Este libro no habría sido escrito si yo no hubiera ido a vivir a Estados Unidos en enero de 2003. Es el primer fruto de la que ha acabado por ser una revitalizadora migración transatlántica. Llegué a Nueva York con una hipótesis sobre el «imperio americano» en el equipaje. Trabajar en la metrópoli mundial me ha obligado a hacer algo más que deshacer ese equipaje. El resultado es una síntesis no solo de las obras publicadas e inéditas citadas en la bibliografía, sino también de innumerables conversaciones sobre el tema del poder de Estados Unidos en el pasado, el presente y el futuro. Por supuesto, el pasado es el territorio propio del historiador. Sin embargo, lo que tengo que decir sobre los acontecimientos recientes y los posibles futuros espero que se beneficie de estar incluido en lo que en principio es una obra de historia. Mi propósito principal es simplemente alentar a los estadounidenses a relacionar la situación actual de su país con las experiencias de los imperios del pasado. No escribo como un quejumbroso crítico de Estados Unidos, sino como un rendido admirador que desea que triunfe en sus empresas imperiales y teme las consecuencias de que fracase.
Más que en cualquiera de mis libros anteriores, este es el resultado del intercambio con personas e instituciones así como de la lectura de textos publicados e inéditos. Mi deuda más grande y principal es con New York University, y en particular con la Escuela de Negocios Leornard N. Stern. Cuando el entonces decano, George Daly, sugirió que me podría gustar viajar y enseñar en NYU, al comienzo me pareció una idea fantástica, y luego resultó ser una idea fantásticamente buena. Estoy muy agradecido no solo a él sino también a su sucesor, Tom Cooley, así como a todo el profesorado y el personal administrativo de Stern. Tengo una deuda especial con Dick Sylla, cuya amistad y compañerismo intelectual fueron los argumentos más fuertes para trasladarme a la calle Cuarta Oeste, y a Luis Cabral, su sucesor como decano del Departamento de Economía. Mencionar nombres cuando toda una institución ha sido tan receptiva suele ser una muestra de ingratitud, pero algunos de mis colegas en Stern y en NYU merecen un agradecimiento especial, porque me brindaron sus comentarios a trabajos de seminario y otros textos que finalmente se transformaron en capítulos de este libro. Por tanto doy gracias a David Backus, Tom Bender, Adam Brandenburger, Bill Easterly, Nicholas Economides, Shepard Forman, Tony Judt, Fabrizio Perri, Tom Sargent, Bill Silber, George Smith, Larry White y Bernard Yeung. Gracias por su apoyo administrativo y secretarial a Kathleen Collins, Melissa Felci y Janine Lanzisera (en Nueva York), Katia Pisvin (en Oxford) y Maria Sanchez (en Stanford).
Después de casi quince años de ofrecer tutoría a los estudiantes de licenciatura y supervisiones individuales en Oxford y Cambridge, me enfrenté con preocupación al desafío de enseñar a numerosos estudiantes en las clases de doctorado en Estados Unidos. Fue un alivio descubrir que la experiencia no era meramente inocua sino placentera. Sergio Fonseca y Gopal Tampi realizaron un trabajo excelente como mis asistentes en Stern. Pero con estudiantes tan excelentes mis tareas no eran nada pesadas. Me gustaría dar las gracias a los que asistieron a mis clases; aprendí de ellos tanto como ellos aprendieron de mí. Es este el lugar apropiado también para expresar mi gratitud al presidente John Sexton, un pedagogo verdaderamente carismático.
Algo que he llegado a comprender sobre las instituciones académicas estadounidenses es que deben mucho de su vitalidad a la continua participación de ex alumnos en sus asuntos. Dos en particular me brindaron un apoyo y amistad generosos durante mi estadía en Nueva York: William Berkley y John Herzog. A ellos y a sus esposas, Marjorie y Diana, les estaré siempre agradecido. Fueron John y Diana quienes fundaron la cátedra de historia financiera de la que fui el primer titular. A ellos dedico este libro.
Doy gracias también a muchas personas que me hicieron sentir bienvenido en mi condición de nuevo en Nueva York; en particular, Martha Bayona, Mike Campisi, Jimmy Casella, Cesar Coronado, Joseph Giordano, Phil Greene, Jorge Lujo, Saleh Muhammed, Hector Rivera, Neville Rodriguez y Giovanni di Salvo.
El último año también tuve la suerte de asociarme a uno de los grandes centros de investigación histórica de Estados Unidos: la Institución Hoover en la Universidad de Stanford. Me gustaría agradecer al director y a los socios de la Institución Hoover que me eligieran para una beca de profesor. Ellos y el personal de Hoover me dieron una cálida bienvenida en California el pasado otoño (el primero, confío, de muchos).
Asimismo estoy en deuda de gratitud con otra institución, mi alma máter, la Universidad de Oxford, que me hizo profesor visitante, de modo que el último año no he desaparecido completamente de mis antiguos lares.También debo dar las gracias al director y a los miembros del Jesus College, Oxford, por escogerme para una beca de investigación avanzada, y al director y a los miembros del Oriel College, por brindarme un estudio durante mis visitas a Oxford. Tengo una deuda particular con Jeremy Carro. También he tenido mucha suerte de tener un asistente de investigación de Oxford, el magnífico Ameet Gill.
Algunos de los materiales de este libro proceden del periodismo. Entre los directores de periódicos que me mostraron el funcionamiento de la escritura periodística estadounidense, debo dar las gracias a Anne Burrowclough, Erich Eichman, Tony Emerson, Nikolas Gvosdev, Darnjan de Krnjevic-Miskovic, Dean Robinson, Gideon Rose, Allison Silver, Robert Silvers, Zofia Smardz, Tunku Varadarajan, Michael Young y Fareed Zakaria. Gracias también a George Ames, Ric Burns, Peter Kavanagh, Brian Lehrer, Kevin Lucey, Tom Moroney, Peter Robinson y Geoffrey Wawro por algunas memorables conversaciones en directo.
Algunas secciones del capítulo 3 aparecieron primero con el título de «Clashing Civilizations or Mad Mullahs: The United States Between Informal and Formal Empire» en The Age of Terror, compilado por Strobe Talbott (Basic Books, 2001); partes del capítulo 5 se publicaron con el título de «The British Empire and Globalization» en Historically Speaking. Partes del capítulo 6 se publicaron primero con el título de «The Empire Slinks Back» en The New York Times Magazine y «True Lies» en The New Republic. Finalmente, algunas partes del capítulo 8 fueron escritas con Laurence Kotlikoff y aparecieron con el título de «Going Critical: The Consequences of American Fiscal Overstretch» en el número de otoño de 2003 de The National Interest. Agradezco a todas estas revistas el haberme permitido publicar los pasajes en cuestión.
Otras partes del libro mejoraron a partir de la lectura de sus versiones en borrador por otras personas. Richard Cooper detectó numerosos defectos en un borrador de la introducción. Eric Rauchway amablemente leyó los primeros capítulos y me ayudó a mejorar mi nivel básico de conocimientos sobre la historia de Estados Unidos; el capítulo 4 debe mucho a la amistad y los consejos de Diego Arria. Judith Brown hizo invalorables sugerencias para el capítulo 6. Un borrador del capítulo 7 fue leído por mis amigos Timothy Garton Ash del St. Antony’s College, Oxford, y Martin Thomas del Banco de Inglaterra, quienes lo mejoraron considerablemente. El capítulo 8 fue modificado significativamente a partir de los comentarios que David Hale y Deirdre McCloskey hicieron a una versión anterior presentada como conferencia en el Festival de las Humanidades de Chicago, así como las conversaciones con Ronald McKinnon en Stanford.
Muchas otras personas merecen mi agradecimiento por haber leído y comentado distintas versiones de los textos, por haber escuchado y reaccionado a los trabajos de seminarios o por haberme ofrecido su hospitalidad mientras escribía el libro. Mi gratitud a Graham Allison, Anne Applebaum, Chris Bassford, Max Boot, Arny Chua, Gordon Cravitz, Larry Diamond, Gerald Dorfman, Maureen Dowd, Michael Edelstein, Frank y Ronita Egger, Gerry y Norma Feldman, Marc Flandreau, Ben y Barbara Friedman, Andrew y Barbara Gundlach, John Hall, Patrick Hatcher, Paul Heinbecker, Michael Ignatieff, Harold James, Robert Kagan, Harry Kreisler, Melvyn Leffier, Peter Lindert, Eileen Mackevich, Charles Maier, Norman Naimark, Joseph Nye, Patrick O’Brien, Kevin O’Rourke, Lynn y Evelyn de Rothschild, Simon Schama, Moritz Schularick, Peter Schwartz, Zach Shore, Radek Sikorski, Lawrence Surnmers, Giuseppe Tattara, Alan M. Taylor, Mike Tornz, Marc Weidenmier, Barry Weingast, James Wolfensohn, Ngaire Woods y Minky Worden.
El incomparable Andrew Wylie y su excelente equipo de la agencia Wylie han gestionado hábilmente mi travesía transatlántica como autor. En The Penguin Press en Nueva York, me gustaría dar las gracias a Ann Godoff y a mi editor, Scott Moyers, cuya lectura crítica de versiones previas ha mejorado mucho el artículo acabado. Igualmente sagaces han sido las sugerencias de supresiones y adiciones realizadas por su colega de Penguin en Londres, Simon Winder.
Un autor no podría desear mejores correctores. Debo dar las gracias a Anthony Forbes-Watson, Helen Fraser y Stefan McGrath, sin olvidar a mi correctora, Pearl Hanig, a Chloe Campbell, Sarah Christie, Sophie Fels, Rosie Glaisher, Rachel Rokicki y a muchos otros indispensables empleados de Penguin a quienes el autor de un libro nunca llega a conocer, pero en los cuales confía.
Desde el inicio Coloso se planeó como complemento de un documental televisivo y me gustaría agradecer a Janice Hadlow y Hamish Mykura de Canal 4 el aliento brindado; así como a Denys Blakeway y al maravilloso equipo de producción reunido por Blakeway Associates: Russell Barnes, Tim Cragg, Melanie Fall, Kate Macky y Ali Schilling. Gracias también a Kassem Derghan, Reyath Elibrahim, Mathias Haentjes y Nguyen Hu Cuong.
Pero la mayor deuda la he contraído con mi esposa, Susan, y con nuestros hijos, Felix, Freya y Lachlan, a quienes he descuidado de modo imperdonable para escribir este libro, aunque son su principal fuente de inspiración.