NO SÉ PARAR QUIETO

La actividad física ha formado parte de mi vida desde que puedo recordar. Siempre he sido muy activo. De pequeño, en Manresa, donde vivía con mis padres y hermanos, empecé practicando todo tipo de deportes: fútbol, atletismo, patinaje, hockey sobre patines..., siempre estaba probando algo nuevo, hasta que decidí dedicarme en serio al baloncesto. Mi club era la Unió Manresana, la cantera del equipo de la ACB Bàsquet Manresa, y allí jugué desde los nueve hasta los diecisiete años. Recuerdo que me encantaba. No solo el deporte en sí, sino la sensación de formar parte de un equipo, la disciplina de los entrenadores, la competición, todo. El deporte me proporcionaba mucha felicidad y mucha satisfacción, y supongo que por eso, cuando pensaba en mi futuro, en qué quería ser de mayor, la actividad física siempre era una de mis opciones.

Además, tenía un buen ejemplo en mi familia. Yo soy el pequeño de cinco hermanos con los que me llevo muchos años de diferencia. De hecho, me he criado casi como un hijo único porque, cuando aún era pequeño, la mayoría de mis hermanos ya se habían independizado, aunque mi hermano Jordà, que es quien me sigue por edad, siempre cuidaba mucho de mí. Eso tiene sus ventajas. Por ejemplo, mis padres siempre estuvieron muy pendientes de mí y me transmitieron el valor del esfuerzo. Me enseñaron que las cosas cuestan y que hay que ganárselas y valorarlas. Por otro lado, mis hermanos siempre fueron un ejemplo para mí en todos los sentidos. Observarlos me ayudó a decidir qué quería y qué no quería hacer en la vida. Uno de ellos, el mayor, Nabí, estudió Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, luego se dedicó a las actividades dirigidas y actualmente es profesor de Educación Física en Miami. Poco a poco se convirtió en mi referente. Decidí que quería seguir sus pasos. También Daniel, mi hermano mediano, siempre ha sido un gran referente por su serenidad y su impresionante formación profesional.

GRÀCIES, MAMA.

GRÀCIES, PAPA.

PASE LO QUE PASE, LOS CINCO HERMANOS SIEMPRE ESTAREMOS JUNTOS.

EL PRINCIPIO DEL VIAJE

Así que cuando acabé el bachillerato, a los diecisiete años, dejé a mis padres, Manresa y mi equipo de baloncesto y me fui a Barcelona a estudiar Ciencias de la Actividad Física y el Deporte en Blanquerna. Mis primeros meses en la gran ciudad fueron quizá el único momento de mi vida en el que no practiqué ningún deporte ni actividad aparte de lo que hacía en las clases de la universidad. Supongo que es normal; acababa de llegar a un sitio nuevo y tenía que acostumbrarme al entorno, los horarios, las clases, la gente, no tenía tiempo para mucho más. Pero en cuanto las cosas se estabilizaron sentí la necesidad de volver a mover el cuerpo, así que me apunté al gimnasio, algo que, como todo lo que había estado haciendo aquellos meses, también era nuevo para mí. Acostumbrado a practicar un deporte de equipo en un club, me costó encontrarle la gracia al gimnasio. Lo primero que probé fue hacer pesas por mi cuenta, pero lo cierto es que me aburría bastante. Además, como aún no sabía cómo crear una buena rutina de entrenamiento ni tampoco la técnica correcta para llevar a cabo los ejercicios, no veía resultados. Al final, lo único que conseguía era desmotivarme y sentirme muy incómodo, así que decidí cambiar de estrategia y probar las actividades dirigidas donde, al menos, no estaría solo. Busqué una para empezar y me decanté por el spinning, que consiste en pedalear sobre una bicicleta estática a distintos ritmos e intensidades siguiendo las indicaciones de un técnico. Visto desde fuera, me pareció divertido. Y la verdad es que me gustó desde el principio, sobre todo porque se practicaba con música.

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?

La música es otra maravilla que me ha acompañado toda la vida. De pequeño, cuando no estaba haciendo deporte, estaba escuchando música, tocando o bailando. Estudié solfeo y tocaba el trombón de varas y la batería. No se me daba nada mal. Mi hermano Noé, el músico de la familia y un artista muy completo, siempre me ha inspirado con las melodías y los ritmos. Por eso, cuando estaba decidiendo qué hacer en el futuro, la música fue otra de mis opciones, aunque acabé descartándola, pero recuperarla y relacionarla con la actividad física me pareció una gran idea.

Así que, casi sin darme cuenta, me enganché al spinning. Hacía todas las clases que podía, y me lo pasaba genial sudando y siguiendo el ritmo de la música. Además, acababa agotado, por lo que me daba la sensación de estar trabajando duro. Pero al cabo de un tiempo aquello también empezó a aburrirme. Entonces no lo sabía, pero lo que pasaba es que estaba cometiendo un error típico de principiante: centrarme en un solo tipo de ejercicio o capacidad física. Por suerte, en lugar de abandonar, se me ocurrió probar otra actividad para recuperar la motivación y, al poco tiempo, empecé a alternar distintas actividades: spinning, por supuesto, body pump, body combat, aeróbic, step, de todo, aunque prefería las que se hacían siguiendo el beat, el ritmo, de la música. Así fue como, poco a poco, empezaron a interesarme las actividades dirigidas y, después de un tiempo practicándolas, a veces hacía hasta tres o cuatro clases seguidas la misma tarde, me di cuenta de que me costaba muy poco aprenderme las rutinas, hasta el punto de que, en alguna ocasión, había llegado incluso a corregir y ayudar al técnico. También se me daba bien contagiar mi entusiasmo al resto de la clase con gritos, palmadas, pequeños detalles que generan buen ambiente y sensación de grupo. De hecho, en aquellos momentos ya no iba a entrenar solo, sino que me encontraba en el gimnasio con un grupo de amigos más o menos estable, algo que también nos ayudaba a motivarnos mutuamente. Creamos una familia de gym, muchos sabréis de lo que hablo, nos llamábamos el Gin-Team.

Por otro lado, echaba de menos el baloncesto, así que decidí ponerle remedio y buscar opciones para practicarlo en Barcelona. Al poco tiempo de instalarme en la ciudad empecé a entrenar como jugador en el club Bàsquet Ciutat Vella, pero pronto me di cuenta de que jugar ya no me motivaba tanto, que lo que realmente me apetecía era hacer de entrenador. Empecé a buscar y me enteré de que Les Corts UBAE, un club de los más potentes en formación en fútbol sala de Barcelona, quería reforzar la sección de baloncesto y buscaba entrenadores. Me gustó la idea. Después de tantos años jugando en la Unió Manresana, tenía la sensación de que podía aportar mucho desde el banquillo y, además, era algo que me apetecía probar. El club confió en mí y me asignó distintos equipos de chicos y de chicas de categorías entre diez y dieciséis años. Cuando llevaba unas semanas descubrí que no solo tenía buenas habilidades como entrenador, sino que, además, era algo que me gustaba mucho hacer. La dirección del club apreciaba mi capacidad para mantener un buen ambiente sin romper la disciplina, los chicos y chicas a los que entrenaba sabían que conmigo se lo iban a pasar bien, pero también que no podían desmadrarse, porque yo soy una persona cariñosa, pero al mismo tiempo muy estricta cuando hay que serlo; y yo sentía que entrenar, enseñar y, en cierta manera, educar a aquellos chavales me motivaba muchísimo y me hacía sentir muy realizado.

CON LOS PEQUES DE LES CORTS UBAE EMPECÉ A DESCUBRIR LA MAGIA DEL FITNESS.

Aquella época fue muy importante para mi evolución profesional y personal. Durante cinco años creamos una gran familia entre mis jugadores y jugadoras y sus familias, que además se reflejó en unos muy buenos resultados deportivos: llegamos a ganar una liga de Barcelona y todo.

Así pasé los primeros años de carrera. Entre semana, por las tardes, entrenaba a los equipos de baloncesto, lo que me daba una buena perspectiva sobre lo que supone ser un docente de educación física y me hizo descubrir la conexión que tenía con los niños y adolescentes; después, me iba al gimnasio a entrenar yo, lo que me permitió descubrir todas las posibilidades de las actividades dirigidas; y los fines de semana eran los partidos de baloncesto de los distintos equipos. No paraba quieto ni un momento.

UN BUEN CONSEJO

Pero cuando llegó el momento de elegir dónde y cómo hacer las prácticas obligatorias de mis estudios, de repente, tuve dudas. Por un lado me seguía interesando la docencia, pero, por el otro, las actividades dirigidas también me llamaban mucho la atención y me apetecía explorar ese campo. Finalmente, pensé que las actividades dirigidas tenían algo de docencia, aunque no se hicieran con niños, y acabé haciendo las prácticas primero en el gimnasio Eurofitness Perill y después en el Metropolitan de Barcelona. La experiencia fue tan buena que uno de mis coordinadores me quiso contratar como técnico, pero yo pensé que si me decidía a dedicarme profesionalmente a esto quería intentarlo en el Dir, que era donde llevaba años acudiendo como alumno y preocupándome de elegir meticulosamente a qué clases asistía. Así, dependiendo de la actividad, iba a un gimnasio Dir o a otro para ver cómo la hacía determinado técnico y observar cuáles eran sus estrategias y sus aciertos. Aprendí muchísimo procurando fijarme siempre en los mejores de cada especialidad. Por eso, tengo que dar las gracias a David Nicolás, Josep Serrano, Anna Cambil, Arturo Vargas y a muchos otros compañeros que me ayudaron a crecer. En aquel momento, para mí, las actividades dirigidas ya no eran solo una forma de hacer ejercicio, sino que mientras las practicaba procuraba aprender y mejorar en el que quería que fuera mi oficio. De hecho, mi estilo actual como técnico nació de una mezcla de todo lo que vi y asimilé en esos años, y también de lo que aprendí de mi hermano. Me siento muy orgulloso de ello.

Josep Serrano, que por aquel entonces era el coordinador del Dir de Avenida de Madrid y a quien considero mi primer mentor, fue quien confió más en mí, me dio el empujón final y me convenció de que debía perseguir mi sueño de ser técnico de manera profesional. Siguiendo su consejo, y con la ayuda de mi hermano mayor, Nabí, que me ayudó a preparar una coreografía de step, me presenté a las pruebas del Dir y el resultado fue muy bueno. Empecé a cubrir bajas en distintos centros los domingos. Era un trabajo divertido, porque siempre era distinto, pero también agotador. A mi rutina habitual de estudios, entrenamientos y partidos de baloncesto y entrenamiento personal se sumaba ahora el trabajo de los domingos en el gimnasio. Al final, no tenía ni un solo día de descanso a la semana y mi cuerpo lo notaba. Por suerte, tenía veintidós años y mucha energía, pero yo sabía que aquello era insostenible en el tiempo.

Los sueños hay que perseguirlos, no soñarlos.

Al cabo de unos meses, conseguí tener una plaza fija de técnico en el Dir de Tres Torres. En ese momento ya había acabado los estudios y decidí dejar también definitivamente el baloncesto para centrarme en las actividades dirigidas y apostar por ello. Durante medio año trabajé mañanas y tardes dirigiendo distintas clases, pero pronto me di cuenta de que necesitaba evolucionar. No estaba acostumbrado a hacer siempre lo mismo y en el mismo sitio. Así que cuando surgió la oportunidad de trabajar también en Dir Tuset, un gimnasio muy grande y con mucha actividad, me lancé de inmediato y empecé a combinar clases en los dos centros. Al poco me ofrecieron trabajar también en Bonasport, que es uno de los gimnasios más prestigiosos de Barcelona y lugar de encuentro de caras famosas e influencers. Acepté también y empecé a combinar las clases en los tres centros.

Uno de los recuerdos más especiales de aquella época fue mi primera masterclass de zumba y body combat, que di para celebrar mi vigésimo tercer cumpleaños. Acudieron más de sesenta personas, entre ellas mi madre y mis hermanos, y fue superemocionante (¡quién me iba a decir que años después daría una masterclass para 150 personas como invitado especial en Formentera y, además, en mitad de una pandemia!).

ENTRENANDO EN EL PARAÍSO CON FORMENTERA ZEN Y PURO BIENESTAR, ¡MENUDO SUBIDÓN!

Dar clases en distintos centros me ayudaba a estar motivado y eso me hizo volcarme aún más en las clases. También fue muy importante para mí el apoyo de Kedar, compañero y coordinador de Tuset, que siempre apostó por mí y me apoyó en todo. Poco a poco, en todos los centros donde trabajaba se empezó a crear un grupo más o menos estable de gente que siempre venía a mis sesiones porque les gustaban (¡un saludo, equipo Tuset y Tres Torres!). Durante los cuatro años que estuve allí conseguí tener una media de entre veinte y sesenta alumnos en todas mis sesiones. Tengo muy buenos recuerdos de las clases de los Cul 10, aprimats y body pump de los lunes y de zumba, pilates y combat de los miércoles y los jueves. Además, por mi parte, decidí fomentar ese sentimiento de grupo y, un par de veces al año, organizaba cenas con todos los clientes que se quisieran apuntar para conocernos y divertirnos juntos en un ambiente distinto del gimnasio. La verdad es que eran un éxito; solíamos ser treinta, llegando a juntarnos hasta sesenta alumnos que acababan convirtiéndose en amigos, y siempre nos lo pasábamos genial. Yo lo hacía, no solo porque fuera divertido, sino porque sabía que aquello repercutía en el rendimiento en las clases, aumentaba la motivación, mejoraba el ambiente y hacía que la experiencia fuera mejor para todos, creaba una familia. Fue entonces cuando descubrí que mi forma de hacer las clases era distinta y que a los alumnos les encantaban independientemente del centro donde las diera.

Sin embargo, el ritmo de trabajo que llevaba era completamente agotador. Había días que hacía hasta once horas de clases. Cuando llegaba a casa me metía en la ducha con sensación de fiebre por agotamiento. Habría podido dormirme de pie bajo el chorro de agua, pero la acumulación de cansancio y adrenalina tenían más bien el efecto contrario: me costaba dormir bien.

¿UN SUEÑO HECHO REALIDAD?

Al cabo de un tiempo de esta rutina frenética supe que no quería estancarme y decidí seguir estudiando para especializarme en el campo de la educación. Así que, sin dejar lo que estaba haciendo, me apunté a un máster a distancia en la universidad VIU de Valencia y, cuando llegó el momento, hice las prácticas en el colegio Sant Ignasi de Sarriá con sus alumnos de ciclos formativos, dando una asignatura sobre actividades dirigidas en sus estudios de animación sociodeportiva. Una vez acabadas las prácticas, mi trabajo les gustó tanto que, al año siguiente, me ofrecieron ser tutor de uno de los grupos de sus nuevos estudios: un ciclo formativo de grado superior para formar técnicos en condicionamiento físico, es decir, técnicos de fitness. De repente, mis dos vocaciones hallaron un encaje perfecto. Daba clases y tutorizaba a chicos y chicas a partir de dieciséis años y los formaba para convertirse en técnicos de actividades dirigidas. Además, impartía fitness a estudiantes de primero de bachillerato en sus horas de educación física. En las clases, mi actitud fue siempre como en los entrenamientos de baloncesto: cariñoso y divertido, pero estricto. Si algo he aprendido en todos estos años es que la disciplina bien entendida es un valor a la hora de transmitir conocimiento y crear un buen ambiente en las clases. Podemos divertirnos, y vamos a divertirnos, pero sin perder nunca de vista los objetivos. Así lo aprendí en mis años en la Unió Manresana y así sigo haciéndolo hoy en día, porque creo que es bueno y funciona.

Los grandes cambios empiezan con un soñador que lleva dentro la fuerza, la paciencia y la pasión para conseguir lo que quiere.

Al mismo tiempo, empecé también a dar clases de psicomotricidad a niños y niñas de dos a cinco años en el parvulario Carles Riba. Fue una experiencia preciosa en la que trabajaba con ellos a través del juego. Los niños a esa edad son muy cariñosos y divertidos y era algo muy distinto a mi experiencia con los adolescentes, pero igual de gratificante. Recuerdo con mucho cariño el festival de fin de curso en el que monté con ellos coreografías con disfraces. Nos lo pasamos muy bien y fue todo un éxito.

Fueron tres años muy felices. Por las mañanas daba clases en el parvulario y después en el cole y tres tardes a la semana, casi como un hobby, seguía con las actividades dirigidas en el gimnasio. Vista desde fuera, mi vida era un sueño hecho realidad, la culminación de muchos años de trabajo y esfuerzo. Pero, en el fondo, yo notaba que algo no acababa de encajar. Que, a pesar de que no tenía motivos para quejarme, no lograba estar del todo satisfecho.

QUIERO MÁS

Era una sensación extraña. Algo en mi pecho que intentaba salir. Una especie de fuerza que no sabía cómo ni hacia dónde dirigir. Quería hacer algo grande. Sentía que podía y que lo necesitaba. Soy una persona ambiciosa, lo reconozco. No me conformo fácilmente. Me gusta darlo todo, esforzarme, llegar al límite. Me gusta sentir que lo que hago tiene consecuencias, que va más allá.

No es lo que tienes, sino cómo lo usas, lo que marca la diferencia.

En el gimnasio, en las actividades dirigidas, se habla a menudo de la magia. La magia aparece cuando la clase fluye. Es ese momento en el que te olvidas de que estás haciendo ejercicio y te entregas al movimiento, a la actividad. Da igual que estés cansado y sudadísimo, da igual que no puedas más; cuando surge la magia todo el mundo va a una y el objetivo ya no es hacer deporte sino estar en el momento, pasarlo bien, conectar. Es fácil ver cuándo surge la magia. Basta con mirar a los ojos y los rostros de los alumnos. Es una expresión inconfundible de felicidad, alegría y satisfacción. ¡Se me pone la piel de gallina! Yo me esforzaba todos los días para crear esa magia en mis clases, y creo que lo conseguía casi siempre. No es fácil. Durante los seis años que me dediqué a las actividades dirigidas en gimnasios, para mí era importantísimo mantener siempre el mismo nivel de entusiasmo, ya fuera cuando hacía sustituciones o cuando tuve un puesto fijo, fuera la primera clase del día o la última, tuviera yo un buen día o uno no tan bueno. Mi nivel siempre era el mismo o, al menos, siempre me esforzaba para que así fuera. Y eso se nota. Mis alumnos, mis amigos, me lo decían: «¡Lo que tú haces es tan diferente! Siempre estás a tope». Y a mí eso me alegraba y me frustraba a partes iguales. Porque está bien que tus clases estén llenas de gente feliz, pero también es verdad que el trabajo es muy sacrificado, está mal pagado y es agotador. Además, sentía que aquello se me quedaba pequeño, pero no sabía qué hacer.

UNA MISTERIOSA OFERTA

Un día, mi amigo Miguel Fontecha mandó un mensaje en el grupo de exalumnos de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte. Era una oferta de trabajo a la que aseguraba que yo debería presentarme, porque parecía que estaba hecha a medida para mí. La oferta en cuestión era de una productora televisiva que se llamaba Gestmusic y que a mí me sonaba, pero no tenía demasiado claro qué programas hacía. Mis compañeros Gerard Querol y Gerard Casas me dijeron que era la de Operación Triunfo y que me lanzara a contestar la oferta sin dudarlo un momento. La información que daba la convocatoria era bastante escueta. Solo decía que buscaban un técnico para dar cuatro clases de actividades dirigidas a la semana a un grupo de edad variada en un programa de televisión. Nada más. No decía ni siquiera qué programa. Yo pensé que aquella podía ser la oportunidad que había estado esperando, así que preparé el currículum y lo mandé lleno de esperanza y convicción. Por suerte, no tuve que esperar mucho: me llamaron al día siguiente para que fuera a hacer una primera entrevista. Aquel primer contacto fue muy bien, nos gustamos y yo salí de allí con buenas sensaciones y el presentimiento de que volverían a llamarme. En petit comité, me regalaron el consejo de que me espabilara con mi fluidez hablando en castellano. Yo, evidentemente, me puse las pilas y empecé a hacer todas las clases de fitness en castellano, para practicar, ya que hasta entonces siempre las había hecho en catalán. ¡Quién me iba a decir que meses después tendría un programa propio en Televisión Española!

Y así fue. Después de unos cuantos días de silencio, que se me hicieron larguísimos, por fin se pusieron en contacto conmigo para decirme que había pasado la primera entrevista y para desvelarme que el programa para el que buscaban a alguien era, efectivamente, Operación Triunfo, cuya vuelta se había anunciado a los medios pocos días antes.

Para la siguiente entrevista me pidieron una planificación detallada de lo que haría en un mes de clase, semana a semana. Yo, claro está, tenía mucha experiencia después de años trabajando como técnico de actividades en distintos gimnasios, así que me puse a prepararla con muchas ganas y volcando en ella todo lo que había aprendido en estos años. Si había un momento para demostrar que yo podía hacer algo importante, era ese, de manera que me empleé a fondo. También analicé a fondo las clases de los profesores de los años anteriores para ver qué hacían ellos y cómo mejorarlo.

A veces lo que no pasa en un año sucede en un día.

A la productora le encantó mi enfoque, pero me dijo que no tomarían una decisión definitiva hasta después del verano y que, mientras tanto, no le podía contar a nadie que estaba en ese proceso de selección. «¡Pero si estamos en mayo!», pensé yo. Pero no había nada que hacer. Tocaba tener paciencia y esperar. Aunque lo cierto es que yo estaba bastante tranquilo. Seguía teniendo una intuición, una especie de certeza de que el trabajo iba a ser para mí. Y, en cualquier caso, no valía la pena preocuparse. La suerte ya estaba echada. Aunque lo cierto es que me pasé todo el verano dándole vueltas a la que podía ser la oportunidad de mi vida.

Por fin, a finales de septiembre, me llamaron y me dijeron que tenía que hacer una última entrevista con «gente importante». Al llegar me encontré con Noemí Galera, la directora de la academia de Operación Triunfo. Me lo jugaba todo y estaba un poco nervioso, pero también muy seguro de mí mismo, que es como creo que hay que enfrentarse a los retos. Por su parte, Noe es una persona encantadora y superespecial y me hizo sentir muy a gusto. En un momento dado, pasó por allí también Tinet Rubira, el director de Gestmusic, y yo tuve la sensación de que me hablaban como si ya estuviera todo decidido, aunque no me dijeron nada definitivo. Tenía que seguir esperando. Aunque hubo algo que me hizo sospechar. Poco después de salir de la reunión me empezaron a llegar un montón de notificaciones de nuevos seguidores en Instagram y, qué casualidad, muchos eran personas del equipo de Gestmusic, incluida, unas horas después, Noemí Galera. Yo ahí casi ya no tenía dudas de que el puesto era mío, pero la productora aún tardó más de un mes en confirmármelo. Recuerdo perfectamente el momento, porque era 20 de noviembre de 2019 y yo pensé: «Hoy es 20 y será OT 2020, esto tiene que ser una buena señal». Pero, aunque ya no había marcha atrás, seguía siendo un secreto y no se lo podía contar a nadie. Recuerdo que aquella tarde se me hizo rarísimo dar clase en el gimnasio, sabiendo que muy pronto dejaría aquel trabajo y sería el nuevo profesor de fitness de OT.

LA EXPERIENCIA OPERACIÓN TRIUNFO

La noticia se hizo oficial por fin el 9 de enero y allí ya la cosa explotó: el teléfono me echaba humo, mensajes, miles de seguidores de golpe en las redes sociales, apariciones en periódicos y digitales de todo tipo, revistas, de todo y, por supuesto, llamadas de amigos y conocidos. Yo alucinaba. No daba abasto para leer ni mucho menos contestar a todo el mundo. Y entonces llegó la Gala 0, el momento en el que, finalmente, pasaría de ser un chico desconocido con una vida más o menos corriente, a ser Cesc Escolà, el profe de OT. Mi cara se haría conocida, mi vida estaba a punto de cambiar. Durante la gala, cuando Noemí presentó a los profes, dijo de mí que yo era la verdadera estrella de esa edición. No me lo podía creer y, al mismo tiempo, sentí toda la presión del mundo. Aquella frase estaba poniendo las expectativas altísimas y yo sabía que tendría que estar a la altura. Era mi obligación. Más tarde, durante el Chat, el programa de después de la gala, en el cual los profes fuimos a la academia para conocer a los chicos y divertirnos un poco con ellos pasados todos los nervios de su primera actuación, una persona del público mandó un mensaje en redes pidiendo que yo enseñara mis abdominales. Yo me sentí algo incómodo. Al principio del programa ya habían enseñado fotos mías de Instagram en las que salía sin camiseta. Así que dije que no, que lo haría en la última gala o durante las clases, pero esa noche, no. Después me hizo mucha ilusión ver un vídeo en el que sor Lucía Caram me mandaba buenos deseos y decía que lo iba a hacer muy bien. Mi madre era la médica de su convento, así que yo conozco a sor Lucía desde niño y fue una sorpresa de lo más agradable verla en aquel momento. No paraba de alucinar.

CONFIRMO: ¡OPERACIÓN TRIUNFO TE CAMBIA LA VIDA!

Cuando llegué a casa aquella noche, mi madre me estaba esperando alucinada igual que yo. Debían de ser las cuatro de la madrugada cuando le mandé un mensaje a Noemí. Yo estaba infinitamente agradecido, pero también un poco preocupado. Por un lado, que me presentaran como el profesor estrella sin ni siquiera haber empezado aún las clases me hacía sentir mucha presión. Por otro, no quería que la gente me juzgara solo por mi físico, que pensaran de mí que no era más que una cara bonita. Llevaba mucho tiempo estudiando y preparándome para estar a la altura, y quería demostrarlo con mi trabajo. Noemí, con esa cosa de madre que tiene, que cuida tanto de todos, me respondió que no me preocupara por nada de eso y que hiciera lo que sé hacer, porque estaba segura de que yo demostraría lo que valgo.

El primer paso para llegar a donde quieres es decidir que no te quieres quedar donde estás.

El martes siguiente empecé por fin las clases en la academia. Al principio, los chicos estaban un poco en baja forma y les costó coger el ritmo. Recuerdo incluso que en la primera clase uno de ellos, Jesús, se mareó y tuvo que parar, en parte también porque no había desayunado. Pero yo sabía que eso era de lo más normal y no me preocupé. Sé por experiencia que si pones, o te pones, el listón demasiado bajo, las cosas resultan excesivamente fáciles, no hay motivación porque no hay obstáculos que superar. En cambio, si subes un poco el listón, generas esa motivación, esa sensación de avance, aunque al principio cueste más. Y eso no solo pasa en el gimnasio, es una teoría que aplico a todos los ámbitos de mi vida. Lo mismo me pasaría meses después en Muévete en casa. Recuerdo que Màxim Huerta, entre otras personas, hizo bromas sobre la exigencia de la primera clase y, sin embargó, acabó enganchándose al programa.

Al cabo de nada, los chicos de OT se habituaron al ritmo y las cosas empezaron a ir de maravilla, nos lo pasábamos genial y yo estaba muy feliz con el cambio que había empezado a dar mi vida. Había pedido una excedencia en el gimnasio, pero, cuando salía de la academia, seguía dando clase a los chicos de grado superior y bachillerato. Me estaba acostumbrando a mi nueva rutina cuando, de repente, pasó lo inimaginable. Llegó la pandemia de COVID-19, OT se canceló y la población fue confinada en sus casas. Todo se paró de la noche a la mañana.

70 PROGRAMAS EN 18 DÍAS

Y entonces, en medio de ese momento tan complicado, Televisión Española me propuso hacer un programa de televisión diario para que la gente hiciera ejercicio en sus casas durante el confinamiento. La idea surgió porque, durante los primerísimos días, yo había hecho alguna clase desde casa por mi canal de Instagram y la respuesta había sido bastante buena, y también porque, curiosamente, antes del estado de alarma, mis clases en la academia de OT habían tenido muy buena aceptación y había habido bastante gente que explicó en redes que las seguían. El único «pero» de la propuesta era que la productora del programa, Tesseo, estaba en Madrid y yo tendría que desplazarme allí en pleno confinamiento para grabar.

MI OBJETIVO ERA TRASPASAR LA PANTALLA Y COLARME EN CASA COMO UNO MÁS DE LA FAMILIA PARA MOTIVARLOS.

Cuando lo comenté en mi casa, las reacciones fueron diversas. Tanto mi padre como mi madre son médicos y también tengo un hermano y varios familiares sanitarios. En aquellos momentos de incertidumbre en los que la mayoría de nosotros aún no teníamos demasiado claro qué era la COVID-19 ni qué estaba pasando, mis padres tenían ya bastante información y sabían lo más importante, que era una enfermedad peligrosa y muy contagiosa. Mi madre me pidió que no lo hiciera. Me dijo que estaba segura de que habría más oportunidades, que no valía la pena que arriesgara mi salud. Como madre, temía que pudiera pasarme algo malo. Pero yo quería hacerlo. Sobre todo porque sabía que con un programa así podría ayudar a mucha gente, que podría contribuir de verdad a que muchas personas pasaran mejor el confinamiento, a mejorar su calidad de vida. Pensé que no solo era una buena oportunidad para mí, sino que era un trabajo importante, un servicio público y, por eso, valía la pena correr el riesgo.

Así que cogí el coche y me fui para Madrid. Fue el viaje más extraño de mi vida. Carreteras vacías, todos los comercios cerrados. El trayecto desde Barcelona fue como atravesar un territorio fantasma y, al llegar a la capital, la cosa no cambió mucho. Era el único huésped del hotel y en los alrededores no había nada abierto. Yo, que solo había pisado Madrid de pequeño y no recordaba nada, no pude salir a pasear ni hacer otra cosa que estar en la habitación de aquel hotel e ir a trabajar al chalet de La Moraleja donde grabábamos.

EL CURRAZO QUE SE ESCONDE DETRÁS DE LAS CÁMARAS.

Además, yo nunca había hecho un programa de televisión. En OT salía por televisión dando las clases a los chicos como lo hacía siempre en el gimnasio. No hacía nada distinto a lo que llevaba años haciendo. Lo cierto es que, como las cámaras no están a la vista, ni siquiera tienes la sensación de estar haciendo un programa. En cambio, ahora era todo lo contrario. Tenía tres cámaras apuntándome y yo solo podía mirar a una. Tenía que presentar, explicar los ejercicios, despedir. Y todo esto hacerlo de forma amena y natural, claro. Por otro lado, fuera de cámaras, tenía que crear las clases y las rutinas, pensar qué ejercicios íbamos a hacer y cómo combinarlos. Por si esto fuera poco, íbamos contrarreloj. En tres días, viernes, sábado y domingo, había que hacer quince programas de media hora. Fue totalmente agotador, pero también una pasada que salió adelante gracias al superequipo de Tesseo, su apoyo y sus facilidades. Siempre les estaré agradecido por todo.

El domingo, cuando acabamos de rodar, me fui directo al hotel y caí rendido en la cama, pero al día siguiente, que era 23 de marzo, a las nueve de la mañana estaba delante de la tele con La 2 puesta para verme. Fue muy raro, claro, pero también me hizo mucha gracia y mucha ilusión descubrir que a la gente le gustaba. Enseguida me empezaron a llegar miles de mensajes por redes sociales y la audiencia fue creciendo día a día. Aquel lunes regresé a Barcelona, pero, al cabo de una semana, la productora se puso en contacto conmigo para pedirme que volviera a Madrid, esta vez ya en AVE, pero con mucha discreción, para grabar diez programas más. A partir de esta segunda tanda de programas, añadimos un extra que colgábamos en YouTube y que llamábamos «Reto Cesc: no te quedes con hambre», con ejercicios de alta intensidad para complementar la media hora de programa y completar un entrenamiento de casi una hora. Al final, acabamos haciendo setenta programas, que se grabaron en dieciocho días, todo un máster acelerado en hacer televisión, y se estuvieron emitiendo hasta el 26 de junio, cuando el confinamiento ya había acabado y habíamos entrado en lo que ahora conocemos como «nueva normalidad».

Somos lo que transmitimos.

Desde el primer día de emisión, Muévete en casa batió récords de audiencia en La 2, cosa bastante sorprendente. Que un programa de actividad física que se emitía a las nueve de la mañana contara con una media de 160.000 espectadores diarios y un 4,7 % de cuota de pantalla, con un máximo de 6,4 %, es un motivo de orgullo para mí y para todo el equipo.

Es tu actitud y no tu aptitud la que determina tu altitud.

Creo que parte del éxito del programa se debe al hecho de que lo hice siendo yo mismo, sin trampa ni cartón. Si me equivocaba no cortábamos, si estaba cansado, se me notaba. Con Muévete en casa descubrí que se me da bien comunicar en televisión, y que me gusta. Mucha gente me escribió dándome las gracias por mostrarme humano, por no cortar los fallos y dejar ver que yo también me equivoco. Mostrar mi debilidad permitía a la gente identificarse conmigo, y eso me parece muy bonito.

Durante aquellos días de miedo e incertidumbre, hacer el programa fue para mí una forma de desconectar y motivarme. Saber que estaba haciendo algo que ayudaba y acompañaba a la gente en aquel momento tan extraño, y recibir todos los mensajes de cariño que recibí fue muy bonito. Mi madre, que al principio había tenido muchas dudas, me dijo que sus compañeras del centro de salud veían mi programa y me dijo que yo tenía razón, que lo que hacía era importante. Oír esas palabras viniendo de ella me hizo muy feliz.

LA DESPEDIDA DE OT

Cuando España entró en la fase 1 de desconfinamiento, Gestmusic decidió que había llegado el momento de que Operación Triunfo volviera a emitirse. Esto sucedió a finales de mayo y la idea era hacer las últimas cuatro galas, sin público, eso sí, para poder elegir a la indiscutible ganadora de la edición: Nía.

Cuando me dijeron que volvíamos me alegré muchísimo. Echaba de menos a los chicos y me había dado mucha pena que el programa se cortara y todo quedara en suspenso, pero aquellas últimas semanas de clases en la academia de OT fueron una auténtica locura. Muévete en casa seguía emitiéndose y Televisión Española me había pedido treinta programas más, así que entre semana hacía las clases diarias en la academia y los fines de semana los pasaba grabando en Madrid.

Reencontrarnos todos después de tantos meses confinados fue superemocionante, nos teníamos que contener de verdad para no abrazarnos. Después de toda la incertidumbre, volvíamos a estar allí e íbamos a poder acabar el programa, que era lo que siempre habíamos querido todos.

Las cuatro semanas pasaron volando y, casi sin darnos cuenta, llegó mi última clase. Al acabar, quise despedirme de los chicos, compartir con ellos mis sentimientos. Les expliqué que OT me había cambiado la vida tanto como a ellos, les dije lo afortunado que me sentía por haber dado con un grupo de gente tan auténtica y tan apasionada por lo que hace, les recordé que debían seguir entrenando, pero, sobre todo, que no perdieran nunca la motivación ni la ilusión. Me costó mucho contener las lágrimas delante de ellos. Cuando me subí en el coche para volver a casa ya no las contuve más. Solo en el aparcamiento de la academia estuve un buen rato llorando.

Mi primera experiencia televisiva, el principio de todo lo que vendría después, el punto de giro, aquella cosa con la que soñaba por las noches cuando sentía que quería más había llegado a su fin. Me sentí profundamente agradecido por haber podido formar parte de aquello, por todo lo que había vivido, todas las personas a las que había conocido. Pasó todo tan rápido e hice tantas cosas en poco tiempo que hasta entonces no había podido pararme a pensar en todo lo que me estaba pasando. En cambio, en aquel momento, dentro del coche, me vinieron flashes de los momentos vividos y fue una explosión de emociones brutal. Aquello era un final, pero también un principio. Quién sabe qué otras sorpresas me tenía preparadas la vida...

UN NUEVO PROYECTO

Al empezar como profesor en OT dejé mi trabajo en el gimnasio para tener más tiempo para preparar las clases. Cuando acabó Muévete en casa, decidí que había llegado el momento de dar un giro definitivo a mi carrera y dejé también mi trabajo como profesor en el instituto. Sé que lo echaré de menos, pero también sé que quiero hacer grandes cosas y necesito tiempo para moverme libremente.

Cuando mejore la situación de la COVID quiero hacer masterclass multitudinarias y crear magia en directo con todos vosotros. Mi gran sueño es conseguir un cambio en la televisión para que haya al menos un espacio dedicado plenamente al entrenamiento y los hábitos saludables. Junto con un gran equipo de personas, estamos dando forma a un nuevo proyecto que espero que vea la luz pronto. ¡Creo que será muy grande!