
Para ser sincero, hubiera preferido comenzar esta antología por un texto diferente, por uno que tratara de un tema matemático o astronómico en el que la «pureza», o, mejor, el «desinterés» del deseo humano por comprender su entorno, la naturaleza, apareciese con mayor —aunque fuese aparente— transparencia, espontaneidad y fuerza. Sin embargo, iniciamos nuestra singladura con la medicina, un conjunto de saberes inevitable y razonablemente más interesado en nosotros mismos, en nuestros cuerpos, en nuestra salud. Esto no quiere decir, en modo alguno, que no se trate de una ciencia. Pero la cronología manda, y no he sido capaz de encontrar un texto de esa clase que me satisficiera y que fuese anterior al que incluyo a continuación. Ello no significa que con anterioridad a los siglos IV o V a. C. no se hubiese producido ciencia matemática o astronómica, sino que la manera en que ésta se expuso es demasiado primitiva (o compleja) como para incluirla en un libro como el presente.
Y, en cualquier caso, tampoco está mal comenzar con un texto cuyo recuerdo todavía perdura en la memoria cultural de nuestro tiempo, aunque pocos hayan tenido la oportunidad de leerlo: el Juramento Hipocrático.
El nombre de Hipócrates es uno de los más conocidos de la Antigüedad. Ha superado la prueba de un largo y azaroso viaje a través de más de dos milenios. Fue, por supuesto, un médico, autor de una vasta obra que amplió, aun dentro de sus limitaciones, el conocimiento de las afecciones y características del cuerpo humano —aunque ni siquiera estemos seguros de que toda la haya escrito él—. En cualquier caso, la medicina no ha sido nunca, ni entonces ni ahora, un saber exclusivamente científico, aunque ciencia, desde luego, es (más aún, en muchos momentos de la historia ha sido uno de los motores más poderosos para el desarrollo de otras disciplinas científicas). Pero también es una práctica en la que desempeña, o debería desempeñar, un papel extremadamente importante algo tan complejo como es la relación médico-paciente, incluso en la actualidad, cuando las máquinas tienen un rol destacado. Por eso, a veces se dice que la medicina es un «arte».
En consecuencia, el médico no sólo debe saber, sino que tiene también una responsabilidad, unos deberes morales y profesionales. La medicina, más que otras ciencias, sin duda antes que ellas, debe incluir en su seno una deontología. Y es en este punto en el que el nombre de Hipócrates brilla con luz especialmente intensa, en el que se ha asentado en la memoria colectiva, en nuestra cultura más ancestral. El Juramento Hipocrático, cuyo texto reproduzco a continuación, constituye un permanente recordatorio de que la ciencia no está, no puede estar, al margen de las consideraciones ético-morales. Otra cosa es, evidentemente, que hoy aceptemos los valores incluidos en él.
JURAMENTO HIPOCRÁTICO
Juro por Apolo médico, por Asclepio, Higía y Panacea, así como por todos los dioses y diosas, poniéndolos por testigos, dar cumplimiento en la medida de mis fuerzas y de acuerdo con mi criterio a este juramento y compromiso:
Tener al que me enseñó este arte en igual estima que a mis progenitores, compartir con él mi hacienda y tomar a mi cargo sus necesidades si le hiciere falta; considerar a sus hijos como hermanos míos y enseñarles este arte, si es que tuvieran necesidad de aprenderlo, de forma gratuita y sin contrato; hacerme cargo de la preceptiva, la instrucción oral y todas las demás enseñanzas de mis hijos, de los de mi maestro y de los discípulos que hayan suscrito el compromiso y estén sometidos por juramento a la ley médica, pero a nadie más.
Haré uso del régimen dietético para ayuda del enfermo, según mi capacidad y recto entender: del daño y la injusticia le preservaré.
No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante sugerencia. Igualmente, tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte.
No haré uso del bisturí ni aun con los que sufren del mal de piedra: dejaré esa práctica a los que la realizan.
A cualquier casa que entrare acudiré para asistencia del enfermo, fuera de todo agravio intencionado o corrupción, en especial de prácticas sexuales con las personas, ya sean hombres o mujeres, esclavos o libres.
Lo que en el tratamiento, o incluso fuera de él, viere u oyere en relación con la vida de los hombres, aquello que jamás deba trascender, lo callaré teniéndolo por secreto.
En consecuencia, séame dado, si a este juramento fuere fiel y no lo quebrantare, el gozar de mi vida y de mi arte, siempre celebrado entre todos los hombres. Mas si lo trasgredo y cometo perjurio, sea de esto lo contrario.
HIPÓCRATES DE COS (Cos, c. 460-Larisa, 370 a. C.). Poco se sabe de su vida, aunque parece seguro que su padre era médico, y que fue éste quien le inició en la medicina. También sabemos que enseñó en Cos y que viajó extensamente por Grecia, gozando de una fama excepcional durante su vida, como muestran las referencias que se hacen de él en escritos de autores como Platón o Aristóteles. Contribuyó de manera significativa al conocimiento médico, aunque es difícil determinar cuáles de los tratados que aparecen en el Corpus Hippocraticum, una de las primeras colecciones de textos científicos del mundo antiguo, fueron realmente obra suya.