Ciencia con conciencia. El origen de la bioética
«La ciencia, como ustedes saben es una escuela de humildad. No porque los científicos tengan hacia la modestia una profunda atracción, sino porque la naturaleza se encarga de imponerla. El único postulado de objetividad sobre el que se basa la ciencia es que el mundo existe y tiene sus propias leyes, totalmente independientes de nuestra opinión».
Conferencia de J. Lejeune sobre Historia natural de los hombres, pronunciada en 19809
El humanismo cristiano, caldo de cultivo en el que nace la ciencia en Occidente, sitúa al hombre como un ser creado a imagen y semejanza de Dios con la misión de «… henchid la tierra y someterla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que serpea sobre la tierra»10. El rey Salomón explicaba cómo se ha de ejercer este dominio: «Dios de los Padres […] que con tu sabiduría formaste al hombre, para que dominase sobre los seres por ti creados, administrase el mundo con santidad y justicia, y juzgase con rectitud de espíritu»11.
Es evidente que el dominio sobre el entorno y la utilización de los recursos naturales han encumbrado al hombre por encima del resto de las criaturas vivientes. Nada que objetar a esta tendencia lógica y necesaria, siempre que el hombre utilice con justicia y prudencia el poder conquistado. Pero, ante todo, es importante que el hombre de ciencia ejerza su actividad con rectitud y sensatez, lo que implica estar armado con unos principios éticos para afrontar su tarea. En todo científico debe primar el ánimo de contribuir al bienestar y al desarrollo de un mundo más justo para todos, y el deber de transmitir correctamente y divulgar con absoluto respeto a la verdad el verdadero significado de sus investigaciones.
De ahí que, tomando como modelo al profesor Jérôme Lejeune, dediquemos un capítulo a plantear cómo deben desarrollar su labor los científicos y la necesidad de establecer unas normas de actuación respetuosa con la naturaleza, la vida y el propio hombre. La ética en la investigación sobre el mundo de la vida y sus aplicaciones es lo que ha dado lugar al nacimiento de la bioética.
Debemos partir de la afirmación de que, si bien en el aspecto de la observación y comprensión racional de los fenómenos naturales no debe haber límites, la situación es distinta en su vertiente aplicada. Si bien la ciencia nos proporciona conocimiento, verdad, novedad, satisfacción, progreso, poder, libertad, independencia, utilidad, etc., se deben tener en cuenta las consecuencias de su aplicación para el entorno natural y el propio hombre.
En principio, el científico puede abordar su trabajo impulsado por diversos tipos de motivos. Para algunos lo que debe investigarse es solo lo que contribuya al saber, es decir lo que pueda mejorar la sabiduría del hombre. Para otros interesará sobre todo aquello que pueda mejorar el bienestar y el nivel de vida de los hombres. Para todos, sean cuales sean sus motivaciones personales, deberán primar los principios de honestidad y respeto a la verdad.
En la ciencia caben por igual todas estas aproximaciones con tal de que obedezcan a un deseo sincero de ampliar el conocimiento y que respondan rigurosamente a un método que garantice la veracidad de los hechos que se investigan. Jérôme Lejeune nos recuerda esta actitud apelando a su ilustre compatriota: «Pasteur decía que la suerte no favorece más que a las almas preparadas. Pero ¿qué es lo que prepara al espíritu sino la voluntad de perseguir un fin?»12.
Lo cierto es que si la ciencia es siempre positiva en cuanto a la adquisición de conocimientos puede no serlo en su utilización, que, como en cualquier otro tipo de actividades humanas, pueden tener consecuencias buenas o malas, o pueden servir para solucionar un problema o generar otro peor.
Por ello, han de existir unos filtros, una ética que implique un respeto a la humanidad y al entorno ambiental. Algo que obligue a reflexionar sobre la trascendencia de lo que se investiga y a tener en cuenta todos los elementos implicados en la investigación.
El método habitual de la ciencia es el método experimental, mediante el cual el científico trata de desvelar las causas de los fenómenos naturales.
El nacimiento de la ciencia como tal se sitúa en el Renacimiento, cuando se diseñaron los primeros métodos de experimentación. Los siglos XII y XIII fueron importantes en el despertar de la ciencia. En aquella etapa destacaron las insignes figuras de san Alberto Magno (1193-1250) y santo Tomás de Aquino (1225-1274), dos estudiantes de la escolástica, corriente filosófica dominante en la época medieval que hacía hincapié en el uso de la razón como método para explorar las cuestiones de la filosofía y la teología. Alberto Magno propuso la distinción entre la revelación de algo desconocido a través de un poder divino y la ciencia experimental e hizo muchas observaciones científicas en geografía, astronomía, química y fisiología. Otra figura insigne fue el franciscano inglés Roger Bacon (1210-1293), que se concentró en las ideas de Aristóteles sobre el mundo natural, y las juzgó como válidas o no en función de los hechos que las apoyaban.
Ya en el siglo XVII, Francis Bacon (1561-1626), un abogado y filósofo inglés considerado como el padre del empirismo científico, publicó en 1621 el ensayo Novum Organum Scientiarum, en el que planteaba un nuevo enfoque basado en la inducción como la base del pensamiento científico, y la ciencia como un modo de afianzar el dominio del hombre sobre el mundo.
En el siglo XVII también destacó la figura del filósofo, físico y matemático francés René Descartes (1596-1650), considerado como el padre del mecanicismo, una teoría que basa el orden de la naturaleza en leyes físicas y matemáticas. Descartes teorizó sobre el modo de avanzar en el conocimiento por medio de la observación metódica, lo que le llevó a proponer una clasificación de las ciencias en experimentales, liberales y cardinales, siendo las primeras las que se basan en la observación y la experimentación, y las demás las que dependen del pensamiento y la filosofía como fuentes del conocimiento.
Pero sin duda la gran explosión del conocimiento científico se concentra en los dos últimos siglos. Simplificando los hechos, se considera que la investigación científica se aborda mediante dos métodos básicos, uno teórico o deductivo y otro experimental.
En el método experimental, se parte de una hipótesis que trata de explicar el fenómeno que se desea indagar, se elige una metodología y se aplican unas pruebas experimentales para demostrar su veracidad. Este método ha sido redefinido ya en el siglo XX por el austríaco Karl Popper (1902-1994) que, a la demostración de la veracidad de una hipótesis por medio de la experimentación, añadió la exigencia de demostrar que no es falsa. Para Popper solo es objeto de ciencia aquello de lo que se puede demostrar a la vez su veracidad y su no falsabilidad.
El método científico según lo define el Oxford English Dictionary es «un método que consiste en la observación sistemática, medición y experimentación, y la formulación, análisis y modificación de las hipótesis». Su fortaleza reside precisamente en que a la demostración de que la hipótesis de partida se cumple en todas las circunstancias se añade la demostración de que no es falsa. Tras obtener los resultados se ha de evaluar si estos son consistentes con la predicción de partida. De existir un conflicto entre los resultados obtenidos y los esperados de acuerdo con lo previsto habrá que reformular la hipótesis. El resultado no se considerará acorde a la hipótesis de partida mientras no se confirme que no hay nada que contradiga el modelo propuesto.
Si una hipótesis resultase falsa, se habrá de formular una hipótesis alternativa y volver a empezar, tal como se esquematiza en la Figura 1.

Figura 1. Esquema representando el modo habitual del método experimental.
El biólogo y genetista francés François Jacob13 (1920-2013), premio Nobel de Medicina de 1965 por sus investigaciones sobre la regulación de la expresión genética, decía que la ciencia consiste en «un diálogo constante entre imaginación y experimentación, lo que permite formarse una concepción cada vez más definida de lo que llamamos realidad»14.
Hay campos de investigación en los que no es posible abordar una experimentación directa, en cuyo caso los científicos pueden abordar la hipótesis global, dividiendo su complejo planteamiento general en aspectos parciales más simples abordables mediante la experimentación y cuyas respuestas contribuyan a esclarecer el conjunto. Se trata de descubrir la relación causa-efecto por medio de preguntas cuidadosamente planteadas y examinar la evidencia alcanzada hasta donde la experimentación lo permita. De este modo, la actividad científica es iterativa, y el avance consiste en un ciclo continuo, que empieza con la abstracción y formulación de una o varias hipótesis, sigue con la experimentación y obtención de datos y, a la vista de los resultados, surgen nuevas hipótesis que dan lugar a nuevos experimentos para reforzar los hechos demostrados y avanzar en el conocimiento.
En la práctica de la ciencia experimental, cuando se confirma la validez de la hipótesis de partida, esta se eleva a la consideración de teoría. Como elemento final y necesario, se ha de proceder a la publicación de los hechos demostrados. En la sociedad del conocimiento del mundo actual la publicación en una revista científica, con el rigor de la supervisión por expertos en cada área de conocimiento, se considera un requisito indispensable para la aceptación de una investigación relevante en el campo concreto de que se trate.
No todo lo técnicamente posible es éticamente aceptable
La ciencia debe entenderse como una actividad desinteresada y al servicio de la humanidad. Karl Popper decía que: «Lo que caracteriza al hombre de ciencia no es la posesión del conocimiento o de verdades irrefutables, sino la búsqueda desinteresada e incesante de la verdad […] la búsqueda de la verdad presupone la ética»15.
Desde el punto de vista ético la ciencia no formula juicios de valor sobre los hechos conocidos, sino que se limita a demostrar e informar sobre ellos, aunque es deber del científico reflexionar sobre sus aplicaciones.
En las áreas más pujantes de la ciencia del último siglo, como lo son la física y la biología, de las que se han derivado las aplicaciones tecnológicas que más han contribuido al bienestar y la salud humana, hay campos de investigación de una responsabilidad especialmente elevada, por los riesgos que conllevan sus aplicaciones. Para hacer frente a este reto, los científicos deben estar armados de grandes cualidades éticas. No basta con una mente abierta y una inteligencia especial para hacerse preguntas, plantear hipótesis y aceptar o desestimar diferentes teorías. Es fundamental además ser honestos, respetar lo evidente, medir los riesgos y aceptar las normas que rijan en el campo de la investigación. A ello se une la honestidad en el respeto a las investigaciones ajenas y a la verdad y la veracidad en la divulgación de los resultados de las investigaciones. Todo este conjunto de preceptos éticos básicos podría constituir una especie de juramento hipocrático del científico.
En cualquier caso, donde realmente se plantean los problemas éticos es en la vertiente aplicada. En los tiempos actuales, existen grandes posibilidades de la utilización de los hechos que la ciencia va desvelando, pero también riesgos importantes cuando se llevan a cabo acciones tales como la aplicación de la energía nuclear, la modificación genética de un ser vivo, la explotación de los recursos naturales, la investigación de los efectos de un nuevo fármaco o método terapéutico, etc. El hombre está obligado a conocer y aprovechar los conocimientos adquiridos por medio de la ciencia, pero hay líneas rojas que no deben traspasarse, como lo sería todo aquello que atente contra la dignidad de las personas o ponga en riesgo la vida humana o el medio natural en que vivimos.
Lamentablemente, en el mundo actual, no siempre se ha tenido en cuenta la generosidad y desinterés que señalara Popper, como lo evidencian una serie de episodios históricos recientes:
- En Física nuclear, el Proyecto Manhattan derivó en el desarrollo de armas nucleares y su terrible utilización sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, que provocó la muerte de más de 145.000 seres humanos.
- En Medicina, los abusos cometidos por los médicos del Tercer Reich y en especial el cruel programa Aktion T4 para la eliminación de entre 275.000 y 300.000 discapacitados físicos y mentales.
- El experimento Tuskegee, desarrollado en el estado de Alabama, en EE.UU., entre 1932 y 1972 y en Guatemala entre 1946 y 1948, en el que unos médicos americanos fingieron tratamientos de enfermedades venéreas en varones de color a quienes se les ocultaba que no estaban siendo tratados con antibióticos.
- El caso del llamado «Elixir sulfanilamida» acontecido en EE.UU. en 1937. Un preparado del antibiótico sulfamida en dietilenglicol y comercializado como un elixir que mató a más de 100 personas. Cuando se descubrió la causa se creó la Oficina Americana del Medicamento, hoy conocida como FDA.
- El uso de la Talidomida, un fármaco comercializado en Alemania en los años sesenta para aliviar los dolores del embarazo, que supuso el nacimiento de cerca de 10.000 niños en muchos países con tremendas focomelias, debido a la alteración del programa genético regulador del desarrollo. Su uso no se retiró hasta 1963.
- El vergonzoso caso ocurrido en el Jewish Chronic Disease Hospital de Boston, desvelado en 2013, cuando se conoció que algunos médicos estaban inyectando células cancerígenas a pacientes ancianos y debilitados con el fin de investigar si eran rechazadas por sus cuerpos.
- El engaño de los investigadores surcoreanos Woo Suk Hwang y Moon Shin-Yong que, en 2004, publicaron en la revista Science un trabajo de clonación por trasplante de núcleos en ovocitos humanos. Un comité de la Universidad de Seúl anunció que no había ninguna evidencia sobre la autenticidad de estos experimentos.
- El episodio protagonizado por el chino He Jiankui, que en noviembre de 2018 desveló el nacimiento de unas niñas procedentes de unos embriones obtenidos por fecundación in vitro tras aplicar técnicas de edición genómica, sin que se puedan evaluar aún las consecuencias para su salud y la de sus descendientes.
- La manifestación divulgada en muchos medios de comunicación, sin fundamento alguno, de que el virus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad COVID-19, que provocó una pandemia mundial a principios de 2020, es un producto de laboratorio, resultado de una manipulación genética del genoma de otros coronavirus.
Estos son episodios aislados en la historia de la ciencia, pero que en cierto modo constituyen un reflejo de cómo se puede perder el sentido común y dar la espalda a la ética en la práctica de la investigación, o simplemente confundir a la sociedad con falsos argumentos. Detrás de todo ello, se encuentran intereses ajenos al verdadero sentido de la investigación científica.
En el lado positivo también ha habido episodios importantes. Para la historia queda la Declaración de Göttingen de 1945, que firmaron una serie de físicos nucleares alemanes, como Carl Friedrich von Weizsäcker (1912-2007), Otto Hahn (1879-1968) y Werner Heisenberg (1901-1976), que asumieron la responsabilidad de su actividad y renunciaron libremente al desarrollo y utilización de cualquier tipo de arma nuclear.
Otro buen ejemplo tuvo lugar a mediados de los años setenta, en los albores de las técnicas de ingeniería genética para obtener organismos modificados genéticamente en las bacterias. Más de cien científicos pertenecientes a 17 países se reunieron en febrero de 1975 en un centro de conferencias de la ciudad californiana de Asilomar. Entre los reunidos había varios premios Nobel, como Paul Berg, David Baltimore y Sydney Brenner. Allí se analizó la peligrosidad y la falta de seguridad de los incipientes experimentos de modificación genética, y se decidió el establecimiento de una moratoria que obligaba a todos los científicos involucrados. Se trataba de evitar el daño a los seres humanos o de crear problemas en los ecosistemas. La moratoria fue respetada y cumplida rigurosamente durante años, hasta que fueron apareciendo procedimientos más seguros y mejor controlados de transformación bacteriana.
Lo que se reconoció en la reunión de Asilomar es algo que se ha venido repitiendo desde entonces en muchos campos de la ciencia que bordean riesgos impredecibles en los seres vivos. Es lo que se ha dado en llamar el grito de Asilomar: «no todo lo científicamente posible es éticamente aceptable».
Los distintos casos mencionados, demuestran la necesidad de una reflexión sobre las consecuencias de lo que se está haciendo. Algo que de siempre han reclamado los grandes científicos. Así, Albert Einstein (1879-1955), premio Nobel de Física de 1921, ante la enorme potencialidad de la tecnología, apelaba a la responsabilidad al indicar que: «La preocupación por el hombre y su destino debe constituir siempre el interés especial de todos los esfuerzos técnicos. No lo olvidéis nunca en medio de vuestros gráficos y vuestras ecuaciones»16.
Del mismo modo, Jérôme Lejeune estaba convencido de la importancia de los beneficios que los avances de la ciencia pueden aportar a la vida humana, pero denunciaba la situación alarmante de nuestro tiempo ante el «desequilibrio cada vez más inquietante entre su poder que aumenta y su sabiduría, que disminuye»17.
El filósofo alemán Hans Jonas (1903-1993) ha reflexionado sobre la responsabilidad del quehacer científico y ha denunciado el hecho de que la ciencia actual se caracteriza por una capacidad creciente de abordar cualquier tema, pero también por una confusión sobre los fines de las investigaciones18.
El papa emérito Benedicto XVI, se refiere a esto mismo y responde en los siguientes términos a una pregunta sobre los riesgos de las acciones del hombre sobre la naturaleza: «El conocimiento ha traído consigo poder, pero de una forma en la que, ahora, con nuestro propio poder somos capaces al mismo tiempo de destruir el mundo que creemos haber descubierto por completo».
También se plantea la ética y la libertad de la actividad científica al preguntarse: «¿Qué es realmente progreso? ¿Es progreso si puedo destruir? […] Vemos cómo el poder del hombre ha crecido de forma tremenda. Pero lo que no creció con ese poder es su potencial ético. Este desequilibrio se refleja hoy en los frutos de un progreso que no fue pensado en clave moral»19.
La falta de límites a la explotación de los recursos de la naturaleza o a las aplicaciones tecnológicas pone en riesgo nuestro propio futuro. En este sentido, el papa Francisco señala que «si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos20».
El avance de la ciencia es un deber continuo del hombre. Sin embargo, las aplicaciones de los conocimientos científicos imponen la necesidad de reflexionar sobre las consecuencias de lo que se hace y establecer un diálogo entre investigadores y comités de expertos de diversas áreas de conocimiento, trabajando juntos para dirigir las nuevas investigaciones dentro de unos cauces que no supongan abusos, lesionen los derechos individuales ni la dignidad de las personas, o pongan en riesgo el equilibrio de la naturaleza.
En definitiva, las personas que investigan tienen un margen de libertad cuyos límites deben marcarse de acuerdo a los derechos humanos y los riesgos para la naturaleza de la que dependemos y de la que dependen nuestros descendientes y el resto de las criaturas vivientes. Por ello, se hace necesario el establecimiento de leyes justas, normas éticas y códigos deontológicos de buenas prácticas, en los que se especifiquen las condiciones en las que se ha de llevar a cabo la investigación científica.
A este respecto, recuerda el Comité de Bioética de España que «hay conjuntos de reglas, recomendaciones y compromisos que deben ser observados por el personal científico, los centros de investigación, los organismos adjudicatarios de ayudas de investigación e incluso las sociedades científicas, con objeto de favorecer la calidad de la investigación y prevenir problemas de integridad»21.
Origen y definición de la Bioética
De acuerdo con Mónica López Barahona y José Carlos Abellán el juramento hipocrático, que orientaba el comportamiento de los médicos en la antigua Grecia ya en los siglos IV al V antes de Cristo: «resumía los principios morales de la profesión médica, base de los códigos éticos de las profesiones sanitarias. Con este origen, se debe reconocer que la primera bioética fue la de los médicos»22.
Hechos tan negativos como los citados han alimentado un debate sobre el modo de afrontar la investigación y las aplicaciones tecnológicas que implican a los seres vivos, dando pie al desarrollo de la bioética. Además, la aparición de los métodos anticonceptivos, el desarrollo de la biotecnología y la ingeniería genética, las técnicas de reproducción humana asistida, la modificación genética de los organismos, el control de la natalidad, la utilización de los embriones producidos in vitro, las aplicaciones del Proyecto Genoma Humano, etc., han obligado a establecer unos criterios éticos en la praxis de la investigación.
Por todo ello han surgido voces, especialmente en el ámbito de la medicina, que han planteado la conveniencia de establecer unos límites, o cuando menos unos códigos de buenas prácticas que deben tener en cuenta, entre otros principios, la protección de la vida, la objeción de conciencia, la atención a los pacientes al final de la vida, el voluntariado de los ensayos clínicos, la utilización de animales en la experimentación, el destino de los datos de los pacientes, el desarrollo de patentes con genes y células humanas, la procedencia de las muestras de células para la experimentación, etc. Se trata de dar una respuesta a la pregunta «¿qué estamos haciendo y cuáles son sus consecuencias?». También de aplicar la máxima de que «no todo lo científicamente posible es éticamente aceptable».
Un hecho significativo del principio de esta conciencia lo supuso el juicio de Núremberg, que tuvo su inicio en diciembre de 1946 y situó ante un tribunal militar a los responsables del Tercer Reich que participaron en graves delitos contra la dignidad de los prisioneros en los campos de concentración, entre ellos los médicos que protagonizaron el Programa Aktion T4. Este proceso constituyó una llamada a favor de la vida y fue la base de lo que luego supondría la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, cuyo artículo 3º señala: «Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona».
En relación con la investigación y la praxis médica, la primera medida importante se fraguó en la Declaración de Helsinki de la Asociación Médica Mundial de 1964, en la que entre otras recomendaciones se establecían las bases para una investigación médica basada en el respeto a las personas, regulada mediante ensayos clínicos y con la obligación de obtener un consentimiento informado como requisito previo a toda intervención médica sobre seres humanos.
El término bioética fue utilizado por primera vez en un artículo científico publicado en 1970 por el médico oncólogo americano de la Universidad de Wisconsin Van Rensselaer Potter (1911-2001)23, quien también lo aplicó en el título de su libro Bioethics: Bridge to the future24, publicado un año después. Para este autor, el papel de la bioética sería el de «dar respuestas a los conflictos de valores en relación con un comportamiento humano aceptable en el dominio de la vida y de la muerte».
El Dr. Warren T. Reich, profesor de Ética y Religión de la Universidad Georgetown de Washington, define la bioética como «el estudio sistemático de la conducta humana en el ámbito de las ciencias de la vida y del cuidado de la salud, en cuanto que esta conducta es examinada a la luz de los valores y principios morales»25.
El significado etimológico de la palabra bioética —ética de la vida—, indica la confluencia de dos vertientes: la de los avances de la biología, y la filosófica, en cuanto al planteamiento moral de las actuaciones derivadas. La bioética constituye un campo multidisciplinar en el que convergen los conocimientos adquiridos y las normas de actuación, con parcelas que afectan a diversas disciplinas, como la medicina, la biología, la filosofía, el derecho, la teología y las ciencias sociales. Desde todas estas perspectivas se trata de deliberar sobre problemas concretos en los ámbitos de la salud pública y la conservación de los recursos naturales para el desarrollo de un marco adecuado.
La jurista española María Dolores Vila-Coro (1923-2010) introductora en España de las enseñanzas de la bioética a través de la cátedra UNESCO de Bioética, decía que «la bioética, en su sentido de ‘ética de la vida’, a partir de un sólido fundamento antropológico nos propone una reflexión sobre el sentido profundo del valor y la dignidad de la persona, desde presupuestos racionales a la luz de los valores morales»26.Y respecto a los fines de la bioética señala que: «su objeto es la persona, no los seres irracionales, por más que ahora se hable de bioética global para introducir en ella a los animales, las plantas o el medio ambiente. A la ética solo le conciernen los ataques a las otras especies vivas y al medio ambiente cuando ocasionan, o de ellos se deriva, un daño directo o indirecto para el hombre»27.
El jurista argentino Roberto Andorno, profesor de Ética Biomédica en la Universidad de Zúrich, extiende el ámbito de actuación de la bioética a todos los seres vivos, al señalar que: «La experimentación con animales [...] la creación de especies vegetales y animales genéticamente modificados, da lugar a interrogantes morales propios que merecen ser encarados... Por este motivo, la noción de ‘bioética’, tomada en sentido amplio, como la ética de nuestro trato con todos los seres vivos puede incluir también estos temas»28.
Monseñor Elio Sgreccia (1928-2019), que fue durante muchos años presidente de la Academia Pontificia para la Vida y autor de una importante enciclopedia sobre la bioética, la define como: «La reflexión sistemática sobre cualquier intervención del hombre sobre los seres vivos. Una reflexión destinada a un arduo y específico fin: identificar los valores y las reglas que guíen las acciones humanas y la intervención de la ciencia y de la tecnología sobre la vida misma y la biosfera»29.
La inclusión del trato a los restantes seres vivos entre los temas de bioética no altera el hecho de que su actividad fundamental se refiera al ámbito de la medicina y tiene en cuenta el hecho de que todos los seres vivos compartimos la misma naturaleza, de cuyo uso racional ha de beneficiarse el propio hombre.
La profesora Elena Postigo, doctora en Filosofía y especialista en Bioética, da una definición que integra igualmente todos los aspectos, al señalar que la bioética es: «El estudio sistemático e interdisciplinar de las acciones del hombre sobre la vida humana, vegetal y animal, considerando sus implicaciones antropológicas y éticas, con la finalidad de ver racionalmente aquello que es bueno para el hombre, las futuras generaciones y el ecosistema, para encontrar una posible solución clínica o elaborar una normativa jurídica adecuada»30.
Los principios básicos de la Bioética
En 1979, el Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los EE.UU. promovió un trabajo de la Comisión Nacional para la Protección de la Investigación Biomédica y del Comportamiento, cuyo resultado fue el denominado informe Belmont. Este informe bajo el título de Principios éticos y pautas para la protección de los seres humanos en la investigación fue aprobado el 18 de abril de 1979. En ese mismo año, los doctores americanos Tom Beauchamp, especializado en Filosofía moral, y James F. Childress, teólogo y filósofo, publicaron el libro Principles of Biomedical Ethics31, dando inicio a la corriente denominada principalismo, de amplia difusión en la bioética médica y según la cual hay cuatro principios éticos generales que deben atenderse en la praxis de la medicina:
- La autonomía, que significa el respeto y protección a la dignidad personal. En la práctica esto se traduce en el consentimiento informado, que ha pasado a constituir un derecho del paciente y un deber para el médico. Debe considerarse como norma, excepto cuando existen situaciones en que las personas no son autónomas o presentan una autonomía disminuida.
- La no maleficencia, que se refiere a la obligación ética de reducir al mínimo el daño en las aplicaciones de los tratamientos médicos.
- La beneficencia, que trata de lograr los máximos beneficios, como exponente de la obligación moral de actuar en beneficio de los otros. En medicina, este principio promueve el mejor interés para el paciente.
- La justicia, que supone la obligación ética de tratar a todas las personas de modo moralmente correcto y apropiado o, dicho de otra forma, de dar a cada persona lo que le corresponde con el fin de evitar situaciones de desigualdad —ideológica, social, religiosa o de cualquier otro tipo—.
En resumen, la bioética es una nueva rama del saber que trata de encontrar normas basadas en principios y valores morales socialmente aceptables —como el respeto a la persona y su dignidad en primer lugar, y al resto de las criaturas vivientes y del medio ambiente—, para orientar las acciones en la investigación científica y sus aplicaciones tecnológicas, y muy especialmente en la práctica médica.
Ser humano y persona. Dignidad de la vida humana
Si el principal motivo de aplicación de la bioética es el ser humano y el marco referencial para la adopción de normas de actuación es la consideración de unos valores morales, es prioritario considerar qué valor se le ha de reconocer al ser humano en todas las etapas de su vida. Los conceptos de ser humano y persona constituyen uno de los temas más debatidos y frecuentes en los foros de discusión sobre las cuestiones de bioética, especialmente en lo referente a las acciones relacionadas con la vida humana en sus primeras etapas. Aunque estos conceptos no son estrictamente biológicos, desde una perspectiva biológica es perfectamente válido atribuir el calificativo de persona y ser humano, a todo individuo de la especie, por ser poseedor de un mensaje de vida humana.
Sin embargo, el término persona tiene otros significados, que veremos a continuación, y que sucintamente son de carácter filosófico, jurídico y teológico. Aunque no son incompatibles con la aproximación biológica, su consideración es importante para valorar y proteger al ente al que se refieren.
Desde la biología el individuo de la especie humana se concreta en un ente que posee todas las propiedades de un organismo de la especie Homo sapiens, con una información genética humana. En el hombre se reconocen unas características físicas, intelectuales y psíquicas específicamente humanas, que crecen a medida que se desarrolla el organismo. Las físicas cambian desde el inicio, y las psíquicas e intelectuales crecen a lo largo de la vida, pudiendo decaer en algún momento, sin que por ello varíe la naturaleza biológica del sujeto humano. Lo más propio del ser humano es su condición de animal racional, consecuencia de una capacidad cognitiva única en la naturaleza, que le permite crecer y acumular conocimiento, lo que justifica la denominación de Homo sapiens.
El Prof. Leopoldo Prieto, en su obra El hombre y el animal, dice que «el alma racional es responsable tanto de la pobreza orgánica (fruto de la inespecialización morfológica, sin la cual el mundo humano se transformaría en hábitat animal) como de la riqueza de los infinitos instrumentos que, concebidos por la razón y producidos con la mano, subvienen artificialmente a las necesidades del hombre no paliadas naturalmente»32.
La Real Academia de la Lengua Española define el término persona como individuo de la especie humana, y añade otras definiciones desde las perspectivas del derecho y de la filosofía: sujeto de derecho y supuesto inteligente, respectivamente. Por biología, sabemos que lo que mejor identifica a un individuo como perteneciente a una especie es su acervo genético, es decir, la información contenida en las moléculas de su ADN, que encierran la información necesaria para su desarrollo ontológico. La identidad genética, escrita en el ADN de cada individuo, se mantiene de forma invariable desde la fecundación hasta la muerte. Por ello, todo individuo que posee ADN humano es un ser humano, independientemente del momento del ciclo vital que se considere: embrión, feto o adulto.
Cuando Jérôme Lejeune fue consultado por el juez Jay Christenberry en el caso Davis vs. Davis, sobre si se les debían aplicar los mismos derechos morales a un embrión o un feto humano que a un adulto, contestó lo siguiente: «Por lo que se refiere a su naturaleza no existe diferencia entre el jovencísimo ser humano que usted fue y el que es ahora, porque en ambos casos usted era y es un miembro de nuestra especie. Lo que define a un ser humano es su pertenencia a nuestra especie»33.
Naturalmente se puede pensar que la persona es más que su ADN, ya que a la materialidad corporal se une de forma indisoluble el alma, como una unión propia de cada individuo. Este reconocimiento entra dentro del campo filosófico y teológico que veremos a continuación.
La aplicación de la condición de ser humano solo a los individuos que mostrasen sus propiedades de racionalidad constituye un error y un absurdo, pues para alcanzar la racionalidad, en el grado que sea, habrá de existir antes una identidad humana. Aun siendo la racionalidad la cualidad más genuinamente humana, ya existe identidad humana desde la fecundación. Por lo tanto, el respeto a la vida humana y sus derechos como persona, no debe basarse en que la racionalidad esté presente en acto, es suficiente con que esté presente en potencia. Si la biología ha demostrado que la identidad genética es inmutable a lo largo de la vida, debe reconocerse y en consecuencia extenderse la debida protección y salvaguardar su dignidad e integridad desde la fecundación hasta la muerte natural. Desde esta perspectiva no es admisible negar la dignidad a una persona que por un accidente o una enfermedad haya perdido, tal vez temporalmente, sus capacidades mentales. A esto se refería la Dra. Vila-Coro cuando decía: «Un individuo no es persona porque se manifiesten sus capacidades, sino al contrario, estas se manifiestan porque es persona: el obrar sigue al ser; todos los seres actúan según su naturaleza»34.
Un elemento importante en los debates bioéticos de los últimos tiempos es el derecho a la vida, cuestionado a través de prácticas como la eliminación de embriones procedentes de las técnicas de fecundación in vitro, el aborto y la eutanasia, que veremos en capítulos posteriores. Es importante señalar desde este momento que la biología sitúa el inicio de la vida humana en la fecundación. Viene bien recordar una de las muchas maneras de defender esta evidencia por el Prof. Lejeune: «Cada día, la ciencia nos descubre un poco más las maravillas de la vida oculta, de ese mundo bullicioso de la vida de los hombres minúsculos, aún más asombroso que los cuentos para niños. Porque los cuentos se inventaron partiendo de una historia verdadera; y si las aventuras de Pulgarcito han encantado a la infancia, es porque todos los niños, todos los adultos que somos ahora, fuimos un día un Pulgarcito en el seno de nuestras madres»35.
Suele tenerse como una definición clásica del término persona la del filósofo romano Boecio (480-525): «sustancia individual de naturaleza racional». A diferencia del resto de los seres vivos, el ser humano se caracteriza por estar dotado de una realidad indisoluble de cuerpo y alma.
Además de destacar la racionalidad, la filosofía, basándose en la capacidad de discernimiento del ser humano, destaca el carácter único e irrepetible que le caracteriza. Hay en esto un punto de coincidencia con el carácter único y singular que demuestra la biología por la singularidad e identidad genética adquirida tras la fecundación.
La racionalidad, el rasgo más característico y distintivo de los seres humanos, sigue un proceso de desarrollo o está supeditada a estados discontinuos de la conciencia de uno mismo. No existe en un embrión, ni la podemos observar en la etapa fetal, pero sabemos que desde el inicio de la vida hay un proceso progresivo que cristalizará en su máxima manifestación después del nacimiento. Tampoco se exterioriza mientras dormimos o puede perderse por un accidente, pero es un rasgo característico de los seres humanos. Para Aristóteles la dignidad de un hombre es inherente no solo a su realidad sustancial sino también a sus potencias. Si accidentalmente no se llegara a desarrollar la conciencia o no se recuperase la racionalidad, no por ello se reduciría la dignidad del ente humano, pues no por ello desaparecería ni cambiaría la sustancia individual de quien es un ser humano.
La dignidad que caracteriza a cada vida humana, se refiere precisamente al carácter único, y por tanto personal de cada ser humano. Al profundizar en el concepto filosófico, Emmanuel Kant (1724-1804) señaló que lo que caracteriza a la persona es la posesión de una dimensión especial que le confiere una proyección diferente de los objetos de la naturaleza, el mundo de la ley moral de la que dimana la dignidad36. Los seres racionales son personas en tanto que constituyen un fin en sí mismos, no se deben emplear como un mero medio porque poseen libertad y son distintos de las demás criaturas naturales por su rango y dignidad. De acuerdo con Kant, la persona no tiene precio, no es un objeto, una cosa, sino que tiene valor en sí misma, a este respecto señala: «actúa de tal manera que consideres la persona del otro como un fin y nunca solo como un medio»37.
En definitiva, la dignidad de cada persona no es algo que se otorga, sino que se reconoce por el mero hecho de ser humano. Este concepto básico es fundamental para resolver cualquier duda en los debates bioéticos respecto a lo que se debe o no se debe hacer.
En la antigua Grecia el derecho partía del reconocimiento de unas normas que obligaban tanto a los legisladores como a los ciudadanos, y que Platón (427-347 a.C.) basó en el reconocimiento de un derecho natural, un derecho ideal, una norma que permite fundamentar y valorar las leyes positivas.
Los romanos utilizaron el término persona con dos significados diferentes. En primer lugar, como sinónimo de hombre, cualquier individuo de la especie humana. En segundo lugar, el término persona era sinónimo de máscara. Es decir, el disfraz que se ponían los actores en la representación de los personajes de las comedias que representaban. En este caso el significado tiene más que ver con la personalidad y el papel social de cada individuo humano. Para María Dolores Vila-Coro, representar u ostentar un papel, no modifica el que se sea o se deje de ser ontológicamente persona38. Este es posiblemente el punto de discusión que puede oscurecer la consideración de persona, ya que el Art. 29 del Código Civil español, dice que: «El nacimiento determina la personalidad; pero el concebido se tiene por nacido para todos los efectos que le sean favorables, siempre que nazca con las condiciones que expresa el artículo siguiente». Y el Art. 30 dice que: «La personalidad se adquiere en el momento del nacimiento con vida, una vez producido el entero desprendimiento del seno materno». Al señalar que el concebido se tiene por nacido solo tras el parto, se excluye del derecho a la vida a los no nacidos, y de paso se niega la condición de persona a quienes careciesen de personalidad. A esto se refiere también la Dra. Vila-Coro cuando dice: «al excluir por la ausencia de cualidades a determinados individuos del concepto persona cometen una falacia naturalista. No se aperciben de que la realidad personal no puede alcanzarse desde el plano empírico-descriptivo porque lo trasciende e invade el ámbito de la metafísica»39.
El profesor Vicente Bellver, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia, señala que: «El primer objetivo del Convenio de Oviedo es proteger al ser humano en su dignidad e identidad (art. 1)» y, al comentar este artículo, añade: «Se reconoce la existencia de un principio aceptado universalmente según el cual la dignidad humana y la identidad del ser humano deben respetarse tan pronto como la vida comienza. Queda claro que el Convenio no identifica dignidad con autonomía y que el ser humano no autónomo por no nacido (que en algunos ordenamientos jurídicos no tiene reconocida la condición de persona) también debe ser tratado con dignidad40».
El también jurista y catedrático de Filosofía del Derecho, Ángel Sánchez de la Torre, dice en relación con el derecho a la vida del concebido no nacido que «el derecho se construye siempre sobre la realidad, ningún derecho es una abstracción. El derecho a la vida es lo más concreto que existe. Ningún sistema jurídico que se precie de serlo puede convertir un delito en un derecho. El derecho es lo que es, y no lo que los políticos, ni siquiera los legisladores quieren que sea»41.
En cualquier caso, la idea del ser humano como persona es fundamental como base del respeto y reconocimiento de su dignidad, lo que se defiende desde la perspectiva del derecho natural. Este no tiene nada que ver con modas pasajeras o culturales, variables entre pueblos y épocas históricas, sino que es algo que precede a todo desarrollo filosófico, cultural o religioso, y que da fundamento a las normas éticas y morales propias de la naturaleza humana.
La valoración de lo que está bien y lo que está mal, en relación con las acciones sobre los seres humanos, exige el reconocimiento de la ley natural como elemento constitutivo y marco de referencia. El Prof. Andrés Ollero, catedrático de Derecho Constitucional y magistrado del Tribunal Constitucional Español, coincide con el también jurista americano Ronald Dworkin (1931-2013) al reclamar el derecho natural del siguiente modo: «Todo parece confirmar la identificación entre lo que él llama ‘moralidad política’ y lo que cabría entender como ‘derecho natural’; en concreto: la existencia de unas exigencias jurídicas objetivas, que puedan garantizar un mínimo ético capaz de posibilitar una existencia realmente humana, teniendo como fundamento una determinada concepción del hombre, racionalmente cognoscible y argumentable»42.
Partamos por tanto de la base de la existencia del derecho natural, unas normas universales, atemporales y no escritas, que no tienen origen cultural y que deben regir por igual para todos los hombres. En el derecho natural se basa el reconocimiento del valor intrínseco de todo ser humano. Si la vida humana tiene un marco que comprende desde el momento de la fecundación a la muerte, parece obvio que, como norma general del derecho natural, ha de haber la obligación de protegerla a lo largo de todo su ciclo vital, no solo desde el parto.
El reconocimiento de la dignidad humana es evidente en la tradición cristiana. Lo fue ya en el Antiguo Testamento, al considerar que el ser humano fue obra de Dios, y se reforzó en el Nuevo, cuando Dios mismo se hizo hombre.
El fundamento vuelve a ser el derecho natural. Cada vida humana debe ser respetada por la dignidad que le es inherente. Una dignidad que debe ser reconocida y no otorgada en función de unos criterios físicos o materiales que de forma arbitraria se desearan adoptar. Cada ser humano tiene derecho a su vida personal y debe ser valorado como alguien y no como algo que se juzga en función de criterios de utilidad o valor material. A este respecto, el Catecismo de la Iglesia católica señala: «La ley natural, presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y sus deberes fundamentales. Existe ciertamente una verdadera ley: la recta razón. Es conforme a la naturaleza, extendida a todos los hombres; es inmutable y eterna; sus órdenes imponen deber; sus prohibiciones apartan de la falta»43.
El humanismo cristiano propone el amor a los demás como el principal principio motor de sus acciones. Nuestra misión como seres humanos, sociales y hechos para amar, es hacer todo lo posible para que las personas que nos rodean y con las que convivimos, nuestra esposa o esposo, nuestros hijos y todas las personas que constituyen nuestro prójimo, se realicen como personas. Eso significa amar, buscar el bien de los demás.
Las ideas del cristianismo sobre el reconocimiento de la dignidad y el amor al prójimo se expandieron por todo el mundo occidental a medida que la evangelización se fue extendiendo, ya desde el Imperio romano. La buena nueva cristiana sobre la inmortalidad de la vida humana invirtió la antigua relación entre el hombre y el mundo y elevó el reconocimiento de su dignidad.
Para el filósofo, matemático y escritor francés Lecomte de Noüy (1883-1947): «La única meta del hombre debería ser el logro de la dignidad humana con todas sus implicaciones. En otras palabras, todas las adquisiciones intelectuales, todas las facilidades de la sociedad pone a su disposición —escuelas, universidades, bibliotecas, laboratorios—, todas las ofrecidas por la religión; todas las ocasiones que se le presentan para desarrollar sus aptitudes, su trabajo, su descanso, debe considerarlas como instrumentos destinados a mejorar su personalidad y su ser moral y a hacerlos progresar»44.
El humanismo cristiano reconoce la dignidad e igualdad de todos los hombres, con independencia de cualquier consideración. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein (1891-1942), religiosa carmelita, mártir y santa alemana de origen judío que padeció la persecución nazi, dirigió una carta al papa Pío XI en la que decía que: «Hemos de tener en cuenta que el afianzamiento de una ética real de la dignidad solo se puede lograr a través del convencimiento de que los demás son personas iguales a nosotros, con una sensibilidad y un proyecto de vida singular, en definitiva con una dignidad, que no se debe romper»45.
Sin embargo, el concepto cristiano de la dignidad no ha sido aceptado ni respetado con toda su fuerza en todo tiempo y lugar, y es uno de esos principios sometidos a discusión. Ello explica, por ejemplo, que se mantuviera una resistencia a abolir la esclavitud durante siglos, la aparición de las corrientes racistas y eugenésicas en la transición hacia el siglo XX o la negación del derecho a la vida de los no nacidos implantada en muchos países en la actualidad.
Probablemente la corriente más corrosiva contra los principios básicos de la dignidad sea el relativismo, que al no reconocer la existencia de una ley natural ni de unas verdades absolutas, deja al arbitrio de cada uno y en cada momento, la valoración que le merecen los hechos que requieren una decisión sobre lo que está bien o está mal. El relativismo es corrosivo en la bioética al someter la dignidad, el valor de las personas, a criterios cambiantes de carácter material, social o de utilidad pública.
El cardenal Carlo Caffarra en su obra póstuma dice: «La verdadera raíz de las graves tribulaciones […] es el haber construido toda nuestra civilización —la filosofía, la ciencia, los ordenamientos jurídicos y políticos, la economía y la financiera—, sobre una falsa imagen del hombre […] ¿De qué hombre hablamos?, ¿Qué metro utilizamos para medir su dignidad? […] La Santa Navidad nos recuerda que la medida de la dignidad del hombre es precisamente hacerse hombre de Dios (Karol Wojtyla). Y cada vez que se ha intentado excluir esta medida del horizonte de la vida humana y de la construcción de la sociedad humana, se ha llegado a la destrucción del hombre»46.
El Prof. Ollero señala los efectos negativos del relativismo y en este sentido nos recuerda las siguientes palabras de san Juan Pablo II: «Defender las normas morales universales e inmutables no tiene nada de humillante. Está solo al servicio de la verdadera libertad del hombre»47.
Personas son los individuos de la especie Homo sapiens
Antes de seguir conviene reforzar el significado del concepto de especie, que es un concepto estrictamente biológico. La especie, de acuerdo con la definición clásica del biólogo evolucionista Ernst Mayr (1904-2005), es el grupo de individuos o de poblaciones que podrían intercambiar sus genes mediante la reproducción y por tanto compartir un acervo genético común, pero que están aislados de otros grupos en su capacidad de reproducción, aunque conservan pocos o muchos rasgos biológicos afines. Lo importante de esta definición no es tanto la existencia de mecanismos que impiden la reproducción entre individuos de distintas especies, como que estos mecanismos tienen una base genética. La identidad genética, en este caso el patrimonio genético de la especie, es el criterio fundamental.
Por ello, la especie Homo sapiens incluye a todos los seres pertenecientes a las poblaciones humanas, aunque existan barreras geográficas entre ellas, y excluye a los seres que carecen de una identidad genética humana, con las que existen mecanismos genéticos de aislamiento reproductor48. Tal como hemos descrito el concepto de persona, no tiene sentido hablar de personas no humanas aplicado a individuos de otras especies de homínidos, como los chimpancés, gorilas u orangutanes. Sin embargo, los defensores del Proyecto Gran Simio proponen que esta figura jurídica le sea aplicada a los animales que muestran elevadas capacidades cognitivas, una notable inteligencia e incluso conciencia, en comparación con el resto de las especies. Paradójicamente quienes defienden la calificación de personas no humanas a estos animales, también sostienen la posibilidad de la existencia de humanos no personas.
Debe quedar claro quién es persona y quién no lo es. La exclusión como personas de individuos humanos por razones de estado de desarrollo, facultades físicas o mentales, raza o cualquier otra categoría que se quisiera aplicar es un atentado contra los derechos humanos.
La comprensión de la persona como centro de los valores morales pertenece a la cosmovisión bíblica y a la tradición teológica cristiana. Fue formulada con toda claridad por santo Tomás de Aquino (1224-1274) en el libro tercero de la Suma contra los gentiles, cuando decía: «Dios ha dispuesto las criaturas racionales como para atenderlas por ellas mismas, y las demás como ordenadas a ellas»49.
Partiendo de los datos de la ciencia en relación con el inicio de la vida humana parece obvio que desde la fecundación y en todas las fases que suceden a continuación —embrionaria, fetal y adulta—, estaríamos ante el mismo individuo merecedor del mismo respeto a su dignidad como persona, que en consecuencia debería estar sujeto a los mismos derechos, siendo el principal de todos ellos el derecho a la vida. Sin embargo, a veces sucede que los principios más elementales se supeditan a intereses espurios, lo cual, en contradicción con las razones que la inspiraron desde su inicio ha entrado también en el mundo de la bioética.
La mayoría de los pensadores sostienen una posición de respeto a la vida humana en todas sus etapas y circunstancias. Así, el filósofo suizo Antoine Suárez, fundador del Center for Quantum Philosophy de Zúrich, afirma que el desarrollo significa tránsito de la posibilidad a la realidad, de la potencia al acto, y que mediante el desarrollo lo posible se transforma, pero la realidad es la misma desde el primer instante. En bioética es importante tener esto muy claro para valorar la vida humana especialmente en sus fases iniciales. Ni el tiempo transcurrido ni las condiciones de salud de un ser humano pueden convertirse en el factor determinante de su categoría. Si existe un continuum genético y por tanto biológico desde la fecundación, existe una vida humana a la que no se le pueden negar los derechos humanos.
La afirmación de que toda vida humana es persona, desde la fecundación hasta la muerte natural, ha sido siempre reconocida por la antropología de inspiración cristiana. El papa emérito Benedicto XVI, pronunció estas preciosas palabras en una homilía previa a la Navidad del año 2010: «Respecto al embrión en el seno materno, la ciencia misma pone en evidencia su autonomía capaz de interacción con la madre, la coordinación de sus procesos biológicos, la continuidad del desarrollo, la creciente complejidad del organismo. No se trata de un cúmulo de material biológico, sino de un nuevo ser vivo, dinámico y maravillosamente ordenado, un nuevo individuo de la especie humana. Así lo fue para Jesús en el seno de María; así lo ha sido para cada uno de nosotros, en el seno de la madre. Con el antiguo autor cristiano Tertuliano podemos afirmar: ‘Es ya un hombre aquel que lo será’ (Apologético, IX, 8); no hay ninguna razón para no considerarlo persona desde la concepción»50.
Por contra, han surgido corrientes que propugnan la existencia de diferentes categorías en función de las diferentes capacidades físicas e intelectuales humanas. Esta idea no se basa en los datos de la biología, sino que se trata de una construcción filosófica.
De este modo, en la bioética se ha producido una bipolarización sobre cómo debe valorarse la vida humana. Simplificando el panorama actual, se podría decir que hay dos polos contrapuestos, aunque con corrientes más o menos radicales en sus planteamientos. Las dos posturas se podrían resumir con los términos personalista y utilitarista. En lo que sigue expondremos muy resumidamente las líneas generales de estos enfoques.
La bioética personalista considera como primordial la dignidad que hace iguales a todos los hombres y su objetivo principal es la defensa del derecho a la vida. Desde esta perspectiva nadie tiene derecho a decidir sobre la vida de otra persona y cualquier actividad sobre la vida humana debe tener presente la naturaleza personal del hombre y su plena realización. En su consideración el hombre tiene la doble dimensión corpóreo-espiritual. Los criterios éticos para distinguir entre las acciones correctas o incorrectas se pueden basar en éticas religiosas o no religiosas. Entre las primeras, se tienen en cuenta normas morales regidas por un código deontológico religioso, con una aceptación de la ley natural como marco de referencia. Sería el modelo de bioética personalista que ofrece la Iglesia católica. Entre las no religiosas, que siguen planteando un valor especial de la persona, estaría la ética de Kant. Diego Gracia51, catedrático de Historia de la Medicina, distingue dos modelos éticos de bioética personalista, uno ontológico y otro epistemológico. En el primero se encontraría el principalismo, basado en las nociones que sostiene la Iglesia católica, eminentemente principalista. Una variante de esta visión ontológica, es el formalismo o deonlologismo, que arranca de la ética de Kant y que a su vez presenta diversas versiones, una fuerte y otra débil.
Nosotros nos vamos a referir a la bioética personalista basada en una la antropología de inspiración cristiana. Según esta, el cuerpo y el alma están unidos de forma integral y de esta unión indisociable emergen todas las cualidades de la persona. El reconocimiento de esta realidad ontológica se ha de extender desde la concepción hasta la muerte natural, y la condición humana debe ser considerada no solo en acto sino también en potencia. Todo individuo de la especie Homo sapiens debe ser respetado como persona con independencia del momento del desarrollo y de sus capacidades físicas e intelectuales.
Esta concepción fue sostenida por santo Tomás de Aquino, se basa en la concepción de Boecio de la persona, y tiene en cuenta que el alma —naturaleza racional—, constituye junto con el cuerpo —sustancia material—, un solo ser. En su planteamiento más reciente es la postura que siempre sostuvieron los cardenales Elio Sgreccia (1928-2019)52 y Carlo Cafarra (1938-2017)53. La misma idea se ha mantenido a lo largo de la historia de la Iglesia católica y se ha concretado en múltiples documentos magisteriales, y más recientemente en las instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe relacionadas con la dignidad humana, Donum vitae (1987) y Dignitas Personae (2008). En este último documento, se señala: «Si Donum Vitae no definió que el embrión es una persona, lo hizo para no pronunciarse explícitamente sobre una cuestión de índole filosófica. Sin embargo […] existe un nexo intrínseco entre la dimensión ontológica y el valor específico de todo ser humano. Aunque la presencia de un alma espiritual no se puede reconocer a partir de la observación de ningún dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano ofrecen una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana?»54.
En efecto, los datos de la ciencia nos indican que el estado embrionario humano es la primera etapa de una nueva realidad corporal inequívocamente humana. Negar esta obviedad es anticientífico y los datos científicos deben constituir la base de partida de cualquier debate en bioética. Sobre esta verdad cabrá añadir después otras consideraciones, pero no cabe dudar de que, ante una realidad humana, tenemos el deber de reconocer su dignidad y respetar su derecho a la vida. Ese fue el sentido de la bioética desde su origen por Van Rensselaer Potter.
Sin embargo, como veremos a continuación, la propia dinámica de la ciencia aplicada ha dado origen a otros enfoques, que se alejan del reconocimiento kantiano del valor de cada ser humano como un fin en sí mismo.
A pesar de que originalmente la bioética nació para ayudar a tomar decisiones en relación con la vida humana en el campo de la salud, han aparecido otras orientaciones que obedecen a otros modos de encarar las cuestiones bioéticas. Lo que une a estas nuevas corrientes no es el reconocimiento del valor del ser humano en sí mismo, sino los beneficios materiales a obtener de las actividades sobre la vida humana, de modo que se asegure el mayor bienestar al mayor número de personas.
Según este planteamiento en el juicio entre lo correcto y lo incorrecto se tiende a aceptar cualquier idea que se suponga útil, olvidando a veces los principios de justicia y beneficiencia y el respeto a la dignidad. Como dice el Dr. Manuel de Santiago, impulsor de la Asociación Española de Bioética y Ética Médica —AEBI—: «Los políticos y el poder económico decidirán cada vez más el terreno donde operarán la Medicina y la ciencia biomédica; canalizando el gran desafío del futuro: técnica o ética, utilidad o valores»55.
En líneas generales, los planteamientos de la bioética utilitarista se basan en diversos criterios56. En general, la bioética utilitarista trata de responder a las preguntas sobre qué acciones son correctas y cuáles incorrectas en función de la naturaleza de las consecuencias, razón por la que a este enfoque se le llama también consecuencialismo. El denominador común es la utilidad para terceros y el relativismo con el que se valoran las diferentes etapas de desarrollo o las condiciones de su salud física o mental. En los planteamientos más radicales, domina el materialismo, hasta el punto de considerar al hombre como una especie más de la naturaleza, sin considerar su especial dignidad. Monseñor Elio Sgreccia explicaba esta corriente del siguiente modo: «La especialización sobre el hombre en el plano científico va acompañada por la atomización del concepto en el plano teórico-filosófico por parte de algunas corrientes del pensamiento fenomenológico que, reduciendo al hombre a su dimensión inmanente y materialista, no captan el núcleo ontológico-metafísico que constituye la clave última, que fundamenta y unifica, al ser humano en cuanto tal»57.
Con carácter general, la bioética utilitarista valora la vida humana según criterios relativos de calidad y utilidad, establecidos por la propia sociedad en función de intereses puntuales, medibles cuantitativamente o consensuados. Así, por ejemplo, hay una corriente en bioética excesivamente ceñida al principalismo, que valora los principios de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia de forma rígida, sin explicar muchas veces qué jerarquía debe otorgarse a cada uno de ellos en los muchos casos conflictivos que surgen en la práctica médica58.
Otro modo de enfocar las deliberaciones es lo que se ha dado en llamar la bioética de consenso, también denominada contractualismo. Ante la dificultad de resolver un problema mediante la aplicación de normas éticas de carácter universal, que son generalmente puestas en tela de juicio, se propone una solución de consenso, resultado de un acuerdo entre quienes sostienen diferentes opiniones. Se busca una ética de mínimos, basada en acuerdos puntuales que puedan ser consensuados. Decidir sobre un tema relacionado con la bioética en estas condiciones no deja de ser una solución fácil, útil en la práctica, pero que puede ser profundamente injusta y opuesta a la realidad. Pensemos por ejemplo en las diferentes opiniones que existen sobre el valor de la vida humana embrionaria o fetal. Para algunos un embrión no es más que un conglomerado de células, para otros, entre los que nos encontramos, el embrión es una realidad humana organizada y en pleno desarrollo. Consensuar entre estos dos polos no tiene sentido. Lo que debe hacerse es atender a los datos de la ciencia que por su objetividad son irrefutables.
Cuando se categoriza a los individuos humanos de acuerdo con unos estándares de calidad de vida, cualquier argumento vale para justificar las prácticas eugenésicas, la selección y eliminación de embriones, el aborto y la eutanasia, etc.
Entre las posturas más extremas estarían las que sostiene el filósofo norteamericano Tristram Engelhardt para quien, entre otras afirmaciones parecidas, «los seres humanos adultos competentes —no los mentalmente retrasados—, tienen una categoría moral intrínseca más elevada que los fetos o los niños pequeños»59. Desde esta posición es difícil que se le reconozca o siquiera se le otorgue ningún valor a la vida humana embrionaria o fetal, o que se considere de la misma manera la vida humana adulta de una persona con síndrome de Down, con una discapacidad, un enfermo mental, etc.
Otro enfoque conectado con el anterior es el funcionalismo, una corriente sustentada por el filósofo australiano Peter Singer, profesor de la Universidad de Princeton en EE.UU., que opina que el hombre es una especie más de la naturaleza, sin diferencias apreciables ni por tanto acreedor de derechos individuales60. Para este autor la pretendida superioridad del ser humano sobre el resto de los animales no es más que un prejuicio cultural. Singer no tiene inconveniente en otorgar un valor cualitativo a la vida humana en función de sus capacidades. De este modo, en la filosofía de Peter Singer «no todos los seres humanos son personas» y «solo hay derechos para los seres autoconscientes».
Lo que parece evidente es que no se puede discutir el valor intrínseco de la vida humana, sustentado por la ciencia, avalado por la filosofía y la ética y mantenido por una concepción humanística cristiana. María Dolores Vila-Coro señalaba que «el término persona ya se ha utilizado para excluir de la protección del Derecho a seres humanos a los que se ha negado tal condición. Ha tenido vigencia siempre que se ha querido despojar de sus derechos a un determinado grupo de personas: esclavos, indios americanos […] ha servido también para poner de manifiesto que a ciertos grupos humanos se les ha tratado como individuos pero no como a seres con dignidad: no se ha reconocido que el valor de todo ser humano trasciende el orden puramente biológico»61. Y en otro lugar decía: «Difícilmente puede defenderse una bioética que no sea personalista al ser la actividad del hombre el objeto de esta ciencia. La bioética personalista reconoce el valor de la persona humana en sí, no por su utilidad».
La genética en el centro de los debates de la Bioética
A la vista de los puntos anteriores se pone en claro la necesidad de tener un buen conocimiento de los datos de la ciencia. Los principios y códigos morales son por supuesto importantes en bioética, pero los datos objetivos que aporta la ciencia no pueden relegarse a los intereses ideológicos, políticos o económicos. Por poner algunos ejemplos, no sería lógico hablar de patentes de genes sin saber qué es un gen y cuál es su papel biológico, o utilizarlo por intereses económicos como si fuese el fruto de una invención humana en lugar de un elemento natural parte de un genoma. Del mismo modo, no se puede ignorar que un embrión humano producido en el laboratorio mediante las técnicas de fecundación in vitro no es un artefacto o un producto de la tecnología, ni un preembrión, como se pretende denominarlo con clara intención de reducir su significado, sino un ente que tiene la misma naturaleza humana que un embrión procedente de una fecundación natural, etc.
En este sentido, la genética se ha convertido en un área central en los estudios de la biología y muy importante en el debate bioético, ya que da respuesta a muchas preguntas sobre los seres vivos y sus propiedades. Desde el nacimiento de la genética, a principios del siglo XX, esta rama de la biología ha ido añadiendo nuevos datos y ha permitido explicar muchas de las preguntas fundamentales en relación con el fenómeno de la vida a todos los niveles, molecular, celular, individual, poblacional, de especie o incluso por encima de la especie. Los genes, como elementos comunes y determinantes de los caracteres de los seres vivos, han sido el polo de atracción de muchas investigaciones. Su conocimiento ha permitido explicar fenómenos tan importantes como el desarrollo, la diferenciación celular, el sexo, la reproducción, las mutaciones, el parentesco, la biodiversidad, el comportamiento, la capacidad adaptativa, la evolución, etc.
La genética explica de qué modo está organizada la información de los genes, cómo se transmiten, cómo se expresan y cómo se producen las mutaciones y en consecuencia la diversidad que caracteriza la vida. Todo un conjunto de fenómenos naturales cuyo conocimiento se ha ido acumulando en un tiempo realmente breve desde su aparición en el mundo de la biología, pero que ahora adquiere una dimensión especial en el mundo de la bioética.
La importancia de la genética en el contexto de la biología y de la bioética se debe también a la cantidad de aplicaciones que de su ámbito de conocimiento se han derivado. Especialmente desde que se descubrió el ADN y el código genético y se aprendió a aislar genes, clonarlos en el laboratorio y secuenciarlos, se abrió el camino hacia las tecnologías de ingeniería genética. A partir de ahí surgieron iniciativas de manipulación, modificación y edición de los genes, métodos de identificación a partir de muestras del ADN individual, análisis genómico y su comparación interespecífica, síntesis artificial de genes y genomas sencillos, etc. Todas estas aportaciones han determinado que la genética, aparte de su importante contribución en la integración de los conocimientos sobre los seres vivos, haya favorecido la aventura de aplicarlos con diversos objetivos relacionados con los campos de la industria, la ganadería, la agricultura y la salud.
Muchas de las aplicaciones derivadas de estos conocimientos se enfrentan con principios éticos, tanto si se dirigen al propio hombre como si lo hacen hacia el resto de las especies de la naturaleza. El éxito en la alteración de las características genéticas de todo tipo de organismos, virus, bacterias, levaduras, hongos, plantas o animales, ha inspirado la posibilidad de su extensión a los seres humanos. Si la selección de una cepa bacteriana con características modificadas genéticamente puede acarrear beneficios de carácter industrial o ambiental, y la transgénesis es buena para los cultivos de plantas cultivadas o los animales domésticos, no es lo mismo en su aplicación a los seres humanos si no se realiza con precisión y para beneficio del sujeto sobre el que se realicen. La utilización de los métodos diagnósticos para valorar la calidad genética de los seres humanos, o su selección, en función de los genes, se convierte en un acto de eugenesia que podría adquirir caracteres de genocidio de ejercerse sobre determinadas poblaciones.
La genética, junto con otras áreas de la biología y en especial la biología celular y la embriología, ha suministrado los datos necesarios para resolver preguntas tales como: ¿cuándo empieza la vida?, ¿qué determina la identidad genética de una persona?, ¿cómo se edifica un ser humano adulto a partir de una sola célula?, ¿qué determina una enfermedad rara, o una discapacidad?, etc. La acumulación de estos conocimientos, unido a las consideraciones antropológicas sobre la dignidad de los seres humanos, aportan las claves necesarias para valorar la ética de las acciones a ejercer en los seres humanos.