PRÓLOGO

«El Rastro es difícil de pensar. Es puro fluir. La mayor parte de la filosofía necesita detener el objeto de su estudio, si no, se le hace muy cuesta arriba pensar. Por ejemplo, la lechuza de Minerva: después de la batalla, levanta el vuelo y echa la vista atrás. El Rastro, sin embargo, está siempre sucediendo, no se deja prender». Así, más o menos, se expresó mi mujer al saber que iba a ponerme al fin a escribir este libro, después de tantos años. Me hizo gracia que utilizara ese verbo, prender, que se relaciona con prenderas o vendedoras de prendas, o sea con traperos. Su observación tuvo lugar meses antes de que Emmanuel Macron recurriera a la misma imagen en un discurso en Atenas, memorable en palabras de Emmanuel Carrère, quien explicaba: «Minerva es la diosa de la sabiduría, la lechuza su atributo, y esa lechuza, decía Hegel, espera la noche para sobrevolar el gran campo de la batalla de la historia: en otras palabras, la filosofía llega siempre con un poco de retraso sobre la acción».

Pensar y prender el Rastro, teoría y práctica, eso me propongo aquí, sabiendo que también llego con retraso. Tenía que haber escrito este libro hace ya mucho.

En cuarenta años, excepto a uno bastante siniestro al que llamábamos «el poeta social», con pinta de la secreta político-social, y a los amigos que han venido alguna vez a echar un vistazo, al Rastro y a nosotros de paso, como especímenes curiosos, yo no he visto ningún escritor conocido por allí, o al menos no me he cruzado con él. En cambio he leído menciones del Rastro en todo el mundo, y por ellas parece que son expertos. Sucede algo parecido con el Museo del Prado, la gente cree que ha ido al Prado muchas más veces de las que en realidad ha ido. No es infrecuente hablar o escribir del Rastro, y del Prado, como algunos pintores pintan las tempestades marinas y los naufragios, con la imaginación o con recuerdos de la remota juventud. Los amigos que nos acompañan en ocasiones, dicen: qué maravilla, pero no vuelven. Yo creo que no es necesario ir cada domingo para tener tres o cuatro ideas claras del Rastro. El Rastro le gusta a todo el mundo. Es como las mariposas. ¿A quién no le gusta ver volar una mariposa? El Rastro es en cierto modo como una mariposa, cualquiera puede seguirla un rato, un niño, un anciano, nos gusta verla volar, pero al momento da un quiebro y desaparece, creemos saber qué es, y de pronto pliega sus alas despacio y deprisa al mismo tiempo, como las hojas de un libro apasionante, y dejamos de verla. Los rastreros desmontan los puestos igual, despacio y deprisa, y el misterio desaparece de nuestra vista sin haberse dejado descubrir. Quizá por esa razón sólo se ha escrito un libro sobre el Rastro, y ese hace ya cien años.

Y aquí está uno con la redecilla para cazar mariposas en una mano y una lupa en la otra.

Contra lo que algunos piensan, el Rastro, tan cochambroso, es un lugar de poesía, de sutilezas. No es propiamente lo que entendemos por un lugar poético; al contrario, el del Rastro es un barrio más bien feo, de casas ramplonas y mal encaradas, pero si en algún lugar del mundo la poesía tiene una gran autoridad es ahí.

Es también el lugar por excelencia de los finales que son principios, quiero decir, que es el lugar de las resurrecciones. El lugar del acontecimiento, de la revelación, por una parte, y por otra, el del reencuentro.

Existen un par de palabras cultas para designar ambas manifestaciones, epifanía y anagnórisis. A menudo el Rastro nos revela algo, y a eso puede dársele el nombre de epifanía, pero esta es casi siempre un «reencuentro y reconocimiento de dos personajes a los que el tiempo y las circunstancias han separado», que es como define anagnórisis el diccionario. Aquí, en realidad, un reencuentro entre una persona y un objeto. No vamos al Rastro tanto a encontrar cosas, como a reencontrarnos con ellas. Eso es también lo que sucede en la poesía: se nos revelan verdades que en cierto modo ya conocíamos, aunque fuera de una manera oscura, íntima, remota. La poesía a la que me refiero puede que sea también un poco áspera, como el perfume de los polvorientos geranios madrileños, pero resulta emocionante, y, no sé por qué, me recuerda a un tiempo el canto de un gallo al amanecer y el de un búho en medio de la noche.

Cuando empecé a ir al Rastro aún había gallos en los patios y solares de las Américas (que habían dejado de llamarse de ese modo) y se les oía cantar con desesperación, como si pidieran a gritos la libertad y una vida mejor. Como las cosas que se venden allí. Muchas de ellas parecen implorar una segunda vida, y claman a su modo de una manera desgarradora, conmovedora, por su liberación, por su rescate.

La asociación con los búhos, el pariente pobre de la lechuza en cuanto a sabiduría se refiere, procede de otra parte.

Se llamaba buhonero al que comerciaba en buhonería, o sea, en cosas menudas, hilos, agujas, botones, mercerías, y se le llamaba así porque antiguamente se hacían acompañar los buhoneros de un búho, a modo de muestra o reclamo, igual que los titiriteros llevan siempre consigo un mono o un oso; o una cabra, si son pobres. Baroja recuerda, hablando de los pliegos de cordel, que en Francia vendían esa literatura de colportage los buhoneros, y la recitaban por los pueblos.

El Rastro está lleno de esta clase de mercancías insignificantes y de quienes las pregonan y venden, aunque ya no se les llame buhoneros, sino rastristas, almonedistas, chamarileros, prenderos, chatarreros, traperos, barateros, aljabibes, zarracatines, regatones, ganguistas, poquiteros. La imagen poética de todos ellos se resume en la de las espigadoras, que recogían lo que los segadores iban dejando tras de sí. Millet tiene un cuadro maravilloso con ese tema que conmovía a Van Gogh.

Desde que el Rastro, su mercadillo, se fijó en los barrios bajos de la ciudad, su fisionomía se ha ido transformando bastante, aunque esos cambios son poco evidentes. Como las casas que se han levantado allí son de mala calidad, acaban por echarse a perder antes que en otros distritos y a muchas las tienen que derribar y, en los solares que quedan, levantan otras nuevas, de estilo moderno, pero igual de esparrancadas que las anteriores, de modo que el barrio no pierde del todo su carácter mísero, o sea, la misma falta de carácter, pero la poesía que había en él la sigue manteniendo, quizá porque la fealdad tiene siempre poco que perder. En el Rastro no hay una sola calle bonita, no hay monumentos ni edificios señalados, ni siquiera conventos o iglesias, lo cual, en Madrid, no es frecuente. Claro que la mayor parte de estas se quemaron durante la guerra, y unas sobrevivieron y otras no (la de la Pasión, en la calle de los Pajaritos, o la de San Fernando, que se derribó para sacar de ella el plomo para las balas, otro más de los dislates de los revolucionarios madrileños). Un poco orilladas estuvieron la Fábrica de Tabacos y la Inclusa. Cerca están la catedral de San Isidro, y las iglesias de San Andrés y San Cayetano, es cierto, pero en el Rastro propiamente no hay nada monumental. El barrio no es en absoluto clerical y la única religiosidad se manifestaba en él en forma de verbenas: la Paloma, San Lorenzo, San Isidro, San Cayetano. De eso no quedan ya ni las zarzuelas. Lo único excepcional es la chimenea de la antigua fábrica de gas, solitaria y sombría, que le da al Campillo del Mundo Nuevo un aire ultraísta, sobre todo los amaneceres en los que la luna llena puntúa como una i ese humero de ladrillo ennegrecido.

En el Rastro no hay nada, sólo hay Rastro, y al Rastro sólo se va al Rastro.

Es también mucho más que el mercadillo de cosas viejas que propician esa clase de paroxismos surrealistas que gustan mucho al público espontáneo. «El Rastro nos da realizadas todas las metáforas surrealistas», decía Umbral. Pero el Rastro es surrealista un par de siglos antes que el manifiesto de Breton. Los forasteros se ríen mucho cuando van allí. Los mismos que hace cien años venían a Madrid y se metían en el teatro de variedades de la plaza de la Cebada a probar la sal gruesa que allí se vendía, también para las vacas en grandes bolas, van los domingos al Rastro a reírse de un braguero puesto en la cabeza de un maniquí desnarigado. A veces a los asiduos también nos sorprenden esos maridajes grotescos, y hemos de reprimir la risa, porque se supone que los que nos encontramos allí desde las ocho de la mañana no nos asombramos de nada.

Pero por debajo del Rastro de los domingos, bastante tumultuario y bullanguero, a quienes vamos tan temprano nos espera algo silencioso y simbolista que recuerda, paradójicamente, el toque de retreta de los cuarteles al llegar el crepúsculo, la hora en que empiezan a trabajar los búhos y las lechuzas.

El búho es el animal que más se ha disecado y yo he visto en el Rastro, a lo largo de cuarenta años, más búhos y lechuzas que los que haya visto nadie, incluida Palas Atenea (el búho y la lechuza son los únicos animales que, aunque te fijes mucho rato, nunca sabes si están vivos o disecados). Y digo que es la hora de la melancolía, porque al igual que a muchas cosas de las que se venden allí les espera nueva vida, muchas otras desaparecerán para siempre y si pudieran decir algo, lo dirían en la lengua un poco fúnebre y entrecortada de las aves nocturnas. Esa melancolía de los adioses impregna también, desde dentro, la alegría que parece reinar en aquellas calles los días de mercado. Por las tardes, cuando el Rastro está vacío, como dormido, más ensimismado que nunca, esa poesía casi se puede untar como la manteca en una tostada. Es una poesía muy nutritiva, pese a lo cual no se habrá visto un barrio de Madrid más metafísico que ese, más en los huesos. Y eso es porque la metafísica se alimenta sobre todo de poesía. La vemos en los huesos, pero no se muere nunca.

Llevo yendo al Rastro todos o casi todos los domingos desde antes de la reforma del alcalde Tierno, en 1984. Este fue, según muchos de los tratantes y rastrómanos, quien «se cargó el Rastro». No es verdad, o no lo es del todo. Era difícil verlo entonces, pero ya estaba muriéndose. Ese alcalde, un catedrático viejo que fingía su casticismo y juvenil colegueo de una manera fría y calculadora, sólo le dio la puntilla. Hasta esa fecha siguió habiendo Rastro a diario tres o cuatro años más, y yo iba algunos de los días laborables, además de la mayoría de los de fiesta. Sin disciplina, sin tenacidad, esta costumbre no habría arraigado, pero sin afición y curiosidad, tampoco. Sobre todo en invierno.

La tentación de quedarse en casa esos días adversos de diciembre y enero, cuando aún no ha amanecido y se oye cespitar a la escarcha en los cristales, es casi irresistible. En esas mañanas se han de hacer unos esfuerzos sobrehumanos para que no se le peguen a uno las sábanas al cuerpo. Porque hay que añadir que siempre he ido a una hora temprana, la del alba, que dicen los poetas, la hora en que se despliegan sobre la acera los primeros puestos.

En aquellos tiempos, como acabo de decir, se oía cantar un gallo, que nos recordaba a todos el pasado de Madrid como «poblachón manchego». Venía aquel canto de los últimos tendejones de los chatarreros que había frente a lo que fue el Bazar del Médico o Grandiosas Américas, en lo poco que quedaba ya de las Grandiosas Américas y del bazar de la Casiana. Lo recuerdo como si dijera: «Yo me hallé presente en la batalla de Waterloo». A esa hora penumbrosa, entre perro y lobo, en el Rastro se ha de ser muy cauto, porque todas las cosas que se venden allí, especialmente los cuadros, parecen obras maestras del siglo XVII, pero también es la más generosa, porque, al igual que las pinturas, los rastristas y cachivacheros parecemos bastante mejores de lo que seguramente somos. En aquellos primeros años vi también cómo los transportistas venían a cargar en sus furgonetas las barras de hielo, fascinantes y poéticas vigas del Polo Norte, que habría dicho Ramón; salían por un agujero de una de las paredes de ladrillo del antiguo mercado de pescado, que daba a la calle de la Arganzuela.

Esta es la secuencia. Me visto a oscuras sin haber pasado por la ducha. El aseo personal vendrá después, a la vuelta, y se ha de hacer así para no desentonar con el ambiente que nos encontraremos luego. Sin pasar tampoco por la cocina, salgo de casa y camino soñoliento hasta la cochera. Siempre he dicho que al Rastro es mejor ir en ayunas, como los verdugos. Se está más despierto. A esas horas, el trayecto de nuestra casa al Rastro es corto, de unos diez minutos. No obstante, es una hora peligrosa, porque Madrid está lleno de conductores borrachos o drogados que regresan a sus casas después de las juergas nocturnas. Una mañana, uno, que al parecer venía saltándose en rojo los semáforos de la Castellana, según los testigos a los que luego se tomó declaración, embistió mi coche como en una atracción de feria. Dos de los que testificaron después detuvieron sus furgonetas de reparto y salieron de ellas llevándose las manos a la cabeza. Creían que me había matado. La escena tenía algo de cómico, ellos y otros conductores con las manos en la cabeza, sin poder despegarlas de los pelos, que se les habían puesto de punta. El choque no fue mortal por dos cuartas, impactó de lleno en la puerta trasera izquierda. De haberlo hecho en la del conductor... Di al menos tres trompos de vértigo. Lo viví, sin embargo, como un vals a cámara lenta, wagneriano, pero vals al fin y al cabo, convencido también yo de que allí, en la plaza de Cibeles, frente al palacio de Buenavista, se había puesto fin a mis días. El coche de mi asesino llevaba una matrícula extranjera y se dio a la fuga, después de dejar sus faros e intermitentes en el suelo hechos pedacitos, como diamantes. Desde entonces no hay domingo que no atraviese Cibeles sin aminorar la marcha y mirar a uno y otro lado, como gato escaldado, porque temo me vaya a salir la parca, con su guadaña, de donde menos la espero.

Entre las siete y media y las ocho ya estoy allí. Claro que en las mañanas de junio y julio va uno muy animado, y el encuentro con ese aire único de Madrid, embalsamado por las flores de las acacias, soñoliento y vacío, no tiene rival. Esos días en que las mañanas primaverales son en realidad mañanitas.

Para muchos, empezando por las personas que han compartido y comparten mi vida, mi mujer y mis hijos, esta fidelidad al Rastro en los meses de invierno no deja de ser una pequeña patología, una manifestación ilustrada del masoquismo, porque a menudo me han visto regresar a casa tres horas después tiritando de frío, con la pinganilla, o «la moca», como la llaman en el Rastro, destilándose de la nariz, y las manos amoratadas y vacías, oyéndome a continuación permanecer inmóvil media hora debajo del agua hirviendo de la ducha para entrar en calor.

En primavera y verano es diferente, entonces comprenden bien mi manía, porque habiendo dormido con los balcones abiertos, el guirigay de los vencejos, que en Madrid resulta también único, es una invitación a madrugar. Además, no pocas de esas mañanas estivales y veraniegas me han acompañado mis hijos, desde muy chicos, y aún me acompañan, uno o los dos, ahora que ya no viven con nosotros.

A los tres o cuatro años de empezar a ir al Rastro, comenzó a rondarme la idea de escribir algo sobre lo que veía en él. Me daba pena que las historias que me contaban, las conversaciones que pescaba por casualidad, los objetos que veía durante unos instantes, a menudo prodigiosos, se quedaran, antes de desaparecer para siempre, sin un retratista, sin su fotógrafo ambulante. Y entonces empecé a tomar notas. Con la misma asiduidad que mis asistencias al Rastro. Las guardo en unas carpetas viejas y aculatadas; muchas de esas anotaciones y papelitos los he aprovechado ahora. Otras, en forma de historias o aforismos, fueron apareciendo en los tomos del Salón de pasos perdidos. Como saben los lectores de esa novela en marcha, el del Rastro es uno de sus temas habituales. Y no sólo por razones literarias. La primera página de El gato encerrado, el primero de los veintiún tomos que se han publicado hasta ahora, es una escena del Rastro de hace treinta años.

Al confesar yo alguna vez que a mí la literatura no me interesa mucho, suele mirárseme con incredulidad, como cuando el poeta Claudio Rodríguez aseguraba a unos amigos, pocos días antes de morir de cirrosis, que a él jamás le había gustado el vino, al que había sido muy aficionado. Hasta que no podamos hacer de nuestras vidas verdaderos poemas, novelas o ensayos ejemplares y vivos, hemos de conformarnos con los que vamos escribiendo. Así se lo reconoció Keats a su amigo Reynolds en una carta: «Pues si bien la poesía es para mí lo capital, algo falta, con todo, a aquel que pasa su vida entre libros y pensando en libros».

Y uno, aunque vaya al Rastro a buscar principalmente libros, no va únicamente a eso, pues no son libros los que me faltan. Incluso tengo más de los que cualquier hombre honrado precisaría para ser feliz. El Rastro es, la mayor parte de las semanas, mi única salida al mundo, como Trieste fue para Austria la única salida al mar. Y qué alegría el día que encontré un plano prodigioso de la ciudad de Trieste, desplegable y encartivado, de 1841, que desde entonces está en la cabecera de nuestra cama, custodiando nuestros sueños. El Rastro es la ocasión que tengo de hablar con mis congéneres y socializarme un poco, en mar abierto. De no haber ido al Rastro hubiera habido semanas, meses, en los que no habría hablado con nadie, excepto los de casa y los de las tiendas de bastimentos, kiosquera incluida. Expresado de esta forma suena un poco deprimente, y da de mí una imagen lamentable que no es en absoluto real.

Me tengo por una persona jovial, divertida incluso, pero no echo de menos otra vida social que no sea la de mi familia, la de media docena de amigos, la mayoría de los cuales viven fuera de Madrid, y la que mantengo semanalmente con las gentes que me encuentro en el Rastro, conocidos y tratados únicamente allí. Podría decir lo que Felipe II, ya viejo y quebrantado de salud, cuando le preguntaron la razón por la que persistía en sus viajes a Aranjuez, con fama de lugar insalubre: «Por la compaña».

A unos les tiran los salones aristocráticos, a otros, como a nuestro poeta, las tabernas y los bares. A mí me ha llamado la atención el Rastro, y para conocidos y saludados prefiero cualquiera de los de la busca a todos los críticos, políticos, literatos, académicos y demás con los que se nos invita a hipocritear en cualquiera de esas aburridas kermeses a que obliga la vida moderna a «un escritor comprometido con su tiempo».

En el Rastro algunos saben que yo soy escritor, pero la mayoría no. Allí somos todos un poco legionarios, si es verdad lo que dice el himno ese que cantan, cuando desfilan detrás de la famosa cabra: «Nadie en el Tercio sabía / quién era aquel legionario / tan audaz y temerario / que en la Legión se alistó. / Nadie sabía su historia, / mas la Legión suponía / que un gran dolor le mordía / como un lobo el corazón». En el Rastro nadie pregunta mucho, ni de dónde vienen las cosas que se venden, ni para qué las quiere el que las compra, ni cuánto ha pagado por ellas, si acaso ha pagado algo y no las ha robado o escamoteado. En el Rastro las cosas se guardan para sí su historia, y raramente la cuentan.

Durante unos años se veían muchos legionarios viejos en el Rastro, vendiendo grifa, que subían del moro. Se les conocía por los tatuajes que llevaban, con las insignias del Tercio, y la gente les trataba con respeto, como a los soldados pobres de Flandes e Italia en la época de Cervantes. Hay una leyenda según la cual Cervantes venía a visitar, en el refugio de San Esteban, al lado de lo de las barras de hielo, a cinco soldados que quedaron lisiados como él en Lepanto. Estaba ese refugio en la calle de San Lorenzo, que pasó a llamarse la calle de los Cojos, detrás del matadero de abajo. Sí, en el Rastro, aunque no se hable mucho de ello, se ve que hay pobreza, dolor e historias por todas partes.

Siempre que pienso en el Rastro me acuerdo de La busca, la novela de Baroja que transcurre en aquellos andurriales, plazuela del Rastro, el Portillo de Embajadores, las Cambroneras, las rondas de Segovia y Toledo, la Llorosa, la Alhóndiga, «el extrarradio», como dice uno de sus personajes, una tabernera castiza de las Injurias. «Toda la gente que allí habitaba era gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo tenían (...) De cuando en cuando, como un suave rayo del sol en la umbría, penetraba en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de aquellas mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión, un sentimiento romántico de desinterés, de ternura, que les hacía vivir humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían otra vez a su inercia moral, resignada y pasiva».

Salvo que la gente del Rastro hoy no está tan comida por las chinches y la roña como en tiempos de Baroja ni las calles apestan a verduras podridas, el paisaje moral al que él se refiere es parecido. En el ambiente se nota que la Ley es en ese barrio más ampliamente interpretable que en otras partes y que allí hay secretos que casi nadie cuenta.

Ignacio Penalva, uno de los vendedores más veteranos del Rastro, al enterarse de que yo escribía este libro, me contó algunas cosas y después me dijo: «Si hablaras con los que llevan vendiendo aquí como yo cincuenta años, podrías escribir no uno, sino cien libros; cada uno de nosotros somos una novela. Pero no te la contarán, porque nosotros vivimos del silencio». Por eso el Rastro está lleno de historias y leyendas. Las hay de muchas clases, y la mayoría sirven para envolver el dolor. Un dolor que en pequeñas dosis, las tres o cuatro horas que pasamos en él, una vez por semana, se soporta bien. No llega uno a inmunizarse del todo, pero el Rastro nos ayuda a entender mejor de qué va esto que llamamos «la vida». El Rastro es lo más parecido que podamos imaginar a un seminario perpetuo de epicureísmo y su derivado el estoicismo. Yo es donde he aprendido más, desde luego. Por otra parte, el déficit de vida social que no pudiera quedar satisfecho allí, me lo ha proporcionado mi amigo Juan Manuel Bonet.

Excepto los cinco años que pasó él en París, dirigiendo el Instituto Cervantes, siempre hemos estado juntos en el Rastro. Incluso el tiempo que vivía en Valencia, dirigiendo el Ivam. Volvía los domingos en parte sólo para ir al Rastro. Somos una más de las parejas que lo recorren en compañía. Es cosa habitual esta de ir acompañado al Rastro. Mientras vamos caminando, subiendo y bajando las empinadas calles, mi amigo suele ponerme al día de lo que pasa en el mundo, y lo hace con bastante detalle. Pero no sólo. Le debo miles de datos, juicios atinados, informaciones precisas y, principalmente, vida. Es como llevar al lado la wikipedia, mejor, más fiable, porque la wikipedia está a menudo en manos de unos tipejos justicieros, resentidos y mediocres. Lo he dicho en otras ocasiones: Bonet es el mejor cartógrafo de la cultura española. Sin discusión. A veces, menos en broma de lo que él cree, le he ofrecido una franquicia en las páginas del Salón de pasos perdidos. Yo creo que saldríamos ganando todos, sobre todo yo, pero es una persona discreta y a menudo señala: «Eso no se puede contar, y tampoco lo cuentes tú». Yo le digo entonces que de allí a los diez años en que se publicaría, sería ya cosa vieja, como las del Rastro, y no tendría valor ninguno, o escaso, y él me dice: «Sí, pero mejor no lo cuentes, por si las moscas».

A lo largo de estos años he escrito, pues, mucho del Rastro, sin acabar de descubrir del todo su misterio. Claro que esto nos sucede también con la vida: llegamos a viejos y sabemos de ella poco más o menos lo mismo que cuando empezamos a vivirla.

Ha llegado también el momento de poner en orden todo lo relacionado con estos asuntos, de mirar qué hay en esas carpetas.

En 2013, Javier Gomá me ofreció la Fundación Juan March, de la que es director, para que diera un par de conferencias sobre algún tema de mi interés. Elegí el Rastro para obligarme a ir cerrando algo que había empezado tanto tiempo atrás, y sé que de no haber sido así, yo no estaría ahora escribiendo este prólogo.

Aquellas conferencias fueron el acicate o espuela. Pero también estoy por decir, siguiendo la teoría platónica, que cuando llegué a este mundo este libro mío estaba ya escrito, antes incluso de haber nacido yo. Me he limitado a reconocerlo, a describirlo, o como decía Proust, me he limitado a traducir algo que estaba ya escrito en mí desde el origen de los tiempos.

En la primera conferencia se abordaron cuestiones teóricas y las ideas que contenía han sido el emulsivo, en toda la extensión del término, de la segunda parte de este libro.

En la segunda se proyectaron unas cuantas fotografías, de las miles que he ido haciendo desde que se extendió el uso de las máquinas de fotos digitales y, después, los iphones. Es decir, casi veinte años. Mi primera idea era hacer un fotolibro: publicar la conferencia tal cual la había leído y las fotos, con los comentarios que hice al proyectarlas.

No hay muchos libros sobre el Rastro, al contrario, sólo el famoso de Ramón Gómez de la Serna, más un libro sobre Ramón que sobre el Rastro, y la minuciosa, reciente y estupenda Historia del Rastro de José A. Nieto Sánchez, así como tres o cuatro breves guías anteriores, y algunas páginas web, sobre todo El Rastro de Madrid (<www.elrastro.org>) –pero también Historia urbana de Madrid (<historia-urbana-madrid.blogspot.com>)–, todas ellas con informaciones muy útiles. Y fotolibros del Rastro, tampoco, exceptuando el de Eduardo Dea. Junto a este hay que mencionar las fotos de Carlos Saura para El Rastro de Gómez de la Serna (principalmente la edición de 2001), y las de Antonio Corral Fernández con una breve y chispeante crónica de Luis Carandell, o los pequeñitos de Félix García y Javier Campano. El de Dea (nacido en la calle Lucientes y vecino de la calle Embajadores) es el trabajo fotográfico más importante que se haya hecho del Rastro y el único que se ha realizado a lo largo de cuarenta años, lo que le lleva a un lugar destacado entre los grandes reportajes de la fotografía española. Hay también muy buenas fotos de de Francesc Català-Roca, de Juan Pando Despierto, de Enrique Palazuelo, Antonio Tiedra, Gabriel Cualladó y de los más jóvenes, Juan Manuel Castro Prieto, Juan Ballester, Alberto García-Alix o Rafael Trapiello. Casi todos los fotógrafos o los espontáneos que han pasado alguna vez por el Rastro, que son legión, han hecho su foto, y hay muchas bonitas (el Rastro casi siempre da algo, porque la miseria no es más fotogénica que la belleza, pero sí suele ser más elocuente y sincera). Algunas se publican aquí. Pero ninguna de estas publicaciones se parece a la que yo he querido hacer siempre, y al final se ha liado uno la manta a la cabeza, como suele decirse, y el libro resultante es también muy distinto del que pensaba hace cuatro años, pero bastante parecido al que quería escribir hace treinta.

La primera parte de este libro –«Breve historia del Rastro»– y la segunda –«Meditaciones y conjeturas (para una teoría del Rastro)»– amplían considerablemente las noticias e ideas de la primera conferencia, y la tercera –«Intermedio sentimental o práctica del Rastro»– y la cuarta –«Iluminaciones del Rastro»–, son más personales: podrían añadirse a una Guía sentimental del Rastro. En la tercera se ensayan algunos asuntos a propósito de unas cuantas adquisiciones, y en la cuarta, junto a algunas de las fotografías proyectadas en la Fundación March, se espigan también, entre muchos, algunos pocos fragmentos del Spp, resaltados en rojo, declarando así que han sido publicados antes. Todo lo demás, ni que decir tiene, es enteramente nuevo, quiero decir inédito.

En el capítulo de agradecimientos ha de figurar en primer lugar Miriam Moreno Aguirre, mi mujer. Siento haberle hurtado uno de los momentos estelares de la vida burguesa: los hedonistas desayunos dominicales. Sólo de nombrarlos llega a esta página el persuasivo olor del café recién hecho. Sus reproches por mis deserciones han sido tasados por ella, no obstante, de modo liberal y discreto. También los de mis hijos Rafael y Guillermo. Con la excusa de forjar su carácter cuando eran chicos, y a menudo ayudado de los más indecentes y peregrinos embustes y promesas, les he arrastrado conmigo, robándoles cientos de horas de ese sueño que sólo en la infancia merece el nombre de profundo. Pese a ello, no me han guardado rencor, si no me mienten. Y de mentirme, también lo comprendería, aunque lo cierto es que han seguido acompañándome muchas veces más, ya de adultos, sin que se lo pidiera, buscando en el Rastro acaso su propia infancia perdida. Esa, la suya, nunca he dejado de llevarla conmigo desde entonces como el regalo más preciado que se me haya hecho, para ponerla junto a la mía, un poco más desvalida. Y, en fin, mi recuerdo también para aquellos con los que he compartido alguno o muchos Rastros, de manera circunstancial o endémica, amigos asiduos, como José Vázquez Cereijo, Juan Marqués, Manuela Romero, Nieves García, Ana Pérez Cid, Carlos Pascual, Emilio Aleman de la Escosura, Carlos Sambricio, Jesús Pérez, Antonio Fernández; compañeros intermitentes, como Alice Déon, Juan Ballester, José Carlos Cataño, Manolo Gulliver, Gabriel Sánchez Espinosa, Javier Fernández, Abelardo Linares o Carlos García-Alix, y visitantes esporádicos a los que hemos mostrado el Rastro como en visita guiada. Y claro, a todos los demás: rastreros (los muy queridos Vicente Verona y Juan Manuel y Vicente Cáceres, Ignacio Penalva, los varios Antonios, los dos o tres Pepes y los que ya se fueron, Fina, Rafael, Juanito, Pepe Berchi y Antoñita y tantos) y rastrómanos, almonedistas, gandules, zarracatines, chamarileros, traperos, trapalones, manguis, trapisondistas, soguillas, aljabibes, baratijeros, saldistas, gitanos, payos, regatones, chalanes y demás. Y, naturalmente, al amigo a quien dedico este libro, con el que he compartido la mayor parte de las mañanas de Rastro, que, si a mí no me salen mal las cuentas, deben de rondar las dos mil. Tampoco tantas.

Madrid, 23 de julio de 2018