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El círculo, la figura perfecta: Platón

Aunque a veces se le caracteriza como matemático y filósofo, Platón fue más, mucho más, lo segundo que lo primero. En cualquier caso, en algunos de sus libros nos transmitió aspectos básicos del pensamiento científico heleno: como, por ejemplo, la importancia que para muchos de los filósofos-científicos de su época tuvo la geometría —para ellos perfecta— del círculo. Esa importancia se plasmó especialmente, durante dos mil años, en la descripción de los movimientos de los cuerpos celestes, en la que los círculos, las circunferencias reinaron supremas (pronto, es cierto, en una enmarañada mezcla de epiciclos, deferentes y excéntricas) hasta la llegada de la elipse con Kepler a comienzos de siglo XVII.

En los siguientes pasajes de una de sus obras, Timeo, encontramos algunos de los argumentos utilizados en la defensa del círculo, junto a otros que se refieren a la propia naturaleza del universo.

TIMEO

El constructor del mundo lo ha compuesto [...] de todo el fuego, de todo el aire, de toda el agua y de toda la tierra, y no ha dejado fuera del mundo ninguna parte de ningún elemento, como tampoco ninguna cualidad. Y lo ha combinado así, primero para que fuera único, sin que fuera de él quedara nada de lo que pudiera nacer otro viviente de la misma clase; y, finalmente, para que se viera libre de vejez y enfermedades. Pues él sabía bien que, en un cuerpo compuesto, las sustancias calientes y frías y, de una manera general, todas aquellas que poseen propiedades energetizantes, cuando rodean a este compuesto desde fuera y se aplican a él sin un propósito determinado, lo disuelven, hacen entrar en él las enfermedades y la vejez y de esta manera lo hacen perecer [...]

En cuanto a su figura, le ha dado la que mejor le conviene y la que tiene afinidad con él. En efecto, al Viviente que debe envolver en sí mismo a todos los vivientes, la figura que le conviene es la que contiene en sí a todas las figuras posibles. Esta es la razón por la que el demiurgo ha constituido el mundo en forma esférica y circular, siendo las distancias por todas partes iguales, desde el centro hasta los extremos. Esa es la más perfecta de todas las figuras y la más completamente semejante a sí misma. Pues el demiurgo pensó que lo semejante es mil veces más bello que lo desemejante.

En cuanto a la totalidad de su superficie exterior, la ha pulido y redondeado exactamente, y esto es por varias razones. En primer lugar, en efecto, el Mundo no tenía ninguna necesidad de ojos, ya que no quedaba nada visible fuera de él, ni de orejas, ya que tampoco quedaba nada audible. No le rodeaba ninguna atmósfera que hubiera exigido una respiración. Tampoco tenía necesidad de ningún órgano, bien fuera para absorber el alimento, bien para expeler lo que anteriormente hubiera asimilado. Pues nada podía salir de él por ninguna parte, y nada tampoco podía entrar en él, ya que fuera de él no había nada. En efecto, es el Mundo mismo el que se da su propio alimento por su propia destrucción. Todas sus pasiones y todas sus operaciones se producen en él, por sí mismo, de acuerdo con la intención de su autor. Pues el que lo construyó pensó que sería mejor si se bastaba a sí mismo, en lugar de tener necesidad de alguna otra cosa. No tenían para él ninguna utilidad las manos, hechas para coger o apartar algo, y el artista pensó que no había necesidad de dotarle de estos miembros superfluos, ni le eran tampoco útiles los pies, ni, en general, ningún órgano adaptado a la marcha.

Le dio, en efecto, el movimiento corporal que le convenía, aquel de los siete movimientos que está relacionado principalmente con el entendimiento y la reflexión. Por esta razón, imprimiendo sobre él una revolución uniforme en el mismo lugar, hizo que se moviera con una rotación circular; y lo privó de los otros seis movimientos y le impidió que anduviera errante por ellos.

PLATÓN (Atenas, c. 427-Atenas, 347 a. C.). Nacido en el seno de una familia patricia de Atenas, su destino natural era la política, pero bajo la influencia de Sócrates, de quien fue discípulo, llegó a considerar los asuntos políticos con mucho escepticismo, convirtiéndose en filósofo y maestro. Después de viajar durante algún tiempo por Sicilia y tal vez por Egipto, en el 388 a. C. regresó a su ciudad natal, donde estableció su famosa Academia. Las obras suyas que han sobrevivido, como el Timeo, la República o las Leyes, adoptan la forma de diálogos, y en todas ellas aparece la figura, idealizada, de Sócrates.