CAPÍTULO 2

Nos acoplamos con Elvis bastante bien a los ritmos del tío e Indira. Procuré en todo momento no molestar y no ir a interrumpir su privacidad. Compartía con ellos, cocinábamos juntos y veíamos películas, pero también me mantenía a distancia y los dejaba solos para que no se fueran a sentir invadidos en su intimidad. Nos aficionamos rápidamente a ver series los fines de semana y eran momentos maravillosos con las cortinas cerradas, las luces apagadas, entre cojines y con Elvis recostado en algún rincón dormitando tranquilo. Vimos Stranger Things, Dark, Unabomber, El exorcista, Humans y Penny Dreadful, que me emocionó mucho por su retrato maravilloso del gótico urbano y nocturnal. Pero hubo una serie de cuatro capítulos que me pareció muy reveladora, porque muestra la soledad infinita del artista, en este caso un escritor: Cuatro estaciones en La Habana. Es la historia de un policía en Cuba que también, en secreto, es un escritor que utiliza los casos que resuelve como material literario en sus textos. Como el protagonista, Mario Conde, yo también me sentía abandonado, solo, a la deriva, sin saber muy bien para dónde coger. Esos cuatro capítulos están basados en los libros de Leonardo Padura, así que esa misma semana me compré un par de ellos y empecé a leerlos con auténtica devoción.

Una tarde, después de cartearme con el maestro Ardila por Internet, visité directamente su taller y le conté que deseaba matricularme en sus cursos y ser su discípulo. Me sorprendió la tranquilidad que irradiaba, una paz que parecía extenderse alrededor suyo. Fue muy amable conmigo y conversamos sobre mis lecturas, sobre mis artistas preferidos y me preguntó qué esperaba recibir yo de su taller.

—No creo en la educación tradicional —dije con convicción—. No creo que uno pueda transmitir nada sin pasión, sin amor. Por eso prefiero aprender a la manera antigua, de maestro a discípulo. El resto, supongo, es una búsqueda muy íntima y personal. Pero necesito practicar todos los días, trazar, bosquejar, ir puliendo la técnica.

El maestro Ardila me estrechó la mano, me señaló un número de cuenta en el que debía consignar lo estipulado y me dio los horarios del primer curso, el de principiantes. No cabía de la dicha y salí de allí feliz, radiante, sintiendo una plenitud interior que me emocionaba profundamente. Estaba ya en camino y algún día sería capaz de enviar mis propios mensajes para cumplir a cabalidad con lo que les había prometido a los ancianos de Agartha.

Esa misma tarde visité a Mario y le conté de mi decisión. Se puso muy contento y me dijo que mucha gente se sentía atraída por el arte y la literatura creyendo que algún día iban a ser famosos y reconocidos, lo cual era un error de perspectiva.

—El arte es un llamado, Pipe, voces misteriosas que nos ponen una cita y depende de nosotros si acudimos o no. No tiene nada que ver con fama ni reconocimiento, sino con algo enigmático que nos arrastra de manera irracional.

—¿Tú también sentiste que te quedabas sin nadie, que tenías que pagar un precio por acudir a ese llamado? Es como si la universidad fuera el único camino posible si uno quiere formarse hoy en día. Y no es así. Yo lo que creo es que la universidad no lo forma a uno, sino que lo deforma.

—Estuve en ambos bandos. Los conozco bien. Fui un alumno que se creía sobresaliente y fui un profesor cuyos únicos temas eran los libros que había leído. Y volví a ser estudiante de maestría y volví también a ser un docente que hablaba y hablaba y hablaba convencido de que desde los salones de clase era posible cambiar el mundo. Qué ingenuo. La universidad ya no se rebela en contra de nada. Tienes toda la razón. Mayo del 68 sucedió hace mucho tiempo. La universidad está ahora del otro lado: es una empresa efi-ciente, una oficina donde unos obreros amodorrados llenan planillas de acreditación.

—Buena parte de la crisis de nuestro tiempo se la debemos a esta educación nuestra tan triste y mediocre. ¿Cómo hiciste para aguantar tanto?

—Todos los días, antes de entrar a dictar mis clases, miraba a través de los ventanales de la universidad. Sabía que allá, afuera, del otro lado del feudo, la vida me estaba llamando, me hacía señas, me enviaba mensajes en los que me advertía que si quería ser un escritor de verdad tenía que salir de mi refugio, desprotegido, sin chaleco antibalas, sin flotador. Y esas voces me hacían daño, me hacían sufrir. ¿Saldría del castillo alguna vez y sería capaz de cruzar el foso, de enfrentar a los dragones?

—¿Y sentías que el precio que tenías que pagar era el aislamiento y la soledad?

—Muchas veces. No solo cuando decidí estudiar literatura, sino también cuando me retiré definitivamente de la academia. No sé cómo ocurrió, no sé qué día sucedió, solo recuerdo que una tarde cualquiera estaba ya en la calle, con frío, bajo la lluvia, sin libros, sin hojas, sin notas, sin recitar artículos académicos, solo, completamente solo, luchando cuerpo a cuerpo con mis fantasmas, con mis muertos, debatiéndome entre la esquizofrenia y el suicidio, hambriento, sucio, iracundo, al lado de mis personajes, tragándome las calles entre el vacío y la desesperación, entre la angustia y el más absoluto desamparo, sin dinero, sin un peso entre los bolsillos, dispuesto a morir antes que a claudicar. Y me convertí en un “desclasado”, en un salvaje que de allí en adelante solo pensaba respetar sus propias reglas.

—Me hace tanto bien escucharte, no te imaginas. Voy sintiendo que cada vez estoy más lejos.

—No te preocupes, del otro lado hay otra tribu esperándote.

La conversación con Mario me reanimó y me confirmó que iba por el camino correcto.

Esa misma tarde tomé Transmilenio y me bajé en la calle 26. Caminé unos cuantos metros hasta el cementerio Central y me quedé parado frente a mi mural. No lo habían borrado ni pintado de blanco. Me pregunté si sería capaz de sostenerme a lo largo de los años en esa decisión que acababa de tomar. ¿Tenía el carácter para ello, el temple, la fortaleza interior?

Una voz me sacó de mi ensimismamiento:

—¿Le gusta?

Me di la vuelta. Era un hippie vagabundo de cabello largo que estaba mirando el mural con los ojos enrojecidos por la droga.

—No sé, no estoy seguro —dije dudando.

—A mí sí. Me encanta. Paso por aquí y lo veo todos los días. Nos advierte de la llegada de seres de otro planeta dentro de poco. El mundo está cerca de terminarse y entonces llegarán los hombrecitos verdes a salvarnos a algunos de nosotros.

—Sí, creo que me gusta —aseguré sonriendo, me despedí con la mano levantada y regresé al apartamento del tío.

Esa tarde no me pude quitar la sonrisa con nada.