DOS

El oráculo

Yokai

La maldición

Lucius iba de arriba abajo por la sala de las columnas, sin importarle las maravillas expuestas. Aquí y allí, un arma le llamaba la atención, pero incluso las mejores eran o demasiado alienígenas o demasiado carentes de elegancia para su gusto. Tenía la piel inquieta y recorría sin cesar con los ojos el interior del pabellón.

Por lo general, tenía un perfecto sentido del espacio, pero las elásticas dimensiones del interior del pabellón complicaban el formarse un mapa exacto de lo que le rodeaba. Siguió un camino, aparentemente aleatorio, entre las piezas del museo, deteniéndose de vez en cuando para examinar alguna. Menkaura, Tolbek y Hathor Maat hacían lo mismo, pero su interés era genuino. Sobek no se había movido desde que Ahriman se había ido; sin embargo, Lucius notaba vibraciones recorriéndole, como si fuera una cuerda afinada demasiado alta.

Lucius sonrió entre dientes, y la telaraña de cicatrices autoinfligidas convirtió la sonrisa en una mueca al ver acercarse a Sanakht, el guerrero del que había buscado la muerte en el Planeta de los Hechiceros.

—No te gustan nada esos artefactos —dijo Sanakht—, así que ¿qué estás haciendo?

El guerrero de los Thousand Sons era un espadachín sublime, un asesino como él, y Lucius deslizó los dedos hacia la espada. Sanakht vio el movimiento e inclinó la cabeza hacia un lado.

Con las puntas de los dedos rozó transversalmente los pomos de sus propias armas.

—Tú y yo volveremos a cruzar las espadas, hijo de Fulgrim, pero no será aquí.

—Por fortuna para ti —replicó Lucius—. Si no fuera por Ahriman, te habría arrancado la cabeza.

Sanakht no picó el anzuelo.

—Aquí no hay ninguna amenaza. La habría visto.

—No hay nada evidente, estoy de acuerdo —repuso Lucius, mientras hacía rodar los hombros preparándose—. Lo que solo me hace fiarme menos.

Sanakht hizo un gesto hacia los yokai y los silenciosos Tartaruchi al pie de las retorcidas escaleras gemelas, y lo disimuló haciendo ver que señalaba algunas armas especialmente impresionantes.

—¿Crees que los Tartaruchi son peligrosos?

—No para mí —contestó Lucius, siguiendo con la pantomima—, pero los cientos de robots de ahí fuera lo podrían ser.

—No son robots.

—Eso he oído, pero no hay nada montado por hombres que yo no pueda desmontar. —Resopló con desprecio—. Ni siquiera están armados.

El resplandor de las supernovas se fue apagando, y Ahriman se encontró en el interior de una cueva subterránea. Era una total recreación de un templo oracular, incluyendo hasta vapores sulfurosos que salían de fisuras en el suelo de obsidiana.

Al igual que el lugar que habitaba el Durmiente de N’Kai, estaba teñido de rojo por una gruesa columna de humos volcánicos que manaban de un poste rodeado de runas, situado en el centro.

En el extremo del poste y recortadas contra el resplandor infernal, se hallaban treinta figuras arrodilladas. El ondulante vapor ocultaba su auténtico número, y salvo por las máscaras de pico, que recordaban a las empleadas por los médicos de las plagas en la Vieja Tierra, se hallaban desnudos. El sudor resbalaba por sus cuerpos demacrados mientras el calor los asaba vivos lentamente.

—¿Quiénes son? —preguntó Ahriman.

—Los Escribas de Temores —respondió Temelucha, y Ahriman vio que cada uno de ellos tenía un libro abierto a la derecha y otro a la izquierda, en los que escribían febrilmente con ambas manos con un estilo de carbón—. Recipientes psíquicos mediante los cuales el Oculus de Hierro entrega sus mensajes.

—Y ¿dónde se halla tu poderoso oráculo? —inquirió Ahriman.

—«Estoy aquí».

El contacto psíquico fue tan repentino, tan violento, que lo hizo caer sobre una rodilla. Al instante alzó un escudo cinético y se elevó a la octava enumeración, reuniendo sus poderes para luchar. Las palabras le llegaron en medio de una marea de gritos, enloquecidas por la tiranía del aislamiento inacabable.

Ahriman alzó la cabeza mientras el humo que se alzaba del poste aclaraba, y vio el Oculus de Hierro, un gigantesco sarcófago suspendido sobre el poste por varias cadenas ennegrecidas.

Era una burda efigie de una cosa, formada a golpes a partir de trozos de láminas de metal. Junturas cosidas y tiras bordeadas de hierro la mantenían unida: no era tanto un sarcófago sino un instrumento de tortura de las eras más oscuras de las persecuciones.

Ahriman sintió una repugnante unión dentro de la jaula, como si unas almas gemelas se hubieran aleado para formar un todo monstruoso. Gritos enloquecidos resonaban en su cráneo, un torrente de voces desesperadas por ser oídas. El frenético rasgado de los Escribas de Temores se intensificó. Manos aceleradas transcribiendo las visiones del oráculo como hombres poseídos.

«De la profunda desesperación se alza, ¡un hijo perdido y un padre caído!».

«¡El guerrero de dos rostros para guiar a los caballeros de la sombra!».

«¡Silencio! ¡El exilio se halla ante nosotros!».

«No aún en destierro, pero muchos caminos desde aquí se dividen».

«¿Qué vía tomaremos?».

«¡Lo sabemos! ¡Lo sabemos! ¡Díselo, díselo!».

Las voces eran enloquecedoras, hablando en un embrollo acelerado, entremezcladas y vociferantes. Las palabras no tenían sentido, eran desvaríos de locos, y Ahriman no les prestó mucha atención.

«Ahriman, largo tiempo he esperado tu llegada».

El torbellino de voces pasó a ser no más que un susurro, como de hojas barridas por los vientos del otoño, cuando el alma dominante sometió a las otras.

—¿Quién eres? —preguntó Ahriman.

«Soy el Oculus de Hierro».

—Un nombre que te han otorgado los otros —replicó Ahriman—. Dime tu verdadero nombre.

«¿Crees que puedes conocer en un instante lo que le costó milenios a tu progenitor arrancarme de los labios?».

—¿El Rey Carmesí conoce tu nombre?

«No el bastardo del que sacaron la cruda materia de tu carne … Tu auténtico progenitor».

La criatura buscaba provocarle con el insulto, hacerlo enfurecer para que actuara con precipitación. Ahriman se había encontrado con las lisonjas, las amenazas y los trucos de los No Nacidos muchas veces, y no iba a caer en trampas tan obvias.

—¿Te refieres al Emperador?

«El ipsissimus, sí. El perjuro».

Otra evidente bravata, pero incluso después de Prospero, Nikaea y la revelación de que el Emperador había ocultado la verdadera naturaleza del Gran Océano, aún irritaba oír a una criatura de la disformidad hablar mal del señor del Imperio.

«Por ahora puedes llamarme Aforgomon».

Ahriman hizo una mueca ante las rasgadas sílabas. Dos de los Escribas de Temores se desplomaron, con sangre manándoles por las máscaras picudas.

—Ese no es tu verdadero nombre.

«Pero me resulta adecuado usarlo por ahora».

—Conoceré tu verdadero nombre, demonio —aseguró Ahriman.

«Ah, disfruto tanto oyendo los antiguos títulos… —dijo el Oculus de Hierro, y Ahriman sintió su diversión como ganchos oxidados bajándole por la espalda—. Me complace saber que no puedes seguir negando la verdad de nuestra naturaleza».

—Sé perfectamente lo que eres —afirmó Ahriman.

De nuevo sintió la alegría de la criatura encerrada.

«Eso lo dudo mucho. Eres astuto, Ahzek, pero incluso tu sabiduría tiene límites».

—Sé más de lo que crees.

«Vamos, no es ninguna vergüenza reconocer la ignorancia. ¿No es el primer axioma de la sabiduría el reconocer que no se sabe nada?».

—Hay muchísima diferencia entre no saber nada y no saber suficiente —replicó Ahriman, cargando su piel de éter y notando la salvaje exultación de su potencial—. Pero no he venido aquí a debatir las enseñanzas de un hombre muerto.

Estruendosas carcajadas llenaron la cueva. El humo se alzaba ondeante desde las grietas del suelo como serpientes tentadoras. Los Escribas de Temores dejaron de escribir al unísono y volvieron sus máscaras de pájaro con lentes disformes hacia Ahriman.

«Sabemos por qué has venido —afirmó el oráculo—. ¿Lo sabe ella?».

Una potente descarga etérea crepitó a la espalda de Ahriman. Su armadura se cerró con fuerza y una letal hoja de fuego psíquico apareció bajo su cuello desnudo.

—Ahora lo sabe —dijo Temelucha.

Menkaura observaba el viejo grimorio en el interior del aparador de cristal con creciente excitación. Su encuadernación de cuero se había deshecho hasta quedar solo pedazos, y las viejas páginas eran finas como el tul. El símbolo coloreado de su portada se había difuminado hasta ser un fantasma de su antiguo esplendor, pero los nombres enoquianos de los ángeles sobre las formas geométricas superpuestas eran inconfundibles.

Sigillum Dei Aemaeth —dijo Menkaura, que sospechaba que contemplaba la última copia existente del Tractatus Astrologico Magicus—. Las puras verdades del Astrólogo de la Reina.

Apretó la palma de la mano contra el cristal y notó el ligero temblor del campo de energía que evitaba que el grimorio se deshiciera en polvo. Examinar ese tomo sin destruirlo requeriría que los más grandes adeptos pavoni y raptora tejieran sus más sofisticadas exaltaciones.

—Ah, Phosis T’kar, ojalá tuviera tus habilidades —murmuró para sí, recordando al capitán de la Segunda Hermandad como había sido, no como el monstruo de carne cambiada en que se había convertido.

Menkaura era un corvidae, y aunque conocedor de las artes cinéticas de los Raptora, como lo eran todos los que sobrevivieron al Dominus Liminus, no tenía la maestría necesaria para una tarea tan delicada.

Después de la caída de Prospero, pocos quedaban que la tuvieran.

En su lugar, se elevó a la cuarta enumeración, liberando su cuerpo sutil de los grilletes de la prisión de la carne. Un registro tan potente de las escrituras del mago aún podía brindar secretos sin requerir un examen físico. Atravesó con su conciencia el cristal, permitiéndole insuflar aire a los ecos del libro para revivirlo, como si fueran las ascuas de un fuego. La impronta del mago muerto se alzó del grimorio como la niebla de un lago.

Menkaura sintió la presencia del anterior dueño como el recuerdo de un fantasma, la sensación de alguien percibido por el rabillo del ojo. Un buscador del conocimiento, un guerrero místico como todos los hermanos de los Thousand Sons. Alguien fuera del tiempo, un caminante entre mundos, un hombre de triunfo. Arrogante y absolutamente convencido de que nunca podría fracasar. Menkaura meneó la cabeza ante la estulticia del hombre.

Los Thousand Sons sabían mejor que nadie que incluso los más grandes podían caer, y caer de plano.

Ahogó un grito al sentir el punzante fuego de un dolor compasivo, una repercusión del pasado. «Menkaura bajó la mirada y por un instante vio la ardiente espada cinética que había matado al mago, sobresaliendo de la ruina fantasma de su pecho».

La incredulidad del mago muerto largo tiempo atrás se enfrentó a su dolor, una sensación de ultraje casi infantil por habérsele negado algo.

Menkaura se tambaleó al sentir la muerte del hombre; su mente se alejó del grimorio y corrió suelta entre las piezas expuestas. El horror se apoderó de él cuando aún más visiones de muerte lo inundaron. «Agonía, cuando al portador de una pistola de seis cañones le segaron los miembros. Calor abrasador, cuando una armadura diseñada para una criatura con múltiples brazos se puso al rojo vivo y quemó en vida a su ocupante».

Una espada, un espejo, un yelmo con rostro de águila, un joyero de filigrana. La muerte los envolvía a todos. Innumerables tesoros que no eran tesoros en absoluto, sino trofeos arrebatados a los cadáveres asesinados de las víctimas del Torquetum.

—Todo es una lápida —dijo—. Un monumento al asesinato.

El cuerpo sutil de Menkaura volvió a su carne, y le sobrevinieron el habitual momento de claustrofobia y la repugnante sensación de la carne y la podredumbre. Parpadeó para alejar el momento de mareo y respiró hondo.

Notó el sabor del metal y los aceites cáusticos, del cromo y del plástico caliente.

A su lado había un yokai.

En sus puños comenzaron a arder espadas azules de fuego psíquico.

La primera hendió la armadura de Menkaura y le partió en dos el corazón primario antes de cortarle hacia abajo hasta estallarle los pulmones. La segunda trazó un arco para un golpe que le habría decapitado.

Otra espada de acero plateado la interceptó, zumbando con energías fotónicas. Una pistola de cerrojo disparó, ensordecedoramente cerca, y al yokai le estalló la cabeza.

—Creía que tu gente podía ver el futuro —soltó Lucius.

—Quieres arrebatarnos el Oculus de Hierro —dijo Temelucha.

—Sí —admitió Ahriman; notaba el calor de la espada etérea en el cuello.

—¿Por qué?

—El Rey Carmesí me ordena que lo haga.

Temelucha se movió alrededor de Ahriman, el crepitar del fuego color índigo se le extendía desde la punta de los dedos. La armadura de Ahriman no lo podría proteger de esa espada. Sintió el deseo de Temelucha de acabar con su vida enfrentándose a su profunda confusión de por qué todavía no lo había hecho.

—Te dije que te fueras —dijo ella—. Te di la posibilidad de salir vivo de este lugar.

—¿Les diste esa misma posibilidad a esos cuyas pertenencias expones abajo? —preguntó Ahriman—. Quizá mis hermanos no adivinen la verdad, pero yo reconozco un relicario mortis cuando lo veo.

—Eran todos como tú —respondió Temelucha; la mano de la espada le temblaba por el ansia de clavársela en el cuello—. Conocer su futuro nunca fue suficiente; querían cambiarlo. Como tú, buscaban robar un conocimiento que no era suyo y doblegar su poder para sus propios fines.

Ahriman notó falsedad en eso.

—Entonces, ¿por qué avisarme? No es por mí, ¿verdad?

—Te di la oportunidad de cambiar tu destino —contestó Temelucha; su ojo de colores se revolvía con una desesperada luz psíquica. Ahriman alzó la mirada hacia la tosca forma del sarcófago colgado y notó su poder brotando. Fueran cuales fueran las salvaguardas que ataban al Oculus de Hierro no eran para nada tan seguras como pensaba Temelucha.

—No es mi destino el que buscabas cambiar —dijo Ahriman mientras se deshacía el control de su armadura—. Era el tuyo.

Temelucha gritó de alivio y le lanzó una estocada buscándole el corazón. El báculo heqa de Ahriman bajó de golpe para interceptarla. Energías etéreas ardieron. Ahriman hizo girar el bastón y extendió la mano. La ardiente espada de Temelucha se apagó, como una vela contra un huracán.

Ella voló hacia él, llevada por silenciosos vientos, mientras el poder etéreo se le enrollaba en las extremidades. El aire que rodeaba a Ahriman chilló al prenderse. Este parpadeó y una piel de aire bajo cero lo recubrió. El vapor sobrecalentado rugió y estalló desde Ahriman.

Temelucha voló dentro del vaho, y sus gritos fueron lastimeros cuando la ardiente neblina le hizo hervir la carne sobre los huesos. Incluso mientras caía, su dominio de las enumeraciones le calmaba el dolor. La túnica le colgaba, abrasada y ensangrentada, tenía la carne sin piel y supurante. Demasiado agonizante para alcanzar los poderes más altos, lanzó rayos por las manos, en arcos zigzagueantes.

El báculo de Ahriman los rompió en vidriosas astillas, y la azotó hasta descarnarla con el poder reflejado. Temelucha rodó de dolor, con las defensas mentales destrozadas. Presa fácil para un adepto de su habilidad y crueldad para destrozarla desde dentro.

La bombardeó con fantasmas y le llenó el cráneo con los múltiples horrores de la aniquilación de Prospero. Todas las pesadillas que había presenciado, las pérdidas inimaginables que había sufrido, las concentró en un despiadado estoque y le atravesó el corazón con él.

Temelucha gritó cuando la agonía física y el terror psíquico se unieron en una llamarada de sufrimiento inimaginable. El único refugio era la locura, y la ruina destrozada de su mente huyó hacia la oscuridad, incapaz de soportar un solo momento más de ese día.

Se desplomó, poco más que un montón de carne vacía. El pecho le marcaba ritmos antinaturales mientras las funciones autónomas del cerebro sufrían un colapso. Sus curiosos ojos eran como cráteres fundidos, consumidos por el arrasador fuego psíquico.

Ahriman permaneció sobre el espasmódico cuerpo, sin sentir nada por su dolor. Lo que había acabado con ella, él lo había sufrido en la realidad. Pero las mentes de la legión y la carne de la legión podían soportar el dolor y el sufrimiento por encima de cualquier límite de tolerancia mortal.

—Te han engañado —dijo Ahriman, aunque Temelucha estaba más allá de la comprensión—. El Oculus de Hierro nunca ha sido un prisionero al que tuvieras que vigilar.

—Tampoco es tuyo…, ni puedes llevarte…

Sus rasgos perdieron fuerza y cualquier saber que le quedara por impartir quedó sin decir. Ahriman levantó la mirada hacia el sarcófago de hierro. El poder de este se había retirado, enroscado en su celda de metal como una serpiente depredadora cuyo monstruoso apetito estuviera saciado por el momento.

—Tengo razón, ¿verdad? Nunca has sido su prisionero.

«Claro que no».

—Tú impediste que me cortara el cuello. Tú rompiste su poder sobre mi armadura.

«Sí».

—¿Por qué?

«Pretendía matarte, y nosotros aún tenemos que llegar a un trato».

Ahriman caminó hacia el sarcófago colgante. Las cadenas crujieron mientras este se balanceaba lentamente hacia él. Las puntadas de las junturas se rompieron, sangrando gotas de éter puro sobre el poste bajo él.

—¿Qué trato?

—Pero, en nombre de Fulgrim, ¿qué es un mandala? —aulló Lucius, escupiendo sangre mientras se levantaba de entre los restos de vidrio y madera de una vitrina. Cuero y papel desintegrados revoloteaban a su alrededor.

Menkaura yacía desmadejado cerca de él, al parecer más preocupado por los trocitos de papel que volaban que por la grave herida del pecho. El yokai, cuyo durísimo golpe psíquico había hecho caer a Lucius, era una masa medio fundida de metal y plástico.

Los poderes de Tolbek estaban en auge, de una manera brutalmente directa.

—Un mandala es un símbolo ritual, empleado para representar el universo —explicó Sanakht, mientras bloqueaba la hoja de una guadaña compuesta en su totalidad por moléculas de aire vibrantes—. Su simbolismo cósmico centra la mente de un practicante como medio de establecer una formación sagrada en la que luchar.

—¿Te refieres a un círculo asesino? —preguntó Lucius.

—Es una forma simplista de expresarlo, pero sí.

—Los Sons y vuestras palabras grandilocuentes —dijo Lucius, mientras giraba sobre los talones para decapitar a un yokai con un chasquido de su cruel látigo. El espadachín se dejó caer sobre una rodilla y lanzó un tajo bajo. Su espada de plata cortó las finas pantorrillas de cerámica y acero de otro yokai. Este se estrelló contra la plataforma de metal, y una llamarada de éter negro como el carbón chilló desde el cráneo contorneado.

Los autómatas rodearon a los Thousand Sons, como pielesverdes alrededor del último muro de escudo. En cuanto Menkaura cayó, Sanakht y el resto de los Thousand Sons formaron un mandala alrededor del cuerpo del adepto corvidae. Un momento después, la hueste yokai proveniente del otro lado de la verja negra se volcó en un ataque. Al menos doscientos, quizá más. Fueron a por ellos con una mezcla letal de espadas psíquicas, cañones integrales, poderes cinéticos y energía piromántica.

Sanakht se había enfrentado a demasiados pocos para discernir cualquier correlación entre los sigilos goéticos y el poder de cada yokai. Su espada halcón desvió el golpe desde arriba de un filo psíquico mientras se ponía de pie de un salto. El arma llameante del yokai cambió de sentido a una velocidad cegadora.

Fue al encuentro del impacto y permitió que la espada psíquica recortara el carmesí y el dorado de la hombrera. Con una vuelta, se metió bajo la guardia del yokai, y con su espada chacal, le atravesó el centro del cráneo. Un fuego negro ardió por la hoja mientras la sacaba y bloqueaba un nuevo ataque.

La pelea era asombrosamente rápida, con golpes intercambiados a un ritmo que ningún espadachín mortal habría podido igualar. Los yokai eran rápidos como máquinas y contaban con la astucia de la disformidad, pero los Thousand Sons luchaban con reflejos transhumanos fusionados con una disciplina psíquica sin parangón.

Situados en la geometría sagrada del mandala, lucharon hombro con hombro como hermanos, con las mentes unidas para mezclar sus capacidades en un todo sin fisuras.

Tolbek lanzaba ardientes escudos contra el fuego triturador de los primeros cañones yokai. Las balas cerámicas se tornaban en vapor caliente a medio vuelo, aún viajando a velocidades supersónicas, pero inocuas para las armaduras de la legión.

En contrapartida, los adeptos pyrae formaban dardos de un brillo fosforescente que atravesaban la armadura de los autómatas, penetrando para destrozar el corazón de sus uniones. Los restos de disformidad morían en ardientes plumas de fuego incandescente.

Hathor Maat se enfrentó a los Tartaruchi: les helaba la carne para que Sobek los hiciera pedazos con golpes cinéticos más poderosos que un martillo de trueno en las manos de un campeón Sekhmet. El practicus de Ahriman gruñía al luchar, y las venas le sobresalían en el cuello como palpitantes tubos de alimentación. Aunque gravemente herido, Menkaura empleaba su clarividencia corvidae para dotar a cada guerrero con tiempos de reacción prescientes.

Lucharon al borde de sus capacidades, pero solo Lucius parecía estar disfrutando de la feroz habilidad de sus enemigos.

—Son rápidos, para ser robots —dijo el espadachín, perversamente orgulloso de lo poco que entendía a su enemigo. Restallaba el látigo y reía cuando su punta de pinchos partía un cráneo sin fisuras. Un fuego negro manaba cual géiser del interior, un grito ensordecedor de dolorida liberación de aquellos cuyos sentidos estaban abiertos al Gran Océano.

—Te lo he dicho, no son robots —replicó Sanakht, moviendo las muñecas y apartándose para esquivar una estocada en el vientre—. ¿Acaso no has oído lo que ha dicho Ahriman?

Dio un fuerte paso a un lado y quebró la rodilla de un yokai. Este se tambaleó, y Sanakht le cortó el cuello haciendo tijera con sus dos espadas.

Se apartó del chorro de fuego negro.

—Me duele destruir unos artefactos de tan exquisita factura.

—Habla por ti —gritó Lucius, que estaba empleando el destrozado pecho de un yokai caído para saltar en el aire y cortar tres cabezas de esmalte antes de volver a tocar el suelo.

Lucius aterrizó suavemente y dio vueltas, con ambos brazos extendidos y una mirada reptiliana que le cruzaba la piel reticulada de su calva cabeza. Chasqueó la muñeca y el látigo se enrolló alrededor de su mango de ébano, de un modo demasiado orgánico para el gusto de Sanakht.

—¿Ese derroche de numeritos es realmente necesario? —preguntó.

—Están muertos, ¿no? —contestó Lucius.

—Guarda tu energía para los cien siguientes.

—Basta de cháchara —ordenó Hathor Maat, mientras extendía los brazos para lanzar una cuña de aire helado a los yokai—. Manteneos en la sexta enumeración. ¡Menkaura! Si no puedes luchar, busca las mentes de los Tartaruchi. Elimínalas, y puede que se rompa la unión de los yokai con el Gran Océano.

Sanakht se arriesgó a lanzar una mirada hacia atrás por encima del hombro. Menkaura se hallaba sentado sobre las caderas en medio de un charco de sangre, y se apoyaba en los restos de la vitrina rota. Tenía los ojos cerrados, pero asintió, y Sanakht notó cómo la mente del vidente se lanzaba al Gran Océano como forma de derrotar a sus enemigos.

—¡Miradle! —soltó Sobek, mientras avanzaba al frente del mandala, con su báculo y guantelete sujetos ante él como un profeta de antaño—. ¡Nuestro hermano está casi muerto!

—¡Espera! —gritó Tolbek—. ¿Qué vas a hacer?

—¡Acabar con esto! —rugió Sobek, con los ojos muy abiertos y la piel enrojecida y tensa.

—¡No! Se romperá el mandala. ¡Su geometría no se sostiene con solo cuatro adeptos!

Sobek no le prestó atención y escupió las palabras de poder que Sanakht nunca se había atrevido a leer de cerca, cada una como un clavo oxidado clavado a martillo en su cráneo. Mientras cada engañosa sílaba envenenaba el aire, pesadillas vivientes se unieron formando amasijos fantasmales hechos jirones alrededor del practicus de Ahriman.

Cosas con cuernos quebrados. Cosas de dientes rotos.

Improntas negativas de terrores que estarían mejor olvidados entre las sombras.

Sobek se los metió en el cuerpo con un rugido, y todos y cada uno de los Thousand Sons se tambalearon ante las náuseas provocadas por su siniestro tacto.

—¿Qué está haciendo, en el nombre de la Ruina? —preguntó Lucius.

—Volved a formar el mandala —ordenó Hathor Maat, sin prestar atención a la pregunta del espadachín.

—Los Vacuos de Drekhye —dijo Sanakht, que sentía que sus ojos lloraban lágrimas de sangre en respuesta.

En cuanto hubo nombrado incautamente la evocación, una hueste de cometas de un oscuro brillo estalló desde el bastón de Sobek, aullando como perros de guerra con el gusto de la sangre en la lengua. No hicieron caso a la horda de autómatas de piel lisa, sino que los esquivaron y corrieron hacia los Tartaruchi de carne y hueso.

Las Crónicas de Ursh y otros grimorios poéticos hablaban de una sciomancia prohibida que invocaba a los vacuos: espectros malignos disformes que deshacían las almas de sus víctimas y las devoraban trozo a trozo.

Hasta ese momento, Sanakht había creído que eran invenciones escabrosas.

Los oscuros cometas golpearon a los Tartaruchi, y Sanakht supo que se había equivocado.

Los guardianes del Oculus de Hierro fueron, literalmente, puestos del revés. Los huesos se quebraban como yesca. Metros y metros de venas y arterias desenrolladas como cuerdas húmedas. Órganos detonados como granadas, y trozos de dientes y huesos volando como balas mientras cantidades apocalípticas de sangre formaban una asquerosa niebla.

Los gritos de los Tartaruchi resonaron mucho después de que su carne fuera destrozada. Fue un sonido animal, el sonido de una presa hecha pedazos por depredadores vengativos que mataban por placer.

Los cuerpos rotos cayeron a pedazos como guiñapos empapados, y la fuerza de los autómatas se extinguió en ese mismo instante.

Sin los Tartaruchi, el ánima que controlaba a los yokai se deshizo. Se quedaron inmovilizados, como una falange de robots de batalla de la Cibernética con collares de esclavos defectuosos. Los entes del interior gritaban furiosos mientras volvían al Gran Océano.

El plan de Sobek había funcionado, pero los vacuos no le concedían el aliento para pronunciar las palabras de cierre, ni le dejaban moverse para emplear una runa de separación. Los espectros se volvieron hacia los Thousand Sons, hambrientos de almas frescas para destrozar.

—¡Sobek! —gritó Hathor Maat—. Para esto. ¡Ya!

Pero este seguía paralizado, vencido por los poderes que él había desatado y el pacto que había hecho sin pensar. Se le escapó el báculo de los dedos paralizados, y la boca se le estiró con un crac de cartílago roto y de ligamentos quebrados.

—¡El signo de Amaterasu! —gritó Menkaura desde el centro del mandala. Su repentino grito hizo que le manara sangre por la boca y el pecho—. ¡Invocad el sigilo ya! Todos.

Sanakht se esforzó en visualizar los complejos sigilos y las formas somáticas de la configuración protectora de Amaterasu, pero los aullidos y parloteos de los espectros le llenaban la cabeza de cristales rotos.

Sintió la presencia de Menkaura en su psique, guiándole como había guiado a tantos de la legión durante décadas. Menkaura había aprendido su arte del magister templi Amaterasu, que a su vez había recibido su sabiduría del propio Magus Phanek, cuyo maestro había sido Magnus el Rojo.

Pero aún no era suficiente.

Los vacuos atacaron el mandala y lo rompieron con una ululante alegría. El impacto hizo perder pie a Sanakht, y unos vientos que apestaban a sangre corrompida le obturaron los filtros del casco.

El mandala se había roto, y cada guerrero luchaba por su cuenta.

Los vacuos habían acabado con los Tartaruchi en un instante, pero ahora se enfrentaban a legionarios.

Sobek seguía aislado, cerrado dentro de su armadura como una estatua. Los vacuos no le prestaban atención, notando que su carne no ofrecía ninguna diversión. Hathor Maat se hallaba sobre Menkaura, y una corona arremolinada de poder biomántico mantenía apartados a los espectros por el momento. Una columna de fuego cegador tapó a Tolbek cuando este dio rienda suelta a sus poderes. Ante el auténtico peligro del cambio de carne, el Rey Carmesí les había advertido contra esas demostraciones.

Pero ¿qué otra opción tenían?

Sanakht olvidó toda idea del signo de Amaterasu cuando las siluetas espectrales de los fantasmas murmuradores le rodearon como tiburones enloquecidos.

Se lanzaron contra él en una marea de garras negras como la noche y de sombras frenéticas, más rápidos que nada de lo que había combatido antes. Cada roce era una cuchilla de hielo en su corazón, ralentizándolo y volviéndolo vulnerable. Luchaba espalda con espalda con Lucius; su afinidad como espadachines los unía de forma natural.

Rodaban en un círculo mortal propio, obligados a una confianza mutua que ninguno de los dos sentía en realidad.

Pero no tenían elección.

—¿Se ha cumplido tu deseo? —preguntó Sanakht.

—¿Qué deseo?

—Encontrar un enemigo capaz de matarte.

Lucius rio mientras atacaba a los vacuos.

—¿Estas cosas? —replicó—. No, esta no es mi muerte.

Sanakht captó la absoluta certeza que despedía el aura del espadachín y se preguntó cómo podía estar tan seguro.

Más tarde, mucho más tarde, Sanakht se preguntaría si Lucius ya conocía la condenación eterna que le esperaba.

«Y de haberla conocido, ¿la habría cambiado?».

Ninguno de ellos moriría ese día.

Sanakht y Lucius lucharon con una habilidad que no se había visto desde que los campeones rivales se habían enfrentado en un duelo ante los muros de la perdida Truva, y si el destino hubiera decretado que sus legiones hubieran permanecido leales, un coraje tal se habría convertido en leyenda por todo el Imperio.

Con Hathor Maat caído de rodillas y Menkaura perdiéndose en el abrazo de la muerte, Tolbek luchó solo contra los vacuos en igualdad de condiciones. Columnas de fuego vibrante dispersaban su oscuridad, mientras lanzas de luz les quemaban.

Aun así, no era suficiente.

Hathor Maat cayó en las sombras como bajo una bandada de cuervos. El fuego de Tolbek fue brutalmente apagado por el frío punzante de los vacuos. Las sombras desgarradoras penetraron las defensas de Sanakht, tirándole de las costillas y helándole el corazón. Cayó, hundiéndose en lo que parecía un estanque sin fondo de agua glacial.

Ninguno de ellos moriría ese día.

Ahriman se aseguró de que así fuera.

La sangre apenas se había secado en los labios de Ahriman, amarga debido a un acuerdo inesperado y, aun así, cargada de promesas. En el momento del juramento, la caverna oracular se desvaneció como si nunca hubiera existido.

Y en un sentido muy real, así era.

Ahriman experimentó la sensación de caer, un repentino movimiento.

Tuvo la momentánea visión de las vitrinas destrozadas y de una hueste de oscuridad que graznaba y rodeaba a sus compañeros legionarios.

Luchaban solos. Perdían. Morían.

El suelo corrió a encontrarse con él, aunque Ahriman entendía que no estaba cayendo en el sentido literal de la palabra. Sintió al Oculus de Hierro, su imponente presencia como un plomo arrastrando a su final a un hombre ahogándose.

Llegaron con fuerza suficiente para desquebrajar el suelo. Ahriman se arrodilló mientras golpeaba el suelo con su báculo, generando una onda psíquica que deshizo la oscuridad como si fuera basura arrastrada por el viento.

El suelo se rompió y se alzó hacia arriba con violencia sísmica. Losas gigantescas se partieron como el hielo y torrentes de energía etérea, brillante como las estrellas, formaron géiseres de nubes iridiscentes.

El Oculus de Hierro se hallaba en el centro del cráter como un ídolo blasfemo de un imperio no llorado, desaparecido mucho tiempo atrás. Sellado en esa espantosa prisión, la cosa que se llamaba a sí misma Aforgomon esperó sus palabras.

Ahriman asintió, sellando su trato.

—Hazlo —dijo.

Un vendaval ululante llenó la estancia como una risa estridente. Empujó las hirvientes nubes de éter hacia la angulosa forma del Oculus de Hierro, como si este hiciera una profunda e infinita inspiración. Y mientras los vacuos reunían sus fuerzas para otro asalto, el oráculo de los Torquetum dejó ir su aliento.

Estalló hacia fuera en un chisporroteante anillo de luz demasiado brillante, un halo de venganza divina. Era una luz que ninguna sombra podía esquivar, y convirtió a los vacuos en una masa de ceniza aullante en un abrir y cerrar de ojos.

Pequeñísimos diablos de polvo de ceniza alquitranada trataron de aferrase a esta realidad, pero su tiempo se había acabado. El espadachín Lucius se alzaba en medio de los últimos restos de las criaturas, que se fueron disipando mientras el sonriente asesino los observaba con una repugnante satisfacción personal, como si hubiera sido él quien hubiera derrotado solo a las criaturas.

Ahriman exhaló, dejando escapar la tensión de los pulmones, y se puso en pie. Cerró los ojos y extendió hacia fuera sus percepciones, en busca de la vida de sus guerreros.

Todo ellos estaban ahí, vivos.

Tolbek, Hathor Maat, Menkaura, Sanakht, Sobek…

Ahriman abrió los ojos.

—¡Cambio de carne! —gritó.

Corrió hacia Sobek. La ráfaga de clarividencia enteló los ojos de Ahriman con un palpitante dolor. Su practicus se hallaba inmóvil, resplandeciente en carmesí y plata, tan magnífico como las esculturas que, en un tiempo, adornaron las pirámides de Tizca.

Parpadeando sobre esa imagen había un espectro de éter, un futuro eco del destino de Sobek. Se debatía en medio de una horrenda transformación. Una armadura espectral se quebró como una cáscara de huevo, y carne cancerosa surgió en un asalto de mutación incontrolada y maligna.

—¡Hathor Maat! —gritó Ahriman—. ¡Conmigo!

Los sentidos de Ahriman se expandieron, notando la terrible ambición de la carne de Sobek. El milagro del Emperador revelado; la espada que colgaba sobre cada uno de los guerreros Thousand Sons.

—Ayúda… me —dijo Sobek, apretando los dientes; su expresión estaba fija, mostrando un abyecto horror. Solo una vez antes había visto Ahriman semejante horror en el rostro de un hermano de la legión. Saber que su propio cuerpo se estaba rebelando, tratando de alejarse de su forma perfecta para adoptar un nuevo y horroroso aspecto, era, sin duda, un terror como ningún otro.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Ahriman cuando Hathor Maat le apartó para colocar la mano en la parte trasera del cráneo rasurado de Sobek—. ¿Cómo le ha ocurrido esto?

—El maldito estúpido se lo ha hecho a sí mismo —contestó Hathor Maat. Un nimbo de luz se formó en los ojos del adepto pavoni mientras trataba de detener la creciente horda de mutaciones.

—Nos ha salvado —afirmó Sanakht, que apareció detrás de Ahriman.

—Explícate.

—Los Vacuos de Drekhye —dijo Sanakht—. Sobek los evocó desde el abismo para acabar con los Tartaruchi.

—Y luego se volvieron contra nosotros —gruñó Hathor Maat, con un aliento de niebla glacial.

Ahriman sacudió la cabeza.

—¿El signo de Amaterasu?

—No teníamos ni idea de lo que estaba conjurando hasta que fue demasiado tarde.

—Rompió el mandala por su cuenta —explicó Hathor Maat.

Un velo de escarcha se formó en los ojos de Sobek, y su piel fue perdiendo su tono moteado cuando los poderes de Hathor Maat se fueron extendiendo por él, congelando su carne.

—¿Eso detendrá la mutación? —preguntó Sanakht.

Hathor Maat dejó caer la mano, bordeada de hielo, del cuerpo frío y sólido de Sobek. Sus ojos eran demasiado azules, estaban demasiado velados por la escarcha.

—No —contestó Hathor Maat—. Como mucho, es una táctica de retardo. No parará el cambio de carne que se avecina, pero lo ralentizará.

—Quizá el tiempo suficiente para devolver a nuestro hermano al Planeta de los Hechiceros —confió Ahriman.

—Quizá no —replicó Hathor Maat, volviéndose para mirarle—. Con todo tu ingenio, y después de tus investigaciones y teorías, no estás más cerca de acabar con la maldición.

«La maldición».

El secreto del que nunca se hablaba en voz alta por miedo de despertar al traidor que se hallaba en su propia carne. Como tantos otros fallos terribles ocultos en el fondo de las legiones, fallos que nadie osaba admitir.

Los fantasmas que rondaban las pirámides esqueletales pudriéndose bajo los nueve soles farfullaban sobre esas cosas, pero solo las enloquecidas bestias de carga escuchaban sus susurros.

—Puedo salvarte —prometió Ahriman a Sobek—. Voy a salvarte.

Lucius apareció por el otro lado de Sobek, cautivado por lo que había hecho Hathor Maat. Su fascinación de mirón asqueó a Ahriman.

—¿Cómo?

Ahriman se volvió. La pregunta de Menkaura era sencilla; sin embargo, Ahriman no tenía la respuesta. El cuerpo del vidente tenía terribles heridas, y solo se mantenía en pie por el brazo que había colgado sobre la protección del hombro de Tolbek.

—Ya sabes cómo —respondió Ahriman.

Menkaura meneó la cabeza.

—No, el Rey Carmesí lo ha prohibido.

—Así que ¿tengo que dejarle morir? —preguntó Ahriman, mirando a cada uno de sus hermanos por turno—. ¿Y si esto te pasara a ti, Sanakht? ¿O a ti, Hathor Maat? ¿Debo dejaros morir a todos? ¿A alguno de vosotros? ¿Y tú, Menkaura? Tu aura se está desvaneciendo. Tu vida pende de un hilo. Imagínate que yo fuera un apotecario, pero el Rey Carmesí me hubiera prohibido usar mis conocimientos para salvarte.

—No es lo mismo —replicó Menkaura—. Te arriesgas…

—Es exactamente lo mismo —soltó Ahriman—. Tendría los medios para salvarte la vida, pero una fe errónea y una censura que no tiene ningún sentido te condenarían a una muerte espantosa. ¿Has olvidado a Phosis T’Kar? ¿No? ¿Te acuerdas del monstruo en que se convirtió? ¿De Hegazha? ¿De Khaphed? ¿Hastar?

—Los recuerdo a todos —contestó Menkaura, y tragó sangre—. También recuerdo a Astenny. Me acuerdo de cómo tu arrogancia lo vio perecer en una furiosa agonía.

—Sí, murió —dijo Ahriman—. Pero al menos lo intenté. Si el cambio te sobreviene, ¿estarías dispuesto a morir en vez dejarme intentar salvarte?

—Si el cambio me sobreviene, debes matarme como Russ mató a Hastar: rápidamente y sin piedad.

Las palabras de Menkaura tenían un sentido velado, como siempre, pero ¿la videncia de su hermano estaba vislumbrando parte de su destino? ¿Un destino donde la muerte era preferible a la vida?

—Ya basta —intervino Hathor Maat—. No puedo mantener la carne de Sobek para siempre. Tenemos que meterlo en la Khemet y llevarlo a casa.

Ahriman se volvió hacia Hathor Maat.

—El Mundo de los Nueve Soles no es nuestra casa.