Aunque este libro se basa en gran medida en fuentes secundarias, decidí rastrear determinadas cuestiones hasta sus fuentes primarias. Al hacerlo, tanto yo como mis investigadores tuvimos la fortuna de poder contar con la colaboración de numerosos archivos públicos y privados. Los documentos de los Royal Archives del castillo de Windsor se citan con el gracioso permiso de Su Majestad la Reina de Inglaterra. Los documentos del Rothschild Archive se citan con el permiso de los administradores del archivo. Doy las gracias asimismo al personal de los archivos siguientes: Archivio Segreto Vaticano; Auswärtiges Amt, Berlín; Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Universidad de Yale; Bibliothèque de l’Alliance Israélite Universelle, París; Imperial War Museum, Londres; Landeshaupt-archiv, Coblenza; Library of Congress, Washington; Centro de Investigación Memorial, Moscú; National Archives, Washington; National Archives, Kew, Londres; National Archives, College Park, Maryland; National Security Archive, Universidad George Washington, Washington; Centro de Investigación y Documentación, Sarajevo; Rothschild Archive, Londres; Archivo Público Ruso, Moscú; Royal Archives del castillo de Windsor, y United States Holocaust Museum Library and Archives, Washington.
La gestación del presente volumen ha durado al menos diez años, y ha habido muchas manos que han contribuido al trabajo. Al menos una docena de estudiantes han ayudado en las investigaciones durante sus vacaciones, entre ellos Sam Choe, Lizzy Emerson, Tom Fleuriot, Bernhard Fulda, Ian Klaus, Naomi Ling, Charles Smith, Andrew Vereker, Kathryn Ward y Alex Watson. Ameet Gill empezó con esta misma dedicación parcial y luego pasó a investigar a tiempo completo para Blakeway Productions, mientras que Jason Rockett se convirtió en mi ayudante de investigación cuando me trasladé a Harvard. Ambos han realizado su trabajo de manera soberbia. Pero estoy en deuda con todos mis investigadores: no solo me han ayudado a escarbar, sino también a construir.
No todos los documentos y textos relevantes estaban escritos en lenguas que yo era capaz de leer. Me gustaría, pues, dar las gracias a los siguientes traductores por su trabajo: Brian Patrick Quinn (italiano); Himmet Taskomur (turco); Kyoko Sato (japonés); Jaeyoon Song (coreano); Juan Piantino y Laura Ferreira Provenzano (español).
Muchos estudiosos respondieron generosamente a las peticiones de ayuda de mis investigadores. En particular, quisiera dar las gracias a Anatoly Belik, investigador del Museo Naval Central de San Petersburgo; Michael Burleigh, que generosamente leyó diversos borradores y ofreció su consejo desde las primeras fases del proyecto; Jerry Coyne, de la Universidad de Chicago; Bruce A. Elleman, del Naval War College de Newport (EEUU); Henry Hardy, del Wolfson College de Oxford; Jean-Claude Kuperminc, de la Bibliothèque de l’Alliance Israélite Universelle de París; Sergio Della Pergola, de la Universidad Hebrea de Jerusalén; Patricia Polansky, de la Universidad de Hawai; David Raichlen, de la Facultad de Antropología de Harvard; Bradley Schaffner, del Departamento de Eslavo de la Biblioteca Widener de Harvard, y Mirsad Tokaca y Lara J. Nettelfield, del Centro de Investigación y Documentación de Sarajevo.
Me gusta decir que, en su versión inglesa, este es un libro Penguin a ambos lados del Atlántico. Distintos equipos integrados por personal de talento han trabajado tanto en Londres como en Nueva York muy presionados por los plazos para poder convertir mi manuscrito inicial en un libro terminado. En Londres debo mencionar ante todo a Simon Winder, mi editor. Él y su homólogo de Nueva York, Scott Moyers, lucharon con todas sus fuerzas por mejorar el texto; no podría haber deseado mejor consejo editorial. Michael Page realizó un magnífico trabajo como corrector de estilo. También debo dar las gracias (en Londres) a Samantha Borland, Sarah Christie, Richard Duguid, Rosie Glaisher, Helen Fraser y Stefan McGrath. En Nueva York, Ann Godoff jugó un inestimable papel a la hora de pulir la forma y el sentido de la obra.
Al igual que mis dos libros anteriores, La guerra del mundo se escribió paralelamente a la creación de una serie documental de televisión. Una cosa no habría podido existir independientemente de la otra. Resultaría imposible aquí dar las gracias a todos los responsables de la serie en seis capítulos realizada por Blakeway Productions para el Channel 4 de la televisión británica —para eso están los créditos que aparecen al final de cada documental—, pero sería un error no reconocer la labor de aquellos miembros del equipo de televisión que de una forma u otra contribuyeron al libro además de a la serie: Janice Hadlow, que estuvo presente en su creación, y su sucesora en el Channel 4, Hamish Mykura; Denys Blakeway, el productor ejecutivo; Melanie Fall, la productora de la serie; Adrian Pennink y Simon Chu, los directores; Dewald Aukema, el director de fotografía; Joanna Potts, la ayudante de producción; y Rosalind Bentley, la documentalista. Me gustaría asimismo expresar mi gratitud a Guy Crossman, Joby Gee, Susie Gordon y —por último, aunque no en último lugar— Kate Macky. Entre las numerosas personas que nos ayudaron a filmar la serie, hubo varios «manitas» que se las apañaron para ayudarme también en las investigaciones de cara al libro. Vaya mi agradecimiento a Faris Dobracha, Carlos Duarte, Nikoleta Milasevic, Maria Razumovskaya y Kulikar Sotho, así como a Marina Erastova, Agnieszka Kik, Tatsiana Melnichuk, Funda Odemis, Levent Oztekin, Liudmila Shastak, Christian Storms y George Zhou.
Tengo la inmensa fortuna de tener en Andrew Wylie al mejor agente literario del mundo, y en Sue Ayton a su equivalente en el ámbito de la televisión británica. Vaya también mi agradecimiento a Katherine Marino, Amelia Lester y todo el resto del personal de las oficinas de Londres y Nueva York de la Agencia Wylie.
Varios historiadores se prestaron generosamente a leer los borradores de diversos capítulos. Quisiera dar las gracias a Robert Blobaum, John Coatsworth, David Dilks, Orlando Figes, Akira Iriye, Dominic Lieven, Charles Maier, Erez Manela, Ernest May, Mark Mazower, Greg Mitrovich, Emer O’Dwyer, Steven Pinker y Jacques Rupnik. Ni que decir tiene que todos los errores, tanto de datos como de interpretación, que aún pueda contener el texto deben atribuírseme exclusivamente a mí.
Dado que el presente volumen es obra de un estudioso itinerante, mis deudas de gratitud para con las instituciones académicas son más numerosas de lo habitual. Sus orígenes se hallan en el Jesus College de Oxford, y, en consecuencia, debo dar las gracias a mis antiguos colegas en dicha institución, especialmente al entonces director, sir Peter North, y a la tutora de historia, Felicity Heal, así como a otros miembros antiguos y actuales —especialmente David Acheson, Colin Clarke, John Gray, Nicholas Jacobs y David Womersley—, quienes me ayudaron a aclarar mis ideas sobre toda una serie de temas que van desde la etnicidad al imperio. Los tesoreros, Peter Mirfield y Peter Beer, saben bien de qué forma el College me ayudó financieramente, además de intelectualmente, y por ello les estoy también agradecido. El respaldo administrativo fundamental vino de la mano de Vivien Bowyer y de su sucesora, Sonia Thuery. Tengo asimismo una especial deuda de gratitud con el director y los miembros del claustro del Oriel College, quienes, gracias a Jeremy Catto, me proporcionaron generosamente refugio frente a las inclemencias de Oxford después de renunciar a mi tutoría en el Jesus College.
En la Universidad de Nueva York tuve la fortuna de pasar dos años muy productivos compartiendo ideas (entre otros) con David Backus, Adam Brandenburger, Bill Easterly, Tony Judt, Tom Sargent, Bill Silber, George Smith, Richard Sylla, Bernard Yeung y Larry White. He contraído asimismo una gran deuda con John y Diana Herzog, así como con John Sexton y William Berkeley, quienes me persuadieron de que probara a enseñar historia a los alumnos de empresariales.
Cada año, mi mes de retiro en la Hoover Institution de Stanford me da la oportunidad de no hacer nada más que leer, pensar y escribir. Sin ella jamás habría podido terminar el manuscrito. Doy las gracias, pues, a John Raisian, el director, y a su excelente personal, en especial a Jeff Bliss, William Bonnett, Noel Kolak, Celeste Szeto, Deborah Ventura y Dan Wilhelmi. Entre los miembros del claustro de Hoover que me han ayudado, a sabiendas o sin saberlo, se incluyen Martin Anderson, Robert Barro, Robert Conquest, Larry Diamond, Gerald Dorfman, Timothy Garton Ash, Stephen Haber, Kenneth Jowitt, Norman Naimark, Alvin Rabushka, Peter Robinson, Richard Sousa y Barry Weingast.
Ha sido en Harvard, no obstante, donde finalmente el libro ha visto la luz, y es con Harvard con quien tengo mi mayor deuda. Estoy especialmente agradecido a Larry Summers, Bill Kirby y Laura Fisher, quienes tomaron la iniciativa de persuadirme de que me trasladara a Cambridge. La Facultad de Historia de Harvard es una maravillosa comunidad académica de la que formar parte; mi agradecimiento a todos sus miembros por su acogida y su apoyo, especialmente al antiguo presidente, David Blackbourn, y al presidente actual, Andrew Gordon. Los nuevos colegas que han contribuido con sus sugerencias a la elaboración de este libro son demasiado numerosos para enumerarlos aquí. La Facultad cuenta con muy buen personal administrativo; doy las gracias en particular a Janet Hatch, así como a Cory Paulsen y Wes Chin, que supieron perdonar mis numerosos pecados burocráticos de omisión y comisión. El Centro de Estudios Europeos está resultando ser un hogar ideal; no puedo elogiar lo bastante a Peter Hall, su director, y a su excelente personal, especialmente a la directora ejecutiva, Patricia Craig, además de Filomena Cabral, George Cumming, Anna Popiel, Sandy Seletsky y Sarah Shoemaker. Al otro lado del río Charles he encontrado otro medio enormemente estimulante en la Escuela de Negocios de Harvard. Su antiguo decano, Kim Clark, y el decano actual, Jay Light, fueron lo bastante atrevidos como para aceptar la idea de un cargo compartido, cosa que les agradezco. Doy las gracias a todos los miembros del departamento de «Empresa y gobierno en la economía internacional» por iniciarme en el método del estudio de casos, en particular a Rawi Abdelal, Regina Abrami, Laura Alfaro, Jeff Fear, Lakshmi Iyer, Noel Maurer, David Moss, Aldo Musacchio, Forest Reinhardt, Debora Spar, Gunnar Trumbull, Richard Vietor y Louis Wells. Por último, doy las gracias a todos mis estudiantes de la Sección H, que escalaron conmigo la curva de aprendizaje —a veces delante de mí—, y, obviamente, a la familia Tisch por su generosidad a la hora de dotar mi cátedra.
Lo que hace adictivo a Harvard (me doy cuenta al escribir estas líneas) es que allí el estímulo proviene de todas partes. Aparte de las instituciones a las que estoy oficialmente afiliado, existen otros numerosos entornos en los que he podido perfeccionar y mejorar los argumentos aquí planteados: el Centro Belfer de Ciencia y Asuntos Internacionales, de Graham Allison; el Seminario de Economía y Seguridad, de Martin Feldstein; el Seminario de Política, de Harvey Mansfield; el Seminario de Seguridad Internacional en el Instituto Olin de Estudios Estratégicos, de Stephen Rosen; el Centro Weatherhead de Asuntos Internacionales, de Jorge Domínguez, y el Taller de Historia Económica, de Jeffrey Williamson, sin olvidar el comedor de Lowell House y —por último, aunque ni mucho menos en último lugar— el incomparable salón Cambridge de Marty Peretz.
Pero la vida transatlántica tiene sus inconvenientes, aparte del jet lag. Para mi esposa Susan y nuestros hijos, Felix, Freya y Lachlan, este libro ha sido un desagradable rival, que me ha arrastrado hacia costas remotas o simplemente me ha confinado a mi estudio durante demasiados fines de semana y días de vacaciones. Les pido perdón por ello. Al dedicarles a ellos LA GUERRA DEL MUNDO, confío en haber hecho un gesto mínimo para preservar la paz del hogar.
Cambridge, Massachusetts, febrero de 2006