V

LOS MUROS DE HATRA

Al pie de las murallas de Hatra

Invierno de 198 d. C.

—¿Las habéis encontrado? —La voz de Leto era agria, salpicada de desazón y cansancio y rabia. El emperador lo ponía de nuevo a prueba y esta vez Leto estaba decidido a no fallarle.

—No, mi legatus —respondió uno de los tribunos de la legión atribulado ante el ansia de su superior en el mando—. Aún no.

—¡Pues seguid cavando, por Júpiter! —aulló Leto enfurecido por aquel retraso en conseguir el objetivo anhelado.

La mayoría de los oficiales abandonaron la tienda de inmediato.

Solo permanecieron en el interior el legatus y su nuevo hombre de confianza, un tal Opelio Macrino, recién ascendido a jefe de la caballería de las turmae de la legión I Parthica. Opelio era un oficial de oscuro pasado. Proveniente de Cesarea, en Mauritania, al pertenecer a la clase ecuestre y no a la patricia nunca había tenido recursos suficientes para ascender a la velocidad de un alto aristócrata en el complejo cursus honorum político y militar romano. Había recibido una educación en leyes, pero pronto comprendió que en el ejército tendría más posibilidades y a él se había incorporado hacía años. Combinando su falta de escrúpulos con destinos militares donde la corrupción era fácil, como en los puestos fronterizos del Imperio, había conseguido ascender de rango. En particular, le vino bien mirar a otro lado cuando los traficantes ilegales de esclavos de Carnuntum9 traían colonos romanos apresados ilegítimamente, forzados a la esclavitud, que llevaban encadenados al limes del Danubio para ser vendidos, aunque en realidad eran ciudadanos libres. En aquella época se entretuvo con frecuencia forzando a numerosas muchachas que llevaban consigo los traficantes como supuestas esclavas. Fueron buenos tiempos, pero aún en los rangos inferiores del ejército. El caso es que, fuera como fuera, Opelio Macrino se había labrado una fama de conseguidor de cosas y objetivos. Él lograba lo que se proponía o lo que le exigía un superior. El método era lo de menos. Lo único esencial para él era obtener lo que se le pedía. Esa destreza suya, más allá de su cuestionable moralidad, lo había hecho atractivo para centuriones, primero, luego, tribunos, y, por fin, para su actual superior, uno de los legati de máxima confianza del emperador.

Leto miraba a su nuevo jefe de caballería con intensidad. Sabía que Opelio podía no ser de fiar, pero necesitaba hombres que obtuvieran lo que se les demandaba. Leto se sentía tan presionado por el emperador que en aquel momento había concluido que el fin justificaba cualquier medio. Sabía que Opelio encarnaba precisamente esa perspectiva. Si Leto no se hubiera visto tan apremiado por Severo seguramente no habría recurrido nunca a alguien como Opelio Macrino, pero ahora el porqué estaba con aquel hombre ya no importaba. Leto había tomado la decisión de recurrir a él. Todo estaba en marcha. Leto pensaba satisfacer al emperador. Lo que pudiera arriesgar en el empeño no importaba.

—Todos son unos inútiles, Opelio —comentó Leto, desplomándose sobre un solium solitario en el centro del praetorium de las fuerzas destacadas frente a la fortaleza de Hatra—. El emperador está a punto de llegar desde Ctesifonte y ni siquiera hemos conseguido encontrar las antiguas minas que excavó Trajano cuando asedió esta ciudad. Necesitamos, por lo menos, poder decirle a Severo que sabemos dónde atacó Trajano, que hemos encontrado esos viejos túneles y que podemos usarlos para debilitar las murallas de la ciudad. Si no, será un nuevo fracaso en mi hoja de servicios —y bajó la voz—. Uno más que sumar a mis retrasos en atacar con la caballería en Issus o Lugdunum o a mi presencia en Nísibis cuando esta fue asediada por los partos... Una larga lista de errores a los ojos del augusto.

—Encontraremos esas minas antes de que llegue el emperador, mi legatus —respondió el jefe de la caballería de la legión I Parthica. A Opelio le pareció que era lo correcto.

—Que los dioses te oigan —respondió Leto y añadió un comentario mientras suspiraba—: Tanta guerra y, no sé por qué, tengo la sensación de que Marte estuviera en nuestra contra.

Opelio no dijo nada más. No parecía momento adecuado para hablar mucho. Se inclinó levemente, saludó con el puño en el pecho y salió de la tienda.

En el exterior lo recibió el viento frío nocturno. Era sorprendente cómo podía cambiar tanto la temperatura del día a la noche en aquella remota región del mundo. Opelio Macrino se llevó entonces la mano al bolsillo de su túnica militar y extrajo una carta algo arrugada que volvió a leer a la luz temblorosa de una antorcha: el jefe del pretorio, Cayo Fulvio Plauciano, lo había convocado a una reunión secreta; no debía informar de la misma a nadie, en especial, quedaba muy explícito en la misiva, no debía informar a su superior, al legatus Leto.

Opelio Macrino fue a donde estaba su caballo. Desató las riendas que estaban enrolladas en una larga asta, subió de un salto al lomo de la bestia y azuzó al animal para que este iniciara un galope que lo llevó hacia lo más negro del camino que conducía hacia el sur. Lo esperaban a unas quince millas de distancia. Macrino miró al cielo. Había luna llena y estaba despejado. Suficiente luz para cabalgar.

Tienda de campaña del jefe del pretorio

Quince millas al sur de Hatra

—Ha llegado un jinete —dijo uno de los oficiales.

—¿De dónde viene? —inquirió Plauciano mientras masticaba un cerdo confitado en salsa delicioso. Nunca viajaba sin sus dos cocineros de confianza. Una cosa era tener que desplazarse por la noche a través de un territorio inhóspito y otra verse obligado a sufrir con el alimento o la bebida. Lo de compartir el rancho militar de los legionarios o, en su caso, de los pretorianos a su cargo, como hizo en el pasado Trajano o, en más de una ocasión, el propio Severo, no iba con él. A Severo, como a Trajano en su momento, le gustaba la vida de soldado. A él, no.

La silueta de Opelio Macrino se definió en el umbral de la puerta.

—Pasa, pasa —invitó Plauciano al recién llegado.

El tribuno y jefe de la caballería de la legión I Parthica entró al fin en la tienda.

—Has ascendido mucho en poco tiempo —le espetó Plauciano sin preámbulos ni saludo alguno, siempre masticando otro sabroso bocado de aquel magnífico guisado de cerdo.

—En las guerras del emperador lucho con bravura, vir eminentissimus —se defendió Macrino.

Clarissimus vir, si no te importa. Soy senador además de prefecto de la guardia.

—Lo siento, clarissimus vir —se disculpó y se corrigió Macrino con rapidez.

—No nos desviemos del asunto que me interesa: es posible que combatieras con cierta destreza —aceptó Plauciano—. Sin embargo, no tienes condecoraciones de renombre. Nada de eso ha encontrado Aquilio Félix, el jefe de la policía secreta de Roma, que ahora trabaja para mí, bueno, y para el emperador. No tener premios por acciones militares concretas me dice dos cosas de ti: que sabes rehuir con habilidad la primera línea de combate, algo de lo que yo entiendo mucho. —Y Plauciano sonrió mostrando unos dientes enrojecidos por la salsa del guisado—. Y, en segundo lugar, me indica que has debido de seguir alguna otra estrategia para tu fulgurante ascenso. Quizá los sobornos. Lo que me ha llevado a pensar: ¿de dónde ha sacado un hombre como Opelio Macrino dinero para comprar ascensos?

El aludido hizo ademán de querer hacer uso de la palabra para defenderse o, al menos, para justificarse, pero el prefecto del pretorio no le dio ninguna opción y siguió hablando:

—Y mis informes dicen que esos denarios que tanto te habrán ayudado en tu carrera militar han salido de mirar para otro lado en la frontera de Carnuntum cuando los que la cruzaban eran traficantes ilegales de esclavos, miserables que cazaban colonos, ciudadanos libres, a los que luego vendían dentro del Imperio. Todo eso he averiguado de ti.

Opelio Macrino guardaba silencio absoluto. Nadie había penetrado con tanto tino y exactitud en su pasado. No sabía ni qué decir ni cómo actuar. ¿Cómo podía saber tanto el jefe del pretorio de su persona y de sus acciones?

La mención al jefe de los frumentarii apenas había quedado registrada en su cabeza. Como para tantos otros en el ejército, la existencia de una policía secreta era más una leyenda que una realidad. Nada sabía él de cómo Plauciano había maniobrado en los últimos meses para, mediante dinero también, hacerse con los servicios del eterno superviviente Aquilio Félix, a quien pagaba tan bien como cuando este trabajó para el malogrado senador y luego emperador Juliano. Formalmente, Aquilio informaba al jefe del pretorio para que este, a su vez, transmitiera lo averiguado con relación a senadores, militares, posibles revueltas o rebeliones, al emperador Severo. Pero, por supuesto, Plauciano decidía qué parte de toda aquella información privilegiada transmitir a Severo. Como recientemente había pasado muchos datos de antiguos amigos del rebelde Clodio Albino, que, a su vez, habían conducido a las veintinueve ejecuciones de senadores opuestos a Severo, el emperador no tenía la sensación de que se le estuvieran hurtando datos importantes provenientes de las investigaciones de los frumentarii.

Plauciano se limpió la boca con un paño y echó un trago de vino.

Dejó la copa en la mesa.

—Pero nada de todo lo que he comentado es importante —continuó el jefe del pretorio—. Lo único relevante es que, más allá de tu falta de, cómo decirlo..., ¿ética?, lo que veo en ti es ansia por ascender rápido. Tú debes de tener mucha ambición.

Macrino seguía sin saber bien qué decir.

—No es malo tener ambición —continuó el jefe del pretorio, sentado en su amplia cathedra, mostrando una sonrisa con dientes aún grasientos por la salsa del cerdo que acababa de devorar con gran apetito—. De veras, por Hércules, no tomes mi comentario como una crítica. De hecho, lo que necesito ahora más que nunca es un hombre ambicioso. Un oficial que no crea que ha llegado a su punto máximo aún. ¿Qué me dices, Opelio Macrino? ¿Has alcanzado ya todo lo que anhelabas o deseas llegar aún más lejos?

El interpelado se lo pensó con intensidad unos instantes. Podía oír las mandíbulas del jefe del pretorio masticando con deleite unos frutos secos que le acababa de servir un esclavo como postre mezclados con una crema espesa hecha a base de miel y harina.

—No, vir eminentissimus..., quiero decir, clarissimus vir. No siento que haya llegado al máximo de lo que me gustaría ser —admitió Macrino.

—Ahhh —suspiró el jefe del pretorio de puro placer al acabar el plato dulce con el que concluía su cena—. Eso está bien. Muy bien. Conmigo puedes llegar más lejos. Y, de hecho, la posición a la que asciendas no será tan relevante como, además, todo el dinero que podrás conseguir. Con Leto, tu actual superior, también puedes obtener ascensos, pero conmigo llegarás más alto, en menos tiempo y con más denarios. Conmigo te olvidarás hasta de cómo es un mísero sestercio. Esas monedas de tan poco valor no han de ser ya las que manejes a partir de ahora. Esto es, si te interesa trabajar conmigo.

—Me interesa, clarissimus vir —dijo Macrino con aplomo; la mención al dinero lo hizo decidirse a cambiar de lealtad con rapidez. Él era un hombre pragmático—. ¿Qué hay que hacer?

Plauciano se chupó los dedos de las manos, uno a uno, los diez. Aún notaba en ellos el sabor de la sabrosa salsa del guisado. Luego cogió de nuevo el paño y se los limpió un poco. Tampoco con minuciosidad. Para eso tenía a sus esclavas.

—Leto, precisamente Leto. Eso es lo que hay que hacer —dijo el jefe del pretorio—. Tu superior es un incordio para mis objetivos. Lo viene siendo desde hace tiempo.

Macrino se puso muy firme y muy serio. No dijo nada. Ya había previsto que su fidelidad tendría que ser a partir de aquel momento solo al jefe del pretorio, pero no había calculado que eso lo obligaría a enfrentarse a su superior de la I Parthica. Al menos, no de forma tan inmediata.

Pero Plauciano siguió hablando.

—Sé que Leto tiene confianza en ti —prosiguió el prefecto más lentamente, pues percibía el debate interno en la mente de su interlocutor y quería darle tiempo para que la avaricia hiciera su trabajo en su cabeza—. Por eso, porque eres el hombre en el que Leto más se apoya ahora, porque eres quien más próximo está a él, eres también el más indicado para eliminarlo. La cuestión clave en toda esta conversación es si tú tienes en mucha estima a Leto o si con el dinero suficiente puedo persuadirte para que lo hagas... desaparecer.

Opelio Macrino cabeceó afirmativamente una vez. Tardó en responder con palabras, pero, al fin, también acompañó su asentimiento con su voz.

—El legatus de la I Parthica es un buen oficial, pero no es mi amigo ni me une a él ningún lazo familiar. La oferta me interesa, pero ¿de cuánto dinero estamos hablando? Leto es uno de los legati de confianza del emperador. Hacerlo... desaparecer, como dice el clarissimus vir, es muy arriesgado.

—Dos mil quinientos denarios —respondió Plauciano.

Opelio Macrino apretó los labios. Luego los separó dejando apenas una pequeña línea por la que emergieron sus palabras.

—Quiero tres mil.

—Sea —aceptó Plauciano sin regatear.

Macrino parpadeó un par de veces. ¿Debería haber pedido más?

—Falta el asunto del cómo —añadió entonces el jefe de caballería.

—Ah, eso. —El prefecto de la guardia ya no parecía demasiado interesado en que se alargara la presencia de su interlocutor. De pronto, parecía cansado, aburrido por la conversación. Sus ojos se centraban más en degustar con la vista la figura delgada de una esclava muy joven que le traía más vino—. El asedio de Hatra debe de ser un lugar peligroso —añadió Plauciano—. Lo dejo a tu criterio. Un hombre ambicioso ha de ser imaginativo. Pero nada de dagas en la noche. Hagas lo que hagas, ha de parecer un accidente.

Y Plauciano hizo un gesto con la mano derecha, con los dedos aún grasientos por la salsa de la cena, indicando que aquel diálogo había terminado.

Macrino ya estaba pergeñando un retorcido plan en su mente. Tres mil denarios eran muy motivadores. Pero necesitaría algo de dinero por adelantado...

—Serían precisos unos cuantos denarios por anticipado... para gastos que creo que tendré..., clarissimus vir.

—Lo suponía —respondió Plauciano sin mostrar sorpresa alguna por la petición—. Uno de mis hombres te dará una bolsa con oro al salir.

Opelio Macrino se llevó el puño al pecho, pero no dijo nada. Estaba perplejo: el jefe del pretorio parecía que estaba convencido de que iba a aceptar y hasta había dispuesto ya que alguien le entregara parte del oro prometido esa misma noche. Macrino iba a salir de la tienda del jefe de la guardia imperial cuando la voz de Plauciano lo detuvo un instante:

—Ah, si me traicionas, acabaré con Leto de otra forma y luego iré a por ti, antes de que en modo alguno consigas llegar hasta el emperador, quien, por cierto, come prácticamente de mi mano; así que dime si cuento contigo o no, pero para nada intentes decirme que sí ahora y luego traicionarme. Soy rencoroso y mortífero. Tengo fama de no dejar vivo a nadie que se haya enfrentado a mí. No sé si he sido suficientemente claro.

Macrino dio un paso atrás ocupando de nuevo el espacio en el centro de la tienda, se giró hacia el jefe del pretorio y respondió con contundencia:

—El clarissimus vir cuenta conmigo. No lo traicionaré.

Plauciano sonrió levemente y volvió a repetir el gesto de alzar la mano derecha con el dorso hacia su interlocutor moviéndola hacia delante y hacia atrás en clara muestra de que podía marcharse.

La joven esclava hizo ademán de salir también de la tienda, pero el jefe del pretorio se dirigió entonces a ella directamente.

—No, tú quédate.

Opelio Macrino salió y, una vez dados unos pasos y habiéndose alejado de las posiciones de los pretorianos que custodiaban al jefe de la guardia imperial, inspiró profundamente. Varias veces. Necesitaba respirar hondo. Se había metido en algo grande, muy grande, lo que le daba esperanzas de ascensos y de una rápida fortuna, pero... acabar con Leto sin levantar las sospechas del emperador no iba a ser tarea fácil.

Pero, azuzado por el ansia de dinero, ya estaba formando un plan en su cabeza.

Tendría que ser rápido.

No le dio la impresión de que Plauciano fuera hombre paciente.

—Toma. —Lo sorprendió un pretoriano por la espalda entregándole una bolsa con oro.

Opelio Macrino cogió el dinero sin decir nada. No se trataba de hablar, sino de actuar..., de ejecutar... en el sentido literal de la palabra.

En la ruta de Ctesifonte a Hatra

Tienda de campaña del matrimonio imperial

—¿Por qué Hatra en concreto? —preguntó Julia cuando los invitados los dejaron solos y los esclavos, con Calidio y Lucia al frente, recogían las bandejas vacías de la comida y retiraban vasos y copas de oro y plata y bronce.

—Porque Trajano no la conquistó —se justificó Severo llevándose su vaso aún con vino a los labios—. Además, esto ya lo hemos hablado. Y tú ya sabías que Trajano fracasó en el cerco de esta ciudad. Me pareció percibir que me incitabas precisamente a acometer este asedio que Trajano no consiguió nunca culminar.

—Lo sé, es cierto —admitió Julia, pero continuó manifestando dudas—. He estado pensando en ello con más detalle y Hatra es peligrosa. Como dices, ni siquiera Trajano la conquistó, y eso que, por un lado, la hace tan apetecible para ti, es, al mismo tiempo, un aviso. Siento como si El-Gabal o quizá alguna diosa romana, a lo mejor Minerva, la deidad de la estrategia, me avisara de que estamos equivocando el camino.

Severo no había esperado encontrar en aquel momento tan inesperada reticencia de su esposa a emprender la empresa que había designado como objetivo principal de aquel invierno, pero el emperador halló con rapidez una línea de argumentación contra la que imaginó que su mujer no podría oponer gran cosa.

—Bueno, por Júpiter, y por Minerva y hasta por tu El-Gabal querido, Julia, tú siempre has dicho que hemos de pensar a lo grande. No te bastaba un imperio, querías una dinastía. Para ello tuvimos que afrontar varias guerras civiles con batallas brutales una tras otra. Bueno. Se hizo. Tenemos una dinastía. Lo que ocurre ahora es que a mí, por otro lado, no me basta con haber obtenido una victoria contra los partos como Trajano. Quiero más. Quiero que el Senado sepa que yo, Lucio Septimio Severo, soy capaz de encontrar la victoria allí donde ni siquiera el optimus princeps hispano pudo. Y si un asedio me basta para superar a Trajano, ¿por qué no hacerlo? Esta victoria, como hemos comentado en otras ocasiones, acallaría las críticas senatoriales por no intentar anexionar la Baja Mesopotamia.

Julia calló. Era ciertamente difícil oponer un argumento convincente a lo expresado por su esposo. Y, sin embargo, no podía evitar intuir el peligro. ¿Qué le pasó a Trajano? Arrugaba la frente intentando recordar qué ocurrió para que el gran emperador hispano tuviera que ceder en su intento de conquistar Hatra... Ah, sí; su propio esposo lo había comentado hacía solo unos días: hubo un levantamiento general de los judíos por todo el Imperio. Pero ahora estos parecían estar tranquilos. Quizá su esposo llevara razón y era un buen momento para conseguir una nueva conquista, rendir Hatra, que elevaría a Severo, al menos en algún logro, por encima del mismísimo divino Trajano. Sería algo espectacular con lo que retornar a Roma. Aun así...

—Ten cuidado —dijo Julia.

—¿Con qué? —indagó Septimio Severo dejando la copa sobre la mesa que estaba frente a su triclinium.

—Aún no lo sé —dijo ella.

Severo suspiró.

—La victoria sobre nuestros enemigos en Roma ha sido total y la derrota de los partos, completa. Creo que, por una vez, no tenemos demasiado que temer.

Julia sonrió, pero en cuanto su esposo se levantó y salió de la tienda para retirarse, ella tornó de nuevo su faz en un semblante serio con unos ojos que miraban intranquilos hacia el suelo. Era solo una intuición, nada más...

—Algo terrible nos va a ocurrir en Hatra —masculló Julia entre dientes.

Junto a las murallas de Hatra

—¡Tenemos buenas noticias, mi legatus! —exclamó Opelio Macrino en cuanto vio a Julio Leto entrando en su tienda del praetorium, donde lo esperaban todos los oficiales reunidos—. ¡Hemos encontrado las antiguas minas que excavaron las legiones de Trajano hace cien años y ya han empezado los trabajos para extraer toda la arena con la que esos malditos de Hatra las enterraron!

Macrino había prometido recompensas a los legionarios de primera línea si se afanaban en encontrar aquellos túneles. Para eso quería el dinero que le anticipó Plauciano. Como era de esperar, los premios en oro hicieron que los soldados intensificaran la búsqueda pese a la lluvia constante de flechas desde lo alto de los muros de la ciudad. Hubo muchos muertos entre el ejército romano, pero se había conseguido el objetivo. Habían pasado solo seis días desde la conversación entre Opelio Macrino y Plauciano. El jefe de la caballería de la I Parthica estaba exultante. No solo por haber encontrado las minas, sino también porque pronto iba a cumplir lo pactado con el jefe del pretorio.

—Eso, en efecto, son magníficas noticias —aceptó Leto también henchido de alegría—. Que los legionarios no dejen de excavar. En poco tiempo, amigo mío, estaremos bajo los muros de la primera de las dos murallas que tiene la ciudad y abriremos una brecha al derrumbar una sección importante de los cimientos de la misma. Vamos a recibir al emperador con Hatra herida de muerte. Aún se nos resistirá, porque se harán fuertes en la segunda muralla, pero será el principio de nuestra victoria. ¡A trabajar! ¡Marte está con nosotros!

Y todos los oficiales fueron saliendo de la tienda.

—Tú no, Opelio. Espera —dijo Leto.

Macrino se quedó a solas con el legatus.

—Bebamos —invitó Leto.

Los esclavos sirvieron copas.

De pronto, Leto planteó una pregunta directa.

—Por cierto, Opelio, ¿dónde estabas hace unos días? Hubo una noche en la que quise volver a hablar contigo y los decuriones me dijeron que habías partido en medio de la noche hacia el sur. Luego te he visto tan concentrado en la búsqueda de los túneles que olvidé aquello, pero ahora me ha vuelto la curiosidad.

—Recibí un mensaje del jefe del pretorio —respondió Macrino convencido de que mentir lo mínimo es lo mejor para no ser descubierto—. Un pretoriano me dijo que el prefecto de la guardia imperial quería ver a algún oficial de alto rango del asedio de Hatra. Como creía que el legatus estaría descansando pensé que podría acudir yo.

Leto asintió sin mostrar duda en su faz, pero con el gesto serio.

—¿Y qué quería Plauciano?

—Informarse sobre cómo iba el asedio.

—Ya. ¿Y qué le dijiste?

Macrino se aclaró la garganta.

—Mentí, mi legatus —dijo Macrino—. Dije que habíamos encontrado ya las minas de Trajano y que trabajábamos en ellas.

—¿De veras? —Leto parecía encantado e incluso echó una gran carcajada al tiempo que se acercaba a su jefe de caballería—. ¡Es lo mejor que he oído en mucho tiempo! ¡Eres genial, Opelio! ¡Te has anticipado a la realidad y te ha salido bien! Debería reprobar tu actitud porque fue arriesgado decir lo que dijiste cuando aún no habíamos conseguido encontrar los subterráneos que excavó Trajano en el pasado, pero me encanta que te atrevieras a soltarle eso a ese orgulloso de Plauciano. No tendrá más remedio que enviarle las buenas noticias al emperador, noticias que ahora son reales, y eso me ayudará a congraciarme con el augusto antes de lo que imaginaba. Si no hubiéramos hallado los túneles, tu acto habría supuesto un desastre para mí. Ahora no sé si arrestarte o premiarte. —Y volvió a reír.

—Lo siento, mi legatus —comentó Macrino mirando al suelo como si estuviera avergonzado—. Estaba convencido de que hallaríamos los túneles pronto y a mí... tampoco me gusta el jefe del pretorio. Es engreído...

—Tranquilo, todo está bien, por Júpiter, todo está bien. Ven, quiero que me acompañes. Hemos de acelerar los trabajos en las minas. Los supervisaremos los dos personalmente.

—Sí, mi legatus —aceptó Opelio Macrino. Aquella orden de Julio Leto era la que había estado esperando recibir desde hacía rato. Su plan entraba en funcionamiento.

Tienda del jefe del pretorio

Quince millas al sur de Hatra

Dos días más tarde

Plauciano no quiso avanzar más hacia el norte. No quería que Leto pudiera acusarlo de intentar interferir en las operaciones de ataque a Hatra que el legatus tenía asignadas por orden directa del emperador. Así, el jefe del pretorio decidió esperar allí, tranquilamente, a una distancia prudencial del asedio, la llegada de Severo.

El emperador estaba ya a punto de alcanzar aquella posición. Eso le habían comentado los centinelas del camino entre Hatra y Ctesifonte.

Estaba amaneciendo.

Se oyó el galope de un caballo solitario, pero que no venía del sur, sino del norte, de Hatra.

—Es un mensajero, clarissimus vir —dijo uno de los pretorianos asomando por la puerta de la tienda en la que se encontraba Plauciano.

—Eso ya lo imagino —contestó el prefecto de la guardia con cierto desdén—. Cuando habléis conmigo decidme algo que no sepa. ¡Que lo traigan a mi presencia!

Al poco, el mensajero en cuestión estaba frente a Plauciano, firme y en silencio.

—Veo que llevas un papiro sellado —dijo el jefe del pretorio.

—Sí, clarissimus vir —dijo el mensajero y dio dos pasos hacia delante para, extendiendo el brazo, ofrecer la misiva al jefe del pretorio.

Una carta lacrada solo podía ser o algo muy bueno o muy malo. Claro que lo que es bueno o malo es relativo. Depende de cómo se mire. Depende de a quién beneficie.

Plauciano cogió el papiro, quebró con sus dedos el sello de cera, abrió el mensaje y lo leyó con interés mientras, poco a poco, dibujaba una sonrisa en su rostro. La carta terminaba con la firma de Opelio Macrino.

Justo en ese momento, otro pretoriano entró en la tienda.

—El emperador, clarissimus vir —dijo el centinela.

—Bien, bien, no podía llegar en mejor momento —comentó Plauciano en voz baja al tiempo que se levantaba y se acercaba al mensajero, a quien le dijo algo al oído que hizo que este se pusiera muy firme, saludara militarmente y saliera de la tienda presto a coger su caballo y cabalgar de regreso al asedio.

El propio Plauciano, por su parte, salió también de su praetorium personal para recibir al emperador y su escolta y... Tuvo que suspirar varias veces, la vio, cabalgando tras Severo: Julia Domna. La esposa del emperador seguía, como siempre, como una sombra, a su marido. Una sombra que cada vez hastiaba más a Plauciano. Sabía que esa era una cuestión que debería resolver con tiento. Y en su momento. Aún no era lo suficientemente fuerte. Aún no. Ahora la lucha estaba todavía en otros niveles.

Plauciano desplegó una amplia sonrisa de bienvenida en su faz.

—¡Qué gran honor recibir en mi modesto campamento al conquistador de Partia, al nuevo Trajano que gobierna ahora Roma! —exclamó abriendo los brazos como si quisiera abrazar al emperador y toda su comitiva en señal de amistad, respeto y lealtad.

Severo desmontó de su caballo y lo mismo hicieron la emperatriz y el resto de los pretorianos de la escolta imperial.

—¡Ave, augusto! —añadió Plauciano haciéndose a un lado para dejar paso a Severo de forma que este, con Julia y algunos de los miembros del consilium augusti, pudieran entrar en su tienda. Una vez en el interior el emperador se dirigió a su jefe del pretorio.

—Por Júpiter, nos recibes de muy buen humor. Debe de ser muestra, sin duda, de que ha habido avances en el asedio de Hatra.

—Grandes avances, sí —empezó Plauciano.

Julia frunció el ceño, pues observó que, como tenía ya por costumbre, el jefe del pretorio no usaba ya el título de augusto cada vez que se dirigía a su esposo. Lo había hecho en el saludo inicial, eso era cierto, pero lo indicado, y más rodeados de tantos oficiales, habría sido que el prefecto, de forma sistemática, hubiera seguido dirigiéndose a su esposo como augusto. No le gustaba aquella reiterada distracción por parte del prefecto. Al principio, ese comportamiento era solo en conversaciones privadas. Ahora Plauciano se permitía olvidarse del título del emperador cuando le hablaba en su consilium augusti. ¿Qué sería lo siguiente? Pero Severo estaba más interesado en rendir Hatra que en títulos y dignidades, así que Julia calló y observó.

—¿Y qué se ha conseguido? —preguntó el emperador yendo al grano.

—Hemos encontrado las minas que empleó el divino Trajano en su ataque a la ciudad hace cien años —describía Plauciano exultante—. En pocos días las hemos reabierto y hemos alcanzado la parte inferior de la muralla exterior hasta conseguir derrumbar una parte. Hemos abierto ya una brecha, al menos, en el primer muro y estamos preparando el ataque sobre el segundo.

—¡Magnífico! —exclamó el emperador y se volvió hacia su esposa—. Esto son grandes noticias. ¿Ves como sí que va a ser posible ir más allá de lo que logró el mismísimo Trajano?

Julia no dudaba de que se pudiera superar el Imperio de Trajano. Ella dudaba de los métodos que se estaban utilizando. Los métodos de siempre. Métodos de hombres. Estrategias que en Oriente siempre habían fracasado. Pero antes de que Julia pudiera decir nada, Severo se giró de nuevo hacia Plauciano.

El emperador quería saber más, tener más detalles.

El jefe del pretorio, que había estado al corriente a diario de cada pequeño avance por otros mensajeros previos que le enviaba Macrino, le informó entonces de cómo había progresado la excavación de aquellos túneles para debilitar las fortificaciones del enemigo. Severo escuchaba embelesado. Todo era perfecto. Fue al final de sus explicaciones cuando Plauciano consideró que era momento para revelar la única noticia negativa que tenía, la que había llegado con el último mensajero enviado por Opelio Macrino. Una información negativa, es decir, dependiendo del punto de vista.

—Eso sí, el trabajo ha sido duro y... —anunció el jefe del pretorio adoptando una faz seria acorde con lo que debía anunciar a continuación— hemos tenido algunas bajas en los túneles.

—Por supuesto, por supuesto —aceptó Severo—, pero una brecha en la muralla bien merece cierto sacrificio...

—Ha muerto algún oficial de alto rango —lo interrumpió Plauciano, con la voz aún más vibrante. Estaba orgulloso de sí mismo. ¡Qué gran actuación en aquel momento!

—¿De qué rango exactamente? —inquirió Julia.

—Un legatus —especificó Plauciano, pero sin mirar a la emperatriz, con sus ojos centrados en el emperador.

—¿Quién? —preguntó entonces el propio Severo.

—Julio Leto.

—Leto —repitió Severo, pero sin mostrar demasiada emoción. Leto había sido, a su entender, un razonable buen legatus, pero le había fallado en cierta forma en Issus contra Nigro, aunque, in extremis, llegara a la batalla en el momento crucial. Allí podría haber hecho más, llegar antes... Y como jefe de la caballería en la siguiente campaña contra Albino, una vez más, esperó demasiado e intervino solo en el último instante en Lugdunum. Todo aquello le había hecho dudar de su lealtad en más de una ocasión. Y, últimamente, parecía ser demasiado ambicioso. Menos mal que Plauciano ya lo había puesto sobre aviso. Severo arrugó la frente mientras seguía meditando: Leto era un buen militar, pero su muerte no parecía una gran pérdida personal teniendo en cuenta todas las circunstancias. Sí, su creciente popularidad entre el ejército había empezado a incomodarlo. No lo admitiría en voz alta, pero, en cierta forma, aquella no era una mala noticia.

Julia, sin embargo, estaba muy seria, sin decir nada.

Plauciano, por su parte, aunque no la miraba, atento como estaba al semblante del emperador, podía percibir con el rabillo del ojo que la emperatriz estaba bastante más afectada que el propio emperador por aquella noticia de la muerte de Leto. ¿Habría habido algo personal entre la emperatriz y Leto? ¿Algo... íntimo? Ah, eso habría sido magnífico. De hecho, Plauciano no dejaba de vigilar a la emperatriz con la esperanza de descubrir algún posible adulterio con el que descalificarla ante Severo para hacerla caer en desgracia y apartarla del poder por completo, pero, por el momento, no había descubierto nada. La emperatriz parecía estar genuinamente enamorada de su esposo y serle fiel en todo momento. Lo cual era un auténtico fastidio para sus objetivos.

—Leto es una pérdida —continuó ahora Severo en alto—, pero la brecha en la muralla exterior de Hatra es lo esencial. Leto, por otro lado, por supuesto, tendrá un funeral acorde a su rango.

Plauciano suspiró aliviado. Todo marchaba según sus planes. El emperador no estaba afectado. La emperatriz, sí.

—¡Vino! —reclamó el emperador—. Beberemos en recuerdo de Leto y en celebración del principio de la caída de Hatra. ¿Cuándo pasó lo de Leto y cómo fue exactamente?

Plauciano empezó a dar detalles:

—Ayer mismo. Uno de los túneles se derrumbó y Leto no tuvo tiempo de escapar... Dirigía personalmente los trabajos en las minas. Hay que reconocerle entrega en el cumplimiento de las órdenes recibidas por el emperador. Opelio Macrino, un oficial de máxima confianza del propio Leto, acompañaba al legatus. Según su informe no pudo hacer nada por salvar a su superior cuando el techo de la mina empezó a desmoronarse sobre ellos.

Julia escuchaba a la vez que en su cabeza emergía una idea con fuerza: aunque su marido no fuera consciente, acababa de perder a uno de sus hombres más diestros y más leales. Un legatus fiel menos implicaba un Plauciano, único jefe del pretorio, más fuerte. En la mente de la emperatriz se forjaba un proyecto claro: tenía que buscar la forma de debilitar la posición de Plauciano. Pero ¿por dónde empezar?

—¿Qué oficial has dicho que acompañaba a Leto? —inquirió la emperatriz, pero mirando distraídamente a las paredes de la tienda, como si la pregunta no fuera importante y su respuesta no le interesara demasiado.

Plauciano estaba indicando a los esclavos que habían entrado con jarras y copas dónde ponerlas y respondió con rapidez, casi por inercia.

—Opelio Macrino, jefe de la caballería de la legión I Parthica.

El prefecto del pretorio parpadeó entonces un instante y miró de reojo, con sospecha, a la emperatriz, pero no dijo nada. Sacudió la cabeza levemente mientras entregaba una copa de oro con vino al emperador. Si Julia Domna quería investigar, que lo hiciera. Macrino había sido muy astuto. El cuerpo de Leto estaba destrozado por el peso de miles de piedras y cascotes de la mina. Nada que averiguar.

Plauciano entregó otra copa a la propia emperatriz.

Sus miradas se cruzaron.

—Gracias —dijo ella y, cosa inusual, le sonrió.

Plauciano no supo bien cómo interpretar aquella sonrisa, pero lo inquietó más que si, como de costumbre, ella hubiera permanecido seria y distante con él.

Julia se llevó entonces la copa de vino a los labios y bebió cerrando los ojos, pero abriendo su mente: tenía claro que debía saber más de la muerte de Leto. Aquel accidente en los túneles era demasiado conveniente para Plauciano. Y ella no creía en las casualidades. En la lucha por el poder, el azar no existe.

Despegó la copa de sus labios y reabrió los ojos.

—Un vino excelente —comentó Julia.

—Una brecha en las murallas de Hatra y el recuerdo del legatus Leto no merecen menos —replicó Plauciano.

—Así es —sentenció el propio Septimio Severo interponiéndose entre su esposa y el jefe del pretorio—. Ahora veamos cómo proseguimos con el ataque —añadió, y tomó por el brazo a Plauciano para analizar un plano de Hatra que había desplegado en la mesa de aquel pabellón de campaña.

Julia se quedó a solas, en una esquina de la tienda, con su copa y sus pensamientos. A ella no le interesaba aquel mapa de la superficie de Hatra. Ella quería saber más de lo que había pasado debajo, en las minas.