CAPÍTULO 2

COCA-COCAÍNA

Desde 1997, el artista caleño Leonardo Herrera viene trabajando su obra con coca y cocaína. Herrera es quizá el primer artista que se arriesgó a usar la preparación química de manera pública en el Primer Festival de Performance de Cali, cuando escribió con esta sustancia, sobre un vidrio, los nombres de seis artistas que admiraba, y recorrió el espacio del festival ofreciendo la sustancia a quien quisiera interactuar libremente con ella. La idea había sido inspirada, quizá, en los brasileños Neville d’Almeida y Helio Oiticica, pioneros en el uso de la cocaína como una sustancia plástica, en sus Quasi cinema. Blocks Experiments in Cosmococa, una instalación que incluía una proyección de diapositivas en las que Oiticica había dibujado con polvo blanco líneas sobre fotografías de personajes famosos —Luis Buñuel, Jimi Hendrix, Marilyn Monroe, Yoko Ono—.

En 2003, Herrera decidió sembrar cuarenta plantas de coca —el doble de lo permitido por la ley— en la casa de sus padres, y con ellos fabricar papel para su libro White lady. Era una manera de conocer la planta y entenderla, de comprender toda la problemática que se ha derivado de ella, de la violencia en Cali, que el artista sufrió en su adolescencia:

Siembro porque aprendí que la coca no es lo que me pasó cuando era joven, porque mi abuela me enseñó de niño en fincas que esa planta servía para muchas cosas. Ella hacía dulce, bebidas, panes y me sobaba cuando yo me golpeaba. Poco a poco fui estudiando muchas otras cosas de ella, desde los ritos indígenas, y me interesó aún más, porque a diferencia de Wilson Díaz, que empezó su trabajo con la planta, empecé mi trabajo con el alcaloide, con la cocaína.

De su amplia investigación, que descubriremos más adelante, hemos decidido iniciar con una impresión digital a dos colores realizada ese año (2003) y titulada con el nombre científico de la variedad colombiana de la coca, Erythroxylum novogranatense, solo una de las 250 especies de coca existentes.

La imagen en cuestión surge de examinar representaciones de la planta, y esta ilustración botánica decimonónica comparaba dos visiones. La del cultivador y la del botánico, evocando a la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, quizá el momento culminante de la representación de las plantas en el siglo XIX, sucedido en Colombia gracias al trabajo de José Celestino Mutis y sus pintores, quienes desde Mariquita, y después desde Bogotá, hicieron una gigantesca labor de clasificación anatómica de las especies locales en la técnica de la miniatura, realizando al menos 6 mil láminas —más algunos álbumes que se encuentran perdidos— dedicadas a la flora de la Colombia actual. La extensa labor del naturalista español, que le tomó casi tres décadas, es reconocida por la calidad artística de las imágenes, pues Mutis tuvo el buen sentido de formar pintores que magnificaron los ejemplares a niveles más que notables.

En el mismo momento en que Herrera sembraba coca en Cali, en Bogotá Alberto Baraya recopilaba Una taxonomía para el herbario de plantas artificiales, un herbario de plantas de plástico, recogiendo especímenes urbanos —posteriormente en el Amazonas y otras partes del mundo— clasificados según el esquema que utilizaba Mutis, en este caso, una taxonomía absurda y sin sentido, más que como pretexto, un argumento para reflexionar sobre la historia cultural y los modelos impuestos en América.

El ojo del diablo

En el año 2008, Herrera presentó la instalación El ojo del diablo, primero en la sala Proartes de Cali y después en la galería Valenzuela Klenner en Bogotá. Allí escribió, con una sustancia blanca y pegajosa, sobre papel blanco, la frase «Cocaína da trabajo al mundo», y exhibió partes de la tesis de grado en Literatura y Filosofía que Gilberto Rodríguez Orejuela había realizado mientras estaba preso en Colombia, y en la que teoriza sobre el colonialismo y la economía americana en los siglos XVII y XVIII.

En la misma exposición, enseñaba dos hojitas de coca en oro cruzadas, muy bien hechas, y que conservaban las venas por las que corre la savia. Un póster de la exposición Cosmococa, de Helio Oiticica, junto a espejos con dibujos de la planta de coca y un sillón rojo, que completaban la muestra. Con las hojitas de oro cruzadas, Herrera recordaba quizá de forma indirecta los poporos que se encuentran en el Museo del Oro de Bogotá, exhibidos como los objetos más bellos de la orfebrería precolombina, y presentes en casi todas las culturas que existieron en el territorio, y que sirvieron a Michael Taussig para especular sobre el oro y la cocaína en su libro Mi museo de la cocaína, que cobra actualidad en la última década en que ese binomio está enlazado en las economías ilícitas en varias partes del país:

Así es el oro, fluyendo bajo la tierra como rayo petrificado. Así es la cocaína, golpe cristalizado. Lo que da al oro y a la cocaína su estatus peculiar y privilegiado medio piedra, medio agua, medio fijo, medio contingencia mutante es la manera como se deslizan a través de la vida y de la muerte por medio de la seducción y gracias a la transgresión. La muerte acecha estas sustancias en la misma medida en que ellas animan la vida, encantan y obligan.

La hoja

El principal problema, el equívoco fatal —si quisiéramos llamarlo así— que envuelve a la coca es que no se ha entendido la diferencia entre coca y cocaína. Esta confusión viene desde el siglo XIX, y puede encontrarse por ejemplo en los escritos de Sigmund Freud, quien no hacía distinción entre la una y la otra, pero que era un fervoroso usuario de la última, a la que llegó a llamar «aquel maravilloso polvo blanco».

El equívoco, convertido en un prejuicio cultural, perdura durante todo el siglo XX. En 1950, una Comisión de las Naciones Unidas visitó Perú y dictaminó que la coca era la causante de la pobreza, la marginación y la mala nutrición de los indígenas peruanos, en una malinterpretación histórica y social enorme, sin entender que la coca era casi el único recurso alimenticio al que habían podido atenerse tras siglos de explotación. De hecho, los españoles fueron ambivalentes con la coca, la consideraron en un inicio otra de las invenciones del diablo, pero cuando se dieron cuenta de que aumentaba la resistencia a la fatiga y eliminaba el hambre, decidieron permitir su uso y promoverlo, ya que les permitía explotar de una forma más intensa y más barata a los indígenas, especialmente en las regiones mineras como el Potosí. Esta situación ha generado el debate sobre si la coca antes de la Conquista española era intensamente consumida, o si fue precisamente la explotación española la que extendió su uso.

Múltiples hallazgos demuestran que la coca se disfruta desde hace cerca de cuatro mil años en el mundo andino, y que es una planta con múltiples bondades. Contiene vitaminas A, B, C y E, potasio, calcio y catorce alcaloides diferentes que ayudan a eliminar los carbohidratos y resistir el mal de alturas, por ello su uso en los altos Andes. Según Wade Davis, la cantidad diaria que usa un arahuaco, con su hayo, suple la necesidad básica de vitaminas que necesita un ser humano.

Se debate sobre su origen andino o amazónico, pero las evidencias hacen creer que la planta proviene de las laderas de los Andes. Ayer y hoy se ha consumido desde el norte de Argentina hasta la Sierra Nevada de Santa Marta, y lo han hecho los pueblos amazónicos desde Colombia hasta Bolivia y Brasil.

La lucha contra la coca se agudizó en 1961, cuando las Naciones Unidas les impusieron a los países andinos exterminar la planta —algo imposible de hacer—, desconociendo todas sus raíces culturales, sus usos tradicionales y medicinales. Resulta increíble saber que solo hasta 1975 se hicieron los primeros estudios científicos de la hoja. Aparte de las ya mencionadas cualidades de la planta, dichos estudios concluyeron que, sin duda, es una de las plantas más nutritivas en el mundo, y que presenta un porcentaje bajísimo de cocaína, lo cual ha desvirtuado la asociación entre coca y cocaína (0.56 gramos por cada 100 gramos), y el supuesto mal que hacía a las poblaciones indígenas.

En el complejo mundo bioquímico y cultural de la Amazonia, la coca, junto al tabaco y otras plantas como el yagé, cumple funciones dietéticas y rituales asociadas al entorno. En la Amazonia colombiana los pueblos indígenas barasana, desana, bora, andoke, witoto yuri, muinane, miraña, makuna, kubeo, yukuna, tanimuka y koreguaje la ingieren por razones médicas, religiosas y dietéticas. Los frutos y las hojas de la planta son aprovechados por mamíferos, peces, aves e insectos.

Pero la ignorancia —para muestra la campaña del gobierno de Uribe con el lema «La mata que mata»—, el racismo implícito en la apreciación de la coca y su criminalización, hacen suponer que el desarrollo de industrias y la regulación de la planta sea un camino más largo y arduo que el que ha tenido que recorrer el cáñamo.

C14H20NO4 o ¿qué es la cocaína?

Durante el siglo XIX, la industria farmacéutica alemana se estableció a lo largo de la cuenca del río Rhin, y surgió como una alternativa económica a la industria pesada pues demandaba menos recursos naturales, menos infraestructura, y se beneficiaba del avanzado desarrollo de la química y la ingeniería alemana. Sus resultados fueron rápidos, sorprendentes y tienen efectos hasta el día de hoy.

En 1819, el artista y químico alemán Friedlieb Ferdinand Runge aisló el principio activo del grano de café, la cafeína. La anfetamina fue descubierta por Lazar Edeleanu en 1867, en un seminario experimental en la Universidad de Berlín. En 1827, Emanuel Merck fundó en Darmstadt, la más antigua empresa farmacéutica productora de alcaloides, hoy llamada Merck KGaA. Veinte años antes, en Paderborn, Westfalia, Friedrich Wilhelm Adam Sertürner sintetizó la morfina que, a partir de 1850, con la invención de la jeringa, se difundió como potente analgésico, especialmente en los grandes conflictos como la Guerra de Secesión estadounidense y la guerra franco-prusiana. En 1859, el químico, también alemán, Albert Niemann sintetizó la cocaína, esa llave para rápidas sensaciones de felicidad, y en 1897 Félix Hoffmann, químico de la empresa Bayer, sintetizó el ácido acetilsalicílico, comercializado desde ese entonces con el nombre de Aspirina. Ese mismo año el inglés Alder Wright sintetizó la diacetilmorfina, comercializada inicialmente por Bayer como «Heroin», recetada para combatir el dolor de cabeza, malestar general, e incluso como jarabe para la tos.

Para la década de 1920, Alemania dominaba el mercado mundial de fármacos. Era el líder de los países productores de morfina y de la exportación de heroína, y las empresas Merck, Berenguer y Knoll manejaban el 80 por ciento del comercio general de la cocaína. Las leyes internacionales en contra de las drogas, globalizadas en la Convención Internacional del Opio de 1925, los castigos ejercidos por los aliados contra ese país después de su derrota en la Primera Guerra Mundial y el ascenso del nacionalsocialismo frenarían en buena parte la fabricación, el uso y el abuso de estas sustancias.

Sin embargo, y a pesar de la destrucción del país a finales de la Segunda Guerra Mundial, estas compañías continuaron creciendo, como continúa su interés en interactuar mediante la química con la vida humana, y con la vida en general. Hoy, Bayer y Merck KGaA son unas de las principales farmacéuticas en el mundo. La cocaína producida por esta última es considerada la de mejor calidad en el mundo. Un experto en el tema, el guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards, opina: «La cocaína farmacéutica no puede ser comparada de ninguna forma con la producida en América Central y del Sur. Es pura, no provoca depresión ni letargia. Lleva a un tipo completamente diferente de euforia, de creatividad que llega inmediatamente al ser absorbida por el sistema nervioso central».

Debido a la ilegalidad, al control de precursores químicos, efectivamente la cosmococa, la cocaína que inunda hoy el mundo, se produce de una forma bastante precaria en América del Sur. En Los jinetes de la cocaína, quizá la mejor investigación periodística sobre el tema, Fabio Castillo describía cómo se procesaba hace treinta años la sustancia. Si hoy visitáramos un laboratorio clandestino es probable que lo describiéramos de idéntica forma. Según Castillo:

Junto a las chagras hay un pequeño laboratorio, que no es más que una choza recubierta con tela asfaltada conocida con el nombre de paroy, donde una máquina fragmentadora de hojas las reduce a partículas. Luego, por el método de extracción, con agua o gasolina, se consigue la pasta o base de coca. Esta se entrega al mayorista si el cultivo es de su propiedad, o se vende en las riberas de los ríos para ser utilizada como basuco, producto que ya se distribuye en todo el país. Si el cultivo es de propiedad de un gran narcotraficante, la pasta o base de coca la llevan a un laboratorio, casi siempre mimetizado en una hacienda. Con gasolina, carbonato liviano, ácido clorhídrico, ácido sulfúrico, permanganato de potasio, amoníaco, acetona y éter, la convierten en clorhidrato de cocaína. El químico a quien se encarga de esta labor se conoce con el nombre de «cocinero». El clorhidrato de cocaína es puesto a secar con potentes lámparas, que deben ser colocadas a una distancia determinada, para evitar que se queme, caso en el cual pierde su valor.

«Do It»

Procesar cocaína no ha escapado como motivo a los artistas colombianos. Para la página web de e-flux, que albergaba al proyecto DO IT del curador suizo Hans-Ulrich Obrist, Wilson Díaz publicó el texto Cómo obtener un kilogramo de cocaína de alta calidad en veinte pasos (con la mejor economía de materiales), poniendo en circulación en una visitada página del arte internacional información que se considera tabú. El artista hizo pública la receta mágica que convierte 60 arrobas de hojas en un kilogramo de un poderoso bioestimulante cuya tenencia y uso es un delito en casi todos los países del mundo, incluyendo Irán, donde es castigado con la pena de muerte, fabricando un escenario polémico para plantear una cuestión política: ¿dónde se sitúa la maldad —y la responsabilidad— en el problema de las drogas? ¿En la siembra?, ¿en la venta?, ¿en el consumo?

Díaz estaba interesado en la posibilidad del artista de producir riqueza a través de la descomposición, sin escapar a un hecho fundamental: es el mercado —del arte, de las drogas— el que, fijando los precios, tiene el poder mágico de convertir el arte en oro y los alcaloides en dinero.

En noviembre de 2006 en la Feria de Arte de Bogotá-ARTBO, Díaz presentó en neón verde la frase Erythroxylum novogranatense «iluminando» un evento comercial internacional en lo que parecía un aviso publicitario de un producto o una compañía, haciendo un guiño sobre las expectativas y prejuicios que existen sobre el país, señalando la simetría existente entre el mercado del arte y el de la cocaína: ambos ofrecen bienes suntuarios que brindan gratificación y prestigio social, su economía se basa en el monopolio, la exclusividad, la sacralización del consumo y la especulación de precios. Además, en estos dos mercados, que se encuentran en expansión desde la década de los ochenta, la pureza es de gran importancia.

La crítica también estaba dirigida al minimal art, un movimiento netamente norteamericano que Díaz remeda y «traduce» para cuestionar las relaciones culturales y económicas entre ambos países. En los años sesenta y setenta, la escultura minimalista representó el clímax de la hegemonía económica y cultural de Estados Unidos en Occidente, culminando el proceso que se inició con el éxito global de Jackson Pollock en la posguerra y que tuvo la abstracción como bandera. El «modelo empresarial de desarrollo»7 de la abstracción estadounidense, su purismo y su puritanismo, se ofrecieron como símbolo de una sociedad eficiente, limpia y precisa, y trató de ser impuesto en el resto del planeta. Desafortunadamente, El triunfo de la pintura norteamericana8 en el tercer mundo pocas veces estuvo acompañado de la generosidad política, y se ató a los intereses de las grandes compañías privadas y a las ambiciones de dominio de su política exterior. Esa asimetría entre lo que se ve y lo que es se hace patéticamente visible en la guerra de las drogas, donde la demanda de los países consumidores tiene que ser satisfecha y pagada a un alto precio por los países productores. El neón verde kryptonita de Erythroxylum novogranatense se convierte en una demanda ética en el orden global, mientras Colombia sigue siendo empujada hipócritamente a la guerra, repitiendo ese sistema de signos del capital —y del minimal art— que «cuanto más niega (cuanto más reduce) más quiere (en acumulación y expansión)».9

Finalmente, necesitamos entender por qué a tanta gente en el mundo le gusta la cocaína. Para ello nos remitiremos a un entusiasta de su uso, el cineasta caleño Carlos Mayolo, a quien literalmente se le cayó la nariz por meterla tanto en el polvo blanco. En su autobiografía, Mamá, ¿qué hago? Vida secreta de un director de cine:

La perica o fuá

Sabroso estar empericado. Hay más comunicación, locuacidad y elocuencia. El cerebro piensa sin hacer esfuerzo, produce endorfinas. Es igual que hacer ejercicio. Quedar excitado por exceso de oxigenación, o quedar «embalado» con tanto entusiasmo obtenido por el uso muscular.

Con la cocaína se llega a esa liviandad. Además de la simpatía, hay entrega al oficio y evita el cansancio. Si uno la suspende pues le da un poco de pereza, pero donde no hay o no se consigue uno logra hacer sus deberes sin ella. Claro que es mejor que exista.

Se conversa y se entusiasma uno muchísimo con su interlocutor o interlocutores. Da simpatía y ganas de seguir hablando, haciendo chistes y pasándola bien. Cuando se usa con método, no exactamente moderación y se dan las condiciones para uno estar contento y bien, es una sensación plácida. No necesita tanta frecuencia. Una cosa es el cocainismo y otra es el cocaísmo como el de los indígenas que hicieron Machu Picchu.

El embale te da energía de comunicación, quizá mucha verborrea y deseos de comunicar tus inventos, ocurrencias y chistes. Es liberadora. Produce relaciones de admiración mutua en el caso de la pareja y, si hay un sosiego en la conversación y las pieles se buscan, es un afrodisíaco fuerte. Los orgasmos son demorados y profundos. Pero cuando la atracción no se cumple por falta de mutualidad, produce distancia. Todo tiene que ser muy veraz. No acepta medias tintas o timidez en la relación. O se entrega uno vehementemente, o no funciona. Da sensación de seguridad y de participación. Aprecia una a la demás gente y convierte la vida como en la sensación de estar recién bañado. Lo peligroso es la calidad del producto, pues así mismo es la calidad del efecto.

Le he echado cocaína al vaso de gente rumbiando y se ponen felices y entusiastas. La satanización a la droga es la que mantiene la mala fama. Un pericazo siempre te pondrá audaz y presto para cualquier cosa. Da un bienestar que no lo puede negar nadie. Esa es la opinión que tengo de la cocaína y que, con licor, te hace estar en un estado moral para socializar, reírse, no sé si volverse más inteligente, pero si creérselo, que eso es muy importante.

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ERNESTO ORDÓÑEZ, PARAÍSOS PERDIDOS (2015-18)

7 — Esta denominación fue dada en 1968 por Leo Steinberg en su texto «Otros criterios». Según Steinberg, «los críticos formalistas influyentes tienden a tratar hoy la pintura moderna como una tecnología en evolución, en la que tareas específicas en todo momento demandan solución, tareas atribuidas al artista como los problemas propuestos a los investigadores en las grandes empresas». Véase Leo Steinberg, «Otros criterios», en Clement Greenberg e o debate critico. Ministerio de Cultura/Funarte. Río de Janeiro, 1997, p. 196.

8 — Irving Sandler, El triunfo de la pintura americana, Alianza, Madrid, 1996.

9 — Paulo Herkenhoff, «Brasil/Brasis». En Arte brasileira contemporânea. Marca d’Água Livraria, Río de Janeiro, 2001.