Mujeres del Renacimiento.
Más allá de las musas
Colaboración de Sandra Ferrer
No hables mal de las mujeres:
la más humilde te digo
que es digna de estimación
porque, al fin, de ellas nacimos.
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
El alcalde de Zalamea
Existen imágenes que no por contemplarlas miles de veces dejan de sobrecogernos cada vez que nos situamos ante ellas. Durante años, había observado la imagen inmortal, convertida en todo un icono, de la perfecta Venus saliendo de las aguas que la genial mano del maestro Botticelli había elevado a la categoría de arte. Pero observar su rostro real, mirarla cara a cara, en aquella sala de la Galería de los Uffizi, supuso un deleite absoluto para quien les habla. De aquello han pasado ya unos años. Sin embargo, su mirada, entre melancólica y pensativa, continúa sobrecogiendo a todo amante del arte y de la belleza que quiera saludar a la bella Simonetta. Espero algún día regresar a la sobrecogedora Florencia para reencontrarme de nuevo con ella.
Simonetta Vespucci, la mujer que sirvió de musa para Sandro Botticelli, es una de las mujeres escogidas para poner nombre y apellidos a la historia del Renacimiento desde una óptica femenina. La joven que enamoró al pintor y a toda una ciudad volcada en hacer de sus palacios, sus iglesias, sus calles, una ingente obra de arte representa a muchas mujeres que sirvieron de intermediarias entre lo sublime y lo real. Modelos, musas, que despertaron el genio de pintores, escultores, poetas y artistas de todo tipo. Pero cuidado, porque ellas, las mujeres, no solo fueron o no solo quisieron ser musas.
El Renacimiento supuso el resurgir del arte clásico, el despertar a uno de los momentos más hermosos de la historia. Pero también escondía detrás de los perfectos lienzos, las imponentes esculturas, las indestructibles cúpulas, una sociedad que se empeñaba en negar un papel activo a las mujeres. Ellas, consideradas aún seres inferiores a pesar del desarrollo del humanismo, la ciencia, la imprenta, tuvieron que gritar a pleno pulmón que podían ser algo más que musas. Bajo amenaza de ser tildadas de seres abominables, algunas valientes féminas se lanzaron a la arena de una sociedad que insistía en que la mitad del género humano permanecía en este mundo única y exclusivamente para traer hijos al mundo y permanecer entre ruecas y pucheros.
Y así, en el Renacimiento surgieron nombres propios de artistas, eruditas y gobernantes que demostraron tanta o más valía que muchos hombres. Mujeres que, como Lucrecia Tornabuoni, Elisabetta Gonzaga o Caterina Sforza, resultaron ser excelentes diplomáticas capaces de tomar las riendas del poder. Otras quisieron unirse al incomparable movimiento artístico que fue el Renacimiento, ya fuera como impulsoras de las artes convirtiéndose en mecenas o ejecutando ellas mismas sus dotes artísticas.
Fueron muy pocas, es cierto, apenas un puñado de nombres propios. Pero si nos situamos en el contexto histórico, muy desfavorable para las mujeres, talentos como los de Vittoria Colona o Sofonisba Anguissola son un buen ejemplo de lo que habrían sido capaces si la misoginia imperante y los prejuicios tozudos contra el género femenino hubieran dejado desarrollar sus capacidades intelectuales y artísticas. Estoy convencida de que, de no haber sido por la insistente cerrazón de mentes, las musas habrían salido de sus cuadros y nos habrían deleitado con algo más que con su belleza. En esta recopilación de mujeres renacentistas, musas, mecenas, diplomáticas, pintoras y eruditas, ellas demuestran que pudieron estar a ambos lados del lienzo. Y brillar con luz propia.
Santa Ángela de Mérici (1474-1540)
A lo largo de la historia, una de las principales reivindicaciones feministas ha sido el acceso de las mujeres a la misma educación que los hombres. Las universidades estuvieron cerradas durante siglos a aquellas que aspiraban a desarrollar su intelecto, por el mero hecho de ser mujeres. La educación femenina se centró durante mucho tiempo en lo que las madres transmitían a sus hijas. Durante el Imperio romano, por ejemplo, las familias acomodadas solían asignarles institutrices, costumbre que continuó en la Edad Media. En los siglos medievales, empezaron a aparecer tímidamente escuelas monásticas e incluso alguna escuela laica en las primeras ciudades en las que estudiaban niños y niñas. Esta educación se basaba en el estudio de las Sagradas Escrituras o en el aprendizaje del latín o el griego.

© Mario Bonotto / Photo Scola, Florence
Pero no fue hasta mediados del siglo XVI que aparecería en Europa la primera orden religiosa dedicada principalmente a la educación femenina. Su creadora, Ángela de Mérici, había nacido el 21 de marzo de 1474 en Desenzano, junto al lago italiano de Garda. Ángela era la pequeña de los cinco hijos de Juan de Mérici y su esposa, de quien se desconoce el nombre. Solamente permaneció el apellido de su familia: los Biancosi.
Ángela tuvo una infancia tranquila en un hogar profundamente religioso. Muy unida a su única hermana, Giana Maria, ambas decidieron en secreto consagrarse a Dios con su virginidad, promesa que era muy habitual entre las mujeres piadosas.
En 1487 fallecía su padre y dos años después su madre. Mientras sus tres hermanos permanecieron en la granja familiar, las jóvenes se fueron a vivir con Bartolomé Biancosi, su tío materno. La desgracia no abandonó a Ángela, que seis años después perdía a su amada hermana. La historia hagiográfica relata la angustia que vivió Ángela cuando vio morir a Giana Maria sin haber podido recibir la extremaunción, pero en una visión posterior ella misma, acompañada de la Virgen María, le comunicó que no se preocupara por su alma, porque ya se encontraba en compañía de los santos. La visión de Giana Maria llevó a Ángela a desprenderse de sus bienes materiales y a unirse a la Orden Tercera de San Francisco. A partir de entonces y hasta el mismo momento de su muerte, la hermana Ángela llevaría el hábito franciscano, con el que sería enterrada.
Hacia 1495, fallecía su tío y Ángela decidió regresar a Desenzano, donde habitó la casa de sus padres. Allí experimentó una vida de reclusión y oración durante veinte años.
En 1506, tras la muerte de una muy querida amiga, Ángela tuvo una visión mientras disfrutaba de una tarde de campo con un grupo de jóvenes. Una escalera que se perdía en el cielo apareció ante ella repleta de vírgenes que subían y bajaban al son de unos ángeles músicos. Una de aquellas jóvenes, con el rostro de su amiga perdida meses antes, le comunicó que en Brescia crearía una comunidad de vírgenes como aquellas que estaba viendo ante sí en la que su principal misión sería darles una completa educación religiosa.
Años después, en 1524, emprendió una larga peregrinación a Tierra Santa, donde continuó experimentando extrañas experiencias místicas. Ángela se encontraba en Creta cuando se quedó ciega de repente, lo que no le impidió continuar su peregrinación hasta Jerusalén. En el camino de vuelta, en el mismo lugar donde había perdido la visión volvió a ver tras rezar con profunda devoción ante un crucifijo. Ángela visitó Roma antes de volver a casa, para ganar el jubileo. El papa Clemente VII quiso conocerla para que le relatara el éxito que había supuesto su escuela para jóvenes. La estancia de Ángela en Roma fue breve, pues no era amante de la fama y la notoriedad y prefería permanecer en un segundo plano.
Ángela regreso a Brescia, donde continuó con su labor educativa. Una década más tarde, el 25 de noviembre de 1535, Ángela y doce jóvenes de la localidad se unieron en lo que sería el inicio de la Compañía de Santa Úrsula, la primera congregación religiosa dedicada a la educación femenina. La decisión de poner bajo la protección de santa Úrsula a su congregación no fue casual, pues esta santa medieval era desde el siglo XIII la patrona de la universidad parisina de la Sorbona y desde entonces se había convertido en la protectora de todos los universitarios.
La nueva congregación, situada junto a la iglesia de Santa Afra de Brescia, decidió vivir una existencia de piedad sin tomar formalmente los votos tradicionales de las comunidades religiosas, aunque asumieron como propias la castidad, la pobreza y la obediencia. No así la clausura, porque lo que querían era vivir en contacto con el mundo, al que pretendían formar en sus doctrinas religiosas. Su principal misión iba a ser dar una profunda formación religiosa a las jóvenes para que, en el futuro, fueran unas perfectas esposas y madres cristianas.
Ángela de Mérici redactó la regla de vida de las ursulinas, que no sería aprobada hasta cuatro años después de su muerte por el papa Pablo III. La primera casa en Brescia empezó a crecer y en los años siguientes fundaron orfanatos y escuelas. Cuando Ángela de Mérici falleció, el 27 de enero de 1540, ya existían veinticuatro comunidades de ursulinas en la región. En poco tiempo, la nueva congregación de monjas dedicadas a la pedagogía femenina se propagó con gran éxito por Italia, Alemania y Francia. Hoy en día, las distintas ramas que nacieron de la comunidad original de Ángela de Mérici están presentes en muchos países del mundo.
El 30 de abril de 1768, Ángela de Mérici fue beatificada por el papa Clemente XIII. Medio siglo después, el 24 de mayo de 1807, el papa Pío VII la convertía en santa.
En la Edad Moderna, después de la creación de santa Ángela de Mérici, otras congregaciones nacieron con el objetivo de educar a las niñas y jóvenes. Aunque su plan de estudios estaba enfocado a la formación de mujeres piadosas y era muy distinto a la educación masculina, sus alumnas fueron alfabetizadas y entraron en contacto con un proceso educativo que iba a ser imparable. Era el primer paso de un camino de no retorno en el que la educación femenina se convirtió en centro del debate en la época de la Ilustración y culminaría con las reivindicaciones feministas decimonónicas y la entrada de las mujeres en las universidades.
Caterina Sforza (1463-1509)
La Italia del Renacimiento era un extenso puzle de pequeños Estados, condados, ducados en los que sus señores defendían su poderío con uñas y dientes. Incluso el máximo poder espiritual de la Vieja Europa, el papado, lidiaba con todos ellos en un afán expansivo. Las armas y las alianzas matrimoniales se entrelazaban en un sinfín de enfrentamientos y acuerdos. Una de aquellas familias, los Sforza, se había hecho poderosa a finales del siglo XIV, tras servir fielmente a la saga de los Visconti. El primer condottiero que llevó el nombre de Sforza fue Muzio Attendolo (1369-1424), quien fue apodado con el sobrenombre de «fuerza», que asumiría como identificativo de su estirpe. Un siglo después, una de sus descendientes ilegítimas haría honor a su nombre.

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Caterina Sforza nació en el seno de esta familia poderosa del norte de Italia en 1463. Su padre, Galeazzo Maria Sforza, futuro duque de Milán, estaba casado con Dorotea Gonzaga, otra de las grandes familias italianas del momento. Galeazzo tenía una amante, Lucrezia Landriani, esposa a su vez del conde Gian Piero Landriani, miembro de la corte ducal y amigo personal de Galeazzo. Este no tuvo descendencia con su primera esposa, Dorotea, quien falleció en 1467. Casado en segundas nupcias con otra Gonzaga, Bona, tuvo cuatro hijos legítimos que se sumaron a los cuatro ilegítimos que había dado a luz Lucrezia, entre ellos Caterina, algo que no era excepcional en una época en la que los matrimonios de la nobleza eran por encima de todo pactos entre grandes familias y no estaban motivados por sentimientos amorosos.
Cuando Caterina tenía tres años, su padre heredó el ducado de Milán y toda su familia se instaló en el castillo de Porta Giovia. Allí, todos los descendientes del duque, hijos e hijas, legítimos e ilegítimos, fueron educados en igualdad de condiciones. El humanista Francesco Filelfo fue nombrado tutor de los pequeños Sforza. Caterina aprendió latín y se sumergió en la lectura de los clásicos y de la vida de santos. Las Mujeres ilustres de Boccaccio fue uno de los libros de la extensa biblioteca de los Sforza que cayeron en sus manos y en él descubrió historias de coraje y valentía femeninas. Junto a la formación intelectual, Galeazzo Maria Sforza se preocupó por dar a sus hijos una exhaustiva educación física y militar. Caterina, como sus hermanos y hermanas, aprendió el arte de la caza, a montar a caballo y los rudimentos de la guerra. Los hijos del duque también tenían tiempo para la diversión. Caterina solía jugar con sus hermanas a la palla, un juego de pelota similar al tenis.
Caterina creció bajo la supervisión de su abuela, Bianca Maria Visconti, y su madrastra, Bona Gonzaga, quien la trató como a una hija. En la corte de Milán, la pequeña Sforza disfrutó del lujo y el esplendor de uno de los ducados más poderosos del siglo XV. Galeazzo Maria Sforza trabajó duro por acercar a artistas e intelectuales del momento, expandió sus territorios por la fuerza y estableció múltiples alianzas matrimoniales en las que Caterina iba a ser un peón más. El duque de Milán quería unirse al papado para afianzar su poder en Italia. El papa Sixto IV, por su parte, veía en la alianza con la familia Sforza la posibilidad de ampliar su influencia fuera de los Estados Pontificios y garantizar su seguridad con una de las dinastías más poderosas del momento. Tras duras negociaciones, el 17 de enero de 1473 se firmó un contrato matrimonial entre Caterina Sforza, que entonces tenía diez años, y Girolamo Riario, sobrino del papa y veinte años mayor que ella.
Con este enlace, Girolamo se convertía en señor de Imola y esperaba a que su joven esposa alcanzara la edad suficiente para consumar la unión. Caterina permaneció junto a su familia tres años más, hasta 1476, tiempo en el que no tuvo contacto ni personal ni epistolar con su marido. Pocas semanas después del asesinato de Galeazzo Maria Sforza, víctima de una conjura, su esposa Bona, que había tomado las riendas del ducado, informó a Girolamo Riario de que su hijastra había alcanzado la edad suficiente para consumar el matrimonio. Caterina Sforza se trasladaba entonces a Roma para enfrentarse a su nuevo destino, mientras lloraba la muerte de su padre y abandonaba para siempre la felicidad de su infancia.
El matrimonio de Caterina y Girolamo siguió el mismo patrón que la mayoría de uniones nobles. A pesar de que engendró seis hijos legítimos, Girolamo no dudó en mantener relaciones extramatrimoniales. La pareja se instaló en Imola, donde la nueva condesa Riario fue recibida con toda la pompa por sus súbditos y le fueron entregadas las llaves de la ciudad. Tiempo después, el papa Sixto IV los llamó a Roma, donde celebró una nueva y lujosa ceremonia nupcial para su sobrino y la esposa de este y los invitó a instalarse en un lujoso palacio cerca del Campo dei Fiori. Caterina se sumergió de lleno en la vida romana, disfrutando del lujo, las fiestas, la caza, pero también implicándose en cuestiones políticas y aprendiendo de las intrincadas luchas por el poder en Italia. Caterina fue testigo de la principal conspiración en la que participó su propio marido, la conspiración de los Pazzi, que pretendía derrocar el poder de los Médici en Florencia. En aquella ocasión, la joven condesa se mantuvo al margen de los entresijos de la política, pero no fue insensible a un conflicto en el que se sentía afín a los Médici, los enemigos de los Pazzi y de su propio marido.
En 1480, el papa Sixto IV cedió a su sobrino sus posesiones de Forlì, situadas pocos kilómetros al sur de Imola, ampliando los dominios de los Riario. Cuatro años después, la protección del papado se resquebrajó con la muerte de Sixto IV y la llegada de un nuevo pontífice, Inocencio VIII. Ante la amenaza de perder sus posesiones, Caterina Sforza tomó las riendas de la situación y, a pesar de estar embarazada de siete meses, aglutinó a su alrededor una importante guarnición y se plantó ante el Castillo de Sant’Angelo para conseguir un reconocimiento de la curia vaticana a sus derechos sobre Imola y Forlì.
Caterina conseguía su primera victoria política, pero sería efímera. Cuatro años después, Girolamo Riario era asesinado por seguidores de Inocencio VIII. Ella tenía entonces veinticinco años y se puso al frente de sus dominios como regente de su hijo Ottaviano, que a la sazón tenía poco más de diez años. Caterina gestionó con eficacia el gobierno de Imola y Forlì, mejoró su economía y trabajó por ampliar su propio ejército.
Pero pocos meses después de la muerte de Girolamo, el amor por un joven ambicioso, Giacomo Feo, con el que se casó en secreto y tuvo un hijo, hizo flaquear la voluntad de la condesa, que a punto estuvo de poner en peligro la herencia de su hijo. Defensores de Ottaviano no dudaron en deshacerse de Giacomo, que fue brutalmente asesinado. La respuesta de Caterina fue demoledora. Acabó con la vida de los autores de la muerte de su amado Giacomo, así como de sus familias y partidarios. Años más tarde, Caterina volvería a casarse, esta vez con un Médici, del que nacería el famoso condottiero Giovanni dalle Bande Nere. Una neumonía terminó con la vida de su tercer esposo en 1498.
Consciente de la fragilidad de su posición política en el tablero de juego italiano, Caterina Sforza continuó armando su ejército y plantando cara a sus enemigos. En 1492 un nuevo papa sustituyó a Inocencio VIII en la silla de Pedro. Alejandro VI, miembro de la poderosa familia Borgia, era el elegido. Sus ansias expansionistas pronto pusieron el foco en los dominios de Caterina. Poco pudo hacer ante las tropas de César Borgia, hijo bastardo del propio papa. Atrincherada en la fortaleza de Ravaldino, en Forlì, Caterina plantó cara al enemigo a pesar de la amenaza de que terminaría con la vida de sus propios hijos. De este episodio surgió la leyenda según la cual la propia condesa se levantó las faldas y aseguró que podía fabricar más. Realidad o invención, la escena da cuenta del carácter de la duquesa, que finalmente fue derrotada por las tropas de César Borgia.
Caterina Sforza fue llevada a Roma, donde aún protagonizaría un intento de fuga y se vería envuelta en una supuesta conspiración para asesinar al papa mediante el uso de cartas envenenadas. A pesar de que nunca se llegó a probar, lo cierto es que Caterina Sforza conocía los rudimentos de la alquimia y llegó incluso a escribir un tratado con recetas químicas y remedios para algunas enfermedades: Experimenti della excellentissima signora Caterina da Forlì.
Con el cambio de siglo, Caterina fue liberada. Había perdido todos sus dominios y tuvo que aceptar que ya no volvería a ser la dama propietaria de antes. Los últimos años de su vida los pasaría en Florencia, retirada junto a alguno de sus hijos, hasta que una neumonía acabó con su vida el 28 de mayo de 1509. Su cuerpo fue enterrado en el convento de Santa Maria delle Murate en una tumba sin lápida, como ella misma había pedido.
Sus enemigos se empeñaron en que el mundo la recordara como una «diablesa encarnada» o una «virago —mujer que actúa como un hombre— cruel». «Vampiresa de la Romaña» o «Tigresa de Forlì» fueron otros apelativos con los que pretendieron hacer de una mujer de coraje un ser perverso. Caterina Sforza fue una mujer que luchó en un mundo de hombres. Valiente e inteligente, con un espíritu implacable, armó un ejército y participó en la intrincada y peligrosa política italiana del siglo XVI. De las mujeres se esperaba que fueran meros peones en el tablero dinástico de sus familias y a lo sumo que supieran danzar y cantar con elegancia, por lo que Caterina Sforza escandalizó a los hombres poderosos a los que se enfrentó.
Elisabetta Gonzaga (1471-1526)
Las mujeres de la nobleza ejercieron en muchas ocasiones un cierto poder e influencia en la sombra. Ya en tiempos del Imperio romano, matronas romanas, esposas de senadores, participaban en asuntos de gobierno a pesar de no tener derecho oficialmente. Del mismo modo, durante la Edad Media muchas mujeres esposas de caballeros nobles ejercieron cierta influencia en la gestión de sus dominios, sobre todo durante las largas ausencias de sus maridos, que debían dedicar mucho tiempo a la guerra. Esta situación prevaleció en la Edad Moderna. Mujeres influyentes, cultas e inteligentes, que fueron muy bien educadas, aprovecharon su situación para ejercer su propio poder y aglutinar a su alrededor a políticos, eruditos, intelectuales y artistas. En este sentido, hubo nombres propios que se erigieron asimismo como importantes mecenas.
Una de aquellas mujeres que vivieron en la época del Renacimiento fue Elisabetta Gonzaga, duquesa de Urbino. Elisabetta había nacido en Mantua en 1471. Segunda hija del marqués de Mantua Federico I Gonzaga y su esposa Margarita de Wittelsbach, Elisabetta fue educada en una de las cortes más cultas y refinadas de finales del siglo XV.
A los diecisiete años, Elisabetta se convirtió en duquesa tras contraer matrimonio con el duque de Urbino, Guidobaldo de Montefeltro. A pesar de ser un matrimonio acordado y la impotencia de su marido, Elisabetta asumió su destino y permaneció junto a su esposo, un hombre enfermizo del que siempre cuidó. Elisabetta se volcó de lleno en el papel de duquesa, haciendo de su hogar uno de los salones intelectuales más importantes de su tiempo. La corte de Mantua se convirtió en el ideal renacentista reflejado en la obra El cortesano, de Baltasar de Castiglione. Este vivió en primera persona el esplendor de Mantua, pues permaneció al servicio de Guidobaldo entre 1504 y 1513.

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Elisabetta Gonzaga, según Castiglione, fue un ejemplo a seguir: «Parecía que a todos traía templados a su propia calidad y punto, de manera que cada uno se esforzaba en seguir el estilo conforme al de ella, tomando de una tal y tan gran señora reglas de buenas costumbres y crianza».
Además de dedicarse al arte, disfrutar de la caza y compartir veladas con eruditos e intelectuales, Elisabetta tuvo que hacerse cargo de la gestión de sus dominios durante las largas ausencias de su marido. El duque Guidobaldo era un condottiero y, como tal, participaba en muchas contiendas como mercenario al servicio del papado o de otras ciudades Estado.
En el verano de 1502, las tropas de César Borgia se plantaron ante los dominios de Urbino y los duques se vieron forzados a huir. Solo pudieron regresar a su hogar tras la muerte, en 1503, del papa Alejandro VI, padre y protector del ambicioso guerrero Borgia.
Ante la necesidad de afianzar sus posesiones e impedir que cayeran en manos ajenas, como los duques de Urbino no podían tener descendencia natural, decidieron adoptar a Francesco Maria della Rovere, hijo de Giovanna de Montefeltro, hermana de Guidobaldo, y Giovanni della Rovere. Cuatro años más tarde, en 1508, fallecía el duque de Urbino. Elisabetta aún le sobreviviría casi dos décadas, en las que continuaría al lado de su hijo adoptivo ayudándole en el gobierno de Urbino.
Rodeada de grandes artistas, de Elisabetta Gonzaga solamente nos ha llegado un retrato, atribuido al pintor Rafael Sanzio. En la obra se nos muestra una mujer elegante de mirada serena que hace honor a las palabras de Castiglione cuando nos dice de ella que fue una mujer bella y de gran corazón: «Mas, en fin, todas sus grandes cualidades yo no entiendo ahora de escribirlas, pues no hace a nuestro propósito, y pues son harto más conocidas en el mundo de lo que yo podría decir, y si algunas virtudes suyas pudieran por ventura en algún tiempo estar encubiertas, la fortuna, casi maravillándose de tantos bienes, ha querido con muchas adversidades y tentaciones de desdichas descubrirlas, por mostrar que en un tierno corazón de mujer pueden la prudencia y la fortaleza hacer compañía con la hermosura y hallarse todas aquellas virtudes que aun en los hombres muy sustanciales y graves pocas veces se hallan». Una mujer, en fin, digna del más sublime arte del Renacimiento.
Isabella d’Este (1474-1539)
Baltasar de Castiglione, en su obra El cortesano, describió la corte renacentista ideal poniendo de ejemplo a la duquesa de Urbino, Elisabetta Gonzaga. Esta fue una de las muchas mujeres nobles que hicieron de sus palacios, fortalezas o castillos centros neurálgicos del arte, las letras y la política. Isabella d’Este, cuñada y amiga de Elisabetta, pasó a la historia por seguir sus pasos como amante de la belleza y el saber, pero también por sus dotes políticas y diplomáticas.
Isabella d’Este nació el 19 de mayo de 1474 en la espléndida corte de la ciudad Estado de Ferrara. Era la mayor de los seis vástagos de Ercole d’Este y Leonora de Nápoles, todos educados con tutores humanistas y artistas que les formaron en historia, música y pintura y les enseñaron griego y latín, entre otras disciplinas. También su propia madre, hija a su vez del rey de Nápoles, enseñó a su primogénita los entresijos de la política y la diplomacia.

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Con tan solo seis años fue prometida al heredero del marquesado de Mantua. Francesco Gonzaga tuvo que esperar diez años, hasta 1490, para casarse con Isabella. La espléndida entrada en la ciudad de Francesco, marqués desde 1484, y su joven esposa fue reflejo de la que sería una vida rodeada de lujo, arte y belleza. El marqués era también capitán general del ejército de Venecia, por lo que las responsabilidades militares lo mantuvieron mucho tiempo alejado de su hogar. Isabella aprovechó la situación para disfrutar de la compañía de su madre y su hermana Beatrice, esposa del duque de Milán, Ludovico el Moro, así como de su cuñada, la duquesa de Urbino.
Cuatro años después de contraer matrimonio nacería el primer hijo de los marqueses, Eleonora Gonzaga, quien terminaría siendo duquesa de Urbino al casarse con Francesco Maria della Rovere, hijo adoptivo de su propia tía, Elisabetta Gonzaga. Tras Eleonora, Isabella daría a luz siete hijos más.
A pesar de que el matrimonio entre Isabella d’Este y Francesco Gonzaga había sido una unión pactada por sus familias, la pareja congenió desde el primer momento. Sin embargo, su estabilidad matrimonial se vio alterada en 1502, cuando apareció en escena Lucrecia Borgia, hija bastarda del papa Alejandro VI, que un año antes se había casado con Alfonso, uno de los hermanos de Isabella. Lucrecia se convirtió por un tiempo en amante del marqués de Mantua, provocando profundos celos y tristeza en la esposa de este.
Terminado el romance con Lucrecia, la vida en el marquesado continuó adelante en relativa paz, hasta que en 1509 los conflictos territoriales entre las ciudades Estado provocaron la captura de Francesco, quien permaneció prisionero en Venecia hasta 1512. En aquellos años, Isabella demostró ser una gobernadora efectiva y una interlocutora audaz. Lejos de alegrarse, Francesco, cuando fue liberado, no se tomó demasiado bien el protagonismo político que había ganado su esposa, de quien se distanció para siempre.
El 19 de marzo de 1519 fallecía el marqués de Mantua y la marquesa viuda se hacía cargo del gobierno junto a su hijo y heredero Federico. Isabella inició una importante actividad diplomática con las ciudades Estado italianas a la vez que se convertía en una excepcional mecenas del arte renacentista. Además de acoger en sus salones a pintores y escultores de renombre, empezó a coleccionar obras de arte y valiosas antigüedades.
Isabella d’Este fue una de las damas del Renacimiento más retratadas, pero, según muchos historiadores, falleció en 1539 con el fracaso de no haber conseguido que el gran pintor Leonardo da Vinci terminara el cuadro con el que debía inmortalizarla y convertirla en una obra de arte. Otros afirman que el retrato se perdió. En el año 2013, un equipo de expertos localizó en una colección privada suiza un cuadro que podría ser el retrato terminado por el maestro italiano.
Leonardo da Vinci estuvo en el marquesado de Mantua de manera esporádica. Fue en la corte de la hermana de Isabella, Beatrice d’Este, en Milán, donde el pintor permaneció una larga temporada. Prometida en 1475, cuando tenía tan solo cinco años, con el duque de Milán, Ludovico el Moro, Beatrice d’Este se casó con él en 1491. Como hiciera su hermana en Mantua, Beatrice convirtió Milán en una corte renacentista en la que se dieron cita grandes artistas, entre ellos el gran Leonardo.
Lucrecia Borgia (1480-1519)
El celibato no siempre fue respetado por los miembros de la Iglesia católica. En la Edad Media y los siglos modernos, desde humildes curas de parroquias pequeñas hasta el propio pontífice, pasando por cardenales y obispos, mantenían relaciones amorosas con amantes más o menos visibles. En algunos casos, los hijos nacidos de estas relaciones fueron incluso claves en el éxito dentro de la carrera eclesiástica de sus padres. Así sucedió con Alejandro VI, papa entre 1492 y 1503. Rodrigo Borgia mantuvo diferentes relaciones conyugales que le dieron una amplia prole. De todos sus hijos, César y Lucrecia fueron los más conocidos. Mientras el primero se convirtió en un aguerrido militar al servicio de los proyectos expansivos del papado, la segunda ejerció de peón en las estrategias matrimoniales de la familia Borgia. Su destino, su voluntad, estuvo pocas veces en sus manos. Lucrecia fue entregada a varios maridos, según las necesidades políticas del momento. Los enemigos de los Borgia fijaron en ella el foco de las críticas y calumnias que ayudaron a construir una leyenda negra alrededor de su persona.

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Lucrecia Borgia nació en Subiaco, a pocos kilómetros de Roma, el 18 de abril de 1480. Por aquel entonces, su padre era cardenal y mantenía una relación amorosa con Vanozza Catanei, una mujer casada, amante de Rodrigo Borgia desde 1470. Lucrecia permaneció poco tiempo ajena a las conspiraciones y estrategias diplomáticas de su familia. Adriana Orsini, familia lejana de los Borgia, fue la encargada de educar a la pequeña Lucrecia, a la que instruyó en idiomas, música y arte.
El cardenal Rodrigo Borgia tenía claro que sus hijos iban a estar al servicio de su proyecto político y Lucrecia no permanecería al margen. Mientras todavía era una niña, su padre planteó para ella varios destinos. El conde de Oliva y el noble siciliano-aragonés Gaspar de Prócida, conde de Aversa, fueron algunos de los nombres que se barajaron como maridos para Lucrecia. Pero no fue hasta 1493 que el ya elegido papa Alejandro VI cerrara un acuerdo matrimonial entre su hija y la poderosa familia Sforza, señores de Milán. El elegido, Giovanni Sforza, veinte años mayor que Lucrecia, era sobrino de Ludovico Sforza. Giovanni, señor de Pésaro, era hijo ilegítimo de Constanzo I Sforza y ya había estado casado con Magdalena Gonzaga, una de las hermanas de Elisabetta Gonzaga, que había fallecido al dar a luz a un hijo.
El Vaticano fue escenario el 12 de junio de 1493 de la boda de la hija del papa Alejandro VI, oficiada por él mismo y convertida en muestra del lujo y poder de los Borgia. Giovanni resultó ser un yerno incómodo para el papa y un espía efectivo para Milán. Las desavenencias entre ellos, la traición de Giovanni y el cambio de rumbo en las alianzas territoriales forzarían al papa a terminar con el matrimonio entre Lucrecia y su esposo. Dispuesto a liberar a su hija, Alejandro VI forzó a Giovanni a firmar un documento de nulidad matrimonial y recluyó a Lucrecia en un convento, del que salió embarazada sin que se llegara a saber la paternidad. Bautizado con el nombre de Giovanni, el papa reconoció al niño oficialmente como hijo de César sin que se mencionara a Lucrecia en ningún momento. Mientras tanto, un nuevo marido era elegido para la hija del pontífice: Alfonso de Aragón, con quien se casó en julio de 1498. Pero esta elección duró también muy poco. Alfonso corrió peor suerte que Giovanni y fue asesinado. Unas voces apuntaron a su propio cuñado, César Borgia, como artífice del asesinato, aunque otros vieron en los Orsini la mano ejecutora. El matrimonio llegó a tener un hijo: Rodrigo de Aragón.
Divorciada y viuda a los veinte años, mientras Lucrecia esperaba volver a ser útil en el tablero político italiano, su padre le asignó el papel de administradora dentro de la Santa Sede, algo que no fue muy bien recibido por sus detractores ni por los que cuestionaban las capacidades intelectuales de las mujeres. Pero Lucrecia ya era una mujer muy consciente de los entresijos del poder y fue ella misma quien propuso a su siguiente marido. Cuando planteó esta opción a su padre, en la primavera de 1501, Alejandro VI vio con buenos ojos la unión con una de las casas gobernantes más influyentes e importantes de la península italiana. Lucrecia ya no era un mero títere de su familia y exigió estar en las largas y complicadas negociaciones entre su familia y el duque de Ferrara.
Alfonso d’Este, hermano mayor de Isabella y Beatrice d’Este, se había casado en 1491 con Anna Sforza en el que fue un doble contrato de matrimonio por el que Beatrice se unía a Ludovico Sforza, futuro duque de Milán. Anna falleció en 1497 al dar a luz a un niño que no sobreviviría mucho tiempo. Cinco años después, Alfonso d’Este se unía a la poderosa familia del papa. Alfonso y Lucrecia se convertían en duques de Ferrara a la muerte de Ercole en 1505. Dos años antes, en 1503, Alejandro VI había fallecido y con él desaparecía la estrella de los Borgia, que se iría apagando inexorablemente.
En Ferrara, Lucrecia llegó a tener seis hijos y se convirtió en una duquesa digna del Renacimiento que acogió en su corte a reconocidos artistas y se ganó el afecto de sus súbditos. El parto de su hija Isabel le provocó la muerte el 14 de junio de 1519. Con ella desaparecía la última pieza del poderoso engranaje de los Borgia. Rodrigo Borgia llevaba dieciséis años muerto y César había fallecido en 1507.
Siendo una mujer respetada como duquesa de Ferrara, se empezó a escribir la leyenda negra contra su persona y toda su familia. El amplio poder que los Borgia habían aglutinado fue vilipendiado a su muerte y se construyeron relatos de depravadas orgías en el Vaticano, asesinatos sin piedad de enemigos molestos y conjuras para alcanzar el máximo poder posible en la Italia del Renacimiento.
Lucrecia Tornabuoni (1425-1482)
Hija de un banquero, esposa y madre de poderosos hombres de Estado, nieta de papas, a pesar de su importante árbol genealógico masculino, Lucrecia Tornabuoni brilló con luz propia en la Italia del Renacimiento. Rompiendo con los convencionalismos de su tiempo que esperaban de las damas de alta alcurnia un papel silencioso y doméstico, Lucrecia pasó a la historia por sus dotes como diplomática, estratega política, erudita y mecenas de grandes artistas de su tiempo, quienes inmortalizaron su rostro para la eternidad.

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Lucrecia Tornabuoni, nacida el 22 de junio de 1425, descendía de dos de las familias florentinas más antiguas y poderosas, los Tornabuoni y los Giucciardini. Mientras Lucrecia crecía feliz y recibía una completa educación humanística de la mano de importantes tutores, Florencia vivía una situación política complicada. Cosme de Médici, quien terminaría siendo su suegro, había sido arrestado y condenado al exilio por la poderosa familia de los Albizzi, que mantenían un fuerte régimen oligárquico en Florencia. En su exilio en Venecia, Cosme mantuvo contacto con las familias florentinas, entre ellas los Tornabuoni, que serían de vital importancia para conseguir su regreso en 1434. Convertido en gonfaloniere, Cosme no se olvidó de quienes le habían ayudado.
Cosme de Médici y Francisco de Simone Tornabuoni, padre de Lucrecia, cerraron una alianza matrimonial entre sus hijos que se hizo efectiva en 1444. Por aquel entonces Lucrecia tenía diecisiete años y su futuro esposo, Piero de Médici, primogénito de Cosme, veintiocho. A pesar de la diferencia de edad, la mutua pasión por las artes y la cultura fue un punto de conexión entre la pareja, que se mantendría unida hasta la muerte de Piero.
La pareja tendría cuatro hijos en común: Blanca, Lucrecia, Lorenzo y Giulianni, a los que se incorporaría como una hermana más María, hija ilegítima de Piero pero adoptada por Lucrecia. La frágil salud de Piero, que padecía gota, le obligó a permanecer mucho tiempo en cama recluido en las habitaciones del palacio de los Médici, por lo que Lucrecia fue tomando las riendas del poder.
Además de encargarse de buscar a los mejores tutores para sus hijos y años más tarde para sus nietos, Lucrecia se puso al servicio de Piero y de la ciudad de Florencia. En varias ocasiones se trasladó a Roma como representante de la poderosa familia Médici. En uno de aquellos viajes a la Ciudad Eterna, cerró un importante acuerdo matrimonial para su hijo Lorenzo. La elegida, Clarissa Orsini, pertenecía a una poderosa familia aristocrática romana, por lo que aquella unión supondría importantes beneficios diplomáticos y estratégicos para Florencia. Lucrecia demostró ser una mujer de Estado, con grandes dotes diplomáticas y políticas. De ella, su suegro Cosme llegó a decir que era «el único hombre de la familia».
La muerte de su amado Piero en 1469 supuso el inicio de uno de los gobiernos más espléndidos de la ciudad de Florencia, no en vano su hijo Lorenzo sería recordado como «el Magnífico». Viuda y con el ascenso de Lorenzo al poder, Lucrecia continuó asesorando a su hijo en cuestiones de gobierno, pero ahora que era libre de dirigir sus propios negocios se volcó en la compra de propiedades y explotaciones agrarias y en la restauración de edificios antiguos, como los Baños de Bano Morba.
Mujer devota, Lucrecia Tornabuoni no se olvidó de los más desamparados y realizó constantes obras de caridad en forma de donaciones a algunos de los principales hospitales de la ciudad, como el de San Paolo o Santa Maria Nova. Todo ello ayudó también a fortalecer la buena imagen de los Médici en la ciudad. Lucrecia patrocinó también la creación de algunas obras de arte como la Capilla de la Visitación de la iglesia florentina de San Lorenzo.
Ya en vida de su esposo Piero, el hogar de Lucrecia no solo era el centro político de Florencia. A las estancias de los Médici se acercaban humanistas, poetas y artistas de la talla de León Battista Alberti o Filippo Lippi. Ella misma, que había enseñado a sus propios hijos literatura, escribió varias obras poéticas, muchas de ellas de temática religiosa, de las cuales solamente se han conservado unas pocas. Junto a sus sonetos, himnos y laudis, se conservan casi cincuenta misivas.
Algunos de los más destacados pintores del Quattrocento hicieron retratos de su rostro, como el atribuido a Domenico Ghirlandaio, mientras que otros artistas la convirtieron en su musa. Sandro Botticelli la inmortalizó en su hermoso tondo (cuadro circular) La Madonna del Magnificat, en el que el pintor renacentista no solo se sirvió de la imagen de Lucrecia para recrear a la Virgen María, sino que el resto de los personajes que aparecen en la tabla son su esposo y algunos de sus hijos. El joven que sostiene el libro es Giuliano, situado junto a su hermano Lorenzo, que aguanta el tintero. Pintado en 1481, el retrato del hijo pequeño de Lucrecia tuvo que ser por desgracia un retrato póstumo. En 1478 Lucrecia se había enfrentado al duro golpe de perder a su hijo pequeño en la conocida como la conjura de los Pazzi, en la que los enemigos de los Médici pretendían terminar con la vida de su otro vástago, Lorenzo.
El 28 de marzo de 1482 Lucrecia fallecía en la ciudad que había ayudado a embellecer y que lloró sinceramente su muerte. Su famosa estirpe perduró en el tiempo con su hijo Lorenzo, los papas León X y Clemente VII. También de Lucrecia desciende Catalina de Médici, quien fuera reina de Francia por su matrimonio con Enrique II.
Simonetta Vespucci (¿1453?-1476)
El Renacimiento regaló a la historia del arte obras inmortales que surgieron del genio de grandes maestros. Parte de aquel genio se alimentó de la belleza de sus musas, hermosos rostros que se transformaron por obra y gracia del talento de pintores y escultores en lienzos o esculturas icónicas. Tal fue el caso de Simonetta Vespucci, cuya imagen obsesionó a Sandro Botticelli y terminó convirtiéndose en referente obligado de los cánones de belleza renacentistas.

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El perfecto y único rostro de Simonetta Vespucci no solo enamoró al pintor florentino (LÁMINA 3). Otros pintores, poetas y hombres poderosos cayeron rendidos a sus pies. Simonetta se había trasladado a vivir a Florencia cuando tenía quince años y se había casado con Marco Vespucci, un joven perteneciente a una familia de renombre en Italia. Marco había conocido a Simonetta en Génova, donde la familia de ella tenía su residencia y donde habría nacido la joven en 1453 o 1454, aunque algunos autores sitúan su lugar de nacimiento en otros puntos de la geografía italiana. Gaspare Cattaneo della Volta, padre de Simonetta, era un noble genovés que aceptó con gusto el enlace entre su hija y el joven Marco, que se había trasladado a Génova para estudiar en el Banco di San Giorgio.
Cuando Simonetta Cattaneo, convertida en Simonetta Vespucci, se instaló con su esposo Marco en Florencia, su belleza no pasó desapercibida para nadie. Lorenzo y Giuliano de Médici, por aquel entonces los hombres que dominaban la política florentina, aplaudieron la llegada de la joven genovesa a la capital del arte. Fue Giuliano quien no dudó en mostrar en público su admiración por Simonetta poco después de que esta llegara a Florencia. A finales del mes de enero de 1475, la plaza de la Santa Croce fue escenario de un torneo en el que Giuliano mostraría públicamente su estima hacia ella. Para ello, había encargado al pintor Sandro Botticelli que pintara un estandarte en el que Simonetta estaba representada como Palas Atenea y en el que se leía el lema en francés la sans pareille, «la sin igual».
Desde entonces, «la bella Simonetta» se convirtió en musa de pintores de la talla de Domenico Ghirlandaio o Piero di Cosimo y su rostro pasó a ser el prototipo de la belleza renacentista. Pero quien más retrató a la hermosa joven fue Botticelli, que después de inmortalizarla en el estandarte de Giuliano no dejó de plasmar sus perfectos rasgos en cuadros tan bellos como La primavera o Minerva y Cupido. Pero el lienzo que sin duda convirtió a Simonetta Vespucci en una musa inmortal y eterna fue El nacimiento de Venus, cuadro que terminó años después de la desaparición de la dama.
Porque, si eterna iba a ser su imagen, efímera sería su existencia. El 26 de abril de 1476, con tan solo veintitrés años, sucumbía a una mortal tuberculosis que acabaría con su vida. Florencia lloró la muerte de su musa, a la que los poetas dedicaron sus más bellos versos. El artista que había plasmado el rostro de Simonetta en La primavera guardó su imagen en la mente y probablemente en el corazón y la hizo renacer casi una década después como una imponente Venus surgiendo de las aguas.
Sandro Botticelli sobrevivió muchos años a Simonetta. Cuando el maestro renacentista falleció en 1510, sus restos se reencontraron con los de ella. Ambos descansan en la iglesia florentina de Ognissanti.
Cecilia Gallerani (1473-1536)
Uno de los retratos más hermosos de Leonardo da Vinci, con permiso de La Gioconda, es el conocido popularmente como La dama del armiño. Pintado por el maestro hacia 1490, permaneció durante siglos oculto hasta que fue redescubierto en Polonia a principios del siglo XIX y estudiado al milímetro por los expertos en historia del arte. Existe prácticamente consenso unánime en identificar a la hermosa mujer que sostiene el extraño animal con la que fuera amante de Ludovico Sforza —conocido como el Moro— y una de las damas renacentistas más cultas de su tiempo.

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Hija de una familia sencilla pero muy bien relacionada, Cecilia Gallerani nació en Siena en 1473. Ella y sus seis hermanos recibieron una educación digna de la época humanista y renacentista hasta que se trasladó al Monasterio Nuovo en 1489. Antes, con tan solo diez años, había estado comprometida con un viejo decrépito del que, por suerte y sin que se sepan exactamente las razones, se pudo librar al romperse el compromiso.
Es probable que fuera en el monasterio donde Cecilia conociera al poderoso señor de Milán, hasta cuya corte se trasladó poco tiempo después de la mano del mismo Ludovico, encandilado con la cultura y el talento de aquella joven que escribía poesía y cantaba con gran ingenio. Pronto se convirtió en su amante y en mayo de 1491 nació su hijo Cesare. Poco tiempo antes se había casado con Beatrice d’Este en un matrimonio concertado y esperaba que su recién estrenada esposa fuera una mujer callada y sumisa. Nada más lejos de la realidad, pues Beatrice no dejó de luchar para que la amante de su esposo se alejara del palacio ducal.
Mientras Cecilia Gallerani permaneció en la corte de Ludovico, convirtió sus estancias en un salón de arte en el que se dieron cita grandes hombres, entre ellos Leonardo da Vinci, quien haría del rostro de la joven una de las pinturas más hermosas del Renacimiento. Un retrato que despertó la admiración de todos aquellos que lo contemplaron. El poeta Bernardo Bellincioni convirtió sus elogios en versos: ¿A quién guardas rencor, a quien envidias, Naturaleza? / ¡A Da Vinci, que pintó una de tus estrellas! / Cecilia, tan bella hoy es aquella / frente a cuyos ojos el sol parece sombra oscura.
Beatrice d’Este ganó finalmente la batalla y consiguió que Cecilia abandonara el hogar de los Sforza para casarse con Ludovico Carminati, con el que se instaló en el palacio de Carmagnola y llegó a tener cuatro hijos. Años después, tras enviudar y perder a uno de sus vástagos, Cecilia se retiró al castillo de San Giovanni in Croce, donde vivió hasta su muerte, hacia 1536.
Vittoria Colonna (1490-1547)
Miguel Ángel Buonarroti, aquel que convirtió en grandiosa belleza pedazos de mármol y lienzos en blanco, fue también un genio con la poesía. Una de sus inspiradoras fue Vittoria Colonna, a la que dedicó versos como estos:
Por ser menos, alta señora, e indigno
del don de vuestra inmensa cortesía,
primero, al encuentro de ella, usar quiso
la mía con todo el corazón mi bajo ingenio.

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Buonarroti y Colonna se encontraron en 1537 en Roma, cuando él era ya un anciano de más de sesenta años sumergido en la magna obra de El Juicio Final en la Capilla Sixtina. Vittoria era entonces una viuda de casi cincuenta años que buscaba en la belleza del arte el consuelo por la pérdida de su amado esposo.
Vittoria Colonna está considerada una dama del Renacimiento; erudita, inteligente, culta, demostró tener un gran talento en la literatura y en la música. Había nacido en la primavera de 1490 en una familia noble. Su padre, Fabrizio Colonna, era condestable del Reino de Nápoles y su madre, Agnese di Montefeltro, era hija del duque de Urbino. Su condición de mujer le tenía reservado en aquellos años que Italia despertaba al humanismo y el Renacimiento dedicarse exclusivamente a su papel de esposa y madre. Como hija de alta cuna, iba a ser un peón útil en los intereses políticos de su familia.
Mientras Vittoria recibía una refinada educación humanística y aprendía a cantar y tocar el laúd, sus padres buscaban para ella un marido que favoreciera su posición en el intrincado tablero político italiano y europeo. El elegido fue Francesco Ferrante d’Avalos, hijo del marqués de Pescara, lo que les permitiría estrechar relaciones con el rey Fernando de Aragón.
El matrimonio, celebrado en las navidades de 1509, a pesar de ser una unión concertada, resultó dichoso. Vittoria y Francesco se enamoraron y se quisieron hasta que la muerte los separara prematuramente. Vivieron sus primeros años felices en la isla de Ischia, donde se habían casado, pero las obligaciones militares de Francesco obligaron a la pareja a separarse. Francesco partió con su suegro y las tropas que iban a unirse a los ejércitos españoles para luchar contra Francia en uno de sus muchos enfrentamientos armados por mantener la hegemonía en el continente.
La distancia aumentó la estima de ambos y establecieron una intensa relación epistolar que se incrementó cuando Francesco fue hecho prisionero en la batalla de Rávena en 1512. Francesco acabó siendo liberado y fue ascendido a oficial del ejército de Carlos V, junto al que luchó en la batalla de Pavía de 1525. Las huestes españolas salieron victoriosas en ella y consiguieron capturar un regio prisionero: el rey francés Francisco I. Pero en el campo de batalla yacieron miles de hombres de ambos bandos y muchos otros resultaron heridos. Uno de ellos, el añorado Francesco, al que Vittoria ya no pudo volver a ver con vida. En Viterbo, cuando viajaba hacia el norte para encontrarse con su amado en Milán, fue informada de la fatídica noticia.
Desde entonces hasta el final de sus días, Vittoria se volcó en el arte y la religión para superar el profundo vacío que le dejó la muerte de Francesco. Recogida en varios conventos, en los que ingresó como seglar, escribió poemas en memoria de su marido y compuso varias piezas musicales, hoy perdidas. Su obra poética fue publicada por primera vez en Parma en 1538 y en poco tiempo aparecieron varias ediciones bajo el nombre de Rime de la divina Vittoria Colonna marchesa di Pescara.
Vittoria se acercó también a pensadores afines a la Reforma sin que llegara a convertirse al protestantismo. La fe le sirvió de inspiración para sus rimas espirituales y prosa de temática religiosa, en la que puso el acento en las vidas de algunas de las mujeres más famosas de la historia del cristianismo.
Convertida en poetisa de renombre, Vittoria entabló una estrecha amistad con el maestro Miguel Ángel, a quien conoció en una de sus muchas estancias en Roma. Ambos compartieron la pasión por el arte mientras Vittoria se convertía en modelo del artista. Además de hacer dibujos con su rostro, podría haber utilizado su imagen para inmortalizarla en el fresco de El Juicio Final y en una crucifixión que la propia Colonna le habría pedido al pintor.
Vittoria Colonna falleció en Roma el 25 de febrero de 1547. Atrás dejaba una vida dedicada a la literatura, la religión, la música. Miguel Ángel lloró su muerte, mientras otros grandes hombres de su tiempo alababan el talento de una mujer única. Vittoria Colonna recibió elogios, pero también críticas por ser una joven viuda dispuesta a no volver a contraer matrimonio con ningún otro hombre y tomar las riendas de su propia existencia.
Sofonisba Anguissola (1532-1625)
Durante siglos, muchas obras de Sofonisba Anguissola fueron atribuidas a otros pintores de renombre. Fue una de las pocas pintoras que cosechó fama y reconocimiento en vida, pero su nombre cayó en un injusto olvido y aún hoy se debate sobre la autoría de algunos de sus lienzos. Sofonisba fue excepcional, más allá de su original nombre. Consiguió vivir de su arte en un tiempo en el que las mujeres fueron musas y no artistas. Ella fue ambas cosas. Su rostro, retratado por ella misma, nos observa con profunda mirada desde algunas de sus obras más bellas y admiradas.
Sofonisba Anguissola nació en una fecha incierta alrededor de 1532 en el seno de una original familia de la nobleza de Cremona. Su padre, Amilcare Anguissola, además de bautizar a su hijo y seis hijas con nombres alusivos a la antigua historia de Cartago, decidió darles a todos, al margen de su género, la misma erudita educación. Todos aprendieron distintas artes y pronto algunas de las niñas empezaron a destacar con el pincel. De todas ellas, Elena y Sofonisba demostraron tener talento para la pintura, por lo que Amilcare decidió mandarlas a vivir con la familia de Bernardino Campi, uno de los maestros de la época, donde vivieron durante tres años.

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Elena terminó ingresando en un convento y abandonó la pintura, pero Sofonisba continuó perfeccionando su técnica de la mano de otro pintor, Bernardino Gatti. Superados los veinte, estaba claro que Sofonisba iba a ser la artista más destacada de la familia Anguissola. Pronto empezó a recibir encargos y en 1554 se trasladó a Roma, donde escuchó valiosos consejos del maestro Miguel Ángel, quien no escatimó en halagos a la obra y el talento de Sofonisba.
Sofonisba aprovechó todas las indicaciones, recursos y clases que recibió de otros pintores de su época, pero su condición de mujer le cerró las puertas al estudio del cuerpo humano. Los talleres utilizaban modelos para estudiar la anatomía, pero a nadie se le habría ocurrido permitir que los ojos de una mujer, por muy artista que fuera, osaran ser testigos de la desnudez. Así que Sofonisba decidió centrarse en el estudio de los rostros y se convirtió en toda una maestra del retrato.
En 1558 era ya una pintora reconocida que recibía importantes encargos. Por aquel entonces se encontraba en Milán, donde pintó un retrato del duque de Alba, lienzo hoy perdido que le permitió entrar en contacto con la corte española. Hasta allí se trasladaría por orden de Felipe II en calidad de dama de compañía de la reina Isabel de Valois. A pesar de que una de sus principales tareas fue realizar retratos a los miembros de la familia real y enseñar a su señora los rudimentos de la pintura, no fue considerada oficialmente pintora de cámara. Algunos de estos cuadros, que no llegó a firmar, fueron atribuidos décadas después a los pintores de la corte de Felipe II.
La vida de Sofonisba Anguissola en la corte española fue una de las etapas más felices de su vida. Entabló una estrecha amistad con la reina, cuya muerte lloró con profunda sinceridad en 1568. Tenía entonces treinta y seis años y aún no se había casado, por lo que Felipe II le buscó un marido mientras ella permanecía en la corte cuidando de las hijas de los soberanos. El elegido fue don Francisco de Moncada, hijo del virrey de Sicilia, con el que se casó en 1570. En 1578 se quedó viuda y un año después contrajo matrimonio con un capitán de barco y noble genovés más joven que ella. Orazio Lomellino admiró desde el primer momento el talento artístico de su esposa, a la que apoyó en todo momento en su carrera como pintora, que no abandonó nunca y que continuó desarrollando hasta su muerte, que le llegó el 16 de noviembre de 1625, siendo una anciana de más de noventa años de edad.
A pesar de que Sofonisba Anguissola se hizo un hueco importante en la historia del arte del siglo XVI en Italia y en España, consiguió vivir de su obra y recibir el reconocimiento de pintores y reyes, su muerte significó la desaparición de su nombre, que permaneció injustamente silenciado durante siglos. Las bellas palabras que Giorgio Vasari le dedicó a esta pintora no sirvieron para que su legado permaneciera tan vivo como el de otros artistas de su tiempo. Quizás tuvo algo que ver su condición de mujer.
* * *
Hasta aquí, la periodista y escritora Sandra Ferrer nos ha ofrecido un amplio panorama de ciertos personajes femeninos que fueron importantes no solo para muchas mujeres, sino también para el género masculino. No son pocas las mujeres que destacaron en el periodo renacentista, para las cuales necesitaríamos cientos de páginas (amplia información en Caso, 2011). Por el camino quedan personalidades tan interesantes como la escritora y defensora de las mujeres Cristina de Pizán (1364-1430), considerada una protofeminista que luchó contra la misoginia con la publicación en 1405 de La ciudad de las damas (más información en Davis y Lindsmith, 2011, pp. 19-21).

Además de Pizán, contamos con la que se considera la primera mujer humanista de Italia: Isotta Nogarola (1418-1466), cuyos trabajos comprendían los cuatro géneros literarios populares en el universo humanista del Quattrocento —la epístola, el diálogo, el discurso y la consolatio— (ibíd., pp. 75-76); la matriarca Alessandra Strozzi (1407-1471), que denunció a través de sus cartas las verdaderas cuestiones de los matrimonios: adquisición por encima del amor (ibíd., pp. 72-74); la humanista Olimpia Fulvia Morata (1526-1555), cuya obra se centró en la religión y el pensamiento protestante; la escritora y feminista Laura Cereta (1469-1499), cuyas cartas contenían asuntos personales y recuerdos de su infancia, y discutían temas como la educación de las mujeres, la guerra y el matrimonio; la gran oradora Cassandra Fedele (1546-1558), que participó con humanistas influyentes en debates públicos sobre cuestiones filosóficas y teológicas (más información en Servadio, 2016, p. 12); la poetisa Alessandra Scala (1475-1506), erudita en literatura griega y latina; y, aunque ya la ha mencionado Sandra Ferrer, insisto una vez más por la gran fascinación que me provoca personalmente: la gran poetisa Vittoria Colonna, influyente intelectual y mentora espiritual de Michelangelo Buonarroti (más información en Bernardy, 1928, y en Davis y Lindsmith, 2011, pp. 219-221). Aquí plasmamos uno de los sonetos más conocidos de Buonarroti para Vittoria Colonna.
SONETO XLVII
No tiene el gran artista ni un concepto
que un mármol solo en sí circunscriba
en su exceso, mas solo a tal arriba
la mano que obedece al intelecto.
El mal que huyo y el bien que me prometo,
en ti, señora hermosa, divina, altiva,
igual se esconde; y porque más no viva,
contrario tengo el arte al deseado efecto.
No tiene, pues, Amor ni tu belleza
o dureza o fortuna o gran desvío
la culpa de mi mal, destino o suerte;
si en tu corazón muerte y piedad
llevas al tiempo, el bajo ingenio mío
no sabe, ardiendo, sino sacar de ahí muerte.
(BUONARROTI, 1987, p. 131)

Francesco Jacovacci (1880): Michelangelo honrando a la difunta Vittoria Colonna. Nápoles: Museo Nazionale di Capodimonte.
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Si los lectores me lo permiten y para apoyar la introducción de este capítulo fruto de la generosidad de Sandra Ferrer, creo que merece la pena apuntar brevemente algunas líneas de la única biografía femenina que incluye Giorgio Vasari (sin tener en cuenta alguna pequeña alabanza a Anguissola) entre las más de cien biografías que redactó en Vidas: Properzia de Rossi, escultora boloñesa (LÁMINA 4).
PROPERZIA DE ROSSI
Es cosa admirable que, en cualquier época, en todas aquellas virtudes y labores en las que han querido adentrarse las mujeres, tras alguna práctica, han sido siempre excelentísimas y más que famosas, como se puede demostrar fácilmente a quien no lo creyese con infinitos ejemplos. Sin duda alguna todos saben cuánto valen todas ellas en asuntos económicos y también en los de la guerra (...). De todos modos, en ninguna otra época como en la nuestra se puede demostrar esto, pues en ella las mujeres han alcanzado grandísima fama, no solo en el estudio de las letras, como la señora Vittoria del Vasto [Vittoria Colonna], la señora Veronica Gambara, la señora Caterina Anguissola, la Schioppa, la Nugarola y muchas otras, doctísimas no solo tanto en la vulgar como en las lenguas latina y griega, sino también en las demás disciplinas. (...) Properzia de Rossi de Bolonia, joven de talento, no solo en las cosas de casa, como las demás, sino también en infinitas ciencias, de tal manera que, además de las mujeres, la envidiaron todos los hombres. (Vasari, 2010, pp. 616-617).
Nótese en los realces en cursiva algunas palabras que hoy en día se tildarían de un evidente machismo (no solo en las cosas de casa) y de un texto con clara influencia patriarcal, bebedor de las fuentes de Tomás de Aquino, defensor de la naturaleza superior del hombre frente a la femenina en Summa Theologiae (escrito entre 1265 y 1274): «Considerada en relación con la naturaleza particular, la mujer es algo imperfecto y ocasional. Porque la potencia activa que reside en el semen del varón tiende a producir algo semejante a sí mismo en el género masculino. Que nazca mujer se debe a la debilidad de la potencia activa, o bien a la mala disposición de la materia, o también a algún cambio producido por algún agente extrínseco».
Vasari hace hincapié en la necesidad de la mujer de ejecutar cierto entrenamiento para alcanzar la sapiencia en alguna de las virtudes o labores. Comparemos ese inicio («tras alguna práctica») con las introducciones que Vasari regala a Leonardo, Raffaello o Michelangelo, entre otros.
LEONARDO DA VINCI
Grandísimos dones se ven llover muchas veces desde los influjos celestes sobre los cuerpos humanos de forma natural y, a veces, de manera sobrenatural, reunirse extraordinariamente en un único cuerpo belleza, gracia y virtud de tal forma que, dondequiera se dirija tal individuo, cada una de sus acciones es tan divina que, dejando atrás a todos los demás hombres, manifiestamente se dan a conocer (tal y como efectivamente es) como cualidades generosamente otorgadas por Dios, y no adquiridas mediante arte humana alguna. Esto lo vieron los hombres en Leonardo da Vinci. (Vasari, 2010, p. 471).
RAFFAELLO SANZIO
Cuán generoso y benigno se muestra a veces el cielo depositando o, mejor dicho, reponiendo y acumulando en una única persona las infinitas riquezas de sus gracias y tesoros, y todos esos raros dones que por mucho tiempo solía repartir entre diversos individuos pudieron verse en el no menos ilustre que dotado de gracia Rafael Sanzio de Urbino. (Ibíd., p. 520).
MICHELANGELO BUONARROTI
(...) El muy benigno Rector del Cielo volvió los ojos con clemencia a la tierra, y al ver la vana infinidad de tantos esfuerzos, los muy ardientes estudios sin fruto alguno y la opinión presuntuosa de los hombres, más alejada de la realidad que las tinieblas de la luz, para resarcirnos de tantos errores se dispuso a mandar a la tierra un espíritu que universalmente en cada una de las artes y en todas las profesiones mostrase habilidad, que obrando por sí solo mostrase la complejidad de la ciencia de las líneas, la pintura, el juicio de la escultura y las invenciones de la verdaderamente arquitectura. (...) Así, en Florencia, (...) le nació un hijo a Lodovico Simon Buonarroti, al que bautizó con el nombre de Miguel Ángel, con la intención de conferir a este ser algo más celestial y divino que mortal. (Ibíd., pp. 745-746).
Todos los artistas masculinos tenían dones celestiales, su genialidad era innata. Si además era florentino, los halagos no terminaban de gotear de la pluma de Vasari. Dejo a la elección de los lectores que lo comprueben por ellos mismos en el trabajo del biógrafo aretino. Por el contrario, la única mujer biografiada tenía trabajo y práctica por delante. Juzguen ustedes mismos.
Después de esta pincelada de literatura, la siguiente pregunta que nos formulamos es: ¿cuál era el papel de la mujer en el Renacimiento? El profesor José Manuel Querol profundiza en este tema en el siguiente capítulo.