Cierre los ojos e imagínese una mesa, una buena mesa, en la que le gustaría trabajar. ¿De qué tamaño sería? ¿De qué tipo de madera estaría hecha? ¿Cómo se unirían las partes de madera? ¿Estaría barnizada, pulida o sólo cepillada? ¿Qué otras características tendría? Imagínesela con tanta viveza como pueda.
Ahora observe con detenimiento una mesa real.
¿De qué mesa puede estar seguro de saber la verdad?
¿De qué se puede estar más seguro, del contenido de nuestra mente o de los objetos que percibimos mediante nuestro sentidos? ¿Qué es más real, la mente o la materia?
El debate que surge a raíz de estas sencillas preguntas ha sido central en toda filosofía.
En la actualidad, la mayoría de nosotros opta por la materia y los objetos ante la mente y las ideas. Tendemos a considerar los objetos físicos como el patrón de la realidad. Por el contrario, Platón afirmaba que las ideas son la esencia de las cosas. En la Antigüedad, los objetos del ojo de la mente se consideraban realidades eternas de las que se podía estar realmente seguro, al contrario que las superficies externas transitorias que estaban ahí fuera. Lo que quiero decir es que antes no se creía en un universo en el que la mente precedía a la materia porque se hubieran sopesado cuidadosamente los argumentos filosóficos de ambos lados y se hubiera llegado a una conclusión razonable, sino porque el mundo se concebía con la creencia de que la mente era anterior a la materia.
Si bien ahora nuestros pensamientos son apagados y vagos en comparación con las impresiones que nos llegan a traves de los sentidos, en la Antigüedad sucedía lo contrario. La gente de aquel entonces tenía menos conciencia de los objetos físicos. Para ellos, éstos no se definían y diferenciaban de un modo tan radical como para nosotros.

Un irritante comentario que les gusta hacer a los guías en las visitas a ruinas antiguas es el siguiente: «Observen este grabado de mujeres lavando la ropa en el río, o de hombres sembrando; pueden ver exactamente la misma escena al natural muy cerca de aquí.» Hay dos tipos de historia, una de las cuales se basa en el enfoque contemporáneo y sensato que da por sentado que la naturaleza humana no ha cambiado mucho con los años. Esta historia pertenece al otro tipo. En ella, la conciencia cambia de una era a otra, incluso de generación en generación. Obsérvese el dibujo de un árbol en una tumba de la octava Dinastía, vago desde el punto de vista anatómico y un tanto superficial. A los artistas que pintaron esas paredes les interesaban menos los objetos físicos que los dioses representados a sólo unos pasos en el sanctasanctórum del templo. En lo que se fijaban con detalle y con la máxima concentración era en los objetos que veían con los ojos de la mente. Éstos se representaban en imágenes doradas, enjoyados y con todo lujo de detalles. El contenido de esta historia es pues todo lo contrario de lo que nuestro guía turístico podría decir, a saber, que cualquier similitud entre las mujeres lavando de la actualidad y las mujeres lavando de hace cuatro o cinco mil años es poco más que una cuestión de apariencias.
Si observa el dibujo de un árbol en las paredes de un antiguo templo, se dará cuenta de que el artista no se ha fijado realmente en cómo se unen las ramas al tronco.

Anillo con sello de Micenas en el que se ven unas sacerdotisas con adormidera. Quienes hayan tomado drogas como la marihuana, o alucinógenos como el LSD, tal vez están familiarizados con el hecho de experimentar un pensamiento en todo su esplendor multidimensional y en constante cambio. William Emboden, profesor de Biología de la Universidad Estatal de California, ha publicado convincentes trabajos que demuestran que en el Antiguo Egipto se usaba el lirio africano, junto con el opio y la raíz de mandrágora, para provocar un estado de trance.
En la Antigüedad, nadie contemplaba un árbol de la forma en que lo hacemos ahora.
En la actualidad, tendemos a pensar de un modo muy reduccionista. Solemos seguir la moda intelectual reinante, que considera que las ideas no son más que palabras (tal vez con la sombra de otras cosas, como sentimientos, imágenes, etcétera), pero que sólo las palabras en sí mismas tienen verdadera relevancia.
Sin embargo, si adoptamos este punto de vista en boga, aunque sólo sea por un momento, veremos que se opone abiertamente a la experiencia cotidiana. Por ejemplo, considere un pensamiento en apariencia banal e irrelevante, como: «No debo olvidarme de llamar a mi madre esta noche.» Si ahora tratamos de analizar ese pensamiento mientras se abre paso por nuestra conciencia, si tratamos de retenerlo para arrojar un poco de luz sobre él, quizá veamos que contiene una serie de asociaciones de palabras, tal como se revelaría en el test de un psicoanalista. Concentrándonos más, podría llegar a ser perfectamente evidente que esas asociaciones tienen su raíz en recuerdos que suponen sentimientos, y que incluso pueden llevar consigo sus propios impulsos. El sentimiento de culpa por no haber telefoneado antes a mi madre, tal como nos cuentan ahora los psicoanalistas, hunde sus raíces en un complejo conjunto de sentimientos que se remontan a la infancia (deseo, ira, sensación de pérdida y traición, dependencia y deseo de libertad). Cuando contemplo mis sentimientos negativos, surgen otros impulsos (tal vez nostalgia de cuando todo iba mejor, de cuando mi madre y yo estábamos unidos) y se reactiva un viejo patrón de conducta.
Mientras seguimos tratando de analizar este pensamiento, él se moverá hacia aquí y hacia allá. El propio hecho de examinarlo lo altera, provoca reacciones, a veces incluso contradictorias. Un pensamiento nunca está inmóvil, sino que es algo vivo que, en definitiva, no puede identificarse con la letra muerta del lenguaje. Por eso, Schopenhauer, otro defensor de la filosofía mística clave para este libro, dijo que «en cuanto intentas traducir un pensamiento a palabras, deja de ser cierto».
Dimensiones enteras resplandecen en el lado oscuro hasta del pensamiento más aburrido y vulgar.
Los hombres y mujeres sabios de la Antigüedad sabían cómo relacionarse con esas dimensiones, y durante muchos milenios crearon y perfeccionaron imágenes para llevar a cabo exactamente esta función. Tal como se enseñaba en las escuelas mistéricas, la más antigua historia del mundo se expone en una serie de imágenes de este tipo.
Antes de considerar estas imágenes poderosas y evocadoras, quiero pedir al lector que participe en un ejercicio de imaginación, que intente representarse cómo experimentaba el mundo alguien del pasado, un candidato que quisiera iniciarse en una escuela mistérica.
Por supuesto se trata de una forma de ver el mundo totalmente alucinatoria desde el punto de vista de la ciencia contemporánea, pero, conforme avance esta narración, conoceremos cada vez más datos que sugieren que muchos de estos grandes personajes de la historia cultivaron a propósito ese antiguo estado de conciencia. Tal como veremos, creían que eso les permitía ver cómo era el mundo en realidad, cómo funcionaba, en cierto modo de manera superior a cómo funciona en la actualidad. Devolvieron al «mundo real» concepciones que cambiaron el curso de la historia, no sólo inspirando las mayores obras del arte y la literatura, sino impulsando algunos de los descubrimientos científicos más importantes.
Por lo tanto, tratemos de meternos en la mente de alguien que vivió hace dos mil quinientos años, caminando por el monte hasta llegar a un bosquecillo sagrado o a un templo, como Newgrange en Irlanda, o Eleusis en Grecia...
Para esa persona, el bosque y todo lo que éste contenía estaba vivo. Todo lo que lo rodeaba lo estaba observando a él. Espíritus invisibles susurraban en los movimientos de los árboles. La brisa que le acariciaba la mejilla era el gesto de un dios. Si el choque de las bolsas de aire del cielo daba lugar a truenos, se trataba de un arrebato de la voluntad cósmica, y tal vez caminaba entonces un poco más rápido. ¿Quizá se refugiaba en una cueva?
Cuando en la Antigüedad un hombre se aventuraba a entrar en una cueva, tenía la extraña sensación de entrar dentro de su propia calavera, de aislarse en su propio espacio mental privado. Si subía a lo alto de una montaña, notaba que su conciencia corría hacia el horizonte en todas direcciones, hacia los extremos del cosmos, y se sentía en sintonía con él. Por la noche, creía que el cielo era la mente del cosmos.
Al recorrer un camino por el monte, sentía intensamente que estaba siguiendo su destino. En la actualidad, cualquiera de nosotros se preguntaría: ¿Cómo he acabado teniendo esta vida que parece tener nada o muy poco que ver conmigo? Esa forma de pensar sería inconcebible para los antiguos, cuando todo el mundo era consciente del lugar que ocupaba en el cosmos.
Todo lo que le pasaba (incluso ver un corpúsculo flotando en un rayo de sol, escuchar el zumbido de una abeja o ver posarse un gorrión) estaba predestinado a ser así. Todo le hablaba. Todo era un castigo, una recompensa, un aviso o una premonición. Por ejemplo, si veía un búho, no sólo era el símbolo de la diosa Atenea, sino la propia diosa. Parte de ella, tal vez un dedo amonestador, se había introducido en el mundo físico y en la conciencia de quien lo veía.
Es importante entender la forma concreta en que los seres humanos sentían la afinidad con el mundo físico según los habitantes de la Antigüedad. Creían, de un modo bastante literal, que no hay nada en nuestro interior que no tenga su correspondencia en la naturaleza. Por ejemplo, los gusanos tienen la misma forma que los intestinos, y procesan la materia igual que estos conductos. Los pulmones, que nos permiten movernos libremente por el espacio con una libertad parecida a la de una ave, tienen forma de pájaro. El mundo visible era la humanidad puesta del revés. El pulmón y el pájaro eran expresiones del mismo espíritu cósmico, pero de maneras diferentes.
Para los maestros de las escuelas mistéricas era significativo que, si se miraban los órganos internos del cuerpo humano desde arriba, su disposición fuera un reflejo del sistema solar.
Por lo tanto, en opinión de los antiguos, toda biología era astrobiología. En la actualidad, sabemos muy bien que el sol da vida y energía a los seres vivos, que hace germinar la semilla para que de ella nazca una planta, logrando con paciencia que crezca, pero en el pasado se creía además que las fuerzas de la luna tendían a aplanar y ensanchar las plantas. Y pensaban que las plantas bulbosas, como los tubérculos, se veían especialmente afectadas por ella.

Dibujo contemporáneo, al estilo de Rudolf Steiner, que ilustra la disposición de los órganos humanos tal como se enseña en la filosofía rosacruz.
Tal vez lo que resulte más sorprendente es que se creía que las complejas formas simétricas de las plantas seguían los perfiles que las estrellas y los planetas describen al desplazarse por el cielo. La trayectoria ondulada que sigue un cuerpo celeste se observa también en el movimiento de una hoja al crecer, o de una flor. Por ejemplo, en Saturno, que tiene un perfil agudo en el cielo, veían la forma de las punzantes y puntiagudas hojas de las coníferas. ¿Acaso es una coincidencia que la ciencia contemporánea haya demostrado que el pino contiene una cantidad inusualmente grande de plomo, el metal al que los antiguos creían que daba vida el planeta Saturno?
De un modo parecido, en la Antigüedad se pensaba que la forma del cuerpo humano se veía afectada por los perfiles descritos en el cielo por las estrellas y los planetas. Por ejemplo, los movimientos de los planetas se inscribían en el cuerpo humano en el trazado de las costillas y en la lemniscata (figura curva en forma de 8) de los nervios centrípetos.
La ciencia ha acuñado el término «biorritmos» para describir el modo en que la relación de la Tierra con la luna y el sol, marcada por la secuencia de las estaciones y por la sucesión del ciclo diurno y nocturno, influye, desde el punto de vista bioquímico, en la fisiología de todo ser vivo, como por ejemplo en los patrones de sueño. Pero aparte de estos ritmos más evidentes, en la Antigüedad se admitía la existencia de otros más complejos desde el punto de vista matemático, en los que intervenían las esferas más alejadas del cosmos, que se abrían paso hacia la vida humana. Los humanos respiran una media de 25.920 veces al día, lo cual se corresponde con el número de años del Gran Año platónico (es decir, el tiempo que el sol tarda en completar un ciclo completo del zodiaco). La duración media o «ideal» de la vida humana (setenta y dos años) también contiene el mismo número de días.
Esta sensación de interconexión no se limitaba al ámbito corporal, sino que abarcaba también la conciencia. Cuando nuestro hombre del pasado daba un paseo y veía una bandada de pájaros que volaban tan juntos que parecían uno solo, la bandada le parecía una sola ave impulsada al unísono por un mismo pensamiento (de hecho, pensaba que así era). Si los animales del bosque se movían a la vez, de un modo repentino y violento, presas del pánico, creía que los había impulsado Pan. Nuestro hombre estaba seguro de que eso era lo que estaba sucediendo, porque sentía que los grandes espíritus pensaban a través de sí mismo y a través de los demás a un tiempo. Sabía que, cuando llegase a la escuela mistérica y su maestro espiritual les transmitiera nuevas ideas asombrosas tanto a él como a sus compañeros de clase, todos experimentarían los mismos pensamientos, como si el maestro sostuviera objetos físicos para que todos los vieran. De hecho, se sentía más cerca de la gente cuando compartían sus pensamientos que con la mera proximidad física.
En la actualidad, tendemos a experimentar un fuerte sentido de propiedad respecto a nuestras ideas. Queremos que se nos reconozca mérito por haberlas tenido, y nos gusta pensar que nuestro espacio mental privado está preservado, que ninguna otra conciencia puede inmiscuirse en él.
Sin embargo, no es necesario que nos extendamos mucho en estas suposiciones para saber que no siempre se ajustan a la realidad. Para ser sinceros, debemos admitir que no somos nosotros quienes generamos nuestras ideas. Incluso genios como Newton, Kepler, Leonardo, Edison y Tesla dijeron que la inspiración les venía como si fuera un sueño, y a veces literalmente en el sueño. A todos nosotros, las ideas cotidianas nos llegan de un modo natural. Coloquialmente usamos expresiones como «se me ha ocurrido que...» o «me viene a la mente que...». Si eres afortunado, puede suceder que, de vez en cuando, te venga a la mente una ocurrencia innovadora perfectamente formulada. Por supuesto, entonces te vanaglorias de tu dicha, pero la pura realidad es que la ocurrencia es probable que haya salido en tu boca antes de tener tiempo de formularla de manera consciente.
Lo que nos dice la experiencia cotidiana es que las ideas se introducen de un modo bastante rutinario en lo que nos gusta pensar que es nuestro espacio mental privado, procedentes de otro lugar. En la Antigüedad se creía que ese «otro lugar» era «otro individuo», ya fuera éste un dios, un ángel o un espíritu.
Y a una persona no siempre la impulsa el mismo dios, ángel o espíritu. Mientras que en la actualidad nos gusta pensar que cada uno de nosotros tiene un centro de conciencia propio dentro del cerebro, en la Antigüedad se creía que cada persona tenía varios centros de conciencia distintos que se originaban fuera del cerebro.
Como veíamos antes, se pensaba que los dioses, los ángeles y los espíritus eran emanaciones de la gran mente cósmica (es decir, Seres del Pensamiento). Lo que le pido que considere ahora es que esos importantes Seres del Pensamiento se expresaban a través de la gente. Si en la actualidad creemos con toda naturalidad que la gente piensa, los antiguos consideraban que eran los pensamientos los que habitaban dentro de la gente.
Tal como veremos más adelante, dioses, ángeles y espíritus pueden propiciar importantes cambios en la suerte de un país. El centro de estos cambios será a menudo un individuo. Por ejemplo, Alejandro Magno o Napoleón eran vehículos de un gran espíritu, y durante un tiempo lo tuvieron todo de cara de un modo fuera de lo común. Nadie podía hacerles frente, y triunfaron en cuanto llevaron a cabo, hasta que el espíritu los abandonó. Entonces, de repente, todo empezó a ir mal.
Vemos el mismo proceso en el caso de artistas que se convierten en vehículos de la expresión de un dios o de un espíritu durante un determinado período de sus vidas. En ese momento, parecen «encontrar su voz» y crean una obra maestra tras otra con mano firme, transformando a veces la conciencia de toda una generación, modificando incluso totalmente el rumbo de una cultura dentro de la historia. Pero cuando el espíritu se marcha, el artista nunca vuelve a crear con el mismo grado de genialidad.
De modo similar, si un espíritu se introduce en un individuo para crear una obra de arte, ese mismo gran espíritu puede estar de nuevo presente cuando esa obra de arte es contemplada por los demás. Uno de sus contemporáneos dijo: «Cuando Bach toca el órgano, incluso Dios viene a misa.»
En la actualidad, muchos cristianos creen que Dios está presente en el pan y el vino, en el momento culminante de la misa, aunque de un modo bastante evasivo que los siglos de debate teológico nunca han logrado definir con certeza. Por otra parte, si se estudian las liturgias del Antiguo Egipto que han sobrevivido, como el Libro del ritual de apertura de la boca, o se consultan las crónicas guardadas en el templo de las Vírgenes Vestales de Roma, que contienen las «epifanías» (o apariciones divinas) habituales, resulta bastante evidente que en aquella época se esperaba que los dioses estuvieran presentes en el clímax de las ceremonias religiosas (y de un modo mucho más imponente que en los actuales servicios religiosos cristianos). A la gente de la Antigüedad, la presencia divina les infundía un temor reverente.
Cuando un pensamiento se le ocurría al hombre que caminaba por el bosque, lo sentía como si hubiera sido rozado por el ala de un ángel o por la túnica de un dios. Notaba una presencia, aunque no siempre pudiera percibirla directamente y con todo detalle. Sin embargo, una vez dentro del recinto sagrado, no sólo podía notar el ala, o las turbulentas ondas de luz y energía que formaban la túnica, sino que, en medio de la luz, veía al propio ángel o dios. En esas ocasiones, creía percibir realmente la presencia de un ser del reino espiritual.
En la actualidad consideramos los momentos de iluminación como fenómenos internos, mientras que antaño se creía que asaltaban a alguien desde el exterior. El hombre al que hemos estado siguiendo, esperaba que el Ser del Pensamiento que veía fuera visible también para los demás (hoy calificaríamos eso de alucinación colectiva).
Ignoramos cómo afrontar ese tipo de experiencias. Ignoramos cómo actuar ante un espíritu incorpóreo. Ignoramos quiénes son esos espíritus. Hoy en día, a menudo parece que busquemos una y otra vez una experiencia espiritual auténtica, pero rara vez estamos seguros de haber tenido una que merezca propiamente ese nombre. Nuestros antepasados creían tan firmemente en los espíritus que nunca se les hubiera ocurrido negar la existencia del mundo espiritual. De hecho, a los habitantes del antiguo mundo les hubiera costado tanto dudar de la existencia de los espíritus como a nosotros no creer en la mesa o el libro que tenemos delante.
La actual escasez de experiencias dificulta que se crea en espíritus incorpóreos. De hecho, la Iglesia predica que creer es admirable precisamente porque es algo difícil. Según parece, cuanto más desproporcionada sea la creencia respecto a lo evidente, mejor. Esto hubiera parecido absurdo en el mundo antiguo.
Si se cree en un universo en el que la mente precede a la materia, si se cree que las ideas son más reales que los objetos, tal como lo hacían los habitantes de la Antigüedad, las alucinaciones colectivas son, por supuesto, mucho más fáciles de aceptar que si se cree en un universo en el que la materia es anterior a la mente; en ese caso, son casi imposibles de explicar.
En esta historia, los dioses y los espíritus controlan el mundo material y ejercen poder sobre él. También veremos cómo, a veces, irrumpen seres incorpóreos que no han sido invitados. En ocasiones, comunidades enteras se ven poseídas por una convulsión de desenfreno sexual incontrolable.
Por eso, comunicarse con los espíritus se ha considerado siempre sumamente peligroso. En la Antigüedad, la comunión «controlada» con los dioses y los espíritus se reservaba exclusivamente a las escuelas mistéricas.
Robert Temple, que actualmente es profesor visitante de Humanidades, Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Louisville, en Estados Unidos, y profesor visitante de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Tsinghua, Pekín, ha demostrado que antiguas culturas como la china y la egipcia tenían un conocimiento del universo que, en cierto sentido, era más avanzado que el nuestro. Por ejemplo, ha explicado cómo los egipcios, lejos de ser primitivos o estar atrasados en estas cuestiones, sabían que Sirius era un sistema formado por tres estrellas, cosa que no fue «descubierta» por la ciencia moderna hasta 1995, cuando astrónomos franceses, dotados de potentes radiotelescopios, detectaron una estrella enana roja, más tarde llamada Sirius C. Lo cierto es que los antiguos egipcios no eran ni ignorantes ni ingenuos, aunque tal vez estemos tentados de considerarlos así.
Una de las creencias absurdas que nos gusta atribuir a los antiguos pobladores del mundo es que adoraban al sol como si creyeran que ese astro era un ser con sentimientos. El comentario de Robert Temple sobre los textos clave de Aristóteles, Estrabón y otros, muestra que lo que creían era que el sol era una especie de lente a través de la cual un dios irradiaba su influencia espiritual desde su reino a la Tierra. Otros dioses hacían llegar su influencia a través de otros planetas y constelaciones. Conforme cambiaban las posiciones de los cuerpos celestes, los diversos patrones de influencia iban dictando el rumbo y la estructura de la historia.

Relieve romano del siglo I en el que se ve a un candidato que es conducido a una ceremonia de iniciación.
Volviendo al hombre que caminaba por el bosque en la Antigüedad, ahora sabemos que percibía cómo los espíritus tras el sol, la luna y otros cuerpos celestes actuaban en diferentes partes de su mente y de su cuerpo. Sentía que sus extremidades se movían como el ágil Mercurio, y notaba el espíritu de Marte rugiendo en su interior, en el salvaje río de hierro fundido que era su sangre.
Su riñón en cambio se veía afectado por el movimiento de Venus. La ciencia contemporánea está ahora empezando a entender el papel que desempeña el riñón en la sexualidad. A principios del siglo XX se descubrió el papel de éste en las reservas de testosterona. Entonces, en la década de 1980, el importante laboratorio farmacéutico suizo Weleda comenzó a realizar estudios que demostraban que los movimientos de los planetas producían alteraciones químicas en las soluciones de sales metálicas, lo suficientemente espectaculares como para que se vieran a simple vista, incluso aunque esas influencias fueran demasiado sutiles como para ser medidas con cualquier procedimiento científico inventado hasta el momento. Lo que es aún más destacable es que estos espectaculares cambios en las soluciones y las sales se produzcan en relación con el movimiento del planeta con el que se ha asociado tradicionalmente cada metal. Así, las sales de cobre contenidas en el hígado se ven afectadas por Venus, siendo el cobre el metal con el que se ha relacionado a Venus. Es posible que la ciencia contemporánea esté a punto de confirmar lo que los antiguos ya sabían con certeza. Es por completo acertado decir que Venus es el planeta del deseo.
En las escuelas mistéricas se enseñaba por ejemplo que, además de la conciencia mental que todos tenemos, una conciencia emocional que emana del sol se introduce en nuestro espacio mental a través del corazón. Dicho de otro modo, el corazón es la puerta por la que el dios Sol entra en nuestras vidas. Asimismo, una especie de conciencia asociada al hígado emana de Venus y se introduce en nosotros, extendiéndose a la mente y al cuerpo a través de la puerta de nuestros riñones. La interacción de estos distintos centros de conciencia nos hace unas veces cariñosos, otras asriscos, otras melancólicos, inquietos, valientes, pensativos, etcétera, lo cual da forma a la singularidad de la experiencia humana.
De este modo, actuando a través de los distintos centros de conciencia, los dioses de los planetas y las constelaciones nos preparan para las grandes experiencias, las grandes pruebas a las que el cosmos quiere que nos sometamos. La estructura profunda de nuestras vidas viene determinada por los movimientos de los cuerpos celestes.
Me veo abocado al deseo por Venus y, cuando vuelve Saturno, soy severamente puesto a prueba.
En este capítulo ya hemos recurrido a algunos de los ejercicios de imaginación utilizados en la doctrina esotérica. En el próximo capítulo, atrevasaremos el umbral de las escuelas mistéricas y empezaremos a seguir la historia antigua del cosmos.