
Aquella mañana, mi casa parecía una casa de locos.
—¡No la encuentro por ningún lado! —oí gritar por el pasillo.
—¿Dónde se ha metido esa sinvergüenza? —escuché vocear en la cocina.
Sí, la sinvergüenza era yo. Ah, y los que aullaban eran mis padres.
Los dos me buscaban, pero no podían verme. No es que me hubiera vuelto invisible. De hecho, ni siquiera había descubierto aún mis poderes. Solo me había escondido bajo la cama. Y lo que es más importante: no pensaba salir de allí.
—¡Anna, mi vida! —chilló papá, cariñoso.
—¡Anna, caradura! —chilló mamá, enfadada.
Esos que ves ahí son mis padres. Vale, son solo sus pies. Es lo único que alcanzaba a ver desde mi escondrijo. Pero los pies también nos hablan de cómo son las personas. Si huelen mucho, además de hablar, cantan. En el gimnasio del cole parece que estén interpretando ópera.
Los pies número 1 son los de mi madre. Son pequeños como ella, y van metidos en dos tacones que hacen tanto ruido como ella. Trabaja en un banco y es muy nerviosa, tanto que a veces rombos se equivoca y se pone un zapato de cada color (pero eso díselo tú, si te atreves).

Los pies número 2 son los de mi padre. Son grandes pero silenciosos, como él. Trabaja como profesor, y es tranquilo y presumido. Por eso siempre encuentra tiempo para sacar brillo a sus zapatos. Lleva los calcetines tan estirados que parece que se los sujete con tornillos.
Aunque sus pies sean tan distintos, mis padres tienen algo en común: les encanta hacer pasteles. ¡No, no los hacen con los pies! No nos gustan los pasteles con sabor a queso.
Mis padres tenían un sueño. Uno muy dulce. Soñaban con dejar sus trabajos y montar juntos una pastelería. Pero, cuando lo consiguieron, su sueño se convirtió en mi pesadilla.
¡Resulta que para abrir la pastelería querían que nos mudásemos!
—Debes comprenderlo, Anna —había dicho papá—. En la ciudad ya hay demasiadas tiendas. Pero mira, hemos encontrado el local perfecto…
—Está en un lugar precioso llamado Moonville —añadió mamá—. Parece un pueblo encantado, ¿sabes? Lleno de leyendas de magia y de brujas.
Por mí, como si estaba lleno de payasos y hamburguesas. En cualquier caso, yo no creía en brujerías y no pensaba dejar mi casa, mi escuela y a mis amigos. Por eso había decidido meterme bajo la cama y quedarme allí para siempre.

Estaba bien preparada. Tenía conmigo montones de chucherías, libros, el cepillo de dientes, mi patinete y otras cosas útiles. Por ejemplo, media tonelada de pelusa y un calcetín viejo.
Vale, es que había olvidado barrer bajo la cama. Pero el calcetín apestaba tanto que podía usarlo para defenderme. Además, no estaba sola. Tenía a Cosmo.
Cosmo era un gato vagabundo que llevaba días viviendo en el vecindario. El nombre se lo había puesto yo. Aunque no pertenecía a nadie, entraba y salía a su gusto de todas las casas. Tenía los ojos amarillos, las orejas picudas y el pelo gris.

Solo la punta de su cola era negra, como si la hubiera metido en una chimenea.
Pues, a pesar de lo genial que era, mis padres no me dejaban llevarlo conmigo.
—¡Anna, sal ya! —oí a mi madre—. ¡Tenemos que llegar a Moonville antes de que anochezca!
«Y un jamón», pensé. En su lugar, me encogí un poco más y me puse a acariciar las orejas del gato. Él, en cambio, se puso a maullar a todo volumen. Todo lo que tenía de bonito lo tenía de tonto.
—¿Te parece momento de conciertos de rock? —le susurré con voz apremiante—. ¡Que nos van a pillar!
—Miau —repitió el gato—. ¡Miau, marramiau!
Al instante, la cabeza de mamá se asomó bajo la colcha.
—¿Qué haces ahí? —gruñó—. Y otra vez con ese bicho. ¡Te dije que no lo quería en casa!
Asustado, Cosmo escapó de mis manos y saltó por la ventana abierta.
Yo intenté refugiarme en un rincón, pero mamá me cogió de las botas y tiró de mí. En menos de un minuto, me había arrastrado al coche cargado de maletas.

¡Bam!, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!
Las cuatro puertas se cerraron y mamá pisó el acelerador.
—¡Cosmo! —grité inútilmente por la ventanilla.
—Venga —dijo papá—. Olvida al gato y cantemos. ¡Un elefante se balanceaba sobre…!
Lo miré con los ojos echando chispas. Y él se quedó tan chafado como si el elefante de la canción le hubiese caído encima. Ahora ya no estaba enfadada. Estaba furiosa.
Entonces, de pronto, oí un suave sonido a mis pies. Algo así como un tímido ronroneo.
¡Allí abajo estaba Cosmo, enroscado en mi zapatilla!
Rápidamente, lo cogí y lo oculté en mi cartera. Al hacerlo me pareció que me guiñaba un ojo.