ÍNSULA 871-872
JULIO-AGOSTO 2019

Nota: este artículo empieza en la página 3 de la edición en papel. El número entre corchetes [
X] corresponde a la página de esa edición
En esquema, la versión canónica de la historia de la literatura catalana no puede ser más sencilla: a un brillante período medieval sucedió un período multisecular de abandono casi total del catalán como vehículo literario, seguido a su vez, a partir de la cuarta década del Ochocientos, de un renacer que fue el inicio de un proceso gradual de recuperación hasta la asunción, en el siglo XX, de la plena «normalidad», según en teoría la definen las grandes «literaturas nacionales» de Europa y sus extensiones transoceánicas. Para aceptar esta interpretación, sin embargo —en sus propios más que discutibles términos, por supuesto— hay que cerrar los ojos a una insuperable discordancia con el trayecto seguido por la lengua catalana en ese mismo tiempo. En la visión consagrada la castellanización —correctamente, la diglosia— avanza gradualmente durante los siglos XVI y XVII hasta alcanzar su máxima extensión en el último tercio del XVIII. Subyace a esta idea la convicción de que lo que propulsa el proceso es la política activa del poder monárquico en su permanente confrontación con las instituciones «de la tierra». En buena lógica, pues, su culminación tiene que haber llegado con la derrota y abolición de esas instituciones por el absolutismo borbónico tras la Guerra de Sucesión. El razonamiento no es del todo falso, aunque los términos en que se plantea son groseramente anacrónicos, pero lo que sí está completamente equivocado es la cronología. La sustitución prácticamente total del catalán por el castellano como lengua escrita no se da a finales del siglo XVIII, ni siquiera a principios del XIX, sino mediado este último. Sustitución por el español, habría que decir ahora, porque de eso precisamente se trata: el castellano se impone porque pasa a ser la «lengua nacional». La diglosia que, a partir de su insidiosa introducción en el círculo cortesano con el advenimiento de los Trastámaras, había ido progresando durante tres siglos sin pausa, pero también sin prisas dio en los años de la Guerra de Independencia un brusco acelerón que la iba a llevar a su punto máximo hacia los del Sexenio. El brusco cambio de tempo se debe a que lo que había sido el motor del proceso, la movilidad social ascendente, había cedido el paso a la ideología nacionalista: abandonar el catalán por el español pasaba a ser un deber de todo ciudadano; asegurar a todo ciudadano la posibilidad de cumplir con él, una responsabilidad política. Eso significa que el último acto en el proceso de conversión de la sociedad catalana en una sociedad paradigmáticamente diglósica no precedió al supuesto renacimiento del catalán como lengua literaria, sino que coincidió exactamente con él. Eso en sí no sería problema —al fin y al cabo, no es raro que en los cambios históricos las primeras señales aparezcan cuando aún está en su apogeo el viejo estado de cosas— si no fuera porque los agentes [
4] principales de la imposición del español como lengua escrita de los catalanes —como su lengua, puesto que lengua «de la Nación»— fueron exactamente los mismos intelectuales liberales, en su gran mayoría moderados, en los que desde siempre se ha solido reconocer a los protagonistas de la «Renaixença».
Mejor será, pues, cambiar radicalmente de aproximación y examinar la historia de las actividades literarias en Cataluña en conjunto, con independencia de la lengua —y sin presupuestos sobre el inevitable carácter nacional de toda literatura y sobre lo que constituye la evolución normal de tal cosa—. El nombre de «Decadència» que se ha dado tradicionalmente a los tres siglos y pico que preceden a la «Renaixença» está bien escogido, porque, al margen del abandono del catalán, ese fue realmente un período de decadencia en lo que a la literatura se refiere. La vida literaria en Cataluña no pasó nunca de una triste mediocridad, sin brillo ni ambición, y sus horizontes se hicieron si cabe más estrechos con el paso del tiempo. En vísperas de la Guerra de Independencia, se movía mezquinamente dentro de las coordenadas de una cultura provincial de Antiguo Régimen, con el agravante de las severísimas restricciones legales que pesaban sobre la producción de libros. Lejos de la Corte y su concentración de focos de patrocinio y de organismos de la Administración real, no había en absoluto lugar en ella para el personal intelectual dependiente de la protección de los unos y las prebendas de los otros. Lo único que se publicaba, en castellano por supuesto, aparte de lo destinado al consumo popular, eran opúsculos que respondían a una demanda de productos muy específicos —oratorios, discursos panegíricos, sermones de fiesta de congregaciones y cofradías, actos académicos, eventuales solemnidades públicas más gordas— y no transcendían apenas, en su difusión, los estrechos círculos a los cuales iban destinados. Formalmente obedecían a la estética fósil de los estudios de retórica y poética, con ecos muy ocasionales de la literatura cortesana. Los que los producían, prácticamente siempre por encargo, eran profesionales de la enseñanza de las materias citadas, en la universidad de Cervera en primer lugar, pero también en los seminarios tridentinos y los colegios de los escolapios, y clérigos y facultativos que ocupaban sus considerables ocios en tertulias de trastienda y gabinete y en juegos literarios. Lo que se imprimía no era en efecto sino una pequeña y especial parte de una producción, básicamente lúdica, de versos de circunstancia, generalmente jocosos o satíricos, y de circulación manuscrita en principio en un sector muy restringido de personal de las mismas características sociales que los que los escribían. De ahí trascendía, sin embargo, transmitida de viva voz o copiada a mano por chafarderos y correveidiles —y, a partir de octubre de 1792, impresa en el Diario de Barcelona, que en su primera época fue poca cosa más que su caja de resonancia— a un círculo más amplio, pero siempre muy minoritario, de curiosos.
Con la restauración fernandina, la quiebra de la monarquía absoluta tuvo también, por lo menos en Cataluña, su manifestación en el terreno de la vida literaria. Irrumpió entonces en escena un grupo nutrido de aspirantes a escritor según un modelo radicalmente nuevo: Francisco Altés y Gurena (que, algo mayor, se había adelantado un poco a los otros), Juan Larios de Medrano, Ramón Muns y Seriñá, Ramón López Soler, para nombrar solo a los más conocidos. Eran muy jóvenes —el más destacado, Buenaventura Aribau, no tenía aún 18 años cuando publicó el tomito de Ensayos poéticos que mereció los elogios de Meléndez—, aunque en seguida se les sumó algún que otro individuo de bastante más edad que había mantenido hasta entonces en secreto sus íntimas inclinaciones, caso del militar Antonio Puig y Lucá. La mayoría estudiaban, pero no eran estudiantes de Antiguo Régimen, miembros de un estamento reglamentado y hasta uniformado, sino que constituían lo que se empezaba a conocer por «la juventud estudiosa», es decir, no la que, siguiendo las más de las veces el precedente familiar, pasaba simplemente por los trámites necesarios para incorporarse a una u otra facultad, sino la sedienta de conocimientos y ansiosa de educación: seguían los cursos de la universidad o el colegio de medicina o farmacia, pero también, y con igual, si no mayor dedicación, asistían a las clases de matemáticas, física, química, botánica y economía política que ofrecían la Academia de Ciencias y la Junta de Comercio y aprendían por su cuenta —hasta que la misma Junta se decidió a llenar también ese vacío— lenguas modernas. Procedían de la burguesía o, mejor dicho, de los sectores sociales que nutrían una burguesía en pleno proceso de formación: eran hijos de pequeños comerciantes y fabricantes —los hijos de los gordos disponían de otras vías de autorrealización—, de empleados de la Administración pública, alguno de ellos de militar o de hacendado y, la mayoría, de miembros de las facultades que se estaban transformando ellas también en profesiones liberales —y profesión liberal había de ser, a sus ojos, el ejercicio de las letras—. No había entre ellos ningún aristócrata, ni quien se destinara desde un principio al estado eclesiástico, aunque la incertidumbre de un futuro de escritor acabara empujando a alguno por ese camino, igual que haría que alguno se resignase a ser abogado o médico —pero los pocos que en ello caían renunciaban ipso facto a la carrera literaria—. A los otros, la necesidad de ganarse la vida los forzaría pronto a aceptar compromisos y buscar un modus vivendi en una variedad de actividades complementarias, entre las cuales algún tipo de colocación burocrática o pedagógica proveía el grueso de los ingresos o por lo menos su parte estable. Pero no solo era la competencia en el manejo de la pluma lo que les aseguraba los diversos empleos, sino que la condición de escritor era la que los definía socialmente a sus propios ojos y a los del mundo.
Pese a lo difícil que resultó aún torcerle definitivamente el pescuezo al Antiguo Régimen, la transición a una vida literaria regida por las condiciones de la economía capitalista fue ya irreversible. Siguieron apareciendo, en grupos de afinidad o aisladamente, jóvenes aspirantes a escritor a la nueva manera, con todas las mismas características que acabo de exponer: el grupo encabezado por Joaquín Roca y Cornet, Manuel de Cabanyes y Sinibaldo de Mas, Pedro Felipe Monlau, Juan Cortada, el misterioso Joaquín del Castillo. Pero hubo sobre todo, entre 1835 y 1838 —con estertores que se prolongaron hasta 1843— un segundo momento fuerte, semejante al inicial en el número y cohesión de grupo de las nuevas incorporaciones (los adelantados Antonio Ribot y Fontserè y Pedro Mata, más los jovencísimos José Llausás, José Semís, Joaquín Rubió y Ors, Pablo Piferrer, Juan Illas y Vidal y Manuel Milá y Fontanals), pero también en la militancia estético-ideológica: en la combinación de Ilustración y Neoclasicismo la primera vez, en el Romanticismo ahora. Este episodio romántico, que tuvo, guardadas todas las distancias, su «noche de Hernani» en el homenaje a Matilde Díez del 19 de diciembre de 1836, fue brevísimo. A finales de 1837, el grueso de los jovenzuelos protagonistas habían dado un giro ideológico de ciento ochenta grados; los otros, regresados de un primer destierro o de los escondrijos donde les había conducido la represión, intentaron volver a la palestra, pero en 1843 quedaron ya definitivamente arrinconados e incluso forzados por la necesidad a huir a Madrid o a un más lejano exilio. Porque, en la despiadada competencia por las colocaciones que eran las únicas que hacían posible la supervivencia como escritores, los que [
5] se habían alineado con el moderantismo triunfante tenían la decisiva ventaja de gozar del favor de los dos principales dispensadores de empleos, las autoridades y la clase dominante, y más concretamente su sector industrial.
El romanticismo, no sé si hace falta aclararlo, salió de este período turbulento convertido en señor indiscutido del panorama literario catalán, pero —como por lo demás en el resto del reino— lo hizo en la forma edulcorada de una sensibilidad y una estética de época ya totalmente estereotipadas y los ingredientes de rebeldía asocial y mesianismo que aún incluía eran ya huera gesticulación. Pero además, desde el momento mismo de la crisis, el romanticismo en que se acantonó la tendencia literaria dominante era no solo extremadamente conservador, hasta el punto de subordinar completamente los valores estéticos a los de la moral católica, sino muy peculiar, extrañamente circunscrito en las formas, los temas e incluso los géneros. Abandonando la novela, ya que suprimirla era imposible, a los autores extranjeros en traducción —tarea en la cual, con típica hipocresía, pocos se abstenían de participar—, ese romanticismo se encerraba, en lo que a los otros géneros respecta, en el medievalismo de guardarropía y el folklorismo y renunciaba a toda confrontación no solo con la sociedad propia, sino con la realidad física misma del país, sustituyendo su descripción y su evocación lírica por la arqueología, la historia y la leyenda: en los Recuerdos y bellezas de España, emblemático monumento de esa literatura, los recuerdos lo son todo, mientras que las bellezas más bien brillan por su ausencia.
Poema La Pàtria de Bonaventura Carles Aribau, publicado en el diaro El Vapor, 24 de agosto de 1833.
Al tiempo que operaban su drástica selección ideológica de personal y establecían los estrechos límites que los elegidos no podían transgredir, los escritores moderados catalanes buscaban lo que el más avisado —por lo menos en esto— de ellos llamaba ya en 1841 su «independencia literaria». En su voluntad de proyección pública, los escritores de nuevo cuño habían mirado desde el primer momento al ámbito estatal: se habían querido parte de una única «literatura nacional», que, mientras agonizaba aún el Antiguo Régimen, apenas si pasaba del estado de ideal. Con la aparición, a partir de 1835, de un mercado literario nacional, la ventaja con que partían los escritores de la Corte se tradujo en una auténtica colonización de los espacios provinciales, o en cualquier caso del catalán, fenómeno particularmente visible en los terrenos del teatro y de la prensa, donde los versos y artículos reproducidos de los periódicos madrileños excedían en gran proporción a los originales de autores locales. La respuesta obvia parecía ser la del traslado físico a la capital para intentar hacerse un hueco en su mundo literario y hubo, como en otras muchas partes, quien, pese a todas las dificultades, lo intentó —el tortosino Jaime Tió y Víctor Balaguer, concretamente— y muy pronto tuvo que arriar velas.
La estrategia, complementaria más que alternativa, de crear una vasta red interprovincial de núcleos de jóvenes escritores, cada uno con su correspondiente serie de efímeras revistillas —El Idólatra de Galicia, El Recreo Compostelano, El Meteoro y El Nuevo Meteoro de Cádiz, La Sílfide de Santander, El Guadalhorce de Málaga, la mallorquina La Palma, El Fénix de Valencia, La Lira del Tormes y El Salmantino, La Tarántula de Granada, El Liceo de Córdoba, etc., etc., sin olvidar El Pasatiempo de Lérida y El Recuerdo de Tarragona—, no pasaba de proporcionar el mezquino consuelo de la solidaridad, pero a los catalanes les sirvió sin duda para abrir los ojos a las comparativamente superiores posibilidades que ofrecía un eventual mercado regional autónomo propio. Porque mientras que los escritores mismos se habían mostrado relativamente pacatos ante la competencia de la capital, los impresores-editores barceloneses —Bergnes, Oliva, Piferrer, Saurí y otros— se habían despabilado, ya antes de la liberalización del sector, a responder a la emergente demanda regional, en una medida que me parece —aunque en el presente estado de conocimientos es imposible ser tajante— sin parangón en otras ciudades, con la posible excepción de Valencia, e incluso aquí diría que la actividad iba de baja. Al mismo tiempo, Tió, que había intentado sin éxito subirse en Madrid al carro de la moda del drama histórico, tuvo la buena idea de probarlo en Barcelona, pero tomando sus temas de la historia medieval catalana y abrió así una brecha por la que se colaron inmediatamente toda una cuadrilla de jovenzuelos —la primera, Ángela Grassi, con solo quince abriles, seguida de Antonio de Bofarull, Illas y Vidal y otros—. Simultáneamente, se empezó a explotar el mismo filón en la poesía y en el llamémosle ensayo —en el surco abierto en este caso por Piferrer con sus Recuerdos y bellezas— y hubo incluso alguna incursión en el campo de la narrativa, donde había mostrado tempranamente el camino Juan Cortada. Y más aun: con el asesoramiento de los intelectuales, se bautizaron por el mismo estilo calles y plazas, se planearon monumentos —y alguno se realizó— y hasta se diseñó algún programa iconográfico para los pintores del país. Es que, en parte husmeando los vientos que en él soplaban y en parte en pura y simple sintonía con la propia clase, los escritores catalanes —quiérese decir los moderados y los destinados a acabar en el progresismo bien entendido— se estaban descubriendo nada menos que una misión social: dotar de conciencia de grupo, sentido de representación colectiva y señas históricas de identidad a una burguesía en competencia, no exactamente por el poder, sino por la dirección del Estado y cuya convicción de estar marcando la vía del progreso para toda la nación era algo más que la mera sublimación de sus intereses materiales.
La armoniosa relación entre literatura y política de clase no se forjó en un día, claro está, sino a lo largo de un proceso que tuvo su [
6] primer jalón en 1844 con la apoteósica acogida tributada a Cristina en su retorno del exilio y refrendada solo tres meses después en su nueva visita, ahora con las hijas, ocasiones ambas de una auténtica orgía de versos. Y que culminó, el proceso, en 1859 con la fundación de los Juegos Florales de Barcelona, el acontecimiento de amplio eco ciudadano en que, según la versión canónica, se materializaron definitivamente los anuncios de «renaixença» que se habían venido produciendo en moderado crescendo desde los años treinta. Juegos florales los había habido ya en otros lugares del reino desde hacía tiempo, pero, bajo la misma capa cursi y ramplonamente cívica, estos eran otra cosa. Se presentaban no como fundación, sino como restauración de una institución de los gloriosos tiempos medievales de Cataluña. Las poesías que en ellos aspiraban a premio tenían que caer dentro de una u otra de tres categorías, que correspondían al lema tripartito «Patria-Fides-Amor». La amorosa representaba el reconocimiento social de la profesión literaria en conjunto y del escritor individual que en la categoría obtenía el premio: la sociedad necesitaba el adorno espiritual de la poesía —de la cual la de amor era la destilación máxima— y quien lo proveía cumplía una utilísima función. La religiosa confirmaba el innegociable conservadurismo tanto de la literatura como de la política catalanas. La patriótica era muy especial: sin que en ningún momento ello se estipulase explícitamente, daba cabida tan solo a la poesía que hacía revivir el recuerdo de la Cataluña medieval. Last but not least, como dicen en mi tierra de adopción, la poesía que entraba en competición tenía que estar escrita en catalán.
Joaquin Rubió i Ors
Esto último era un engañabobos. Ya que no podemos aspirar a la independencia pura y simple, había escrito Rubió y Ors en 1841, aspiremos por lo menos a la independencia literaria y eso se ha interpretado siempre como inequívoca declaración de intención de «renaixença», entiéndase de voluntad de restaurar a plena vida la literatura escrita en catalán. Pero el curriculum vitæ del interesado, como el de todos y cada uno de sus compañeros de andadura, lo desmiente de la manera más rotunda. En catalán solo escriben poesía, y en general poesía de —y en muchos casos para los— Juegos Florales. Miento: también algún discurso... de presidente o secretario de los Juegos Florales. Los que pronunciaron los individuos correspondientes en el certamen fundacional no podrían haber dejado más claros los estrechísimos límites dentro de los que se confinaba el uso literario del catalán: «Con entusiasmo» —traduzco del primero, Milá y Fontanals— «mezclado con un poco de tristeza, damos aquí a esa lengua una fiesta, le dedicamos un recuerdo filial, le guardamos por lo menos un refugio. A los que nos hagan memoria de las ventajas que trae el olvidarla, diremos que a esas ventajas preferimos retener un sentimiento en un rincón de nuestro pecho [...]». Lo de independencia literaria hay que entenderlo, pues, la cosa es bien clara, en el sentido de la creación de un espacio autónomo dentro de la común literatura nacional española. La función de la restricción al catalán en la ceremonia refrendadora anual era en parte la de proteger ese coto privado de eventuales intrusiones a base de negar a los forasteros las credenciales de miembros legítimos de la comunidad de escritores catalanes, pero más aun la de sellar el pacto tácito de apoyo mutuo entre dichos escritores y la clase dominante. La larga continuidad de la fiesta cívica inaugurada en 1859 es prueba de la solidez del acuerdo.
Pablo Piferrer
Pero la operación exigía que no hubiera otra literatura catalana que la supuestamente restaurada en los Juegos Florales. De ahí la invención del «renacimiento literario del catalán», ya apuntada en el repetidamente citado texto de Rubió de 1841, pero puesta en obra a partir de mediados de los cincuenta y consagrada en 1859 —y de la concomitante falacia de la práctica desaparición anterior de la literatura en la lengua del país—. La verdad es que en catalán no dejó de escribirse nunca y se siguió escribiendo hasta 1859 mismo y, como si los Juegos Florales no existieran, pasada esa fecha. Aunque muerta para la república de las letras, según la famosa constatación de Capmany, no le estaba vedado a esa lengua el acceso al Parnaso —de hecho había en ese empíreo cielo un llamémosle barrio que le era propio, el «Parnaso catalán», cuya divinidad protectora era el más famoso poeta del XVII, Francesc Vicent Garcia, popularmente conocido como «el rector de Vallfogona» y cuyas obras fueron reeditadas cinco veces entre 1820 y 1856, una de ellas, en 1840, nada menos que por Rubió y Ors, que andaba aún algo despistado—. Dicho de otro modo, un cierto cultivo de la poesía era compatible con la diglosia y nunca dejó de serlo. Era una poesía especial, imperturbablemente anclada en los modelos seiscentistas y restringida en las formas y los temas, casi siempre circunstancial y muy a menudo jocosa, aunque cuando la circunstancia era solemne —las dobles bodas reales de 1802, por ejemplo, la de Isabel II, las fiestas de la Jura de 1833, la salida del obispo Claret para su sede de Santiago de Cuba en 1850, el solemne traslado a Barcelona de los restos de Capmany en 1857— o memorable —una victoria contra los franceses en 1796, un concierto de Liszt en 1845— sabía ponerse decentemente a la altura, aunque, eso sí, en los términos prescritos por la preceptiva escolar: a base casi exclusivamente de sonetos y octavas reales. Aunque raramente, también se elevaba a veces a mayores ambiciones sin que mediara pretexto y lo hacía entonces en homenaje sentimental a la lengua habitualmente desdeñada y en prueba de que el desdén no era imputable a unas cualesquiera deficiencias intrínsecas. Se demostraba, por ejemplo, su capacidad para traducir grandes textos —todos los himnos del breviario romano por Muns y Seriñá, Gli animali parlanti de Casti y la Gerusalemme liberata por Martí y Cortada— pero también se ensayaba el poema épico —el mal llamado Les Comunitats de Castella de Puigblanch, en realidad la epopeya inacabada de la revolución liberal española—. Como en este caso, había [
7] sido lo más frecuente que estos ejercicios quedasen inéditos e incluso incompletos, pero a medida que avanzaba el siglo más de uno se llegó a imprimir, notablemente Lo vot cumplert, poema romántico con el cual en 1836 Pedro Mata quiso dejar constancia —por una vez— de que en catalán se podía, si así se le antojaba a uno un día, escribir poesía a la más rabiosa moda. Y es que si los versos en catalán habían circulado casi exclusivamente en forma manuscrita y en ámbitos relativamente cerrados, en el siglo XIX, ironías de la historia, el advenimiento de la prensa y el incremento de la producción impresa amplió mucho su difusión. Los que cultivaban esta poesía eran mayoritariamente individuos que perpetuaban la figura del escritor de Antiguo Régimen —propietarios rurales, facultativos de pequeña ciudad, curas—, pero no desdeñaban hacerlo ocasionalmente escritores de los de nuevo cuño —Larios de Medrano, Aribau, Muns, Mata, Gironella y algunos más— y lo haría habitualmente, a partir de los sesenta, una nueva generación, de ideología republicana, precisamente para mofarse sin piedad de la «Renaixença» y los Juegos Florales.
Manuel Milà i Fontanals
Ante la realidad de esta tradición viva de literatura en catalán que desmentía los fundamentos mismos de su propio tinglado político-literario, los inventores de la «Renaixença» adoptaron la doble estrategia del «si sale cara, gano yo y si cruz, pierdes tú». (La posteridad, dicho sea de paso, adoptó pronto una aproximación mucho más cómoda: si está en catalán, señal de «renaixença», sea lo que sea). Lo que no podían denigrar, lo cooptaron como «precedente» —caso del poema épico inacabado de Antonio Puigblanch— o como parte, incluso esencialísima, del propio supuesto movimiento restaurador, aunque para ello hubieran de proceder a manipulaciones tan groseras como la de convertir en «Oda a la patria» los versos de felicitación de Aribau a su patrón en el día de su onomástica. A menudo también, cuando eran cosas dispersas, lo dejaron pasar en silencio, como si no existiera. Lo otro, se dedicaron a desprestigiarlo a bulto, con saña feroz, caracterizándolo de anticuado, plebeyo e incompetente, la agónica supervivencia de la ya de por sí vulgar poesía seiscentista «vallfogonesca». Anticuado y plebeyo, en general lo era y en general no exactamente brillante. Pero no era puramente una vía muerta: Clavé encontró ahí la inspiración para las letras de sus mazurcas, polcas, valses, chotis y americanas —más moderno...—. En cambio los «renacentistas», para entronizar en su lugar un tan respetable como tieso y helado cadáver embalsamado a quien rendir vacío culto una vez al año, quisieron liquidar lo que aún quedaba, modesto y limitado como era, de literatura catalana viva.
De un pelo anduvo que no se salieran con la suya. Al final hubo restauración del catalán a plena condición de lengua literaria, pero cuando llegó nada les debió a ellos, sino que fue, como dijo en su día Eduard Valentí, «sin más ni más, un comienzo». Solo que empeñarse en verlo en términos de renacimiento, que es decir de concepción nacional de la historia de la literatura, es condenarse a no entender nada. Sencillamente, unos cambios sociales trajeron un día la diglosia a Cataluña y otros, siglos más tarde, provocaron la reacción contra ella y su regresión. Aquellos están, a grandes líneas, claros; estos esperan aún quien los investigue.
J. L. M.—UNIVERSITY OF LIVERPOOL (REINO UNIDO)