Un día duro.
Problemas en la oficina, un amigo que deja de ser amigo, una llamada desconcertante anunciándote que tienes que pagar algo que creías que ya estaba cancelado, tu novia te ha dejado… Los motivos pueden ser múltiples y variados. Da igual cuáles sean. Lo único probable es que cuando llegues a casa, cenarás —o quizá no— y te acostarás en tu cama, a salvo del mundo exterior. Dormirás y mañana será otro día. La vida, con sus avatares, con sus venturas y desventuras, continuará y tú seguirás luchando por mantenerte activo, por salir adelante. Así es la vida.
Y es que, cuando las cosas se tuercen, el único cobijo son esas cuatro paredes que, con suerte, serán suyas después de haber terminado de pagar una hipoteca o serán tuyas porque, aunque no seas el propietario oficial, tendrás alquilada esa vivienda en la que duermes, vives y sueñas.
Todo lo malo quedará atrás cuando traspases el umbral de eso que llamamos hogar. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si cuando llegaras a casa lo que notaras fuera inseguridad y temor? ¿Y si te vieras abocado a abandonarla y buscar refugio en otro lugar? ¿Y si alguien o algo te quitara la poca tranquilidad de espíritu que te quedara?
No, no es al argumento de una película.
Son cosas que suceden en diferentes partes del mundo. Vienen ocurriendo desde que concebimos el concepto de hogar. Para los antiguos romanos ya existía el lar, que aludía a un espíritu que moraba en las casas cuya función era precisamente la de proteger el lugar y a quienes vivían en él. Pero, ese algo al que hacemos referencia en estas líneas, lo que sea (no vamos a ponerle nombre de momento), resulta que no es protector. Es justo lo contrario. Se ha encargado de desafiar a la humanidad a lo largo del tiempo. Y lo hace de una manera eficaz y poderosa. Cuando actúa, roba la tranquilidad y arroja a las sombras a los moradores. La vida se trastoca hasta tal punto que lo que parecía importante queda en segundo plano. Alguien ha llamado a nuestra puerta y al abrirla hemos descubierto que no es amable. Es un Intruso… O ¿quizá lo seamos nosotros para ello?
Javier Pérez Campos sabe muy bien a lo que me refiero. No en vano, ha recorrido miles de kilómetros para visitar esas casas, antes hogares, ahora campos de minas psicológicas, para entrevistarse con sus moradores e intentar comprender el fenómeno de los Intrusos. Ha escuchado sus relatos, ha observado sus miradas cuajadas de incertidumbre y ha tomado nota de todo en su cuaderno. También ha tratado de ayudarles de la forma que mejor ha sabido o podido, pero, por desgracia, no siempre lo ha logrado.
Intruso no es una palabra escogida al azar por Javier. Es la palabra justa, la que mejor define este fenómeno del que apenas sabemos nada. Sí, sabemos muy poco. Y no por falta de ganas e interés. Algunas personas, como Javier, se han dedicado con empeño a resolver ese desafío. Pero la realidad se impone y lo cierto es que, a medida que vamos conociendo casos, más nos perturba su escurridiza naturaleza.
En estos tiempos de confinamiento que nos han tocado vivir, muchos han podido comprobar que ese hogar que parecía tan agradable cuando llegábamos después de un día duro, en el que quizá pasábamos menos tiempo del que creíamos, resulta que no lo era tanto, que las casas hablan… a su manera, que el silencio era ensordecedor y que nuestra vivienda parecía no acogernos como antaño. Durante el estado de alarma, varias personas intentaron explicarme esto de diferentes maneras. De pronto su casa ya no era su casa. Algo había cambiado. Y ese algo es justo el objeto de este libro.
Con Javier vamos a viajar a los emplazamientos más insospechados; insospechados porque, en la mayoría de las ocasiones, son viviendas corrientes y humildes, habitadas por personas normales cuyas preocupaciones podrían ser las nuestras. Personas que no tienen nada de especial, ni rarezas, con trabajos y vidas corrientes con las que es fácil empatizar. Y lo haremos arropados bajo su paraguas y a través de su ojo diseccionador. Descubriremos que no todos los finales son felices, que no siempre se marcha eso que mora junto a los temerosos testigos, que a veces consigue que estos terminen abandonando la vivienda que debería ser objeto de bienestar. Otras veces, comprobaremos que, aunque se vayan y dejen atrás su pasado, este fenómeno les perseguirá allá donde vayan, que la cosa parece ir con ellos y no con el sitio en el que se vive. Aunque esto último sería materia para otro trabajo.
En algunas ocasiones, viajaremos a centros de trabajo. Lugares antiguos con un pasado terrible, reconvertidos en oficinas con ordenadores, archivadores, luces brillantes y muebles impersonales. O espacios que se han visto asaltados por la tragedia, pero que tienen que seguir en activo después de lo ocurrido. Ahí la cosa se complica porque no está el tema como para abandonar los empleos que tanto nos cuesta conseguir.
Javier nos conducirá también a viviendas en las que los testigos prefieren hacer oídos sordos a lo que tienen delante, que escogen no darse por enterados, aunque el asunto se ponga feo. Son emplazamientos que parecen llamar a determinados perfiles psicológicos, unos perfiles muy peculiares. Tanto que solo ellos podrían vivir en esos sitios marcados por el horror y la muerte. Otras veces se trata de personas que, cuando se trasladaron, desconocían por completo la historia de su nuevo hogar y ha sido después, una vez instaladas, cuando han comprendido que algo no iba bien. Y al realizar una pequeña búsqueda en internet para otros menesteres, se han topado con la historia terrible que arrastra su nueva casa.
En cualquiera de estos casos, Javier ha realizado un magnífico trabajo no solo de reporterismo, sino de sociología y narrativa empática. Él es el primer sorprendido por lo que ve y escucha de boca de los afectados, y no le es indiferente. No es un trabajo más. Para él es una cruzada, una forma de vivir y de sentir lo que vive con empuje y curiosidad. Una inquietud sana es lo que le mueve. Él también quiere respuestas. Quiere saber qué es lo que ocurre allí, si es que sucede algo, y se estremece cuando, de tanto visitar estos emplazamientos, un día le toca vivir algo inexplicable.
A algunos de esos lugares hemos viajado juntos y he podido leer en sus ojos lo que Javier no siempre verbaliza. Pese a su juventud, lleva ya mucho a sus espaldas. Se ha curtido en espantos, en noches en vela tras el fenómeno, en pasar frío a la espera de algo que no siempre llega. Pero todo le compensa porque a veces ha rozado el misterio con las yemas de los dedos y sabe que lo que le cuentan no siempre es producto de mentes sugestionadas que intentan dar salida a sus preocupaciones a través de una insospechada vía de escape. Recuerdo perfectamente su cara de desconcierto en el Refugio Militar de Cerler, en el Pirineo aragonés, cuando, durante un aislamiento, escuchó la lluvia caer y fuera no llovía. Tampoco olvido sus ojos en la casa de la calle Antonio Grilo, en Madrid, o su estupefacción ante lo que vivimos en Bélmez de la Moraleda, en Jaén, la noche en la que los sensores de movimiento se volvieron locos en un punto concreto de la humilde casa de María Gómez Cámara.
Javier es un buscador, y como todo aquel que busca, en ocasiones, se encuentra cara a cara con el fenómeno. Sinceramente, no se me ocurre mejor guía para este viaje frenético a través del misterio. Tiene las dosis justas de valor, respeto y apertura de mente para enfrentarse a eso que muchos califican de imposible. Y sabe contarlo. Esto último es muy importante. Te introduce en las historias como solo un abuelo lo haría al amor de la lumbre en una noche de invierno. Javier nos hará sentir que estamos allí, que nosotros somos los protagonistas y nos provocará un escalofrío… placentero, porque, a fin de cuentas, estaremos a resguardo.
Los Intrusos es un billete para asistir al horror sabiendo que después contaremos con la protección de nuestro hogar. Que sus historias, por verídicas que sean, no nos perturbarán en exceso. Y por eso os pido que os dejéis caer bajo el influjo de su escritura. Nosotros estaremos a salvo. Pero ¿cuántos no lo están? Javier ha querido hacer un homenaje a todos esos testigos con los que, durante años, se ha entrevistado, en algunos casos llegando a trabar amistad. Es imposible no sentir empatía ante su emoción, su obsesión por algunas historias y sus ansias de saber.
Entremos pues en Los Intrusos de su mano, sabiendo que nada malo nos pasará, pues su sabia escritura nos conducirá por la carretera más segura. Antes, Javier se ha asegurado de recorrer el camino secundario, el complicado, para mostrarnos sus hallazgos con valentía y tesón.
Ya llaman a la puerta, ya están aquí.
Son Los Intrusos.
Abramos sin miedo. Estamos en buenas manos.
CLARA TAHOCES, 2020
Nuestra historia empieza con la compra de una casa. Como tantas otras veces. Y descubrimos ya una serie de fórmulas que, comprobarás más adelante, son habituales: las mudanzas, las reformas, los pasados tormentosos o los enterramientos macabros bajo los inmuebles. Casi puedo escucharte decir: «Sí, ya, todo esto estaba en Poltergeist». No lo rebatiré, porque, al fin y al cabo, el cine se alimenta de las mejores historias. Y las mejores historias ocurren siempre en la realidad. Spielberg lo sabía bien cuando para escribir el guion de dicha película se inspiró en el caso real de la familia Herrmann.
Acompáñame a Seaford, Nueva York. Esta es nuestra primera parada, curiosamente a solo seis kilómetros de Amityville, la que terminaría convirtiéndose en la casa más encantada del mundo, también gracias al cine.1
Todo iba bien en aquella familia hasta que, sin motivo aparente, el 3 de febrero de 1958, a las tres y media de la tarde, todas las botellas de la cocina empezaron a volar de manera imposible. El extraño efecto fue propagándose por toda la vivienda, hasta que botes de champú, medicinas y hasta una botella con agua bendita imitaron el movimiento.
El fenómeno se repitió de manera intermitente en los días sucesivos ante la mirada estupefacta de James y Lucille, y también de sus dos hijos, de trece y doce años. Sucedía en los tres dormitorios, en el baño, en la cocina, en el diminuto comedor e incluso en el sótano. Durante una semana, diversos objetos volaron como si fueran desplazados por manos invisibles.
El susto inicial se transformó en perplejidad. Sin embargo, la ausencia de explicaciones convirtió la curiosidad en miedo e histeria familiar. Así que, al cabo de siete días, James Herrmann se vio obligado a llamar a la Policía.
—En mi casa está ocurriendo algo inexplicable y no sabíamos a quién llamar —dijo el padre de la familia Herrmann ante la atónita mirada de James Hughes, del Departamento de Nassau County, cuando le recibió en la puerta.
El policía llevó a cabo el protocolo habitual para los problemas domésticos. Porque esto no podía catalogarse de otra forma. No existían, ni entonces ni ahora, métodos de actuación para casas encantadas.
Hughes, con su mejor sonrisa conciliadora, reunió a los cuatro miembros de la familia en el salón y empezó un cuestionario habitual que acompañó de cierto descrédito. Puedes imaginarlo, ¿no?
De manera repentina, algo sonó en el baño. Era un golpe seco y perfectamente nítido. Después llegó otro. Y otro. Y otro. Su rapidez y las pequeñas dimensiones de la casa le permitieron llegar a tiempo para contemplar cómo varios botes de champú volaban por los aires.
El agente se marchó estupefacto, sin apenas decir nada. No sabemos qué sucedió en el coche patrulla, de camino a la comisaría. ¿Rezó? ¿Tembló? ¿Fue presa de una risa histérica? Eso debemos decidirlo nosotros, porque él nunca habló de ese trayecto.
Al llegar a su oficina, el agente Hughes afirmó haber contemplado algo insólito, para lo que él no tenía explicación, y solicitó poner el caso en manos del detective Joseph Tozzi, un observador nato de mente analítica.2
Arriba, James Herrmann, padre de familia, junto a su mujer Lucille y su hijo, también James, de 12 años. Abajo, única fotografía existente de la vivienda donde ocurrieron los fenómenos.
En la primera conversación, ambos tuvieron algo parecido a un altercado. Tozzi rechazaba por completo la vía sobrenatural. Para él, estaba claro: se trataba de una alucinación colectiva.
—Pero no había nadie más en la casa —dijo el policía.
—Que tú sepas —respondió el detective con sarcasmo.
La posibilidad de que alguien se hubiera colado por una ventana para atemorizar a un grupo de buena gente era perfectamente factible. Raro, pero factible. Más raro era, al fin y al cabo, que unos botes desafiaran las leyes de la gravedad.
Tozzi siempre manifestó que era escéptico. Antes de visitar la casa, lo hacía con decisión. Después de su visita, parecía más bien una excusa.
Al principio todo se desarrolló con calma. Como si el fenómeno esperara paciente a que el recién llegado se encontrara confiado.
El detective hacía las preguntas correspondientes con cierto cinismo. Anotaba en su cuaderno y asentía de forma casi robótica. La luz mortecina de un atardecer de febrero se colaba por la ventana de grandes dimensiones de la fachada. El tiempo discurría con aparente tranquilidad. Era buena señal. El agente solo esperaba terminar con el cuestionario y marcharse. La familia, sin embargo, sabía que algo podía ocurrir en el momento menos esperado.
Y ocurrió. De pronto, un objeto cruzó el salón a gran velocidad, desde la esquina noreste a la sudeste.

La familia Herrmann observa una estantería que se volcó de manera aparentemente inexplicable en el sótano de su vivienda, donde estaban ocurriendo decenas de fenómenos paranormales.
—¿Qué demonios…?
Y con esa simple pregunta, los esquemas de pensamiento del detective Joseph Tozzi, perfecto materialista y mejor padre de familia, se desmoronaron por completo.
La investigación policial barajó diversas posibilidades antes de asumir que algunas cosas carecen de respuesta lógica. Hablaron, por ejemplo, de señales de radio de alta frecuencia que pudieran generar ese tipo de movimientos. Analizaron también las sustancias contenidas en los botes. No encontraron elementos detonantes.
Nada podía explicar por qué en los días sucesivos, mientras Lucille, la hija de trece años, hacía sus deberes, su bote de tinta voló por los aires. Ni por qué al día siguiente volvió a hacerlo una botella de agua bendita.
El padre de familia, harto de la situación y de la falta de respuestas, recorrió la casa entera para recoger cada bote y recipiente. Ninguno estaba caliente. Las hipótesis ofrecidas no tenían ningún sentido.
Decidieron dar un paso más. Y como ocurre en muchos otros casos, buscaron respuestas en la Iglesia.
El 17 de febrero, el padre William McCloud, de la iglesia de Saint William the Abbot, en Seaford, entró en la casa para bendecirla.
Los fenómenos, pese a todo, continuaron atormentando a los Herrmann.
La búsqueda de respuestas obligó a publicitar la historia en los medios. Desesperada, la familia necesitaba que alguien arrojara algo de luz sobre lo que les estaba pasando. Quizá, conocer otros casos similares.
Recibieron la carta de Helen Connolly, una señora de setenta y cuatro años que había tenido un problema similar. Mesas, grandes sillones y hasta una chimenea artificial habían volado a lo largo de toda su vivienda de Revere, en Massachusetts. Al final, tras varios sobresaltos y noches de pesadilla había descubierto que se trataba de un problema de descenso de corrientes en su chimenea que había podido solucionar colocando una tapa metálica.
El detective Tozzi tomó muy en serio esta hipótesis. Llevaba días intentando explicar cómo una figura de porcelana había podido volar por todo el salón. Y esta era una opción que ni siquiera habían barajado. La chimenea. Las corrientes. ¿Cómo se les podía haber escapado?
Compraron una tapa metálica para cerrar la cámara de humos e impedir la entrada de aire. Y esperaron, confiando en haber encontrado la respuesta adecuada.
Como un Sherlock Holmes moderno, Joseph Tozzi se vio obligado a llamar a decenas de empresas que pudieran aportar datos al expediente Seaford, que empezaba a irse de las manos. Los medios de comunicación, alertados por la familia Herrmann, vertían todo tipo de información. El caso interesaba a la gente, que compraba periódicos y revistas para seguir de cerca la última hora del extraño episodio.
Por la casa pasaron miembros de la Corporación de Radio de América o de la Compañía de Luz de Long Island.3 Con caras de póker, removían cables y paseaban por las habitaciones con grandes aparatos que emitían sonidos estridentes. Algunos vecinos se arremolinaban en la fachada, deseosos de ver un episodio anómalo a través de las ventanas para así ser el objetivo de las miradas cuando ese fin de semana se reunieran con amigos para cenar.
El detective Tozzi lee, junto a la señora Herrmann, algunas de las cartas recibidas en el domicilio en busca de posibles respuestas.
La anécdota pasó a convertirse en problema cuando los fenómenos aumentaron en intensidad. A medida que pasaba el tiempo, aquello se iba tiñendo de matices agresivos. Había algo desagradable en el ambiente. Algo que parecía ir pudriéndose noche a noche. La familia había colocado algunas tallas religiosas, por recomendación del sacerdote William McCloud. Una de esas noches, la estatuilla de una virgen fue casi arrancada de la pared y cayó al suelo con gran virulencia.4
Tras varias jornadas de investigación, Tozzi puso a James Herrmann, el hijo de los Herrmann, en el punto de mira. Aseguraba que, en tres de cada cuatro episodios, él estaba presente, por lo que debía tener relación. Toda la familia observó con lupa al niño. Sin embargo, aquello solo sirvió para confirmar que los objetos seguían saliendo disparados sin explicación plausible. Parecía que alguien los lanzara en medio de una rabieta. Así que no tardaron en ponerle nombre: Popper. Así bautizaron al supuesto fantasma que estaba causando el caos en una casa baja de un barrio tranquilo. Un barrio donde nunca ocurría nada.
Días más tarde se unió a la investigación Robert Zider, físico del Laboratorio Nacional Brookhaven. Tras realizar varias pruebas de suelo, pasó a recorrer la casa con unas varillas de zahorí. Todos los allí presentes analizaban con curiosidad a aquel hombre de métodos poco ortodoxos. Se instaló un silencio absoluto. Minutos después, Zider dijo a la familia que muy posiblemente habría corrientes subterráneas bajo la casa, y eso estaría ayudando a crear alteraciones en el campo magnético.
Tras la intervención del físico, llegó el parapsicólogo Joseph Gaither Pratt, que les dio un término clave: poltergeist. A veces, les dijo, el ser humano era capaz de mover objetos con el poder del inconsciente. El testigo no lo sabe, pero su fuerza psíquica es tan potente que genera ese tipo de alteraciones en su entorno cuando se producen situaciones de estrés o cambios importantes en su vida. En ocasiones ocurre durante la adolescencia.
De nuevo las miradas fueron a parar al joven James. ¿Podría explicar eso por qué él se encontraba presente la mayoría de las veces?
Uno de los fenómenos más sorprendentes tuvo lugar durante esas fechas, ya a principios de marzo, cuando un enorme estruendo hizo saltar a todos los miembros de la familia. Procedía del sótano, no cabía duda. Los nervios estaban a flor de piel y ninguno quería bajar a comprobar lo que acababa de ocurrir, así que James, padre de familia, tomó las riendas. Bajó con rapidez, sin dar tiempo a que la parte irracional de su cerebro pudiera frenar sus pasos.
Un escalón. Dos escalones. Tres…
Empezaba a ver ya parte de la gran estancia que se extendía bajo los pilares de la vivienda.
Cuatro escalones. Cinco escalones.
Una sombra.
Una sombra agazapada aguardaba en el amplio espacio.
Algo de grandes dimensiones en la oscuridad.
La luz que llegaba de la cocina no era suficiente para que su cabeza decodificara la información. Así que varias elucubraciones le paralizaron.
El cerebro reptiliano estaba interpretando lo que percibía a su modo. «¡Peligro! ¡Peligro!», parecía gritar.
Pero James se armó de valor y continuó el descenso.
Seis escalones. Siete…
Allí seguía la sombra, inmóvil. Se trataba de algo inerte.
Entonces lo comprendió todo.
El enorme estruendo había sido provocado por una estantería de grandes dimensiones que se había volcado. Esa era la sombra que le había puesto en alerta. Se rio por la situación, pero, al intentar volver a colocarla en su sitio, se dio cuenta de que pesaba demasiado y apenas podía moverla.
Volvió a la primera planta, donde el resto de los Herrmann le esperaban con gran expectación.
La noche del 10 de marzo de 1958 se registró el último fenómeno. En el sótano, el tapón de una garrafa de cloro salió disparado, produciendo un enorme ruido.
Y así acabó todo, de un día para otro. De manera gradual, desaparecieron las visitas de policías, curiosos, científicos, electricistas, arquitectos, fontaneros, bomberos, periodistas y parapsicólogos. Llegaron a recopilar sesenta y siete perturbaciones de origen desconocido. De todas ellas, ni una sola recibió explicación.
Spielberg conocía bien esta historia, que apareció en los principales periódicos de la época, y, junto a Michael Grais y Mark Victor, acabaría firmando el guion de una de las películas más impactantes sobre fenómenos extraños: Poltergeist. Sin embargo, que algo ocurra detrás de una enorme pantalla no quiere decir que sea fruto de la ficción. El cine, creador y divulgador de los nuevos mitos, se ha convertido en el conductor de estas historias a las grandes masas. Curiosamente, en el cine de casas encantadas, Poltergeist se disputaría el podio con Amityville. Pues bien, ambas están basadas en historias reales y, además, solo seis kilómetros separan Amityville de Seaford. Sobre un mapa, la Old Sunrise Highway aún une una casa con la otra. Como un nexo evidente entre dos sucesos que marcaron a toda una generación de espectadores y pusieron en relieve un nuevo tipo de terror: la vulnerabilidad que uno siente ante lo desconocido cuando esto ocurre en el propio domicilio.
Con los años, las películas quedaron en la memoria colectiva y la gente olvidó que parte de esas historias ocurrieron de verdad. Quienes aún lo recuerdan son los testigos directos, que siguen manteniendo la versión que ofrecieron a los medios en su día. Lucille, la pequeña de los Herrmann, afirmó recientemente en una entrevista que no ha vuelto a pasar tanto miedo como en aquellos días.5
—Nunca he visto Poltergeist —añadió antes de despedirse—. Yo ya pasé mi propia pesadilla.
EXISTE UN ROSTRO COMÚN ENTRE LOS TESTIGOS de apariciones que suceden en domicilios particulares. Tras más de quince años investigando e incluso pernoctando en este tipo de lugares, soy capaz de detectarlo. E incluso de saber cuándo va a producirse esa mirada.
Quienes documentamos estos fenómenos solemos generar expectación en las familias que conviven con algo que son incapaces de explicar. Nos llaman y, para empezar, se sorprenden de que alguien esté dispuesto a escucharlos con respeto, sin risitas ni respuestas facilonas.
Nos reciben con generosidad en sus casas, nos abren sus puertas y a veces nos revelan detalles pertenecientes al ámbito más privado de sus vidas.
En mi caso siempre llego, para qué negarlo, con cierta esperanza: la de rozar lo imposible, la de presenciar algo digno de reseña. Pero la verdad es que no ocurre casi nunca y aceptarlo es el primer paso hacia la honestidad. La honestidad con el testigo, con el espectador y, lo más importante: con uno mismo.
Tengo la suerte de trabajar en Cuarto Milenio desde 2010, y eso me ha permitido entrar donde no entra nadie, conocer a personas interesantísimas y disponer de una serie de medios para la investigación poco habituales en este país. Pero, sobre todo, soy afortunado porque cuento con el respeto de un equipo que jamás me ha exigido nada. No necesito volver de un reportaje habiendo grabado una psicofonía, una luz extraña o siendo testigo de la aparición de una sombra. No. Nuestra única meta es la curiosidad propia. Y eso exige no pasar ni tolerar la alteración de los resultados en favor de un mayor dato de audiencia. Eso jamás ha ocurrido. Para mayor comprensión por vuestra parte y honestidad por la mía (esto será bidireccional), quiero compartir con vosotros todos los casos tal y como ocurrieron. Desde experiencias de auténtico miedo provocado por la mera sugestión hasta aquellas en que pude presenciar cosas que aún no puedo entender, como tanto anhelaba, y que me hicieron descubrir que quizá los fenómenos, cuando son inesperados —y la mayoría de las veces lo son—, no suelen ser bienvenidos.
Por otro lado, las casas encantadas pueden enseñarnos mucho de otras disciplinas: la sociología, las costumbres, la historia o la antropología. Estas y otras materias aparecen con mayor o menor protagonismo en los casos. Por eso, tras visitar estos edificios y entrevistar a familias enteras, he acudido a hemerotecas, librerías o tesis doctorales para completar los expedientes, y en ocasiones he encontrado datos que daban un nuevo sentido a todo lo descubierto. Estos elementos dispares otorgan entidad a un caso, y su desarrollo depende de la pericia e interés de quien investiga. En mi caso, tengo la facilidad de obsesionarme por todo. De querer llegar hasta el final de cada asunto. De querer obtener hasta el último detalle. Y aunque pueda parecer una virtud, a veces no lo es. El ansia de conocimiento puede nublar y llevarte al estado de hibris que los filósofos griegos conocían bien. Yo he pasado por algunos de esos periodos obsesivos que generan noches en vela, pesadillas y un miedo irracional.
Muchas veces, todo esto se acrecienta por la necesidad de ofrecer calma a quienes viven asustados por lo inexplicable.
Porque cuando termino la investigación y estoy a punto de marcharme, observo ese gesto común del que hablaba al principio. A veces es la mirada previa a una puerta que se cierra. Otras, un rostro en el retrovisor del coche. O una sonrisa que enmascara preocupación durante una despedida. Es el testigo, quedándose en su propio domicilio, vulnerable ante algo que puede ocurrir en cualquier momento y sin ninguna explicación. Puede que no sea hoy, ni mañana… Pero tarde o temprano volverá a suceder. La sombra a los pies de la cama. La risa de niño con la casa vacía. La mano que golpea la puerta del salón. La luz encendiéndose en la entrada como si alguien hubiera regresado a altas horas de la madrugada. Ante esto, nadie les dará una explicación. Es más, se reirán si pueden. Lo harán por atrevimiento, por ignorancia o para camuflar un miedo incontrolable. Lo harán, en definitiva, tarde o temprano. Y al miedo del testigo incorporarán así la amarga sensación de incomprensión que los llevará a terminar callando.
Esto es algo que en ocasiones complica la investigación y hace que esta se postergue durante años. A veces, incluso, termina por imposibilitarla.
Es algo que me ocurre ahora mismo mientras escribo estas líneas. La familia protagonista no quiere revelar su identidad. Pero quiero contaros su historia. Una historia que, de nuevo, comienza con la compra de una casa…
La familia de la que voy a hablaros adquirió esta vivienda hace unos años en una zona privilegiada de chalets frente a uno de los parques más amplios de Ciudad Real.
Se trata de una casa de dos plantas, con un amplio patio, que había que reformar por completo. El matrimonio estaba entusiasmado. Había sido una buena operación e iban a dejarla a su gusto. Durante días, idearon cómo sería la nueva estructura y pidieron presupuesto a distintas empresas.
Mientras tanto, decidieron aprovechar para ir limpiando el interior, porque los anteriores dueños habían dejado allí parte de sus enseres personales. Era extraño. Como si se hubieran marchado de un día para otro.
La tarde que comenzó todo estaban en el inmueble recién adquirido, llenando bolsas de basura, cuando los dos hijos de corta edad llegaron llorando del patio.
Tenían el rostro descompuesto. Estaban tan asustados que ni siquiera querían volver al patio a por la pelota con la que jugaban hasta unos segundos antes.
Los padres intentaron tranquilizarlos, pero fue en vano.
La situación se volvió tan complicada que se vieron obligados a dejar la limpieza para otro día y marcharse.
Mientras salían por la puerta, el pequeño hizo un comentario, apenas perceptible, señalando hacia una de las ventanas…
—La mujer calva —dijo sollozando aún.
Sin dar demasiada importancia a lo sucedido y atribuyéndolo al exceso de imaginación del pequeño, regresaron a la casa al cabo de unos días.
Los niños volvieron a quedarse en el patio con su pelota, pues los padres estaban perfectamente seguros de que no había pasado nada y no tenían miedo. Todo había sido una confusión propia de críos, no había duda.
De este modo, los adultos siguieron con sus quehaceres, rellenando bolsas para vaciar su casa de recuerdos ajenos. Recorrieron el salón, los baños y los dormitorios con paciencia, imaginando cómo serían cuando hicieran suya cada estancia.
En el exterior, los niños jugaban con el balón, que botaba de un lado a otro, cuando un movimiento los sobresaltó. Algo se movía en una ventana de la planta superior. Era, otra vez, esa ventana. Fijaron la vista. No era papá. Ni mamá. Allí había una mujer de tez pálida y desmejorada. Unas profundas ojeras se marcaban bajo los ojos como medias lunas. Saludaba sin sonreír. Parecía observar con curiosidad. Pero había algo aún más peculiar. La mujer no tenía cejas ni pelo. Era una mujer calva.
Los niños corrieron de nuevo hacia sus padres. El pequeño volvió a llorar, estaba aterrado. No conocía a aquella mujer y había algo antinatural en ella, una disonancia que captaban a la perfección. Sabían que no era como ellos. Era como si perteneciera a otro sitio.
Sobresaltados, los padres no podían creer que se estuviera repitiendo de nuevo aquella escena. Empezaba a ser preocupante. Al fin y al cabo, se trataba de la casa que acababan de comprar y en la que esperaban vivir tranquilos mucho tiempo.
—Confiad en mí, vamos a subir a la habitación donde habéis visto a la mujer. Veréis que no hay nadie —se aventuró el hombre.
Tras unos minutos de negativa y otros de aceptación, todos terminaron caminando escaleras arriba. La ventana que señalaban sus hijos pertenecía a la habitación de matrimonio, así que allí se dirigieron. Abrieron la puerta de par en par. Aún no habían empezado a limpiar esa estancia y en el ambiente reinaba olor a cerrado. Partículas de polvo en suspensión se veían a través de la luz tenue del atardecer que se filtraba por la ventana. Se asomaron al patio desde allí, desde el punto donde, poco antes, había estado observándolos la mujer. Pero no había nadie. Revisaron cada rincón. Miraron incluso bajo el somier de muelles.
Nada.
Nadie.
Solo había polvo y un extraño olor… Como a medicamentos.
La siguiente visita a la casa la hicieron sin los niños. Ellos no querían ir y a los adultos les preocupaba que terminaran cogiendo miedo al lugar donde iban a vivir.
Durante aquellos días, en las conversaciones privadas le restaban credibilidad a la visión; sin embargo, en su fuero interno ambos habían abierto una rendija a la remota posibilidad de lo inexplicable.
Sin planificación previa, se dirigieron a la habitación de matrimonio. Entraron guiados por una solemnidad involuntaria, como un teólogo ateo que accede a una iglesia gótica. La respiración era más densa en ese punto, aunque bien podía deberse a la sugestión. Al fin y al cabo, no podían ya obviar las palabras de sus hijos, que resonaban allí con especial densidad. La mujer calva… La mujer calva.
Decididos, pero aún guardando cierta cautela, abrieron el armario de madera, que chirrió y les devolvió un desagradable olor, como la boca de un enorme animal herido. Podía deberse a un par de mantas polvorientas allí almacenadas. Pero había también algo tenue, soterrado, que afloraba a duras penas. Un aroma que recordaba al de los hospitales. Como a desinfectante o a medicina.
En un estante había un par de cajas cerradas con cinta adhesiva.
Al intentar sacarlas, algo cayó desde el fondo del armario: una estructura metálica de gran tamaño que pudieron coger antes de que golpeara el suelo. Se miraron extrañados. Se trataba de un gotero de pie, como el que se usa en los hospitales para administrar medicación a los enfermos. Una herramienta poco común en un domicilio cualquiera.
Cada vez más extrañados, abrieron una de las cajas y se asomaron. Allí había varias cajas de medicamentos y alguna botella de suero.
De pronto parecía como si las ventanas hubieran bloqueado el ruido que hasta hace unos minutos se colaba desde el exterior. En la casa reinaba un silencio incómodo, y el paso de la tarde había dejado la estancia en penumbra. La pareja apenas se había percatado. Estaban inmersos en un descubrimiento que iba a dar un sentido aterrador a lo que sus hijos decían haber visto.
Porque al abrir la segunda caja encontraron más medicación. Al retirarla, tocaron algo apelmazado que llevaba allí demasiado tiempo.
Se trataba de una peluca.
Con el paso de los días la familia averiguó que allí mismo había vivido una mujer que luchó con fuerza hasta sus últimos días contra la enfermedad, hasta que el cáncer se la había llevado. Supieron así que la imaginación del pequeño parecía, pese a todo, haber dado con la clave para conformar una historia digna de novela. Pero era real, les había ocurrido a ellos. Y no sabían bien cómo explicarlo.
Finalmente pudieron reformar la casa y, con el paso de los años, los niños se convirtieron en adolescentes y olvidaron a la mujer calva. Los padres, hoy, lo relatan como una anécdota. No quieren darle más importancia.
Yo los entiendo. Viven allí.
Y cuando se trata del domicilio propio, es mejor no remover viejos fantasmas…
Cuando llegamos a casa y echamos la llave de la puerta,
nos gusta pensar que estamos dejando fuera los
problemas. Pero la buena historia de horror acerca del
Mal Lugar nos susurra que no estamos dejando fuera el
mundo, sino que nos estamos encerrando… con ellos.
STEPHEN KING, Danza macabra
EL CALOR DE FINALES DE JUNIO HABÍA INUNDADO cada rincón de la provincia de Málaga, ante una ola de vecinos y turistas que empezaban ya a prepararse para la temporada de verano.
Conducía por la MA-3303, desde Fuengirola hasta la pequeña población de Coín, en el valle de Guadalhorce. Eran las tres de la tarde y una luz taimada se colaba en el coche, fruto de la calima. El tráfico bullía espeso, quizá por la hora en que muchos estarían abandonando sus puestos de trabajo.
Frené con cierta desesperación. Llevaba horas viajando para entrevistarme con un anticuario que estaba a punto de entregar las llaves de un cortijo donde había vivido una pesadilla de varios años. En las últimas semanas, todo se había vuelto tan desagradable que era incapaz de aguantar más tiempo allí. Había decidido abandonar su proyecto. Y me había hecho el favor de esperar un par de días para poder mostrarme el lugar.
La información inicial me llegó gracias a Eva Gálvez, una periodista de Marbella a quien había conocido años atrás durante unas jornadas de periodismo en su ciudad. Mucho después de mi conferencia, recibí su llamada. Me explicó que un buen amigo suyo vivía atormentado por algo que estaba sucediéndole y a lo que no podía dar explicación.
Había anotado con detalle algunos episodios y había movido todos mis planes para poder desplazarme cuanto antes.
Al llegar a Coín localicé el cortijo siguiendo la dirección que me había entregado el actual inquilino. Estaba cerrado a cal y canto, pues aún quedaba algo más de una hora para el acordado encuentro. Tiempo suficiente para comer algo.
Justo al lado, había una gasolinera con un pequeño restaurante de buen aspecto, y me pareció el lugar perfecto para no desviarme demasiado de mi destino. Al bajar del coche, recibí una bofetada de calor y humedad, así que tuve claro lo que iba a comer: empezaría con un gazpacho para continuar con un filete a la plancha. Sencillo y no demasiado pesado para un día que iba a ser largo.
Mientras tomaba el café llegó Ramón Francia, el inquilino que estaba a punto de abandonar el cortijo. Le reconocí por su foto de WhatsApp.
Nos saludamos con amabilidad y pedí otro café para él.
—¿Qué tal has venido? —me preguntó por cortesía para iniciar la conversación.
—Todo bien. Pero vaya día de calor…
Una respuesta sobre el tiempo es siempre un valor seguro. Hablamos sobre mi oficio y el programa Cuarto Milenio antes de entrar por fin en materia.
—Pues no sé si te habrá contado Eva, pero yo iba a entregar ya las llaves del cortijo.
—Sí, por eso hemos venido con tanta rapidez.
—Cuando me llamaste estaba empaquetando cosas. Ya casi no queda nada dentro. Nunca me había pasado algo así, pero la situación es ya insostenible.
—¿Cuánto tiempo llevabas allí?
—Desde 2017. Poco más de dos años.
Anoté en mi cuaderno todos estos datos, bajo algunos conceptos un poco abstractos de los que había hablado vagamente con él por teléfono: «Mujer. Asesinada por miliciano. Promesa no cumplida. Ritual».
—Imagino que no llevas viviendo estos fenómenos desde que entraste.
—Ni mucho menos, yo entré ilusionado con la idea de un proyecto, sin imaginar todo lo que estaba por venir.
El restaurante había ido vaciándose. Los trabajadores volvían a sus puestos y los camareros estaban limpiando y recogiendo algunas mesas de la terraza. Mientras, el calor aumentaba por momentos en aquel barrio de las afueras.
El anticuario Ramón Francia estaba a punto de abandonar el cortijo donde había vivido varios años por los fenómenos que allí sucedían.
—A mí lo que más me impresionó fue lo que me dijo la mujer de la funeraria. ¿Cómo podía saber ella…?
—Un momento —le corté—. Para ser más precisos, me gustaría que me contaras todo desde el principio. Y en el mismo cortijo, para que me muestres cada lugar y todo lo que recuerdes. Cada detalle es importante.
Hice un gesto al camarero para pagar la cuenta y nos pusimos en pie.
—Coge el coche —me indicó—, podemos aparcar dentro. Tú sígueme.
UNOS SUEÑOS MUY RAROS
Regresé a la carretera principal del pueblo siguiendo al coche de Ramón, y a pocos metros nos desviamos a la derecha. Se detuvo a las puertas del cortijo de marras. Se apeó, abrió el candado y desató una cadena de la gran verja oxidada. La doble puerta se abrió y nos permitió el acceso.
Allí estaba el edificio, de muros desconchados y aspecto desolador. Sorprendía que Ramón acabara de vaciarlo, pues daba la sensación de llevar más tiempo abandonado.
La estructura parecía propia de un inmueble de principios de 1900, con un balconcillo en la fachada y otra puerta que comunicaba con un patio central. Seguí a Ramón hasta allí, donde se encontraban las cuadras y un par de accesos más que daban a la cocina y a lo que debió ser el salón. Entramos. La temperatura bajaba un poco allí dentro, cosa que agradecimos.
En ese momento llegó Eva, la periodista que me había contado esta historia. Nos abrazamos, hacía años que no nos veíamos. Tras ponernos un poco al día, empezamos a hablar del caso.
Ramón me puso en antecedentes.
—Como te decía antes, vine al cortijo a principios de 2017. Tengo una empresa de muebles de importación y antigüedades, y quería poner aquí una de las tiendas. Cuando vi este sitio me enamoró. Me pareció perfecto para lo que necesitaba. Y, además, quería vivir aquí. Mi idea era utilizar la planta baja para la tienda y yo viviría arriba. Ahora verás que hay dos dormitorios y una habitación diáfana de gran tamaño.
—Supongo que fue mucho trabajo.
—Me costó mucho porque aquí no había habido ningún negocio. Conseguir los permisos fue titánico, y además me dejé mucho dinero en la reforma porque estaba todo destruido… Había cuadra de caballos… Y tuve que modificar todo para hacer tienda de muebles.
Sacó el teléfono de su bolsillo y buscó unas fotos. Me las mostró orgulloso. Las cuadras, ahora vacías, eran un escaparate para mobiliario y elementos decorativos. Había incluso una estatua de Buda de grandes dimensiones al fondo.
Eva, que ya había entrevistado a Ramón en alguno de sus programas para mostrar su interesante labor de viajar por todo el mundo en busca de antigüedades, decidió cubrir la inauguración, así que acudió un día con un operador de cámara para entrevistar y tomar unos recursos de la nueva tienda.
—Ese día fue la primera vez que me ocurrió algo extraño —apuntó Eva—. Mientras mi cámara grababa, yo subí a la segunda planta, a la habitación diáfana. Estábamos en la sala en silencio cuando empezamos a escuchar unos ruidos. Eran como manotazos, golpes, como rascar de uñas. Nuestras caras eran de sorpresa porque esos ruidos procedían de un poquito más arriba de la pared. Todos mantuvimos un silencio enorme. Escuchamos un rato y empezaban, paraban, volvían a comenzar. Como si hubiera alguien encerrado y estuviera llamando la atención para salir.
Subimos a la habitación donde habían ocurrido los hechos. Eva me señaló la parte más alta de la pared, a más de dos metros de altura. Los golpes procedían del otro lado. Pero al cruzar a la habitación de donde debían proceder los manotazos, me di cuenta de que el techo era mucho más bajo. Así que esos manotazos provenían… ¿del techo? Noté que ambos se miraban, como si estuvieran reservándose aún un dato importante.
—Esta era mi habitación —dijo Ramón en la estancia del techo más bajo—, aquí me instalé yo el primer día, no sé bien por qué. Tenía toda la casa para mí y elegí esta. El caso es que yo dormía muy mal. Tenía sueños muy raros que no recuerdo, y empecé incluso a encontrarme mal. Más que nada era debilidad, malestar, mareos… Era como cada vez más débil. Notaba que no estaba bien aquí. Es curioso, porque uno debería sentirse cómodo en el sitio donde duerme. Pero yo… No me sentía a salvo.
Noté que la expresión de Ramón mostraba auténtico desagrado. Debía rondar los cincuenta años y a pesar de su actitud jovial, su rostro era el de alguien que lleva tiempo pasándolo francamente mal.
En lo alto de la pared de esta habitación escucharon unos enormes manotazos, como si alguien golpeara desde el otro lado pidiendo salir desesperadamente.
—Mi abogado vino un fin de semana desde Madrid. Me pidió las llaves del cortijo para dormir aquí porque yo me iba de viaje. No le dije nada para no condicionarlo y me marché. Pero a la mañana siguiente, me llamó muy alarmado. Me explicó que había tenido unas pesadillas muy reales. Algo se le apareció en la habitación. Le dio tanto miedo que a las tres de la mañana se fue a dormir al coche.
Lo miré impresionado. No era, desde luego, la primera vez que me contaban que alguien se iba a dormir al coche, pero era el tipo de anécdota que demuestra el pavor que pueden generar estas experiencias en quienes las viven.
—Yo te digo, Javier, que en treinta años de amistad no lo había visto temer nada. Pero eso me impresionó. Él no ha querido volver.
UN VESTIDO PARA UN DIFUNTO
A las seis de la tarde, alguien llamó a la puerta principal. Estábamos tan metidos en la historia que hubo un sobresalto generalizado. Nos reímos y aquello ayudó a restar tensión al momento.
Ramón bajó a abrir y regresó con Lourdes Bonilla, otra testigo que había venido para compartir conmigo sus percepciones en el cortijo. Nos presentamos y ella empezó a relatarme. Había presenciado cómo algunos objetos cambiaban de lugar, pero lo más impactante fue que llegó a percibir la presencia de una mujer.
—Yo sé que ella está por ahí arriba. La vi una vez. Me dio la sensación de que ella también me veía a mí. Cuando se manifiesta hay una densidad en el ambiente. Y a veces, aparecen olores desagradables.
Era evidente que Lourdes no tenía dudas y creía en lo paranormal, lo que le permitía hablar con naturalidad y sin paños calientes. Ese era su punto de vista. Pero pronto Eva apoyó su teoría.
—Yo tengo que decir que he percibido también esos olores. No es un hedor a tubería ni nada similar. Una vez, estando sola, sentí un escalofrío. Y de pronto la sensación de que hay algo que pesa en el ambiente. No es olor a humedad, porque aquí, como ves, está todo seco. Pero hay algo en el ambiente que puede resultar extraño. Como algo manido… Viejo.
Debido a su curiosidad, Ramón decidió acudir a una vidente para intentar descubrir qué estaba ocurriendo allí. He de reconocer mi escepticismo respecto a estos supuestos dones que, en la mayoría de las ocasiones, solo ayudan a confundir o alarmar al testigo, aunque mis compañeros Aldo Linares y Paloma Navarrete, ambos sensitivos del Grupo Hepta, me han dado más de una sorpresa en mis investigaciones. De hecho, Aldo se incorporaría al día siguiente para intentar arrojar luz.
Aquella vidente con la que Ramón contactó asesora, según me dijo, a empresarios de gran importancia a nivel nacional y mundial. Vive en Galicia. Y durante la sesión, esta mujer afirmó ver a una señora muy enfadada. Al parecer, durante la Guerra Civil unos milicianos la habían violado. Ella se enamoró de uno de ellos y terminaron manteniendo una relación en secreto. Él le prometió un vestido, pero no pudo entregárselo a tiempo porque la asesinaron. En teoría era la dueña del cortijo y aún seguía allí esperando el regalo que nunca llegó. Sorprendido por la información, que parecía digna de la mejor novela de terror, se despidió y le agradeció su ayuda. Quedaron en llamarse si tenían nuevos datos, aunque no volvieron a hablar.
A la mañana siguiente, Ramón se fue a trabajar a su otra tienda de antigüedades, en Fuengirola, que se encuentra precisamente al lado de una funeraria. Ese día, la propietaria de dicha funeraria acudió a la tienda en estado de alarma. Era raro, ni siquiera se habían presentado nunca. La señora no se anduvo con preámbulos:
—He visto a una mujer que quiere comunicarse contigo. He soñado con ella. Vives en un lugar de dos plantas, y hay una escalera que tiene forma de ele. El pasamanos es de madera, las paredes beis. Da a un espacio abierto y arriba están los dormitorios. Ella está en la escalera, se pone ahí…
La información fue suficiente para captar su atención y prestarle crédito. La descripción era exacta.
—¿Qué quiere? —preguntó Ramón conmocionado al escuchar algo que se ajustaba a lo que le había dicho la vidente gallega.
La mujer, que nunca antes había vivido nada similar, recomendó a Ramón comprar un vestido y celebrar un ritual nocturno. Para ello debía colocarlo en la segunda planta y encender unas velas todas las noches durante una semana, más como sentido homenaje a su memoria que como regalo a la difunta.
Sin pensarlo dos veces, actuando ya de manera irracional, fue a una tienda y encontró un vestido antiguo negro, con unos remates bordados en blanco, que le pareció el más adecuado. Así que lo compró y lo llevó al cortijo. Esa misma noche, a las tres y treinta y tres subió la escalera que conduce a las habitaciones y colgó la prenda en la pared. En la casa había una calma que llegaba a resultar inquietante. Así que, sin perder demasiado tiempo, encendió unas velas y se fue a dormir.
Pero lo cierto es que no pudo pegar ojo.
—El vestido estuvo colgado allí varios días. El caso es que yo decidí no dormir aquí más. Me notaba muy nervioso, con ansiedad y mucho malestar. Me estaba afectando a la salud. Todos esos sueños y la sensación de presencia… Por las noches, me marchaba. Por entonces tenía un socio de Perú que creía también mucho en estas cosas. Y una tarde que cerraba él vio el vestido con las velas y se asustó mucho. Así que lo cogió todo, lo llevó ahí detrás, al patio, y lo quemó.
Se echó las manos a la cara. Aquello aún le angustiaba.
—No sé cómo pudo hacerlo, pero quemó el vestido. Y a partir de ahí todo fue a peor. Ya no podía ni entrar en la casa, sentía que algo me echaba de aquí… Y me tuve que ir. Hasta ahora, que voy a dar las llaves. El lugar me ha echado. El lugar nos ha echado.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Si aquella historia era fruto de una paranoia o psicosis colectiva, lo cierto era que afectaba de manera evidente a los testigos. No había sobreactuación ni interés en demostrar nada. Todo resultaba francamente angustioso. Pero aún quedaba un detalle que daba un sentido aún más extraño a todo el asunto. Algo que Eva y Ramón habían reservado para ese momento.
ALGUIEN ENCERRADO
La historia del cortijo Villalobos no es muy clara. Apenas hay documentación y ya no queda nadie que recuerde nada. Aunque la memoria popular hablaba de alguien que murió allí, tal y como había sugerido la vidente gallega, no había ninguna manera de comprobar el dato, de forma que cualquier afirmación a este respecto estaba fuera de lugar. Pero estaba claro que algo pasaba en aquel lugar.
Precisamente en la habitación de donde debían proceder los golpes que escuchó Eva, la misma que había elegido Ramón como dormitorio principal y donde su abogado había pasado una noche espantosa, había un armario empotrado, cerrado por una puerta de madera normal y corriente. Eva y Ramón me animaron a asomarme.
Lo abrí y miré en su interior. Lo analicé con detenimiento. Estaba construido dentro del muro y tenía una barra con unas perchas colgadas. Percibía sus miradas de expectación, pero era incapaz de localizar el elemento diferenciador que tanto llamaba su atención.
—Mira bien —me dijo Ramón.
Palpé el suelo, los muros de cemento, el techo de madera… Entonces algo vibró ligeramente. Sí, era el techo. Adentré medio cuerpo en el guardarropa y empujé con más fuerza. Descubrí una trampilla que se abría hacia la parte superior. Era de madera, igual que el resto del techo, por lo que casi era imposible detectarla. Me di la vuelta sorprendido.
El armario de la habitación principal escondía el acceso a una estancia secreta construida sobre el falso techo del cortijo.
—¿A dónde da esto?
—No lo sabemos… Es imposible subir —respondió Eva.
Volví a mirar. Efectivamente, se trataba de un acceso muy estrecho. Poco más de medio metro de ancho y de largo. Pude introducir la cabeza. Sobre la trampilla, enganchada con bisagras a la parte superior del ropero, había un espacio de medio metro hasta otro falso techo coronado por otro agujero de dimensiones similares, sobre el que se cernía la oscuridad más absoluta y un desagradable olor a humedad.
Fui incapaz de articular palabra.
—Los golpes y manotazos que escuchamos procedían de ahí dentro —añadió Eva.
—¿Cómo descubriste esto? —pregunté.
—Una de las veces que vino el dueño, me desahogué con él. Le expliqué que en esta habitación me habían pasado cosas que era incapaz de explicar. Así que me contó que había una habitación secreta. Yo ahí tenía mi ropa, no sabía qué era… Porque es una trampilla en un armario empotrado. Es imposible de detectar. Prácticamente imposible. Está muy bien camuflado. Y yo cuando me enteré, como soy muy aficionado a la historia, vi la historia de Málaga, y descubrí que podía tener un sentido para esconder a rojos o a nacionales. Parece que ahí había escondida gente.
—Desde luego parece un zulo. Un zulo donde se puede tener a alguien encerrado o secuestrado o escondido durante mucho tiempo —dijo la periodista.
—Pero es un hueco muy pequeño —planteé.
—Podría servir para niños o gente pequeña porque efectivamente casi no se cabe por el agujero. Pero, Javier… Todos hemos escuchado ruidos que vienen de arriba. Es como si ahí hubiera vida.
SÁENZ 72 DÍAS
Esa noche, Ramón nos invitó a cenar. Al grupo se unió el genial Luis Uriarte, un entusiasta y curioso experto que dispone de la última tecnología para las investigaciones. Tenía decenas de cámaras infrarrojas y térmicas, detectores de movimiento, medidores de energía… Un equipo sin igual para esta búsqueda de respuestas. Había pasado toda la tarde tirando cable por el cortijo, colocando cámaras de vigilancia y planteando una noche que podría ser bien intensa. Pero, antes, necesitábamos recuperar fuerzas.
Luis Uriarte estableció en las antiguas cuadras un centro de control desde donde observar cada rincón del cortijo con decenas de cámaras de vigilancia.
Cenamos en un restaurante vasco. Unas ensaladas verdes al centro y buena carne para compartir mientras charlábamos en un tono amistoso propiciado por la gran confianza que otorga hablar de temas que uno debe esconder a la sociedad racional. Era evidente que Ramón se sentía mucho más relajado ahora. Como si el mero hecho de desahogarse le hubiera quitado un peso que cargaba estoico sobre los hombros. El entorno acogedor y el agradable descenso de temperatura ayudaron a crear un ambiente distendido y amistoso.
Uriarte les contó su historia y cómo había dejado su trabajo para dedicarse a lo que de verdad le entusiasmaba. Precisó, además, todo lo que había dejado preparado para la noche. Ramón y Eva nos pidieron que les disculpáramos, pero a la mañana siguiente trabajaban desde bien temprano, así que, tras la cena, se marcharon, no sin antes entregarnos un juego de llaves del cortijo.
—Contadme todo cuando acabéis, da igual la hora. Lo leeré cuando me levante —me pidió Ramón antes de estrecharme la mano.
Luis Uriarte y yo tomamos un café antes de regresar al edificio. Teníamos toda la madrugada por delante.
Luis había montado la zona de observación en las antiguas cuadras, que se encontraban fuera de la estructura principal del cortijo, para aislarse de la parte donde llevaríamos a cabo grabaciones psicofónicas y un análisis del lugar.
En una mesa de madera había colocado varios monitores que ofrecían imágenes en tiempo real de cada rincón. Dormitorios, salón, cocina, patio e incluso fachada. Todo estaba ahora controlado y cualquier cosa que ocurriera sería registrada.
Hablamos entonces de la habitación secreta a la que se accedía a través de la trampilla del armario. A priori, la posibilidad de entrar parecía complicada. Primero por lo estrecho del acceso. Segundo, porque no sabíamos en qué estado podría encontrarse el suelo. Posiblemente la humedad de tantos años lo habría convertido en una superficie inestable e incapaz de soportar nuestro peso. ¿Existía entonces alguna posibilidad de comprobar qué había ahí arriba?
Preguntaba por cortesía, porque en realidad conocía a Uriarte desde hacía el suficiente tiempo como para tener la certeza de que conseguiría lo que se propusiera. Siempre iba un paso por delante.
Salió a su coche y volvió con algo en las manos.
—Aquí está Milenio 1. Con él podremos tener acceso a la habitación secreta.
Se trataba de un coche teledirigido con una pequeña cámara de visión nocturna incorporada en el morro.
Los minutos que tardó en preparar a Milenio 1 para la improvisada expedición se me hicieron eternos. Por lo que parecía, íbamos a ser los primeros en décadas en acceder a ese zulo y descubrir si contenía algo relevante.
—Vas a tener que dejarlo tú.
Era evidente. De los dos, yo era el más delgado. Miré la trampilla. No tuve claro que pudiera caber. Quizá no fuera nada fácil.
Entré en el guardarropa acuclillado y subí el brazo con el que sujetaba el vehículo teledirigido. Lo introduje por la pequeña abertura. Después me erguí, e introduje el otro brazo y la cabeza, contorsionando un poco los hombros para conseguir acceder. Ya lo tenía. Sobre mi cabeza, casi como una chimenea, se extendía un conducto de un metro de altura que iba a dar a la habitación secreta. Alargué mi brazo y con ayuda de Luis, que me aupó levemente, pude dejar a Milenio 1 en el interior de la cámara.
—Lo tenemos, Luis.
Volví al exterior a tiempo para ver cómo a través del monitor surgía una imagen en blanco y negro. Era lo que estaba registrando la cámara que acababa de dejar en aquel rincón secreto. Sobre nuestras cabezas escuchábamos las ruedas moviéndose por el suelo de madera.
Observamos entonces que ahí arriba había una habitación amplia, aunque de techos aparentemente bajos. Milenio 1 atravesó la penumbra con soltura hasta llegar a mostrarnos una especie de arcón de madera de grandes dimensiones colocado en el extremo de la estancia.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Parece una caja… Pero no podemos saber qué hay dentro. Este robot no despega del suelo.
Giró la cámara y descubrimos un travesaño de madera que cruzaba la estancia de punta a punta y del que pendía…
—¿Una cadena?
En el interior del armario, camuflada en el techo, se abría una trampilla que comunicaba con una habitación secreta de donde, aparentemente, procedían la mayoría de los fenómenos.
—Parece una cadena, sí —dijo Luis concentrado en la desconcertante imagen.
De inmediato recordé las palabras de Eva, solo unas horas antes, en esa misma sala… «Desde luego parece un zulo. Un zulo donde se puede tener a alguien encerrado o secuestrado o escondido durante mucho tiempo.»
—Así que tenemos algo, pero no podemos saber qué hay dentro.
—No. Si quisiéramos saber qué es, deberíamos subir. Ahora mismo no contamos con otra forma de descubrirlo.
Sopesé la situación. Podía marcharme con la información que ya tenía, pero sabía que, antes incluso de poner un pie en Madrid, estaría arrepintiéndome de no haber llegado más lejos para averiguar el contenido de la habitación. Tenía que subir como fuera. Tantearía el estado del suelo antes de apoyar en él todo mi peso. Eso si conseguía subir. Sin embargo, me alcanzó un puñado de dudas que hacían que flaqueara mi valor. ¿Y si era peligroso? ¿Y si había ratas ahí arriba? ¿Y si de pronto la madera se abría bajo mis pies?
—Voy a subir —dije en un ataque de valentía antes de que aquellas cuestiones siguieran poniéndome aún más nervioso. Imaginé que Luis trataría de convencerme de que no lo hiciera. Alguien tenía que poner el contrapunto de sensatez en la investigación. Él era un tipo con los pies en el suelo. Me diría que no, que ya buscaríamos otra manera de saber más y que podríamos incluso preguntar por ahí sin necesidad de jugarnos el tipo. Su respuesta fue clara y concisa. Al grano:
—Vale, yo te aúpo.
Volví a contorsionarme como había hecho para dejar a Milenio 1 en la cámara secreta, pero esta vez no bastó con impulsar el coche teledirigido. Cabía justo, desplazando los hombros de manera imposible hacia el interior para intentar estrechar mi cuerpo. Pronto, mis dedos rozaron la madera en la que empezaba el suelo. Me así con fuerza y me impulsé con los brazos mientras Luis empujaba mis pies desde abajo. Ya casi estaba.
Antes de dejar que todo mi cuerpo se posara sobre el suelo, hice fuerza con los antebrazos para calibrar el estado del suelo de madera. Parecía sólido. Lleno de polvo, pero sólido, al fin y al cabo. Así que terminé de meterme allí. Hacía un calor especialmente sofocante y el olor a polvo y humedad lo impregnaba todo. Encendí la linterna que llevaba colocada en la frente y el haz de luz iluminó cada rincón. Hice un barrido rápido para comprobar que no había inquilinos indeseados del mundo animal. Nada. Me quedé unos minutos en silencio. Tampoco percibí ningún sonido. Parecía un zulo reservado exclusivamente para mí.
—Estoy arriba, Luis, todo bien. Voy a mirar —grité.
Intenté ponerme de pie, pero el techo era muy bajo y pronto lo rocé con la cabeza. Tendría que caminar acuclillado. Lo hice con total cautela, calibrando bien mis pasos. No me fiaba nada.
Al fondo, tal y como habíamos visto a través de la cámara, se encontraba el arcón de madera. Debía medir un metro por medio metro aproximadamente. Caminé hacia él. No tenía tapadera, estaba abierto. Allí dentro no había nada. Vacío.
Observando la superficie con detenimiento, descubrí unas inscripciones sobre la madera. Lo extraño era que estaban al revés, como si alguien hubiera escrito aquello desde dentro, con la caja colocada encima de él a modo de improvisado caparazón. ¿Quizá para esconderse mejor? Giré la cabeza y fui descifrando cada letra.
S Á E N Z
72
D
Í
A
S
Estaba escrito con algo similar a ceniza. No eran trazos de bolígrafo, parecía más bien tiznado. Había además unos signos que me hicieron pensar en taquigrafía y también unas manchas negras que parecían propias de humo. Leí otra palabra: «CRISTO». Hice varias fotos. El flash captó cientos de motas de polvo flotantes, despertadas por mi caminata a través de aquella superficie que llevaría décadas en desuso.
Me giré y observé la cadena, que colgaba de un madero. Me extrañó. ¿Qué utilidad podía tener en un sitio como aquel?
En el cajón de madera se apreciaban varias inscripciones como «Sáenz», «72 días» y «Cristo». Además, había símbolos que parecían propios de lenguaje taquigráfico.
Volví a mirar el cajón de madera y me pregunté entonces cómo lo habrían metido allí. Desde luego, era imposible hacerlo a través de la trampilla, por la que yo mismo había tenido dificultades. Solo habría sido posible de haberlo introducido desmontado o antes de cerrar el espacio por completo. En cualquier caso, el esfuerzo de llevar hasta ahí arriba un cofre de ese tamaño requería una razón de peso.
El calor era cada vez más asfixiante y la ropa empezaba a pegárseme al cuerpo. Me sentía muy incómodo. El polvo se adhería al sudor de mis brazos y nuca, y cada vez me resultaba más difícil respirar. Me picaban los ojos y la garganta. No era un sitio agradable donde estar más de diez minutos.
Volví al conducto de entrada y llamé a Luis.
Necesitaba bajar cuanto antes.
Más tarde, esa misma noche, hice un recorrido a solas por la casa. Todo se mantenía en orden y lo único reseñable era la enorme cantidad de mosquitos que pululaban atraídos por la luz de mi linterna.
Después volví al puesto de control de Luis Uriarte, que estaba registrando todo lo que ocurría. Me contó que algo había llamado su atención. En varias ocasiones, la luz de la escalera y la del salón se habían encendido y apagado. Aquello quedó grabado en las cámaras y pudimos chequearlo más tarde.
Tras más de doce horas en el cortijo, el agotamiento iba haciendo mella en nosotros. Así que decidimos regresar al día siguiente.
Recogimos el material y cerramos la puerta con llave.
Pasó media hora hasta que salimos de allí. El coche de Uriarte no arrancaba y todos los testigos se habían encendido en el cuadro de mandos. Nunca le había pasado nada similar. Abrió el capó, revisó la batería, intentó arrancar… Nada. Era como si hubiera muerto.
De buenas a primeras, todo se apagó en el interior y el rugido del motor vibró con fuerza. Acababa de arrancar. Hasta hoy, el coche no ha vuelto a darle un solo problema. Solo ocurrió allí, en el cortijo Villalobos.
TE VAS A ENTERAR DE QUE ESTOY AQUÍ
Aldo Linares, sensitivo del mítico Grupo Hepta, había colaborado conmigo en decenas de casos. Como avanzaba, no soy muy partidario de los videntes en general. Pero tanto él como su compañera Paloma Navarrete me han dado buena muestra de su honestidad a lo largo de los años. El procedimiento por mi parte es siempre el mismo: no les doy ningún dato de lo que estoy investigando. Simplemente los llevo al lugar y, antes de que puedan conocer a ningún testigo, les dejo recorrer todos los rincones que necesiten. De esta manera han llegado a darme información que ni siquiera yo conocía y que con el tiempo he acabado corroborando gracias a la labor de inmersión en hemerotecas y archivos.
En este caso hice lo mismo. Una semana antes, previne a Aldo de que necesitaba que me ayudara con un caso en Málaga. Ni siquiera le precisé que se trataba del pueblo de Coín, así que, al llegar a la estación, le pedí un taxi que lo recogió en la puerta y lo trajo hasta el cortijo. Nos saludamos con afecto al bajar y, sin mucha más dilación, le presenté a Ramón Francia, que había venido a acompañarnos esa tarde.
—¿Entramos directamente? —les pregunté.
—Vamos allá, vamos allá… —dijo Aldo con nerviosismo. En más de una ocasión, me ha confesado que siempre se siente así cuando colabora con nosotros. Por un lado, quiere estar a la altura y por otro no puede ofrecer garantías de nada, porque su percepción no es una ciencia exacta. Yo intentaba tranquilizarlo, ya no tenía nada que demostrarme. Pero su honestidad era tan grande que hasta ahí llegaba.
—Mira… Cuando estábamos en la entrada, he tenido la sensación de que había alguien en la ventana de la fachada. Es una mujer no muy mayor. Te diría que no llega a los setenta años. El pelo blanco. De rasgos duros, rasgos curtidos. Pero no porque fuese una persona sufridora. Pestañas grandes. Va vestida como de gris. Tiene unas partes blancas aquí… —dijo señalándose las mangas.
Sabía bien que cuando Aldo empezaba a hablar era como descorchar una botella y lo mejor que uno podía hacer era escuchar con atención y no interrumpirle. Siempre aprovechaba para tomar nota de todo, pues él luego olvidaba los detalles. Es como si pasaran a la velocidad de la luz desde el inconsciente a su boca y luego le costara retener algunos datos.
—Tiene muchísimo carácter… Muchísimo, muchísimo carácter —Aldo hablaba cada vez más deprisa.
Recordé las palabras de Ramón el día anterior. «La mujer estaba muy enfadada. Al parecer era la dueña del cortijo. Le habían prometido un vestido y no se lo habían dado.»
—Esta mujer tiene su estatus. Se siente con autoridad en este sitio, pero hay cosas que no está entendiendo. Sobre todo pregunta por algo que se ha quemado. Dice: «¿Por qué se quemó?». Algo se ha quemado.
En ese instante me recorrió un escalofrío por toda la columna vertebral. Me quedé helado. Pero intenté que no se percibiera nada en mi gesto. Sabía que uno, a nivel inconsciente, puede dar información gestual. Y yo procuraba ocultar cualquier dato. Pero aquello me había dejado impresionado. ¿Cuál era la posibilidad de que alguien, al azar, diera un detalle como aquel? Ramón puso cara de póker. Le había prevenido también de que no le hiciera ningún gesto. Necesitábamos que la información fluyera a través de Aldo de la manera más pura y menos condicionada.
—Hace un gesto como de que no le gustó lo quemado. Y también hace así. Como si hubiese una mesita pequeña. Como si tuviese un cajón. Y hace así…
Gesticuló entonces como recorriendo con sus manos un objeto cuadrado que le llegara por las rodillas. Pensé inmediatamente en el arcón de madera. Quizá era mucho suponer y estaba poniendo demasiado de mi parte. No lo sabía. Pero Aldo iba entrando en una especie de trance, moviéndose cada vez más rápido y hablando como el que quiere dar mucha información en poco tiempo. Entró en el salón y, desde ahí, subió la escalera. Se paró en el quinto escalón.
La escalera es uno de los lugares donde más experiencias han ocurrido. El sensitivo Aldo Linares vio aquí a una mujer que respondía a la misma descripción que habían dado otros testigos.
—Aquí también se pone, en el punto este. Parece un cliché porque las escaleras siempre se prestan a estas cosas, pero ella se pone aquí. Además, es como «No me vas a ver, pero te vas a enterar de que estoy aquí». Y pone las manos un poco así. —Dobló los brazos en un ángulo de noventa grados.
Era precisamente el lugar donde la propietaria de la funeraria había visto en sueños a la mujer del cortijo. Esa misma escalera. El nivel de coincidencia empezaba a resultar abrumador. Regresó a la puerta y se asomó. Señaló al exterior, a un punto del jardín.
—Vuelve a decir lo de quemado. Vuelve a decir lo de quemado…
—¿Por aquella zona? —preguntó Ramón.
—Sí, es que habla de esta zona. Pero luego mira para aquí… Y nuevamente esa cosa, como si te empujara. Como: tira, tira, tira… Como si le estuviese diciendo a alguien: «Hazlo. Tienes que hacer lo que tienes que hacer. Hazlo».
—¿Hazlo o vete? —La voz de Ramón evidenciaba que estaba tan conmocionado como yo.
Aldo miró unos segundos hacia abajo, con la mirada ligeramente perdida.
—Hazlo —respondió—. Hay algo con alguien que es: «Hazlo ya, no lo postergues, hazlo ya. Acaba, acaba, acaba».
—¿Podrías preguntar a quién quiere lanzar ese mensaje? —inquirí.
El sensitivo señaló a Ramón sin variar su gesto mientras seguía caminando a gran velocidad hacia la planta superior.
—Y hay otra persona más también, ¿eh? Es un chico. Y tiene que ver contigo —dijo Aldo señalando al sufrido inquilino del cortijo.
—Lo sé… Aquí hay un chico que es peruano y…
—No es un chico peruano —cortó Aldo tajantemente—. Es un familiar tuyo.
—Buah… Hostia —Ramón se tapó la cara con las manos. Parecía que sus peores sospechas se habían confirmado.
El resto de la experiencia de Aldo fue interesante, aunque no tan intensa. No se paró en el armario ni dio ningún detalle más del arcón. Pero de pronto entró en una serie de delicadas cuestiones familiares que tenían que ver con la muerte abrupta de alguien muy cercano a Ramón. Entendí pronto que necesitaban intimidad para hablar y decidí marcharme al exterior para tomar el aire.
Aguardé paciente mientras tomaba algunas fotos del entorno. Pronto llegaron ambos. Ramón tenía el rostro mucho más relajado y, por primera vez en los dos días que compartimos, vi una sonrisa auténtica. Estaba relajado.
Algo había cambiado en él tras conocer a Aldo. Me dijo que el mensaje que había captado resultaba ahora tranquilizador. Había vencido al miedo y, aunque al día siguiente entregaba las llaves, de alguna forma se había reconciliado con el inmueble. Acababa de entender cosas que antes le aterraban, pero ahora cobraban otro sentido. Y aquello lo cambiaba todo.
Nos agradeció enormemente la ayuda. Se sentía liberado por vez primera en años. Intuía que el hecho de que hubiéramos llegado en el último momento, cuando percibía que le habían expulsado de allí, podía tener un sentido amable por fin.
Nos abrazó emocionado. Un gesto cargado de sentimiento.
Antes de marcharnos, Aldo le recomendó que esa noche abriera todas las puertas y ventanas para que el sitio se aireara y limpiara también la intensa energía allí contenida. Me pareció un gesto simbólico que parecía tener también su lógica interna. En cualquier caso, no haría daño a nadie.
Esa noche caí en la cama agotado y dormí del tirón. A la mañana siguiente, recordé que había tenido un extraño sueño. No almacené demasiada información, solo que en él aparecía la enigmática habitación que parecía haber estado sellada durante casi un siglo.
El final de la investigación, ya en Madrid, ofreció una hipótesis que conectaba el lugar con un episodio prácticamente olvidado de la Guerra Civil española.
LOS TOPOS
Al terminar la Guerra Civil, el Gobierno franquista decretó la muerte de cientos de partidarios del bando republicano. Eso incluía alcaldes y personas que se habían mantenido activas durante la contienda. Las listas de fusilamientos de los primeros años del franquismo son realmente aterradoras.
Debido a ello, muchas personas vivieron escondidas, a veces durante décadas, en rincones secretos que construyeron en sus casas y gracias a ello pudieron salvarse.
La habitación que contenía una trampilla secreta daba a la calle desde la fachada.
Uno de los más famosos fue Manuel Cortés Quero, que estuvo treinta años recluido en diferentes toperas,6 tal y como llamaban a estos rincones. Manuel fue, precisamente, alcalde de Mijas, localidad que se encuentra a menos de veinte kilómetros de Coín.
Él estuvo a punto de entregarse a las autoridades, pero su mujer lo convenció para que se ocultara. Los periodistas Jesús Torbado y Manuel Leguineche escribieron un libro muy documentado sobre el tema, Los topos, donde relataban la angustiosa vida de algunos de estos supervivientes. En el caso de Cortés Quero, detallaban que había vivido en una casa de la calle Joaquín Costa, 35, donde «sabía de un armario alto, tapiado, que estaba situado en una habitación que daba a la calle».7
La ubicación del escondite tenía un sentido. Estas personas malvivían encogidas en zulos, por lo que durante algunas noches salían a la habitación para estirar las piernas. La existencia de una ventana permitía vigilar desde dentro, para que en caso de que llegara una patrulla a hacer una inspección, hubiera tiempo suficiente para regresar al escondite.
En el cortijo Villalobos, la habitación en la que se ubicaba la cámara secreta tenía precisamente una ventana que daba a la calle. Parecía perfectamente escogida. Pensé en la inscripción del arcón: «Sáenz. 72 días». ¿Podría ser el apellido de la persona allí encerrada y los días de cautiverio? Era una mera suposición que no pude comprobar.
A mi vuelta de la investigación, ya en mi despacho, observé con detenimiento algunas imágenes de casas que habían servido de refugio a muchos otros en Morata de Tajuña, provincia de Toledo, o en San Martín y Mudrián, en Segovia. Se trataba de accesos muy similares. Sin embargo, la falta de documentación me impedía poder afirmar sin dudar que la trampilla escondida en el armario del cortijo de Coín diera a uno de esos refugios ya olvidados.
En cualquier caso, todo aquello me sirvió para conocer una historia desconocida. Me impresionó el nivel de secretismo de algunos topos, que evitaron incluso conocer a sus nietos, que vivían solo unas habitaciones más allá, para frenar así cualquier información que pudiera terminar por delatarlos. Las medidas fueron extremas.
Vivieron, a veces durante décadas, como auténticos fantasmas.
La monstruosidad abyecta de apartamentos, viviendas unifamiliares y granjas no se limita a las apariciones de fantasmas y espectros, sino que es agresiva y física: las casas rezuman líquidos viscosos por grifos e inodoros, paredes y techos; emanan olores fétidos y congregan a moscas, ratas y otras alimañas; provocan el pánico y la muerte de animales domésticos, o alteran la personalidad de sus inquilinos mediante el frío, los ruidos nocturnos, el insomnio […]. La monstruosidad abyecta de los espacios reina en el caos y la descomposición.
ANTONIO JOSÉ NAVARRO, El imperio del miedo
DURANTE UNA INVESTIGACIÓN SOBRE UN EXTRAÑÍSIMO caso ovni ocurrido cerca de Valdepeñas, en Ciudad Real, tuve la suerte de acceder también al testimonio de un hombre que había vivido un episodio aterrador años atrás, en un cortijo hoy abandonado. El suceso le había marcado de tal manera que aún recordaba cada mínimo detalle.
Quedé con él en su finca cerca de la localidad de Alhambra. Durante el trayecto en coche atravesé varias casuchas de aspecto abandonado situadas a los pies de la Nacional 430. Me fijé con detalle, pues días antes me habían contado que precisamente por esa zona existía una casa ya medio derruida que en su momento se había construido con piedras pertenecientes a tumbas antiguas, razón por la cual popularmente la conocían como la casa de las lápidas. Una de las casuchas llamó mi atención y decidí desviarme un poco antes de llegar a mi destino para echar un ojo. ¿Quién sabía si no me encontraba ante aquella construcción casi legendaria?
Se trataba de una estructura que aún conservaba el tejado, aunque los huecos antaño destinados a puertas y ventanas eran ahora como orificios vacíos. Miré con detenimiento el recubrimiento de las paredes, que parecía propio de las humildes construcciones agrícolas de la zona. Ni rastro de piedras de cementerio.
Un olor desagradable llamó mi atención. Al mirar al suelo, me topé con un perro de gran tamaño que debía llevar varias semanas muerto. Las costillas asomaban a través de un pelaje negro que se extendía desigual, formando lagunas de carne en descomposición. Al lado había un saco enorme de comida de perro.
Todo me parecía muy raro. ¿Quién había matado al animal? ¿Había escapado de alguna finca para ir a morir allí? Miré alrededor y me vi rodeado de kilómetros y kilómetros de terrenos agrícolas, sin nadie a la vista. Tan solo mi coche y yo. Volví al vehículo y me marché.
Miguel8 llevaba toda la vida viviendo en el campo. Era cazador y durante mucho tiempo estuvo al cargo de una importante empresa vinícola de Valdepeñas. Pero el negocio requería cada vez más atención, lo que terminaba desviando su tiempo de lo que de verdad le gustaba: el campo. Así que, sin pensarlo dos veces, renunció a una cantidad importante de ganancias y regresó a una vida más sencilla, pero que le colmaba a un nivel mucho más profundo.
Ahora tenía una finca cerca de la sierra de Alhambra, y no necesitaba mucho más.
La mañana que nos conocimos me invitó a desayunar en su cocina campera. Sacó un refresco y una barra de salchichón, que colocó sobre la mesa.
—Sírvete lo que quieras —me dijo a la vez que me tendía un gran cuchillo.
Su relato fue tan impactante que apenas pude despegar la vista de su figura. Gesticulaba y barajaba con maestría los tonos de voz y los silencios. Se notaba que había relatado aquella vivencia en más de una ocasión. Sin embargo, al pedirle autorización para mostrar su foto o dar su nombre y apellidos, no lo permitió. Lleva años organizando partidas de caza para empresarios de todos los niveles y prefiere el anonimato para no despertar las burlas de su entorno.
El episodio fue narrado con tal nivel de detalle que paso a transcribirlo tal y como aparece recogido en mi grabadora.
EL CORTIJO DE LOS ESPÍRITUS
TRANSCRIPCIÓN DEL RELATO DE MIGUEL R.:
Una vez, en un cortijo que teníamos, pasó algo raro. De sentirse pasos y de no ver a nadie. Les pasó también a dos amigos míos.
En aquella ocasión, la prueba la dio una perra que yo tenía y era muy valiente; mordía a los erizos, a las culebras... Y ese día se acojonó. Ese día venía con el lomo de punta, se ponía detrás de mí... Aquello me dio que pensar. Si no es por mi perra, no me creería lo que me pasó.
Además, ocurrió en un cortijo que era mi vida, era de mi abuelo, y dejé de ir. Me pasó con veintitantos años y nunca más volví.
Siempre se había contado, en tiempos de mi abuelo, que allí había muerto un vecino del pueblo al que un guardés tenía mucha manía. Una mañana, el vecino apareció colgado en esas tierras y acusaron al guardés, aunque nunca hubo pruebas de nada.
Pasó el tiempo, la vida... Y un amigo mío de Alicante, al que le gusta mucho el campo, me pidió las llaves del cortijo para pasar allí unos días con los galgos. Una noche metieron allí un brasero con cepas, sin quemar, en una habitación sin chimenea y se atufaron. Mi amigo se salvó de milagro, pero su primo murió, el pobre.
A raíz de aquello el sitio empezó a darnos mal rollo. Se oían pasos, alguien tiraba de la puerta, se movían cosas.
El episodio más gordo me pasó un fin de semana. Yo me iba solo, no tenía miedo. Además, iba con mi perra, la Canela, que como te decía es muy valiente.
Aquello era una cocina grande, con una buena chimenea en medio, y yo dormía allí en una colchoneta. Estaba durmiendo y lo primero que me despertó fue un estruendo muy difícil de explicar. Yo le he dado muchas vueltas y es como si pusieras una veintena de tablas en vertical y escucharas cómo van golpeando una contra otra, como un efecto dominó... Tac... Tac... Tac... TAC... TAC, TAC, TAC, TACTACTACTAC.
Y me desperté.
Entonces vi a la Canela, que estaba con las orejas tiesas y el lomo erizado, mirando hacia una puerta que daba al pajar.
Mira, se me está poniendo el vello de punta...
Y vi a la perra sentada mirando para allá. Ya llevaba un rato sentada, como si estuviera escuchando o viendo algo antes que yo. Y entonces se fue hacia el pajar y de pronto vino a toda hostia y se puso a mi lado a llorar acojonada. Y oí perfectamente los pasos venir a por mí. Hostias, qué impresión. ¿Cómo se puede aguantar eso?
Clac... Clac... Clac... Clac. Los pasos avanzaban y yo ahí parado.
Llegaron a mitad de la nave, se dieron media vuelta y avanzaron hacia la entrada, que tenía una puerta de esas grandes de los cortijos, que rozaba el suelo y se encajaba y era difícil de abrir. Pues se escuchaba como alguien tirando con fuerza: claj, claj, claj.
Yo tenía la escopeta colgada de unos palos, y empezó a escucharse cómo se movía y los cañones golpeaban con la pared. Y la perra detrás de los pasos.
Allí estaba yo solo, en aquel cortijo en medio del campo.
No tuve valor, Javier, a coger la escopeta. ¡No tuve valor a coger la escopeta!
Lo de mi perra fue lo que más me impresionó. Cogía los erizos, con lo que pinchan, las culebras, los lagartos... Aquella fue la única vez que la vi acojonada.
No recuerdo qué hora era, no sé si eran las tres, las cuatro o las cinco. Solo recuerdo que no tuve valor de moverme. Ni siquiera cuando dejé de escuchar todo.
Ubicación aproximada del cortijo, entre Moral de Calatrava y Santa Cruz de Mudela.
Hasta que no entró la luz del día no tuve narices a levantarme. No sé el tiempo que estaría [...]. Y cuando ya se hizo de día, recuerdo que pasó un tractor y ahí eché a correr para fuera. Y nunca más volví.
Tiempo después, un par de amigos míos de Santa Cruz de Mudela me pidieron las llaves para ir allí a cazar unos conejos. No les conté nada. Y les pasó lo mismo.
Y luego ya mi padre se lo vendió a un señor de Bolaños, y este antes de un año murió. Luego se lo vendieron los hijos a otro de Almagro. Y también murió en pocos meses. Y ya le perdí la pista.
Lo de esa noche fue muy fuerte. Yo desde entonces no he vuelto a dormir solo.9
EDIFICIO MALDITO
El detalle de los propietarios del cortijo que habían muerto poco tiempo después de su adquisición me recordó al fenómeno de las casas que matan. Lo había investigado bien, incluso durmiendo en una de ellas. Fue hace años. En los medios de comunicación de todo el país aparecieron varios titulares sobre el edificio maldito de Valencia. El periódico Las Provincias decía: «Siete personas han muerto de manera extraña en la finca». Hasta hoy, lo cierto es que son ya nueve las víctimas que han perdido la vida en ese mismo lugar.10 Se trata del número 1 de la avenida Tres Forques. Un bloque de siete plantas y curioso diseño, con un ventanal de gresite que parte en dos la estructura principal.
La escalera con forma triangular del número 1 de la avenida Tres Forques ha sido escenario de varias muertes traumáticas a lo largo de los años.
Se construyó en octubre de 1957, precisamente durante uno de los peores momentos de la historia de la Comunidad Valenciana. Ese año, las importantes lluvias causaron el desbordamiento de la cuenca del río Turia, provocando la muerte de más de cuatrocientas personas. Muchos vieron aquí el trágico bautismo que daba lugar a una historia de extraños crímenes, suicidios y accidentes.
La primera víctima fue Gracia Imperio, una vedette que había debutado en el palacio de la Zarzuela, en Madrid, y que llegó a codearse con personalidades como Antonio Machín, triunfando en la capital y en Barcelona. La noche de difuntos de 1968 cenaba en su vivienda situada en el bloque de Tres Forques con su sastre y su exnovio. Horas después, el modisto los dejó solos. A la mañana siguiente, este último, alertado porque Imperio no le cogía el teléfono, accedió al domicilio con la copia de una llave. Encontró un panorama desolador: la mujer yacía en la bañera con su expareja. Un penetrante olor a gas impregnaba cada rincón. Parecía un crimen. O un suicidio. O un accidente. Hoy por hoy, el caso sigue sin resolverse. Pero fue solo el detonante de lo que estaba por venir.
Años más tarde, un hombre cayó desde el cuarto piso por el hueco de la escalera y murió al instante en el portal. Tiempo después, un joven, aprovechando la ausencia de sus padres, celebró una fiesta de cumpleaños que incluía altas dosis de alcohol y drogas. Murió allí mismo por sobredosis. Tenía dieciocho años.
En los años setenta, una niña de dos años y su hermano, que jugaban saltando en la cama, tuvieron la mala fortuna de voltearse hacia la ventana, por donde cayeron; murieron al impactar contra la acera de la calle. La séptima víctima vivía en la puerta 15. Un hombre trabajador y sencillo que de pronto dejó de dar señales de vida. Los vecinos empezaron a mostrar su malestar por el desagradable hedor que salía de allí. Pudieron contactar con un familiar que accedió al piso, donde encontró al hombre tumbado en su cama en avanzado estado de descomposición.
La octava víctima llegó en marzo de 2012. Los vecinos se despertaron por unos gritos desgarradores procedentes del portal. El inquilino de la puerta 10, Javier O., de cuarenta años,11 asesinó a una mujer y escondió el cadáver en la zona de los trasteros. Los miembros de la Policía solo tuvieron que seguir el rastro de sangre para encontrar el cuerpo.
Tres años más tarde, en el mismo mes de marzo, los bomberos tuvieron que entrar de nuevo en el bloque alertados por un olor repugnante. Allí encontraron el cadáver en estado de descomposición de Juan Manuel A. S., que vivía solo en la finca y llevaba sin dar señales de vida más de un mes. Era la novena víctima del edificio maldito del barrio de Patraix.12
Durante la investigación de este caso, pude entrevistar a Carolina López, una mujer que había vivido en la última planta. Me aseguró que había tenido que marcharse de allí porque más de una noche había visto unas sombras deambulando por el salón.
El cronista Rafael Solaz, que fue también director de la Sociedad Bibliográfica de Valencia, me aportó unos datos interesantísimos en aquellos días. Gracias a su pormenorizada búsqueda descubrió que antiguamente esa zona de Valencia había sido la ubicación de un hospital de campaña durante la epidemia de peste que asoló la ciudad en 1647. Además, en otro tratado del siglo XIX constatamos que allí mismo se ubicó también una fosa común para enterrar a los muertos por cólera durante la epidemia del cercano barrio de la Fuensanta.
—Desde luego estos datos son objetivos. Que estén relacionados o no, cada uno lo juzgará. Pero a mí me parece una muestra de que es un lugar propicio a sucesos negativos —me dijo cuando nos despedíamos en la puerta de su archivo.
En aquella investigación pude entrevistarme también con el psicólogo valenciano Jesús Genaro, presidente de la Asociación de Hipnosis. Según él, durante los primeros asentamientos europeos ya se conocía que existían tres tipos de lugares: los eufóricos, los relajantes y los depresivos. Todo dependía de la energía que manaba de la tierra en estos espacios, que terminaban siendo destinados a uno u otro fin. Los lugares relajantes, por ejemplo, especialmente distinguidos por los pastores, se utilizaban para dejar pastar a los animales. Con el tiempo se construyeron allí templos, balnearios o santuarios. Rincones dedicados al bienestar.
Por otro lado, los lugares eufóricos eran capaces de transmitir vibraciones efusivas y entusiastas, por lo que fueron los espacios dedicados a plazas, mercados y centros de ocio.
El cronista Rafael Solaz descubrió que el edificio maldito de Valencia se ubica sobre un antiguo hospital de campaña y una fosa común de la epidemia de cólera del siglo XIX.
Pero existían sitios donde las alimañas iban a morir. Donde se producían saqueos y crímenes. Donde los suicidas acudían para quitarse la vida. Donde había mayor número de trifulcas. Estos entornos producen sensaciones negativas: abatimiento, desánimo e, incluso, depresiones a largo plazo. Por eso las ciudades se construían lejos de estos lugares, que con el tiempo acogieron cementerios. Esta perfecta y aparente delimitación de los espacios terminó cayendo en el olvido y dejando de ser tenida en cuenta cuando, especialmente a raíz de la Revolución Industrial, como consecuencia del éxodo rural, muchas ciudades crecieron exponencialmente y acabaron ocupando los espacios limítrofes, absorbiendo incluso camposantos sobre los que se construyeron plazas y rascacielos.
Todo esto, evidentemente, aparece en Poltergeist. La casa moderna y amplia sobre el cementerio indio. No es que sea un cliché y los testigos hayan visto demasiado cine que, después, incorporan a sus historias a veces de forma inconsciente. Es más bien lo contrario: el buen cine se nutre de historias verdaderas y datos recurrentes. Y la profanación de huesos, los malos enterramientos o las muertes traumáticas parecen estar detrás de muchos de estos casos de Intrusos.
«ESA CASA TEN QUE ESTAR MALDITA»
Después de investigar cientos de lugares que atraen a la muerte, el escritor Roger de Lafforest escribió que «parece como si algunas casas se cobraran una vida por contrato de compraventa».13
Él lo sabía bien. En su interesantísimo libro Casas que matan recogió lo ocurrido en una vivienda de Perú, donde José Gálvez Denegri degolló a una bailarina y a su hijo de ocho años para después descuartizarlos y terminar esparciendo los restos por todas las habitaciones. Un sacerdote tuvo que acudir hasta allí para bendecir cada rincón porque nadie quería siquiera acercarse. Semanas después, el cura fue asesinado en un asalto callejero, lo que hizo crecer la leyenda. En 1990, en esa misma casa, un hombre asesinó a su mujer y después se quitó la vida. El rumor sobre el malditismo era ya imparable y muchos vecinos vendieron sus propiedades para marcharse muy lejos de allí.
En 2013 saltó a los medios una noticia similar en Galicia. Los titulares recogían las declaraciones de los más mayores de la localidad de A Pantrigueira: «Esa casa ten que estar maldita. Xa hubo polo menos catro mortes».14
Maldición era el término más repetido durante aquella jornada. Y es que el suceso más reciente había sido el asesinato, durante un robo, del inquilino del número 39. Se trataba, según los habitantes, de la quinta persona que perdía la vida entre esas mismas cuatro paredes. Entre otros, una joven se había lanzado desde la ventana de la buhardilla y otro hombre había aparecido muerto tras varias jornadas sin que nadie lo viera por el pueblo.15 La prensa recogía el pavor de algunos vecinos:
Ayer, cuando una joven pareja de Cambados que está esperando un hijo y alquiló allí hace unos meses un piso se enteró de la maldición que rodea la casa, ella lo tuvo claro: «¡Yo no doy a luz aquí! —dijo rotunda—. No sabía nada de las otras muertes, nos enteramos por la prensa, pero yo aquí no me quedo».16
A menos de treinta kilómetros de allí se encuentra la casa maldita de O Carballal, que en 2017 fue escenario del asesinato de un hombre de ochenta y tres años a manos de un familiar.
Cuando llegaron los medios locales para cubrir la noticia quedaron impactados por las declaraciones de algunos curiosos: «La casa está maldecida», dijeron unos.17 Y es que esa misma finca había sido el lugar donde, cincuenta y siete años atrás, un hombre asesinó a hachazos a su mujer y a su tía. Tiempo después, una mujer murió ahogada en el pozo junto a la casa. «Hay lugares que parecen tener un imán especial para atraer las tragedias y desgracias», teorizaba en su artículo el periodista Alfredo López Penide, no sin falta de razón.
ESTUDIO SOBRE CASAS INFECTADAS
En su interesante estudio sobre las casas que matan, Roger de Lafforest compiló una importante serie de casos ocurridos en Francia, su país de origen.
Uno de los más sobrecogedores sucedió en Plouguenast, en Côtes-d’Armor, en una casa construida a finales de 1800, por iniciativa de un sacerdote que terminó convirtiéndose en la primera víctima. Se trató de una muerte súbita en el interior del inmueble. El segundo propietario pereció del mismo modo y el tercero también. El cuarto, un capitán de barco, murió de la misma manera antes de haber cumplido los cincuenta años. A partir de entonces, el lugar quedó deshabitado. Nadie quería comprarlo.
Lo mismo sucedió en Sens. A la entrada del pueblo había dos posadas situadas casi una frente a otra. Una siempre estaba llena de clientes. La otra siempre estaba vacía.
La imagen es bien simbólica. Y había una razón para ello. En la posada solitaria se habían producido una serie de crímenes tan atroces que nadie había podido olvidarlos a lo largo de los años. En 1937 el propietario mató a su mujer y a sus dos hijas: a continuación, se suicidó. En 1947, justo diez años después, se repite la escena: el nuevo propietario asesina a su mujer y se suicida. En 1952, uno de los huéspedes, que lleva allí varios días recluido, termina intentando suicidarse, al borde de la locura.
También en París, el número 3 de la plaza la Bruyère apareció en las portadas de los principales periódicos cuando la poetisa Héra Mirtel y su hija asesinaron al marido de aquella, monsieur Bessarabo, y metieron el cadáver en un baúl para terminar depositándolo en la consigna de la estación de Nancy.18
Fue un crimen muy famoso y seguido por los medios de la época. Desde entonces, la fachada del edificio volvió a aparecer en la sección de sucesos por un calentador de baño que explosionó, un intento de suicidio y una trifulca grave que estuvo cerca de terminar en homicidio.
Quizá uno de los episodios más dantescos recogidos por el investigador es el ocurrido en la iglesia de Uruffe. Allí, el padre Desnoyers asesinó a tiros a su amante, que se encontraba embarazada de ocho meses. En un acto de aparente locura extrajo al bebé vivo, lo bautizó y después lo apuñaló varias veces por la espalda. La leyenda decía que esa iglesia había sido maldecida tiempo atrás y por eso el cura que se ocupaba de ella antes de la llegada de Desnoyers se había muerto al caer por la escalera del altar tras decir misa.
Unos años después del horrible crimen de la mujer y el bebé, el nuevo religioso encargado de la parroquia murió asesinado en las calles de Tierra Santa durante un viaje de peregrinación a manos de unos bandidos que lo asaltaron.
El lugar quedó marcado para siempre, como si hubiera sido erigido sobre un solar maldito.
LA MEMORIA DE LAS PAREDES
¿Ocurren estos sucesos de forma aleatoria o existe alguna razón? El estudio de De Lafforest sugería una serie de hipótesis dignas de conocer:
Hay que reconocer que la enumeración de De Lafforest puede resultar más poética que razonable; más propia de la ficción que de la tesis científica. Pero sigue resultando interesante. El criminólogo Vicente Garrido, profesor de la Universidad de Valencia, me explicaba de manera más pragmática que algunas casas, simplemente, llaman al mal. Las personas nos vemos atraídas por las viviendas de manera acorde a nuestros gustos e intereses, en la medida de nuestras posibilidades. Pero algunos domicilios podrían ser atractivos por razones aún desconocidas para determinados tipos de patologías. Eso no explicaría, sin embargo, los accidentes y fatalidades que suceden también, aparentemente, por pura casualidad.
Madrid, distrito Universidad. Calle de Antonio Grilo, número 3. Una casa como tantas otras. Cincuenta y nueve escalones de madera desgastada por el pisar continuo […]. Un destino aciago parece presidir la vida de algunos seres y la historia de ciertas casas. Tal se muestra el caso de este edificio.
El Caso, 25 de abril de 1964
AL ENTRAR EN EL PORTAL ME RECIBIÓ EL OLOR penetrante y ferruginoso de la sangre. Estaba por todas partes, como si formara parte del entorno.
Era un escenario normal; la típica entrada antigua de un edificio del Madrid de principios del siglo XX, con una gran puerta de madera sobre una fachada de piedra. Había pasado por allí muchas veces, pero nunca había entrado. Hasta ese momento.
En el interior, la temperatura resultaba un alivio contra el frío invernal. Pero el olor era demasiado denso, casi grumoso, como para convertir el escenario en un sitio espantoso. Me agarré al pasamanos y fui ascendiendo por la escalera, piso a piso.
La iluminación también era extraña. Demasiado tenue para un espacio comunitario. Me recordaba a la luz íntima de un restaurante elegante: escasa y cálida, pero suficiente.
La madera crujía bajo mis pies y el silencio era total. Tampoco me había cruzado con un solo vecino. Parecía más un espacio desierto que un bloque en pleno corazón de Madrid.
Continué subiendo hasta llegar a la segunda planta. Allí estaba la vivienda que me interesaba. El motivo de mi desplazamiento. Llamé al timbre, pero no funcionaba, así que golpeé tímidamente con los nudillos.
Nada. Ni un ruido al otro lado.
Volví a intentarlo.
Toc, toc…
La respuesta fue automática: el sonido de un cerrojo descorriéndose. Me percaté entonces de que un líquido viscoso se colaba bajo la puerta hacia el exterior. La cantidad era tal que parecía formar un estrecho afluente. Deduje que no era agua, porque estaba manchando mis botas. Me agaché y lo toqué. Al olerlo, comprobé que era sangre. Y que el hedor del edificio procedía de detrás de esa puerta.
Ahora la humedad bañaba mis pies. El riachuelo corría a más velocidad hasta llegar a la barandilla, donde empezaba a formar una pequeña cascada cuyo sonido me pareció nauseabundo. Caía espesa y de un negro arterial.
¿Cómo era posible? Un miedo intenso se apoderó de mí y mi cuerpo reaccionó erizando cada vello de mis brazos y piernas.
La puerta se abrió y un ser fabricado de sangre salió a recibirme. Tenía forma humana. Piernas, brazos, torso, cabeza… Pero no había rasgos, ni ropa, ni colores más allá del rojo sanguíneo. La figura bombeaba, como un órgano sobredimensionado, lanzando salpicaduras que alcanzaban las paredes. De sus extremidades caían también gotas que iban a parar a ese río de plasma que ahora crecía en el suelo. Emitía sonidos guturales, como de alguien que se ahoga mientras ríe.
Me giré rápidamente cuando el hombre de sangre intentó alcanzarme con su brazo. Y eché a correr. Pude llegar hasta la escalera, pero el líquido se volvía pastoso y el ser se movía a través de él, como si hubiera creado una trampa mortal por la que él podía desplazarse, pero yo me quedaba pegado. Me sentía angustiado. Era una mosca atrapada en una de esas cintas adhesivas que penden del techo en algunos bares cutres de carretera.
Aún me quedaba algo de fuerza para levantar un pie y plantarlo unos centímetros por delante. Avanzaba lento y sin mirar atrás, porque sabía que el hombre rojo estaría ya rozando mis talones, con su hedor penetrante y sus manos húmedas y sus estertores de asfixia.
Sus pisadas eran como un chapoteo: blop, blop, blop…
Estaba llegando al primer piso cuando las luces parpadearon. Aquello no podía estar pasando.
El líquido, que se volvía más y más pastoso, había inundado el portal. Lo vi mientras descendía a duras penas por la escalera de la primera planta. Llegaba a la altura de los buzones, por cuyas rendijas se colaba como una asquerosa postal emitida desde el infierno.
¿Cómo iba a salir entonces de allí? Había intentado huir abriéndome paso hacia el matadero. Y ahora que estaba a punto de llegar no sabía cómo escapar.
Mi corazón galopaba desbocado, a la par que bombeaba el ser tumoral que me acechaba ya a un palmo. Aquello alargó sus brazos y me agarró por la espalda. Sentí sus manos calientes y pastosas empapando mi cuerpo.
Entonces me desperté.
ANTONIO GRILO, NÚMERO 3
Había sido un sueño muy real. Tanto que aún tenía la piel de gallina al despertar y el olor de la sangre flotaba en el recuerdo como un lejano remanente.
Fue una de las pesadillas más terribles de mi vida, sin duda, plagada de simbolismo, pero con algún elemento real, como ocurre habitualmente en el mundo onírico. Por ejemplo, conocía de sobra la fachada. Vivía, de hecho, a pocas calles de ese lugar.
Un año atrás había alquilado un pequeño estudio en una calle paralela a la Gran Vía de Madrid, y cada mes caminaba hasta la calle San Bernardo, donde se encontraba mi peluquero de confianza. A veces acortaba atravesando la calle Antonio Grilo y no podía evitar desviar la mirada hacia un edificio que, a simple vista, era como cualquier otro de la zona, con un enorme portón de madera (sí, el mismo del sueño). Era la casa de los crímenes, tal y como la había bautizado el semanario de sucesos El Caso.20
El 1 de abril de 1962, a las ocho y media de la mañana, el sastre José María Ruiz Martínez, de cuarenta y ocho años, asesinó, uno a uno, a todos los miembros de su familia. Primero mató a su mujer, Dolores Bermúdez, y después a sus cinco hijos: Juan Carlos, Adela, Susana, Dolores y José, de entre catorce y un año. Para acabar con ellos utilizó un martillo, un cuchillo, una barra de metal y, finalmente, una pistola.21
Una vez perpetrado el horror, salió al balcón con el cadáver ensangrentado de uno de sus hijos en brazos, gritando: «¡Los he matado a todos!». En la calle, los vecinos se arremolinaban impactados, sin dar crédito a la escena que estaban viviendo.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntaron algunos.
—Por no matar a otros canallas —respondió José María.22
Acto seguido se metió en casa y llamó al 091 para confesar lo que acababa de hacer; además, solicitó la presencia de un sacerdote. El padre Celestino llegó a toda prisa, tras haber sido informado brevemente por las autoridades. Se colocó al otro lado de la puerta. El asesino se asomó por la mirilla,23 con el pijama lleno de sangre, mostrando una pistola. Celestino intentó disuadirlo, pero a las 9:11 se escuchó un disparo en el interior. Acababa de volarse la cabeza.
El atroz crimen resultaba incomprensible para el entorno. Algunos afirmaron que se trataba de una familia feliz, y que de hecho la pareja se quería como si aún fueran novios.24 Nadie podía explicarse lo que acababa de suceder.
A las 8:40 de la mañana del 1 de abril de 1964, José María Ruiz salió al balcón del tercer piso con el cadáver de uno de sus hijos en brazos. «¡Los he matado a todos!», gritó.
Con el tiempo los medios publicaron que José María se había visto ahogado por las deudas derivadas de la construcción de un chalé que estaba levantando en Villalba25 y que aquello terminó por enloquecerle.
Por aquel entonces, los vecinos más veteranos empezaron a dar una clave interesante a los cronistas que se acercaban hasta allí: ese mismo edificio ya había sido escenario de un crimen atroz, ocurrido diecinueve años atrás.
EL CRIMEN DEL CAMISERO
El primer suceso registrado en el número 3 de Antonio Grilo tuvo lugar a finales de 1945, cuando el camisero Felipe de la Breña, de cuarenta y ocho años, fue golpeado con un candelabro y después estrangulado a manos de dos presuntos ladrones que nunca fueron encontrados. Al llegar las autoridades, la víctima aún sostenía en su mano un mechón de pelo de uno de los agresores. El crimen quedó sin resolver.
Pero no sería el último.
En 1964, solo dos años después de los asesinatos del sastre, tuvo lugar otro impactante suceso. Pilar Agustín Jimeno, vecina del primer piso, embarazada, dio a luz en la vivienda. Por miedo a la deshonra, no quería que nadie supiera del alumbramiento, así que ahogó al recién nacido con sus propias manos y después lo envolvió en una toalla y lo guardó en el interior de una cómoda, como si se tratara de una simple prenda de ropa.26
Su hermana, horrorizada, lo encontró dos días más tarde.
Una vez más, las crónicas demostraban que el edificio se levantó sobre un escenario funesto. En el siglo XVIII, un hombre fue asesinado en mitad de la calle y otra mujer fue apuñalada por un sicario contratado por su marido.
Un poco más allá, en las cuevas de la bodega del número 9, apareció un cementerio de fetos de bebés, que pertenecía a una supuesta clínica de abortos clandestinos de la posguerra.27
Curiosamente, conocía esta historia a la perfección, pero llevaba años sin hablar ni leer sobre ella. ¿Por qué había tenido un sueño como ese de repente, sin sentirme obsesionado? Quizá el subconsciente estaba lanzándome una señal por la cercanía del lugar. Tenía que investigar. ¿Quién vivía allí ahora? ¿Sabría de la ola de crímenes?
Me prometí indagar al día siguiente, cuando los últimos detalles del tormentoso sueño hubieran desaparecido por completo de mi mente.
VIVIR EN UNA CASA DE LOS CRÍMENES
Un par de llamadas me sirvieron para conseguir el teléfono del actual propietario de la casa de los crímenes. Se llamaba Javier Prada,28 y después del crimen del sastre, su tía compró la vivienda y finalmente él la había heredado.
El portal del edificio maldito de Antonio Grilo, donde se cometieron casi una decena de crímenes en treinta años.
Marqué el teléfono de Javier y le conté que era periodista, que vivía muy cerca de su casa y que sentía interés por su historia y por saber cómo era vivir allí.
Me contó que aquella era una casa en pleno centro de Madrid en la que él se sentía muy a gusto. Llevaba allí varios años y la iba reformando poco a poco, en la medida de sus posibilidades.
Decidí sincerarme y detallarle que llevaba tiempo indagando sobre el fenómeno de las casas malditas, y quería saber si había tenido allí algún tipo de experiencia anómala. Hubo un silencio al otro lado de la línea y luego una risa nerviosa.
—A mí no me ha pasado nada raro… Ten en cuenta que nací aquí, me he habituado. A veces se escucha algún ruido, pero es muy propio de estos edificios antiguos. Eso sí, una vez vino una médium porque era amiga de un familiar y tenía curiosidad. Al entrar dijo que había una energía opresiva y no estaba a gusto.
Esa semana le llamé varias veces para intentar convencerle de que nos autorizara a llevar a cabo una investigación con la casa en total soledad. Al principio no estaba muy convencido. Mi sensación era que no quería saber demasiado; al fin y al cabo, él vivía allí. Podía entenderlo perfectamente. Pero al final aceptó la propuesta de entregarnos las llaves de la vivienda para pasar allí una noche.
Sería la primera vez que un grupo de investigadores y periodistas pasaba una madrugada entre esas cuatro paredes.
COMIENZA LA INVESTIGACIÓN
Fue en la tarde de un lluvioso jueves cuando me dirigí al número 3 de Antonio Grilo. Atravesé la estrecha calle de la Luna, desértica bajo el aguacero. El agua corría sobre el empedrado y el cielo estaba tan oscuro que parecía que la noche había caído de repente.
El neón intermitente de una farmacia iluminaba los charcos, simulando una luz fantasmal que ascendía desde el suelo. Pasé a una cafetería silenciosa y pedí un cortado para llevar. El inesperado chaparrón me había pillado sin paraguas y necesitaba algo caliente. Además, sabía que la noche iba a ser larga y en algún momento echaría de menos algo de cafeína.
Plano del interior del apartamento donde el camisero asesinó a su familia.
Pagué y salí de nuevo al exterior, cubriéndome con la capucha del abrigo. Retomé el paso a ritmo acelerado hasta llegar a la calle San Bernardo, apenas ocupada por algún taxi que remoloneaba en busca de clientes desamparados bajo el diluvio.
Miré a un lado y a otro y crucé rápidamente. Al doblar la esquina me topé con el famoso edificio, con fachada de piedra y cuatro balcones ocupando cada uno de los tres pisos. Del primero surgía una planta seca que se extendía hasta casi enredarse con los cables de la luz que cruzaban por el frente.
Me acerqué a la puerta de madera plagada de grafitis con cierto nerviosismo. Estaba a punto de entrar en el escenario de una de mis pesadillas.
Llamé al portero automático y la voz de Javier, especialmente metálica a través del interfono, preguntó quién era. Tras identificarme sonó la apertura del portón.
Empujé con fuerza y entré. Me topé con un portal estrecho, que, francamente, no se parecía demasiado al de mi sueño. Después de atravesar un espacio diáfano, una inclinada escalera de madera ocupaba prácticamente todo el pasillo.
Ascendí por ella hasta el tercero, donde me encontré a Javier asomado a través de la puerta descascarillada de su vivienda.
Me recibió sonriente y me invitó a entrar. Al hacerlo, me topé con una casa que estaba prácticamente como debía encontrarse cuando sucedieron los crímenes. Era antigua, con suelo embaldosado y un papel en las paredes que en algunas zonas colgaba medio arrancado, como en una película de terror. En otras, el papel y la pintura estaban tan deteriorados que se veía incluso el hormigón poroso de la estructura. Del techo colgaban bombillas desnudas y un pasillo flaco y larguirucho como un galgo abandonado daba acceso a las diferentes estancias. Las puertas, con la pintura agujereada y decadente, parecían también de la construcción original. Javier debió adivinar en mi mirada que me parecía increíble que alguien pudiera vivir allí, ya no por la historia truculenta, sino por el estado en que se encontraba cada rincón.
—Está en malas condiciones, pero es que voy reformándola cuando puedo —me dijo.
El largo pasillo de la casa da a las diferentes estancias, incluyendo el salón, donde se encuentra el balcón que fue escenario clave en el truculento suceso del sastre asesino.
Finalmente me entregó las llaves y nos despedimos.
Inspeccioné cada habitación. Uno de los antiguos dormitorios estaba ahora convertido en un improvisado gimnasio, con un par de máquinas maltrechas. En otra habitación, que no tenía ventanas, había una polvorienta máquina de rayos uva y en la cocina se acumulaban sacos de cemento y tablones de madera sobre un muro de hormigón.
El balcón principal se encontraba en el salón. Debía ser el lugar por el que el sastre se asomó en su día mostrando el cadáver de uno de sus hijos.
El ambiente era especialmente denso. No sé si por la sugestión, por los sucesos o por las condiciones del interior, pero parecía como si allí habitara un parásito que se alimentara del oxígeno y la luz.
Abrí las ventanas para ventilar. Había parado de llover y los tímidos rayos del sol se colaban entre las nubes, cada vez más dispersas.
Aun así, en el interior seguía respirándose de otra forma. No corría aire y daba la sensación de que el polvo se había apoderado de todo, invadiendo cualquier superficie.
Sonó el timbre. Se trataba de parte del equipo de Cuarto Milenio, que iba a colocar cámaras de vigilancia para poder observar desde el exterior cómo se desarrollaba la investigación, de manera que allí hubiera la menor cantidad de gente posible.
Con ellos llegó también mi compañera Clara Tahoces, metódica investigadora que, con su buen olfato y un don extraordinario para obtener psicofonías, arrojaba siempre conclusiones que resultaban más que interesantes.
Traía unas cajas de gran tamaño que funcionarían a modo de cámaras anecoicas. Me explicó que estaba investigando desde hacía semanas con ellas. Estaban forradas con un material que sellaba el interior, de manera que al colocar dentro las grabadoras era imposible que se colara ningún ruido residual. Cualquier sonido que se registrara solo podía proceder del interior estanco de la caja.
Poco después llegó Paloma Navarrete, una mujer de formación científica, licenciada en Farmacia, pero que desde muy pequeña tenía la supuesta capacidad de ver cosas que otros somos incapaces de percibir. Era compañera de Aldo en el Grupo Hepta, y también me había dado muestra de su honestidad a lo largo de los años. Ella era la única que no sabía dónde se encontraba. La calle Antonio Grilo es una como tantas otras del centro de Madrid, y para camuflar la situación le habíamos dicho que se trataba de un domicilio cualquiera, donde vivía una familia que había solicitado nuestra ayuda. Esa era toda la información que tenía cuando bajó del taxi junto al bloque maldito.
También se unió la periodista Carmen Porter, subdirectora de Cuarto Milenio y con una larga trayectoria investigando estos fenómenos. Su perspectiva y sagacidad, además de su especial sensibilidad, aportarían también datos relevantes.
Al caer la noche, cada rincón estaba monitoreado. Todo estaba listo para comenzar la investigación. Yo me marcharía y estaría en contacto con ellas desde la calle, donde podríamos escuchar y ver todo lo que sucediera.
No imaginaba que la experiencia de Paloma iba a resultar especialmente contundente.
UN HOMBRE GRITANDO POR EL PASILLO
Paloma empezó hablando de una atmósfera densa y casi irrespirable. Aseguraba que, sin saber lo que había pasado allí, le parecía de lejos uno de los peores sitios que había visitado en su vida. «Es un sitio terrible», repetía.
De pronto empezó a hablar mientras recorría el pasillo con su péndulo.
—Hay una discusión terrible entre dos hombres. Hay relación entre ellos, pero no sé cuál es. Y puede ser una discusión de dinero. Pero de dinero mezclado con… Yo diría que con familia. Y hay una pelea… ¿También han degollado a alguien con un cuchillo? Hay alguien al que se han cargado… Y el muerto es un hombre, parece. Lo que veo es que le han cortado el cuello; le han dado una cuchillada tremenda.
Esta información, a priori, podría guardar relación con un suceso ocurrido en el siglo XVIII, cuando las autoridades encontraron un cadáver en mitad de la calle con un rastro de sangre que llegaba hasta una iglesia cercana; era el cuerpo de un hortelano que, aparentemente, llevaba días amenazando al cura con sacar a la luz su relación con una costurera del barrio. El cura asesino fue condenado a muerte, pero Carlos III le conmutó la pena.29 En esas especulaciones estaba cuando Paloma empezó a hablar de algo que me dejó paralizado, al igual que a Carmen y Clara, cuyas miradas de sorpresa podía captar a través de la imagen de las cámaras.
—Hay un hombre gritando por el pasillo. Pero gritando desaforadamente por el pasillo. Y hay una ventana abierta. Este hombre está loco —Paloma, sorprendida por lo que veía, alzó la vista con gesto contundente—. Tiene un aspecto de desquiciado.
Paró un poco y prestó atención a algo que los demás no percibían. Era como si estuviera escuchando algo lejano. Continuó…
—Fuera hay gritos. Se oye gritar a gente. Furioso, furioso, está muy furioso. Pero es que, para mí, este hombre ha perdido la cabeza. Es como… Se queja. Y en el suelo parece que hay una mujer. Yo creo que alguien más hay, pero metido en un cuarto. Es como si alguien se hubiera encerrado en una habitación, lo que pasa es que no le veo. Sé que está ahí. Y además parece un chaval. Y está llorando.
Durante la investigación colocamos cámaras en cada rincón de la casa para registrar todo lo que ocurriera en tiempo real.
Efectivamente, algunos miembros de la familia se habían atrincherado en sus dormitorios ante el ataque de locura del parricida. Según chequeé después en un artículo:
Dentro de la vivienda, la escena era dantesca. Había sangre por todas partes. Los policías se encontraron a la María Dolores, la esposa, muerta en el suelo del dormitorio. A los pies de cama, en su moisés, estaba su hija de dos años degollada. En el cuarto de baño, donde se había encerrado para refugiarse, otra hija, de 14 años, yacía con un disparo en la garganta. En otra habitación, sobre la cama, la niña de 12 años muerta, y en otro cuarto, que daba a la calle, dos niños, uno de 10 con el cuello rajado, y otro de cinco, asesinado a tiros.30
Paloma se levantó y fue desplazándose por la casa mientras Clara la seguía con una cámara en la mano y Carmen registraba todo con su iPad. Llegaron al salón, donde Paloma se sentó y siguió concentrándose. Apuntó que el hombre enloquecido al que había visto tenía el pelo moreno con canas, y percibía que tenía problemas económicos.
—Hay algo que tiene que ver con el dinero y que lo ha vuelto loco. Y su oficio tenía que ver con las manos, era un hombre con mucha soltura en las manos —dijo.
Pensé en el chalet de Villalba del sastre y en los problemas de su construcción que, aparentemente, habían llevado a este hombre a la locura. No podía creer tal nivel de detalle. Pero Paloma aún estaba a punto de arrojar un nuevo y sobrecogedor dato.
—Se percibe mucha angustia… Hay una densidad como grabada en el papel de las paredes. Lo siento, pero hay como muchas capas, mucha información. Y ahora percibo otra cosa que es distinta. Y que tiene que ver con un bebé. Con una criaturita muy pequeña.
Clara y Carmen se miraron intensamente. Pero Paloma seguía a lo suyo, haciendo caso omiso del furtivo intercambio:
—Ahora veo a una chica. Es una chica joven. Tiene unos ojos muy… Como aniñados. Y también está llorando. Está muy angustiada, muy angustiada, muy angustiada. Lleva en las manos un bulto envuelto en tela. Pequeño. Pero muy entrapajado. Y lo mete en algún sitio. Es que no sé si es en un armario o en un mueble.
No podía creerlo. Era imposible que, sin saber dónde estaba, estuviera aportando esa información. Pero yo mismo había gestionado cada detalle, dando indicaciones precisas al taxista de que no le dijera ni el nombre de la calle.
—Esta chica está enferma —continuó Paloma—. Le pasa algo. Y está conmocionada. Va vestida con una especie de camisón. Y en la cama, en las sábanas, pues es como si hubiera sangre. Una mancha rara. ¿Ha habido un parto en esta casa? ¿El bulto es un bebé? Dios santo…
EL LENGUAJE DE LOS MUROS
Paloma manifestó encontrarse mal, al igual que Clara y Carmen. Eran altas horas de la noche cuando subí al tercer piso para ver cómo iba todo.
Clara había dejado sus grabadoras repartidas por la cocina y en algún dormitorio. Los resultados fueron también bastante interesantes. La que se encontraba en la cocina registró un golpeteo, como si alguien estuviera jugando con ella. Pero es que en la grabación del baño apareció una voz infantil que decía: «Papi». Era, casualidad o no, el servicio donde, según la prensa, se había intentado guarecer la hija de catorce años, huyendo de la furia asesina de su padre.
Todas las grabadoras estaban dentro de cámaras anecoicas, con lo que resultaba imposible que hubieran captado ningún sonido del exterior. ¿Cómo explicarlo entonces? Finalmente, en la habitación convertida hoy en gimnasio se grabó una voz que decía un nombre: «Clara». Como llamando a mi compañera, encargada de la experiencia psicofónica.
Antes de marcharnos, precisamente Clara se dio cuenta de otro detalle. Me llamó para comprobarlo. En la cocina había una inscripción. Una frase escrita con una tipografía mayúscula sobre el hormigón de la pared, bajo las capas del papel grasiento que pendía de los muros. «3 MAYO CAE EN EL DÍA», decía. La palabra «DÍA» aparecía enmarcada, como si quien hubiera escrito aquello le hubiera dado especial importancia.
Vi que Clara sacaba su teléfono móvil y hacía unas comprobaciones. Con rostro de asombro me tendió el aparato. En la pantalla había un artículo sobre los crímenes, que se habían cometido un 2 de mayo. Solo un día antes de la inscripción. ¿Podría guardar relación o era simple coincidencia? ¿La escritura había sido posterior? En cualquier caso, ¿qué adulto hace inscripciones en las paredes de su casa? Nos pareció un detalle interesante que comentamos en los días posteriores. Me hizo recordar una información aparecida en algunos medios de la época, que relataban que el asesino, tras salir al balcón con los cadáveres de su familia, gritaba: «Tenía que hacerlo hoy, ellos me lo ordenaron». El día tenía una importancia en su mente desquiciada.
Sobre el muro de hormigón alguien había escrito una extraña frase que llamó la atención de la investigadora Clara Tahoces (Foto: Clara Tahoces).
Esa noche, al llegar a casa, pasé largos minutos bajo la ducha. Tenía la sensación de haber arrastrado conmigo un montón de polvo y esa famosa densidad de la que hablábamos todos los que estuvimos en la casa. Algo invisible que se adhería a la piel y tensaba los músculos hasta la contracción.
Ya en la cama caí rendido, pero me desperté una hora después, presa de unos terribles dolores en las piernas. Me recordaba a la etapa de crecimiento en la adolescencia, cuando me desvelaba con esa misma sensación tortuosa. El dolor fue intermitente durante toda la noche y se combinó con unas pesadillas muy extrañas en las que regresaba al portal. Pero ya no volví a encontrarme con el Hombre de Sangre.
A la mañana siguiente compartí la experiencia con los compañeros. La respuesta que obtuve por su parte me pareció llamativa. Todos, acostumbrados a investigar en muchas otras casas con historias truculentas, habían tenido experiencias similares: su noche había estado también plagada de pesadillas.