiene algún ingrediente que produce en el usuario alergia cutánea, previamente confirmada por un dermatólogo. Pero también puede convertirse en un quebradero de cabeza si el objetivo es analizar en profundidad su etiquetado.

Es interesante entender los distintos tipos de cosméticos que hay en el mercado o qué objetivos diferenciales existen entre cada uno de ellos. Aunque no es necesario ser un experto. La efectividad no solo se mide por un ingrediente; la fórmula completa es lo que cuenta. Lo mismo es aplicable para el autodiagnóstico de alergias o irritaciones relacionadas con un solo ingrediente. Debemos recordar que la correlación no implica causalidad. Que algo tenga un efecto positivo o negativo de manera puntual no es extrapolable a que todos lo sean.

El etiquetado cosmético debe cumplir ciertas normas obligatorias como son:

— El nombre y la dirección de la persona responsable del cosmético a efectos legales.

— El contenido nominal del producto; es decir, la cantidad de este en unidades de peso (g, gramos) o en volumen (ml, mililitros), con la excepción de muestras pequeñas (<5g o ml o ampollas).

— Fecha de duración máxima; de la que hablaremos un poco más adelante en este capítulo.

— Modo de empleo y precauciones.

— Lote de fabricación.

— Lista de ingredientes, el INCI.

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Pictogramas habituales en los envases cosméticos.

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• Caducidad. En el caso de productos cosméticos cuya vida útil sea inferior a los treinta meses, el fabricante deberá plasmar en su etiquetado la fecha de expiración seguido de un símbolo en forma de reloj de arena que indica la fecha de caducidad desde el momento de su fabricación. Por el contrario, cosméticos con una fecha de caducidad superior a los treinta meses, en su mayoría, irán acompañados del símbolo PAO —periodo después de la apertura—, que indica el tiempo de uso recomendado una vez abierto.

Elegir utilizar un cosmético caducado está relacionado con su estabilidad y el mantenimiento de sus propiedades organolépticas —pH, viscosidad, textura, homogeneidad—, pero también con su efectividad.

El cuarto de baño es uno de los lugares preferidos para guardar los productos cosméticos; sin embargo, la humedad y los cambios de temperatura pueden promover una posible contaminación microbiológica y la degradación de los ingredientes. Usar un cosmético caducado puede producir lesiones cutáneas, pérdida de eficacia —como ocurre con el protector solar— y, a efectos legales, el fabricante no se hace responsable de los daños ocasionados al ser empleado después de la fecha de apertura indicada.

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Pictogramas de fecha de caducidad.

• La lista de ingredientes. El desglose de los ingredientes—INCI, International Nomenclature of Cosmetic Ingredients— es de obligado cumplimiento para todos los fabricantes. No obstante, no es necesario declarar en el etiquetado la concentración de cada uno de ellos, y en ocasiones pueden solicitar exclusión de algunos alegando temas de confidencialidad.

Declarar cuánta cantidad de un ingrediente determinado tiene un producto cosmético suele ser un reclamo más que un acto de transparencia. Datos como el porcentaje o el pH pueden ser interesantes, pero una concentración elevada no siempre está justificada científicamente.

Algunas de las características que hay que destacar a la hora de leer y entender la lista de ingredientes son:

— Nomenclatura. Los ingredientes cosméticos se nombran según la nomenclatura INCI, que estandariza y normaliza los nombres de los ingredientes y compuestos químicos. Pueden tener un nombre largo, y en ocasiones impronunciable, pero no es sinónimo de calidad ni seguridad.

— Botánicos. Extractos o aceites de origen vegetal. Se nombran según el sistema Linneo en latín. Como ejemplo, el aceite de almendras dulces se etiqueta como Prunus amygdalus dulces.

— Colorantes. Indicados por un prefijo CI. Dependiendo de la función de un ingrediente, la misma sustancia puede aparecer escrita de dos maneras. Como ocurre con el óxido de titanio, una sustancia química que se incluirá como titanium dioxide cuando se incorpore a la fórmula cosmética por su capacidad como filtro UV o con el prefijo CI si se incluye como colorante.

— Nanopartículas. Aparecen con el prefijo nano. Solo aquellos materiales aprobados por la Unión Europea pueden emplearse en su forma nanoparticulada.

— Otros. Algunos ingredientes que pueden no tener nomenclatura INCI y se denominan según su nombre común; otros como en el caso del etanol desnaturalizado se denominan como alcohol denat.

— Declaración obligatoria. Determinados ingredientes deben remarcar su contenido en el etiquetado, como ocurre con el filtro solar octocrileno.

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Cómo leer un INCI.

Después de esto te planteo un juego: ¿es posible que encontremos dos fórmulas cosméticas idénticas? Afirmativo. Pero pueden no ser iguales. Todo dependerá de la concentración de los ingredientes. Es cierto que existen reglas para intentar descifrar esta lista: guiarnos por ingredientes que aparecen en anexos como, por ejemplo, el fenoxietanol, cuyo máximo permitido es del 1 %, u orientarnos en recomendaciones de proveedores de materias primas. Sin embargo, no son trucos que podamos seguir en detalle.

Que algo se encuentre por debajo del 1 % no significa que sea peor. Por ejemplo, el ácido hialurónico suele emplearse en concentraciones entre un 0,1 y un 2 %, ya que a concentraciones superiores en una fórmula con base acuosa puede dar lugar a una textura demasiado pegajosa. O ingredientes cosméticos como el retinol que tienen una buena eficacia en concentraciones del 0,3 %.

Es cierto que es interesante conocer un poco más sobre los ingredientes, pero ni la cantidad determina su eficacia ni la posición en la que aparece en el INCI es su concentración real.

• Envases. Lo más importante de los envases empleados en los productos es su compatibilidad con la fórmula cosmética. Muchos materiales contienen aditivos o plastificantes que ofrecen que sean más flexibles, tengan capacidad de absorber la radiación ultravioleta o permitan que sean de color amarillo o rojo. Sin embargo, muchos de estos aditivos y plastificantes pueden ser susceptibles de migrar a la fórmula cosmética, ya sea porque se incluyen sustancias que promueven su migración —debido a su naturaleza química lipófila o hidrófila, pH de la fórmula— o por condicionantes externos como son la temperatura, la exposición a la luz solar y el tiempo.

Que una sustancia migre puede tener dos repercusiones importantes: que el aditivo migrado suponga un riesgo para la salud del usuario y que se estropee la fórmula cosmética.

Para evaluar estos riesgos se realiza el ensayo de compatibilidad y migración, en caso necesario. En estos ensayos se simula el escenario sometiendo a la muestra a un estrés externo. Un almacenamiento prolongado a una temperatura de 40 o 60 ºC. Posteriormente, se analiza la presencia o la ausencia de aditivos y sus metabolitos, y se determina si el envase es o no compatible con la fórmula del producto terminado. En cualquier caso, se suelen emplear envases que están permitidos en la industria alimentaria y que son seguros para el consumo humano, eliminando así el posible riesgo en los productos cosméticos. Los más usados en esta industria son el polietileno de alta densidad (HDPE), el polietileno (PE) y el polipropileno (PP). Aun así, en función del envase y de los componentes, podemos encontrar más de un tipo de material, como ocurre con los dispensadores con pipeta o formatos airless. La elección tampoco determina la efectividad —o no debería— del producto cosmético, ya que, según el envase empleado se ajustará su sistema conservante para evitar su posible contaminación.

¿POR QUÉ UNA AMPOLLA HACE ‘POP’ CUANDO LA ROMPEMOS?

El formato ampolla es interesante porque la fórmula está sellada bajo atmósfera inerte —nitrógeno en fase gas, N2— y ausencia de oxígeno. Permite que ciertos ingredientes, como la vitamina C pura, sean más estables o la reducción del uso de conservantes. Al no existir oxígeno en el envase no hay riesgo de crecimiento bacteriano. Son formatos pensados para usarse en un periodo inferior a las cuarenta y ocho y setenta y dos horas según el fabricante.

GUERRA DE PRECIOS, QUÉ MARCA LA DIFERENCIA

Investigación, desarrollo e innovación. Cuando hablamos de I + D + i en industria no solo nos referimos a los ingredientes, sino a todo el engranaje que lo compone.

Patentes. Desarrollar una patente en cosmética está ligado más a la propiedad intelectual de la marca que al desarrollo de nuevos ingredientes.

Calidad de los ingredientes. Aunque químicamente los ingredientes principales sean idénticos, su método de obtención y purificación no tienen por qué ser los mismos.

Certificaciones. Al ser certificaciones y sellos privados pueden encarecer el precio del producto final.

Número de unidades. La energía y el coste de fábrica es el mismo. Por eso, empresas de cosmética nicho o que tienen una producción más baja suelen tener un precio más elevado.

Envase. Material empleado, formato, etiquetado, color, dosificador… son algunos de los extras que hacen que un producto aumente su precio.

Canal de distribución. Que un producto se comercialice en establecimientos de gran consumo, perfumerías, venta online o farmacias no es sinónimo de calidad ni eficacia en referencia al producto.

Marketing ypublicidad. El mundo virtual es hoy el canal más barato de difusión de un producto o marca determinada.

Salario y condiciones laborales.Dependiendo del margen de be­neficio, los trabajadores de la empresa tendrán opción a un salario más adecuado. Aunque esto, lamentablemente, no siempre se ­cumple.

DIFERENCIA ENTRE LO NATURAL Y SINTÉTICO

«No te pongas en la piel aquello que no puedas comer».Tiene sentido, ¿no crees? Solo hay una pequeña pega: nuestro sistema digestivo y la piel funcionan de manera muy distinta. Es cierto que manifestaciones cutáneas pueden ser la causa de desórdenes en el sistema digestivo, pero eso no tiene nada que ver con cómo funciona la piel y qué debemos emplear para cuidarla.

La piel dispone de un mecanismo de defensa frente a agresiones externas como partículas contaminantes, radiación solar, climatología o algo tan simple como el agua. Somos lo que comemos, pero no comemos por la piel. De ser así tendríamos un problema serio paseando por una zona contaminada o durante una simple ducha.

Por desgracia, este es uno de los argumentos que emplean muchos fabricantes de cosmética, no solo natural, para desprestigiar la cosmética, o más bien, sus ingredientes, de síntesis. Una diferencia que, en realidad, no existe.

La cosmética natural, como tal, no existe. O así lo ve el reglamento europeo, que no hace distinción entre diferentes tipos de cosmética o ingredientes presentes en ellos. Hay sellos y certificaciones que acreditan que un cosmético es natural, orgánico o ecológico, pero no son mecanismos guiados por la Unión Europea, sino por organizaciones de carácter privado.

Según la normativa vigente el origen de un ingrediente no clasifica un producto terminado en cosmética natural o de síntesis. Para los organismos reguladores todos los cosméticos son igual de seguros y no hay ninguna otra distinción.

En esta guerra lo fácil es posicionarse en uno de los bandos: o eres de cosmética natural o de cosmética sintética. Algo que, en la práctica, es inviable.

La aparición de los sellos y certificaciones independientes no hace más que abrir la brecha entre unos y otros, perjudicando en ocasiones a sus propios compañeros. Un fabricante puede tener como objetivo producir un cosmético con ingredientes más o menos transformados y de origen natural sin tener que demonizar el uso de parabenos o siliconas.

Antes veíamos que utilizar el término «libre de tóxicos» solo tenía un objetivo: denigrar al resto de los competidores. Con algunas de las afirmaciones de la cosmética natural, lamentablemente, ocurre algo similar. Veamos las más comunes:

— «La cosmética natural tiene un INCI más transparente». Sus listas de ingredientes son más cortas y es sencillo identificar los activos cosméticos, mientras que en la de síntesis la lista es más larga con ingredientes sintéticos.

— «La cosmética natural es más saludable, es más compatible, apta en pieles sensibles y no provoca reacciones alérgicas».

— «La cosmética de síntesis emplea conservantes sintéticos para aumentar la vida útil del producto cosmético». La cosmética natural no incluye conservantes de larga duración.

— «Al tener sustancias naturales, estimula la regeneración de la piel».

Podríamos seguir enumerando cientos de afirmaciones similares; no obstante, casi siempre se llega a las mismas conclusiones: la dicotomía entre lo natural como sinónimo de bueno, y lo sintético como algo perjudicial.

Recordemos que todos los cosméticos deben etiquetarse igual. Aun así, si realmente nos ciñésemos a la composición química de los ingredientes, la cosmética natural etiquetaría de menos. Los aceites esenciales o vegetales y los extractos botánicos se etiquetarían bajo el sistema Linneo, pero su composición real haría que la lista de ingredientes fuese muy extensa.

Volviendo al ejemplo del aceite de almendras, su composición real es una mezcla de diferentes ácidos grasos. En ella encontramos ácido palmítico, palmitoleico, esteárico, oleico, linoleico, alfa-linoleico, araquídico, eicosenoico, y muchos más. Es una lista bastante larga, ¿no crees? Lo mismo podríamos realizar con aceites esenciales.

Sigamos analizando estas afirmaciones tan poco científicas. Cosmética saludable. Un invento más. Saludable es una palabra con gancho y hace un guiño a la tendencia del real food. Que algo sea saludable nos lleva directamente a que sea biocompatible —según el diccionario de la RAE biocompatiblidad significa «ausencia de reacciones alérgicas, inmunitarias, etc., en el contacto entre los tejidos del organismo y algunos materiales»—.Es decir, en cosmética identificaríamos como saludables y biocompatibles a aquellos ingredientes que no causan alergias o efectos adversos en la piel. Algunos de estos ingredientes son los más demonizados: derivados del aceite mineral. Ingredientes que, como veremos, tienen un perfil de tolerancia alto e inertes que hace posible su empleo en pomadas y tratamientos médicos.

Continuamos evaluando el sistema conservante. Todo producto que contenga agua necesita un sistema conservante. El mismo que determinará el periodo de uso con una duración mayor o menor. Lo cierto es que existen pocos sistemas conservantes «naturales» y suelen ser la excepción de muchas certificaciones. Algo muy diferente es que el producto cosmético tenga una carga microbiológica baja debido a su composición —aceites vegetales o fórmulas autoconservantes por presencia de alcohol— y que, por tanto, no se necesite un conservante en la fórmula.

Finalmente llegamos a la regeneración cutánea. Dejando de lado que regenerar es un término demasiado amplio y que podría dar lugar a un efecto más de un medicamento que de un cosmético, un cambio en la epidermis lo podemos observar con productos naturales, pero también, con ingredientes de síntesis. No es que los productos naturales no puedan alcanzar resultados visibles en la piel, es que los ingredientes de síntesis también. Estos cambios en la piel no son algo genuino de la cosmética natural, sino característico de los ingredientes y las fórmulas cosméticas que los contienen.

Como ves, es una guerra injustificada. No por ser natural es menos efectivo ni por ser de síntesis es más tóxica. Ya sea por gustos o valores del fabricante, la competencia desleal que surge en torno a este sector termina empañando a toda la industria.

Desde muchas organizaciones de cosmética natural y empresas del sector se solicita a los organismos reguladores directrices que ayuden a los fabricantes en la armonización de términos en lo que concierne a la cosmética natural. Hasta el momento no hay una posición a favor de esta distinción desde la Unión Europea. Si esto ocurriese, se estaría, desde los propios organismos reguladores, clasificando unos productos frente a otros, cuando lo más importante, su seguridad, es idéntica. ¿Qué beneficio tiene para el consumidor que el 50 % de sus ingredientes sean de origen natural? Ninguno.

• ¿Qué significa natural en la industria cosmética? Marco legal y certificaciones. Como hemos dicho, no aparece en la legislación el término natural, ecológico, vegano o de síntesis. Químicamente no existe diferencia entre sustancias naturales y sintéticas.

En el caso de la cosmética de síntesis la materia prima puede ser de origen natural —vegetal o animal— o podemos emplear compuestos químicos ya fabricados en un laboratorio. Sin embargo, el origen de la materia prima sintética sigue siendo natural. Como citaba Lavoisier en su ley de conservación de la masa, «la materia ni se crea ni se destruye: solo se transforma».

Eso es lo que hacemos en un laboratorio. Transformar las materias primas a nuestro antojo. Podrán tener una transformación mayor o menor, o unos métodos de extracción más o menos sostenibles, pero, de momento, no creamos ingredientes de la nada.

En 2017 se publicó el estándar ISO 16128 sobre cosmética natural y orgánica —Directrices sobre definiciones técnicas y criterios para ingredientes y productos cosméticos naturales y orgánicos—. En ella se definen términos y criterios sobre qué se considera un producto cosmético natural.

Ten en cuenta que estas definiciones se basan realmente en definir algo según su origen y proceso de transformación, sin ningún trasfondo sobre la seguridad y la eficacia de los ingredientes. De eso ya se encargan las propias empresas y es algo que hace que el enfoque de la cosmética natural pierda sentido. Algunas de las definiciones más habituales son:

Ingredientes naturales

Ingredientes obtenidos de fuentes naturales —plantas, animales, de origen mineral— incluidos los conseguidos mediante procesos físicos, reac­­ciones de fermentación u otros métodos como la extracción, siempre y cuando no supongan la transformación química. Por ejemplo: manteca de karité, etanol o ácido hialurónico. Quedarían excluidos aquellos derivados de los combustibles fósiles —petroquímica—.

Ingredientes de origen natural

Ingredientes cuyo peso molecular es un 50 % superior a la sustancia de origen obtenida a través de procesos químicos o biológicos —enzimas—. Por ejemplo, la glicerina, el escualeno o la dihidroxiacetona, que se emplea en los autobronceadores.

Ingredientes naturales minerales

Sustancias inorgánicas naturales. Por ejemplo, la sal de alumbre.

Ingredientes minerales derivados

Sustancias inorgánicas sintetizadas por procesos químicos que están presentes de manera natural. Por ejemplo, los óxidos de hierro, la mica o el óxido de zinc.

Ingredientes orgánicos o ecológicos

Ambos términos son idénticos en español, y hacen referencia a aquellos que proceden de la agricultura ecológica.

Ingredientes orgánicos o ecológicos derivados

Ingredientes orgánicos que han pasado por determinadas transformaciones químicas.

Ingredientes no naturales

Aquellos procedentes de combustibles fósiles o materias primas con más del 50 % de restos no naturales. Por ejemplo, siliconas y aceites minerales.

A su vez, en 2002 se creó el estándar COSMOS, que entró en vigor en 2008. Al igual que la ISO, se trata de un estándar de carácter privado y que fue fundado por cinco certificadoras europeas de cosmética natural y orgánica/ecológica: BDIH (Alemania), Ecocert y Cosmebio (Francia), Soil Association (Reino Unido) e ICEA (Italia).

Entre sus objetivos se incluye que los ingredientes procedan de la agricultura ecológica, que su proceso respete el medioambiente, su biodiversidad, los recursos naturales y los trabajadores, y que cumpla los objetivos de la química verde. De lo que hablamos anteriormente. Algo que queda muy bonito en papel, pero cuyo proceso real es bastante ­complejo.

A través del estándar COSMOS se clasifican los ingredientes en cinco categorías: agua, minerales o de origen mineral, ingredientes de agricultura procesados físicamente, ingredientes de agricultura procesados químicamente, y otros. COSMOS permiten dos etiquetas diferentes:

Cosmos-organic. Un 20 % de los ingredientes deben ser ecológicos (o un 10 % en productos de aclarado), al menos el 95 % de los ingredientes de agricultura procesados físicamente han de ser de origen ecológico y pueden contener un máximo del 2 % de trazas de petroquímicos.

Cosmos-natural. No existe un mínimo de ingredientes de origen ecológico y pueden contener un máximo del 2 % de trazas de petroquímicos.

En este caso, el estándar COSMOS sí menciona algunos materiales de envasado prohibidos en los productos cosméticos, como el PVC. El problema suele estar en los plastificantes y aditivos que se incorporan al polímero para que sean más flexibles, ya que de por sí es un material plástico duro. Al añadir plastificantes —como el DEHP— se obtiene un material más maleable y elástico. Sin embargo, estos plastificantes pueden migrar del material a la fórmula, y en las fórmulas cosméticas, donde tenemos tantos ingredientes hidrófobos como hidrófilos, realizar un ensayo de compatibilidad puede ser complejo. Por esto la industria cosmética no usa PVC en sus envases.

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ESTÁNDAR COSMOS. CERTIFICACIÓN ECO-CERT®

• Al menos el 95 % de los ingredientes son de origen natural.

• Solo se permite un máximo del 5 % de ingredientes de síntesis determinados.

• Para acreditar la etiqueta natural deben tener un mínimo del 50 % de ingredientes ecológicos, de los cuales el 5 % debe estar certificado; o la etiqueta natural y ecológica: mínimo el 90 %, de los cuales al menos el 10 % deben estar certificados.

• Sustancias prohibidas: EDTA, derivados clorados, o de microorganismos genéticamente modificados, entre otros.

• Incluyen requisitos acerca de la biodegradabilidad y ecotoxicidad.

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CERTIFICACIÓN BIOVIDASANA

Desarrollada por la Asociación Vida Sana y Organic Assignments. Clasificación de ingredientes en categorías:

• Categoría I. > 90 % de ingredientes ecológicos. En este caso el cosmético podrá usar el etiquetado «producto cosmético ecológico (biológico u orgánico)».

• Categoría II. Producto con ingredientes de origen natural, pero solo un porcentaje de este certificado como ecológico. En este caso el cosmético podrá usar el etiquetado «Producto cosmético natural con X % de ingredientes ecológicos».

• Categoría III. Presencia de ingredientes naturales no certificados como ecológicos e ingredientes sintéticos o microbianos (biotecnología) permitidos en la norma. En este caso el producto recibirá la etiqueta de «producto cosmético natural» o «natural». Ingredientes prohibidos: nanopartículas, colorantes sintéticos, materias primas etoxiladas (como son el SLS o el PEG), siliconas y derivados de combustibles fósiles (petroquímica).

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SELLO NATRUE

Fundado por seis marcas de cosmética natural: WALA, Weleda, Laverana, PRIMAVERA, LOGOCOS y CEP.

• No incluyen el agua como ingrediente natural.

• Sustancias naturales-idénticas: permitido el uso de sustancias químicas sintéticas que sean idénticas en la naturaleza si supone un esfuerzo técnico (por ejemplo, filtros minerales como el óxido de zinc o el dióxido de titanio).

• Sustancias derivadas de origen natural: solo permitidas si no existe equivalente natural y determinadas transformaciones químicas (ceras o aceites vegetales).

• Prohibido el uso de siliconas, aceites minerales, parabenos o ingredientes transgénicos, entre otros.

Realmente, describiendo la norma ISO junto con el estándar COSMOS, podríamos decir que tenemos todo cubierto en cuanto a certificación de cosmética natural. Aunque muchas certificadoras se basan ya en estándares COSMOS con algún extra, existen otras independientes como BioVidaSana que siguen sus propias normas.

¿Cuál es el problema de estas certificaciones? Básicamente, que son privadas. Que una firma sea otorgada con un sello determinado significa que existe un acuerdo monetario entre ambas partes, donde la legislación vigente no tiene nada que ver.

Como percepción para un usuario que desconoce cómo funcionan los sellos, puede parecer que emplear uno ecológico o que acredite que un cosmético emplea el 90 % de ingredientes de origen natural es mejor. Pero la realidad no es así.

SEGUIR LA HUELLA DE LA INDUSTRIA ALIMENTARIA

Identificar, leer y comprender las etiquetas fue tendencia en la industria alimentaria, y la cosmética ha seguido su estela. La industria lo sabe, y lo utiliza a su favor. Emplean estrategias similares como el «sin gluten», «eco» o «bio» para modificar nuestros hábitos de consumo.

Lo más preocupante de esto no es tanto que modifique estos hábitos poniendo la imagen de una mujer con una cintura de avispa en el envase —que también—, sino creando inseguridad en el consumidor. ¿Qué será mejor? ¿Que tenga o no tenga parabenos y sulfatos? ¿Podré causar daño fetal si decido ducharme con un gel con parabenos? ¿Estaré intoxicando a mis hijos? Son preguntas causadas por el miedo y la culpa por optar por el producto incorrecto, lejos de que sea efectivo. El «no vaya a ser» es un reflejo de esa inseguridad impuesta de manera encubierta que en la mayoría de los casos no está fundamentada en el ámbito científico.

Elegir entre un cosmético natural o sintético, siempre y cuando se juegue de manera leal, es el menor de los problemas. Modificar los hábitos de consumo por la desinformación y la falta de evidencia científica es lo más alarmante.

En la industria cosmética estos comportamientos parecen pequeños comparados con algunas pseudociencias y terapias alternativas. Sin embargo, en ambos casos la conducta del usuario es similar. La búsqueda de una vida libre de tóxicos completa puede llevar al consumidor a una obsesión enfermiza mucho más peligrosa.