
Darrell tenía talento y sabía utilizarlo. Gracias a ello no le resultó difícil ponerse al corriente de las lecciones y sobresalir en algunas materias, como por ejemplo, en composición. No es, pues, de extrañar que la chica se sintiera satisfecha.
«Pensé que tendría que estudiar mucho más que en mi antiguo colegio —se decía—. ¡Pero no es así! Lo malo son las matemáticas. No las domino. ¡Quisiera parecerme a Irene en ese aspecto! Ella calcula de memoria lo que yo soy incapaz de calcular por escrito.»
Total que, tras las dos primeras semanas, Darrell aflojó un poco las riendas y no se preocupó tanto de sus estudios. Al igual que Alicia, empezó a tomarle gusto a divertir un poco a sus compañeras. Ni que decir tiene que Alicia estaba encantada de tener una colaboradora en sus travesuras.
Pero Betty Hill era mucho más atrevida que Alicia. En ocasiones, Darrell se maravillaba de su osadía.
Dos profesoras eran blanco de las bromas de Betty y Alicia: Mademoiselle Dupont y la apacible y bondadosa maestra que daba clases de costura y a veces ayudaba a las chicas a preparar sus lecciones por la noche. La señorita Davies nunca parecía percatarse de que Alicia y Betty le gastaban bromas. Mademoiselle sí se daba cuenta, pero, invariablemente, caía en la trampa.
—¿Te ha contado alguien que una vez Betty metió un ratón blanco en el escritorio de Mademoiselle? —preguntó Alicia en cierta ocasión—. El pobrecillo no podía salir y, desesperado, empujó el pequeño tintero y sacó el hocico por el agujero. Mademoiselle tuvo un susto considerable.
—¿Qué hizo? —inquirió Darrell, con gran interés.
—¡Salir del aula como si la persiguieran cien perros! —contestó Alicia—. Cuando se marchó, sacamos rápidamente el ratón del pupitre y Betty se lo escondió en el cuello. De modo que cuando Mademoiselle se decidió a volver y ordenó que una de nosotras abriera su pupitre y sacara el ratón, éste había desaparecido. ¡Mademoiselle creyó haber visto visiones!
—¡Cuánto me habría gustado presenciarlo! —suspiró Darrell—. Alicia, ¿por qué no haces algo gracioso de este estilo? Por ejemplo, en la clase de matemáticas, ¿no te parece? Creo que la señorita Potts se propone meterse con mis deberes de matemáticas, y eso distraería su atención.
—¿Qué estás diciendo? —repuso Alicia, despectivamente—. ¿Cómo quieres que gaste una broma como ésa en la clase de Potty? No seas boba. Potty se da cuenta de todo. ¡Es imposible engañarla!
—Pues entonces... hazlo en la clase de Mademoiselle —suplicó Darrell—. Me gusta Mademoiselle, pero aún no la he visto enfadada y me encantaría verla en ese estado. ¡Por favor, gástale una broma!
Alicia comprendió que, si se le ocurría algo, tendría una espectadora admirativa en Darrell. Y arrugó la frente en un esfuerzo por pensar.
Betty la apremió con estas palabras:
—¿No recuerdas alguna diablura de Sam, Roger o Dick del último trimestre?
Luego, volviéndose a Darrell, explicó:
—Los tres hermanos de Alicia van todos al mismo colegio y allí hay un maestro que se llama Toggles, tan bobalicón que los chicos pueden gastarle toda clase de bromas sin que se dé por aludido.
Darrell pensó que era una suerte tener unos hermanos como Roger, Sam y Dick. A ella también le hubiera gustado tener un hermano. Pero sólo tenía una hermana menor.
—El trimestre pasado, Roger hizo una cosa muy graciosa —profirió Alicia, de pronto—. Creo que podríamos ponerla en práctica. Pero tú y Betty tendréis que colaborar, Darrell.
—¡Con muchísimo gusto! —convino Darrell—. ¿De qué se trata?
—Verás, Roger se hizo un poco el sordo —explicó—. Y fingía no entender lo que le decía el viejo Toggles. Por ejemplo, si Toggles le ordenaba: «¡Johns, no te menees en la silla!», Roger contestaba: «¿Qué dice usted, señor? ¿Que dónde está Sevilla? ¡En España, señor, en España!».
Darrell se echó a reír.
—¡Oh, Alicia! ¡Qué divertido sería! Por favor, hazte la sorda. Nosotras te apoyaremos encantadas. Prueba a hacerlo en la clase de Mademoiselle.
Las alumnas de primer curso no tardaron en enterarse de que Alicia iba a tomar el pelo a Mademoiselle y acogieron la noticia alborozadas. La excitación producida por la vuelta al colegio se había disipado ya y las chicas se sentían inquietas y deseosas de nuevas emociones.
—De acuerdo —accedió Alicia—. Yo fingiré no entender lo que diga Mademoiselle. Entonces tú, Darrell, lo repetirás en voz muy alta, y luego Betty y el resto de la clase harán lo propio. ¿Entendido? Nos divertiremos de lo lindo.
A la mañana siguiente, Mademoiselle, absolutamente ajena a aquella premeditada maquinación, entró en la clase de primer grado con una radiante sonrisa. Era un hermoso día de verano. Había recibido dos cartas de su familia, con la noticia de que tenía otro sobrinito. Llevaba un broche nuevo y se había lavado el pelo la noche anterior. Estaba de excelente buen humor.
—¡Ah, mis queridas chicas! —exclamó, sonriendo a sus alumnas—. Hoy vamos a aprovechar bien la lección, n’est ce pas? ¡Vais a hacerlo mejor que las de segundo! ¡Hasta Gwendoline me recitará los verbos sin una sola equivocación!
Gwendoline adoptó una expresión dubitativa. Desde su ingreso en Torres de Malory la había decepcionado mucho su antigua institutriz. Al parecer, la señorita Winter no le había enseñado la mitad de las cosas que debía saber una chica de su edad. Por otra parte, pensó Gwendoline, su institutriz no había tenido inconveniente en admirar sus ojos azules y su rubia cabellera, ni en alabar la dulzura de su carácter y la gracia de todas sus acciones. Naturalmente, aquellas lisonjas halagaban la vanidad de Gwendoline. Sin embargo, un poco más de ilustración le hubiera resultado muy útil en Torres de Malory.
Hubiera dado cualquier cosa por saber mucho más francés. Mademoiselle había protestado de lo poco que sabía e incluso había sugerido lecciones extra de francés, con objeto de ponerla al nivel de las demás. Pero, hasta entonces, Gwendoline se las había ingeniado para eludir aquellas lecciones adicionales, y estaba dispuesta a seguir eludiéndolas. Ya era bastante suplicio soportar cinco clases de francés a la semana para encima añadir más.
Algo perpleja, la chica correspondió a la sonrisa de Mademoiselle, con la esperanza de que Alicia empezase pronto su comedia y desviase con ella la atención de la profesora. Una vez más, Mademoiselle las miró, sonriente, diciéndose que las chicas parecían ansiosas de aprender aquella mañana. ¡Cuánto las quería! ¡Les comunicaría la noticia del nacimiento de su nuevo sobrinito! ¡Sin duda, aquello las complacería!
Mademoiselle era incapaz de reprimir el deseo de hablar de su querida familia de Francia cuando recibía noticias de ella. Por lo regular, las chicas la incitaban a hacerlo, ya que, cuanto más oían hablar de la chère Josephine, y la mignonne Yvonne, y la méchant Louise, menos explicaciones tenían que aguantar sobre verbos y géneros. Así pues, acogieron encantadas la noticia del sobrinito.
—Il est appelé Jean, se llama Juan. Il est tout petit, oh, tout petit! —agregó Mademoiselle, separando levemente las manos para mostrar el tamaño de su nuevo sobrino Juan—. Veamos, ¿qué significa eso? Il-est-tout-petit. ¿Quién lo sabe?
Alicia permanecía sentada en actitud de tensa atención, inclinándose en lo posible sobre su pupitre, con una mano detrás de una oreja. Mademoiselle reparó en ella.
—¡Ah, Alicia! ¿No me has oído bien? Lo repetiré. Il-est-tout-petit. Repítelo, por favor.
—¿Cómo dice? —interrogó Alicia, cortésmente, poniéndose las dos manos tras las orejas.
Darrell apenas podía reprimir la risa, pero se esforzó en mantener la cara seria.
—¡Alicia! —exclamó Mademoiselle—. ¿Qué te pasa? ¿Estás sorda?
—No, no estoy tonta —replicó Alicia, con expresión ligeramente sorprendida.
Alguien ahogó una risa.
—Mademoiselle te ha preguntado si estás sorda —repitió Betty en voz alta.
—¿Gorda? —farfulló Alicia, más estupefacta que nunca.
—¿ESTÁS SORDA? —vociferó Darrell, interviniendo en el juego.
Y la clase al completo intervino, a su vez.
—¿ESTÁS SORDA?
—¡Chicas! —profirió Mademoiselle, descargando el puño sobre la mesa—. ¡No os paséis! ¿Quién os ha dado permiso para meter ese ruido en clase?
—Mademoiselle —alegó Darrell, hablando como si la profesora también estuviera sorda—. A lo mejor Alicia está sorda. Tal vez tiene dolor de oídos.
—Ah, la pauvre petite —exclamó Mademoiselle, que, por padecer a veces del oído, sentía profunda compasión por las personas que se hallaban en su caso.
Y gritó a Alicia:
—¿Tienes dolor de oído?
—¿Si quiero vino? —barbotó Alicia—. No, gracias, Mademoiselle. Hoy no me apetece el vino.
Eso fue demasiado para Irene. La chica soltó una de sus explosivas carcajadas que produjo un sobresalto a las compañeras sentadas delante.
—Tiens! —exclamó Mademoiselle, dando un respingo a su vez—. ¿Qué ha sido eso? ¡Eh, Irene! ¿Por qué has hecho ese ruido tan raro? No me ha gustado nada.
—A veces no puedo evitar los molestos estornudos, Mademoiselle —tartamudeó Irene, hundiendo la nariz en su pañuelo como si fuese a estornudar otra vez.
A la vez emitió una nueva serie de ruidos raros, en su intento de ahogar sus carcajadas.
—Alicia —masculló Mademoiselle, volviéndose a la traviesa chica, que enseguida se puso las manos tras las orejas y frunció el entrecejo como aquel que se esfuerza en oír mejor—. Alicia, no me hables de vino. Dime, ¿estás resfriada?
—No, no estoy mareada —replicó Alicia, con gran confusión de Mademoiselle—. Sólo un poco cansada.
—Mademoiselle ha dicho RESFRIADA, no MAREADA —explicó Darrell, a voz en grito.
—Sí, RESFRIADA, lo contrario de ACALORADA —intervino Betty, solícitamente—. ¿Estás RESFRIADA?
—¿ESTÁS RESFRIADA? —rugieron todas a una, como un disciplinado coro.
—¡Ah, resfriada! —profirió Alicia—. ¿Por qué no habláis claro? ¡Cualquiera os entiende! Sí, desde luego, he tenido un resfriado.
—¡Ah! —exclamó Mademoiselle—. ¡Y ha afectado a tus pobres oídos! ¿Cuánto tiempo hace que tuviste ese resfriado, Alicia?
Darrell repitió la pregunta a grito pelado, y Betty imitó su ejemplo.
—¡Ah! —barbotó Alicia—. ¿Cuándo lo tuve? Hace unos dos años.
Irene volvió a sepultar la nariz en su pañuelo blanco. Mademoiselle dijo algo, desconcertada:
—Es inútil pretender que la pobrecilla siga la clase de francés. Alicia, siéntate al sol, junto a la ventana, y lee la lección en tu libro de francés. No puedes oír ni una palabra de lo que decimos.
Alicia miró a Darrell con expresión interrogante, como si no hubiera entendido las palabras de la profesora. Darrell se las repitió cortésmente a grandes voces. Desgraciadamente, Betty no pudo repetirlas, vencida por el deseo de reír. Pero el resto de las chicas se complacieron en hacerlo, de común acuerdo.
—¡NO PUEDES OÍR NI UNA PALABRA DE LO QUE DECIMOS! —bramaron
a coro.
Súbitamente, se abrió la puerta y en su marco apareció la señorita Potts, visiblemente encolerizada. Estaba dando clase a las de segundo en el aula contigua y no se explicaba a qué obedecía el griterío ensordecedor de las alumnas de primero.
—Perdone que la interrumpa, Mademoiselle, pero, ¿es necesario que las chicas repitan la lección de francés en voz tan alta? —preguntó.
—Lo siento, señorita Potts, pero no lo hacen por mí, sino por la pobre Alicia —explicó Mademoiselle.
La señorita Potts se mostró sorprendida. Sus ojos se posaron en Alicia, que se sintió molesta y adoptó el aire más inocente que pudo. Pero la señorita Potts desconfiaba por experiencia de los aires inocentes de Betty y Alicia.
—¿Qué insinúa usted, Mademoiselle —espetó—, que Alicia se ha vuelto sorda de repente? Esta mañana estaba perfectamente.
—Pues ahora está completamente sorda —le aseguró Mademoiselle.
La señorita Potts miró a Alicia con expresión severa.
—A la hora del recreo ven a verme, Alicia —le ordenó—. Me gustaría charlar un rato contigo.
Nadie se atrevió a repetir esas palabras a Alicia, pero Mademoiselle se sintió obligada a hacerlo y vociferó a la chica:
—La señorita Potts dice que...
—No se moleste en repetir lo que he dicho, Mademoiselle —interrumpió la señorita Potts—. Alicia acudirá a la cita. Te espero a las once, Alicia. Y haz el favor de ponerte en pie cuando te hablo.
Alicia se levantó, con el rostro encendido. La señorita Potts salió del aula, dando un portazo.
—¡Ay, esa puerta! —gimió Mademoiselle, que detestaba a la gente que daba portazos—. ¡Me destroza los oídos! La señorita Potts es muy buena e inteligente, pero no tiene jaquecas como yo...
—Ni dolor de oído —intervino Darrell.
Pero nadie se rio. La aparición de la furiosa señorita Potts había hecho disminuir la hilaridad de la clase.
Alicia no insistió sobre su dolor de oídos. Tomó un libro y se sentó al sol, junto a la ventana, segura de que la señorita Potts no volvería a aparecer: ¡valía la pena sacar algún provecho de su comedia! Mademoiselle se desentendió por completo de ella, y se dedicó a la infructuosa búsqueda de alguna alumna de primer curso capaz de conjugar correctamente todo un verbo francés. Al percatarse de la inutilidad de sus esfuerzos, perdió el buen humor de que había hecho gala aquella mañana e hizo pasar un mal rato a la clase.
Por fin, cuando sonó la campana del recreo, salió del aula con paso majestuoso. Las chicas se agolparon alrededor de Alicia.
—¡Oh, Alicia! ¡Por poco me muero de risa con lo de «gorda»!... ¡Qué lástima que se presentara Potty!... ¿Crees que va a darte un rapapolvo, Alicia?
—¡Darrell estuvo a punto de echar la casa abajo con sus voces! —comentó Irene—. ¡Por poco reviento de tanto contener la risa!
—Tengo que ir a ver qué quiere Potty —suspiró Alicia—. ¡Lástima no haber recordado que daba clase a las de segundo en el aula contigua! ¡Hasta luego, chicas!