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ESTRÉS Y SALUD

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Como ya se explicó en el capítulo anterior, los cambios corporales que se producen en respuesta a una situación estresante pueden ser muy útiles cuando son breves y no muy repetidos. Cuando estos cambios son muy frecuentes o se producen durante mucho tiempo, la respuesta de estrés puede perjudicar la salud de las personas.

Estas consecuencias negativas para la salud pueden afectar a todos los sistemas del organismo y, por tanto, pueden incluir:

Síntomas digestivos como dolor de estómago, estreñimiento o diarrea.

Problemas dermatológicos como dermatitis, alopecia areata o prurito psicógeno.

Aumento de la presión sanguínea, aceleración del corazón o acumulación de grasa en los vasos sanguíneos, que son factores de riesgo para las enfermedades cardíacas.

Incremento de los niveles de azúcar en la sangre, lo que facilita el aumento de peso o la obesidad, que a su vez aumentan el riesgo de diabetes o de enfermedad cardiovascular.

Activación en exceso el sistema inmune y empeoramiento de los síntomas de las enfermedades autoinmunes (como la inflamación), o debilitamiento y facilitar, por ejemplo, el desarrollo de infecciones.

Síntomas relacionados con el sistema nervioso como la ansiedad, la depresión, los problemas de memoria o la dificultad para tomar decisiones.

Además de ser un factor de riesgo para la salud física, el estrés también comporta un elevado coste sanitario. En España, en el año 2018, el estrés costó 8.000 millones de euros entre bajas laborales y urgencias hospitalarias, y en Europa, donde el 50% del absentismo laboral se debe al estrés, el coste para las empresas fue de 240.000 millones de euros también en 2018. No hace falta decir que el coste asociado al estrés en general es superior.

Como verá un poco más adelante, el estrés puede influir en la salud física de varias maneras:

a) Aumentando el riesgo de que se desarrollen determinadas enfermedades.

b) Facilitando una peor evolución de las enfermedades que ya se han desarrollado.

c) Dificultando el manejo de las enfermedades o la capacidad para adaptarse a ellas.

d) Facilitando conductas de riesgo como los hábitos alimentarios inadecuados, el sedentarismo o el consumo de drogas legales e ilegales, o entorpeciendo la adopción de conductas saludables.

Los tratamientos psicológicos son capaces de controlar el estrés y, por tanto, también pueden reducir su efecto negativo y mejorar la salud física. La observación de este efecto beneficioso ha dado lugar al desarrollo de una disciplina sanitaria relativamente nueva, la Psicología Clínica de la Salud, que es capaz de influir positivamente en la salud física modificando los aspectos biológicos, conductuales, emocionales y cognitivos del estrés.

En este capítulo describiremos los efectos del estrés en la salud y cuál es el beneficio para nuestra salud que podemos esperar de los tratamientos psicológicos. Como se podrá apreciar, nos hemos centrado en las enfermedades en las que la relación es más clara y aquellas en las que esta relación es más controvertida. Puede que le llame la atención que hayamos incluido un apartado sobre la gestación, porque, obviamente, no es una enfermedad. Sin embargo, nos ha parecido útil explicar cuál es el efecto real del estrés durante el embarazo, porque esta cuestión acostumbra a generar muchos miedos que en la mayoría de las ocasiones no están justificados.

¿CÓMO AFECTA EL ESTRÉS A LA SALUD CARDIOVASCULAR?

Imagine que esta noche al volver a casa tiene la mala suerte de encontrarse con un atracador que se le acerca desde la próxima esquina. Si usted es un ciudadano medio, no excesivamente corpulento y con escasos conocimientos de técnicas de autodefensa, lo más probable es que la mejor manera de manejar la situación sea salir corriendo. Para poder escapar necesitará que sus piernas reciban el aporte adecuado de oxígeno y energía. De eso se encarga el sistema cardiovascular.

La respuesta de estrés frente a la amenaza acelerará el corazón, las venas que devuelven la sangre al corazón se pondrán rígidas, lo que a su vez obligará al corazón a bombear con más fuerza, y el flujo sanguíneo hacia la musculatura aumentará, pero se reducirá hacia otros sistemas, como el reproductivo, que en este momento no parecen tan esenciales.

No hace falta decir que esta sobrecarga es extremadamente eficiente para aquellas situaciones puntuales en las que hay que poner pies en polvorosa, pero si se activa con excesiva frecuencia o durante demasiado tiempo puede acabar causando problemas graves (recuerde, si no, cómo acabó el soldado Filípides cuando corrió desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria griega sobre el ejército persa).

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Como se puede ver en la figura 2.1, en la página siguiente, el estrés puede influir en la salud cardiovascular de cuatro maneras distintas:

Como facilitador de otros factores de riesgo, por ejemplo, el tabaquismo o una reducción de la actividad física que, a su vez, aumentan el riesgo cardiovascular.

Como factor de riesgo directo (por ejemplo, facilitando el desarrollo de la aterosclerosis6, el desprendimiento de los coágulos y estados subclínicos de enfermedades coronarias).

Como desencadenante de accidentes cardíacos (especialmente del infarto agudo de miocardio).

Dificultando la recuperación de un accidente cardiovascular, empeorando la calidad de vida y facilitando las recaídas, es decir, como factor pronóstico.

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Figura 2.1. Efectos del estrés sobre la salud cardiovascular. (Adaptado de Steptoe, A.; Kivimäki, M. «Stress and cardiovascular disease». Nat. Rev. Cardiol. 2012;9 (6):360-70.).

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Figura 2.2. El estrés puede facilitar la aterosclerosis.

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Figura 2.3. Incremento del riesgo de infarto de miocardio agudo a medida que se añaden factores de riesgo respecto a las personas que no presentan esos mismos factores de riesgo. Estudio INTERHEART (29.972 personas de 52 países). (Adaptado de Steptoe, A.; Kivimäki, M. «Stress and cardiovascular disease». Nat. Rev. Cardiol. 2012;9(6):360-70).

Nota 1: La ratio ApoB/ApoA1 es un indicador de riesgo cardiovascular que indica la concentración plasmática de lipoproteínas que facilitan la aterosclerosis respecto a la concentración plasmática de lipoproteínas que la dificultan.

Nota 2: El riesgo de sufrir un infarto de miocardio se define como el número de infartos de miocardio que se producirán en el grupo que presente los factores de riesgo (por ejemplo, 1,9 infartos en el grupo que sufra hipertensión) por cada vez que se presente un infarto en el grupo que no presente los factores de riesgo.

El estrés triplica el riesgo de infarto de miocardio agudo tanto en hombres como en mujeres, y en jóvenes y ancianos de todos los continentes cuando se añade a otros factores de riesgo clásicos como el tabaquismo o la obesidad (véase la figura 2.3).

Veamos a continuación de qué manera el estrés contribuye a incrementar de manera tan espectacular el riesgo cardiovascular.

El estrés como facilitador de otros factores de riesgo cardiovascular

Algunas conductas de riesgo de sufrir una enfermedad coronaria están influidas por el estrés. Por ejemplo, los fumadores estresados fuman más y tienen menos probabilidades de dejar de fumar y de beber alcohol, y más probabilidades de llevar una vida sedentaria.

El estrés también puede incrementar la probabilidad de sufrir otros factores de riesgo de enfermedad coronaria, como los trastornos depresivos o la hipertensión arterial.

Por ejemplo, la presión sanguínea es mayor durante los días de trabajo que en los días festivos. Asimismo, el estrés laboral (definido como una elevada exigencia de las tareas y un bajo control en la manera de realizarlas) se relaciona con el incremento de la presión sanguínea y con la hipertensión.

Además, si el trabajo es estresante, el nivel de cortisol se eleva con más frecuencia y durante más tiempo. Esto hace que también dure más el efecto negativo del incremento de adrenalina en la presión sanguínea. Esta relación se mantiene independientemente del efecto de otros factores como la edad, el índice de masa corporal o el consumo de alcohol. Por si fuera poco, este efecto es dosisdependiente, es decir, cuanto mayor es el estrés laboral, mayor es el aumento de la presión sanguínea. Este efecto es aún más acusado cuando se añade a otros factores de riesgo psicosocial, como en el caso de los trabajadores de más edad, con un estatus socioeconómico más bajo, con una elevada carga familiar o con problemas conyugales.

El estrés como factor de riesgo directo para la enfermedad cardiovascular

El estrés ha demostrado ser un factor directo de riesgo para la enfermedad cardiovascular en los siguientes casos:

El estrés laboral aumenta por sí mismo el riesgo de sufrir una enfermedad coronaria independientemente de la edad, del sexo, del estatus socioeconómico de la persona enferma y de otros factores de riesgo como un estilo de vida sedentario o fumar.

Cuanta mayor es la duración del estrés laboral, más fácilmente se activa la respuesta cardiovascular y más difícil es apagarla. Además, el número de episodios de estrés laboral también influye en la salud cardiovascular. Por ejemplo, el riesgo de desarrollar varias enfermedades que incrementan la probabilidad de sufrir un problema cardiovascular (lo que se conoce como síndrome metabólico) es cada vez mayor si la persona ha sufrido uno, dos, tres o cuatro episodios de estrés laboral en comparación con las que no han sufrido ninguno.

Sin embargo, antes de empezar a pensar en tomarse unas vacaciones, tenga en cuenta que el riesgo de sufrir una enfermedad coronaria por culpa del estrés laboral es mucho menor que el riesgo que conlleva el tabaquismo, la obesidad abdominal y la inactividad física.

Otras fuentes de estrés que también contribuyen a incrementar el riesgo de sufrir una enfermedad coronaria incluyen los problemas familiares conyugales, enviudar, el fallecimiento de un hijo o estar a cargo del cuidado de un cónyuge enfermo.

En los últimos años se ha podido comprobar la importancia del aislamiento social y la soledad, cuyo impacto en la salud cardiovascular podría ser incluso más relevante que el del estrés laboral, sobre todo si tenemos en cuenta que la falta de apoyo social aumenta el estrés.

Algunas emociones relacionadas con el manejo inadecuado del estrés también pueden incrementar el riesgo de sufrir un problema coronario. Por ejemplo, la hostilidad y la ira frecuente y sostenida duplican la probabilidad de sufrir un accidente cardiovascular, independientemente de los factores de riesgo cardiovascular tradicionales e incluso entre las personas con una tensión arterial normal.

Finalmente, existen algunos patrones de comportamiento que dificultan el manejo del estrés y aumentan el riesgo cardiovascular. Por ejemplo, el patrón D de conducta (caracterizado por una elevada emotividad y la tendencia al pesimismo, a la preocupación y a mostrarse emocionalmente reservado) se relaciona con un mayor riesgo de sufrir un infarto de miocardio, sobre todo entre las personas a las que se les ha implantado un estent.

Igualmente, las personas que se comportan siguiendo un patrón A de conducta (caracterizado por la impaciencia, la implicación laboral excesiva, la competitividad y la hostilidad) tienen un mayor riesgo de desarrollar una enfermedad cardiovascular.

En estas circunstancias, el estrés puede ser un factor directo de riesgo para la enfermedad cardiovascular por dos motivos básicos:

El estrés es capaz de provocar en pocos minutos reacciones cardiovasculares intensas como el incremento de la frecuencia cardíaca y la tensión arterial o el aumento de la viscosidad de la sangre7.

La hiperactividad del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal y del sistema nervioso simpático que caracteriza a los estados de estrés puede facilitar el deterioro del endotelio (el revestimiento interno de los vasos sanguíneos) que, a su vez, parece preceder a la aterosclerosis.

El estrés como desencadenante de accidentes cardíacos

Una de las cuestiones que probablemente más nos asustan es que una emoción intensa pueda desencadenar un infarto de miocardio8. Tanto es así que no es infrecuente que las personas que han sufrido un accidente cardíaco desarrollen un miedo intenso a ciertas actividades o emociones que aumentan la frecuencia cardíaca (como las relaciones sexuales, las películas de terror, el ejercicio físico o los disgustos) y las eviten.

El papel de los estresores psicológicos como precipitantes del infarto de miocardio se ha estudiado principalmente en relación con acontecimientos vitales estresantes graves y se ha observado que:

Los terremotos suelen acompañarse de un incremento del número de muertes súbitas y de infartos de miocardio.

Otros estresores que aumentan el riesgo de un accidente cardíaco agudo incluyen los accidentes industriales graves, los ataques terroristas y los conflictos bélicos.

También se ha observado un incremento del riesgo de infarto entre los aficionados holandeses masculinos después de que su selección perdiera un partido de fútbol y entre los aficionados alemanes los días que jugaba su selección nacional (especialmente las dos horas antes de la celebración del partido).

Antes de que empiece a asustarse, tenga en cuenta que la gran mayoría de los accidentes cardiovasculares que se producen en el contexto de emociones muy intensas solamente afectan a determinadas personas en circunstancias muy concretas. Por ejemplo, la ira incrementa el riesgo de sufrir un infarto de miocardio durante las dos horas posteriores a su ocurrencia y precede al 15% de las puestas en marcha de los desfibriladores automáticos implantados, pero únicamente cuando adopta la forma de una explosión temperamental.

En general, y para su tranquilidad, sabemos que los estados emocionales intensos pueden actuar como desencadenantes de accidentes cardiovasculares, pero únicamente si la persona es vulnerable a la enfermedad cardiovascular (por ejemplo, si sufre una aterosclerosis avanzada). En el resto de los casos, sufrir un accidente cardíaco tras experimentar una emoción intensa es extremadamente infrecuente.

El estrés como factor de recaída

El papel del estrés como factor pronóstico de la recaída de la enfermedad cardiovascular ha sido muy poco estudiado y las investigaciones al respecto se han centrado especialmente en la depresión y la falta de apoyo social, que como se verá a continuación son fuentes importantes de estrés.

Las pocas investigaciones realizadas hasta la fecha sugieren que la combinación de un estado sostenido de estrés laboral, problemas familiares continuos y acontecimientos vitales negativos frecuentes, especialmente si se añaden al aislamiento social, duplica el riesgo de morir por un nuevo episodio de infarto de miocardio (recuerde que nos estamos refiriendo a personas que ya habían sufrido uno).

Eficacia del tratamiento del estrés en los problemas cardiovasculares

A la vista de la relación entre el estrés y las enfermedades coronarias, parecería razonable suponer que los tratamientos farmacológicos y psicológicos para el control del estrés deberían ser capaces de reducir el riesgo de sufrir un accidente cardiovascular.

En cuanto al tratamiento del estrés laboral, los estudios realizados hasta la fecha observan que:

Las intervenciones centradas en incrementar la variedad de las tareas en el trabajo no han demostrado ningún efecto significativo en la salud.

La reducción de la demanda laboral o el incremento del apoyo o la supervisión han mostrado algún efecto positivo, aunque no demasiado importante.

La única estrategia que ha demostrado ser beneficiosa para la salud de los trabajadores es aumentar el control en la manera de realizar el trabajo. Este tipo de cambios es especialmente beneficioso para la ansiedad, la depresión y el dolor. Sin embargo, el efecto en la reducción de la tensión arterial es modesto.

Las técnicas de autocontrol emocional como la relajación, la meditación o el yoga son capaces de reducir transitoriamente la activación del sistema nervioso autónomo. Sin embargo, su eficacia para la reducción del estrés es cuestionable y su efecto en la reducción del riesgo cardiovascular es escaso.

El tratamiento farmacológico con antidepresivos tampoco parece tener ninguna influencia en la tensión arterial, la frecuencia cardíaca o su variabilidad, o la recaída de los infartos de miocardio.

La terapia cognitivo-conductual de control del estrés influye positivamente en la salud cardiovascular. Este tipo de tratamiento psicológico es capaz de reducir la mortalidad por un nuevo accidente cardíaco en las personas que han sobrevivido a un infarto de miocardio. En concreto, las personas que han efectuado un tratamiento cognitivo-conductual para el estrés tienen un 41% menos de recaídas de accidentes cardiovasculares en general y un 45% menos de recaídas de infarto de miocardio.

Illustration PUNTOS CLAVE

El estrés puede incrementar la probabilidad de sufrir varios factores de riesgo de enfermedad coronaria, como los trastornos depresivos, la reducción de la actividad del sistema inmunológico y otras conductas de riesgo como fumar.

El estrés puede ser un factor de riesgo directo para las enfermedades cardiovasculares facilitando y acelerando el estrechamiento de las arterias como consecuencia de la acumulación de varias sustancias.

El estrés puede actuar como desencadenante de accidentes cardiovasculares, pero únicamente en personas vulnerables al estrés y a la enfermedad cardiovascular.

El estrés laboral grave, problemas familiares continuos y acontecimientos vitales negativos frecuentes, combinados con el aislamiento social, aumentan el riesgo de presentar una recaída del infarto de miocardio.

El tratamiento cognitivo-conductual del estrés influye positivamente en la salud cardiovascular y reduce la mortalidad en las personas que han sufrido un infarto de miocardio.

ESTRÉS Y DEPRESIÓN

Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud, el efecto negativo de la depresión9 sobre la salud es superior al de otras enfermedades como la artritis reumatoide, el asma o la diabetes. Se ha calculado que entre el 5 y el 20% de la población general sufrirá una depresión grave a lo largo de su vida que le incapacitará durante un considerable período de tiempo.

¿Aumenta el riesgo de depresión en la edad adulta el estrés sufrido en las primeras fases de la vida?

Actualmente sabemos que una de las causas de la depresión es genética. Por ejemplo, si comparamos el riesgo de sufrir una depresión de dos gemelos genéticamente idénticos criados por familias distintas, podemos observar que si uno desarrolla una depresión es más fácil que el otro también la desarrolle aunque sus entornos sean diferentes, es decir, la carga genética puede aumentar el riesgo de depresión independientemente del entorno en el que vive la persona.

Sin embargo, este riesgo es mucho mayor cuando el gemelo vive en un entorno estresante. Por lo tanto, la combinación de la vulnerabilidad genética y un entorno estresante es la máxima responsable de aumentar el riesgo de sufrir una depresión.

Los acontecimientos vitales estresantes graves como el abuso o la negligencia sufridos a edades tempranas pueden ser factores determinantes a la hora de aumentar la predisposición a sufrir una depresión. Por ejemplo, los estudios del psicólogo estadounidense Harry Frederick Harlow con monos Rhesus en la década de 1950 mostraron que la privación del cuidado materno en los primeros seis meses de vida afectaba a la conducta de las crías y reducía su capacidad para manejar los estresores cotidianos10. Resultados similares se han obtenido repetidamente en otras especies animales.

Se ha observado que las mujeres y los hombres adultos que sufrieron abusos sexuales en la infancia presentan una respuesta exagerada del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal en respuesta a situaciones estresantes en el laboratorio.

No quiere decir esto que todas las personas deprimidas han sufrido abusos sexuales ni que todas las personas que han sufrido abusos sexuales se deprimen. Sin embargo, los abusos sexuales en la infancia provocan que el adulto sufra respuestas de estrés más intensas y tenga menos resistencia al estrés y más riesgo de desarrollar una depresión. Además, la gravedad de estas consecuencias negativas aumenta de manera proporcional a la gravedad del abuso, su duración y la edad a la que se produjo.

Resultados similares aunque menos consistentes se obtienen con otros tipos de estresores precoces, como la pérdida de uno de los progenitores. Afortunadamente, otras circunstancias adversas como los problemas familiares en la infancia no afectan al estrés ni a la depresión en la edad adulta.

En resumen, algunos acontecimientos vitales estresantes graves en las primeras etapas de la vida pueden hacer que en la edad adulta la respuesta de estrés sea más intensa, lo que a su vez puede hacer que la persona sea más vulnerable a sufrir una depresión.

El estrés y la depresión mantienen una relación bidireccional. Por una parte, el estrés puede causar una depresión, pero la depresión también disminuye la resistencia frente al estrés.

El estrés influye en la depresión

Aunque uno haya tenido una infancia feliz y razonablemente libre de problemas, la presencia sostenida de estrés en la edad adulta puede contribuir al desarrollo de un trastorno depresivo. Por ejemplo, en los meses en los que se produce un acontecimiento vital estresante, el riesgo de desarrollar una depresión en personas vulnerables se multiplica por cinco. Como era de esperar, los acontecimientos vitales estresantes que más frecuentemente se asocian a la depresión en los humanos tienen que ver con la percepción de rechazo o de falta de apoyo social.

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Figura 2.4. El estrés y la depresión mantienen una relación bidireccional.

La relación entre el estrés y la depresión también se observa en las personas con enfermedades médicas que afectan al funcionamiento del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal de manera similar a como lo hace el estrés. Estas personas también presentan una mayor tendencia a tener trastornos depresivos.

Así pues, otro de los mecanismos por los que el estrés puede causar una depresión es mediante la alteración del funcionamiento del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal. La secreción excesiva de las hormonas del estrés puede alterar el funcionamiento de los neurotransmisores implicados en la depresión y dañar el hipocampo (o su capacidad de generar neuronas nuevas, todavía no lo sabemos) con el consiguiente deterioro de algunas funciones cognitivas, como la atención, la concentración y la memoria, es decir, el exceso de secreción de las hormonas del estrés puede aumentar el riesgo de sufrir una depresión.

Hace ya algunos años participamos en varios estudios que consiguieron predecir con razonable fiabilidad la posibilidad de sufrir una recaída de un trastorno depresivo grave. Los resultados de estos estudios mostraron que tras varios episodios depresivos estas personas presentaban un funcionamiento deficitario del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal y más probabilidades de presentar otra recaída.

Eso significa que sufrir varios episodios depresivos disminuyó la capacidad del organismo para responder al estrés, lo que hizo más probable presentar otro episodio depresivo al encontrarse de nuevo con circunstancias estresantes. Lo más esperanzador es que no recayó en la depresión ni una sola de las personas que no presentaban esta alteración y que manejaron el estrés de manera adecuada.

En resumen, el estrés puede causar una depresión, pero los episodios depresivos también pueden dejar una secuela en forma de «cicatriz neurohormonal» que disminuye la resistencia al estrés y, por tanto, puede facilitar la aparición de nuevos episodios de depresión.

La depresión influye en el estrés

Por otra parte, la depresión también influye en la resistencia frente al estrés. La depresión puede producir un desgaste del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal que puede hacer que las personas que han sufrido varios episodios depresivos tengan una menor resistencia frente a futuros acontecimientos vitales estresantes.

En conclusión, parece existir una relación sólida bidireccional entre la depresión y el estrés. Sin embargo, todavía quedan muchas preguntas por responder. Por ejemplo, no conocemos cuál es el mecanismo exacto que explica que los episodios depresivos dejen como secuela una mayor vulnerabilidad al estrés. Tampoco sabemos a ciencia cierta por qué a medida que se acumulan episodios depresivos la relación con el estrés como desencadenante parece disminuir ni por qué dos personas con biografías similares expuestas al mismo tipo de estresores tienen una vulnerabilidad distinta a la depresión.

Las hipótesis más recientes sugieren que la diferencia se encontraría en la capacidad individual para recuperarse del estrés. Por ejemplo, sabemos que el estrés vacía las reservas (o hace que las consumamos más deprisa) de al menos uno de los neurotransmisores implicados en la depresión, la noradrenalina.

En la mayoría de nosotros este fenómeno es transitorio: nos sentimos «depres» e inmediatamente el organismo pone en marcha los mecanismos fisiológicos y psicológicos necesarios para recuperarnos. Parece que en las personas más vulnerables a la depresión estos mecanismos tendrían una menor capacidad de recuperación.

Por consiguiente, es posible que haber sufrido numerosos estre-sores, sobre todo a edades tempranas, tenga como consecuencia que el organismo reaccione cada vez con mayor intensidad frente a estresores cada vez menos intensos y que, además, cada vez se recupere con menos eficacia.

Sin embargo, no olvide que igual que las personas alérgicas a las flores tropicales están seguras si no se exponen a ellas, por mucha vulnerabilidad a sufrir una depresión que uno acarree, es muy probable que una vida libre de estrés (o una en la que el estrés se maneja adecuadamente) sea el mejor seguro contra el desarrollo de una depresión.

La depresión y el estrés: modelos psicológicos

Puede que el modelo psicológico más importante para explicar la relación entre la depresión y el estrés sea el de la indefensión aprendida. Este modelo se definió a partir de los experimentos de Martin Seligman.

En pocas palabras, estos experimentos expusieron a animales de laboratorio a estresores repetidos, es decir, a estímulos amenazadores como una descarga eléctrica que los animales no podían predecir y sobre los que no tenían ningún control. Estos animales aprendieron que hicieran lo que hicieran no podían evitar las descargas eléctricas. Este fenómeno se conoce como «indefensión aprendida».

Los animales en estado de indefensión aprendida desarrollaron síntomas depresivos como dejar de limpiarse, perdieron el interés por la comida y el sexo, y tuvieron más problemas para manejar situaciones cotidianas. Lo más importante es que cuando se les permitió evitar las descargas eléctricas, los animales ya no fueron capaces de probar conductas sencillas (como cambiar de lado en la jaula) que podrían haberles hecho aprender que ahora ya sí podían ahorrarse las descargas eléctricas y, por tanto, salir del estado de indefensión. En suma, los animales llegaron a la conclusión de que hicieran lo que hicieran no podrían controlar la ocurrencia de las descargas eléctricas (u otras amenazas) y abandonaron todo intento de evitarlas o de controlarlas.

Las personas que hayan tenido la desgracia de sufrir una depresión o de verla en un ser querido encontrarán un paralelismo razonable con la tendencia a abandonarse y al aislamiento social, o con expresiones como «ahora no puedo, quizás mañana», «todo me supera» o «no hay nada que hacer, nada va a cambiar».

Otra similitud con el estrés fue que los animales deprimidos también presentaron niveles elevados de hormonas del estrés y niveles bajos de algunos de los neurotransmisores implicados en la depresión.

Así pues, la depresión sería la consecuencia de la exposición sostenida a estresores hasta llegar a la conclusión de que las circunstancias que nos rodean son incontrolables. Estas ideas comportan que el individuo se abandone y renuncie a todo intento de mejorar su estado de ánimo incluyendo aquellas estrategias que le harían salir de la depresión. Parafraseando a Seligman, la depresión no sería un estado generalizado de pesimismo, sino de pesimismo sobre el efecto positivo de nuestros comportamientos.

Illustration PUNTOS CLAVE

El estrés y la depresión mantienen una relación bidireccional. El estrés puede desencadenar una depresión y los episodios depresivos repetidos reducen la resistencia frente a los acontecimientos vitales estresantes.

Los acontecimientos vitales estresantes graves pueden aumentar la predisposición a sufrir una depresión.

En la edad adulta, la alteración del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal en combinación con la gravedad de la depresión y la presencia de acontecimientos vitales estresantes predicen la recaída del trastorno depresivo.

La exposición sostenida a estresores puede dar lugar a que la persona llegue a la conclusión errónea de que sus circunstancias son incontrolables, abandonar todo intento de afrontamiento y dar lugar a una depresión.

¿QUÉ RELACIÓN TIENEN EL ESTRÉS Y EL CÁNCER?

El estudio de la relación entre el estrés y el cáncer es uno de los clásicos de la historia de la Medicina. Sin embargo, las conclusiones de las revisiones científicas realizadas en los últimos cincuenta años son contradictorias.

Antes de seguir adelante, es importante que tenga en cuenta que esta disparidad entre estudios puede deberse a que muchos de ellos evalúan a la persona cuando ya está enferma. Estas investigaciones, que se denominan «retrospectivas», pueden verse afectadas por un sesgo del recuerdo.

Por ejemplo, si una persona piensa que el estrés fue una de las causas por las que se desarrolló el cáncer que sufre en la actualidad, es muy probable que su memoria seleccione aquellas experiencias que confirman esa relación entre el estrés y el cáncer, y descarte aquellas otras que la contradicen. De hecho, una revisión muy reciente de más de quinientas investigaciones observa la presencia de una relación muy modesta entre el estrés y el desarrollo de un cáncer, su evolución y la mortalidad.

Dicho esto, se ha propuesto que el estrés podría influir en el cáncer de varias maneras:

El estrés se acompaña de un estado inflamatorio crónico que podría influir en el crecimiento de los tumores.

Las hormonas relacionadas con el estrés pueden afectar a los procesos de reparación del ADN, lo que podría facilitar la aparición de mutaciones relacionadas con el desarrollo de algunos tipos de cáncer y acelerar el crecimiento de algunos tumores y facilitar su capacidad invasiva y de migración.

Estas hormonas del estrés también podrían contribuir a la activación de virus oncogénicos (aquellos que pueden transformar la célula que infectan en una célula cancerosa) y reducir la capacidad de vigilancia y defensa del sistema inmunitario, lo que es especialmente relevante en los tipos de cáncer más relacionados con este sistema, como el cáncer de piel o el de estómago.

El estrés aumenta algunas conductas de riesgo para el cáncer, como fumar, consumir alcohol en exceso o comportamientos alimentarios que promueven la obesidad.

El estrés también puede contribuir a que las personas con cáncer experimenten una mayor fatiga y sensibilidad al dolor o más problemas cognitivos y, por tanto, se vean más afectados por el cáncer y lo manejen peor.

¿Puede el estrés contribuir a que se desarrolle un cáncer?

La mayoría de los estudios no observa ninguna relación entre el estrés y el riesgo de desarrollar un cáncer. El único factor que puede estar influido por el estrés y que incrementa moderadamente el riesgo de sufrir un cáncer de pulmón es la depresión. Afortunadamente, el malestar emocional en general o sufrir acontecimientos vitales estresantes no tienen ninguna influencia en el desarrollo de un cáncer.

Algunas veces se ha intentado relacionar el estrés laboral y el cáncer. Para su tranquilidad debe saber que el estrés laboral no se relaciona con el riesgo de sufrir ningún tipo de cáncer. De hecho, puede que tener trabajo, aunque sea estresante, sea incluso un factor protector, ya que el tabaquismo, que es un sólido factor de riesgo para el cáncer de pulmón, es más frecuente entre las personas desempleadas.

¿Puede influir el estrés en la evolución del cáncer?

En general, el estrés no parece influir tanto como se pensaba en la progresión del cáncer. En concreto, el estrés no influye en la duración de la supervivencia a un cáncer de estómago, colorrectal, genital femenino, cerebral y de piel. Tampoco se ha observado ningún efecto del estrés en el riesgo de mortalidad en el cáncer de mama, de pulmón, de estómago y colorrectal.

¿Tratar el estrés puede mejorar el pronóstico del cáncer?

Los resultados iniciales de varios estudios iniciados a mediados de la década de 1970 despertaron grandes expectativas. Se observó que las pacientes con cáncer de mama que recibieron psicoterapia una vez a la semana durante un año duplicaron el tiempo de supervivencia. Desafortunadamente, ni los análisis más recientes del equipo que realizó la investigación original ni los estudios de otros equipos han sido capaces de repetir estos resultados.

Lo mismo sucede con otro estudio clásico, esta vez sobre el efecto de la educación (sesiones de información) en la supervivencia tras desarrollar un melanoma11. Los resultados de los primeros estudios sugerían que los pacientes que recibieron este tipo de información tenían menos recaídas y una menor mortalidad. Sin embargo, estudios posteriores más rigurosos muestran que este tipo de intervención no aumenta la supervivencia, que parece depender, sobre todo, de la profundidad y el grosor del melanoma y de que el cáncer se haya extendido o no a los nódulos linfáticos.

Esto no quiere decir que deban abandonarse las intervenciones sobre el estrés en las personas que sufren un cáncer, sino que únicamente debemos esperar de ellas los efectos beneficiosos que sabemos que tienen. Por ejemplo, los pacientes que no aceptaron participar en el estudio original de la educación sobre el cáncer y la supervivencia del melanoma sufrieron el doble de problemas médicos que los que sí lo hicieron. Es posible que estas sesiones educativas contribuyeran a aumentar la persistencia en las estrategias contra el cáncer, que es un aspecto fundamental de su tratamiento.

Las intervenciones sobre el estrés también pueden ayudar a reducir las conductas de riesgo para el cáncer, como el tabaquismo o el sedentarismo, el miedo a la recaída, la desconfianza en los profesionales sanitarios o las creencias sobre la inevitabilidad de un desenlace fatal. Estas creencias se agravan con el estrés y pueden provocar que la persona enferma abandone la lucha contra el cáncer.

Mención aparte merece la depresión, ya que es el principal factor psicológico de riesgo que puede estar influido por el estrés y que determina una peor evolución de algunos tipos de cáncer. El tratamiento psicológico de la depresión en el cáncer ha demostrado ser capaz de reducir la aparición de nuevos casos de depresión cuando se aplica de forma preventiva y de mejorarla muy significativamente cuando la depresión ya se ha desarrollado. Para obtener todos estos efectos es imprescindible, no obstante, que el tratamiento sea específico (no todo vale), que se mantenga como mínimo durante tres meses y que los terapeutas lo conozcan bien y lo apliquen al pie de la letra.

En resumen, el tratamiento del estrés puede reducir las conductas de riesgo para el cáncer y facilitar que la persona mantenga una lucha activa y las pautas terapéuticas que le recomiende su oncólogo. El tratamiento psicológico también puede prevenir la depresión y resolverla si ya se ha producido. Lamentablemente, el tratamiento del estrés no parece tener un efecto directo claro ni en el desarrollo ni en la evolución del cáncer.

El estrés no se relaciona claramente con el cáncer, pero sufrir un cáncer puede producir estrés.

Más allá de la relación entre el estrés y el cáncer, cabe tener en cuenta que la relación inversa también es cierta. Es decir, el sufrir un cáncer es un estresor grave en sí mismo, y, de hecho, las personas que han superado un cáncer pueden sufrir más estrés que la población general.

El cáncer y su tratamiento pueden comportar efectos estresantes a largo plazo que pueden tratarse eficazmente con tratamientos psicológicos. Algunas de estas complicaciones incluyen:

Dolor y fatiga.

Problemas cognitivos (atención concentración, memoria…).

Miedo a que el cáncer vuelva a desarrollarse.

Dificultades de adaptación psicológica.

Pérdida de apoyo social.

Dificultades económicas derivadas de tratar el cáncer.

Estas complicaciones y secuelas también pueden afectar negativamente a la manera de adaptarse a la vida tras un cáncer y, sobre todo, pueden reducir la probabilidad de adoptar un mayor número de conductas saludables. Por ejemplo, las personas que aprenden a afrontar el estrés de manera activa adoptan un estilo de vida más saludable en comparación con las que manejan el estrés de manera pasiva. Este tipo de personas se protegen mejor del sol, van a los controles médicos con mayor regularidad, comen de una manera más saludable, hacen más ejercicio y dedican más tiempo a su familia, amigos y pasatiempos.

En resumen, tras un cáncer, las personas con un estilo pasivo de manejo del estrés tienen más probabilidades de no cambiar su estilo de vida a uno más saludable. Enseñar a estas personas un afrontamiento activo del estrés podría facilitar el cumplimiento de las recomendaciones médicas en cuanto a la adopción de conductas saludables, lo que a su vez podría reducir el riesgo de sufrir una recaída del cáncer.

Para finalizar, cabe tener en cuenta que haber sufrido un cáncer también puede tener un efecto positivo. Muchas de las personas que han sobrevivido a un cáncer realizan cambios vitales beneficiosos. Estos cambios son mayores en aquellas personas que sienten que tienen más control sobre su vida, que disponen de más recursos para hacer frente a las adversidades y que piensan que la adopción de un estilo de vida saludable es la mejor manera de evitar que el cáncer vuelva a desarrollarse. Como sin duda imaginará, todos estos aspectos pueden mejorarse con el aprendizaje de las estrategias adecuadas para el manejo del estrés.

Illustration PUNTOS CLAVE

En la mayoría de los estudios no se observa una relación sólida entre el estrés y el desarrollo de la mayoría de tipos de cáncer.

Sin embargo, el estrés puede agravar los síntomas que experimentan las personas con un cáncer y puede aumentar las conductas de riesgo.

El estrés aumenta el riesgo de depresión, que a su vez parece aumentar moderadamente el riesgo del cáncer de pulmón.

Las intervenciones sobre el estrés no parecen influir de manera directa en la evolución del cáncer, pero mejoran la calidad de vida de la persona enferma y facilitan que adopte hábitos saludables que pueden reducir el riesgo de sufrir una recaída.

ESTRÉS Y ENFERMEDADES AUTOINMUNES

Las enfermedades autoinmunes incluyen unos ochenta trastornos distintos que se clasifican según el sistema u órgano al que afectan. Por ejemplo, en la esclerosis múltiple o la miastenia gravis la alteración afecta al sistema nervioso; si ataca a las glándulas encargadas de la secreción de hormonas se desarrollan trastornos como la tiroiditis de Hashimoto (tiroides) o la diabetes tipo I (páncreas), mientras que si el sistema afectado es el gastrointestinal puede desarrollarse una enfermedad de Crohn o una colitis ulcerosa. En algunos casos la enfermedad autoinmune puede afectar a múltiples sistemas, como en el lupus sistémico, la espondiloartritis anquilosante o la artritis reumatoide.

Aunque se trate de enfermedades diferentes, todas ellas tienen en común el mal funcionamiento del sistema inmunitario. El sistema inmunitario es como un complejo ejército de células y moléculas (linfocitos T y B, macrófagos, etcétera) que defiende a nuestro organismo eliminando agentes infecciosos como los virus y las bacterias.

En las enfermedades autoinmunes el problema es que el sistema inmunitario no identifica como propios los órganos, células o tejidos del organismo, y los ataca por error como si fueran agentes nocivos. Esta agresión produce un proceso inflamatorio que es el que causa la mayoría de los síntomas de las enfermedades autoinmunes.

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Figura 2.5. Linfocito atacando a agente infeccioso.

La respuesta de inflamación está controlada por muchas sustancias (neurotransmisores, citoquinas y hormonas). Algunas de ellas son las encargadas de promover la inflamación y otras de controlarla. Cuando se produce una infección, se activa la inflamación y posteriormente vuelve a la normalidad. Si el mecanismo de apagado de la inflamación no funciona bien, el sistema inmunológico se mantiene activado durante demasiado tiempo y la vulnerabilidad a padecer una enfermedad autoinmune aumenta.

Los estresores pueden activar los sistemas endocrino, nervioso e inmunológico de forma parecida a como lo hacen las infecciones. Por tanto, son igualmente capaces de comprometer la capacidad del sistema para recuperar la normalidad y aumentar la vulnerabilidad a las enfermedades autoinmunes, especialmente en aquellas personas que ya presentan una predisposición genética a desarrollarlas.

Así pues, el estrés afecta al funcionamiento del sistema inmunitario y, por tanto, también al desarrollo y a la progresión de las enfermedades autoinmunes mediante dos efectos básicos:

La activación del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal que caracteriza al estrés estimula la actividad de las células inflamatorias y, por tanto, contribuye al empeoramiento de la inflamación y al agravamiento de los síntomas de la enfermedad autoinmune.

Las hormonas del estrés disminuyen la cantidad de proteínas (interferones e interleucinas) que se encargan de activar los linfocitos, que son las principales células defensivas del sistema inmunitario. El resultado final es que los linfocitos responden menos y con menor precisión a las señales de alarma en presencia de una infección. Por tanto, el organismo queda en un estado más vulnerable a las infecciones y otras enfermedades. Es lo que se conoce como inmunosupresión.

Lo curioso es que si las enfermedades autoinmunes se deben a un mal funcionamiento del sistema inmunitario, que ataca células propias como si fueran agresores externos, entonces la inmunosupresión causada por el estrés debería ser deseable para las personas que padecen enfermedades autoinmunes, ya que el sistema inmunitario tendría menos capacidad para atacar a las células de su propio organismo.

Entonces, ¿tiene el estrés un efecto protector en estas enfermedades? Lamentablemente, no. Como se puede ver en la figura 2.6, las primeras fases del estrés producen un aumento de la respuesta inmunitaria, lo que explicaría por qué el estrés empeora las enfermedades autoinmunes. Solamente en fases más avanzadas se produciría la inmunosupresión propia del estrés crónico.

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Figura 2.6. La actividad del sistema inmunitario depende del tipo de estrés.

Como se puede ver en la figura 2.6, los estresores que más afectan a las enfermedades autoinmunes son los de corta duración pero repetitivos. Por ejemplo, encontrarse un atasco cada mañana, ser incapaz de predecir si se llegará al trabajo a su hora y, sobre todo, si su jefe se mostrará comprensivo, provocará que el sistema inmunológico se active.

Si cuando la situación estresante termina (por fin llegó a su trabajo con solo cinco minutos de retraso), la actividad del sistema inmunológico no ha disminuido lo suficiente y vuelve a reactivarse (la primera persona con la que se tropieza es su jefe, que no está hoy muy comprensivo) se produce un efecto acumulativo. Si a esto se añaden otros estresores intermitentes (después de tomar un café, Internet dejó de funcionar durante una hora y no pudo mandar ese presupuesto urgente), aumenta el riesgo de facilitar el desarrollo de una enfermedad autoinmune.

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Figura 2.7. Representación esquemática del modo en que el estrés repetido incrementa el riesgo de desarrollar una enfermedad autoinmune. (Adaptado de Sapolsky, R.M. ¿Por qué las cebras no tienen úlcera? Madrid: Alianza Editorial, 2017.)

Lo mismo sucede con el empeoramiento de los síntomas en las personas que ya tienen la enfermedad autoinmune: vivir situaciones estresantes de corta duración pero de forma repetida puede hacer que empeoren los síntomas.

Por consiguiente, para que la respuesta de estrés empeore la enfermedad autoinmune, los estresores deben ser breves y repetidos. Si la respuesta de estrés es sostenida, se produce más bien una inhibición del sistema inmunitario. Por este motivo, algunos estudios no encuentran ninguna relación entre haber vivido situaciones vitales estresantes sostenidas como un divorcio complicado o la muerte de un ser querido y el empeoramiento de los síntomas durante el año siguiente en las personas con una enfermedad autoinmune como una artritis reumatoide.

Sin embargo, en muchos estudios tampoco se observa ninguna relación entre el estrés y la evolución de las enfermedades autoinmunes a corto plazo. ¿Cómo se explica esta discrepancia?:

El apoyo social (personas de nuestro entorno de las que disponemos y en las que confiamos) puede amortiguar el efecto del estrés. Si percibimos un buen apoyo social, se puede retrasar algunos años el impacto del estrés en el curso de la enfermedad.

Además, el apoyo social es necesario para poder utilizar algunas estrategias de afrontamiento, como por ejemplo recibir ayuda de los demás o poder contar lo que nos pasa, mientras que el perderlo las inhabilita.

Por tanto, tener o perder apoyo social puede hacer que en determinados momentos de la evolución de una enfermedad autoinmune se observe una relación con el estrés, mientras que en otros esta relación se difumine.

En resumen, cuando se analiza el impacto del estrés en las enfermedades autoinmunes no solo debemos tener en cuenta la intensidad y frecuencia de la situación estresante (los estresores frecuentes y breves activan el sistema inmunitario y los estresores sostenidos lo inhiben), sino también otros factores como el apoyo social, el afrontamiento activo o los trastornos depresivos12.

Finalmente, no olvide que otros factores como la vulnerabilidad genética a la inflamación o determinantes ambientales como el clima, la nutrición y las infecciones víricas pueden jugar un papel tan importante como el estrés en el inicio y la evolución de las enfermedades autoinmunes.

Illustration PUNTOS CLAVE

Las enfermedades autoinmunes son debidas a un fallo en el sistema inmunitario: las células que se encargan de la defensa del organismo ante la mayoría de las enfermedades atacan por error a partes del propio cuerpo (órganos, tejidos).

El estrés actúa regulando el sistema inmunitario para hacer frente a las enfermedades: en un primer momento aumenta su actividad para, posteriormente, disminuirla.

En esta primera fase de activación del sistema inmunitario es cuando el estrés tiene un impacto más fuerte sobre las enfermedades autoinmunes, produciendo la inflamación y los síntomas propios de estas enfermedades.

El estrés tiene un papel importante tanto en el inicio como en la evolución de las enfermedades autoinmunes. Si el sistema inmunitario se vuelve a activar repetidamente antes de haber recuperado su nivel basal, puede llegar a producirse un desequilibrio. En dicho momento, el sistema inmunitario está tan activo que aumenta la posibilidad de que se inicie un ataque al propio organismo por error, produciendo el inicio de la enfermedad o un nuevo brote.

Aprender a controlar el estrés tiene efectos beneficiosos en la evolución de las enfermedades autoinmunes: disminuye la respuesta fisiológica sobre el sistema inmunitario y, consecuentemente, reduce los síntomas y el malestar del paciente.

ESTRÉS DURANTE LA GESTACIÓN

En las sociedades occidentales se recomienda a las mujeres embarazadas no consumir alcohol, no fumar, no comer determinados alimentos o cocinados de determinada manera, hacer ejercicio pero no demasiado y mantenerse laboralmente activas aunque no en exceso. Como leerá un poco más adelante, parece que tampoco es recomendable que se sientan ansiosas o estresadas. Tanto es así, que el Colegio Estadounidense de Obstetras y Ginecólogos recomienda que en todos los casos de embarazo se evalúen los riesgos psicosociales y se intervenga en consecuencia.

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Sin embargo, y antes de que empiece a angustiarse (o lo que es peor, a sentirse culpable), no es cierto que sufrir ansiedad durante el embarazo tenga siempre consecuencias negativas, ni tampoco lo es que estas complicaciones sean necesariamente graves y mucho menos irreversibles. Recuerde que los resultados de los estudios científicos nunca son determinantes, sino que muestran posibilidades (aunque algunos titulares así lo sugieran).

El estrés y la ansiedad, igual que hacer demasiado ejercicio o demasiado poco, pueden aumentar la probabilidad de que el feto presente algunos problemas, pero no son una sentencia.

Hemos dedicado una especial atención a este apartado para evitar en la medida de lo posible ansiedades innecesarias a las madres gestantes y sentimientos de culpa injustificados a aquellas otras que hayan tenido la mala fortuna de que sus hijos presentaran alguna de las complicaciones que a continuación se detallan. Por favor, no pierda de vista las puntualizaciones y salvedades de los datos que aparecen a continuación y no olvide que muchos de los factores de riesgo durante la gestación no dependen del control de la futura madre.

Muchos de los primeros estudios sobre las consecuencias psicológicas de la gestación se realizaron en centros privados e incluyeron mujeres en una situación social favorable. Sin embargo, muchas mujeres deben afrontar el embarazo en situaciones que distan mucho de ser las ideales y que pueden incluir, por ejemplo, tener que compaginarlo con la actividad laboral y doméstica, en un contexto de dificultades económicas y en ausencia de un apoyo familiar o social adecuados. Por consiguiente, a veces la gestación puede ser más un período vital estresante que una temporada de feliz espera.

El estudio de los efectos del estrés durante la gestación se ha centrado especialmente en dos factores de riesgo para el recién nacido: el parto prematuro (antes de las 37 semanas de gestación) y el bajo peso al nacer (inferior a los 2,5 kg).

¿Puede provocar el estrés un parto prematuro?

El parto prematuro se ha relacionado con la exposición a acontecimientos estresantes graves como la muerte de un familiar, problemas en casa o vivir en la indigencia o en un entorno de pobreza o delincuencia. El riesgo de parto prematuro se incrementa si a la presencia de estos estresores graves se le añade la sensación subjetiva de estar estresado y la ansiedad. En concreto, los niveles graves y sostenidos de estrés a lo largo de la gestación13 pueden influir en la probabilidad de que la duración de la gestación sea inferior a lo normal.

Por el contrario, la ansiedad leve o los estresores cotidianos como encontrarse un atasco cada día, que su pareja no recoja los calcetines o que se estropee el ordenador cada dos por tres no han demostrado relación alguna con el parto prematuro en ningún estudio.

¿Puede provocar el estrés un bajo peso al nacer?

En cuanto a la relación entre el estrés y el bajo peso al nacer, parece que los resultados más consistentes se refieren a la influencia de la depresión, que comporta un riesgo de bajo peso cuatro veces superior al de los recién nacidos de madres sin síntomas depresivos.

Tenga en cuenta, no obstante, que este efecto de la depresión únicamente se observa en mujeres que viven en condiciones sociales y económicas muy empobrecidas. Lo mismo se aplica a otras circunstancias vitales estresantes, como el desempleo y vivir en condiciones de apiñamiento, que únicamente aumentan el riesgo de bajo peso al nacer en mujeres con un estatus económico bajo.

¿Cuáles son los mecanismos que podrían explicar las relaciones entre el estrés y el parto prematuro o el bajo peso al nacer?

La actividad del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal se incrementa progresivamente durante la gestación. Este incremento es el que determina que el parto se produzca cuando el feto está maduro. El estrés grave durante la gestación aumenta aún más la activación del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal y, por tanto, puede provocar que se dé la señal para que se produzca el parto antes de la maduración completa del feto.

En los estados de estrés graves (en humanos solamente se ha observado en casos de conducta violenta por parte del cónyuge), la sobreexposición del feto al cortisol de la madre puede influir en el bajo peso al nacer. Además, también puede causar que el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal del bebé reaccione con mayor intensidad ante el estrés y que presente más conductas ansiosas.

La actividad física extenuante, como fuente de estrés, puede incrementar el riesgo de preeclampsia (hipertensión arterial durante el embarazo), de presentar un retraso del crecimiento uterino (pesar, durante el embarazo, menos que el 90% de los bebés de la misma edad gestacional) y de parto prematuro.

El estrés aumenta las conductas de riesgo como fumar, consumir sustancias estupefacientes o conductas alimentarias patológicas. Las mujeres fumadoras que durante la gestación experimentan estrés relacionado con el embarazo (no estrés en general) tienen una mayor probabilidad de fumar y, como consecuencia, de que sus hijos presenten un bajo peso al nacer. Los hábitos alimentarios inadecuados, que a veces se incrementan con el estrés, también son factores de riesgo para el bajo peso al nacer. Finalmente, fumar y el consumo de estupefacientes (especialmente de cocaína) también se relacionan con el parto prematuro.

¿Afectan negativamente al feto las emociones de la madre?

Una cuestión controvertida es la influencia de las emociones (como el estrés) de la madre en el estado del hijo que está gestando. Efectivamente, el estado emocional de la madre influye momentáneamente en la conducta motora y la frecuencia cardíaca del feto, lo que, a su vez, puede influir en la maduración neurológica, la conducta motora y los reflejos del neonato durante las primeras semanas de vida. Sin embargo, el efecto negativo del estado emocional de la madre en el feto se limita únicamente a las futuras madres que sufren niveles muy graves de ansiedad.

Tener poco apoyo social hace que sea más difícil manejar el estrés, pero ¿es un riesgo durante el embarazo?

El apoyo social y su relación con el estrés es el factor sociocultural más estudiado en relación con el riesgo durante el embarazo. En algunos estudios se ha observado que no disponer de recursos sociales o de apoyo social se relaciona con el riesgo de bajo peso al nacer. Aumentar los recursos sociales reduce ese riesgo independientemente de la etnia de la madre, del nivel educativo, del riesgo obstétrico y del género del bebé.

El apoyo social ha demostrado ser capaz de reducir el efecto negativo del estrés en el peso al nacer, especialmente en las adolescentes de bajo estatus socioeconómico. En otros estudios también se observa que mantener relaciones sociales positivas y afectuosas (especialmente con el cónyuge) tiene un efecto protector para la salud del hijo que se está gestando.

Finalmente, parece que vivir en un entorno caracterizado por actitudes comunitarias (considerar importante la familia y la interdependencia) influye positivamente en varios factores fisiológicos durante el embarazo.

En conclusión, los datos actuales sugieren que el apoyo social de calidad parece ser protector para el embarazo. Esto es especialmente relevante para aquellas mujeres que sufren un elevado número de acontecimientos vitales estresantes graves durante la gestación.

Sin embargo, incrementar el apoyo social sin mejorar las condiciones ambientales o socioeconómicas no es eficaz para reducir la probabilidad de un parto prematuro o de presentar un bajo peso al nacer. No es extraño, ya que el apoyo social, por bueno que sea, no es capaz de contrarrestar el efecto negativo de vivir en condiciones precarias.

¿Puede afectar el estrés al desarrollo del recién nacido?

Una de las cuestiones que ha despertado más interés en el campo de la gestación y el nacimiento es el de la programación fetal, es decir, el efecto del entorno materno intra y extrauterino no solo en el desarrollo del feto, sino también en su posterior evolución física y mental.

Algunos estudios observan que el estrés materno durante la gestación puede influir tanto positiva como negativamente en la capacidad de aprendizaje, el desarrollo psicomotor y la conducta. La explicación a esta aparente contradicción es que el desarrollo neurológico del cerebro humano requiere una dosis adecuada, aunque no excesiva, de estrés tanto durante la gestación como en el posparto.

Además, el efecto del estrés parece ser distinto dependiendo del momento del embarazo. Por ejemplo, la exposición del feto a elevados niveles de cortisol materno en las primeras fases de la gestación se relaciona con un peor desarrollo posnatal, pero la misma exposición al final de la gestación se relaciona con una aceleración de ese mismo desarrollo.

En cambio, la ansiedad grave durante la gestación, especialmente si se trata de ansiedad por el embarazo, se ha relacionado con problemas en la capacidad de atención y del desarrollo psicomotor y mental durante el primer año de vida del niño. Además, también se ha relacionado con algunos aspectos de la personalidad del niño, como por ejemplo la irritabilidad o el carácter temeroso, con problemas conductuales y emocionales entre los 4 y los 7 años de edad, e incluso con la impulsividad y la conducta agresiva en la infancia y la adolescencia.

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que estas observaciones no tienen en cuenta un factor crucial para los problemas de conducta de los niños: las normas educativas. Existe una relación muy bien establecida entre los problemas conductuales de los niños y las normas educativas, como mantener una disciplina estricta aunque inconsistente (premiando o castigando la misma conducta), mantener muy pocas interacciones positivas con el niño o ejercer un escaso control y supervisión.

¿Qué hace a las futuras madres más resistentes al estrés durante el embarazo?

De entre todas las características que hacen a la futura madre más resistente al estrés durante el embarazo, la que funciona mejor es la combinación del optimismo, una elevada autoestima y una elevada sensación de control sobre las circunstancias personales. Es muy probable que estas características ejerzan su efecto protector facilitando la adopción de conductas saludables como no fumar, hacer algo de ejercicio y poner en práctica soluciones eficaces a los problemas cotidianos.

No hace falta decir que aunque no tenga un carácter especialmente optimista (y no es fácil que le dé tiempo a cultivarlo durante el embarazo) o no vaya sobrada de autoestima, siempre puede aprender estrategias que aumenten su sensación de control sobre sus circunstancias personales para incrementar su resistencia al estrés.

¿Qué tal funcionan las intervenciones terapéuticas para el estrés durante la gestación?

Como ya se ha dicho anteriormente, los programas de intervención cuyo objetivo es el incremento del apoyo social (cuya ausencia reduce el buen manejo de un contexto estresante, sobre todo en presencia de unas condiciones sociales precarias) son capaces de reducir la probabilidad de un parto prematuro o de que el bebé presente un bajo peso al nacer siempre que vayan acompañadas de la mejoría de las condiciones en las que vive la madre.

Las intervenciones breves sobre la depresión y la violencia de género, en tanto que fuentes de estrés, no aplicadas por profesionales sanitarios expertos y que no abordan otros factores de riesgo como el consumo de alcohol o de drogas no tienen ningún efecto en el riesgo de sufrir complicaciones médicas durante el embarazo.

Uno de los programas que ha resultado ser más eficaz para reducir la probabilidad de presentar problemas debidos al estrés durante el embarazo y el posparto va dirigido a las madres que viven en condiciones sociales precarias. A estas madres, cuyo embarazo es de alto riesgo, se les enseña a cuidarse y a cuidar de sus hijos mediante visitas a domicilio durante el embarazo y los dos años siguientes al parto. En estas visitas se enseña y se ayuda a las madres a mejorar su nutrición y el cuidado de sus hijos, a adoptar conductas saludables y a reducir el consumo de tabaco. Además, este tipo de programas también son capaces de reducir la futura conducta delictiva de los hijos de las madres que reciben la intervención.

Las técnicas de relajación, bien sea activa, pasiva o escuchando música, son capaces de reducir los niveles de cortisol de las madres y de mejorar los índices de variabilidad de la frecuencia cardíaca de los fetos. Aunque no hay duda de que su efecto es beneficioso, recuerde que igual que no está demostrado que el estrés afecte al feto a no ser que sea muy grave, tampoco podemos afirmar con rotundidad que las intervenciones que ayudan a la madre a estar menos estresada tengan un efecto claro en el desarrollo del feto o en la salud del recién nacido.

Actualmente, están muy de moda las técnicas de mindfulness para tratar casi todo lo relacionado con la salud mental. El mindfulness consiste principalmente en el aprendizaje de técnicas de meditación con el objetivo de inducir estados de relajación y ser más consciente de las experiencias sensoriales y emocionales, y aceptarlas sin juzgarlas. Las técnicas de mindfulness pueden reducir transitoriamente la ansiedad de las gestantes, aunque su efecto en el estrés, la ansiedad en general y la ansiedad por el embarazo puede que no sea superior al de leer un bestseller sobre el embarazo, el posparto y el cuidado del neonato.

El tratamiento cognitivo-conductual de control del estrés supervisado por un psicólogo clínico experto es eficaz para reducir el estrés y los niveles de cortisol de las madres socialmente desfavorecidas y de sus hijos. Este tipo de tratamiento incluye aprender a resolver los problemas relacionados con el cuidado de los hijos, promover su desarrollo, modificar los pensamientos negativos de las madres e incrementar sus actividades positivas y las relaciones sociales gratificantes.

La única salvedad es que incluir en el tratamiento cognitivo-conductual información extensa sobre cuán «críticos y arriesgados» pueden ser los primeros meses de vida de su hijo estresa a las madres durante los primeros meses del posparto. No es de extrañar, ya que recibir información sobre riesgos que no podemos controlar suele generar más ansiedad que beneficio. Afortunadamente, a los 18 meses del parto, a las madres se les suele pasar el «susto psicoeducativo» y se sienten menos estresadas y con un mejor estado de ánimo.

Existen otras intervenciones sencillas que se basan en indicar a las futuras madres que eliminen los aspectos estresantes de su vida y participen en actividades gratificantes como pasear y aumentar el número de interacciones sociales positivas. Las mujeres que son capaces de seguir tan envidiables instrucciones observan una reducción de su nivel subjetivo de estrés y de los niveles de cortisol salivar. Resultados similares se han obtenido con los masajes relajantes siempre que se reciban con regularidad.

En resumen, el estrés durante el embarazo puede ser un factor de riesgo para el parto prematuro o el bajo peso al nacer, pero únicamente en casos graves de ansiedad o depresión, o en aquellos casos en los que el estrés se relaciona con un nivel socioeconómico muy empobrecido.

Las intervenciones enfocadas a paliar la precariedad son capaces de amortiguar el efecto del estrés en la salud del gestante. La terapia cognitivo-conductual o el disponer un contexto gratificante son capaces de reducir el estrés de las madres.

Illustration PUNTOS CLAVE

Los estresores graves y un nivel muy intenso y sostenido de ansiedad durante el embarazo pueden aumentar el riesgo de un parto prematuro.

El riesgo de bajo peso al nacer es mayor en los hijos de las madres que además de vivir en condiciones sociales y económicas muy empobrecidas han sufrido una depresión durante el embarazo.

El estado emocional de la madre solamente produce un efecto negativo en el feto si se trata de niveles muy graves de ansiedad.

Los programas de incremento de apoyo social no tienen ningún efecto en el riesgo de parto prematuro o de bajo peso al nacer si no van acompañados de la mejoría de las condiciones ambientales o socioeconómicas precarias.

Los tratamientos psicológicos son capaces de reducir el estrés de las madres. No sabemos con seguridad si este efecto también se extiende a los hijos que están gestando.

6. La aterosclerosis es el estrechamiento de la pared arterial como consecuencia de la acumulación de sustancias como el calcio y ácidos grasos como el colesterol y los triglicéridos, que reduce la elasticidad de las paredes arteriales, disminuye el caudal sanguíneo y aumenta la tensión arterial.

7. Las pruebas que lo demuestran se realizan en el laboratorio y consisten en simular una entrevista de trabajo seguida de una tarea aritmética, ambas en presencia de dos evaluadores entrenados para mostrar desaprobación (Test Trier de Estrés Social).

8. En la década de 1970 se decía que la película El exorcista provocaba infartos entre los espectadores.

9. El término «depresión» utilizado en este capítulo no se refiere a la acepción coloquial «estar depre», sino a la grave enfermedad conocida como trastorno «depresivo mayor».

10. Si usted no es excesivamente sensible, puede ver un resumen de los experimentos de Harlow en: http://www.youtube.com/watch?v=_O60TYAIgC4

11. Un melanoma es una variedad grave del cáncer de piel. El nombre es una combinación del griego melas («negro») y oma («tumor») en referencia a que es un tipo de tumor pigmentado. Aunque suele aparecer en la piel, también puede desarrollarse en el intestino o el ojo.

12. Por ejemplo, las personas que sufren la enfermedad de Crohn y utilizan un afrontamiento activo del estrés (afrontan los problemas en vez de evitarlos) presentan menos recaídas. En otros trastornos autoinmunes del sistema digestivo la presencia de trastornos depresivos dificulta la mejoría de los síntomas de la enfermedad y prolonga el período en el que es necesario medicarse.

13. La ansiedad sobre la gestación se define como el miedo por la salud y el bienestar del feto, los síntomas de amenaza de parto, los procedimientos sanitarios, el postparto y la poca capacidad para cuidar del recién nacido. Recuerde que una cierta dosis de preocupación durante el embarazo, especialmente en el primero, es normal.