CAPÍTULO 1

Tras el rastro de Barry Seal

“Juan Pablo, muchas gracias por permitirme enviarte un mensaje privado. Me llamo Aaron Seal y mi padre fue Barry Seal. Estoy seguro de que estás tan familiarizado con ese nombre como yo lo estoy con el de tu padre. He leído que has buscado la reconciliación con personas del pasado de tu padre y eres un gran hombre por ello. He contactado a los hombres que halaron el gatillo y mataron a mi padre, y les he dicho que los he perdonado.

“Solo quiero que sepas que hace mucho tiempo perdoné a tu padre por haber —supuestamente— pagado por el asesinato de mi padre. Me acerco humildemente para pedirte que perdones a mi padre por haber estado dispuesto a declarar en contra de tu papá y sus asociados. Mi padre solamente estaba tratando de salvar su espalda y al final él pagó el último precio. Solo quiero que sepas que no hay resentimientos de mi parte ni de mi madre. Juan, yo más que la mayoría puedo entender lo difícil que ha sido tu vida. Mi camino ha sido áspero también, pero el Señor ha sido mi roca. No me ofenderé si eliges no contestarme. Que Dios te bendiga. Aaron”.

En la mañana del 25 de julio de 2016 revisaba al azar los muchos mensajes que recibo por las redes sociales hasta que llegué a uno que me llamó la atención por el apellido del firmante. Fue muy grata la sorpresa que me llevé al leer las nobles y sensatas reflexiones del joven Aaron Seal y desde luego lo primero que pensé fue en contactarlo.

Cómo no hablar con Aaron si su padre, Adler Berriman Seal, fue asesinado por orden de mi padre, en venganza porque en 1984 tomó varias fotografías en las que se ve a mi padre y a Gonzalo Rodríguez Gacha, ‘el Mexicano’, cuando ayudan a cargar cocaína en una avioneta en una pista de aterrizaje en Nicaragua. Esas imágenes son la única prueba existente hasta hoy que relaciona en forma directa a mi papá con el tráfico de estupefacientes.

Adler Berriman Seal, quien prefería que le dijeran Berry Seal, fue un reconocido y joven piloto estadounidense que trabajó para varias aerolíneas comerciales y tuvo la osadía de ser al mismo tiempo agente encubierto de la CIA, informante de la DEA y piloto de mi padre en los primeros años de la década de los ochenta, en la época dorada del cartel de Medellín.

A los 24 años de edad, Seal fue el piloto más joven en Estados Unidos en volar en solitario para la aerolínea estadounidense TWA. Era tan audaz que se hizo miembro activo de la Civil Air Patrol, una organización creada en 1930 por aviadores civiles que ofrecían sus habilidades para defender voluntariamente el territorio estadounidense, aún con sus propios aviones. Dicha entidad fue asignada al Departamento de Guerra bajo la jurisdicción de la Army Air Corps, los cuerpos armados aéreos del Ejército, pero en 1943 el presidente Harry Truman la incorporó de manera permanente como auxiliar de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, U.S. Air Force.

Después de varios años como piloto comercial, Seal ayudó a la CIA con vuelos ilegales que entraron a Estados Unidos cargados con heroína para financiar diferentes conflictos en el mundo, principalmente en operaciones anticomunistas. Pero la ambición lo llevó muy pronto a la cárcel: en 1979 fue detenido en Honduras acusado de tráfico de drogas. Permaneció nueve meses en una cárcel en Tegucigalpa donde conoció al piloto colombiano William Rodríguez, quien le propuso trabajar para el cartel de Medellín. Ya en libertad, Seal se destacó como piloto de sus propios aviones —tenía cuatro DC-10 y le gustaba llamarlos ‘The Marihuana Air Force’— y de los de mi padre, y descolló por su audacia en el trasiego de aeronaves repletas de coca desde Colombia hasta el sur de La Florida. En el círculo más íntimo del cartel, Seal era conocido como ‘Mackenzie’.

La cálida relación de mi padre y Seal queda confirmada con esta anécdota: un día mi papá me dijo que lo acompañara a ver el que anunció como el espectacular aterrizaje de un ‘gringo loco’ en la pista de la hacienda Nápoles, que solo tenía 900 de los 1.200 metros de longitud necesarios para el aterrizaje de un avión Douglas DC-3. El aparato venía repleto de animales para el zoológico de la hacienda.

Nos hicimos a un lado de la pista y de un momento a otro en el firmamento apareció un enorme aparato que se precipitó a tierra como si fuera a estrellarse y en un brusco movimiento tocó tierra y se deslizó a lo largo de la pista, que parecía insuficiente. Los frenos se veían al rojo vivo y de un momento a otro el piloto hizo un movimiento que hizo girar el avión sobre la rueda trasera evitando ir a parar a un abismo. Una vez la aeronave se detuvo en medio de una gran polvareda, un hombre gordo, abrió la puerta, bajó y se acercó sonriente a saludar a mi padre. El ‘gringo loco’ del espectacular aterrizaje resultó ser Barry Seal. Estoy seguro de que ese día mi padre lo apreció aún más por la audacia demostrada durante la riesgosa operación en la que además los animales resultaron ilesos.

Seal recibió una buena cantidad de dinero por semejante aventura y regresó a su casa con un regalo bastante exótico que solo podía provenir de mi padre: la cría de una guacamaya azul, originaria de Brasil, empacada en una caja de zapatos. Como ya había contado en mi anterior libro, en un viaje que hizo a Brasil en 1982, recién elegido Representante a la Cámara, mi padre sustrajo ilegalmente una hermosa guacamaya azul. Curiosamente, mi padre hizo ese viaje en un avión Lear Jet idéntico al que tenía Seal en Estados Unidos.

Por lo que me han contado de Seal, es fácil entender por qué se ganó los afectos de mi padre: porque era capaz de todo y porque de alguna manera fue precursor de varios métodos para introducir drogas y armas al corazón de Estados Unidos. Por ejemplo, diseñó un sistema mediante el cual un solo piloto lanzaba la carga al vacío, atada a un paracaídas que se abría al caer; en el alijo iba un rastreador que emitía una señal y al instante aparecía un helicóptero que descendía y enganchaba el cargamento. Luego, con una precisión milimétrica, aparecía un camión que circulaba a velocidad moderada, a la espera de que el helicóptero depositara la cocaína en la parte trasera. La misma operación se repetía con el lanzamiento de la droga en pantanos y era recogida en aerodeslizador. Y también en el mar, donde Ellie Mackenzie —de quien hablaremos más adelante— la recuperaba en un bote pesquero. A la par de estas estrategias usadas para traficar, Seal tenía un sitio preferido para llegar con los cargamentos desde la lejana Colombia: la pista de aterrizaje conocida como Summer Field Road, en Port Vincent, Estado de Louisiana.

Pero la meteórica carrera de Seal fue interrumpida por la agencia antidrogas de Estados Unidos, DEA, que en los primeros meses de 1984 lo arrestó en Miami bajo los cargos de lavado de dinero y contrabando de Quaalude o Metacualona, un poderoso sedante con capacidades hipnóticas que los jóvenes utilizaban entonces como droga recreativa. Según me cuenta Aaron, el cargamento por el cual fue detenido su padre no era de Quaalude sino azúcar. Lo cierto de esta historia es que Seal descubrió que había sido víctima de una estafa, pero cuando intentó deshacerse del alijo un amigo le dijo que él vendería las pastillas en algunas discotecas de Miami. Al final fue procesado por conspiración. Ante la posibilidad de pasar varios años en la cárcel, Seal no tuvo otra opción que firmar un acuerdo con la justicia para delatar a sus socios colombianos.

La colaboración de Seal con la DEA inició con un primer episodio que solo se sabe ahora: se le ocurrió proponerles a los capos del cartel de Medellín que los ocultaría en su casa de Baton Rouge, Luisiana, con el argumento de que estarían más seguros en territorio estadounidense que fuera de él. La audaz iniciativa incluía el vuelo en su propio avión. La propuesta fue planteada por Seal en una cumbre mafiosa en Ciudad de Panamá y al comienzo tenía tanta lógica que varios de ellos llegaron a considerarla seriamente. No obstante, la esposa de uno de los capos, cuyo nombre no estoy autorizado a mencionar, intuyó que Seal les estaba tendiendo una trampa. Ella tenía razón y tiempo después se sabría que en realidad Seal pretendía llevar a todo el cartel en un solo vuelo y entregar a los capos para cumplir su parte en el pacto con la DEA. La verdad es que ‘Mackenzie’ nunca le cayó del todo bien a ella y sus dudas sobre él terminarían por sepultar la idea de que los capos se escondieran en Estados Unidos.

El foco de los agentes secretos estadounidenses se concentró entonces en mi padre y ‘el Mexicano’, quienes fueron rastreados en Nicaragua cuando se reunían con enlaces del régimen sandinista para organizar el envío de cocaína desde suelo nicaragüense hacia las costas del sur de La Florida.

Fue así como los norteamericanos montaron una temeraria operación en la que Seal pilotaría un avión con una potente cámara fotográfica oculta en el fuselaje. La idea era probar los nexos del régimen sandinista de Nicaragua con la mafia colombiana.

La historia de esta compleja trama es así: los agentes secretos y Seal concluyeron que la manera más creíble de realizar el montaje era venderle un avión militar a mi padre, pero se encontraron con un obstáculo porque ese tipo de aeronave no tenía catálogo y por lo tanto no era posible comercializarlo. Entonces optaron por tomarle fotografías y publicar un aviso clasificado en una revista especializada de aviación. Mi padre se tragó el anzuelo y cuando se reunió con Seal y este le mostró la publicación, mi padre le dijo que lo comprara porque ese era el tipo de avión que necesitaban para traficar desde Nicaragua.

Una vez recibió un potente turbo hélice C-123, Seal lo bautizó ‘The fat lady’ —la señora gorda—, pero debió reparar la rampa de acceso porque no bajaba bien. Luego, un técnico enviado por la CIA instaló la cámara dentro de un cajón en la parte superior derecha de la entrada trasera del avión, pero tenía el grave inconveniente de que el control remoto era muy rudimentario y la obturación del botón para tomar las fotos producía un clic muy ruidoso. Por tanto, la única manera para que mi padre y quienes estarían con él no descubrieran la maniobra, era manteniendo encendidos los motores de la aeronave.

Así, en la noche del 25 de mayo de 1984, Seal aterrizó y le ordenó a su copiloto acelerar a fondo mientras él buscaba el momento adecuado para tomar las fotografías. Molesto por el ruido, mi padre le pidió a Seal que apagara los motores, pero este respondió que no podía hacerlo porque se habían producido algunas fallas técnicas que hacían riesgosa la salida. Mi padre entendió la explicación.

Finalmente, Barry Seal tomó a escondidas las reveladoras imágenes que captaron el instante preciso en que mi padre, ‘el Mexicano’ y Federico Vaughan, un funcionario de alto nivel del Ministerio del Interior de Nicaragua, colaboraban con varios soldados nicaragüenses para subir cuatro tulas que contenían seiscientos kilos de cocaína. Era el primer cargamento que enviaban desde la pista de aterrizaje del pequeño aeropuerto de Los Brasiles, situado no lejos de Managua, la capital nicaragüense. Seal aterrizó esa misma noche en el aeropuerto de la base aérea de Homestead, en el extremo sur de La Florida.

En aquel momento mi padre y ‘el Mexicano’ eran prófugos de la justicia de Colombia, donde los buscaban para responder por el asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, ocurrido el 30 de abril de 1984.

La secuencia fotográfica en la que aparecen mi padre y ‘el Mexicano’ fue publicada a mediados de julio siguiente en varios periódicos de Estados Unidos. El documento gráfico era incontrovertible, pues habían encontrado a mi padre con las manos en la masa. Barry Seal lo había traicionado y ello le costaría la vida.

La filtración de las fotografías a los medios de comunicación hizo un doble daño: puso en evidencia a mi padre y al ‘Mexicano’, y señaló al régimen sandinista de estar aliado con la poderosa mafia colombiana. Tras el escándalo, la permanencia de mi papá y de su socio se hizo insostenible en Nicaragua y dos semanas después regresaron a Colombia.

En la investigación que realicé para escribir este capítulo supe que mi padre se propuso acabar cuanto antes con la vida de Seal y para ello llamó a varios de sus contactos en Estados Unidos.

El primero en recibir el encargo de eliminar a Seal fue Max Mermelstein, un ingeniero mecánico oriundo de Brooklyn, Nueva York, que también trabajaba para el cartel y tenía en su haber una bien ganada reputación porque a lo largo de varios años introdujo 56 toneladas de cocaína a Estados Unidos, que representaron ganancias cercanas a los 300 millones de dólares. Mermelstein había ingresado a la organización de mi padre a finales de los años setenta, de la mano de Rafael Cardona, alias ‘Rafico’, un hombre de su confianza en Estados Unidos.

Sin embargo, en la mañana del 5 de junio de 1985, justo cuando avanzaba en la organización del complot contra Seal según las instrucciones de mi padre, Mermelstein fue arrestado mientras conducía su lujoso automóvil Jaguar. Al principio estaba tranquilo, pues pensaba que en cuestión de días el cartel de Medellín se ocuparía de su fianza y del cuidado de su familia, como estaba pactado desde finales de la década del setenta, cuando entró a trabajar para la organización de mi padre. Pero no fue así. ‘Rafico’ cometió el error de no pagar la fianza de US$ 550.000 fijada por el juez, y por el contrario, optó por amenazarlo para evitar que declarara contra él y sus socios.

Por la cabeza de Mermelstein no había pasado la idea de convertirse en testigo en contra de mi padre y sus socios porque en su proceso solo aparecía el hallazgo de US$ 250.000 debajo de una cama en el allanamiento a su casa, un delito aparentemente sencillo de explicar. Pero ante el comportamiento de ‘Rafico’, Mermelstein temió por su vida y la de su familia y no tuvo opción que convertirse en uno de los informantes más valiosos y costosos en la historia de Estados Unidos. Tanto, que la Oficina de Protección de Testigos del Departamento de Justicia ofreció proteger a 31 miembros de su familia, 16 de los cuales la aceptaron.

Una vez fue llevado a la Corte, Mermelstein reveló la existencia del complot para ejecutar a Seal y aclaró que había retardado el plan de manera deliberada porque según las órdenes de mi padre debía ser asesinado por una o varias personas, pero estadounidenses, pues no quería relación alguna entre el crimen y el cartel de Medellín en caso de que los sicarios fuesen atrapados.

En su libro The man who made it snow (El hombre que hizo llover coca), publicado en abril de 1990, Mermelstein escribió que nunca quiso matar a Seal porque a él le gustaba el negocio de traficar, no el de matar. Y agregó que sabía que si no cumplía con tan delicada misión pagaría con su vida.

Mermelstein reveló que en el propósito de asesinar a Seal contactó a un hombre llamado Jon Pernell Roberts, quien en el pasado había alardeado de sus nexos con la mafia local estadounidense. Sin duda, dijo, era el hombre indicado para el ‘trabajo’. A su vez, Pernell reunió a Mermelstein con Reed Barton —dos viejos conocidos, porque el uno le alquilaba vehículos al otro para transportar la cocaína— y en un par de ocasiones viajaron juntos a Baton Rouge, a realizar tareas de inteligencia y vigilancia en los sitios más frecuentados por Seal, pero no lo encontraron. El intento había sido fallido.

Para apresurar el plan criminal contra Seal, mi padre envió a reunirse con Mermelstein a un piloto conocido con el alias de ‘Cano’, quien había realizado con Seal varios viajes de narcotráfico en territorio colombiano. ‘Cano’ conocía bien el lugar donde vivía Seal, así como sus rutinas, su restaurante preferido, y hasta su sitio de trabajo. La información aportada por ‘Cano’ quedó escrita en papelitos pequeños que fueron a parar a la billetera de Mermelstein, quien entró en pánico porque con seguridad sería acusado si Seal caía asesinado.

La posibilidad de aparecer como responsable de un crimen que no había cometido atormentó a tal punto a Mermelstein que desde la prisión en Estados Unidos se arriesgó a llamar a ‘Rafico’ a Medellín. “Dejen en paz a Barry Seal”, gritó, pero recibió como respuesta que la orden ya había sido dada por mi padre y no habría marcha atrás. Tras la accidentada charla con ‘Rafico’, Mermelstein también se sintió hombre muerto, pues el individuo con quien acababa de hablar por teléfono lo había tratado con una preocupante mezcla de displicencia y desprecio, pese a que lo consideraba su amigo y juntos habían producido mucho dinero para el cartel de mi padre.

Por esa razón y más asustado que nunca, Mermelstein* llamó a su abogado y le dio una única instrucción: “Haz el mejor trato posible para mí”. Sin embargo, su defensor insistió en esperar un poco porque los cargos contra su cliente eran débiles, aunque se notaba el interés de las autoridades para evitar su liberación, al punto que de un momento a otro un juez de Los Ángeles elevó la fianza de US$550.000 a US$2 millones.

Entre tanto y en vista de que la tarea encomendada a Max Mermelstein había fracasado con su detención, mi padre decidió mantener la oferta por la cabeza de Seal: un millón de dólares a quien lo llevara vivo a Medellín, o medio millón a quien lo asesinara. A él solo le importaba que Seal muriera y para lograrlo le encomendó la misión a ‘Cuchilla’, quien también usaba el alias de ‘Pasarela’ y cuyo nombre real era Guillermo Zuluaga, un delincuente oriundo del municipio de La Estrella y socio fundador del Envigado Fútbol Club.

Para ejecutar el homicidio de Seal, ‘Cuchilla’ contrató los servicios de Luis Carlos Quintero Cruz, Bernardo Antonio Vásquez y Miguel Vélez, alias ‘Cumbamba’. Los dos primeros entraron ilegalmente a Estados Unidos a través de la frontera con México. ‘Cumbamba’ ya vivía en Miami y era trabajador de la narcotraficante Griselda Blanco y de su marido, Darío Sepúlveda.

Finalmente, Barry Seal fue asesinado a las seis de la tarde del 19 de febrero de 1986 por los hombres enviados por mi padre, quienes lo localizaron en el estacionamiento de una sede del Ejército de Salvación cuando se disponía a parquear su Cadillac blanco modelo 1979. Luis Carlos Quintero disparó una ráfaga de la ametralladora Ingram Mac-10 calibre 45 con silenciador; cuatro tiros alcanzaron el cuerpo de Seal, quien ocupaba el asiento del conductor. Murió de inmediato. Una Biblia, que él mantenía en el tablero del vehículo, quedó manchada de sangre.

Pero el crimen no habría de quedar impune porque las autoridades de Luisiana desplegaron una enorme redada y lograron capturar a los autores materiales. A dos de ellos el FBI los detuvo en el aeropuerto de la ciudad y al tercero, que había contratado un taxi para que lo llevara hasta La Florida en la idea de llegar al aeropuerto de Miami para huir a Colombia, lo alcanzó la mala suerte: el vehículo mató un venado que se atravesó en la vía y el conductor tuvo que llamar a las autoridades encargadas de proteger la fauna, pero como ya había sido dada la alerta de búsqueda de un hombre con rasgos hispanos, el sospechoso fue identificado casi de inmediato.

Respecto de los homicidas enviados por mi padre, el 20 de septiembre de 2015 y con motivo del rodaje en Medellín de ‘Mena’ —una superproducción cinematográfica protagonizada por el famoso actor Tom Cruise—, en la que se relata la vida y obra de Seal, el diario El Tiempo publicó: “El 13 de mayo de 1986, un jurado de Luisiana salvó a los tres sicarios de morir en una silla eléctrica como lo pedía el fiscal, pero los condenaron a cadena perpetua. Vélez murió a los 66 años en la penitenciaría de Angola, Luisiana. Quintero Cruz y Vásquez permanecerán en el centro correccional David Wade hasta que mueran”.

Max Mermelstein fue uno de los testigos principales del juicio contra los tres acusados y su declaración fue contundente porque aseguró que la ametralladora Ingram con la que asesinaron a Seal había sido ensayada en su casa tiempo atrás. Los peritos forenses encontraron algunos orificios en la pared, que coincidían con las pruebas de balística realizadas en el arma.

El 25 de mayo de 2015, próximos a cumplirse 30 años del homicidio, en una entrevista al diario Daily Mail de Inglaterra, Debbie, la viuda de Seal, recordó lo sucedido el día que un amigo la llamó para informarle de la muerte de su esposo: “Subí a mis hijos y empecé a manejar hacia allá… me quedé atorada en el tráfico, así que paré en un teléfono pago y les dije: ‘No sé a qué hospital ir’. Así que ellos me dijeron: ‘Debbie, solo ve a casa, él no va a ir a un hospital’. Les dije a mis hijos que su padre estaba muerto. Los llevé a casa. Luego fui a la cocina y solo lloré”.

En varias ocasiones la viuda de Seal ha expresado en público que aunque mi padre y ‘el Mexicano’ querían ver muerto a su marido, también es cierto que él conocía muchos pecados de la CIA y de algunos políticos respecto de las actividades de narcotráfico permitidas para financiar las operaciones de la ‘Contra’ nicaragüense; Seal también conocía secretos del escándalo ‘Irán-Contra’, que involucró al coronel Oliver North en la compra ilegal de armas a Irán para pro-mover la lucha anticomunista en Nicaragua. Curiosamente, el FBI encontró en el cuerpo de Seal el número de teléfono directo del entonces vicepresidente de Estados Unidos, George Bush, encargado de la guerra contra las drogas durante la administración del presiden te Ronald Reagan, lo que confirma el altísimo nivel en el que se movía.

Sorprende la ingenuidad de las autoridades estadounidenses de entonces para cuidar a Seal porque ya era conocida la peligrosidad de mi padre, toda vez que en Colombia había sido asesinado el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla y ya se sabía que él había sido el autor intelectual. Con semejantes antecedentes, pareciera claro que a muchos les convenía que Seal anduviera solo para convertirlo en presa fácil, ya que no solamente el cartel de Medellín saldría beneficiado con su muerte. Los movimientos del agente encubierto de la CIA e informante de la DEA estaban claramente delimitados por el juez Frank Polazola, quien le ordenó permanecer todos los días de seis de la tarde a las seis de la mañana en la sede del Ejército de Salvación, donde finalmente habría de encontrar la muerte. Pese al peligro inminente que lo rodeaba, el juez no solo le prohibió a Seal contratar escoltas pagos por él, sino que le advirtió que lo enviaría a la cárcel si era sorprendido con algún tipo de arma.

En el epitafio de la tumba de Adler Barriman Seal aparece escrito el siguiente texto, elegido por él para que su esposa lo hiciera esculpir el día que le llegara la muerte: “Un aventurero rebelde de la talla de los que en días anteriores hicieron grande América”.

A Barry Seal lo asesinaron cinco días antes de mi noveno cumpleaños. Por eso ahora, tres décadas después del terrible hecho, resultaba más que trascendental mi encuentro con su hijo, Aaron, a quien respondí el inesperado mensaje que me envió.

“Hola, Aaron:

Me sorprendí mucho con tus cálidas palabras y mensaje. Yo sé que estás hablando con el corazón, puedo sentirlo y quiero que sepas que no me siento orgulloso en absoluto de los crímenes cometidos por mi padre. Siento muchísimo por tu pérdida y por todo tu sufrimiento. Y también te pido perdón en nombre de mi padre. Estoy haciendo lo mejor para informar e inspirar a los jóvenes cuando les hablo y les cuento que mi padre con su vida lo único que nos mostró fue el camino que no debemos recorrer.

Realmente, me gustaría conocerte mejor. Yo creo que la paz no es un sueño imposible y que juntos podemos tener mucho para compartir, mucho por aprender el uno del otro y también de nuestros padres. Quisiera conocerte en persona. ¿Crees que eso es una posibilidad?

No puedo viajar a los EE.UU. porque no tengo visa, pero sí a cualquier país del mundo, si tú quieres. Sebastián”.

Aaron y yo cruzamos un par de mensajes y acordamos realizar una videoconferencia y filmarla porque consideramos que en el futuro nuestra charla podría tener un efecto tremendamente positivo. Este es el diálogo que sostuvimos y que luego fue traducido del inglés:

AARON SEAL: Hola.

JUAN PABLO ESCOBAR: Hola, Aaron, ¿cómo estás? Para mí es muy importante que hablemos, que nos hayamos contactado.

A.S.: También es muy importante para mí.

J.P.E.: ¿Cuántos años tienes?

A.S.: Yo creo que tengo unos meses más que tú. Nací en octubre de 1976, y creo que tú en febrero de 1977.

J.P.E.: Y cuéntame, ¿tuviste la oportunidad de conocer bien a tu padre? ¿Tuviste tiempo de compartir con él en el pasado?

A.S.: Cuando a él lo mataron yo tenía nueve años. No tuve mucho tiempo de compartir, pero estuvo bien hasta cuando duró.

J.P.E.: ¿Y tuviste una buena relación con él?

A.S.: Sí, antes de que lo mataran, sí. Él era un buen hombre, era bueno con su familia. Tengo un hermano 15 meses mayor que yo y una hermana tres años menor. Y aparte ten-go dos hermanos medios del pasado matrimonio de mi padre, que están cercanos a los 45 años. Nunca tuve relación con mi hermana media. Y la otra relación con mi otro medio hermano es agria.

J.P.E.: Yo tengo una hermana menor. Tiene 32 años. Ella y mi madre están bien, gracias a Dios. Bueno, tú sabes lo que es una guerra y sus consecuencias. Es realmente un milagro que estemos todos con vida.

A.S.: Sí, amén.

J.P.E.: Sí, la guerra fue muy dura y no queremos que se repita. No queremos seguir los pasos de mi padre.

A.S.: Yo seguí los pasos del mío por muchos años. Bueno, no tan lejos como él fue, pero seguí sus pasos en muchos sentidos. Me metí en el tráfico de drogas. Solía ir hasta México a traer drogas de vuelta, drogas de prescripción médica, por ejemplo. Después entré en el abuso de drogas de una manera muy fuerte y luché contra eso durante muchos años. Y el Señor me rescató. Ahora soy un ministro y estoy casado hace cuatro años y medio. Finalmente encontré una mujer que me aguantó.

J.P.E.: Yo he estado casado hace 13 años, pero estamos viviendo juntos hace ya 24. Tengo un hijo, Juan Emilio, de tres años y medio. Esperamos mucho tiempo para tener hijos porque sentíamos una responsabilidad muy grande. Cuando pensamos acerca de su futuro y cuando queríamos tener hijos, el futuro no estaba tan claro. Finalmente, Dios nos dio este gran regalo que es este niño tan noble, saludable e inteligente. Aaron, ¿cómo está tu madre?

A.S.: Si te dijera que está bien te estaría mintiendo. Ella está viva, está bien, pero emocionalmente se desmorona a veces. Ella no ha podido superar el pasado, y no solamente en lo que respecta a mi padre y a su muerte, sino también en la vida que vivió con él. Ella nunca superó eso, para ser honesto contigo.

J.P.E.: Te pido que le hagas saber a ella que en nombre de mi familia le ofrezco perdón por la muerte de su esposo.

A.S.: Ella no guarda ningún odio contra nadie, solo que no ha podido superar el dolor con el que tiene que lidiar. No solo es con la muerte de mi padre, sino con todo lo relacionado con él por lo agobiada que se sentía por esa vida, la policía detrás, en fin. Ella realmente nunca lo ha podido superar. No sé si tuve la oportunidad de comentarte que mi madre y yo nos pudimos contactar con dos de las personas que le dispararon a mi padre y les dijimos que no teníamos resentimiento contra ellos, que no fue su culpa, pues mi padre tomó sus propias decisiones en la vida. Cuando yo le hablo a la gente de esto, las personas me preguntan cómo puedo perdonar a los que le dispararon a mi padre. Yo les digo: ‘mire, esos hombres que realmente le dispararon a mi padre no lo mataron, puesto que de mil maneras el pecado también mató a mi padre, como la codicia, por ejemplo’. Así que hacemos exclusivamente responsable a mi padre por las decisiones que tomó para su vida. Lo amamos y lo extrañamos, pero hablo por mí y por mi madre, y así es como nos sentimos al respecto. No puedo hablar así por nadie más.

J.P.E.: No puedo encontrar la palabra correcta en inglés, pero creo que has encontrado la paz a través de esta manera de pensar.

A.S.: Sí. Cuando oficio de ministro y las personas me dicen que no quieren perdonar a alguien, les respondo que de esa manera no están hiriendo a la persona que los dañó a ellos, pues solamente se están haciendo daño a sí mismos. Les digo: tú crees que les estás haciendo algo a ellos, pero solamente te estás hiriendo a ti mismo.

J.P.E.: Estoy absolutamente de acuerdo contigo. Quería saber si hay alguna posibilidad de que te envíe una copia del libro que publiqué acerca de mi papá, titulado Pablo Escobar, mi padre.

A.S.: Claro, justamente fue a través de ese libro que te encontré.

J.P.E.: Yo escribí ese libro con muchas lágrimas, pero sin odiar a nadie. Mi compromiso es con la verdad, con lo que pasó, con escribir acerca de las lecciones de vida de mi padre, y que por supuesto no seguí. No escribí ese libro con la intención de justificar ninguno de sus actos violentos. Si intentamos esconder lo que sabemos y tratamos de evadir nuestro pasado, no tendremos nada que aprender como sociedad. Estamos viendo hoy muchas series de televisión acerca de la vida de mi padre, y eso está generando un cambio en la sociedad actualmente. Los jóvenes están ahora soñando con convertirse en narcotraficantes porque solamente pueden ver la parte que les están mostrando; ellos creen que todo eso es una gran fiesta, pero esa no es la verdad, eso no es lo que vivimos ni sentimos. Lo que está pasando es que a mi padre lo están convirtiendo ahora en una especie de súper héroe del mundo subterráneo.

A.S.: Así es. No sé si estás enterado de que se está haciendo una segunda película sobre mi padre, que se va a llamar Mena. La gente de la producción me dijo que una de tus tías paternas les pidió que le enviaran un mensaje a mi madre.

J.P.E.: Mira, yo no tengo ninguna relación con la familia de mi padre. Es algo que podrás entender mejor en mi primer libro. Yo descubrí una traición familiar a mi padre solamente después de su muerte. Tú esperas una traición de cualquiera por fuera de tu vida y de tu familia, pero nunca al interior de esta.

A.S.: He vivido cosas similares porque mucha gente que se encargaba de cuidar a mi padre financieramente, incluidos miembros de la familia, al segundo en el que cayó muerto mi papá todo el mundo fue detrás de las sobras y nosotros fuimos abandonados. Éramos solo mi madre y nosotros sus pequeños hijos, nadie venía a devolvernos lo que nos debían, sino que se llevaban todo, hasta que no quedó nada. Así que entiendo lo que me estás diciendo, pues incluso mi media hermana me demandó porque nosotros le vendimos una asesoría a la película, ya que mi padre es una figura pública y ellos solo querían conocer otras intimidades de él, por ejemplo, cómo era en la vida familiar. Así que por el hecho de que nosotros cobramos algo por esa asesoría dentro de la historia de mi padre fue que ella nos demandó. La última vez que vi a mi media hermana fue en el funeral de mi padre. Ella quiere parte del dinero que nosotros cobramos. Así que fíjate que estamos a treinta años de la muerte de mi padre y todavía tengo problemas con los miembros de mi familia. Cuando estábamos juntos supuestamente había mucho amor entre nosotros, pero cuando murió mi padre nada sobrevivió.

J.P.E.: Por otra parte, ¿quería preguntarte si sabías que en el cartel de Medellín tu padre era conocido como ‘Mackenzie’?

A.S.: Sí, claro. Ese alias provenía de Ellie Mackenzie, un hombre afroamericano, capitán de un navío camaronero, que mi padre utilizaba para sus operaciones en Estados Unidos. Él se encargaba de recoger los cargamentos que mi padre lanzaba desde el aire al mar. Mi padre era buen amigo de Mackenzie y un día le pidió el favor de que le dejara usar su nombre en un documento que presentaría para ingresar a un trabajo. Mi padre puso su fotografía y así entró a trabajar al cartel de Medellín. Mackenzie tuvo un final atroz: poco tiempo después de la muerte de mi padre, su cuerpo fue encontrado con visibles signos de tortura.

J.P.E.: En la investigación que he realizado para este capítulo queda claro que tu padre era muy audaz y por eso tuvo una gran relación con el mío.

A.S.: No era audaz; era demasiado audaz. Existe un video del día que mi padre hizo la primera prueba de lanzamiento y rastreo desde un helicóptero de un alijo de droga, en el que se observa cuando varias patrullas de Policía cierran algunas calles en una ciudad. Mi padre engañó a los policías y les pidió acordonar la zona para evitar un accidente con la carga que llevaba, pues se trataba de una nueva técnica para ayudarles a los agricultores a recibir abono y otros insumos. En el video se escucha la voz de mi padre cuando dice ‘¡van cayendo los primeros trescientos kilogramos de coca!’, mientras se observa a los patrulleros cuidando el área.

J.P.E.: Muy impresionante, Aaron. Cambiando de tema de nuevo, ¿cuál es tu opinión acerca de la guerra contra las drogas?

A.S.: En aquella época mi padre me decía que me mantuviera alejado de ellas porque todas eran absolutamente malas. Cuando empecé con las drogas lo hice con marihuana, y aún hoy pienso que fumarla no está mal, pero yo luego fui más profundo y por muchos años me inyecté heroína y morfina. Fui hasta el fondo y casi muero en varias oportunidades. En mis primeros días como ministro me convertí en antidrogas esto y antidrogas aquello. Hoy sigo siendo antidrogas mientras las drogas puedan destruir la vida de una persona. Pero la forma como el gobierno las ha regulado es equivocada. Creo que todas las drogas deben ser legales, deben de pagar impuestos. Y creo que esa es la única manera para prevenir que el pasado no nos suceda de nuevo. A través de la Iglesia estoy conectado con otros ministros en Europa y vemos por ejemplo el caso de Holanda. Creo que hoy todo debe de ser legal, especialmente la marihuana, ya que en Estados Unidos prácticamente es legal. Pero es que la marihuana es más segura que el Tylenol. Yo sé que no está bien usar las drogas duras pero tampoco está bien la manera como el gobierno aborda el problema. Que se metan ellos en sus propios negocios. Si yo soy un adulto responsable y quiero meterme heroína, pues ese es mi problema y ellos no tienen el derecho a prohibirme hacer eso. Ninguna agencia de gobierno tiene derecho a decirme lo que yo puedo hacer conmigo mismo, porque creo que es un derecho que Dios nos ha dado y si lo usamos es nuestra decisión.

J.P.E.: Es un tema muy difícil de tratar porque la vida de muchas personas está involucrada; hay mucho dinero en juego y es un gran negocio prohibir, porque si las drogas en los ochenta hubieran estado legalizadas para cuando nuestros padres vivían, muy probablemente ellos nunca se hubieran conocido.

A.S.: Sí, porque sé que mi padre se metió en el negocio por el dinero. Y asumo que tu padre entró también en él por la plata. Así es que si no hubiese habido dinero allí, ellos no estarían ahí.

J.P.E.: Eso es verdad. Y es gracias a la prohibición que tenemos este tipo de violencia. Yo creo que como sociedad tenemos que encontrar otra vía para atender este tipo de asuntos. Yo tuve en mi familia a un tío materno que murió muy joven y probó prácticamente todas las drogas disponibles, a excepción de la heroína. Tenía 11 años cuando empezó a consumir marihuana y lo llevamos a todo tipo de tratamientos y salió rehabilitado de todos los centros de rehabilitación donde estuvo, pero luego de intentarlo tantas veces se dio por vencido y nunca lo pudo lograr. Ca da vez que salía a la calle consumía. La gran paradoja de su historia es que la única droga que realmente lo mató era legal: el cigarrillo. Él trató de matarse toda su vida con las drogas ilegales, pero finalmente fue esta droga legal la que acabó con su vida. Así que estamos muy conscientes acerca del drama familiar que se puede vivir cuando alguien está envuelto en el consumo de drogas.

A.S.: Créeme, sé lo que es eso.

J.P.E.: Las drogas no discriminan. Están disponibles para todos y nadie está realmente seguro. Te cuento que cuando tenía ocho años mi padre me invitó a hablar acerca de las drogas en la hacienda Nápoles. Él me mostró todas las drogas disponibles en el mercado hasta entonces. Eran cerca de diez en total, entre ellas cocaína, marihuana, crack y LSD. Él reconoció que había probado la mayoría pero me dijo que nunca consumió heroína. Luego agregó: ‘Cuando tengas deseo de probar alguna, prefiero que la probemos juntos. Porque valiente es aquel que nunca la prueba’ . Así, Aaron, que esa frase tiene un gran valor para mí porque viniendo de un hombre que vendía drogas, pues me ayudó a que se me quitara la curiosidad.

A.S.: Y a mí también me resulta así, porque venimos desde dos ángulos muy diferentes. Por ejemplo, desde el lado de mi padre cuando la vendía o desde mi lado cuando la consumía.

J.P.E.: Así que tenemos que buscar la manera de compartir y convivir esta vida con esa realidad. Esta guerra no la va a ganar el que tenga las armas más grandes. Esa no es la manera de terminar esto, sino de empeorarlo.

A.S.: Sí. En vez de la guerra contra las drogas necesitamos la paz con las drogas.

A estas alturas ya habían transcurrido unos 30 minutos de conversación y no pudimos contener la risa después de este último comentario.

A.S.: Quizá así es como debamos llamar nuestro tour mundial cuando vayamos a hablar de lo que aprendimos: la paz con las drogas. Creo que no es apropiado que mi Gobierno haya hablado de una guerra contra las drogas porque ellos crean una guerra para todo. Y toda guerra que crean siempre empeora 30 años después. Por ejemplo, hablaron de la guerra contra la pobreza en los sesenta y los setenta, y ahora tenemos más gente pobre que antes. Sobre la guerra contra las drogas, ahora ellas son peores y hay más. Las escrituras dicen que un día el león se recostará al lado del cordero. Y esa es una imagen profética para hacer la paz en la tierra.

Mi madre no quiso seguir viviendo en Baton Rouge porque le molestaba que la gente le preguntara todo el tiempo por mi padre. Pero mi esposa y yo sí seguimos viviendo allí. Antes de eso yo estaba viviendo con mi abuela porque estaba muy metido en las drogas, así que ella hizo que yo tuviera siempre un techo sobre mi cabeza. Ella falleció recientemente. Ah, tuve la grata oportunidad de ver tu documental Pecados de mi padre.

J.P.E.: Fue una gran experiencia porque además de reencontrarme con las víctimas de mi padre pude regresar a Colombia 14 años después. Te cuento que en ese documental aparece Rodrigo, uno de los tres hijos del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por órdenes de mi padre en 1984. Sin embargo, he podido continuar adelante en una amistad con Jorge, el menor de ellos, con lo cual el proceso de reconciliación no terminó con el documental, sino que siguió adelante hacia otras latitudes y familias en busca de la reconciliación y el perdón.

A.S.: Sí, claro. Y si quieres atraer más la atención de los medios deberíamos conseguir una visa para que me acompañes en la alfombra roja el día de la premier de la película Mena, para que cuando nos vean juntos nos pregunten qué estamos haciendo ahí y les digamos que estamos juntos por la prevención del consumo de drogas y en contra de la glorificación del narcotráfico.

J.P.E.: Al respecto, quiero compartirte algunas historias sobre mi visa. En el pasado la tuve durante 15 años, pero la cancelaron en 1993 por la persecución contra mi padre cuando él aún estaba vivo. En el año 2010 fuimos invitados a presentar el documental Pecados de mi padre en el Sundance Film Festival en Estados Unidos y me acerqué a la embajada estadounidense en Buenos Aires a pedir de nuevo la visa. Presenté cartas de invitación firmadas por el mismísimo actor Robert Redford como director del Festival, también por HBO, Discovery Channel, y el Council de las Américas, entre otros más. La sorpresa fue grata porque una semana después enviaron la visa a mi apartamento con vigencia de cinco años. Yo estaba muy contento, hasta que unos días después me llamaron para decirme que había un error*.

Obviamente, el error tenía que ver con mi parentesco con Pablo Escobar. Ellos no sabían a quién le estaban dando la visa a pesar de que les contesté siempre con la verdad al llenar los formularios y dejé constancia de mi identidad original.

Una vez me notificaron la cancelación me dijeron que tenía derecho a apelar, para lo cual fui citado a un par de reuniones con la DEA, la cónsul de Estados Unidos, y un representante del Departamento de Estado. El funcionario de la DEA explicó que me investigaron durante años y estaba seguro de que yo no me había dedicado a traficar y por eso certificaba que yo no significaba ningún peligro para los Estados Unidos y por lo tanto no se oponía a que ingresara a su territorio. Pero el mundo es muy pequeño y por algunas fuentes me enteré de que la persona que al parecer se ha opuesto a que me den visa es Javier Peña, un antiguo agente de la DEA en Colombia. Aaron, retomando el tema inicial de nuestra charla, ¿cómo fue que pudiste contactar a las personas que mataron a tu padre?

A.S.: Tengo un amigo desde que tenía 20 años, que mató a un hombre con un cuchillo y llegó a la prisión llamada Angola, donde Miguel Vélez, alias ‘Cumbamba’, está encerrado. Hace unos años encontré un reporte donde se decía que él estaba en la unidad de enfermos terminales de cáncer; entonces conseguí su correo electrónico para poder escribirle, más aún al saber que estaba muriendo. Le escribí y le dije que mi madre y yo no teníamos resentimientos en contra de él. Él empezó a responderme y así comenzamos a hablar, pero cuando la prisión se enteró cortaron la comunicación porque técnicamente es ilegal para él que hablemos, porque yo soy considerado una víctima de sus crímenes y él no puede contactarme a mí, cosa que de hecho no hizo. Los otros dos señores que mataron a mi padre están en el norte del Luisiana, donde yo vivo. Uno de ellos, Luis Carlos Quintero Cruz, escuchó a través de ‘Cumbamba’ que nosotros nos habíamos contactado vía Facebook y empezamos a enviarnos mensajes a través de una mujer en común. Sabíamos que ellos querían tener una audiencia para ver si podían obtener una libertad condicional. Mi madre y yo dijimos que no tendríamos ningún problema en que ellos fueran liberados, pero las autoridades dijeron que no tenían por qué soltarlos y debían permanecer para siempre en prisión. Así que por más que nos preguntaron si estábamos de acuerdo en que los soltaran, a ellos verdaderamente nunca les importó, pues la decisión de dejarlos presos toda la vida ya estaba tomada. Hubo un solo hombre, Bernardo Antonio Vásquez, con el que no pudimos hablar porque nunca aprendió el inglés. Así que no tuvimos forma de contactarlo.

J.P.E.: ¿Qué te respondieron cuando los contactaron?

A.S.: Cuando hablé con ‘Cumbamba’ se veía muy feliz y dijo que su madre le había pedido que se pusiera en paz con Dios por lo que había hecho. Él pintó la virgen de Guadalupe en la capilla dentro de la prisión, ya que es un gran artista. Y también me dijo que se sentía agradecido de que yo lo hubiera contactado, que lo había hecho sentir muy bien por perdonarlo. Se veía muy afectado por las palabras que recibió de nosotros. Y al otro muchacho su mamá le dijo que antes de que muriera tenía que buscar el perdón de Dios y de la esposa e hijos de Barry Seal.

J.P.E.: ¿Tuviste la oportunidad de preguntarle a ‘Cumbamba’ detalles del día que mataron a tu padre?

A.S.: A lo largo de los años he reconstruido lo que pasó. Media hora antes de que mataran a mi padre, estábamos él, mi madre y nosotros, sus hijos, en una cafetería comiendo pancakes. De pronto entró un hombre vestido de corbata y mi padre se quedó mirándolo fijamente. El propio ‘Cumbamba’ me dijo que ese hombre era él, que estaba siguiendo a mi padre y que vio la oportunidad de ejecutar el crimen ahí, delante de nosotros. También me dijo que salió de la cafetería y fue a sacar el arma que tenía en el baúl de su automóvil, pero justo en ese momento entraron varios policías y se vio forzado a abortar el plan. Una vez terminamos de comer, mi padre salió hacia la sede del Ejército de Salvación porque debía cumplir con el horario impuesto por el juez Frank Polazola. Él salió de la cafetería a una muerte segura. ‘Cumbamba’ me contó que en el momento del homicidio de mi padre él se quedó en el automóvil fumándose un cigarrillo y esperando que los otros dos sicarios hicieran su parte: uno debía disparar y el otro tomar fotografías para poder cobrar por el asesinato. Años después tuve la oportunidad de hablar con dos patrulleros que llegaron primero a la escena del crimen y me contaron que en ese momento aparecieron numerosos agentes federales que en contra del procedimiento legal se llevaron el archivo personal de mi padre que estaba en el baúl del Cadillac. Los patrulleros intentaron evitarlo, pero estuvo a punto de ocurrir un enfrentamiento a bala y finalmente no pudieron hacer nada. Tiempo después nos devolvieron solo una parte de los documentos.

J.P.E.: Quiero agradecerte a ti y a tu madre por tu generosidad y capacidad de perdón. Y por el mensaje de paz y reconciliación que me traen tus palabras. A ti y a mí se nos ha dado la oportunidad de hacer las cosas mucho mejor. Y eso es para lo que creo que estamos conectados.

A.S.: Así es, es hora de recuperar el tiempo perdido. ¿Y tú te sientes en riesgo en Colombia, Sebastián?

J.P.E.: He estado aquí en Colombia durante los últimos meses. Acá hay gente con mucho poder y si hubiera alguien que quisiera hacerme daño ya lo hubiera hecho sin problema alguno. Eso sí, espero que los enemigos de mi padre no me consideren como una amenaza, porque no lo soy y nunca lo seré. Soy un hombre de paz.

* * *

Finalmente, treinta años y siete meses después de que mi padre ordenó matar a su padre, Aaron Seal y yo nos encontramos en Ciudad de México. Era el 27 de septiembre de 2016.

La reunión en el piso 22 del hotel Sevilla Palace no fue fácil, por más que habíamos hablado por videoconferencia días atrás. Aaron estaba sentado en una banca de cemento redonda bajo un techo de paja, y yo empecé a acercarme sosteniendo en mi mano un ejemplar que recién me había llegado de la edición en inglés de mi primer libro, ‘Pablo Escobar, My Father’, de la editorial Thomas Dunne Books.

El libro era lo único a lo que podía aferrarme mientras caminaba hacia él. Estaba a pocos pasos de una víctima directa de la violencia de mi padre y no había encontrado otra cosa que llevarle de ‘regalo’ que mi historia. Previamente había escrito una respetuosa dedicatoria en la que compartía con él la horrible pesadilla que vivimos y que no se debe repetir.

Aaron tampoco venía con las manos vacías. Traía consigo un objeto de su padre que conservaba con mucho cariño. De hecho, en una charla telefónica previa a nuestro encuentro tuvo la deferencia de preguntarme si me molestaría que trajera como obsequio algo que perteneció a su padre. Respondí que no me molestaba en absoluto.

En ese momento, Aaron se desprendió de un objeto que considero de un valor incalculable en lo sentimental y en lo económico: una insignia que la línea aérea TWA le entregó a su padre en reconocimiento al graduarse de ‘Junior Pilot’, el piloto más joven de la aerolínea.

Apenas puedo describir la emoción que sentí al tener en mis manos el emblema que, estoy seguro, su padre llevó con orgullo en su uniforme de aviador. Fue el mérito que Barry Seal alcanzó a los 24 años de edad, cuando lo distinguieron como el más joven y audaz piloto comercial de Estados Unidos.

No hablamos del perdón, pero un abrazo fue más que elocuente. Esa energía que trae consigo el perdón y que he experimentado tantas veces, me hizo recordar el saludo que nos dimos en Argentina con el entonces senador Rodrigo Lara, cuando avanzábamos en la ejecución del documental Pecados de mi padre.

Luego de guardar los regalos en nuestras habitaciones, Aaron y yo caminamos por el sector de Polanco, nos tomamos algunas fotos y lo invité a comer en el restaurante Loma-Linda. Mientras degustábamos un rico ‘Blody Mery’ y una deliciosa carne asada con puré de papas y ensalada, me contó novedades del pleito judicial con su media hermana por los derechos de la película Mena:

—El fallo de primera instancia salió a favor de Universal Pictures, de mi mamá Debbie y de mí, pero mi media hermana apeló y por eso está pospuesta la presentación oficial de la película. Pero las probabilidades que tiene de ganar son muy escasas porque se trata de la historia de mi padre, un personaje público que en su momento fue considerado uno de los hombres que más drogas introdujo ilegalmente a los Estados Unidos.

Horas después, regresamos al hotel y quedamos en vernos al día siguiente. Pasé la noche en vela y solo pude conciliar el sueño a las cinco de la mañana, pero no perdí el tiempo porque escribí las experiencias que había traído consigo este día tan trascendental.

El segundo encuentro con este nuevo amigo de la vida estuvo lleno de emociones. Al cabo de varias horas de charla lo invité a leer el borrador del capítulo sobre su papá y nuestro encuentro. Pero lo más notable de la extensa conversación con Aaron fue descubrir que a medida que hablábamos de Barry Seal y de Pablo Escobar, descubríamos que ellos tenían muchas cosas en común. Una de ellas, que me sorprendió sobremanera, está relacionada con el momento en que Seal estaba detenido en la cárcel de Tegucigalpa y Aaron acompañó a su madre a visitarlo. Él estaba muy pequeño y la versión que le dieron entonces era que su padre trabajaba en esa cárcel y por eso usaba uniforme de guardián. Durante muchos años creyó que eso era así, hasta el día que supo que en realidad su padre les había dado dinero a los guardias para ocultarle a su hijo que era un prisionero. Esa estrategia para evitar que su hijo supiera la verdad sobre su padre era utilizada también por mi padre en ciertos momentos.

Al finalizar la tarde, Aaron asistió a mi conferencia Una historia para no repetir, a la que acudieron 1.200 personas. Mientras escuchaba la traducción al inglés, observé que varias veces asintió con la cabeza en señal de aprobación de mis reflexiones. Una vez bajé del escenario me dio un fuerte abrazo y noté que no pudo contener el llanto.

Luego, una persona se acercó con un regalo extraño: un pedazo de azulejo, arrancado por su pequeño hijo de 12 años en una visita a la hacienda Nápoles. Reconocí su autenticidad porque conozco de memoria esos baldosines. Aaron me preguntó qué era y se lo regalé.

—Atesoraré esto, amigo mío.

* * *

‘Quijada’, el tesorero de mi padre y protagonista de uno de los capítulos de este libro, fue una de las personas a quienes mi padre llamó a Miami a hablarles del plan criminal que terminó en la muerte de Barry Seal. Este es su relato, que coincide con la charla que sostuve con Aaron Seal:

—Pablo me llamó y me dijo que venían de Colombia tres muchachos que iban a hacer una vuelta, pero me dio la orden de no meterme porque el negocio en Miami se jodía. Simplemente me dijo que colaborara en lo que pudiera, pero no más. Me dijo que eran Guillermo Zuluaga, alias ‘Cuchilla’, y Pedro y Bernardo. Dos de ellos entraron ilegalmente desde México a través del ‘hueco’, y yo los mandé a recoger; luego los hospedé en un hotel. ‘Cuchilla’ me preguntó que si me acordaba de Barry Seal y le respondí que claro, que cómo no me iba a acordar de ese güevón si fue el que ‘sapeó’ a Pablo. Luego me dijo que iban a hacerle la vuelta (matarlo) en el Estado de Luisiana, donde estaba protegido, pero aclaró que tenían la manera de entrar, hacerle la vuelta y salir. Yo no volví a verlos. Luego supe que ‘Cuchilla’ escapó y que capturaron a los otros en la autopista Turnpike, porque el taxi en el que escapaban mató un venado. Por más de dos años, a la mamá de uno de ellos, que vivía en Sabaneta, le mandamos plata para ayudarle con los gastos.

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* De la existencia de Max Mermelstien supe un día que vi a mi padre con cara de preocupación junto a Fidel Castaño, Francisco ‘Kiko’ Moncada y Fernando Galeano. Cada uno tenía un ejemplar del libro El hombre que hizo llover coca, con numerosas anotaciones y separadores entre sus páginas. Estábamos escondidos en una caleta conocida como La Isla, en el embalse de El Peñol, Antioquia. Ya en ese momento el cartel había sufrido su primera gran baja: Gonzalo Rodríguez, ‘el Mexicano’, quien fue abatido por la Policía el 15 de diciembre de 1989.

* El día que recibí mi visa llamé a mi madre para compartirle la buena nueva y me dijo: “Ah, entonces si a usted se la dieron, de pronto me dan la mía y la de su hermanita”.

Mi madre pidió turno para ella y en contra de la voluntad de mi hermana pidió otro adicional para que les tocara ir juntas a solicitar la visa en la embajada. Muy a pesar de mi incredulidad frente a lo que pretendía hacer mi madre, logré que desde Estados Unidos le enviaran cartas de invitación similares a las mías para adjuntarlas como soporte documental. La presencia de mi madre y mi hermana en la embajada terminó por prender las alarmas sobre la obtención de mi visa, lo que finalmente produjo su cancelación: “Cancelled without prejudice” (cancelada sin perjuicio).

“Señora, ¿a usted cómo se le ocurre venir a pedir una visa?”, sentenció una oficial uniformada de la embajada.