La Zarza, Trujillo, otoño de 1529
La Zarza era una pequeña población de la comarca de Trujillo, situada a unas cinco leguas de esa villa, que tras la Reconquista y junto a Zorita y Alcollarín había sido entregada en el repartimiento a los Pizarro, linaje de alcurnia de origen leonés que había participado destacadamente en la toma de Trujillo. Allí, desde entonces, tenía su hacienda la familia Pizarro, una casa fuerte de piedra con tres pisos y torre del homenaje emplazada en el extremo oeste del pueblo y rodeada de huertas, viñas y labrantíos.
—Un momento, Martín —dijo Pizarro a De Alcántara, deteniendo su montura, cuando se hallaban a un centenar de pasos del caserón.
Contempló la casona intentando que en su espíritu no se desbordara la nostalgia. Sólo había estado una vez allí, siendo un niño. Un día de mercado, un jueves, un hombre viejo e inmenso se había detenido junto a él y, desde la altura de su alazán, lo había contemplado fijamente.
—¿Cómo te llamas, zagal? —le había preguntado.
—Francisco.
—Francisco, ¿qué?
—Francisco González.
—¿Quién es tu padre?
—No lo tengo, señor.
—¿Y tu madre?
—Francisca la Ropera.
—¿La que servía en el convento?
—Sí, señor.
El hombre lo escrutó con intensidad dominica. Se giró luego al sirviente que lo acompañaba: «Es igual que él», afirmó. Después, lo hizo montarse en la grupa y lo llevó al galope a aquella casa en cuyas inmediaciones ahora se hallaba. Allí, por primera y única vez en su vida, recibió el cariño de un Pizarro, que lo llamó «nieto» y le regaló la daga con dos osos tallados en la empuñadura. Poco después, recibió el apellido y el reconocimiento jurídico de su padre, de Gonzalo el Largo, que fue lo único que en vida y en muerte recibió de él. Aunque nadie se lo había dicho, estaba seguro de que ese acto legal fue imposición de su abuelo, Hernando Pizarro, regidor de Trujillo, que era el hombre que lo había llevado hasta allí aquella mañana de hacía tantos años.
En esos instantes, el portón de la casa fuerte se abrió y un criado cargado con un seroncillo apareció por los umbrales. Observó a los dos jinetes detenidos a tiro de lanza de la casa y, dejando el seroncillo en el suelo, regresó adentro. Al poco, un hombre alto y corpulento apareció por el portón. Vestía meros jubón y calzas, pero algo en su aspecto delataba que era el dueño de la casa. Se llevó las manos a los ojos para protegerse del tibio sol del otoño extremeño. Al poco, echó a andar hacia los visitantes. Miró a Martín de Alcántara, a quien saludó con un gesto rápido de la cabeza. Centró su atención a renglón seguido en el desconocido que lo acompañaba.
—¿Francisco? —preguntó, algo embarazado, cuando llegó a unos pasos de los caballos. El gobernador del Perú también vio en él la mirada de intensidad dominica de su abuelo—. ¿Francisco Pizarro? ¿Eres tú?
—Yo soy.
—¡Por Dios bendito! ¡Has llegado, voto a bríos! ¿Por qué carajo no nos has dicho que llegaríais tan pronto, Martín? ¡Pasad, pasad, por favor, y desmontad! ¡Silvestre —llamó a gritos al criado del seroncillo—, muévete de una maldita vez, haragán, da aviso a Juan y a Gonzalo y hazte cargo de las monturas de los caballeros! ¡Por la Virgen de Guadalupe, eres tú, Francisco! ¡Y trae vino, Silvestre, cabrón! ¡Y que sea de la tinaja buena!
Un abrazo de oso, como el que figuraba en su escudo, recibió al gobernador del Perú nada más desmontar. Un abrazo de oso al que siguió el saludo más comedido pero también sumamente afectuoso de Juan, el segundo de sus hermanos de padre, que salió de la casa corriendo en cuanto oyó los gritos de su hermano mayor Hernando. Al instante, un tercero, más joven, sumamente apuesto, con el sol jugando entre sus cabellos de un claro color castaño, salió de un henil cercano subiéndose las calzas. Era Gonzalo, el más pequeño de los Pizarro, que lo saludó con mayor frialdad, estrechándole la mano con fuerza pero con un lustre desconfiado en los ojos. Los tres, se dijo el adelantado real, eran tal como Martín de Alcántara se los había descrito. Tal vez, si acaso, había en Hernando mayor desmesura que la que se le había dicho. Y en el pequeño, en Gonzalo, más desafío, quizá. Luego, Pizarro, con emoción contenida, pues si de algo sabía era de contener emociones, conoció a sus dos hermanas de padre que vivían en la casona: Inés, de veintidós años de edad, hija de la única esposa legítima de su padre, su prima Isabel de Vargas; y Graciana, de sólo catorce años, hija de María de Viedma, que había sido criada del Largo cuando éste sirvió en Navarra y a quien había nombrado con extremo cariño en su testamento.
El lacayo Silvestre fue mandatado para que cogiera un burro y se dirigiera sin pérdida de tiempo a casa de Martín de Alcántara a recoger las pertenencias de Pizarro, pues Hernando no quiso ni oír hablar de otra cosa que no fuera que su hermano mayor se alojara en la casa fuerte de La Zarza. «Es la casa de los Pizarro; es lo que corresponde», sentenció.
Pasaron la tarde conociéndose de puntillas y, cuando la confianza se hubo templado como buen metal, hablando del padre común, de las aventuras del adelantado y de cuestiones familiares, como si no fuera aquélla la primera vez que se veían. Francisco Pizarro, anonadado en muchas fases de la charla por el afecto con que sus hermanos lo agasajaban, que reputó además sincero y veraz, aunque no dejaba de ver en el más pequeño un punto de desconfianza, o de alejamiento, se sorprendió gratamente con la llaneza apasionada de Hernando, con la sensatez de Juan, con la gallardía de Gonzalo, con la belleza de Inés, con la dulzura de Graciana. Cenaron juntos unas sopas de ajo y piezas opíparas de la matanza del año anterior, frugalmente Francisco y Martín, largamente los Pizarro, excepto las muchachas, que fueron más recatadas. Luego, tras los postres, en los que disfrutaron de unas pomadas de manzanas y peras, quedaron solos los varones delante de una frasca de aguardiente.
—Hay una cosa que todos queremos que sepas, hermano —anunció de inmediato Hernando Pizarro, sirviendo él mismo el licor—. El pasado es el que es y ninguno de nosotros puede cambiarlo. Ni siquiera Dios, loado sea su nombre, puede hacerlo. Pero sí está en nuestra mano trazar las líneas del futuro. Sabemos que nuestro padre, que sí te reconoció como hijo suyo, no te nombró en su testamento y que nada te dejó, y eso es algo que nosotros no podemos variar, pues la voluntad de los muertos ha de ser respetada. —Francisco Pizarro entrecerró los ojos; le sorprendía la reflexión y la cordura de que hacía gala ese hombre tan joven y de mirada tan intensa—. Sin embargo, hay algo que debes saber, Francisco: yo, de corazón, te reconozco como nuestro hermano mayor y te llamo el primogénito.
—¡Yo también, Francisco! —intervino Juan.
El silencio de Gonzalo sonó en la casona mucho más fuerte que las palabras de asentimiento de su hermano Juan.
—Gonzalo también, ¿verdad? —lo instó Hernando, lanzando al benjamín una mirada llameante—. Gonzalo también te reconoce como a nuestro hermano mayor y te llama el primogénito. ¿No es así, Gonzalo?
Éste miró desafiante a Hernando, y luego, muy despacio, trasladó la vista a Francisco.
—No lo conocemos —dijo, sin quitar la mirada de Francisco pero dirigiéndose a sus otros dos hermanos—. Y al visitante se le da hospitalidad, pero no la propiedad de la casa.
—Es nuestro hermano, Gonzalo —repuso Juan—. Nuestro hermano mayor.
—Y honrado por el rey, patán —añadió Hernando—. Aunque sólo fuese por eso, ya merece nuestro reconocimiento. Y si además es su sangre la que corre por nuestras venas…
Gonzalo miró con fijeza a todos los contertulios. Luego, se encogió de hombros.
—Está bien —asintió al cabo.
Francisco Pizarro se dijo que la juventud tenía esas cosas y no dio importancia a aquellas dudas del benjamín. Tiempo habría de ganarse su confianza. Más caso le hizo al entusiasmo de Hernando y Juan. Pensó que no venía preparado para esto: llegaba buscando soldados y la Santísima Virgen de la Concepción iba a decidir que partiera llevándose hermanos, de carne y de alma. «Es verdad —caviló— que los caminos del Señor son inescrutables».
—Os lo agradezco de corazón, Hernando, Juan, Gonzalo. Veo en vuestros rostros que habláis sinceramente.
—Y como primogénito que eres —añadió Hernando—, y como continuador de las hazañas de nuestros antepasados, estamos dispuestos a seguirte y a ser tus hermanos no sólo de sangre y de espíritu, sino de armas y de conquista. Dinos qué quieres de nosotros y nosotros haremos tu voluntad.
Pizarro contempló de refilón a Gonzalo y no habló hasta que estuvo seguro de que éste no iba a objetar las palabras de Hernando. Cuando lo estuvo, les contó cómo, hacía más de cinco lustros, había llegado a las Indias con la expedición de Nicolás de Ovando, y cómo se había establecido en la isla de La Española y había intervenido en las escaramuzas contra los caciques rebeldes como armígero de Ovando. Les narró, conciso como él era, su participación en la conquista de Tierra Firme, cómo los indios caribes habían dado horrible muerte a Juan de la Cosa y él había quedado al mando del fuerte de San Sebastián, en Nueva Andalucía, después de que el gobernador Alonso de Ojeda fuese herido en una pierna, logrando salvaguardar la vida de la mayor parte de sus hombres, hasta ser rescatados por Fernández de Enciso. Les refirió cómo se había aliado en una empresa con el capitán Diego de Almagro y el cura Hernando de Luque, y les detalló sus primeras incursiones por el mar del Sur. Les habló de calamidades y esperanzas, de la isla del Gallo, de la raya que había trazado con su espada en la arena, que sólo trece de sus hombres habían cruzado, sus amigos, los leales, los que se quedaron a su lado cuando los demás pensaban que todo estaba ya perdido y había que regresar derrotados y pobres a Panamá.
—Hay allí un mundo nuevo, insospechado, riquísimo, y una gran civilización, que llaman inca —concluyó—, que nos está esperando. Y sé que podré conquistarlos, para honra de España y de su rey emperador don Carlos y para mayor gloria de Dios y de su Santísima Madre. Y si me queréis acompañar, nada habrá que me haga más feliz y más orgulloso.
Los tres hermanastros del capitán general se miraron. En sus ojos rezumaban emociones variopintas y tal vez contradictorias: anhelo, impaciencia, cautela, ansias de aventura y de fama, turbación, esperanza, codicia… Y, particularmente en los de Gonzalo, prevención y un resquicio de duda. Finalmente, fue Hernando quien interpretó esas miradas, dándoles un significado unívoco.
—Vamos contigo, hermano. No lo dudes ni por un momento. ¡Vamos contigo!
—Y sé de muchos otros de Trujillo que se unirán a nosotros, Francisco —participó Juan—. Sólo tendrás que hablarles como nos has hablado a nosotros.
—¡Francisco de Chaves, ya sabéis cómo es, seguro que se apunta! —anunció Hernando.
—¡Y el primo Pedro! ¡Y Martín Pizarro!
—¡Y Diego, el hijo de la Gallina, seguro que también! —apostilló Martín de Alcántara.
—¿Y tú, Gonzalo? —preguntó el gobernador del Perú al más pequeño, que no había abierto la boca—. ¿Vendrás también conmigo?
—Si mis dos hermanos van —respondió Gonzalo después de un silencio espeso, y como si Francisco no lo fuera—, no seré yo quien se quede solo en Trujillo. —Y volvió a encogerse de hombros con cierta displicencia—. Voy, pues.
—No te arrepentirás.
—Eso espero.
Dedicaron el tiempo siguiente a esbozar planes, a relacionar pertrechos, a diseñar el viaje, a prepararlo todo. En esos instantes, cuando la displicencia de Gonzalo se atenuó por la ilusión del largo periplo y el ansia de conocer nuevos horizontes, cualquiera habría dicho que eran cuatro hermanos, y el medio hermano de Pizarro Martín de Alcántara también, que se habían criado juntos, que eran uña y carne y que se conocían desde siempre. Cuando ya el cansancio cundía y el aguardiente y la euforia los embotaba, Gonzalo Pizarro, el benjamín, preguntó:
—Francisco, una cosa: ¿en calidad de qué iremos contigo? Quiero decir, ¿seremos tus lugartenientes?
—Diego de Almagro y yo habremos de decidir esa cuestión en cuanto nos reunamos en Panamá —contestó el gobernador del Perú—. Y hay otros muchos amigos y soldados que se han batido el cobre hasta ahora y que merecen reconocimiento. Ya los conoceréis y os adelanto que os gustarán.
—No has respondido a mi pregunta —insistió Gonzalo.
—Tendréis, los tres, un puesto de preeminencia, Gonzalo, es cuanto puedo decirte.
—Siendo tus hermanos —porfió el otro—, deberíamos ser tus lugartenientes, los segundos al mando. Es lo justo.
—Sólo puedo deciros que os juro que haré cuanto esté en mi mano para que siempre estéis a mi lado y alcancéis dignidad y fortuna, si eso es lo que buscáis.
—A mí me basta, Gonzalo —medió Hernando. Se dirigió luego al primogénito, sin dar tiempo a que el menor replicase—. Y, hablando de buscar, tú ¿qué buscas en realidad, Francisco?
Pizarro miró a su hermanastro Hernando, que aguardaba su respuesta con interés. Reflexionó durante unos instantes, midiendo sus palabras, siempre sobrias.
—Es justo que me lo preguntes, pues si bien es cierto que no hay camino, por largo que sea, que no puedan recorrer dos hombres juntos, también es cierto que sería inútil recorrerlo sin saber adónde lleva ese camino. —Tosió ligeramente, como para aclararse la voz; se acarició la barba luenga. Clavó después y con fijeza la mirada en sus hermanos, uno por uno—. Escúchame, Hernando, escuchadme todos, os lo ruego: no es sólo oro ni plata lo que busco, ni fortuna, ni cargos, y quien así piense se equivoca. En Panamá fui regidor, primer magistrado y alcalde durante todo un año. Fui luego visitador del cabildo y lugarteniente del gobernador. Era respetado, admirado y temido. Se me dio una encomienda con muchos indios a mi cargo, que me rentaba muchos ducados al año. Llegué a ser dueño de tierras extensas y fértiles y de un caudal de más de veinte mil castellanos de oro contantes y sonantes. Mucho más de lo que jamás habría soñado y de lo que viviendo en paz como encomendero podría haber gastado en los años que Dios quisiera darme de vida. Y, sin embargo, ya veis… Lo dejé todo, y todo lo gasté, por embarcarme en esta empresa de conquista en el mar del Sur. ¿Qué busco?, me preguntas. —Hizo una pausa. Fue a apurar el vasito de aguardiente pero estaba vacío. Había hablado más largo de lo que en él era acostumbrado y tenía seco el gaznate. Sus hermanastros Pizarro y Martín de Alcántara lo contemplaban expectantes—. Os lo he dicho antes, Hernando. Busco, claro está, recompensa y dignidad, no sería ni sincero ni humano si no os lo confesara, puesto que esa búsqueda está en el alma de todos los hombres. Pero no es eso lo que más me importa, ni mucho menos. Lo que busco es llevar el apellido nuestro y de nuestro padre a la más alta cumbre del olimpo de España y la honra y fama de Trujillo. Lo que busco es extender los confines de nuestra patria y procurarle medios para sostener su imperio y su preponderancia y que muchos hombres como yo, que abandonaron sus hogares sin un lugar donde caerse muertos, tengan tierras y futuro. Busco la mayor honra de nuestro señor don Carlos y de todos los reyes que lo sigan y, sobre todo, hermanos, la gloria de Dios, la gloria de su Santísima Madre en su advocación de la Concepción, llevar su palabra y su Evangelio a todas aquellas almas cándidas que viven lejos de su verdad y de la salvación, sumidas en horribles costumbres sacrílegas y en prácticas inhumanas. Eso es lo que busco. Y eso es lo que espero conseguir de la Santísima Virgen, pues sé que, por la fe y devoción que siempre le he tenido y tendré hasta que me muera, hallaré en todo instante en Ella y de Ella el favor y la ayuda necesarios para que mis sueños se hagan realidad.
«No hay en él nada de disimulo ni de impostura —se dijo Hernando para su coleto—; hay en Francisco fe de carbonero. Habla y parece que oliese a cera e incienso en la habitación. No sé si eso será más adelante un problema».
Gonzalo, cansado por los trajines con la mujer del porquerizo en el henil, y también algo empalagado por las palabras del primogénito, bostezó, y ese bostezo rompió el clima que esas palabras de Francisco Pizarro habían instalado en la umbrosa estancia en la que las velas poco a poco se consumían. Hizo una pregunta luego, en medio de un segundo bostezo, una pregunta que apenas se le entendió sobre las mujeres indias, su belleza y sus desnudeces, que provocó las carcajadas de sus hermanos.
—Tengo que irme —dijo Martín de Alcántara cuando las risas se apaciguaron, poniéndose en pie—. Inés estará inquieta. Y es ya muy tarde y aún me queda un trecho hasta Trujillo.
—Una última cosa —intervino el capitán general; y se dirigió al segundogénito de los Pizarro—: Hernando, ¿sigue nuestro padre enterrado en el convento de San Francisco de Pamplona?
—Sí, hermano. Allí descansa. ¿Y esa pregunta…?
—Algo tenemos que hacer antes de partir hacia las Indias.
—¿Qué cosa es ésa?
—Habremos los cuatro de jurar que al menos uno de nosotros regresará con vida de la Castilla de Oro y que traerá el cuerpo de nuestro padre desde Navarra hasta la iglesia de Santa María de Trujillo, donde él, en su testamento, dijo que deseaba ser enterrado.
—¡Juro! —dijeron a la vez, como un solo hombre, los hermanos Pizarro. También Gonzalo, que veneraba el recuerdo del Largo. Juan y Hernando abrazaron luego a su hermano primogénito. Éste les devolvió el abrazo con sincero y fraternal afecto y estrechó también entre sus brazos a Gonzalo, que aceptó el contacto de buen grado, como si aquellas palabras sobre su padre hubieran mitigado en parte su suspicacia.
Martín de Alcántara cabalgó solo bajo la noche otoñal de Extremadura, clara y estrellada. Los cuatro hermanos Pizarro durmieron en la vieja casa fuerte, acunados al unísono por sueños de conquista.