Mis primeras noticias de Etxahun Galparsoro se remontan a hace bastantes años y me llegaron por Sarah, la compañera de José Mari Aguirre, cuñado de Marcelino Bilbao y, como él, exdeportado de Mauthausen. Sarah, a fuerza de escuchar a tantos exdeportados, había llegado, cuando yo la conocí, a saber muchísimo de su historia. El propio José Mari se remitía a ella cuando no conseguía recordar determinados datos de su propia vivencia personal o de la de sus compañeros. Con José Mari y con Sarah me vi en alguna ocasión, pero sobre todo nos comunicábamos por teléfono en largas conversaciones a tres donde no faltaba nunca el humor de José Mari. Así que fue ella, Sarah, quien me habló de un joven pariente de Marcelino Bilbao.
A estos dos exdeportados he tenido la suerte de conocerlos. Primero a Aguirre, en Mallorca, y luego a Marcelino, en Châtellerault, una ciudad del centro-oeste de Francia de la que al menos el nombre sonará por verlo en las señales a lo largo de la carretera a muchos españoles que hayan hecho alguna vez la ruta entre Irún y París. Estos dos vascos, siendo muy jóvenes, habían luchado contra Franco en la España de 1936, habían conocido el exilio en Francia y habían trabado una amistad estrecha durante su periplo tremendo de casi cinco años en manos de los nazis. Los dos salieron con vida. Y ya en 1945, ambos regresaron a Francia, donde Marcelino se encontraba solo y fue acogido por la familia de Aguirre. Y en ese período de la inmediata postguerra pasó algo no poco frecuente en aquellos momentos: Marcelino se acabó casando con Mercedes, hermana de Aguirre, con lo que estos dos amigos supervivientes de Mauthausen se convirtieron en cuñados.
Pero vamos a centrarnos en Marcelino. Las personas interesadas en la historia de los españoles que pasaron por Mauthausen se pueden haber encontrado con menciones a él en distintas publicaciones. Para empezar porque el suyo aparecía entre los muchos testimonios recogidos en la recopilación publicada a finales de los sesenta y principios de los setenta por Mariano Constante y Manuel Razola con el título: Triángulo azul. Los republicanos españoles en Mauthausen.
Con el tiempo, y tras verme en varias ocasiones y conversar con Etxahun, he podido saber cómo se forjó la relación de este con Marcelino y cómo del trato en el entorno familiar fue naciendo el interés de Etxahun por la vivencia de su pariente deportado. Eso iba a llevar con el tiempo a que el primero mostrase un interés creciente en la historia del segundo y de sus compañeros de deportación. De ahí surgiría un primer trabajo para una asignatura en la Universidad. En un momento posterior, Etxahun llegó a concebir el propósito de documentar y editar un texto que Marcelino había redactado, casi medio siglo atrás, cuando se gestaba el mencionado libro Triángulo azul. Hoy, pasado tanto tiempo, y en las páginas que el lector tiene entre sus manos y que ha preparado y documentado Etxahun, vamos a descubrir que la aportación testimonial de Marcelino va mucho más allá de los breves fragmentos recogidos en aquella publicación y constituye un testimonio de una riqueza y originalidad notables.
Creo que con el presente libro nos encontramos con el resultado feliz del encuentro entre el exdeportado y su joven pariente. Para empezar, porque es muy posible que, de no haber tenido lugar este encuentro, el testimonio de Marcelino se habría perdido para siempre, como también, y muy tristemente, es posible que se hayan perdido otros, o que hayan permanecido hasta nuestros días en el olvido. Y es que la memoria de los exdeportados no era fácil de transmitir. De hecho, todo parecía conspirar para que a sus portadores les resultara muy difícil conservarla y confiarla. Muchos de ellos eran conscientes de que habían sido testigos de unas circunstancias extremas y, para muchos, increíbles. Pero al mismo tiempo, esos recuerdos resultaban a veces un fardo muy difícil de llevar. Y aunque los deportados hubiesen regresado a una vida normal, aunque hubiesen reconstruido su vida personal, aquel paso por los campos nazis seguía pesando. Cada cual llevó ese peso a su manera. Hubo quienes hablaron y también quienes callaron. Y ocurrió también, durante mucho tiempo, que aquellos testimonios no encontraban a demasiadas personas dispuestas a escucharlos. En aquella situación, tratar de poner sus recuerdos por escrito no fue precisamente una tarea que emprendiese la mayoría.
Quiero destacar algo que en el escrito de Marcelino se palpa y que he podido sentir en otros exdeportados, algo expresado en un buen número de entrevistas con ellos: el asombro ante lo que ellos mismos han vivido, que también es asombro por haber podido sobrevivir y por poder contarlo. Es como si la miseria y el sufrimiento de tantos en un entorno infernal restase credibilidad al testigo. Si todo fue tan terrible, si la mayor parte de sus compañeros murieron, podría parecer imposible que quien lo contase hubiese experimentado eso que explica.
No podemos dejar de lado el dato estadístico tan rotundo que nos dice que dos de cada tres de entre quienes vivieron las circunstancias de Marcelino, los republicanos españoles de Mauthausen, murieron en un plazo de pocos meses desde su llegada al campo. Así, la realidad del sistema concentracionario en el periodo 1940-1942 se saldó con la eliminación de la mayoría. Podemos suponer que pasado aquel período, quienes seguían con vida no albergaban excesivas esperanzas de un retorno a la libertad. Eso causó, por ejemplo, que cuando a finales de 1942 y principios de 1943 se les ofreció a los españoles de Mauthausen una primera ocasión de dar noticias a sus familias (limitada a un máximo de veinticinco palabras cada mes y medio y en una tarjeta sometida a censura) no fueron pocos los que desdeñaron tal posibilidad. Algún exdeportado me lo ha expresado así: ¿Para qué dar noticia de que seguías con vida si tu futuro continuaba presentándose tan negro? Marcelino, que nos deja claro que él también vio el porvenir más que incierto, nos cuenta que fue también el temor de exponer a represalias a sus familiares en España lo que a él le hizo rechazar la opción de aquella correspondencia mínima.
Hay algunos relatos de supervivientes que parecen atribuir el haber sobrevivido a unas pretendidas cualidades. Es muy posible que Marcelino contase con algunos factores a su favor. Por un lado, su juventud. Por otro lado, unas vivencias en su infancia y adolescencia particularmente duras. Marcelino de algún modo era ya un superviviente desde pequeño y muy probablemente había desarrollado un carácter que, llegado el momento, le pudo ayudar a superar los trances más difíciles. Pero no cabe llamarse a engaño: por más dotado para la supervivencia que se fuera, por más astuto, rápido de mente, físicamente sano o fuerte que fuese uno de aquellos deportados, nadie podía dar por sentado que saldría con vida de las circunstancias que debieron atravesar durante años. El texto de Marcelino tiene, en mi opinión, la virtud de no llamarnos a engaño sobre eso. Nos deja claro que él era consciente de que se encontraba en un entorno donde, a priori, todos parecían abocados a la muerte en un plazo no muy prolongado y él mismo sintió en numerosas ocasiones que su vida pendía de un hilo.
Hay algo del testimonio de Marcelino que me parece especialmente de agradecer, y es que él no suaviza momentos que, para nuestra sensibilidad actual, muchos podrían haber descartado a la hora de su publicación. Así, por ejemplo, Marcelino no oculta escenas transcurridas en los mismos momentos previos a la liberación del Kommando de Ebensee, cuando las tropas americanas se aproximaban y el campo seguía vigilado desde el exterior por personal armado, aunque los SS hubieran emprendido ya la huida. Durante horas algunos presos se vieron cara a cara con determinados Kapos que se habían distinguido por su crueldad y procedieron a ajustar cuentas con ellos. Aquí, viendo lo que Marcelino escribió, me he reencontrado con un aspecto de su relato que ya me sobrecogió hace años, entrevistándole yo en su casa en Châtellerault. Creo que muchos lectores entenderán hasta qué punto fueron dantescas las circunstancias que acompañaron la liberación de Ebensee que Marcelino describe. En aquel contexto, las acciones de los presos en los momentos previos a su liberación, tras más de cuatro años de esclavitud y sufrimiento en que se habían visto con frecuencia al borde de la muerte y habiendo presenciado la de la mayoría de sus compañeros, no pueden ser juzgadas con el rasero que se aplicaría a circunstancias que hoy tenemos por normales.
Debemos a Marcelino el haber plasmado sus recuerdos por escrito, sin saber si iban a encontrar algún día lectores más allá de los pocos párrafos publicados en su día en Triángulo azul. Y también tenemos una deuda con Etxahun por haber puesto en valor este testimonio y por darlo a conocer en su totalidad, añadiendo numerosos datos que ponen en contexto muchos aspectos del relato, por ejemplo, identificando a un buen número de las personas mencionadas sobre las que no siempre el texto de Marcelino aportaba detalles inequívocos.
Aunque Marcelino nos dibuja un itinerario del que muchos rasgos podrían encontrarse en otros relatos de supervivientes y aunque podamos reconocer episodios y escenas que corresponden a lo que otros han descrito, todo lleva su sello personal. En absoluto he tenido la sensación de estar ante una repetición de nada, sino más bien ante un testimonio original y muy personal que, con frecuencia, completa de una forma notable un cuadro que a veces también otros han intentado dibujar.
Creo que gran parte de la originalidad de este texto se debe a que en sus páginas Marcelino nos hace partícipes de su propio asombro. Cada dos por tres el narrador —Marcelino— se nos muestra asombrado: por lo ocurrido y por poder estar contándolo. Y no puedo dejar de pensar en el Marcelino que yo conocí, en nuestros encuentros entre 2003 y 2006. Todavía en aquellos momentos, cuando habían pasado ya más de cuatro décadas desde que puso por escrito su testimonio, ese asombro se seguía percibiendo y él no podía evitar cierta dificultad para rememorar su deportación sin expresar repetidamente su espanto.
Así que leyendo estas líneas vamos a compartir con Marcelino ese asombro por lo vivido que le acompañó hasta el final de su vida. Creo que le debemos un reconocimiento a él por su testimonio y también a Etxahun, por el esfuerzo empleado para que la transmisión de ese relato pueda tener lugar en las mejores circunstancias posibles. Estas páginas, que son las de Marcelino y las de Etxahun, este esfuerzo por contar, por transmitir y dar a conocer el periplo trágico de un colectivo largamente olvidado, constituyen un digno homenaje a todos los compañeros de deportación de Marcelino, incluyendo a esa mayoría cuya historia se quebró muy tempranamente, esos dos tercios de españoles que no pudieron contarlo. Gracias, Marcelino, por este valioso testimonio. Y gracias, Etxahun, por tu esfuerzo para que conozcamos y apreciemos el legado de Marcelino Bilbao.
BENITO BERMEJO
Madrid, 26 de noviembre de 2019