Enero 20

La zapatilla perdida

—¡Qué maravillosa mañana! —exclamó Cenicienta mientras se sentaba en su cama del palacio real. El sol brillaba, los pájaros cantaban y el delicioso aroma de bollos de canela recién horneados subía desde la cocina real.

—Mmm, el desayuno... —dijo Cenicienta.

Sonrió a los ratones acurrucados en su colcha de seda, se desperezó y se puso la bata que había a los pies de su cama.

—¿Dónde estarán las zapatillas?

—¡Aquí hay una, Cenicienta! —dijo Jaq, saltando para arrastrar una zapatilla plateada hasta uno de sus pies.

—Gracias, Jaq, querido —dijo Cenicienta, mientras deslizaba el pie dentro—. Pero ¿dónde está la otra?

Jaq se dio la vuelta y miró a su alrededor.

—¡No la veo!

Rápidamente, se inclinó y dio un vistazo bajo la cama, pero tampoco había nada.

—¡Mert, Bert! —gritó Jaq a sus amigos—. ¿Alguien ha visto la zapatilla de Cenicienta?

Los otros ratones se encogieron de hombros y negaron con la cabeza.

—¡No me digáis que he perdido mi zapatilla! —dijo en un suspiro—. ¡Otra vez no!

—Tranquila, Cenicienta —le dijo una ratona llamado Suzy—. La encontraremos.

Juntos, Cenicienta y sus amigos buscaron por toda la habitación. Miraron bajo las mesas, detrás de las estanterías, dentro de los armarios y los cajones: cualquier sitio donde una zapatilla perdida pudiese estar.

—Empiezo a pensar que se ha perdido —dijo Cenicienta, triste.

—A ver —dijo Jaq—, la zapatilla estaba aquí ayer por la noche... —Jaq paró de repente—. ¡Gus! —exclamó pegándose en la frente—. ¡Eso es!

—¿El qué? —dijo Cenicienta.

—Sígueme, Cenicienta —dijo Jaq.

Con una zapatilla puesta, la joven siguió a Jaq mientras éste caminaba asintiendo y de puntillas por la habitación hacia el pequeño agujero en la pared.

—Mira aquí —dijo.

Con curiosidad, Cenicienta se arrodilló en el suelo y miró dentro. Ahí estaba su zapatilla perdida y en ella, profunda y cómodamente, dormía Gus hecho un ovillo.

—¡Qué dulce! —dijo Cenicienta.

—¡Despiértalo! —dijo Jaq.

—No, no, dejémosle dormir —respondió Cenicienta.

—Pero ¡tú necesitas tu zapatilla! —exclamó el ratoncito.

Cenicienta lo pensó un momento.

—En realidad, no —dijo a sus amiguitos mientras se quitaba la otra zapatilla—. ¡Acabo de decidir que es un día perfecto para desayunar en la cama!