NUESTROS VALIENTES EN CHIRIPÁ

La falda básica que usaron los nativos en el tiempo de las misiones jesuíticas se llamó chiripá. Se trataba de un paño que se colocaba alrededor de la cintura, en el sentido contrario a las agujas del reloj, con suficiente género para dar una vuelta y media al cuerpo. Eso hacía que, mientras la parte de atrás tenía un solo pliegue, la de adelante fuera doble.

¿Atuendo precolombino? Sí, en todas las culturas tenían abrigos, pero su uso era más limitado en verano. Los jesuitas de las misiones lo implementaron en sus dominios, buscando vestir un poco a los guaraníes. Cuando la orden religiosa fue expulsada de América en 1767, estos nativos se esparcieron llevando el chiripá por diversos territorios.

Era una prenda rectangular, sencilla y cómoda que arraigó en las clases bajas, primero en el litoral y luego en otras regiones. Tapaba desde la cintura hasta la rodilla. La parte superior era ajustada por una faja (llamada tumbé o tambeó) que el paisano aprovechó como espacio para llevar dinero y tabaco apretado al cuerpo, como así también el facón, siempre en la espalda. Podría decirse que fue esta faja o cinturón ancho un antecedente de la actual riñonera.

Entonces, ¿muchos de nuestros paisanos vistieron faldas? Sí, ese fue el primer modo de uso de la prenda, sobre todo en el siglo XVIII. Pero el jinete debió adaptarlo a sus necesidades porque no resultaba cómodo andar cabalgando con ese modelo. Fue entonces cuando surgió el sistema de chiripá más conocido por nosotros, que es el que se entrecruza por las piernas y cuyas cuatro puntas se reúnen en la cintura.

Todavía persiste en la memoria de muchos el chiripá de los bebes, un lienzo de algodón que se pasaba entre las piernas del niño y se ataba a la cintura, asegurando el paño llamado pañal. La denominación de esta ropa para los más pequeños surgió del chiripá que usaban los gauchos a partir del siglo XVIII.

El original no era ajustado como el de los bebes, sino muy suelto, pero con la particularidad de que protegía el cuerpo de los jinetes.

El más común, para el trabajo, era de algodón y se lo conocía como bayo por su color marrón, similar al pelaje del caballo; en muchos casos, presentaba ribetes blancos en la parte inferior. Por su largo, uno podía distinguir con claridad el atuendo para la faena del que se empleaba en ocasiones sociales. Para salir al baile o a “dominguear”, el chiripá se llevaba largo hasta los tobillos, una extensión demasiado incómoda para las tareas del campo. Nuestro modelo de la imagen lleva uno de trabajo.

En su evolución de falda a envoltorio, se sumó el calzoncillo, un atuendo cuya descripción, utilizando términos actuales, es: pantalón largo, suelto, algo abombado, de género suave y bocamanga ancha. Su color era bastante uniforme, por lo general más cercano al crema que al blanco. En cambio, el chiripá era el accesorio a la vista y por eso, a diferencia del bayo de trabajo, se usaban distintos colores como el punzó (colorado), azul y verde, aunque también se veían amarillos y blancos. Esos eran los colores de la plebe, así iban vestidos los gauchos de Güemes y gran parte de la paisanada que actuó en los primeros años de la Guerra de la Independencia.

Incluso antes. Porque el chiripá fue usado por nuestros hombres durante la Reconquista de la Primera Invasión Inglesa. Una joven de Buenos Aires, al ver a los escoceses, quedó admirada por el uniforme. Los botines, la falda, el morrión de plumas negras y el chal escocés contrastaban con los paisanos de chiripá que terminaron reconquistando la ciudad. Incluso, esta dama —nos referimos a Mariquita Sánchez de Thompson— llegó a decir a gente de su confianza que si no se asustaban los ingleses al ver la traza de las milicias locales, entonces no había remedio alguno.