Me propuse no dormirme para vigilar a Cosmo.

Pues a los diez minutos ya me había quedado frita. Los viajes en coche están en la lista de cosas que más sueño me dan:

Me desperté de golpe cuando el automóvil se detuvo. Tras la ventanilla, la luna alumbraba una casa de dos pisos cubierta de hiedra. El viento sacudía las contraventanas de madera.

—¿Por qué paramos aquí? —bostecé, asustada. Estábamos cerca de un bosque.

—¡Es nuestra nueva casa, boba! —dijo mamá, saliendo del coche—. ¿Qué te parece?

Me parecía que, para ser nueva, se caía a trozos, pero no dije nada. Lo primero era poner a salvo a Cosmo. Seguí a mis padres hasta el porche, iluminado por un farol que colgaba sobre la puerta.

—Voy a ver mi habitación —dije, en cuanto papá abrió la puerta con una pesada llave de hierro.

—¡Pero si no sabes dónde está! —rio él—. ¡Es el primer cuarto del segundo piso!

Por dentro, la casa parecía más vieja aún. Los peldaños crujían, las luces temblaban y los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas.

Solo faltaba un fantasma a juego con las cortinas.

Tragando saliva, abrí la primera puerta del pasillo de arriba.

Mi habitación se parecía al resto de la casa. Era estrecha, oscura, y estaba forrada con un horrible papel de pared. Y era tan viejo y feo que debía de haberlo elegido Napoleón con la luz apagada.

Eché el pestillo, me senté en la cama y saqué a Cosmo de la mochila.

—Da miedo, ¿eh? —Lo abracé—. Ni de broma voy a poder dormir aquí dentro.

Y a los cinco minutos ya estaba otra vez roncando. ¡No tengo remedio!

Mis padres decidieron ponerme el pijama y apagarme la luz. Menos mal que ninguno vio al gato acurrucado bajo la cama.

Mientras dormía, la luna fue ascendiendo sobre Moonville. Y ya sería medianoche cuando… ¡Bum! Un golpazo me despertó y un aire helado levantó las sábanas. El viento soplaba tan fuerte que la ventana se había abierto sola.

Corrí a cerrarla, peleando con las cortinas que me azotaban la cara. Entonces, por primera vez, vi el paisaje que se distinguía desde mi cuarto.

Frente a mí se alzaba la silueta de una gran mansión. Era tan vieja, encorvada y negruzca que parecía una bruja gigante. Hasta el tejado de su torre parecía un sombrero picudo.

—Tra-tranquilo, Cosmo. —Temblé, corriendo las cortinas—. Solo es una casa abandonada.

Fue entonces cuando noté que el gato no estaba. ¿Cómo había logrado salir si la puerta estaba cerrada? Aquel minino empezaba a mosquearme.

«Ni se te ocurra salir a buscarlo», me dije.

Por desgracia, no me hice caso. No podía arriesgarme a que lo descubrieran. Giré el picaporte y asomé la cabeza al pasillo desierto.

—¿Cosmo? —susurré, pero mi voz se perdió en las sombras.

Hay un refrán que dice que la curiosidad mató al gato. Solo esperaba que a los que buscan gatos no les pasara lo mismo. De puntillas, avancé por el corredor. El tictac de un reloj sonaba por algún lado, pero había algo más.

Se oía un murmullo apagado de voces.

Venían de una trampilla de madera en el techo. Una escalerita conducía hacia arriba, seguramente al desván. Temblando, subí los peldaños y escuché.

Me pareció distinguir cuatro vocecillas discutiendo. Solo que no entendía un pimiento de lo que decían. No hablaban en ninguna lengua que yo conociera.

Una era áspera, la otra gritona, la tercera muy suave y la última grave y ronca.

Tenía tanto miedo como curiosidad. Y bastantes ganas de hacer pis.

Contuve el aliento y empujé la trampilla para asomarme al desván. Por desgracia, al hacerlo las bisagras chirriaron un poco. Cuatro pares de ojos se volvieron hacia mí, pero no eran ojos humanos.

¡Eran los de un cuervo, un sapo, un murciélago y un gato reunidos en círculo!

Al verme, los tres primeros salieron disparados por un ventanuco. El gato fue el único que se quedó quieto. ¡Era Cosmo, por supuesto!

—Miau —maulló, saltándome a los brazos.

A mí no me engañaba: ocultaba algo.