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Luis Prado le da un beso a su mujer y siente que ella puede darse cuenta. Le pasa siempre lo mismo, pero la respuesta rutinaria de Eli le tranquiliza y su respiración vuelve a ser acompasada. «¿Qué tal el día?». Luis pasa por encima en el repaso de su jornada en Urquijo-Prado, el despacho de abogados del que es dueño junto a su cuñado Borja Urquijo, el único hermano de Eli. Luis Prado lleva haciéndose cargo de todo desde hace meses. Así tendrá que ser hasta que Borja se recupere, vuelva a trabajar y a ser el que era, si es que eso sucede alguna vez.

Eli Urquijo no quiere que nadie la llame Elisa. Casi nadie lo hace, salvo Luis, que cuando discuten, finge que no se da cuenta: «No me jodas, Elisa; deja de gritar, Elisa; no sé de qué me hablas, Elisa…». Eli se siente mayor. Primero empezó sintiéndose gorda y ahora se siente mayor y gorda. Así se ve ella. Nota que sus muslos se ablandan según pasan los días, gelatinosos, la piel se hunde y remonta hasta el siguiente hoyuelo. A veces se ilusiona mientras se aplica la crema anticelulítica antes de irse a dormir, estira la piel de los muslos con las dos manos dándoles una tersura instantánea, ficticia, que dura hasta que las manos dejan de hacer fuerza y a sus muslos vuelven los cráteres. Es herencia de su madre. La primera liposucción hizo algún efecto, la segunda ya apenas se notó. Claro que en la primera era más joven, nada más nacer Cristina. La segunda se la hizo cuando llegaron los mellizos. Mañana cumplen diez años y ella no ha vuelto a recuperar su peso. Sabe que le faltan por recuperar muchas más cosas y de vez en cuando tiene miedo de que ya no le dé tiempo. Mañana cumple cuarenta y cinco años. Su médico programó la cesárea para que Luis y Martina nacieran el mismo día que ella.

Lorena Rosales es vecina de Eli y Luis. No hace nada. No trabaja, y eso para Eli es no hacer nada. La verdad es que sí hace. Hace Bikram yoga, hace spinning, hace meditación, hace senderismo, hace dieta macrobiótica… Su marido, Luca Sandovich, es exfutbolista, representante, intermediario, mediador de acuerdos entre clubes, jugadores y padres de jugadores, que suelen ser los más difíciles. Luca y Lorena irán mañana sábado a casa de sus vecinos Luis y Eli, que celebran el cumpleaños de ella y de los mellizos. Irán con su hija Jimena, que es guapísima como su madre y muy rubia, como su padre y su madre.

A pesar de ser viernes, Luis y Eli no saldrán a cenar esta noche. Han cenado ligero en la cocina después de que Cristina y los mellizos se hayan ido a dormir. Seguro que la mayor sigue despierta, enganchada al móvil, pero esta noche sus padres no tienen ganas de discutir con ella —«adolescente caprichosa»— para que no utilice el teléfono en la cama. Después de cenar han subido a la habitación y han repasado lo necesario para la fiesta de cumpleaños de mañana. Eli ha encargado un catering, vendrán camareros; es lo mejor porque la chica de servicio no dará abasto, al final se juntarán unos setenta invitados. Acudirán empleados de Urquijo-Prado, compañeras de la galería de arte de en la que trabaja Eli, madres de los amigos del cole de los niños, compañeros de pádel de Luis y, además de Luca y Lorena, están invitados bastantes vecinos de la urbanización Delparaíso.

Luis y Eli compraron la casa de Delparaíso poco antes de comenzar a construirse. Casi setecientos metros habitables, con una pequeña parcela de otros cuatrocientos en la que caben porche, jardín y una piscina. Las setenta casas de Delparaíso son iguales, al margen de la decoración que cada uno decida. De los despropósitos estéticos en el interior de algunas casas y de su vulgaridad nadie es responsable, salvo los dueños. Eli piensa que hay personas que no merecerían vivir en Delparaíso por su pésimo gusto. Le desespera que algunos propietarios utilicen la palabra chalet, «casa, se dice casa». «El problema es que para vivir aquí solo es necesario tener dinero».

Eli y Luis han empezado a ver en la cama un nuevo episodio de una serie que les han recomendado unos amigos. Eli cree que toca hacer el amor, ha pasado casi un mes desde la última vez. Fue divertido, después de una cena con unos amigos en la que se emborracharon, estaban contentos, se parecía a aquellos tiempos en los que se deseaban, cuando Luis hacía que se estremeciera con solo tocarla; ni siquiera eso: solo con un beso se humedecía. «¿Juventud? La edad es una excusa, es el paso del tiempo con la misma persona lo que mata todo». Eli pone su mano en la pierna de Luis. Luis duda un instante. Le da pereza, pero quizás sea necesario. Él también cree que ya toca. Duda de si podrá, hace apenas dos horas que se corrió con Carolina. Se acuerda de ese momento y se excita, pero es Eli quien está a su lado buscando su boca, rogando un beso. «Estoy cansado», se disculpa. Eli, que ya ha hecho lo más difícil proponiéndolo después de tantas semanas, no quiere frustrarse y busca con la mano por dentro del calzoncillo de Luis. Es viernes. Luis piensa que negarse será peor y accede. Eli apaga la luz y se mete por debajo de las sábanas. Luis se concentra cuando Eli le busca el pene con los labios, con su lengua, intentando ponerlo duro, lo suficiente al menos para poder sentirlo dentro de ella. La erección de Luis es más mecánica que apasionada, pero sentir cómo crece dentro de su boca excita a Eli. Moja dos de sus dedos con saliva para lubricarse, hace falta algo de ayuda, pero hoy no utilizará ninguna crema lubricante. Eso les quita las ganas a los dos, a ella más por lo que significa. Hoy no hará falta. Eli entiende que es el momento y se pone encima de Luis, que la mira desde abajo. Ella prefiere no quitarse la camiseta. Sus tetas son demasiado flácidas, no ayuda que sean tan grandes. Sus tetas volvían loco a Luis cuando además de grandes no estaban muertas. Luis piensa en Carolina y en su cuerpo joven, en la fresa mordida tatuada en su culo. En sus pechos redondos, de pezones pequeños y oscuros, en su vientre liso y luminoso y el piercing de su ombligo, en su pubis depilado, en su manera de correrse, ese último gemido cuando parece morir, tan joven, tan bella. Eli se mueve encima de Luis, que vuelve a la realidad y no puede evitar mirar a su mujer con compasión. Se entristece un poco, es la conciencia. Eli exagera su placer, pero nota cómo Luis se ablanda dentro de ella. Suda él, ella se frustra y se tumba en silencio, cubriéndose de cintura para abajo, su torso ya lo escondía debajo de la camiseta. «Lo siento», él. «No pasa nada», ella. Eli busca sus bragas y pasa al baño a lavarse con ellas en la mano, Luis enciende la luz y busca el mando de la tele. Mañana hay fiesta en casa.