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La traición del Partido Comunista
a Pablo de Rokha

Eligió el camino de la derrota, ¿no cierto? Y estos caminos son escogidos por hombres que no claudican frente a principios que desconocen o a no-principios. Por lo consiguiente, él fue un derrotado desde la partida.

ROBERTO POHLHAMMER


La escena es más o menos así: entra Pablo de Rokha a su casa causando el estruendo de las ventanas por el portazo. Ya dentro, el espacio está colmado por sus hijos, quienes giran en torno a la sala donde está Winétt. El ambiente coloquial se interrumpe y tras una breve conversación con su mujer, De Rokha se dirige hacia todos con pesar: “Lo repito por última vez para que les quede a todos claro en esta casa... pase lo que pase y digan lo que digan, ¡ninguno de ustedes hablará mal del Partido Comunista! Porque yo soy un marxista, soy comunista. ¡Soy el poeta del pueblo y eso nada lo cambiará!”.

Estamos a fines de la década del treinta de un siglo plenamente convulsionado, henchido en la desgracia de la Primera Guerra y el fracaso del bando republicano en la Guerra Civil española. Mientras en España Franco se hace del poder y Hitler es canciller federal desde 1933, las fuerzas políticas populares y medias en Chile se unen convergiendo en el antifascista Frente Popular, liderado por el radical de derecha Pedro Aguirre Cerda, quien se hace del primer periodo presidencial del conglomerado. Pablo Neruda ha vuelto al país para alinearse informalmente en las líneas del Partido Comunista conmovido por la experiencia de la izquierda española. Pero mientras Neruda es bienvenido, el poeta Pablo de Rokha ha sido expulsado por el Comité de Disciplina del partido.

Las causas de dicha decisión, así como la militancia formal de De Rokha en el PC, permanecen dentro de la esfera del mito. Las versiones difieren según a quién se lea o se le pregunte. Algunos dicen que la remoción se debió al amorío que tuvo con la ecuatoriana Magda Cazzone, militante del partido, en instancias en que el poeta estaba casado. Otros sostienen que la expulsión se debió a la petición expresa de Neruda antes de acercarse decididamente al comunismo: o él o De Rokha, pero jamás los dos juntos.

Lo que sí podemos decir con mayor seguridad tiene que ver con las necesidades del PC y la estructura disciplinaria impuesta a sus militantes (o, si se quiere, feligreses). En efecto, el Partido Comunista chileno albergaba a una élite proletaria que se aleja de la figura caricaturesca del subproletariado iletrado, gañán, embrutecido y ahogado en alcohol. Recabarren y Lafertte —junto a las mujeres y hombres influenciados por las giras realizadas por Belén de Sárraga a lo largo del país— habían logrado forjar una minoría proletaria que se caracterizaba por una disciplina férrea. Hábitos que teñían al partido de un rigor moral extraño a la usanza política de la actualidad: esa disciplina de rasgos ascéticos los acercaba a las exigencias de una religión, con la salvedad de que la mayoría de estos creyentes sí intentan integrar creencia y actos.

Las fuentes del partido no acreditan la militancia formal de De Rokha, lo que, para nuestro caso, no llega a ser importante. De Rokha, como tantos escritos y testimonios dan cuenta, se sentía parte íntegra del PC y la directiva comunista se juntó muchas veces a comer y a tomar decisiones en la casa del poeta. A decir de muchos, De Rokha se siente más comunista que los comunistas, y precisamente porque nunca entiende lo que las directrices del partido demandan de él su figura representa una hipérbole del compromiso a la causa. Eso, justamente, convierte en desoladora y traicionera su expulsión.

Estamos frente a un marxista moralista poseedor de una verdad única que se piensa universal. Una suerte de Antígona que no claudica en practicar su saber moral, aunque ello signifique la muerte. Las dos figuras, aunque una desde la tragedia sofocleana y la otra desde nuestra historia, desde el comienzo ya han sido abatidas: “Porque la derrota, vista en los términos en que estas personas son derrotadas, no es otra cosa que no tener éxito en un mundo que uno no acepta; entonces no es la derrota, sino que decir «yo no tendré nunca aceptación ni éxito por cuanto no comulgo con los caminos o procedimientos que hay que utilizar para tener éxito o para tener aceptación»”.34 Antígona, condenada de antemano por ser hija de Edipo, insiste en ir en contra de la autoridad dada por los hombres con el fin de satisfacer la que le parece más alta: la de los dioses; De Rokha, por su insistencia histérica —e inclaudicable— de intentar ser el poeta oficial del pueblo y del partido de los trabajadores —“El creador de la Épica Social Americana en el continente soy yo”35 a sabiendas de su expulsión. Las dos figuras presentan un destino similar al desafiar al Estado en dos sentidos: representan no solo un reto a la autoridad institucional, sino también al estado de la cotidianidad que los circunda y a las formas del sistema social en que viven: es decir, al juego ignominioso de la cotidianidad que les toca profundamente. La paradoja en De Rokha reside en que siendo tal vez el imprecador por excelencia y, por tanto, quien no le rinde pleitesía a nadie, es obsecuente ante la orden del partido, aun después de ser “expulsado” sin motivos claros. Y es aquí en donde la traición saca a relucir la parte nunca antes vista de un animal colérico en vanidad literaria: la humildad ante su destino trágico por medio del gesto de devoción que perdura luego de la expulsión. Una lección de lealtad.

Este afán —“Toda mi obra, toda, absolutamente toda, es trágico-dionisíaca, volcánica, insular, dramática oceánica, como el continente americano”36—, por si alguien vacila ante su veracidad, queda fuera de toda duda en el primer número de la revista Multitud, al escribir De Rokha que la publicación “entiende la existencia, a la manera del devenir trágico” y que “en función de la actitud, afirma que la política es un drama”. Ya en sus comienzos como poeta el sino de seguirse a sí mismo bajo un trayecto inclaudicable y previamente trazado se hace patente por medio del seudónimo con el que firma sus primeros poemas: Job Díaz, alusión directa al personaje del Antiguo Testamento que es puesto a prueba por Lucifer, “el de la luz”, con el afán de que reniegue de Jehová. Se le mandan plagas, su ganado es muerto, su piel es abatida por sarna que la carcome y que él se resigna a rascar con una teja. Sin embargo, Job afronta su infortunado devenir con paciencia, sin maldecir ni renegar. Si bien pronto deja de firmar como personaje religioso, De Rokha persiste en la actitud bíblica ante la traición de su partido: no solo no reniega de este, sino que sigue engrandeciéndolo por medio de su revista. Pero ¿qué es lo que consideramos relevante de esta traición? ¿Cómo darle un sentido que muestre algún tipo de luz que valga la pena mencionar? Vamos por partes.

Si retrocedemos a los años veinte vemos cómo el joven Neftalí Reyes Basoalto llega desde Temuco a Santiago con su poemario Crepusculario entre las manos, para hacerse un lugar como poeta en la capital. Según Teitelboim, la imagen iniciática se resume más o menos así: se anuda en un trío de poetas inexpertos comenzando la segunda década de sus vidas, intentando calmar el sonajeo de las tripas provocado por la inanición. Escriben, rondan las calles del centro sin sentido definido, reniegan del sistema y sobre ese podio ácrata intentan sobrellevar el día a día sin trabajo conocido. Ante ello, aparece la figura discorde del maestro: silueta tremebunda, de rostro adusto y carácter explosivo que además de admiración provoca temblor. Es De Rokha quien interviene el horizonte como una figura paternal aterrorizante que, al tener también las tripas vacías y bocas que alimentar, se muestra aparentemente indiferente a la creación poética de sus súbditos, y a la vez interesado en lo que estos jovenzuelos pueden prodigarle en el negocio de la sobrevivencia, dentro de un capitalismo industrial que intenta aplacar la opción de los descarriados.

Antes del encuentro, el poemario Los gemidos (1922) recién ha sido editado para ser aborrecido por los principales críticos literarios del país. Sin embargo, entre la indiferencia de la mayoría y el abucheo de la crítica especializada (Alone sentencia que “su libro... constituye uno de los mayores documentos de literatura patológica... ochocientas páginas delirantes en formato mayor indican una agitación interna considerable”)37, el joven Neruda le yergue un panegírico en la revista Claridad, órgano de la reciente y ácrata FECH. Un gesto de admiración literaria que podría haberle abierto las puertas al cariño de la bestia, pero que en la actitud cínica-estoica de De Rokha, debía ser rechazado, resonando en su cabeza la voz de Epícteto: “Y si no te sirves de lo que te ofrecen, sino que los desprecias, entonces no solo participarás del banquete de los dioses, sino también de su poder”38. En efecto, el trato que De Rokha da a Neruda y a los otros jóvenes poetas hará que el grupo se rebele ante su autoridad. A decir de Teilteilboim, los imberbes poetas extenuados por las demandas pecuniarias del jefe de la banda —deben sobrevivir en manada, vendiendo libros, pidiendo prestado, perpetrando pillerías o estafas ridículas— planean una conjura que los libere de tamaña autoridad. El lugar escogido para llevarla a cabo es un restaurante céntrico llamado El Hércules. La cita es en el baño. Entra De Rokha a la escena y, como de costumbre, demanda la cifra reunida por los poetas durante esos días. Estos contestan que no hay nada. Neruda, solo después de que los otros ya han hablado, se une tembloroso a la rebelión. De Rokha estalla desconcertado ante la inesperada insurrección39. Se ha quebrado la ilusión idílica de los jóvenes, desencadenándose la primera grieta entre los dos pablos. Este encono solo crecerá, hasta niveles apoteósicos, con el paso del tiempo.

Viniendo del anarquismo, De Rokha se dirige hacia una militancia comprometida con el comunismo hacia 1932, la que expresa por medio del periódico La Opinión. Ese mismo año escribe en el pasquín un artículo titulado “Pablo Neruda, poeta a la moda”, que profundiza la grieta con Neftalí. Este era el calibre de la artillería: “La obra máxima del gran artista se sitúa por encima del suceso y del momento. Los contemporáneos del gran artista solo escuchan el sentido de su ley profunda, le presienten, le intuyen, pero su voz se evade de la comprensión histórica, se evade del presente y del acento del presente, hacia lo eterno” y al contrario “singulariza a estos poetas del medio ambiente, a estos poetas a la moda, a estos poetas siempre a la moda, la maña técnica, el truco, la utilización admirable de la retórica del instante, de la poética del instante, del «acento» del momento. Son gentes astutas que efectúan la diablura del poema a la moda, con un instinto de insectos, que efectúan la diablura del verso, del himno de avanzada, en forma tan perfecta, que no solo engañan a los demás, sino que se engañan a sí mismos, se mistifican a sí mismos”. Se podría creer que, luego del ataque, la diana a la que apuntaba De Rokha llegaría a quebrarse en dos, pero no fue así. Aunque este desprecio lógicamente consolida la pugna entre los poetas, Neruda empieza a obtener la fama que De Rokha ni siquiera roza.

Aunque los dardos no se dirigieron solo a Neruda —dan fe de ello los escritos contra Huidobro— el llamado “hombre piedra”, desde una apreciación nietzscheana, cree ver en la poesía del autor del Canto general la creación de falsos valores que le otorgan la posibilidad de llegar a un público más amplio. No solo critica su impostura en los años venideros, sino que en artículos de corte similar, escritos en los años 1933 y 1934, lo acusa de plagio y tibieza por su ambiguo compromiso político.

Pero volvamos al principio. Fines de los años treinta. Luego de su experiencia en España y su paso por México, Neruda retorna a Chile. Ya es un poeta con fama internacional y la experiencia del comunismo español lo ha decidido a acercarse al Partido Comunista chileno. El coqueteo no se hace esperar y la dirigencia del PC le abre la puerta hasta el fondo. Aunque los cuadernos de Gramsci todavía no eran publicados, no es necesario conocerlos para entender la gran oportunidad que se le presentaba al partido: abrir el abanico hacia un público amplio con una poesía provista de herramientas para lograrlo. Además, hace posible el intento de contrapesar la dominante hegemonía anticomunista, lo que podría traducirse en publicidad positiva para un partido perseguido desde su nacimiento y, finalmente, en el incremento de los votos. Si es verdad que Neruda plantea el famoso “él o yo”, no podemos corroborarlo. Sin embargo, la tesis moralista de una expulsión motivada por el affaire entre De Rokha y Cazzone a espaldas de Winétt, es poco creíble: son públicas las diversas aventuras de Neruda estando casado, sin contar los episodios referidos a la falsa paternidad de Volodia Teitelboim enmascarada según su hijo putativo por motivos de la Guerra Fría.

De ahí que la expulsión del hombre tremebundo no sea solo una traición que engendra un destino trágico: esta es ante todo una traición política. A decir de Naín Nomez, el Partido Comunista no solo ninguneó a De Rokha luego del alejamiento, sino que fue contumaz en boicotearlo tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales40. En el marco de las presentaciones que intentó llevar a cabo en su gira por Latinoamérica, luego de que el gobierno del radical Juan Antonio Ríos lo patrocinara como embajador cultural para promover su poesía, De Rokha siempre se encontró con comunistas que lo abuchearon y trataron de impedir la utilización de los locales acordados para sus presentaciones. En Chile se repiten episodios similares. Cuenta Lukó de Rokha que luego de un par de ediciones de la revista Multitud, el suplementero Zorobabel González reveló que tenía orden de “no recibimiento” desde el PC, señalando que la publicación estaba en contra de la mismísima clase obrera.

La dimensión trágica de esta traición no se debe simplemente a que vislumbremos a De Rokha como un personaje excepcional, sino más bien por la dignidad que expele su actuar. Lo propiamente trágico no se sostiene si la figura que ha sido presa de la envidia de los dioses no manifiesta dignidad en su devenir. De Rokha, más allá de la expulsión arbitraria del partido, entendió que lo que perdía jamás le había pertenecido y todo aquello que sí dependía de sí mismo lo siguió abanderando a corazón batiente. Si bien es traicionado, no sufre un resentimiento que le permita traicionarse a sí mismo: persiste en el flanco comunista haciendo ojos ciegos al oprobio que los mismos comunistas le profieren. En este sentido, pensamos que De Rokha logra sobrepasar la forma de relación que se tenía en ese entonces con la política: su actuar prefigura una ética que solo se verá masivamente en las décadas de los sesenta y setenta. Es un antecedente a la militancia de izquierda que lo entraña todo: cuerpo, alma y cada segundo del día, pero también se escinde radicalmente de esta al corroborar la actitud reciente de gran parte de la exizquierda revolucionaria que sobrevivió a la represión y volvió a la arena política tradicional “adecuándose a los tiempos”. He aquí la figura tal vez más notable ante la traición, si entendemos que el gran móvil del actuar político, dentro de los márgenes democráticos, parece ser la felonía.