Escena
VI

Después de una hora de interrogar a Meredith sobre sus inseguridades (tenía más de las que yo jamás habría pensado), Gwendolyn nos dejó ir con la promesa de que todos los demás seríamos sometidos al mismo interrogatorio exhaustivo en el transcurso de las dos semanas siguientes.

De camino al segundo piso por las escaleras, rodeados por los estudiantes de arte de segundo año que bajaban a toda prisa hacia el conservatorio, James vino a mi lado.

—Eso ha sido despiadado —comenté, sotto voce. Meredith caminaba algunos pasos delante de nosotros, Richard iba al lado, con un brazo sobre sus hombros, aunque ella no parecía haberlo notado. Avanzaba de forma decidida, evitando mirar directamente a nadie.

—Una vez más —susurró James—, así es Gwendolyn.

—Nunca pensé que diría esto, pero espero con ansias las dos horas de encierro en la galería.

Mientras Gwendolyn nos enseñaba los elementos más viscerales de la actuación —la voz y el cuerpo, el corazón por encima de la mente—, Frederick nos instruía sobre los detalles más íntimos de los textos de Shakespeare, desde la métrica hasta la historia de los inicios de la edad moderna. Como yo era estudioso y reservado, prefería mucho más las clases de Frederick que las de Gwendolyn, pero era alérgico a la tiza que él usaba en el pizarrón y la mayor parte del tiempo que estaba en la galería, me la pasaba estornudando.

—Vamos —dijo James en voz baja—, antes de que Meredick robe nuestra mesa. —(Filippa había acuñado ese particular término al final de nuestro segundo año, cuando ambos acababan de enamorarse y estaban en el momento más desagradable para el resto de nosotros). La expresión de Meredith aún parecía distante cuando pasamos a su lado en las escaleras. Fuera lo que fuera que Richard le había dicho para reconfortarla, no estaba funcionando.

Frederick prefería dar las clases de cuarto año en la galería, más que en el aula que estaba obligado a usar para los numerosos estudiantes de segundo y tercero. Era una habitación estrecha y de techos altos que alguna vez se había extendido por toda la longitud del segundo piso, pero que había sido toscamente dividida en estudios y habitaciones más pequeñas cuando se fundó la academia. La Gran Galería se transformó en la Pequeña Galería, de apenas unos seis metros de un lado al otro; dos de sus paredes estaban cubiertas de bibliotecas y salpicadas de retratos de primos e hijos Dellecher muertos mucho tiempo atrás. Un sillón de dos plazas y un sofá bajo se enfrentaban bajo el techo elaboradamente estucado, mientras que una pequeña mesa redonda y dos sillas disfrutaban de la luz que entraba a través de la ventana estilo Tudor en el extremo sur de la habitación. Siempre que tomábamos el té con Frederick (algo que hacíamos dos veces al mes en tercer año y que haríamos a diario en cuarto), James y yo íbamos directo a la mesa. Era el lugar más alejado del nefario polvo de tiza y ofrecía una increíble vista al lago y a los bosques de alrededor, el techo cónico de la Torre se alzaba por encima de los árboles como un gorrito de fiesta.

Frederick ya estaba allí cuando llegamos, arrastrando el pizarrón con rueditas afuera de un pequeño armario colocado entre dos bibliotecas y el busto sin nariz de Homero al fondo de la habitación. Estornudé cuando James saludaba:

—Buenos días, Frederick.

Este alzó la mirada desde el pizarrón.

—James —respondió—. Oliver. Qué bien teneros de regreso. ¿Contentos con el reparto?

—Absolutamente —dijo James, con un tono melancólico que me sorprendió. ¿Quién podría decepcionarse por interpretar a Bruto? Entonces recordé el comentario que me había hecho dos noches atrás acerca de querer un poco más de variedad en su currículum.

»¿Cuándo es nuestro primer ensayo? —preguntó.

—El domingo. —Frederick guiñó un ojo—. Pensamos que sería bueno daros una semana para que volváis a aclimataros.

Dado que residían sin supervisión en el Castillo y su infame afición por los excesos, se esperaba que los estudiantes de teatro de cuarto año hicieran una fiesta de inicio de clases al comienzo del año. La habíamos planeado para el viernes. Frederick y Gwendolyn, y probablemente también el decano Holinshed, estaban al tanto, pero fingían, indulgentemente, lo contrario.

Richard y Meredith finalmente entraron desde el pasillo y James y yo nos dimos prisa para dejar nuestras cosas en la mesa. Volví a estornudar, me limpié la nariz con una servilleta de tela y eché una mirada a través de la ventana. El campus estaba empapado en la luz del sol, la brisa generaba suaves ondas en el lago. Richard y Meredith se sentaron en el sofá más pequeño, dejando el otro para que Alexander y Filippa lo compartieran. Ya no se molestaban en dejarle lugar a Wren, quien (de forma encantadora, como una niña entusiasmada por la hora del cuento) prefería sentarse en el suelo.

Frederick sirvió el té sobre el aparador, así que la habitación olía, como siempre, a tiza, limón y té de Ceilán. Cuando terminó de llenar las ocho tazas —beber té era obligatorio en su clase; se estimulaba el uso de la miel, pero la leche y el azúcar eran de contrabando—, dio media vuelta y declaró:

—Bienvenidos otra vez. —Brillaba al hablar con nosotros como un pequeño Papá Noel intelectual—. Disfruté vuestras audiciones de ayer y estoy entusiasmado de volver a trabajar con vosotros este semestre.

Pasó la primera taza a Meredith, quien se la pasó a Richard, quien se la pasó a James y así sucesivamente hasta que terminó en las manos de Wren.

—Cuarto año. El año de la tragedia —continuó Frederick, con tono pomposo, una vez que la bandeja de té estuvo vacía y todos tenían una taza con su platillo. (Tomar el té en un tazón, solía recordarnos, era como beber un buen vino en un vaso de plástico)—. Me abstendré de deciros que os toméis las tragedias con más seriedad que las comedias. De hecho, uno podría argumentar que, para los personajes, la comedia es extremadamente seria o no será graciosa para el público. Pero esa es una conversación para otro momento. —Levantó su propia taza de té de la bandeja, bebió con delicadeza y la volvió a apoyar. Frederick jamás había tenido un escritorio o un atril y, en lugar de eso, mientras enseñaba, caminaba lentamente de un lado al otro de la habitación frente al pizarrón—. Este año, nos dedicaremos a las obras trágicas de Shakespeare. ¿Qué creéis que abarca ese programa de estudios?

Estornudé como en respuesta a su pregunta y hubo una breve pausa antes de que comenzáramos a sugerir temas.

Alexander: Material de referencia.

Filippa: Estructura.

Wren: Imaginería.

Meredith: Conflicto, tanto interno como externo.

Yo: Destino contra voluntad.

James: El héroe trágico.

Richard: El villano trágico.

Frederick levantó una mano para detenernos.

—Sí, muy bien —exclamó—. Todas esas cosas. Por supuesto, tocaremos cada una de estas obras; incluidas Troilo y Crésida y otras obras de tinte social. Pero, como es natural, comenzaremos con César. Una pregunta: ¿por qué no es César una obra histórica?

James fue el primero en contestar, con su característico entusiasmo académico.

—Las obras históricas están limitadas a la historia inglesa.

—Así es —repuso Frederick y retomó su caminata. Yo sorbí por la nariz, revolví mi té y me recliné hacia atrás en mi silla para escuchar—: La mayoría de las tragedias incluyen algún elemento histórico, pero lo que elegimos llamar obras «históricas», como bien dice James, son en realidad obras sobre historia inglesa y todas llevan por título el nombre de monarcas ingleses. ¿Por qué otra razón? ¿Qué es lo que hace que César sea primordialmente una tragedia?

Mis compañeros intercambiaron miradas curiosas, reacios a ofrecer la primera hipótesis y arriesgarse a estar equivocados.

—Bueno —aventuré, cuando nadie más habló, con la voz espesa por la congestión—, para el final de la obra, la mayoría de los personajes principales están muertos, pero Roma sigue de pie. —Me detuve para intentar expresar bien la idea—. Creo que trata más sobre las personas y menos sobre la política. Definitivamente es política, pero si la comparas con, no sé, el ciclo de Enrique VI, donde todos pelean por el trono, César es más personal. Es sobre los personajes y quiénes son, no sobre quién está en el poder. —Encogí los hombros, sin estar demasiado seguro de haber podido dejar en claro ninguna parte de mi argumento.

—Sí, Oliver tiene razón en eso —concedió Frederick—. Permitidme plantear otra pregunta. ¿Qué es más importante? ¿Que a César lo asesinen o que lo asesinen sus amigos íntimos?

No era la clase de pregunta que necesitaba respuesta, así que nadie contestó. Noté que Frederick me estaba observando con el orgullo y el afecto paternal que solía reservar para James (quien me ofreció una sonrisa leve pero alentadora cuando le eché un vistazo al otro lado de la mesa).

—Es ahí —concluyó Frederick— donde yace la tragedia. —Nos miró a todos, con las manos en la espalda y los rayos del sol del mediodía destellando contra sus gafas—. Entonces, ¿comenzamos? —Se giró hacia el pizarrón, tomó una tiza de la bandeja y comenzó a escribir—. Acto I, Escena 1. Una calle. Abrimos con los tribunos y los plebeyos. ¿Qué creéis que es importante de eso? El zapatero tiene una batalla de ingenio con Flavio y Marulo y, tras una serie de preguntas, nos presenta a nuestro héroe-tirano epónimo…

Revolvimos el interior de nuestras mochilas para encontrar nuestros cuadernos y bolígrafos y, mientras Frederick continuaba con la lección, escribimos casi todas las palabras que dijo. El sol calentaba mi espalda y el aroma agridulce del té negro flotó hacia mi rostro. Robé algunas miradas furtivas a mis compañeros, que tomaban apuntes, escuchaban y, de vez en cuando, hacían preguntas, conmovido al darme cuenta de la suerte que tenía de estar entre ellos.