Enero 11

Golfo acababa de escapar del lacero de nuevo. Le había enseñado a aquel perrero quién mandaba. El olfato de Golfo había advertido leña ardiendo en las chimeneas y comida al fuego. Su estómago, de repente, rugió de hambre. Escapar del perrero siempre le abría el apetito.
Pero ¿adónde podría ir a cenar esa noche? Los lunes solía parar en el Schultzes a tomar escalope vienés, los martes tomaba ternera y col en O’Briens, pero lo que de verdad le apetecía eran unos espaguetis con albóndigas.
Así pues, Golfo se dirigió al restaurante de Tony y arañó la puerta trasera, como de costumbre.
—¡Ya voy, ya voy! —gritó Tony. Apareció por la puerta secándose las manos con un trapo y fingió no ver a Golfo, como hacía siempre—. ¿No hay nadie? —gritó Tony—. ¡Debe de ser el Día de los Inocentes! —Fingió pararse a pensar durante un momento—. ¡Ah, no, no es día veintiocho y ni siquiera es diciembre! ¡Es enero!
Golfo ya no lo aguantaba más. Estaba hambriento y ladró.
—¡Ah, eres tú, Bundo, amigo mío! —dijo Tony. Golfo, también conocido como Seductor, saltó arriba y abajo—. Tengo tu cena, tranquilo, ahora te la traigo.
Golfo se sentó y miró a su alrededor al abarrotado callejón. Eso era vida.
Entonces el chef apareció con un plato lleno de pasta. Y no le había puesto dos, sino tres albóndigas. Aquella era una noche especial.
Tony se quedó hablando con Golfo mientras comía, contándole su día, que le habían entregado tarde el pescado, el cliente que se había quejado de que la salsa de tomate llevaba mucho ajo, el viaje que él y su mujer planeaban hacer en breve...
Golfo terminó de comer y le dio al plato un último lametón. Quedó reluciente.
—Esto me recuerda que... —dijo Tony— hay algo que de lo que quiero hablarte. Es hora de que sientes cabeza y te busques una esposa.
Golfo miró al hombretón horrorizado y empezó a alejarse por el callejón.
Tony se rio tan fuerte que su cara se agitó.
—¡Adiós, Bundo! —gritó—. Pero ¡recuerda mis palabras: un día de estos conocerás a una perrita a la que no podrás resistirte! Y cuando lo hagas, tengo una buena idea: ¡tráela a Tony’s para una cena romántica!
Golfo ladró dándole las gracias al cocinero. Paseó por la manzana, moviendo la cabeza. Él era libre y no llevaba collar. ¿Sentar cabeza? Eso no pasaría nunca.
