Los orígenes del cuero se remontan a la prehistoria. Concretamente el uso de la piel se atribuye al periodo Paleolítico, como parece que lo confirma el hallazgo de vestidos en piel de foca y otros objetos en una tumba descubierta en el norte de Europa. Sin embargo, en lo que al periodo Mesolítico se refiere, el uso de prendas de piel está ampliamente documentado por las pinturas murales. Se aprecian trazos de vestimentas en una serie de pinturas rupestres encontradas en España, en la elevación rocosa del Abrigo de Alpera. En una en particular están representados dos hombres, uno de ellos completamente vestido, y dos mujeres envueltas con vestidos que les llegan hasta los pies.
Con toda probabilidad, para poder ser utilizadas como prendas de vestir, las pieles se dejaban secar con el aire al sol y, a continuación, se les quitaba el pelo. Otras veces se calentaban y ahumaban en una hoguera, como hacen ciertas tribus indígenas de Sudáfrica. El procedimiento de ahumado se basa en un efecto químico dado que, con la producción de humo, se desarrollan varias sustancias que favorecen la conservación de la piel.
Sin embargo, en lo que se refiere a la retirada del pelo, la técnica variaba en cada tribu primitiva. Algunas simplemente tiraban de él; otras ponían la piel a remojo en agua para ablandarla, siendo de este modo más fácil arrancar el pelo. Los hombres primitivos observaron también que si se frotaba la piel con materias grasas (aceite de pescado, sesos, almizcle) se volvía más blanda y flexible.
Así pues, las virtudes de la piel y sus funciones se conocían desde tiempos remotos. En Mesopotamia, la región comprendida entre los ríos Tigris y Éufrates que estaba destinada a convertirse en la «cuna de la civilización», el pueblo sumerio tenía sus curtidores de piel, que utilizaban para vestirse como lo demuestran las estatuas recubiertas de ropas realizadas con pieles de oveja. Y, al parecer, en torno al 1930, el arqueólogo Leonard Woolley logró reconstruir la imagen de una mujer que lleva sobre la cabeza una diadema de cuero decorado. Por otra parte, diversas tablillas nos recuerdan la presencia de curtidores, generalmente esclavos, que utilizaban distintos tipos de pieles según su finalidad. La de oveja se utilizaba para la confección de prendas de vestir, mientras que el cuero de buey, ternera y vaca se empleaba para la producción de objetos.
El arte de curtir pieles no era tampoco desconocido para los asirios. Algunos bajorrelieves muestran, de hecho, guerreros provistos de sandalias con correas, además de escudos y cascos de cuero. Para poder utilizar la piel, los pueblos mesopotámicos desollaban los animales sacrificados, limpiaban las pieles sumergiéndolas en agua y las extendían al sol.
También los hititas estaban familiarizados con el trabajo del cuero que se empleaba para fabricar los arreos de los caballos y como revestimiento de los amplios escudos de los guerreros. Los hebreos construían recipientes para transportar agua o leche con piel de cabrito pero utilizaban también la de otros animales para calzado, sombreros y diversos utensilios de uso cotidiano. En definitiva, el trabajo con cuero era algo habitual en todas las civilizaciones del cercano y medio Oriente.
El uso de la piel estaba también muy extendido entre los egipcios, como lo demuestran los numerosos objetos, muy bien conservados por otra parte, que han sobrevivido hasta nuestros días. Una pieza muy característica de su vestimenta era, concretamente, un delantal de piel o de tela con retazos de piel. Además, a pesar de la costumbre de los egipcios de andar descalzos, se conservan en los museos numerosos ejemplares de calzado. En la historia de los griegos, el mejor informador acerca del trabajo en cuero es Homero, que recuerda cómo les gustaba a los poetas cubrirse con pieles de animales feroces. En la Odisea, Agamenón lleva puesto un manto hecho de piel de león, mientras que Ulises lleva otro de ciervo. Las referencias a objetos de piel son recurrentes en la obra homérica: eran de cuero las fundas de los asientos, los cinturones, las correas, el calzado, los trajes, los escudos, los cascos, las alfombras, las colchas e incluso las pelotas de juego.
También entre los romanos se descubre un amplio uso de las pieles de diversos animales: cabra, cordero, lobo, hiena, castor, oso, foca, leopardo y león. En un primer momento se utilizaron en forma de pieles para confeccionar trajes; seguidamente se emplearon capas de cuero forradas de pelo. Las vestimentas militares se fabricaban por completo en cuero: desde el calzado a los escudos, las vainas de las espadas o las capas. Además, las excavaciones arqueológicas han permitido sacar a la luz distintos emplazamientos que se utilizaban para las operaciones de curtido.
Sin embargo, es necesario remontarse al alto Medievo para tener constancia de la constitución de gremios relacionados con los trabajos en piel. En Venecia, uno de los centros comerciales e industriales más importantes de la época, entre las primeras asociaciones de oficios surge la de los sellatores, que se dedicaban a la confección de sillas de montar de cuero. Se añadían a estos los varoteri, es decir, los curtidores de pieles de ardilla siberiana (pieles grises) y los cerdones o zapateros. Pero el arte de curtir se ejercía también en otras muchas ciudades de diferentes países de Europa. En Florencia, también en Italia, y en otras ciudades eran célebres los mercados especializados en el comercio del cuero. Dicho material había entrado de tal modo en la vida cotidiana que se utilizaba profusamente en la confección de calzado, guantes y en la fabricación de bolsos y cinturones.
La amplia difusión del cuero español para la construcción de muebles, biombos y murales se encuadra en los siglos XVI y XVII; también eran muy solicitados los tapices de cuero, para cubrir las paredes de las viviendas más ricas.
Finalmente, el cuero se destinó a la encuadernación de libros. De las encuadernaciones rudimentarias de los monasterios se pasó, gradualmente, a obras más elegantes, labradas, grabadas o cinceladas. En la tradición musulmana son famosas las encuadernaciones artísticas de manuscritos. Numerosos museos de reconocido prestigio en todo el mundo conservan ejemplares de encuadernaciones refinadas y de trabajos artísticos en cuero.
Aún hoy en día, el cuero está presente constantemente en nuestra vida cotidiana. Basta pensar en todos los objetos de uso común que, a pesar de la modernidad de nuestra época, siguen siendo fabricados con este material práctico y resistente: zapatos, bolsos, maletas, billeteros, llaveros, cinturones, a los que hay que añadir prendas de vestir como chaquetas, abrigos, pantalones, faldas, etc.
Por curtir se entiende la operación cuyo fin es transformar la piel de los animales en cuero, lográndose de ese modo que se impermeabilice y no se pudra.
Las pieles destinadas a ser curtidas suelen ser las de vaca, oveja, cabra, caballo y reptil. E incluso todos los vertebrados, mamíferos, pájaros, reptiles y peces cuentan con pieles que resultan idóneas para transformarse en cuero.
Tras ser sacrificados, los animales se desuellan. Dado que la piel contiene alrededor de un 65 % de agua, las bacterias responsables de la putrefacción pueden atacarla fácilmente por lo que, una vez enfriada y retirada la sangre, se sala o bien se pone a secar.
El tratamiento al que se someten las pieles se divide en tres fases: preparación de la piel, transformación en cuero (curtido propiamente dicho) y, finalmente, tratamiento del cuero.
Antes de ser curtidas, las pieles se someten a tratamientos previos que incluyen el depilado, el descarnado y la maceración.
En una primera fase, se trata de devolver a las pieles ya secas la morbidez y elasticidad necesarias para proceder a sus sucesivos tratamientos. Para este fin, se colocan en tinas llenas de agua (que contienen algunas sustancias para facilitar la hinchazón) y más tarde se lavan. La operación se completa posteriormente rompiendo la capa reseca de tejido para favorecer la penetración del agua; a continuación se extienden las pieles mojadas sobre caballetes y se utilizan unos cuchillos curvados adecuados para este fin.
Llegados a este punto, se procede a clasificar las pieles. Las que se utilizarán en las peleterías se someten a un procedimiento especial que devuelve la morbidez al pelo sin dañarlo. Por el contrario, las pieles destinadas a otros fines se colocan en fosas que contienen una solución alcalina de sulfuro sódico y cal apagada para proceder al depilado. Con este tratamiento químico, se desprenden los pelos y el tejido epidérmico a la vez que se saponifican las grasas naturales.
La siguiente fase es el descarnado, gracias al cual se extirpa la capa de tejido adiposo de la parte interna de la piel. Así esta puede ser lavada y sometida a la acción de los ácidos minerales y orgánicos que eliminarán cualquier posible resto de cal, pelos y demás residuos.
Por último se procede a la maceración: las pieles se tratan con sustancias que, además de favorecer la eliminación de todas las impurezas restantes, ablandan las fibras permitiendo, de este modo, el paso al curtido propiamente dicho.
Para que la piel se transforme en cuero, es necesario que las sustancias curtientes penetren en las fibras dérmicas y se fijen el ellas.
Los procedimientos de curtido son principalmente dos: vegetal y mineral. El curtido vegetal, también llamado al tanino, se basa de hecho en la acción del ácido tánico contenido en la corteza y tronco de los árboles, hojas, frutas y en las raíces de algunas plantas (abetos, encinas, castaños, etc.).
Este tipo de curtido se practicaba ya en el pasado, como lo demuestra este pasaje extraído de la conocida Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios, que describe así la figura del curtidor:
Es un mercader o artesano que trabaja en el curtido y que prepara los cueros con cal y curtientes. Los curtidores preparan cueros de diversas formas, por ejemplo, con tanino o con curtientes; trabajan cueros como la piel de buey que sirven para hacer las suelas de los zapatos y de las sandalias. Los cueros de vaca se preparan con tanino; (…) sirven a los zapateros para los empeines de los zapatos y de las sandalias, a los sellai para las carrozas y las sillas de montar, a los bastai para los arneses de los caballos. Los cueros de ternero se preparan con tanino y alumbre. Las pieles de oveja pasadas al tanino o al alumbre sirven para cubrir los libros, para hacer cueros dorados. Finalmente, los curtidores pasan al tanino y al alumbre incluso las pieles de jabalí que sirven para recubrir los baúles.
El curtido antiguo, que consistía en someter las pieles a la acción lenta del tanino, podía durar incluso cuatro o cinco meses. Actualmente, esta operación se lleva a cabo en menos tiempo con el uso de toneles giratorios que contienen diversas soluciones de tanino de densidad progresiva.
Además del vegetal existe también el curtido mineral. El método principal es el que se denomina al cromo, basado en el tratamiento de las pieles con sales de cromo, gracias al cual se obtienen buenos resultados en lo referente a morbidez, ligereza y resistencia a la humedad. Concretamente, las pieles curtidas al cromo se utilizan en la confección de ropa, para los empeines de los zapatos y para los guantes. Este tipo de curtido se puede efectuar en dos baños: el primero con una solución de bicromato de potasio y el segundo con hiposulfito sódico. Por el contrario, el curtido en un único baño, utilizado comúnmente por sus resultados más sencillos y seguros, se lleva a cabo tratando las pieles con una sal básica de cromo.
Otro tipo de curtido mineral es al alumbre, basado en el empleo de soluciones de sulfato de aluminio y cloruro de sodio; la piel así tratada mantiene una gran elasticidad y resistencia.
Para terminar, el curtido al aceite de pescado permite obtener un cuero agamuzado particularmente mórbido. Se practica con las pieles de gamuza, corzo, reno, ciervo, carnero y cabra.
Tras realizar la operación de curtido, se procede al acabado, que comprende diversos tratamientos. En primer lugar, la piel se somete al secado mediante el uso de máquinas que eliminan el agua sobrante. Le sigue el engrasado, que consiste en la aplicación de una emulsión compuesta por jabón y aceite, y en otras operaciones dirigidas a conferir a la piel brillo, elasticidad y morbidez. En algunos casos, el trabajo comprende también el tinte, efectuado con sustancias colorantes que permite presentar el cuero en una amplia gama de colores. Veamos cómo se describe el procedimiento del tinte en la Enciclopedia antes citada:
En este instante se puede aplicar la primera capa de tinte pasando las pieles una tras otra por un colorante rojo preparado con una laca mezclada con otros ingredientes conocidos por los curtidores de marroquines: es necesario machacar la laca con jabón rallado y después disolverla en agua mezclada con resina. Esta operación se repite todas las veces que sea necesario hasta que las pieles estén perfectamente teñidas. Luego se aclaran con cuidado en agua limpia; se extienden sobre caballetes donde se dejan escurrir durante doce horas; a continuación se echan en una tina llena de agua mezclada con nuez de agalla blanca molida y sin cáscara, y se remueven en esta tina sin descanso durante un día completo con largos bastones. Se retiran y se cuelgan, el lado rojo contra el rojo y el blanco contra el blanco, de una larga barra de madera colocada a través de la tina, donde pasarán toda la noche. Al día siguiente, vuelven a sumergirse las pieles de forma que estén completamente cubiertas. Después de cuatro horas, se vuelven a colgar de la barra y, tras secarlas bien una por una, se retuercen y se estiran; más tarde se extienden sobre una mesa donde, con una esponja impregnada de aceite de linaza, se frotan por el lado teñido. Del mismo modo que el marroquín rojo, se pueden preparar marroquines amarillos, violetas, azules, verdes […].
Dentro del conjunto de las artes decorativas, el cuero tuvo, en un tiempo, un papel destacado. En la Antigüedad era bien conocido por sus cualidades de resistencia y solidez además de por ser bastante fácil de manejar. La decoración del cuero era conocida por los orientales desde los tiempos más remotos, mientras que en Europa se introdujo sólo a finales de la Edad Media.
Según el tipo de trabajo se habla de cueros dorados, grabados, labrados, gofrados, decorados con oro o trabajados en mosaico.
Especialmente famosos son, en particular, los cueros dorados, llamados así porque, sobre un fondo dorado o plateado, se decoran con colores vivos transparentes y labrados con cincel. Su producción floreció en la España musulmana, en Córdoba, y más tarde se trasladó a Italia, en concreto a Nápoles y Venecia. Se dice que las paredes del palacio de Cósimo I, así como los salones de los Sforza y de los Gonzaga estaban decorados con cueros dorados venecianos. Hoy en día ya no se utiliza este tipo de decoración para tapizar sino solamente en objetos y artículos de decoración como colchas, cojines y carteras.
Para realizar los cueros dorados es necesario, en primer lugar, aplicar una capa de cola de harina diluida sobre la que se extiende a continuación una capa abundante de clara de huevo mezclada con agua. Una vez seco, se aplica barniz al alcohol con un pincel y se coloca la hoja de oro o plata. Se deja secar durante unas horas y se pinta con barniz diluido en alcohol. En este momento, el fondo está listo para ser decorado. Se marca el dibujo, se señala el contorno con una pluma con tina china y se pinta usando lacas de tonos vivos pero ligeros para que el oro de debajo se transparente. Al terminar el tinte hay que labrar el fondo con los troqueles. Por último, se pasa una mano de barniz para dar brillo a la decoración.
Junto a los preciados cueros dorados, el arte decorativo utiliza el cuero grabado y labrado. Utilizado en la Edad Media para encuadernaciones, estuches y custodias, gozó de gran popularidad en Europa en los siglos XV y XVI. Aún hoy, este tipo de trabajo es muy apreciado y se usa para respaldos de sillas, carteras y cofres.
Se fija el cuero sobre un plano liso, se humedece ligeramente y se marca el dibujo. Con el cortaplumas se señala, practicando un corte vertical, todo el contorno del dibujo con una profundidad de alrededor de un tercio del grosor del cuero.
El grabado se puede efectuar también con un aparato eléctrico con la punta de metal redondeada. La ejecución es sencilla. Se extiende el cuero sobre un plano liso, se humedece y se procede con el aparato, a modo de lápiz, con mano segura. Con este tipo de grabado se pueden decorar cofres, cojines, cajas y cinturones.
Sin embargo, el sistema más moderno para labrar el cuero consiste en hacerlo sin incisión. En este caso, después de haber realizado el dibujo, se ha de repasar con un hierro todo el contorno dejando en él una marca rebajada.
El cuero gofrado y trabajado en mosaico ya se encontraba en el siglo XIV en las encuadernaciones, mientras que el decorado en oro apareció más adelante.
Para llevar a cabo el primer tipo de trabajo es necesario disponer de un óptimo material compuesto por pequeñas barras de hierro en las que se ha grabado una línea recta o curva. Con estas herramientas, el dorador compone el dibujo y lo graba en caliente, obteniendo un grabado en seco. Si, en cambio, desea obtener el adorno en oro, lo graba en seco sobre el objeto que ha de decorar, lava el cuero con vinagre y, con un pincel, aplica una capa de clara de huevo en las zonas grabadas. Al secarse, salpica la superficie con aceite de almendras y coloca la hoja de oro. Por último, calienta el hierro y graba sobre la marca anterior, reproduciendo todo el dibujo.
La decoración en mosaico requiere un mayor cuidado y habilidad. Se consigue con el uso de pieles muy delgadas de diferentes colores, recortadas sobre el dibujo y aplicadas al cuero después de realizar el dibujo para, tras eso, contornearlas pacientemente con oro.